La web más censurada en internet

Autor: Juan Manuel Olarieta (página 32 de 60)

La censura en los tiempos de la sociedad de ‘la información’

Juan Manuel Olarieta

Con el cambio de siglo, la expansión de internet condujo a hablar —pomposamente— de la emergencia de una nueva sociedad “de la información”. Esta terminología procede de la Directiva 2000/31/CE del Parlamento Europeo y dos años después, en 2002, en España se aprobó una ley para promover esa “sociedad”, seguida de otra en 2007 con el mismo objetivo.

Como es típico, la verborrea legal engaña y difunde una concepción errónea de lo es la “información”. La ley de 2002 tiene una sección dedicada precisamente al “control” de la información y de la “sociedad de la información”. El objetivo era —más bien— el comercio electrónico, lo que aclara un poco las verdaderas intenciones de aquella ley: se trata del mercado, de capitalismo puro y duro, algo que tiene poco que ver con la información.

Desde la aprobación de aquellas leyes son muchos los que aseguran que, gracias a internet, ahora hay más información que antes. Algunos llegan a hablar de “transparencia” y otros de “infoxicación” por un exceso de datos que, además, no son relevantes en buena parte, pero nadie explica por qué en internet hay algunos datos —o muchos— que no les interesan en absoluto. Es muy posible que lo que a algunos no les interesa, sea precisamente lo que nos interesa a otros.

El exceso va de la mano del defecto porque también hay mucha información que no está en internet sino en libros o periódicos cuyas noticias duermen y llenan de polvo cualquier biblioteca o archivo. Nadie se interesa por ellas y nadie se ha tomado la molestia de digitalizarlas y ponerlas en un servidor de internet para que todos las puedan leer.

Hay mucha información de algunas cosas y muy poco de otras. En cualquier caso, el hecho de que haya más información no significa que estemos más o mejor informados. Más información significa que el lector necesita más tiempo para informarse. Pero, ¿acaso dedicamos ahora más tiempo a informarnos que antes?

Si hay abundancia por un lado y carencia por el otro es porque la información no es neutral, no está toda ella en un mismo plano. Cuando alguien supone que en la actualidad las nuevas tecnologías permiten acceder a la información (a toda ella) más fácilmente confunde lo posible con lo real. La información no es sólo la recepción pasiva de noticias sino una actividad dirigida. Realmente sólo se informa quien busca, no quien recibe lo que otros le muestran. Para encontrar información hay que buscarla y eso exige un método: qué es lo que hay que buscar, en dónde hay que buscar y cómo.

La inmensa mayoría de la información no aparecerá nunca porque casi nadie la buscará. Se avanza muy poco poniéndola en un servidor cuando todos miran hacia otro lado. Para ver algo hay que mirar hacia el sitio en el que está.

La sociedad de “la información” oculta muchas obviedades, como la de que no todos tienen un ordenador, ni conexión a internet. Si eso es evidente, no lo es tanto que la inmensa mayoría de quienes lo tienen no buscan o no saben buscar: reciben la “información” ya empaquetada y lista para el consumo. Incluso si lo que otros nos cuentan fuera verdad, como los ataques químicos del gobierno sirio, siempre hay una parte de la información que no aparece y a una parte la llaman por el todo.

Como la información nunca es neutral, la parte que no aparece no siempre es la misma, cambia en función del asunto. Hay determinados asuntos en los que todo es mentira, como lo que concierne a la URSS. Hay otros en los que la parte emergente es sólo la punta del iceberg de algo mucho mayor. Finalmente, también hay información con sobredosis, como el fútbol, por ejemplo.

Aunque haya mucha información disponible, en internet dependemos de técnicas, como los buscadores, de los que hay decenas de ellos, todos diferentes, que suministran diferentes enlaces en un orden también distinto. Sin embargo, ocurre como en las noticias: de todos los buscadores disponibles sólo se utiliza uno, que es siempre el mismo, Google, al que han elevado a los altares y nombrado “santo” como si estuviera muy cerca de dios en la sociedad de “la información”.

Un buscador no es diferente de un telediario. También muestra un paquete selecto de enlaces que, además, está escalonado en millones de pequeñas referencias puestas sucesivamente una detrás de otra. La inmensa mayoría de los que buscan jamás van más allá de la media docena de fragmentos de esa “información” que alguien les ha puesto delante de sus narices y, desde luego, nadie se preocupa por recurrir a un segundo buscador si esa “información” no la considera suficiente.

En internet no sólo hay sitios para informarse sino sitios para informar, de manera que hoy casi cada usuario se ha convertido en un informador que tiene su blog, su perfil en una red social o su foro para emitir su información, lo cual multiplica cuantitativamente la misma. Hoy “mirar” en internet es como buscar una aguja en un pajar. Aunque sepamos que la información está ahí, no la podemos encontrar y nos topamos con la paja, eso que los expertos llaman “ruido”, tópicos la mayor parte de ellos y, desde luego, el mejor ejemplo de lo que es la ideología dominante, es decir, numerosos (des)informadores que sirven como altavoces de ella, una misma mercancía suministrada de millones de maneras diferentes. La Wikipedia no es más que un compendio de eso.

Hoy Descartes se sorprendería por algo que es la negación misma de lo que en su “Discurso del método” consideraba como ciencia: colecciones de tópicos que se repiten a sí mismos por todas partes, que se compendian en una enciclopedia de esas que llaman “de referencia” porque casi todos la consideran como “la verdad” o por lo menos como “información” sobre ella. Descartes pensaría —con razón— que sitios como la Wikipedia han acabado definitivamente con la ciencia.

Como buen mercado capitalista, lo que internet crea son marcas comerciales, “imágenes” de mercancías, de empresas y de personas que viven de ellas. Resulta obvio recordar que una imagen no es información sino una manipulación de la misma y por eso los políticos o los artistas utilizan internet para aparentar algo que no son y ocultar lo que sí son. Como ni siquiera son capaces de hacerlo por sí mismos, esas personas contratan a expertos para hacer lo mismo que dios: crear nuevos seres a imagen de sí mismos.

Todos esos fenómenos son bastante conocidos, y sin embargo se olvidan fácilmente, sobre todo en esos debates en los que siempre hay alguien que, como en la película “Matrix”, pone al mundo virtual en el sitio del mundo real. Cree que invoca a la realidad o a los hechos como demostración de lo que defiende porque lo ha leído en la Wikipedia, en internet o en un blog.

Lo mismo que en el mundo real, en el virtual hay muchas informaciones que los buscadores tienen en sus bases de datos pero no las muestran a los lectores, y lo que es peor: hay instituciones públicas, como el propio Boletín Oficial del Estado, empeñados en ocultar determinados aspectos de la realidad, como los indultos concedidos a los corruptos. Es como si fueran indultados dos veces: primero no van a la cárcel, y segundo, extraen una parte de su biografía del conocimiento público. En España-Matrix parece que la corrupción nunca hubiera existido.

El Boletín Oficial del Estado no se creó para ocultar sino para lo contrario: para hacer públicas las decisiones que toma el gobierno. Con ser importante eso no es lo peor: lo más significativo es que la publicación de un indulto es obligatoria por ley. Sin embargo, hay miles de páginas oficiales sustraídas a los buscadores. Casi una cuarta parte de ellas son indultos aprobados por el gobierno a los condenados por corrupción.

Lo que no “está” en internet es como si no existiera; lo que no está en un boletín oficial tampoco. Está pero no está; está como si no estuviera. Encima siempre hay que aguantar que alguien asegure que la censura ya no existe. Nunca ha habido más censura que en los tiempos de la sociedad de la “información”.

Es posible que los lectores hayan oído hablar muchas veces de que ahora, por fin, es posible acceder a más información que antes, pero habrá oído mucho menos decir que también hay más censura que nunca. ¿Por qué nadie habla de la censura? Si el lector estuviera tan bien informado debería saber que el Boletín Oficial del Estado no muestra a los buscadores determinado tipo de información y, además, le deberían haber explicado el motivo por el cual se le pretende ocultar. Finalmente, ese mismo lector debería saber buscar eso de lo que no quieren que se entere.

¿Es así?

Komala: otra organización ‘marxista’ kurda al servicio del imperialismo

Abdullah Mohtadi, dirigente de Komala
Juan Manuel Olarieta

La televisión kurdo-irakí Rudaw acaba de informar de que milicianos de la organización kurdo-iraní Komala han tomado posiciones en la región fronteriza entre el Kurdistán iraquí e Irán y se encuentran a menos de tres kilómetros de las posiciones del Ejército iraní.

La formación ha destacado que estas posiciones les permitirán acceder con facilidad a los territorios de mayoría kurda controlados por Irán. “Komala ha vuelto a las montañas para tener una relación más estrecha con su pueblo, sus miembros y la gente de dentro de Irán”, ha explicado el comandante Jalil Fatah en declaraciones a Rudaw.

La palabra kurda “komala” significa asociación o comité, lo que evoca a Asociación para el Renacimiento de Kurdistán, un movimiento surgido al calor de la República de Mahabad. Las siglas se refieren a la Organización Revolucionaria del Pueblo Obrero de Kurdistán un movimiento creado por cinco estudiantes kurdos de Teherán en 1969 como consecuencia de la descomposición del Movimiento Comunista Internacional.

Por influencia de la Revolución Cultural, se alzaron en armas contra el Sha y luego contra la Revolución Islámica de 1979, especialmente en la región de Bokan, donde llegaron a tener cierta influencia. Aprovechando fiestas religiosas musulmanas, comenzaron a organizar manifestaciones, e incluso importantes levantamiento de masas.

Un imán progresista kurdo, Cheick Ezzedin Hosseiny, que reclamaba la autonomía y la laicidad, se convirtió en un importante dirigente político. Al principio Hosseiny fue utilizado por el PDKI, la rama iraní del Partido Democrático de Kurdistán, aunque pronto empezó a inclinarse por los maoístas de Komala que, en sus mejores momentos, llegaron a agrupar a unos dos o tres mil combatientes armados, frente a los 10.000 que podía reunir el PDKI o los 1.000 de los Muyaidines iraníes.

Durante la Revolución de 1979 Komala distribuuía entre la población kurda las armas capturadas a la policía en los asaltos a los cuarteles y logró liberar algunas ciudades, hasta que la Guardia de la Revolución Islámica se desplegó en Kurdistán, donde se produjeron numerosos enfrentamientos armados.

El 19 de agosto Jomeini decretó la guerra santa contra los “grupúsculos ateos de Kurdistán” y al año siguiente se produjo otro levantamiento en Kurdistán, favorecido por la guerra con Irak y en el que la guerrilla tuvo el apoyo de Estados Unidos y de Saddam Hussein. El movimiento logró liberar algunas ciudades e imponer formas de autogobierno popular, la reforma agraria y la escolarización de los niños. Algunos cálculos estiman que entre 1980 y 1984 al menos 60.000 kilómetros de territorio kurdo-iraní estaban controlados por los movimientos guerrilleros.

En aquella época, Komala, que en el Movimieto Comunista Internacional acabó tomando partido por la Albania de Enver Hoxha, colaboraba en la insurrección de Kurdistán con los Fedayin, otro movimiento armado de ideología muy diferente. Cuando en mayo de 1980 el ejercito iraní se dispuso a asaltar Sanandaj por la fuerza, Komala lanzó la consigna de “convertir a la ciudad en un nuevo Stalingrado”, mientras el PDKI era partidario de abandonarla.

En febrero de 1984 Komala celebró un Congreso en el que reconoció que habían padecido unas 1.000 bajas y que el levantamiento había empezado a perder terreno ante una fuerza de 150.000 soldados enviada por Teherán. También empezaron a aparecer importantes desavenencias con el PDKI y, finalmente, acabaron replegándose hacia Irak.

Al mismo tiempo, Komala se fusiona con una organización iraní, la Unión Comunista Combatiente de Mansur Hekmat, un proceso que en 1983 dará lugar a la fundación de un efímero Partido Comunista de Irán en el que, además, convergen otras fuerzas. No obstante, la amalgama no puede ser más confusa y la situación interna (el gobierno islamista de Teherán) e internacional (guerra con Irak) se convierte en indigerible.

La sección kurda del nuevo Partido, que empieza a estar dirigida por Abdullah Mohtadi, antiguo dirigente de Kemala, propone una alianza con la Unión Patriótica de Kurdistán, que a su vez empezaba entonces a negociar con los imperialistas en el tránsito entre la primera y la segunda guerra del golfo, es decir, el momento en el que Washington considera que Saddam Hussein ya no es imprescindible.

La amalgama política se vuelve a separar. Mientras Hekmat crea el Partido Comunista Obrero de Irán, Mohtadi se mantiene al frente de la antigua Komala, que sigue una deriva paralela a la del PKK de Öçalan en Turquía. Cuando en 2003 el imperialismo invade Irak, captura el campamento en el que se refugiaban los dirigentes de Komala, que acaban capitulando y convirtiéndose en un apéndice de la CIA.

Lo mismo que el PKK, Mohtadi también presenta su colaboracionismo como un replanteamiento ideológico que le conduce a pedir su ingreso en la Internacinal Socialista.

Más información:

– Los aliados ‘marxistas’ del imperialismo en Oriente Medio
– La influencia de la URSS en la creación del primer Estado independiente kurdo (1)
– La influencia de la URSS en la creación del primer Estado independiente kurdo (y 2)

Discusiones y verdulerismo

Bianchi

El mago en que se está convirtiendo el factótum de este blog, Juan Manuel Olarieta, pues qué otra cosa es un mago sino aquel que descubre y revela lo que no vemos a primera vista, a diferencia de los prestímanos, trileros y echadores de cartas cuya función es ocultar y engañar con sus habilidades los sentidos (la vista, sobre todo) de las personas, de la gente, del personal, de las masas, siempre estuvo (los que le conocemos algo, un poco o lo suficiente) preocupado -y ocupado- por todo aquello que tiene que ver con la dialéctica, máxima expresión de la filosofía o amor al saber. No un saber por saber, como los grandes clásicos griegos, sino un saber transformador, revolucionario, paradigmático.

Hay saberes revolucionarios de 360 grados, esto es, volver al punto de partida, con lo cual poco se avanza, y los hay de 180 grados, o sea, los giros copernicanos, los verdaderamente revolucionarios. Los que agitan la historia e impulsan la lucha de clases, la agudizan y no la concilian hasta llegar a una -que no veremos algunos, pero eso qué- sociedad sin clases, al comunismo. Preferimos que nos tilden de «utópicos» a ser «atópicos» dizque los que no encuentran acomodo «en ningún lugar» salvo la entropía permanente. Se podría, incluso, acusarnos a los dialécticos, a los materialistas dialécticos, de serlo malgrè lui, a pesar nuestro. Y, sin embargo, eppur si muove, otrosí: análisis de la situación concreta en su complejidad que incluye las contradicciones internas y externas, la unidad y lucha de los contrarios hasta llegar al segundo principio de la termodinámica o neguentropía que jamás se va a dar, eso sí que es una utopía donde todos insuflemos «soma» huxleyano en la tierra como los elegidos en el paraíso cristiano o mahometano o el nirvana nihilista budista, esa religión pagana. Sabemos, como decía el poeta comunista Paul Eluard (antes fue surrealista), que hay muchos mundos, pero todos están en este.

De las discusiones siempre se saca algo en limpio con la condición de que quienes discuten tengan un objetivo claro y una meta a conquistar que, hoy por hoy, sólo están en condiciones de establecer los comunistas sinceros y no los de pacotilla y/o postizos. Discutir por discutir es propio de verduleros por ver quien vende en el mercado -nosotros- la mercancía más averiada sin que lo parezca. Que es lo que ocurre en la farsa del parlamentarismo donde se simula un contraste que, en realidad, es un tácito acuerdo en las reglas del juego que «otros» han establecido para que nosotros las «ritualicemos» -legitimemos- cada cuatro años eligiendo a quienes nos van a seguir explotando, mintiendo y engañando. ¿Es que estamos en contra de la «democracia», del parlamentarismo («charlamentarismo», le llamaba Blasco Ibáñez a principios del siglo XX)?, nos dirán lacayos intelectualoides y plumillas áulicos pagados por sus amos burgueses. No. Nosotros estamos por la dictadura del proletariado, es decir, por las mayorías trabajadoras, y no por las minorías parasitarias. No hay mayor democracia, que sepamos.

Los «ilusionistas», como los encantadores de serpientes, tratan de engañar al público -ya no somos «pueblo», somos «público» en la «sociedad del espectáculo» situacionista, un «espectáculotariado»- con sus juegos de manos -prestímanos, ya se dijo- buscando lucro personal mediante el engaño más o menos sibilino, estoy pensando en «Podemos», aquí no hay dobleces, mientras que el «mago» Olarieta nos «desilusiona», nos quita la «ilusión», en otras palabras: nos «desengaña», no nos engaña. De ahí que vaya de «duro» y hasta de aguafiestas para las almas bellas: no engaña a nadie porque empezö por no engañarse a sí mismo. Ni sus principios -y menos traicionarlos- comunistas. Estamos delante de un hombre a la griega manera, no de un sofista, que es lo que se estila. Y ello para medrar. Son los que hacen de la mentira una bella arte, como el gran Thomas de Quincey lo hacía del asesinato o de los fumaderos de opio (en el siglo XIX). Ahora el lerdismo rampante dirá que hacemos apología…

Pongamos un ejemplo. Nuestros miles y miles y cientos de miles de lectores -y lectoras, que no se moleste nadie, usamos el pangenérico, para hacernos entender, eso es todo- se habrán topado, velis nolis, nolens volens, con algunas tertulias radiotelevisivas. Allí, el moderador, suele decir a los contertulios que no hablen todos a la vez «porque no se les entiende», el espectador no capta lo que quieren decir. Pasa otro tanto en el Parlamentillo español donde el Presidente -o Presidenta, como ocurre a la sazón con la esfinge actual- da el turno de palabra a los señores parlamentarios. Incluso el tiempo de intervención avisándoles cuando se pasan del mismo. Todo en orden. Eso es lo (políticamente) correcto, aparentemente. Eso es lo «dialogante». Pues bien, para mí tengo que el «diálogo» consiste en justamente lo contrario, esto es, en quitarse la palabra: esto es el diálogo. Esto es la discusión; lo demás, es un diálogo de besugos donde los besugos fingen dialogar. Se «dialoga» más en una taberna que en las Cortes españolas (y cuando nos dan imágenes de parlamentarios llegando a las manos lo pintan como algo «exótico», que pasa por ahí fuera, en países incivilizados o poco habituados a las reglas de las democracias «avanzadas», como la nuestra, por supuesto). En el siglo XIX hubo parlamentarios españoles que se desafiaron a duelo con pistola para lavar supuestos agravios. Hoy esto es impensable, se dirá. Es el «progreso», se dirá. Es un bluff, digo yo. Un teatrillo.

Quitarse la palabra no es síntoma de mala educación ni mal versallismo, lo mismo en un bar que en un parlamento (de hecho así ocurría en la II República y nadie se escandalizaba. Las crónicas parlamentarias se hacían con acotaciones donde se ponía «aplausos», «pitos», «rumores», etc.). Lo vital de una discusión, insisto, es, no negar la palabra, sino quitarla -un diputado a otro desde los escaños- en pos del avance en la misma. Hay una excrecencia que son las «clases discutidoras», que eso es la burguesía actual donde te pongo de chupa de dómine y luego, cuando no nos ven, nos tomamos una birra en alegre camaradería y compadreo. Repito: un bluff.

Pero, ¿qué esperábais en un país donde al general Sanjurjo -por cierto, antimonárquico como casi todos los generales golpistas de la guerra civil- se le rinden honores de general invicto en Melilla anteayer? No es demagogia: nos sobran ejemplos.

Arrivederci.

Contradicciones internas, contradicciones externas

Juan Manuel Olarieta

La ley de la contradicción es la más importante de la dialéctica, decía Lenin, porque explica el movimiento, el cambio, el desarrollo y las metamofosis de todos los fenómenos naturales, sociales y culturales. Una contradicción es una manera moderna de aludir a los viejos principios clásicos del pensamiento “unitas complex” o “pluribus unum” o, lo que es lo mismo, uno se divide en dos y dos forman uno.

Las contradicciones ponen de manifiesto la complejidad de aquello que, a primera vista, parece simple o sencillo. La unidad no es uniformidad ni homogeneidad; un análisis más profundo de cualquier unidad siempre acaba encontrando que se compone de elementos diversos, complejos e incluso opuestos.

La burguesía habla de la existencia de una “clase media” que es una proyección de sí misma y de su mediocridad. Quiere dar a entender que la sociedad es una masa homogénea de personas, como si no hubiera contradicciones ni antagonismos entre ellas. A lo sumo, sólo es capaz de establecer diferencias sociales por una escala progresiva de ingresos.

En ocasiones la ley de la contradicción se concreta aludiendo a “la unidad y la lucha de contrarios”, en donde la lucha se considera más importante que la unidad. Esta concepción procede de que hoy los marxistas son casi los únicos herederos de aquel tipo de concepciones científicas y las aplican a la lucha de clases como si fuera un continuo enfrentamiento entre dos sectores de la sociedad que no tienen nada que ver entre sí.

Nuestro adversario siempre nos parece algo exterior, extraño o ajeno a nosotros mismos. De ahí que hablemos también de contradicciones “internas” y “externas” para conceder más importancia a las primeras que a las segundas. Sin embargo, si las contradicciones fueran “externas” no formarían parte de ninguna unidad o no estarían unidas entre sí.

A veces esa exposición deficiente de las contradicciones conduce a sostener que la lucha de clases enfrenta a dos partes de la sociedad “desde fuera”. Por eso se suele hablar de contradicciones interburguesas o en el interior mismo de la burguesía.

Esa concepción opone la lucha a la unidad como si ambas cosas fueran diferentes. Parece que algo que está unido no se puede enfrentar, cuando sucede justamente al revés: los opuestos se pueden enfrentar precisamente porque están unidos, porque forman una unidad.

En ese sentido todas las contradicciones son internas, lo cual exige aclarar, además, que cuando la dialéctica habla de lo interno no se refiere a lo que está “dentro”. Por ejemplo, una manzana no madura sólo por su propio desarrollo interior sino que está indisolublemente unida al árbol, que —a su vez— está unido a la tierra tanto como al aire y al sol. La manzana y el árbol forman una unidad indisoluble con la tierra, el aire y el sol.

El proceso de oxidación de una viga de hierro tampoco es consecuencia de algo que está en su interior sino en el exterior: del contacto con el oxígeno ambiental que hay fuera de ella. Por lo tanto, a ciertos efectos, una viga no se puede analizar aisladamente, ya que también forma parte (una unidad) con lo que le rodea.

Se pueden poner múltiples ejemplos de lo mismo. En casi todos los países el Ministerio de Asuntos Exteriores se llama así porque consideran que las relaciones internacionales son externas al propio país. Pero, ¿cómo calificar a la base naval de Rota? Suena extraño considerar como “externos” a la ONU, la Unión Europea, la OTAN o el Fondo Monetario Internacional.

En cualquier análisis, las ciencias (y por lo tanto los marxistas) padecen una tensión que está perfectamente explicada por los oximorones que antes he mencionado: “unitas complex” y “pluribus unum”. Por un lado, ninguna ciencia es capaz de poner encima de la mesa todos los factores y condicionantes que influyen sobre un determinado fenómeno porque, como decía Engels, “todo influye y es influenciado por todo”. Pero las ciencias no pueden trabajar con “todo”, por lo que escogen un resumen de la realidad y de los hechos. En los laboratorios los experimentos son un esquema simplificado de la realidad, no la realidad misma.

La tendencia heredada del siglo XIX, que algunos científicos califican erróneamente como la “navaja de Occam”, es un deslizamiento hacia la simplicidad y, a veces, hacia el simplismo típico de las ideologías anglosajonas.

El otro polo son ese cúmulo de concepciones llamadas a veces “holísticas” y —más recientemente— defensoras del “pensamiento complejo” que ponen de manifiesto las limitaciones de ciertos modelos o concepciones excesivamente lacónicas, cayendo muchas veces, por su parte, en abstracciones vacías, de esas que lo dicen todo y no dicen nada.

En cualquier caso, toda teoría se fundamenta en una simplificación de la realidad, en modelos y sistemas, de tal manera que las contradicciones que toma en consideración las considera como “internas”, mientras se olvida de las demás o las considera “externas” o menos importantes que las anteriores.

Así es muy corriente creer que en un país lo realmente relevante son los “asuntos internos” o domésticos, mientras que las relaciones “exteriores” desempeñan un papel subordinado o no influyen tanto como las otras. La historia ha demostrado mil veces que esa concepción también es errónea. Cuando en los años noventa Yugoeslavia desapareció del mapa político, no fue sólo por factores “internos”.

Ese tipo de exposiciones que divide las contradicciones en internas y externas es bastante artificiosa, sobre todo si no se maneja con cuidado porque a unos efectos, en función de lo que se pretenda analizar, unas contradicciones serán internas, mientras que serán externas a otros.

Es algo que provoca numerosas y estériles discusiones porque algunos no se dan cuenta de que están simplificando los hechos, mientras que otros seleccionan determinados hechos, cuando quizá tendrían que haber seleccionado otros más relevantes.

El análisis de las contradicciones sirve para profundizar en el conocimiento de cualquier fenómeno, no sólo los sociales y culturales, sino también los naturales. Debe mostrar la complejidad que hay en ellos, aún cuando a simple vista parezca que se trata de cosas simples y sencillas. Pero sobre todo debe servir para estudiar su movimiento y su evolución, que es siempre —necesariamente— algo complejo. A la humanidad no sólo le interesa constatar el hecho de que las cosas cambian sino —sobre todo— saber hacia dónde cambian, para lo cual hay que averiguar primero por qué cambian.

Muchas veces oímos eso de que no se debe simplificar, que las cosas son más complejas de lo que decimos. Es verdad. Cualquier análisis siempre se puede matizar y estirar tanto como se quiera. Pero el proceso inverso es igualmente cierto. Los marxistas lo llaman “la contradicción principal”. En todos los fenómenos hay determinadas contradicciones que son más relevantes que otras, las influyen y las condicionan. Por lo tanto, la complejidad no sólo se puede sino que se debe resumir en sus aspectos más importantes, como ese de que toda la historia de la humanidad no es más que la historia de las clases sociales y de la lucha entre ellas.

La apología del terrorismo en los clásicos del pensamiento político: Juan de Mariana

Juan Manuel Olarieta

Desde los más remotos orígenes del pensamiento político, los grandes autores que ha tenido la humanidad siempre han justificado la violencia revolucionaria como medio para acabar con los tiranos, los explotadores y los gobernantes que les oprimen. Los jueces de la Audiencia Nacional los hubieran encerrado a todos en las mazmorras por apología del terrorismo, es decir, por darle una vuelta de 180 grados al problema, tratando a las víctimas del terrorismo como si fueran terroristas.

Los escritores clásicos no sólo no consideran delito la lucha armada y la violencia revolucionaria sino que la justifican como el ejercicio de un derecho fundamental que tiene cualquier persona: el derecho de resistencia, consagrado como tal en la Constitución francesa de 1793. Cuando me refiero a los clásicos, no pienso en Mao Zedong, Che Guevara o el general Giap, sino en los fundadores de la ciencia política moderna, que fueron los escritores españoles del siglo XVII.

El más conocido apologista del terrorismo fue el jesuita Juan Mariana, un clásico del pensamiento político que en 1599 escribió “Del rey y de la monarquía” en el que justifica y ensalza a quienes matan a cualquier monarca despótico, jefe de Estado, presidente de la república, primer ministro, torturador, represor, explotador…

Cuando los gobiernos crean “policías secretas” para perseguir a los ciudadanos o para impedir que se expresen libremente, escribió el jesuita, deben ser derrocados y si no se abandonan sus cargos por las buenas es legítimo hacerlo por la fuerza y por la violencia. En la fundación de Estados Unidos se acuñó la expresión “Sic semper tyrannis” para justificar la guerra (calificada allá de “revolucionaria”) contra el colonialismo británico. Se podría traducir como “Así hay que hacer siempre con los tiranos”: matarlos. La tradición refiere la frase atribuyéndosela a Marco Junio Bruto cuando se disponía a matar a Julio César. Por más que el tiempo transcurra, los pueblos pueden matar a los represores en cualquier momento, en cuanto tengan ocasión para ello.

En los pensadores clásicos la ejecución de un déspota no es sólo un derecho sino algo más, un deber moral, algo elevado y ético. Los pueblos están obligados a deshacerse de quienes les oprimen. Es un principio sólidamente establecido entre los profesores de la Universidad de Salamanca de aquella época e incluso en la literatura del Siglo de Oro. El caso más conocido es Fuenteovejuna, la inmortal obra de teatro de Lope de Vega, uno de los más bellos ejemplos de apología del terrorismo que se han escrito.

Naturalmente que a los déspotas no les gusta que alguien pida su cabeza, por lo que a la opresión le sigue siempre la censura. El libro de Mariana fue quemado en París por orden del monarca de turno en 1610. Sin embargo, el libro no fue prohibido por una razón muy curiosa: porque estaba escrito en latín, un idioma que sólo hablaba la gente culta. La obra estaba condenada a ser conocida sólo por un número muy reducido de personas, no por las masas. Incluso en la actualidad, es muy dífícil de encontrar en las bibliotecas. Tampoco hay muchas traducciones al castellano. La que tengo yo ahora mismo entre las manos es la edición, que data de 1640 y fue reimpresa en 1845. En su primera página dice: “No se ha traducido hasta ahora a ninguna lengua vulgar”. Es mejor que la gente no conozca sus derechos; incluso es preferible que piesen que no tienen ningún derecho a nada.

En la página 81 el jesuita dice lo siguiente de los opresores: “Esta clase de hombres, la más pestífera y perjudicial es muy laudable exterminarla de la sociedad. Así como ciertos miembros podridos se cortan, para que no inficcionen con su corrupción las demás partes del cuerpo, del mismo modo esta especie de bestias feroces en figura humana, se deben auyentar de la sociedad y herirla con el hierro”.

En el mundo actual Mariana sería un rapero con letras incendiarias, o quizá escribiría mensajes en Twitter llamando a la lucha armada contra el fascismo. La Audiencia Nacional ya le habría condenado a una pena de cárcel y habría ordenado quemar su libro otra vez. Incluso les parecería insuficiente y les habría gustado quemarle a él junto con su libro.

Os aconsejo, pues, que no leáis dicho libro. Es mejor que no leáis nada, no vaya a ser que os invadan malas intenciones…

Comunismo, ecologismo y otros relatos de terror

Hace unos días Pedro Núñez escribía un artículo tópico titulado “Ecologismo y comunismo” (1) sobre asuntos de los que no tiene ni la más remota noción, limitándose a repetir frases, a cada cual más manoseada. No hubiera merecido la pena mencionarlo de no ser porque alude al Mar de Aral como ejemplo de la agresión catastrófica de los comunistas a un ecosistema.

El Mar de Aral es un extraordinario ejemplo de muchas cuestiones concernientes a la ecología que se olvidan muy frecuentemente cuando se habla de “conservar” la naturaleza tal cual está en la actualidad, de manera que cualquier intervención humana sobre ella se califica negativamente como “destrucción”.

Lo que Núñez quiere poner de manifiesto es que esa “intervención humana” que perjudica a la naturaleza es, además, independiente del modo de producción, es decir, que también los países socialistas destruyeron la naturaleza, tanto o más que los capitalistas, una idea bastante extendida entre ciertos círculos seudoprogres.

La mayor parte de las veces, por no decir siempre, cuando se escribe sobre ecología de lo que se escribe, en realidad, es de terror, de alguna catástrofe: de la desertificación del mundo, de la extinción de las especies, de la lluvia ácida y otras calamidades sin par. La práctica desaparición del Mar de Aral, responsabilidad de la URSS, sería una de esas catástrofes ecológicas sobre la que habitualmente se cargan las tintas a gusto del plumífero de turno, del estilo de Núñez, para concluir que es uno los mayores ejemplos de catástrofe ecológica del siglo XX.

Cuando se habla de ecología, lo primero y lo más importante que hay que tener en cuenta es lo que hace 200 años se llamaba “historia natural”, es decir, que la naturaleza no es una foto fija sino que también tiene su historia, que cambia y evoluciona. Hoy hay desiertos donde antes había mares, y al revés. El de Aral es un ejemplo de ello: ha aparecido y desaparecido varias veces a lo largo de la historia… y de la prehistoria. Por lo tanto, lo que está ocurriendo hoy ya ocurrió antes, incluso cuando no existía ni la palabra “comunismo”.

En 2001 los arqueólogos descubrieron en el fondo seco del Mar el mausoleo de Kerderi y los vestigios de la ciudad de Aral-Asar, que ya disponía de un primitivo sistema de irrigación. Durante las excavaciones aparecieron numerosos objetos, tales como vasijas de cerámica, fragmentos de utensilios de hierro y de bronce, así como muelas de molino.

La conclusión es evidente: el Mar de Aral ya se secó en la Antigüedad, cuando el único comunismo era el comunismo primitivo, prehistórico. Se sabe, además, que el Mar de Aral es como un bañera, que se ha llenado y vaciado repetidamente, desde que apareció por vez primera. Un estudio realizado con carbono-14, fija su fecha de nacimiento hace 20.000 años, cuando nadie hablaba de comunismo.

El año pasado Lena Jassanova publicó un magnífico artículo en “Living Asia” sobre el Mar de Aral (2) en el que rastrea los mapas y las descripciones que fueron dejando los viajeros y exploradores, desde los tiempos del enciclopedista árabe Masidi en el siglo X, hasta que los relatos desaparecen porque el Mar también desapareció después, o al menos porque su extensión se redujo notablemente.

Los hallazgos arqueológicos demuestran que entre los siglos XI y XIV el fondo marino estuvo habitado gracias al retroceso de las orillas, un movimiento en el que la velocidad era variable, pero podía llegar hasta varios metros anuales.

En 1669 el Mar reaparece en el Atlas de Siberia de Semyon Remezov, la primera obra geográfica rusa que, por cierto, se basaba en testigos y referencias de los vecinos del lugar.

La primera cartografía sistemática del Mar la emprendió el capitán Alexei Butakov a mediados del siglo XIX, una tarea en la que invirtió dos años, lo que da idea de la inmensidad que alcanzaba entonces, hasta el punto de que llegó a estar considerado como el cuarto lago más grande del planeta.

A finales de los años setenta del pasado siglo, ningún científico, ni siquiera los soviéticos, fueron capaces de pronosticar que el Mar se estuviera secando. En aquella época sólo retrocedía unos pocos centímetros al año y en la URSS creyeron que el fenómeno era reversible. Al cabo de un tiempo, el Aral recuperaría su nivel anterior de agua.

Sin embargo, en la década siguiente en algunas zonas el retroceso de la orilla llegó a ser de varios kilómetros anuales y entonces los científicos soviéticos empezaron a pensar que el retroceso de las orillas era irreversible, aunque las causas eran un misterio. Una de ellas apuntaba a las obras de irrigación que se habían emprendido en las orillas de los ríos Amu Daria y Syr Daria que desembocan en el lago.

Ahora sólo se habla de esa tesis como única causa del “desastre” ecológico, pero las primeras obras de irrigación son muy anteriores a la época soviética, sin que se apreciara un descenso del nivel de las aguas.

El fenómeno no es tan sencillo de explicar, como indican los relatos anticomunistas y los de terror ambiental. El Amu Daria es un río que ha cambiado de cauce a lo largo de su “historia natural”. Antiguamente desembocaba en el Mar Caspio, mientras que ahora sus aguas contribuyen al Mar de Aral.

En la región las temperaturas son tan elevadas que la mayor parte del caudal de ambos ríos no llega nunca al Mar de Aral, es decir, no a causa de la irrigación.

Con la desaparición de la URSS y el cambio de siglo, la situación del lago, que empezó a estar bajo la soberanía de Kazajistán y Uzbekistán, no mejoró porque el ecosistema no dependía del comunismo ni de las nuevas fronteras que se dibujaron en Asia central tras su desaparición.

Con la caída de la URSS cambio también la manera de escribir, incluso la manera de escribir sobre “ciencia” porque lo que antes era “culpa” del comunismo no se convirtió después en “culpa” del capitalismo sino del “ser humano” (de la industria, de la modernidad, del desarrollismo, etc.).

Para la burguesía lo importante no son las personas sino el ambiente. La URSS hizo mal poniendo a las personas por encima de la naturaleza, irrigando los campos de algodón más prósperos de Asia central para que los campesinos tuvieran mejores condiciones de vida. En realidad, los relatos sobre la URSS, lo mismo que los ecologistas, son otra colección de desastres. Allá todo lo hizo mal y este caso no iba a ser una excepción. El espectacular desarrollo económico soviético, único en la historia, lo presentan como la entrada del elefante en la cacharrería. Estropeó el paisaje con el humo y la contaminación.

El traslado de “la culpa” de la URSS al “ser humano” tenía una ventaja: en ella estaba la solución a la catástrofe. Si “el ser humano” había creado un problema, también le podía poner remedio. El “ser humano” estaba obligado a corregir sus errores pasados (el comunismo) porque prefiere el capitalismo, como prefiere los mares a los desiertos. Es una elección propia de la cultura dominante. Aunque un tuareg optara por el desierto, en Asia central no había elección posible porque no hay ningún organismo internacional ni ninguna subvención -más o menos suculenta- para fomentar la expansión de los desiertos en el mundo.

Hay que erradicar los desiertos lo mismo que el comunismo. Se trata, pues, de volver la “historia natural” del revés: si el Mar se seca hay que volverlo a llenar de agua, por lo que en 2005 levantaron el dique de Kokoral, que subió el nivel de las aguas 42 metros en lo que se llama “el pequeño Aral”, en Kazajistán, creando una especie de pantano gigantesco, e incluso una piscifactoría en la que los vecinos pueden volver a pescar.

No importa que los pantanos no formen parte de la naturaleza y que sean tan artificiales, tan obra del “ser humano” como los “desastres ambientales”. Siempre son preferibles al desierto, lo mismo que los jardines. Definitivamente el éxtasis verde se ha instalado en la cultura dominante del “ser humano”, incluso en la política.

(1) http://andaquepaque.blogspot.com.es/2017/01/ecologismo-y-comunismo.html
(2) http://livingasia.online/2016/11/02/aral_live/

La verdad es revolucionaria, ¿y la posverdad?

Juan Manuel Olarieta

Como parte de la ideología dominante, la expresión “posverdad” tiene un origen anglosajón. Originalmente se habló en 2000 de “post-truth politics” para indicar, además, que su ámbito estricto de aplicación eran las batallas políticas. El imperialismo crea ideología creando neologismos que, además, quiere convertir en conceptos: activista, transversal, género… Díme cómo te expresas y te diré cómo piensas.

Tras el Brexit este término ha saltado a la fama en todo el mundo hasta el punto de que el año pasado el Diccionario Oxford del inglés la calificó como “la palabra del año”. No es ninguna casualidad.

Su impulso procede de un editorial de Katharine Viner, redactora de “Informaciones y Medios” del diario británico “The Guardian”, de 12 de julio del año pasado para explicar el fracaso de la propaganda mediática a favor de la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea.

El argumento es el mismo que el de otro estrepitoso fracaso mediático, la victoria electoral de Trump, inmediatamente después: a pesar de que la prensa, acostumbrada desde siempre a dirigir las elecciones y todas las batallas políticas, apoyó a Clinton, los votantes se decantaron por Trump.

¿Por qué hemos fracasado?, se preguntan los medios más poderosos del mundo, acostumbrados a manipularlo todo. Han balbuceado una serie de explicaciones a la altura de su falta de talla intelectual: porque en la era de internet proliferan las noticias falsas con las que embaucan a los electores. Las mentiras han entrado en competencia. En lugar de los embaucarles nosotros, les embaucan otros, afirman los periódicos, señalando con el dedo a sus propios fantasmas: Putin, el Kremlin, Rusia…

A partir de ahí, los medios dominantes desarrollan su explicación acerca del descrédito en el que están sumidos recurriendo a un aspecto que es muy interesante tener en cuenta: el universo emocional de los lectores. Mientras los medios “serios” exponen argumentos basados en hechos y razonamientos “fríos”, la posverdad recurre a los aspectos más emotivos del ser humano, a sus pasiones y a sus creencias más arraigadas.

La burguesía, de la que los periodistas son portavoces, no puede entender que lo que ellos consideran un argumento razonado y basado en evidencias circule por las redes sociales mucho menos que una soflama incendiaria en la que su clase social, los políticos que la representan y sus portavoces mediáticos son tratados con el desprecio que se tienen bien merecido.

El más somero vistazo por internet, las redes sociales o los blogs muestra que el mundo virtual se ha convertido en una válvula de escape que desempeña dos funciones. Por un lado, impide que el hartazgo salte a la calle, al mundo real; por el otro, encierra la protesta en lo virtual con toda la virulencia que la crisis capitalista y la brutal represión política desatan. Internet está lleno de violencia, pero es sólo verbal, algo que el capitalismo debería agradecer, en lugar de condenar. Si los internautas expresaran en la calle la mitad del cabreo que muestran en los foros digitales, los Estados burgueses saltarían en pedazos.

Si del inglés pasamos al latín y las lenguas romances, caeremos en la cuenta de que las palabras emocionar y movilizar tienen el mismo origen en la palabra “motu”, que significa movimiento. Lo que nos mueve es lo que nos emociona, lo que Spinoza llamó “las afecciones del alma”. Sin embargo, desde hace 200 años tanto los enciclopedistas franceses como el idealismo alemán han creado en la burguesía una concepción ideológica puramente racionalista, que mutila el universo emocional de las personas.

Esa concepción está ampliamente arraigada en las sociedades influidas por el racionalismo burgués y en su época ya fue criticada por Marx y Engels, que acusaron a los neohegelianos de no ver “en la humanidad más que una masa sin alma” (1) donde el hombre concreto, el burgués, el trabajador, el parado, el que ríe y llora, se ha esfumado. Para la burguesía las personas somos abstracciones, de las que sólo hay que tener en cuenta el intelecto, mientras que el cuerpo es un objeto propio de la medicina


De ahí proviene la cosificación de las personas, su calificación como “pacientes”, es decir, sujetos pasivos: una persona que no se mueve está como convaleciente, no es más que un objeto como cualquier otro. No actúa por sí misma sino que hay que actuar sobre ella. Es alguien que carece de lo que el marxismo ha puesto en el centro, la práctica, a diferencia de Hegel, que separaba el pensamiento (la teoría) del sujeto (que se moviliza) de carne y hueso (2).

Cuando la burguesía abandona sus sofisticadas exposiciones ideológicas, la impostura se nota demasiado y entonces aparece eso que llaman “populismo”, el intento de mantener la dominación ideológica mediante el recurso a la demagogia, tan típica de los periodos electorales. Para obtener escaños hay que decir a los votantes lo que éstos quieren escuchar, satisfacer sus “bajos” instintos, lo cual es una redundancia porque para la burguesía todos los instintos del populacho son “bajos”. Lo realmente elevado es el intelecto, la conciencia en el sentido que le da la burguesía “culta” y cultivada.

La burguesía oscila, así, de manera pendular, entre la mentira y el vacío, que se esconde bajo un invocación de neutralidad y objetividad que pondera los pros y los contras de todo poniéndolos encima de una balanza imaginaria. Son esas obras de historia en las que la guerra civil aparece como una lucha fratricida en las que ambos bandos cometieron graves crímenes y esas informaciones en las que los yihadistas son unos criminales, pero Bashar Al-Assad tampoco es ningún santo… Es lo que Marx calificaba como la pura contemplación hegeliana, que es la actitud del espectador, de quien se recrea en el paisaje.

La propaganda revolucionaria es todo lo contrario: es apasionada, partidista, conmovedora… Tiene el sello de otra clase social, el proletariado, opuesto al de la burguesía. Es el punto de vista de alguien que participa, que toma partido en aquello sobre lo que escribe. El modelo inmortal de periodismo revolucionario sigue siendo el de John Reed en su “México insurgente” y sus “10 días que estremecieron el mundo”. Es pura agitación. Cien años después su lectura sigue moviendo, removiendo y conmoviendo.

Mientras la mentira es un somnífero, la verdad es revolucionaria, escribió Lenin. La verdad altera nuestro estado de ánimo, nos irrita profundamente y nos arrastra a gritar por las calles (no sólo por las redes).

(1) Marx y Engels, La sagrada familia, Madrid, 1981, pg.54.
(2) Marx, Manuscritos, economía y filosofía, Madrid, 1974, pg.205.

¡Que viene el lobo!

En 1953 el franquismo publicó un decreto contra las “alimañas”, o sea, contra especies animales, aves y reptiles que hoy consideramos como merecedoras de protección, organizando en cada provincia una “junta de extinción” para exterminarlas. En sus 29 años de funcionamiento las Juntas mataron oficialmente a 4 millones de “alimañas”, entre ellas lobos, pero también zorros, águilas, linces, osos o búhos.

“Hay que exterminar al lobo”, titulaba en 1974 el diario fascista “Pueblo” porque -según decía- una loba había matado a dos niños en una aldea de Ourense. Aquel suceso desató el pánico. Los aldeanos llegaron a fabricar jaulas para resguardar a sus hijos de los depredadores mientras ellos se iban a trabajar al campo. Fue el último de una serie de episodios de histeria colectiva contra el lobo en Europa.

El exterminio fascista del lobo fue uno de sus tantos exterminios fallidos. Sólo cinco años después, en 1979, el Convenio de Berna, firmado por 47 países europeos, prohibió las matanzas de lobos. Hasta entonces se remuneraban las matanzas de este depredador; a partir de entonces lo que se remunera son las matanzas de ganado que los lobos llevan a cabo.

Aquella década del siglo pasado marca, pues, una frontera en la leyenda de las relaciones entre los hombres y los lobos. Entonces al lobo se le tenía por erradicado de Europa. Parecía el fin de un problema (porque el lobo era considerado así, como un problema).

Pero la desaparición de los lobos tiene orígenes mucho más remotos, que hay que buscar en la expansión del capitalismo en el campo. En Inglaterra fue exterminado a principios del siglo XVI, en Escocia en 1684 y en Irlanda en 1710. La explicación es más económica que biológica porque los ecosistemas también muestran una cierta dependencia del modo de producción. El exterminio de los lobos proporcionó al Reino Unido e Irlanda una ventaja competitiva en la cría de ganado ovino. Menos lobos suponían más ovejas y, por lo tanto, más lana.

Además, la necesidad de madera redujo drásticamente las zonas forestales, por lo que al lobo le quedaron muy pocos hábitats para subsistir. El animal lo tenía todo en contra. Competía con los cazadores y se le consideraba como una plaga porque, lo mismo que los perros, podía transmitir la rabia.

Finalmente, la escasez de herbívoros silvestres obligó a los lobos a nutrirse del ganado doméstico, otro motivo de competencia que estimuló aún más su exterminio. Su cabeza disecada es un trofeo “de guerra” que aún sigue adornando muchas viviendas. No obstante, las batidas (“monterías”) de lobos son un caso extraño en la historia porque desde el siglo XVI la caza estaba restrigida a la nobleza. Eran la única forma de caza autorizada a los pobres.

A medida que durante la desamortización los montes se privatizaron a comienzos del siglo XIX, sobre ellos se crearon los primeros cotos de caza, propiedades en manos de la aristocracia. Las “alimañas” depredaban las poblaciones de interés cinegético (conejos, perdices, liebres, codornices, etc.) y el Estado se puso al servicio de su clase, la de los propietarios de cotos privados, autorizando la caza de alimañas para favorecer la otra caza. El Estado ponía el dinero público al servicio de los intereses estrictamente privados de ganaderos y propietarios de cotos.

Es más, ellos eran los miembros que formaban parte de las “juntas de extinción”. A mediados del siglo XIX el lobo había desaparecido de la mayor parte de Europa occidental. En Suiza, el último fue abatido en 1872. Por aquella misma época desapareció también de Bélgica y Alemania, después de haberse refugiado en los bosques de las regiones de las Ardenas y Renania.

En Francia el exterminio fue sistemático. El último fue tiroteado en 1937, aunque con cierta regularidad solían aparecer ejemplares muertos.

El depredador se mantuvo en aquellos países en los que el feudalismo perduró durante más tiempo, en Europa central, oriental y en el sur, donde el desarrollo industrial fue más débil o más tardío. En esas regiones los lobos se mantuvieron hasta el siglo XX, aunque las poblaciones decrecieron de manera ostensible.

La Ley de Caza de 1879 fomentó el envenenamiento masivo de los municipios durante días. Para evitar intoxicaciones accidentales se daban a conocer a los vecinos a través de bandos municipales. En el siglo siguiente la estricnina se hizo famosa en las zonas rurales.

Los lobos fueron perseguidos por los alimañeros, que se ganaban la vida “limpiando” los montes de lobos con lazos, cepos, trampas, jaulas y veneno. Eran una especie de “cazarrecompensas”, un oficio rural que se prolongó hasta bien entrada ya la década de los setenta del siglo pasado.

La Ley de Caza de 1970 siguió con la costumbre ancestral de subvencionar las matanzas de lobos. En las zonas rurales, que eran la mayor parte de la península, también había muchos aficionados que paliaban el hambre y la miseria con matanzas de todo tipo de animales y aves silvestres. El precio variaba en razón de la pieza. El lince se pagaba a 4 pesetas, mientras que el lobo estaba mucho mejor remunerado: entre 700 pesetas el macho y 1.000 pesetas la hembra.

En España, que había tenido las más importantes manadas de lobos, sobrevivieron unos 500 ejemplares. El último censo fiable, que data de 1988, estimó una población de entre 1.500 y 2.000 ejemplares arrinconados en las sierras del noroeste, principalmente en Zamora y León.

Pero el lobo ha vuelto como consecuencia de varios factores económicos. Los seres humanos han abandonado los montes y campos. La agricultura y la ganadería están en retroceso y el bosque se está recuperando. Gracias a ello las poblaciones de lobos se están incrementando a un ritmo del 17 por ciento anual.

Vienen del este de Europa a través de Polonia y se establecen en los países más industrializados como Alemania, Holanda o Francia. En diciembre de 2012, se descubrió una manada con cachorros procedentes de Europa del este a unos veinte kilómetros al sur de Berlín.

En Francia en noviembre de 1992 se observó por primera vez el regreso de los lobos a los Alpes. Eran ejemplares procedentes de una población italiana originaria de Génova, Florencia y Bolonia. Las manadas están repartidas en 29 regiones diferentes del país galo.

El lobo ha vuelto, además, como un problema político. En primer lugar, porque el Convenio de Berna no lo considera como una especie en vías de expansión, sino de extinción, y prohíbe las matanzas. En segundo lugar, a los ganaderos se les indemniza por las pérdidas de ganado que los lobos causan. La Generalitat de Cataluña paga 95 euros por un cordero de menos de un año y 2.150 euros por una vaca adulta. En algunos países también se habilitan fondos para la adquisición de mastines y el tendido de cercados eléctricos.

Un siglo después de su desaparición se han vuelto a ver lobos en Cataluña. Proceden de los Abruzzos italianos y se han empezado a asentar en el Pirineo, después de haber atravesado los Alpes en una emigración que ha durado dos décadas. En 2011 se acercaron a 40 kilómetros del centro de Barcelona. El número de cabezas de ganado que han matado se aproxima al centenar.

Los lobos constituyen un peligro para las ovejas, cabras, jabalíes, ciervos y venados. En las zonas afectadas por su regreso, para proteger a su cabaña los ganaderos tienen que tomar medidas que tenían olvidadas, porque desde hace décadas ni cercan el ganado por las noches, ni utilizan mastines para su cuidado.

El retorno ha reavivado las tensiones con los ganaderos, que algunos sitios han vuelto a las matanzas. En Europa han causado la muerte de 5.848 cabezas de ganado. En Castilla y León los lobos mataron en 2007 a 1.296 reses y al año siguiente a 2.859. El año pasado [2012] su depredación costó casi 12 millones de euros en ayudas públicas y compensación de pérdidas.

Por el contrario, el lobo no representa ningún peligro para los seres humanos. Huye ante su presencia. Sin embargo, inspiran un miedo ancestral que está presente en los relatos fantásticos de terror, como el del “hombre-lobo” o el lobo feroz del cuento de Caperucita Roja.

El año pasado [2012] el diario “La Opinión” de Coruña (24 de marzo) dejaba constancia de la reaparición de los lobos en los montes de Galicia, a los que calificaban como “no autóctonos”. Algunos aldeanos decían haber visto sueltas de lobos criados por el hombre. El reportaje también ponía de manifiesto el clima de miedo. Según los vecinos, los nuevos lobos se comportan de manera diferente a los que había hace años, por lo que en algunas aldeas los denominan “lobos mixtos”. Los lobos autóctonos, “genuinamente gallegos”, se han criado en el monte, en libertad, no son tan agresivos hacia los perros de caza ni hacia las personas y es muy raro que se acercaran a una zona poblada. Por el contrario, los lobos avistados en los últimos años se acercan a menos de 200 metros de las casas y a los contenedores en busca de comida.

En mayo del año pasado [2012] la Asociación de Agricultores y Ganaderos de Guadalajara informó de que los lobos habían reaparecido en la provincia, registrando tres ataques en la zona de Atienza, en los que mataron a más de diez ovejas. Luego, en octubre “El País” saludaba el retorno de los lobos a la sierra de Guadarrama, a 100 kilómetros de Madrid, y los calificaba como “ibéricos”. Los lobos, decía el periódico, habían llegado para quedarse.

Antes la frontera del lobo llegaba al río Duero; ahora está en Madrid. Es una especie en vías de expansión, por lo que volverán los alimañeros. En Asturias ya han vuelto a autorizar la caza del lobo en el parque de Picos de Europa.

Esos cabrones que ejercen de imperialistas por la mañana y de benefactores por la tarde

La investigación sobre el tráfico de órganos en el Estado fantasma de Kosovo se está acabando de perfilar. Los tribunales europeos ya han condenado a cinco médicos kosovares a penas que van hasta los ochos años de cárcel. Formaban parte de una red que operaba desde una clínica en las afueras de Pristina, la “capital” kosovar.

Además hay dos órdenes de busca y captura emitidas contra otros dos miembros de la red, un cirijando turco y el cerebro de la banda, un israelí llamado Moshe Artel, lo que vuelve a poner de manifiesto, como ya relatamos aquí hace un año, la implicación del Estado israelí en las mafias organizadas en torno a este delito en el mundo entero.

Cuando estuvo de visita oficial en Kosovo en 2010, al ministro francés de Asuntos Exteriores, Bernard Kouchner, un periodista le preguntó por este asunto, ya que de 1999 a 2001 había sido jefe de la Minuk, la delegación de la ONU en Kosovo. Como había hecho siempe, en declaraciones a la BBC Kouchner negó de plano la existencia de tráfico de órganos en Kosovo y la existencia de pisos francos y clínicas clandestinas dedicadas a ello.

A causa de ello, a Kouchner le acusaron “de mirar para otro lado” en aras de los manejos de los imperialistas, con la complicidad de la ONU. “Todos se acuerdan de su sonrisa indecente”, dice hoy el diario argelino “Réflexion” (*), frente a los periodistas serbios, a los que acusó de “cabrones” y de “locos” durante las ruedas de prensa que dio cuando estaba al frente de la delegación de la Minuk.

Kouchner protegía a su amiguete Hachim Thaçi, el criminal al que los imperialistas pusieron al frente del nuevo Estado de Kosovo, hasta que las investigaciones de la fiscal Carla del Ponte en 2008 tiraron del hilo poniendo de manifiesto quiénes eran los verdaderos cabrones. No era un rumor: durante la Guerra de Kosovo a los presos serbios les arrancaron sus órganos en vivo.

El Consejo de Europa encargó una investigación a Dick Marty, cuyas conclusiones tampoco dejan lugar a dudas: “En Kosovo todo el mundo está al corriente de lo que ha pasado y de lo que aún pasa, pero la gente sólo habla de ello en privado”, dice. La mafia kosovar estaba dirigida por los mismos que hoy están al frente el Estado “independiente”, auténticos responsables de éste y otros crímenes contra la humanidad, además de tráfico de armas y tráfico de drogas, miembros de la policía, la judicatura e incluso de Eulex, el órgano judicial europeo encargado del aparato judicial en Kosovo.

Como también expusimos en otra entrada anterior, numerosos testigos del juicio contra el antiguo Primer Ministro, Ramush Haradinaj, fueron asesinados y a los demás los obligaron a retractarse bajo amenazas de muerte. La investigación de Marty confirma que aunque en 2005 había pruebas abundantes de los horrendos crímenes cometidos en Kosovo, fueron deliberadamente destruidas.

Según un documento de la ONU, desde 2003 la Minuk tenía información de los crímenes cometidos en Kosovo relacionados con el tráfico de órganos humanos. Los dirigentes de la UÇK y luego del Estado kosovar “independiente” cobraban 45.000 dólares por los órganos de uno sólo de los presos serbios a los que se les extirpaban.

Lo mismo de su patrón Kouchner, los mafiosos kosovares exculpan su responsabilidad negando la evidencia y recurriendo al tópico hoy en boga: las numerosas denuncias que se han expuesto sobre estos crímenes son obra de serbios y rusos.

De Kosovo no hay nada nuevo que añadir que no sepamos. Fue el prólogo de lo que luego los imperialistas pusieron en práctica durante las Primaveras Árabes y la Plaza Maidan. En los Balcanes fue la primera ocasión en que la OTAN tuvo la oportunidad de salir en defensa de una “minoría oprimida” por los serbios, la albanesa, de crear organizaciones terroristas, como la UÇK, de desestabilizar toda una región y de bombardear a la población civil con munición radiactiva.

Anualmente pasan por Kosovo camino de los barrios europeos 60 toneladas de heroína procedentes de Afganistán, un negocio que reporta 3.000 millones de euros a los mafiosos kosovares. A diferencia de lo que ocurre con los refugiados, nadie protesta por ello. No hay xenofobia contra la heroína; tampoco hay muros, fronteras, pateras. La policía mira para otro lado. Las tropas estadonidenses no están para eso. La Unión Europea no se siente afectada…

¿Quiénes son los cabrones de esta historia? Se lo contamos nosotros: los cabrones son gentuza como Kouchner que, además de jefe de la delegación de la ONU en Kosovo y luego ministro frances de Asuntos Exteriores, es el fundador de Médicos del Mundo y de Médicos Sin Fronteras.

¿Sin fronteras? Este tipo de criminales, como Kouchner y sus ONG, que no cree en las fronteras son los que las imponen, los que levantan muros y los rodean de alambradas para que no circulen las personas pero circule las drogas, las armas, los riñones…

Siempre más de lo mismo: imperialistas por la mañana y benefactores por la tarde.

(*) http://www.reflexiondz.net/_a45610.html

Más información sobre el Estado mafioso de Kosovo:

– Desarticulada una red israelí que traficaba con órganos de refugiados sirios
– Detenido el antiguo ‘Primer Ministro’ del Estado criminal de Kosovo
– La Unión Europea enseña a robar a los bandidos kosovares
– ¿Serán condenados por criminales de guerra los terroristas kosovares del UÇK?
– Vuelve el yihadista kosovar que trabajó para la OTAN en la Guerra de los Balcanes

Contra la concepción mecanicista de la historia

Juan Manuel Olarieta
Es muy corriente que en cualquier debate sobre la república aparezca alguien que comenta: es indiferente que la forma de Estado sea monárquica o republicana porque otros países capitalistas, como Portugal o Francia, son repúblicas y la situación no cambia sustancialmente para la clase obrera.

Es una manera errónea, mecanicista, de analizar una situación. En una tesis así hay dos equivocaciones importantes. La primera es que transmite que, por el hecho de ser capitalistas, los Estados son iguales unos a otros. Pero es una tautología decir que todos los Estados capitalistas son capitalistas. Tienen en común que son capitalistas y se diferencian en todo lo demás, y precisamente eso que los diferencia es lo interesante, porque es lo concreto, el “análisis concreto de la situación concreta” que diría Lenin.

El otro error es que ese tipo de afirmaciones conduce a pensar que un Estado se compone de piezas que son intercambiables, como un vehículo en el taller de reparaciones. En un Estado también se puede quitar una rueda (la monarquía) para poner la de repuesto (la república) en su lugar, como si nada hubiera ocurrido.

También es frecuente escuchar ese mismo planteamiento mecanicista en la cuestión de la autodeterminación de las nacionalidades, de tal manera que la independencia de Galicia no consiste en otra cosa que en poner una aduana en el puerto de Padornelo y pedir visados de entrada y salida. No cambiarían ni la situación de Galicia ni la de España. Simplemente habría dos Estados donde antes sólo había uno. Uno sería el Reino de España y el otro la República de Galicia.

Se pueden poner muchos ejemplos de esa manera errónea de analizar los fenómenos sociales, como la equiparación entre el Partido Popular y el PSOE, que a veces se designa como PPSOE, para acabar concluyendo que ambos son iguales, lo cual siempre es cierto: son iguales luego también son distintos y es necesario entender ambas cosas a la vez, en qué son iguales y en qué son distintos.

Ahora se está poniendo de moda aludir a las contradicciones interimperialistas para poner en el mismo plano a Estados Unidos y a Rusia porque ambos son iguales; Trump y Putin quieren lo mismo, la hegemonía mundial. Según este tipo de planteamientos, la situación interna e internacional no cambiaría en absoluto si en lugar de uno tuviéramos al otro. Son los mismos perros con distintos collares…

Pero la peor versión mecanicista de la historia es la de su reversibilidad, que es cuando se da por supuesto que los acontecimientos pueden ir hacia atrás. Por ejemplo, con mucha ligereza hay quien escribe que Rusia ha retornado hacia el capitalismo, dando a entender que ahora está como estaba antes de 1917, lo cual es erróneo.

Tiene razón Putin cuando dice que Rusia no puede dar marcha atrás, una expresión a la que le da un doble sentido, que también es correcto. Por un lado, Rusia no puede borrar ni pasar por encima de su etapa soviética, por lo que es un país que conserva numerosas y muy importantes huellas de su pasado más reciente. Por el otro, tampoco puede volver a 1917 para rehacer la URSS como quien hace una fotocopia.

Cuando en todo el mundo se está celebrando el centenario de la Revolución de Octubre es necesario tener en cuenta que, tanto en Rusia como en cualquier otro país capitalista, la historia no se repite nunca. Del mismo modo y con la misma contundencia hay que tener en cuenta que la historia tampoco se puede borrar, que es lo que intenta el actual gobierno polaco con la de su país.

El empirismo anglosajón, que en todo el mundo forma parte de la ideología dominante, ha inculcado la doctrina de la tabla rasa, del papel en blanco y de que los acontecimientos surgen de la nada, mientras que Marx sostuvo todo lo contrario: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, escribió en su obra El 18 Brumario de Luis Bonaparte.

Cada país tiene sus tradiciones y sus pesadillas, sobre las cuales la historia vuelve una y otra vez, dando la impresión de que los acontecimientos se repiten, “una vez como tragedia y otra como farsa”, escribió también Marx en la misma obra. En España una clase social trata de acabar con sus propias pesadillas para encubrir el origen de su dominación, la guerra civil, el franquismo, mientras que otros se esfuerzan por recuperarlas porque es la única manera de superarlas.

La burguesía de algunos países no puede digerir determinados capítulos de su historia, por lo que intentan borrarla o tergiversarla. Así ocurre en España con la Segunda República, la guerra, la posguerra y la transición. Por el contrario, el proletariado trata de recuperar la memoria histórica por lo que, una y otra vez, invoca para sí aquella época, de tal manera que la república y su bandera tricolor se convierten en una de sus señas de identidad más importantes.

No tiene nada que ver con la nostalgia. En España la república es el pasado al mismo tiempo que es el futuro. Naturalmente, nunca será la repetición de la Segunda República sino algo nuevo construido sobre aquella que los fascistas destruyeron a sangre y fuego. Sin duda alguna será una República Popular, expresión política de una revolución de tipo socialista.

Lo mismo cabe decir de la Revolución de Octubre. Los intentos de los imperialistas por suprimirla, borrarla de la historia o manipularla están condenados al fracaso, inexorablemente, porque es el acontecimiento más importante de la historia, de toda la historia de la humanidad. Es inevitable que en cualquier lugar del mundo el proletariado considere aquella Revolución como cosa propia, como una parte de sí mismo, de su propia historia y como la fuente inspiradora para construir una nueva sociedad.

Con mucha más razón se puede decir eso mismo del proletariado ruso, para quien la etapa soviética está aún mucho más marcada en su conciencia que aquí lo está la Segunda República. El futuro de un país pasa inevitablemente por su historia. En España por la república y en Rusia por los soviets. España volverá a ser republicana igual que Rusia volverá a ser soviética. No hay nadie capaz de impedirlo.

Hoy, cuando además del centenario de la Revolución de Octubre, celebramos también el aniversario de las elecciones que ganó el Frente Popular en febrero de 1936, es un buen momento para recordar la trascendencia histórica de estos acontecimientos.

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