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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 30 de 60)

Represión fascista: cuando los jueces reconvierten los derechos en delitos

Juan Manuel Olarieta

En un Estado fascista lo más típico es que los derechos se reconviertan en delitos. Por eso España nunca ha reconocido la existencia de presos políticos, ni detenidos políticos, ni juicios políticos. El franquismo tampoco lo reconoció. En esto el régimen del 78 es igual al régimen del 39.

Vivimos en un país tradicionalmente lleno de delincuentes comunes, de huelguistas, de terroristas, de manifestantes, de raperos, de soberanistas, de humoristas…

La reconversión de los derechos en delitos requiere de una auténtica ingeniería jurídica que, aquí y ahora, es doble y concierne a todos los tribunales de este país, marcados por el mismo sesgo político, o sea, el fascista (no me cansaré de remarcarlo).

Primero, los jueces nunca condenan el terrorismo, ni la violencia, ni la violencia política así, en general, sino sólo la que se dirige contra el Estado. Segundo, ni siquiera condenan por el ejercicio de la violencia ya que cualquier clase de protesta se considera como violencia, sobre todo cuando quiere ser pacífica expresamente.

Los ejemplos abundan y algunos se han convertido en verdaderos tópicos, como el de “todo es ETA”, pero también hay que poner encima de la mesa otro tipo de represión política, como la criminalización de los escraches o los piquetes de huelga.

Hace un par de meses se celebró en Santander un juicio contra seis acusados de un escrache ejercido en febrero de 2014 contra el entonces presidente de Cantabria y dirigente del PP, Ignacio Diego, durante un paripé en la Universidad titulado “Tengo una pregunta para usted”.

Los estudiantes portaban una pancarta en defensa de la educación pública y esperaron pacíficamente la llegada del coche oficial. Al verle salir por la puerta comenzaron a corear consignas a favor de una enseñanza de calidad, pero ocurrió lo de siempre: los escoltas se abalanzaron sobre ellos y les golpearon.

Luego los policías, fiscales y jueces fabrican un artificio, que siempre es el mismo. Le dan una vuelta de 180 grados a la realidad, es decir, la falsifican para que los manifestantes que ejercen sus derechos aparezcan como los violentos, mientras los políticos y sus escoltas son sus víctimas.

Los que se sientan en el banquilllo no son los políticos ni los escoltas sino los manifestantes por un “horroroso crimen” que sólo existe en los países fascistas: manifestarse y protestar, exactamentente igual que los raperos se sientan en el banquillo por cantar y los humoristas por contar chistes.

Cuando la realidad se falsifica, cualquier cosa es posible porque la represión fascista no se confirma con eso, con un único delito. Al llevar a la policía a los lugares donde se ejercen los derechos, se provoca una catarata en la que aparecen más delitos, como los desórdenes, la desobediencia, la resistencia a la autoridad, las injurias, los daños… El Código Penal al completo.

Todo en un tribunal fascista es ingeniería, artificio y reconversión de la realidad en su contrario. La intervención de la policía en el ejercicio de cualquier derecho fundamental, como una concentración, convierte a la protesta más pacífica imaginable, simbólica, en terrorismo callejero.

Ya lo dijo el Tribunal Supremo en una sentencia de los tiempos franquistas: no existen protestas pacíficas; todo es “terrorismo menor”. El magistrado de la Audiencia Nacional Eloy Velasco siguió ese criterio cuando en una resolución acusó a los indignados del 15-M de ejercer una “violencia moral”.

No ha cambiado absolutamente nada.

La Ruta de la Seda: cuando ‘el corazón del mundo’ era un cruce de caminos

Ruta de la Seda es el nombre que en 1877 dio el geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen a una red de corredores de 7.000 kilómetros que unían Xian, en China, con Antioquía, un puerto turco del Mediterráneo oriental. El Camino de Santiago era el último apéndice de un recorrido que, por la otra vertiente, llegaba hasta Filipinas.

La seda era la mercancía más valiosa que circulaba por dichos corredores y durante mucho tiempo los chinos la utilizaban como moneda de cambio. Hoy se llamaría la Ruta del Oro. Los chinos eran los únicos que conocían el secreto de su fabricación, que era monopolio del Imperio. Pero la gama de productos era muy variada: jade, ámbar, almizcle, piedras preciosas, coral, lino, lana, porcelana, armas, mármol, especias…

En las caravanas las mercancías se portaban a lomos de caballos, camellos, dromedarios o en carros tirados por yaks, cada uno de los cuales soportaba cargas de hasta 140 kilos, formaban largas hileras con miles de carros, personas y animales.

Los griegos y romanos hablaban del “País de Seres”, un antiguo pueblo de Asia central (los “sedosos”) que fabricaba seda. Plinio el Viejo los describe como personas altas, rubias y de ojos azules en lo que hoy son regiones de China, como el Turkestán oriental, habitado por uigures, donde se han descubierto enterramientos de noreuropeos con muchos miles de años de antigüedad.

Algunos arqueólogos remontan su origen al paleolítico. Las primeras crónicas chinas hablan de ella desde el siglo II antes de nuestra era, durante la dinastía Han. En occidente la conocemos gracias al relato de Marco Polo, un comerciante italiano, que en el siglo XIII la recorrió durante 25 años. Eso fue posible por su socio, Kublai Khan, hijo de Gengis Khan, es decir, gracias al Imperio Mongol, edificado sobre los distintos eslabones de la Ruta, que llegó a ser el imperio continental más grande de la historia. Durante algún tiempo dio unidad política a aquel sistema arterial, desde Corea hasta el Danubio, en plena Europa.

Los corredores decayeron en el siglo XIV tras la caída del Imperio Mongol y en el siglo siguiente con la colonización de América, que a su vez fue consecuencia de la dominación turca sobre el Mediterráneo oriental, que cerró las vías a los mercaderes occidentales. El auge de la técnica de navegación marítima y la época de las grandes expediciones, reduce la importancia de la Ruta de la Seda.

Hace un par de años el profesor de historia de la Universidad de Oxford, Peter Frankopan, publicó un libro sobre las Rutas de la Seda, en plural (1), que fue duramente criticado por el diario The Guardian (2). En su obra el historiador la define como el “corazón del mundo” para remarcar la subjetividad de los relatos occidentales, donde es normal que nos cueste entender las religiones, las migraciones, las Cruzadas, el comercio internacional o el dinero.

Algunos expertos en “geoestrategia” consideran a esta región del mundo, Eurasia, como el factor clave de la diplomacia rusa. Para ellos el Kremlin debería mirar a oriente más que a occidente. En definitiva, una buena parte de la región formó parte de la URSS hasta hace bien poco. Pero actualmente está bajo la influencia económica de China como en otras épocas del pasado. Hoy la seda es gas y petróleo.

Entre los siglos VII y X, cuando imperaba la dinastía Tang, Xian era una urbe gigantesca de unos dos millones de habitantes, diez veces más que Constantinopla o Córdoba. En comparación con otras, era mucho mayor que Nueva York hoy.

En los oasis el recorrido estaba jalonado de ciudades que, al mismo tiempo eran fortalezas militares. En su entrada había gigantescas “áreas de servicio” con restaurantes, moteles de carretera, mercadillos, bazares, baños… Se edificaban en torno a corralas o patios cerrados con cuadras en los bajos para alimentar, dar descanso y cambiar o relevar (“relay”) a los animales de tiro. Cuando estaban dentro de las ciudades se llamaban “khan” (casa en persa) y en turco “han”. En otro caso, si estaban en plena ruta, se llamaban “caravanserai” en persa, un término derivado de las palabras “karvan” (caravana) y “saray” (palacio). En castellano existió hasta hace muy poco la palabra “venta” que tuvo ese sentido múltiple de comercio, restaurante y hospedería.

También cumplían el papel de las aduanas, donde los sogdianos cobraban un peaje a los mercaderes, un tributo que les permitió levantar las imponentes ciudades de Samarcanda y Boujara. Los sogdianos eran un pueblo indoeuropeo, iraní, de origen escita, asentado en la fronteras de los actuales Uzbekistán y Tayikistán. Compraban, vendían, traducían y cambiaban monedas. Fueron ellos los que difundieron el conocimiento, la técnica y religiones como el nestorianismo, el maniqueísmo, el budismo, el judaísmo, el cristianismo y el islam. Lo mismo que el Camino de Santiago, la Ruta de la Seda era un lugar de peregrinaje para los budistas.

La Ruta de la Seda nunca tuvo un carácter exclusivamente comercial. Por ejemplo, siempre fue una universidad (“universitas”). Las enormes caravanas de mercadores iban fuertemente protegidas por ejércitos privados y los sabios de todas las épocas aprovechaban para acompañar en las expediciones. Unos comerciaban y otros aprendían, de donde viene la leyenda bíblica de los Reyes Magos de Oriente que seguían las estrellas (la Vía Láctea).

Pero el conocimiento no sólo circulaba por la Ruta como la sangre por las venas. Lo que la leyenda quiere decir es que -esencialmente- el conocimiento es un recorrido o, como decía Aristóteles, un camino. Por eso cuando se habla de un pensador, se hace referencia a su “trayectoria”. En términos antropológicos, es una romería, un remedo de las antiguas peregrinaciones. Los toxicómanos dirían que es un “viaje”.

La leyenda quiere decir también que el origen del conocimiento está en oriente y que los occidentales se apoderaron de él. Pero nuestra soberbia nos impide reconocerlo así. Grecia no es la cuna de eso que llaman “civilización occidental”, ni de la filosofía, ni de la ciencia, ni del arte modernos. Hasta el Renacimiento, que retorna al clasicismo grecorromano, es consecuencia del auge comercial de las ciudades del norte de Italia en los últimos eslabones de la Ruta de la Seda.

El sabio crea a partir de lo que toma de otros. A lo largo de la historia la humanidad progresó aceleradamente gracias a que hasta hace bien poco tiempo no existía “copyright”, patentes ni derechos de propiedad intelectual o industrial. Los artistas y los pensadores siempre han robado mucho más que los bandidos. Desde finales del siglo XIX los exploradores que se adentraron en la región, además de apoderarse de los conocimientos ancestrales, se llevaron también las esculturas, las joyas y las obras de arte que ahora contemplamos extasiados en los museos de Londres, o de París, o de Berlín, o de San Petersburgo.

En 1895 el sueco Sven Hedin fue el primer explorador de las ruinas del desierto de Taklamakan, de donde se llevó todo lo que pudo cargar en su caravana. Entonces Europa creía que no quedaba nada de aquello, más que recuerdos transmitidos por vía oral. Los descubrimientos convirtieron a Hedin en un personaje de leyenda, uno de los aventureros europeos más conocidos de Europa, hasta que su apoyo al III Reich le arruinó la fama que tenía.

El británico Aurel Stein organizó cuatro expediciones entre 1900 y 1930. Fue de vacío y volvió cargado con 7.000 manuscritos y las telas que decoraban los templos y que hoy el turista puede contemplar en la British Library de Londres.

El francés Paul Pelliot exploró el Turkestán en 1908. En Kucha descubrió un gran número de textos búdicos, algunos de ellos en lenguas que entonces eran desconocidas. También compró numerosos manuscritos descubiertos en las grutas de Mogao.

El Museo Etnológico de Berlín se inauguró con los saqueos del explorador alemán Albert von Le Coq, que viajó por el Turkestán chino. Se llevó frescos y paneles enteros de las grutas de Kizil. Vació por completo todos los templos que se encontró en su camino.

Ahora la Unesco ha declarado tramos enteros de la Ruta de la Seda como “patrimonio de la humanidad” que es tanto como decir que los dueños somos todos los seres humanos. Pero no ha hecho lo mismo con el Louvre, el Museo Británico o el Etnológico de Berlín, cuyos dueños son otros: los ladrones.

Parafraseando a Proudhon hay que admitir que la cultura es un robo. Me refiero a “nuestra” cultura, que no es nuestra, no es de nadie, no puede someterse al imperio de la propiedad privada y el “copyright”.

(1) The Silk Roads: A New History of the World, Bloomsbury, 2015.
(2) https://www.theguardian.com/books/2015/sep/29/silk-roads-peter-frankopan-review

Caravanserai de Qalat El-Mudiq, en Siria

Caravanserai de Qalat El-Mudiq, en Siria

La Guerra de Afganistán ha sacado de la jerga militar imperialista las palabras ‘victoria’ y ‘derrota’

Hamid Karzai, expresidente afgano
Juan Manuel Olarieta
El curriculum de Hamid Karzai no deja lugar a dudas. A través suyo Estados Unidos ha estado dirigiendo Afganistán durante 13 años, desde la invasión de 2001 hasta 2014, cuando no pudo optar a un tercer mandato. Es un hombre fabricado en Estados Unidos al modo propio de allá, aunque su origen es pastún, una de las tribus mayores de Afganistán.

Su evolución política está siendo cada vez más significativa, por lo que sus palabras ya no aparecen en los medios de comunicación… excepto en los rusos. Hace poco concedió una entrevista al diario Izvestia y participó en una reunión del Club Valdai que se celebró en Sochi, en la costa rusa del Mar Negro, donde pronunció un interesante discurso, que no ha tenido el eco que merecía (*).

Sus palabras hay que interpretarlas partiendo del error común de todos aquellos que suponen que la invasión militar de Estados Unidos en 2001 tenía por objeto “derrotar” a los talibanes, pero esa terminología ya no tiene sentido porque una “victoria” del Pentágono les obligaría a abandonar al país, cuando de trata de permanecer en él y para ello necesitan alguna excusa.

Sus palabras también son tópicas en cuanto a otra invasión, la de la URSS en 1980, cuando Afaganistán se convirtió en un “punto de caliente” de la Guerra Fría, como dijo Karzai, “porque la URSS trató de introducir el comunismo en Afganistán” y Estados Unidos trató de “utilizar” nuestra resistencia, convirtiendo a la religión en un “arma contra la URSS”. El final de aquella guerra (“conflicto” la llamó) dejó dos perdedores: la URSS y Afganistán.

Hasta aquí todo fueron tópicos de uso común y corriente que no explican lo más obvio: desde 1979 en Afganistán se ha levantado una parte -al menos- de la población a la que los dos ejércitos más poderosos del mundo, el soviético-ruso y el estadounidense, no han sido capaces de “derrotar” después de casi 40 años de guerra. Un acontecimiento de esa magnitud debería ayudar a reflexionar un poco más sobre la cuestión.

Las palabras de Karzai empiezan por otra obviedad: la constatación de que los talibanes jamás reconocieron la ocupación militar de Estados Unidos, ni a Karzai como su virrey, y siguen controlando gran parte del país. Por lo tanto, se han ganado su derecho a ser considerados como una de las fuerzas beligerantes con la que se debe negociar (bien entendido que la negociación es una parte de la guerra misma).

No obstante, al plantear así el asunto, se traslada el centro de gravedad hacia los talibanes, lo cual es erróneo. El problema en Afganistán no son ellos sino Estados Unidos. Diré de paso que siempre fue así, pero esa es otra cuestión.

En 2001 Estados Unidos invadió el país para destruirlo, desatando una guerra a la antigua usanza, con fuerzas propias, algo que ha cambiado recientemente en las últimas estrategias imperialistas que hemos visto por todo el mundo y que se pueden describir con una paradoja: hay que “invadir los países con fuerzas ajenas”. Entre otros motivos porque es mucho más barato, mucho más sencillo y la guerra no se acaba nunca.

En Afganistán esta estrategia ha tenido una nota muy característica: el Pentágono ha utilizado a un ejército creado por ellos, el oficial, contra otro ejército que también crearon ellos, el talibán. Una vez creados los ejércitos y desatada la guerra, Obama dice a los micrófonos que se largan de allá y al comprobar que es mentira, que nunca se fueron, Trump confiesa que no entiende nada del asunto y que tienen que abandonar al país. Otra de sus promesas electorales con el mismo destino que las demás: el cesto de los papeles.

En medio de ese rompecabezas ha estado casi siempre Karzai, al que todos consideré y traté como una marioneta sin vida propia, de manera que cuando escucho que habla por sí mismo me quedo estupefacto. O no era tal marioneta o en algún momento de la historia le ocurrió como a Pinocho: se convirtió en un ser humano.

La sorpresa sube de tono cuando la marioneta (“il burattino”) resulta tan importante que acaba convertida en la protagonista del cuento y, para colmo de males, se vuelve contra Gepeto, su creador, Estados Unidos, y pretende liberarse de él como los ateos se liberan del “dios creador”, el “factotum”, antes de que la obra de creación del mundo haya culminado. Claro que Karzai no reconoce haber cambiado; quien ha cambiado es su hacedor.

“Me opongo firmemente a la nueva estrategia americana para Afganistán porque contradice los intereses nacionales del país”, dice Karzai al Izvestia. “Estoy categóricamente en contra del incremento del papel de las empresas privadas militares en la campaña americana en Afganistán”, añade siempre en términos contundentes.

¿Cómo sacar a las tropas estadounidenses de Afganistán? Algo así sólo puede lograrlo Rusia, convertida en el nuevo “factotum” mundial cuando se trata de sacudirse al Pentágono de encima. “Hoy me he convertido en uno de los principales detractores de la política americana en Afganistán, no porque sea un crítico de occidente, ya que soy un demócrata convencido, tengo una educación occidental y amo su cultura. Pero estoy en contra de su política porque es un fracaso, engendra una cantidad de problemas y el crecimiento del extremismo, del radicalismo y del terrorismo”. Así se explicó Karzai en Sochi, sentado al lado de Putin.

Karzai ya no es el que era. Ha cambiado porque se cree que Estados Unidos ha fracasado en Afganistán y pretende, además, que lo reconozca. “De lo contrario su juego no acabará jamás”, añadió el antiguo presidente afgano. No ha entendido que se trata precisamente de que el juego no acabe nunca. Quizá ese sea el motivo de que no proponga claramente la retirada de las tropas estadounidenses de su país, que sería el único inicio de cualquier solución.

Es otra de las obviedades de esta guerra: quienes se tienen que marchar de Afganistán no son los talibanes sino Estados Unidos. Por eso en Washigton el Departamento de Estado afirma que Putin “flirtea” con los talilbanes, e incluso que les suministra armas, es decir, que los talibanes habrían pasado del brazo a unos (Estados Unidos) al brazo de los otros (Rusia) y lo mismo sucede con Karzai. ¿Todo el mundo se está haciendo pro-ruso o qué está pasando?

Otra de las propuestas de Karzai, el inicio de una negociación multilateral con los Estados vecinos de la región, desde Irán a India, tampoco puede prosperar porque Estados Unidos no se puede poner a la altura de esos países y porque cree que con sus tropas dentro no necesita recurrir a nada más.

Desde luego que también es inaceptable -para Estados Unidos- que de esa negociación forme parte Rusia, como quiere Karzai, y mucho menos la Organización de Cooperación de Shanghai en la que van entrando progresivamente los países de Asia central. Más bien la prolongación de la Guerra de Afganistán es la respuesta de Estados Unidos a dicha Organización y mientras se prolongue la invasión militar, los talibanes no van a ceder ni un ápice, como han repetido por activa y por pasiva.

Hasta ahí, hasta la exigencia de que se vayan las tropas estadounidense, no llega Karzai, cuyo discurso sólo merodea en torno a la guerra. Estados Unidos está en Afganistán en medio del tablero. Es la mejor atalaya imaginable. A su alrededor tiene, entre otros, a Irán, a Rusia y, sobre todo, a China. En Afganistán han puesto la barrera más importante a la nueva Ruta de la Seda. Por las buenas nunca permitirán que los chinos empiecen a explotar las minas afganas.

Este año, por vez primera, Rusia ha empezado a exigir a Estados Unidos que saque a sus tropas de Afganistán. El comisionado especial del gobierno ruso para Afganistán, Zamir Kabulov, así lo ha solicitado oficialmente para evitar que el país siga siendo “el incubador mundial del terrorismo internacional”.

Pero, ¿a quién le interesa acabar con el terrorismo internacional?, o en otros términos: ¿a quién le interesa acabar con la Guerra de Afganistán?

(*) https://vz.ru/politics/2017/10/20/891813.html

Alberto Garzón se arroja en brazos del Estado fascista y centralista

Juan Manuel Olarieta

No hace más que seguir una tradición característica de los dirigentes de Izquierda Undida desde su fundación hace más de 30 años, empezando por Gerardo Iglesias y con Anguita de fantoche estrella. Son las secuelas de otra tradición, la del PCE, desde los años cincuenta y, muy especialmente, su colaboración en el enmascaramiento del fascismo durante la transición.

A pesar de décadas de traición declarada y descarada, Alberto Garzón se sigue calificando de “comunista” y pontificando en su última entrevista (*) donde se pueden leer estupideces acerca de los “ricos y pobres” y otras del calibre de “las ‘clases populares’ a ratos sustituyen como sujeto político a la más clásica ‘clase obrera’”, algo que por suerte o por desgracias sólo ocurre “a ratos”, pero otras veces no.

Pero sobre todo Garzón hace lo que mejor sabe: posicionarse a favor del Estado centralista y fascista en plena lucha del pueblo de Catalunya por su derecho a la autodeterminación. A esto la Internacional Comunista lo llamaba “socialfascismo”, que es el punto de llegada en el que desemboca siempre el reformismo.

Lo mismo que todos los charlatanes, Garzón enfrenta a la clase obrera con los derechos nacionales, como si fueran cosas opuestas, para acabar concluyendo que “la independencia de Catalunya no va a permitir a las clases populares vivir mejor ni emanciparse del capitalismo”, lo cual es absolutamente falso.

Lo que Garzón oculta es que Catalunya es una nación, por lo que la independencia es una de tantas reivindicaciones democráticas que la clase obrera, toda la clase obrera, incluyendo la española, no sólo debe apoyar o solidarizarse sino que deben ponerse al frente y dirigirla, como cualquier otra lucha justa dirigida contra el Estado.

Todo el esfuerzo de los socialfascistas, como Garzón e Izquierda Undida, va dirigido precisamente a impedir que la clase obrera dirija la lucha de Catalunya por sus reivindicaciones nacionales, porque se trata precisamente de eso, de dejarlo en manos de la burguesía, para luego acusar al movimiento nacionalista de “burgués”, que para los demagogos “de izquierda” debe ser algo así como la peste.

No sólo “lo burgués” es siempre ajeno a “lo obrero” sino que deben parecer enfrentados en cualquier circunstancia. Ese es el corto esquemita que sobre la lucha de clases tienen en su cabecita los tipos como Gazón.

Naturalmente, ese esquemita cutre lo extienden a su noción de “internacionalismo” que, de la misma manera mecánica, lo consideran opuesto al “nacionalismo”, una etiqueta repartida a todo un amplio movimiento de masas. Por si esos sujetos degerados no han viajado nunca a Catalunya, deberían ver fotos de las movilizaciones populares que hay por todos los rincones, donde la lucha ha alcanzado una escala típica de cualquier movimiento nacional.

Los atolondrados socialfascistas deben aprender que en un movimiento nacional tan amplio no sólo participan los nacionalistas sino todos. ¿O no han digerido aún que el internacionalismo surge precisamente para defender los intereses nacionales de los pueblos oprimidos por el colonialismo y el imperialismo?, ¿qué creen ellos que fue la Internacional Comunista?

En contra de lo que Garzón dice, el derecho de autodeterminación no sólo lo exigen “las partes más ricas”. ¿O se ha creído que en Catalunya las partes “más ricas” suman millones de personas y que son ellas justamente las que salen a la calle a que la policía les rompa la cabeza?

¿Nos quieren hacer creer los socialfascistas que cuando Marx y Engels defendieron la consigna “Proletarios del mundo, ¡uníos!” se referían a la unión forzosa de trabajadores de naciones diferentes dentro de un mismo Estrado?, ¿eso es todo lo que han entendido? Dan pena…

Al respecto, en la tradición marxista no hay “de todo” sobre el derecho de autodeterminación, como Garzón pretende hacer creer. En Catalunya la reciente batalla ha dibujado una raya en el suelo. El que no defienda la autodeterminación no sólo está fuera del marxismo, sino fuera de la democracia. Dentro y fuera de Catalunya está con el fascismo, es un fascista y hay que tratarle como tal. No hay otra etiqueta para él.

(*) http://www.eldiario.es/politica/independencia-Catalunya-permitir-clases-populares_0_699230761.html

Más información:

– Más fascistas sin complejos: Íñigo Errejón y Carolina Bescansa
– De Catalunya no se ha marchado ni se marchará ninguna empresa, con independencia o sin ella
 

El capital monopolista dirige y censura la investigación científica

Juan Manuel Olarieta
Cuatro años después de la polémica sobre los transgénicos provocada por el defenestrado científico francés Gilles Eric Séralini, el priódico Le Monde asegura que -como no podía ser de otra forma- la campaña en su contra fue orquestada por Monsanto, es decir, por una empresa multinacional interesada y afectada por dicha investigación (*).

El capital monopolista manda sobre las publicaciones científicas y, por lo tanto, sobre la ciencia misma porque hoy numerosos científicos confunden muy habitualmente ambas cosas -y otras más- en sus cabezas.

En 2012, después de una paciente y concienzuda investigación, Séralini demostró que la nutrición de ratones con maíz transgénico o tratado con el herbicida Roundup produce grandes tumores en los roedores.

Al bueno de Séralini le llovieron los palos por parte de sus “colegas científicos”, seguidores gregarios del criterio que imponen los grandes intereses capitalistas. En un mundo científico presidido por una corrupción galopante, su artículo fue retirado de la circulación, uno de tantos casos evidentes de censura e intolerancia.

Hoy la ciencia la dictan grandes empresas como Monsanto. Hasta el comisario europeo de Salud atacó a Séralini, pero la historia conoce muchos casos de políticos sin escrúpulos que se ceben en ciertos científicos que van “por libre”.

Lo destacable es que la revista “Food and Chemical Toxicology” que había publicado el artículo científico también quiso borrarlo de la memoria. Si hubieramos estado en la Edad Media lo hubieran quemado en la hoguera, junto al científico. Nunca había ocurrido una cosa semejante, lo cual ya debió empezar a mover todas las alarmas por lo que está ocurriendo con la ciencia.

Del mismo modo que entre la realidad y nosotros están los medios, que se llaman así por su carácter de intermediarios, entre los científicos y la ciencia están los artículos y las revistas científicas. Si buena parte de los científicos no están impulsados por la ciencia sino por sus mezquinos intereses individuales (por su “carrera”), con las revistas ocurre lo mismo.

Como a cualquier otra publicación, a la revistas les mueven intereses económicos. Se venden al mejor postor porque, a su vez, son empresas privadas que tratan con otras empresas privadas. La mercancía que compran y venden son artículos que, en ocasiones, pueden tener algún contenido científico, como esas películas de Hollywood “basadas en hechos reales”.

Tanto los científicos como la ciencia (que son cosas distintas) y los profesores universitarios que la propagan (por no hablar de esos “divulgadores científicos”) han regresado a los peores tiempos de oscurantismo medieval. Se ha impuesto un nuevo “malleus maleficarum” (martillo de herejes), la censura (“peer review”), la corrupción institucionalizada pero, sobre todo, la dirección ideológica, política y económica de todas y cada una de las investigaciones.

“El que paga manda” y los científicos hacen aquello que les ordenan, aquello para lo que les pagan y no deja de ser curioso que los científicos critiquen las injerencias “ajenas” a su disciplina cuando la mayor parte de ellos están encuadrados en grandes burocracias políticas e ideológicas que, incluso, van más allá de un determinado Estado. Cada vez más la ciencia es “política científica” y, en ocasiones, “política” a secas.

Nunca la docilidad de los científicos había sido tan evidente, ni su capacidad crítica había caído tan baja. No hay más que recopilar los topicazos de determinadas publicaciones, como “Investigación y Ciencia” (sucursal en castellano de “Scientific American”), para comprobar una ley que en raras ocasiones falla: la mayor parte de los temas que atraen la atención de la investigación, la universidad y las publicaciones no es que sean verosímiles o falsos sino simplemente absurdos e irrelevantes.

La ciencia se mueve en medio del cinismo y la hipocresía como pez en el agua. A los divulgadores les entusiasman las biografías personales de esos que hoy consideramos grandes científicos pero que en su tiempo fueron perseguidos y denostados por el oscurantismo dominante. Quieren aparentar que ese tipo de situaciones sólo ocurrieron en el pasado. Hoy ya no es así. Por eso ellos asumen el papel inquisidor y censor que otros ejercieron antes; justifican la persecución en nombre de la ciencia y de la “comunidad científica”, no admiten ningún tipo de discusión y desprecian a los que sostienen teorías divergentes.

“Tertium non datur”, diría Leibniz.

(*) http://abonnes.lemonde.fr/planete/article/2017/10/05/l-affaire-seralini-ou-l-histoire-secrete-d-un-torpillage_5196526_3244.html

Sobre los intereses estratégicos y económicos de Rusia en Oriente Medio

Juan Manuel Olarieta

En respuesta a mi artículo sobre “La crisis de la hegemonía imperialista en Oriente Medio” un lector observa, en contra del criterio que defiendo, que Moscú sí tiene intereses en el gas y el petróleo del Kurdistán irakí, para lo cual se remite a los acuerdos firmados en junio por Putin con el sobrino de Barzani a fin de que Rosneft “extrajera y explotara” el petróleo kurdo, para lo que ha invertido “miles de millones”.

A causa de ello, continúa el lector, Moscú no se opone a la independencia del Kurdistán irakí y presiona a Turquía ofreciéndole parte del pastel.

Considera sorprendente la posición de Rusia al respecto porque el objetivo es llevar al gas kurdo a Europa (e Israel), que haría la competencia a Gazprom.

Los hechos expuestos son ciertos, a pesar de lo cual me reitero en lo que ya he dejado escrito. Lo que Putin y Rosneft han negociado con el clan Barzani no es otra cosa que el tendido de un oleoducto desde Kirkuk hacia Turquía, en una primera fase, y hacia Grecia, en una segunda.

El itinerario del oleoducto no se conoce, aunque es muy tentador suponer que se unirá al “Turkish Stream”, es decir, al que Rusia está tendiendo bajo el Mar Negro, es decir, que en el Kremlin tratan de “matar dos pájaros de un tiro”.

Si eso es correcto, entonces me parece que el asunto tiene más de política que de economía. En suma creo que Rusia sigue cortejando a la Unión Europea con el caramelo del gas y el petróleo y que en un permanente “más difícil todavía” Israel entra en ese mismo paquete.

Rusia viste su diplomacia con muchos disfraces, tantos cuantos sean necesarios. El primero es que la Unión Europea justificó su oposición al gasoducto ruso por el sur del Mediterráneo (“South Stream”) acusando a Gazprom de prácticas monopolistas y la excesiva dependencia hacia un único suministrador.

Entonces Rusia cambió el tendido; lo está haciendo pasar por Turquía. Además, no le importa vender a los grandes monopolios turcos una parte sustanciosa del pastel y se presenta a las puertas de la Unión Europea con un nuevo ropaje y unas nuevas siglas.

El contrato con Barzani encubre mucho mejor la jugada, sigue involucrando a Turquía en el negocio y además de gas vende petróleo “kurdo”.

Me parece claro que una maniobra de tan altos vuelos desborda por completo a Rosneft, que no desempeña otro papel que el de ingeniería y transporte. El petróleo es lo de menos. Podría ser “kurdo” o no, y podría no ser siquiera petróleo.

Pero Rusia en Oriente Medio tiene que cuadrar muchas otras ecuaciones, la primera de las cuales es Turquía, que ha pasado del blanco al negro con Barzani. Para Erdogan la cosa pinta tan fea que mucho dinero tiene que poner el oleoducto en sus bolsillos para que acceda a transigir con la independencia del Kurdistán irakí. Es posible que además de dinero los rusos deban poner en la balanza otras cosas, además de presiones de todo tipo.

En cualquier caso, no puede pasar desapercibido que Putin firma un acuerdo con Barzani una semana antes del referéndum del 25 de setiembre, lo cual acaba por confirmar que Rusia salta por encima del gobierno central de Bagdad y da por consolidada la independencia.

Lo más sorprendente de todo es que, hasta donde se puede conocer, Rusia acomete ese tipo de acuerdos sin que se resientan sus relaciones con ningún país árabe, ni siquiera Irak. Ningún periódico árabe ha criticado, que yo sepa, el respaldo ruso a Barzani.

Aunque parece el colmo del pragmátismo y del oportunismo, la apuesta rusa en Oriente Medio se podría calificar de “metodológica”. No se trata de que, como demuestra el reciente viaje de los jeques saudíes a Moscu, ahora todo pase por las manos de Rusia, sino de que todo pasa por un nuevo “know how”, un nuevo estilo, una nueva política y una nueva forma de diplomacia. A los países de Oriente Medio no les queda otra que aprender las nuevas reglas del juego.

Rusia trata de demostrar que es posible contentar a todas las partes, incluso a los enemigos más irreconciliables, y para ello se ha impuesto un papel mediador. Creo que a eso se refieren los académicos rusos cuando hablan de “Eurasia”, algo que no es ni una cosa ni la otra, sino ambas a la vez.

Para Rusia el gas y el petróleo no son un fin sino un instrumento, tanto el “kurdo” como el suyo propio. Habría que reflexionar un poco más acerca de los motivos por los cuales un país como Rusia, que tiene el tamaño económico de Italia, es capaz de ser un protagonista tan activo de la política internacional.

La única historia de las conspiraciones y las teorías de la conspiración empieza con la CIA

Sobre la expresión “teoría de la conspiración” conviene saber tres cosas. La primera es que surgió en Estados Unidos; la segunda es que surgió en 1964; la tercera es que la propagó la CIA.

Cuando en 1964 la Comisión Warren dio la versión oficial de que el asesinato de Kennedy había sido obra de un asesino actuando en solitario, el mundo estuvo al borde de extinguirse de un ataque multitudinario risa. Pero en la Casa Blanca las carcajadas de los demás siempre han importado muy poco.

Tras publicarse el informe, el New York Times aludió a cinco teorías sobre el magnicidio, conspiranoicas todas ellas, pero mucho más verosímiles de que las de la Comisión Warren. A partir de entonces la plaga se fue extendiendo.

En los años recientes, el término “teoría de la conspiración” aparece anualmente en 140 artículos del New York Times como promedio. En Amazon hay una categoría de libros dedicada a las “teorías de la conspiración” que incluye 1.300 obras. Una búsqueda en internet muestra millones de resultados para dicha expresión.

El profesor Lance de Haven-Smith, antiguo presidente de la Florida Political Science Association, publicó su libro “La teoría de la conspiración en Estados Unidos”, inaugurando el tratamiento académico del asunto (*).

Esta obra incorporó documentos confidenciales obtenidos gracias a la Ley de Libertad de Información que sugerían que fue la CIA quien generalizó el término “teoría de la conspiración”, al que le dio un sentido peyorativo como instrumento de manipulación de las opiniones políticas.

Cuando las implicaciones de las altas esferas de Washington, incluido el Presidente Lyndon B. Johnson, empezaban a salir a la luz como responsables del magnicidio, la CIA sacó su conejo de la chistera e inventó la “teoría de la conspiración” como algo peyorativo.

A partir de entonces la CIA demostró que es la mejor universidad del mundo. Sus doctrinas, sus palabras y sus informaciones sientan cátedra en todo el mundo, aprovechando el norme número de gregarios sumisos que proliferan por doquier.

En 1967 empezó a enviar directrices a sus sicarios en las redacciones y salas de prensa ridiculizando como “teorías de la conspiración” a todas aquellas hipótesis que contradecían la versión oficial del asesinato de Kennedy. Pero había que “matar al mensajero” y los autores de las mismas eran sujetos paranoicos, irracionales y padecían todo tipo de taras psiquiátricas.

Pero en su obra Lance de Haven-Smith va un poco más allá, asegurando que para que la campaña de la CIA triunfara, mucho antes se había preparado el terreno teórico que era necesario para ello. En la década de los cuarenta, dice, se dieron cambios importantes en la metodología política dominante en Estados Unidos que rebajaron la importancia de las explicaciones conspirativas en la historia.

Hasta entonces uno de los teóricos más influyentes en las teorías políticas de Estados Unidos era el historiador Charles Beard, que ponía el acento en el papel nefasto de las conspiraciones en el seno de la oligarquía dominante de Washington, favorables a un sector reducido aunque perjudiales para la gran mayoría.

En Estados Unidos las teorías políticas siempre han sido cutres y superficiales. No obstante, nunca pretendieron que todos los acontecimientos históricos tuvieran causas ocultas o secretas. No obstante, la existencia de tramas y conspiraciones siempre fue admitida por tratarse de una evidencia hisorica, de manera que investigarlas era unan de las tareas de los historiadores, absolutamente loable.

Pero Beard fue uno de los oponentes a la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y al acabarse resultó marginado en el mundo académico, hasta que falleció en 1948. Lo mismo les ocurrió a otros historiadores que seguían las corrientes académicas tradicionales.

Dos intelectuales mediocres como Karl Popper y Leo Strauss se convirtieron en las nuevas estrellas de la bazofia política imperialista. Estados Unidos necesitaba un refuerzo ideológico y desde su nacimiento la CIA se encargó de ello, tanto en la biología, con la delirante campaña contra Lysenko, como en la sicología, la economía, la política o la historia.

Como buen lacayo ideológico de la burguesía monopolista, Popper negaba la existencia de conspiraciones en las altas esferas y criticaba a los historiadores que investigaban sobre ellas. Consideraba que la creencia en conspiraciones era una “enfermedad social” que había conducido al surgimiento del fascismo “y otras ideologías totalitarias”.

Leo Strauss es aún peor que Popper. No obstante, su crítica se basa en motivos totalmente opuestos. Las conspiraciones de las oligarquías son necesarias para mantenerlas alejada de la chusma y la gentuza ignorante que pretende influir sobre los asuntos políticos de un Estado.

Las conspiraciones les protegen de “la anarquía y el totalitarismo”, pero hay que tratar de que se mantengan secretas, alejadas de las miradas indiscretas de las masas. Según Strauss el problema de las conspiraciones no es que existan, ya que sí existen, sino que las masas las conozcan.

No hay nada mejor para el buen funcionamiento de la sociedad capitalista que mantener alejadas a las masas de los asuntos públicos mediante una buena y permanente conspiración, siempre que se mantenga en secreto. Incluso es conveniente para ello que el gobierno imponga una regulación estricta de los secretos oficiales. Eso es algo sobre lo que no se puede ni se debe investigar, de tal manera que si a algún curioso se le ocurre meter las narices en los secretos del Estado, hay que desacreditarlo como un loco, un bicho raro.

Hay cosas que los gobernantes no pueden decir y otras que siempre deben negar. “No hay pruebas ni las habrá”, dijo Felipe González en referencia a la conspiración del gobierno del PSOE y de los Estados español y francés en la creación y dirección de los GAL.

Ideológicamente Popper siempre fue un tendero cuya eficacia nunca dependió de la calidad de sus argumentos sino de que su insignificancia mide el tamaño intelectual de una clase social, la burguesía imperialista, y de sus académicos y universitarios, en la segunda mitad del siglo XX. Pero aunque las ideologías mediocres necesitan de autores igualmente mediocres, también necesitan influencias, enchufes y patrocinadores, que en el caso de Popper proceden de fuentes, como el magnate Soros.

La colusión de la insignificancia intelectual con las grandes fortunas causa los estragos a los que asistimos cada día, tanto en las universidades como en los medios.

En 1964 un inepto rematado como el profesor Richard Hofstadter criticaba lo que calificaba como un “estilo paranoico” muy asentado en el pensamiento político estadounidense propenso a creer en toda clase de conspiraciones. Eso era cierto y sigue siéndolo. No obstante, el propio Hofstadter tenía sus propias paranoias que, como es lógico, para él no eran tales. Creía que en México se escondían decenas de miles de tropas comunistas chinas preparadas para conquistar San Diego al asalto.

Les ocurre a todos los que despotrican contra los demás, acusándoles de conspiranoicos, empezando por el senador MacCarthy, que convirtió en política de Estado una pesadilla personal: el Comité de Actividades Antimericanas. Los comunistas se habían adueñado de las instituciones públicas y había que desalojarlos de ellas.

Todos esos charlatanes que en sus blogs despotrican contra las teorías de la conspiración están cortados por el mismo patrón impuesto por la CIA desde 1964. Quieren forjar intelectos a su imagen y semejanza: gregarios, dóciles, aborregados. A veces se atreven a llamarlo “comunidad científica”. El más minimo asomo de pensamiento crítico, diferente, debe desaparecer por completo.

La Guerra de Siria es consecuencia de la crisis de la hegemonía imperialista en Oriente Medio

Juan Manuel Olarieta
El general del servicio secreto griego Savvas Kalenderides publica un desafortunado artículo en la Red Voltaire (*) sobre los planes turcos para atacar Rojava y el Kurdistán irakí que es bastante característico de una cierta manera de abordar las guerras imperialistas. Se titula “La situación se hará incontrolable si Turquía invade el Kurdistán iraquí” y asegura que dicha operación militar cuenta con el beneplácito del gobierno de Irak.

El planteamiento del griego sobre los orígenes y las causas de la situación bélica en Oriente Medio es erróneo. La “historia de los kurdos” no es el motivo causante de dicha situación; como mucho, es la consecuencia de ello.

En su forma actual, la guerra tampoco se inició hace 27 años cuado Saddam Hussein invadió Kuwait; antes que ella hubo otra guerra de Saddam Hussein contra Irán, que es el punto de gravedad sobre el que basculan los acontecimientos de Oriente Medio desde la revolución de 1979.

Han transcurrido 38 años y tres grandes guerras, llamadas “del Golfo”, entre las cuales la invasión de Kuwait es -precisamente- la menos trascendente. No fue más que una excusa para que el imperialismo intentara acabar con Irak, algo que no ha logrado.

A lo largo de ese tiempo en sus guerras de agresión el imperialismo ha cosechado algo más que fracasos. Los acontecimientos se han vuelto siempre en su contra, lo cual es indicativo de una tendencia general al retroceso y el fortalecimiento de los Estados que pugnan por su liberación nacional.

El golpe de Estado contra Massadegh en 1953 sigue siendo el prototipo de los manejos de los imperialistas para sostener su hegemonía en el mundo, en general, y en Oriente Medio en particular. Desde entonces en Irán el nacionalismo ha radicalizado su oposición a las grandes potencias.

Lo mismo cabe decir de Irak, donde el Pacto de Bagdad fracasó en su intento por convertir a aquel país árabe en el centro de operaciones de los imperialistas en Oriente Medio. Ni siquiera la invasión de 2003 ha logrado llevar a ningún vasallo al frente del gobierno irakí, cada vez más integrado en el Eje de la Resistencia.

No hay nada más absurdo que el intento de Kalenderides de poner a Irán en el mismo plano que Israel. De ninguna manera se puede admitir la equiparación entre un agresor (Israel) y un agredido (Irán).

Irán no intenta crear ningún “corredor” o “creciente chiíta” entre Teherán y Líbano a través de Irak y Siria, como dicen los analistas del imperialismo, entre otras cosas porque el gobierno sirio no es chiíta. El gobierno de Teherán nunca ha necesitado ese corredor para abastecer de armas a Hezbollah. Es una vía de tránsito trazada desde hace muchos miles de años y nunca tuvo tampoco ningún significado religioso sino única y exclusivamente comercial. Forma parte de la Ruta de la Seda y de las vías de acceso al Océano Índico desde Europa occidental, de tal manera que hace cien años el imperialismo trazó las fronteras en Oriente Medio para cerrarlos. La pregunta no es quién trata de abrir un corredor sino por qué lleva cerrado cien años.

Lo mismo cabe decir acerca de esa supuesta “lucha” que Kalenderides inventa de Estados Unidos, Irak y “los kurdos” contra el Califato Islámico. Eso no ha existido nunca.

Se repite el argumento en el campo de batalla de Siria. Ni Estados Unidos ni “los kurdos” luchan contra el Califato Islámico. Los objetivos de unos (Estados Unidos) y otros (“kurdos”) no son los de acabar con alguien, el Califato Islámico, sino todo lo contrario porque, hasta la fecha, dicha organización yihadista ha servido cabalmente a sus propósitos: destruir el Estado sirio.

La Guerra de Siria no estalló, como asegura Kalenderides, para que Washington se opusiera a Moscú sino para destruir al gobierno de Damasco porque era el último intento de mantener su hegemonía en Oriente Medio.

Sólo Washington lleva a cabo dicha guerra a través de fuerzas intermedias, mientras que Moscú lucha por sí y para sí, es decir, por intereses propios que, además, coinciden con los de Siria.

Lo que Kalenderides no dice es que dicha guerra es ilegítima para Washington, pero no para Moscú, y que mientras Washington comenzó la guerra en 2011, desde el principio, Moscú se involucró en la misma sólo cuatro años y medio después.

Moscú, que es el mayor productor y exportador mundial de hidrocarburos, no tiene ningún interés ni territorial, ni energético, ni estratégico en Siria, como pretende Kalenderides. No hay ningún “pastel enérgético” ni económico de ningún tipo para Rusia en Siria porque:

a) no lo necesita
b) porque repetiría los “errores” de Estados Unidos y Gran Bretaña en Oriente Medio
c) porque no lo admitirían ni el gobierno de Siria, ni el de Teherán, entre otros

Moscú ayuda al gobierno sirio en la guerra porque no puede admitir la inestabilidad en su flanco sur y el Cáucaso, donde ya tuvo una guerra en los años noventa contra los mismos que ahora ondean las banderas del yihadismo con otras siglas.

Estados Unidos está en Siria por Oriente Medio, mientras Rusia está por el Cáucaso. En 2011 Estados Unidos inició el ataque y luego Rusia acudió en defensa de Siria. Los motivos por los que Rusia está en la Guerra de Siria no son simétricos a los de Estados Unidos; ni siquiera coinciden en el tiempo.

A pesar de la lejanía, Oriente Medio interesa más  a Estados Unidos que a Rusia. Los intereses son, además, cualitativamente distintos; por eso se apoyan en otras políticas y en otros países.

(*) http://www.voltairenet.org/article198304.html

¿Qué relación existe entre Corea del norte y la Guerra de Siria?

Juan Manuel Olarieta

Normalmente el gobierno de Corea del norte es muy discreto en cualquier clase de pronunciamiento sobre sucesos internacionales, sobre todo si ocurren lejos de sus fronteras. Pero ayer el Rodung Sinmun hizo una excepción para criticar la instalación por el Pentágono de una base militar en el desierto de Neguev, en Israel. No cabe duda de que sigue muy de cerca la situación en Oriente Medio.

Además, desde hace años mantiene relaciones muy estrechas con el gobierno de Siria. Entra dentro de la lógica más elemental que dos países acosados, como Corea del norte y Siria, se apoyen mutuamente. Es sabido que Pyongyang suministra armamento a Damasco. Se trata de saber ahora si en la colaboración entre ambos países había algo más que armas convencionales. ¿Colaboró Corea del norte en la construcción de un reactor nuclear en Siria?

A diferencia de Siria, que en 1969 ratificó el Tratado de No proliferación Nuclear, Corea del norte se desligó del mismo y desde entonces ha mantenido un pulso con el imperialismo, que a lo largo del tiempo ha atravesado diversas vicisitudes. En 1994 firmó un acuerdo para renunciar a la energía nuclear, a cambio de que Estados Unidos le suministrara otro tipo de energía alternativa.

Como el caso iraní ha vuelto a mostrar recientemente, los imperialistas nunca respetan sus compromisos, ni siquiera los nucleares. Lo mismo ocurrió con el que firmaron con Corea del norte, por lo que a finales de los noventa el gobierno de Pyongyang se vio obligado a lanzarse hacia la nuclearización.

La mayor parte de las veces, los Estados que han querido construir reactores nucleares, como Irán o Libia, han acudido a Rusia, a China o al pakistaní Abdul Qadir Jan, el padre del arma atómica en su país. En el caso de Siria no fue posible, por razones que no están claras, posiblemente relacionadas con el hecho de que la construcción debía realizarse de manera subrepticia.

Bashar Al-Assad recurrió a Corea del norte, por lo que el problema que hay con el país asiático no es sólo su capacidad para fabricar armas nucleares, sino también para exportarlas a terceros países, que son aquellos que quieren escapar del control de las potencias imperialistas.

En 2008 la CIA distribuyó una fotografía del dirigente sirio de la Agencia de Energía Atómica, Ibrahim Othman, en la que aparecía junto al reponsable del programa nuclear norcoreano, Chon Chibu. Pero la CIA no explicó cuándo habían tomado aquella foto. No obstante, a finales de los noventa el coreano desapareció de los radares del espionaje imperialista, que luego le localizaron en Siria, por lo que las alarmas saltaron.

Dos años antes, en 2006, Corea del norte había realizado el primer ensayo de un arma nuclear con un éxito total. Un año después, el 6 de setiembre de 2007, la aviación israelí llevó a cabo la Operación Huerto, bombardeando unas instalaciones en el desierto de Deir Ezzor. El reactor nuclear sirio de Al-Kibar, pacientemente construido durante varios años, había sido destruido por completo.

Habiendo sido acosados por el imperialismo, los norcoreanos son grandes maestros de la cladestinidad internacional y en Al-Kibar habían disimulado un reactor dentro de un edificio cúbico de 21 metros de alto medio enterrado en las arenas que rodean el río Éufrates.

El reactor era una réplica del modelo norcoreano de Yongbyon, por lo que el gobierno sirio pretendía emular a Corea del norte lanzando misiles nucleares para preservar a su país de lo que ocurrió sólo cuatro años después: el inicio de la guerra en 2011. La Operación Huerta, es decir, la agresión militar israelí, lo impidió; dicho de otra manera: si Siria hubiera dispuesto de armamento nuclear, como Corea del norte, no hubiera sufrido una guerra atroz durante siete años.

¿Cómo se enteraron los israelíes de que Siria había construido un reactor nuclear en Al-Kibar? Según una información del diario kuwaití Al-Jarida, confirmada luego por Stratfor, la sucursal privada de la CIA, el ataque fue posible gracias a que poco antes el viceministro iraní de defensa, el general iraní Alí Reza Asgari, había desertado y traicionado a su país, cambiando de bando y ofreciendo a los imperialistas y los sionistas la información que necesitaban.

La aviación israelí dejó una montaña de destrozos en Al-Kibar que los satélites del espionaje imperialistas siguieron vigilando minuciosamente en busca de grafito para confirmar que estaban ante una réplica de Yongbyon. No las tenían todas consigo. Creyeron ver a las excavadoras sirias removiendo la tierra y retirando restos. ¿Trataban de ocultar algo? Al año siguiente, en junio de 2008, la Agencia Internacional para la Energía Atómica anunció una inspección para tomar muestras del suelo.

Todos parecieron quedarse muy tranquilos cuando el 17 de junio Mohamed El-Baradei, director de la Agencia Internacional para la Energía Atómica anunció que Siria no tenía “recursos humanos que le permitieran llevar a cabo un programa nuclear de envergadura”. El gobierno de Bashar Al-Assad tenía las manos atadas. Para los imperialistas y los sionistas fue un alivio saberlo: podían empezar a poner en marcha sus planes para desencadenar la guerra.

Por eso fue pintoresco que, posteriormente, una de las excusas para desatar la guerra fueran los planes del gobierno de Damasco para fabricar armas nucleares. Si no existía nada aprecido a Al-Kibar, debían inventarlo. En febrero de 2011, con los primeros tiros por las calles, el periódico alemán Suddeutsche Zeitung volvía la carga: aunque el reactor de Al-Kibar había sido destruido, el gobierno tenía una planta de procesado de uranio junto a la base aérea de Marj Al-Sultán, cerca de Damasco.

Pero para entonces ya estábamos en plena guerra de desinformación: si el reactor de Al-Kibar es un clon del norcoreano de Yongbyon, entonces no funciona con uranio sino con plutonio… Pero, ¿a quién le importan esos pequeños detalles?

‘¡Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos!’

En el mundo hay poblaciones que están condenadas a no ser conocidas porque nos referimos a la humanidad como si toda ella no fuera más que este occidente “civilizado”, una parte insignificante. Lo que no ocurre aquí, no ocurre, no existe.

También hay poblaciones que necesitan ser masacradas para ser conocidas, con muchas dificultades, como Armenia o Ruanda. En el país africano asesinaron a 800.000 personas y nosotros llenos de “humanidad”, muy pocas veces lo recordamos. Eso es lo que a cada paso nos permite llenarnos la boca con frases altisonantes, como “genocidio”, en cuanto mueren unas pocas personas (siempre muy cercanas a nosotros mismos).

Ocultamos las grandes matanzas detrás de la fraseología y con ellas ocultamos a los pueblos que las padecen. Eso en plena era de viralidad, cuando -según dicen- hay mucha “información” circulando muy velozmente. Nada más lejos de la verdad. Occidente, es decir, “la humanidad”, nunca ha sido más analfabeta que ahora y el analfabetismo es la plaga más contagiosa que existe.

En los seis años de guerra en Siria no se han conocido matanzas como las que en época de paz están padeciendo los rohingyas en Myanmar (Birmania), donde los desplazados suman unos 300.000. Nos preocupa mucho más “el problema” por antonomasia del mundo: Corea del norte y sus misiles. ¿Cuántas personas han muerto a causa de los misiles que lanza Pyongyang?

Algunos gobiernos estúpidos, como los de Perú o México, han roto relaciones diplomáticas con Corea del norte a causa del lanzamiento de misiles, pero ¿por qué no han hecho lo propio con el de Myanmar?

Dado el desgaste de palabras, como “genocidio”, el año pasado la ONU calificó las matanzas de rohingyas como un “crimen contra la humanidad”, que es otro vocablo en auge para los amantes de las sensaciones fuertes que no apartan sus manos del teclado del ordenador.

El canal Al Yazira, preocupado porque los rohingyas son correligionarios, asegura que el ejército birmano no se ha detenido en asesinar a los recién nacidos, como Herodes en las narraciones bíblicas. La soldadesca tiene orden de matar a todo el que no se largue de sus casas.

El llamamiento desesperado del Primer Ministro bengalí para que alguien frene el río de sangre no ha llegado a ninguna pantalla de televisión.

El gobierno de Myanmar tiene carta blanca para matar porque está dirigido por alguien impecable, Aung San Suu Kyi, la Premio Nobel de la Paz de 1991 cuya imagen las grandes cadenas no pueden ensuciar sin ensuciar el Premio mismo y todos los Premios habidos y por haber, como el Sajarov, otorgado por el Parlamento Europeo en 1990 que, hay que recordarlo, es un Premio a la Libertad de Pensamiento.

Los repugnantes gobiernos de la Unión Europea siempre están por encima de cualquier sospecha, aunque sostengan las matanzas del gobierno birmano. Por eso condecoran el genocidio, la limpieza étnica, los crímenes contra la humanidad, las matanzas, las decapitaciones, las violaciones, las torturas y los saqueos.

Los rohingyas han tenido muy mala suerte porque Myanmar tampoco es Venezuela; los medios nunca van a hacer del país asiático la diana de su baboseo y sus tertulias. Incluso China está ocultando las matanzas en un país donde el budismo es la religión oficial.

Por eso el gobierno de la Sra. Premio Nóbel de la Paz se permite el lujo de impedir el acceso de la prensa al Estado de Rajin, el lugar de los hechos, e incluso a los delegados de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Hay muy poca información y lo que se conoce es gracias al testimonio de quienes han logrado escapar de la muerte.

A través de satélites espaciales, algunas ONG han observado los incendios y las devastaciones que ha llevado a cabo el ejército en las aldeas rohingyas del norte. Los refugiados cuentan que el ejército, la policía y milicias budistas llegan a las aldenas rohingyas, encierran a la población en recintos improvisadas de bambú y les prenden fuego.

En el siglo XIII un cruzado cristiano que estuvo en la batalla de las Navas de Tolosa, Arnaldo Almaric, dijo aquello de “¡Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius!” (¡Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos!) Lo que importa no son los inocentes, los daños colaterales. Ni siquiera importa lo que ocurra en este mundo sino el Más Allá.

Es algo común a los cristianos, los islamistas y los budistas. Gracias a dios, eso les permite matar impunemente a todos, incluidos a los suyos. Les hacen un favor llevándolos al Nirvana, o al paraíso.

Más información:
— Cuando el terror viste ropajes budistas
— El silencio sobre un crimen contra la humanidad muy inconveniente

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