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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 13 de 60)

La tuberculosis reaparece por el incremento de la miseria en todo el mundo

Decían que era un enfermedad en trance de desaparición, pero en 2002 un albergue de inmigrantes de París se convirtió en el epicentro de una epidemia de tuberculosis. La crisis económica está trayendo otra vez la antigua tisis a los parias de las grandes metrópolis capitalistas.

Por este motivo en mayo de 2011 se celebró en París una cumbre de alcaldes de las ciudades más grandes del mundo desarrollado, en la que estaba representada Barcelona. Se trata de poner en marcha instrumentos de alerta temprana ante el posible rebrote de nuevos casos de tuberculosis en cualquiera de las grandes capitales del mundo.

El doctor Bertrand Dautzenberg fue muy claro en su intervención. Dijo que el mantenimiento de los inmigrantes en situación ilegal puede provocar una catástrofe sanitaria en Francia porque la tuberculosis se ceba en los sectores marginados de la sociedad. La crisis económica conduce a la desnutrición y la desnutrición provoca la tuberculosis.

Si al mismo tiempo los recortes presupuestarios afectan a la sanidad, la catástrofe está servida, pero nadie podrá decir que se trata de una catástrofe de la naturaleza, sino del capital.

Desde 1882 los galenos dicen que esta enfermedad es algo que les compete y atribuyen su origen a una micobacteria: el bacilo de Koch. Ante el peligro de la tuberculosis un concejal francés proponía la vacunación obligatoria de la poblaciones de los barrios marginales. Se imaginan que sin bacteria no habrá tampoco enfermedad.

Pero una tercera parte de los habitantes del planeta la tiene y, sin embargo, sólo uno de cada diez de ellos padece la enfermedad. Por lo tanto, no es sólo un problema médico; la miseria no se combate con fármacos. Los remedios de esta epidemia no están en la medicina sino en acabar con una sociedad que conduce a la miseria y el hambre.

La tuberculosis es la plaga de la explotación, una enfermedad endémica de las grandes urbes capitalistas cuyas víctimas están en los barrios marginales, la población hambrienta, los que se hacinan en chabolas, los contaminados, sin agua potable y sin servicios de ninguna clase. No hablo del Tercer Mundo.

En París la situación es tan preocupante que en 1994 se promulgó una ley para dispensar gratuitamente atención antituberculosa a las personas que viven en la calle. En setiembre de 2011 la revista “Le Nouvel Observateur” informaba de algo que parece propio de Calcuta: los padres de alumnos de un barrio del norte de París se dirigían a la ONU solicitando ayuda humanitaria para que el barrio dispusiera de la debida atención médica.

Alguna organización de solidaridad instaló equipos sanitarios de emergencia sobre el asfalto, que la policía trató de desalojar. El asunto acabó en los tribunales, los cuales reconocieron la necesidad de la iniciativa solidaria a causa de una situación de “urgencia humanitaria”.

En todo el mundo capitalista la situación se va a reproducir porque esta crisis económica no tiene fondo. Los desahucios no van a parar y miles de personas acabarán viviendo en la calle.

Los inmigrantes ya viven hacinados por decenas en viviendas muy reducidas, que son otros tantos focos infecciosos. Algunos supermercados ya están alimentando a los pensionistas con latas de comida para gatos. El copago sacará del sistema sanitario a miles de parados que no puedan pagarse la atención farmacéutica.

La única solución del capitalismo a las cifras del paro es que los parados se mueran en masa. Cuando los muertos empiecen a contarse por miles, los titulares de la prensa dirán lo mismo que en mayo en Alemania con los muertos causados por la otra bacteria, la E.coli: no es algo nuestro sino que viene de fuera. Si la epidemia de gripe de 2009 tenía pasaporte mexicano, la E.coli de 2011 emigró desde España.

Tendremos una campaña xenófoba justificada porque los senegaleses nos están trayendo bacterias que luego nos contagian a nosotros. Nos van a vacilar con el bacilo. Para los medios de intoxicación propagandística no será nunca un problema del capitalismo sino un desastre médico, nunca un desastre causado por la ausencia de medicina, es decir, por la falta de atención, la privatización de la sanidad o el precio de los fármacos.

Afortunadamente, como creen que la tuberculosis es contagiosa, puede que el miedo de los explotadores les obligue -a pesar de los recortes- a adoptar algún tipo de medida, no sólo sanitaria sino también social: salarios, alimentación, vivienda y barrios salubres para los obreros. Pero también es posible que por mucho miedo que tengan a contagiarse, la crisis económica les haya vaciado los bolsillos hace tiempo.

Nota: este artículo se publicó en 2011, hace más de diez años

La CGT francesa se pone del lado del gobierno y las empresas para vacunar a la fuerza a los trabajadores

En Italia quemaron la sede del sindicato CGIL y los reformistas pusieron el grito en el cielo, seguidos de sus monaguillos “radicales”. Trataron de convencernos de que eran “fascistas” y no sus propios afiliados, hartos de las traiciones de los caciques amarillos.

En Francia aún no han quemado la sede de otro sindicato histórico, CGT, pero a nadie le debería extrañar cuando ocurra. Hace sólo un par de meses el secretario general, Philippe Martínez, se manifestó en contra de que las empresas obligaran a los trabajadores a vacunarse a la fuerza.

Además, prometió apoyar las protestas contra el pasaporte sanitario, por lo que muchos creyeron que ya estaba casi todo hecho. Macron nunca se atrevería a seguir adelante con sus planes represivos contra el criterio de CGT.

Ahora Martínez dice todo lo contrario. A las empresas les preocupa la salud de sus trabajadores, deben vacunar a las plantillas y despedir a los recalcitrantes. Sólo los mansos dispondrán de su pasaporte sanitario que les permita tomarse un caña en el bar de la esquina.

Le han bastado unas pocas semanas para cambiar de criterio. Tampoco es tan extraño. La CGT siempre quiso que Macron estuviera “lo más alto posible”, decía el periódico Le Monde el 5 de mayo de 2017. Los miles de manifestantes contra la vacunación obligatoria han visto sus ilusiones rotas, una vez más. No contarán con el apoyo del que fue el sindicato más fuerte de Francia durante décadas.

Luego a los reformistas y a sus socios antisistema les extraña que el fascismo esté en auge en Europa, que cada vez más personas les voten y que se atrevan a quemar las sedes de los sindicatos. Alguno incluso creerá que lo hacen porque son fascistas y no porque les han traicionado (una vez más).

Resulta increíble tener que recordar lo que esta pandemia lleva arrastrando desde su origen y que a lo largo de su recorrido en Francia se han ido eliminando las camas de los hospitales, como vienen haciendo desde hace más de una década, para luego lamentarse del colapso hospitalario, como si tuviera algo que ver con un incremento importante del número de enfermos.

Ahora mismo el gobierno francés sigue cerrando hospitales enteros por varias razones. Una de ellas es que un porcentaje de trabajadores sanitarios no se ha vacunado ni tiene intención de hacerlo. Han enviado a casa a los trabajadores y muchas unidades hospitalarias están vacías. Las colas de espera para atender a los enfermos son desesperantes.

Lo mismo les ha ocurrido a quienes ejercen la medicina por su cuenta, como los dentistas o los ópticos, que han tenido que cerrar sus establecimientos por ejercer un derecho fundamental, como es el de no vacunarse.

A nadie le puede extrañar ese auge del fascismo y ese sentimiento de frustración por los múltiples engaños y mentiras de los reformistas, los sindicalistas de pacotilla y sus secuaces seudorrevolucionarios.

El movimiento obrero francés sabe muy bien lo que es una pandemia. Siempre lo supo. Cuando a finales del siglo XIX se celebró en París el Primer Congreso Internacional contra la tuberculosis para imponer las tesis infecciosas que ahora están en plena euforia, la CGT organizó un Congreso paralelo de médicos y trabajadores de la sanidad para proponer otra manera de curar la tuberculosis: aumento de los salarios, reducción de la jornada laboral, alimentación, higiene, vivienda…

Los sindicatos deberían volver a recordar hoy, como hace 150 años, que las epidemias no se curan con fármacos. No hay ninguna epidemia ni la habrá jamás si realmente estamos del lado de los trabajadores y defendemos unas condiciones mínimas de vida y empleo.

Se cumplen 50 años de la aparición del periódico italiano ‘Il Manifesto’

Se han cumplido 50 años de la aparición del periódico Il Manifesto, que durante los años setenta tuvo mucha acogida en Europa entre los vástagos de Mayo del 68. El periódico del Partido Comunista Italiano, Unità, fundado por Gramsci, desapareció, lo mismo que dicho Partido, mientras Il Manifesto aún languidece tras sucesivas reconversiones ideológicas.

El nacimiento del periódico fue consecuencia de la degeneración revisionista del PCI, un proceso de larga duración que se gesta en la posguerra mundial y que a partir de finales de los sesenta gesta en su mismo seno una colección de organizaciones que aparecen con la misma rapidez con la que desaparecen.

También fue consecuencia de la reconstrucción del Estado italiano en la posguerra, estrechamente sometido al imperalismo estadounidense y, en consecuencia, un campo abonado para los manejos de la CIA, lo que es ostensible en dos fenómenos típicamente italianos, los neofascistas y la mafia, que explican su debilidad interna.

Los fundadores de Il Manifesto fueron saliendo del PCI a partir de finales de los sesenta y jamás lograron soltar el lastre ideológico que arrastraban, que en Italia fue muy fuerte por la personalidad de Gramsci y una cierta interpretación de su obra, cultivada con esmero por el PCI y, en especial por Togliatti, su secretario general, para justificar sus posicionales claudicantes.

Eran los tiempos de la “alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura” que Il Manifesto ejemplificaba muy bien. El periódico representaba a un cierto “marxismo sofisticado”, puramente intelectual, característico de Europa, que tiene la pretensión de exponer la enésima interpretación del capitalismo y sus lacerantes consecuencias. Luigi Pintor, Rossana Rossanda y sus primeros exponentes estuvieron muy lejos del subtítulo de “quotidiano comunista” y, de hecho, al final han acabado en los tópicos de la izquierda domesticada y posmoderna de hoy: ambientalismo, ideología de género…

Una publicación así se presta a soldar los pedazos de quienes se lanzaron a la práctica, por ejemplo armada, y luego se arrepintieron para volver a la enésima interpretación del capitalismo. El papel y la tinta reciclaron a quienes habían participado en la guerrilla urbana y luego necesitaban explicar que nunca debieron emprender aquel camino.

No obstante, hay que señalar uno de los grandes méritos de Il Manifesto al denunciar los juicios farsa contra miembros de las Brigadas Rojas y otras organizaciones armadas, cuando el periódico se separó manifiestamente de la cloaca del PCI, verdadero sostén del Estado italiano en los momentos más duros de los “años de plomo”.

Il Manifesto nunca admitió las acusaciones del PCI contra las Brigadas Rojas y sus supuestas connivencias con los servicios secretos, la CIA o los neofascistas, muy parecidas a las que también se oyeron en España contra ciertas organizaciones armadas, es decir, que ese tipo de acusaciones tienen el mismo origen: el Caballo de Troya reformista.

Tampoco admitió nunca los montajes de jueces, como Pietro Calogero, sostenidos por el PCI (“el partido de los jueces”) y exportados después al “todo es ETA” de la Audiencia Nacional. Allí se llamó “teorema Calogero” y pretendió demostrar que organizaciones como Autonomia Operaia y otras eran lo mismo que las Brigadas Rojas, o uno de sus tentáculos.

En 1984 el montaje del PCI y Calogero se desplomó y el periódico tituló en su primera plana “Sentencia fascista el 7 de abril”. Nada menos que 55 acusados condenados “a siglos de prisión por la palabra de un asesino a sueldo” salieron a la calle cuando un tribunal volvió a revisar el montaje.

Pero la represión ya había cumplido su función intimidatoria. Los acusados habían pasado varios años en la cárcel y el castigo sirvió de escarmiento: nada de lucha armada y nada de contemplaciones hacia quienes empuñan las armas.

En España la transición no hubiera sido posible sin el PCE y en Italia estaba ocurriendo algo parecido. En los momentos difíciles la burguesía siempre recurre a los reformistas y no duda en romper su propia legalidad: estado de emergencia, montajes judiciales, intoxicación mediática…

Fascistas, negacionistas y antivacunas

Recientemente en Francia se produjo un acontecimiento que marca los ejes políticos sobre los que se ha construido la pandemia desde el primer minuto. El Partido Socialista presentó un proyecto de ley en el Senado para imponer la vacunación obligatoria en el país galo. Sólo votaron a favor sus propios senadores, por lo que el proyecto no fue aprobado… afortunadamente.

Los reformistas han sido la columna vertebral de las medidas de represión política que han venido adoptando las potencias capitalistas en sus propios países y en el mundo entero. Tras ellos han desfilado la corte de colectivos y medios políticos, sindicales y sociales que alardean de ser alternativos, antisistema e incluso “revolucionarios”, lo cual significa que estos últimos no son más que el brazo largo de los anteriores, es decir, que carecen de una política propia.

No obstante, a medida que con el tiempo los agujeros de la pandemia van saliendo a la luz, dichos colectivos se callan la boca, esperando que todo pase y quede convenientemente enterrado. Otros empiezan a asomar la oreja. Por ejemplo, el sindicato de enfermería SATSE coloca carteles en los hospitales donde se puede leer que para vacunar es necesaria la prescripción médica.

Lo dicen ahora, cuando ya han vacunado al 85 por ciento de los adultos, suponemos que sin la correspondiente prescripción médica, es decir, de manera ilegal, por lo que se mantiene el mismo tono desde el primer estado de alarma, que también fue ilegal.

Es la gran paradoja. Vivimos en un país donde las instituciones públicas se llenan la boca con el respeto a la ley… excepto cuando la ley no le interesa a nadie. En tal caso, no pasa nada. Da lo mismo y seguimos adelante con restricciones, mascarillas y vacunas. “Hicimos lo que teníamos que hacer”, dicen.

Nadie ha exigido responsabilidades al gobierno que impuso a toda la población una medida ilegal, ni a los gobiernos autonómicos, ni a los partidos que votaron a favor de las restricciones, porque llevamos un año y medio escuchando un único mensaje uniforme, sin fisuras por parte de nadie y eso siempre da una sensación de impunidad, de que “todo vale”, lo legal y lo ilegal.

Si al SATSE se le ha ocurrido ahora colocar un cartel disonante es porque le ven las orejas al lobo: en la medida en que las vacunas se están convirtiendo en una carnicería, con consecuencias lesivas que se prolongarán a lo largo del tiempo, van a aparecer cada vez más exigencias de responsabilidades por parte de las víctimas de la vacunación, que van a alcanzar a todos, empezando por los más inmediatos: los médicos y el personal sanitario.

La historia no olvida este tipo de responsabilidades, por más que, como en el caso de la colza, transcurran 40 años. Del mismo modo, en lo sucesivo y durante décadas, todas y cada una de las medidas políticas y sanitarias serán juzgadas muy severamente en todos los terrenos: político, médico y científico. Con ellas serán juzgados los colectivos y los medios que las han amparado o que se han callado.

Que a nadie le quepa ninguna duda: la mierda va a seguir saliendo, el torrente será cada vez mayor y dará lugar a enconadas controversias que van a dejar malparados, no sólo a los autores, sino también a los cómplices y encubridores, como se dice en el lenguaje jurídico, que afectará muy especialmente a los reformistas y a quienes les hacen el juego con una empalagosa retórica seudorrevolucionaria.

Como ocurrió durante la transición, la demagogia de la izquierda domesticada ha querido esconder sus propias responsabilidades atribuyendo etiquetas políticas a las diversas corrientes críticas hacia la pandemia, las restricciones o las vacunas, especialmente la de que no hay alternativa al mensaje dominante… excepto que se trata de la “extrema derecha” o que le hacen el juego.

Es justamente al revés: desde el gobierno, el reformismo ha pretendido arrojar a los críticos a los brazos de la reacción. El cambio de signo se ha producido cuando se han dado cuenta de que hay muchos más críticos de los que suponían y que en el futuro el número va a seguir aumentando.

A pesar de una campaña feroz de desprecio, el movimiento crítico con la pandemia no ha hecho más que crecer y acabará organizándose, por encima de su carácter heterogéneo porque, en efecto, la primera mentira empezó cuando le atribuyeron una naturaleza compacta de la que carece. Tanto desde el punto de vista político, como científico y médico, los críticos son una amalgama.

Pero es verdad, y a nadie le puede caber ninguna duda de que hay muchos reaccionarios y fascistas dentro de ese movimiento que intentan pescar en río revuelto, sobre todo aprovechando un gobierno, como el actual, del PSOE y Podemos. Es un terreno intimidante. Muchos empiezan a intuir que algo huele mal, pero no quieren ser tachados de “negacionistas” y se guardan sus reservas para que sean otros los que den la cara.

Hasta ahora la oposición a la pandemia ha sido diversa porque su origen es doctrinal y hay decenas de corrientes en materia de salud pública que llevan décadas estudiando este tipo de fenómenos, naturalmente silenciadas, cuando no aborrecidas.

El panorama cambiará en cuanto se formen colectivos de afectados por las vacunas, es decir, cuando ya no haya ningún remedio, salvo el de protestar, el de que indemnicen a las víctimas y atiendan sus lesiones, porque una vacunación indiscriminada de las proporciones que estamos conociendo, además de cadáveres, va a crear una sociedad de enfermos, de personas dependientes, necesitadas de un fármaco que les cure el daño que les ha causado el anterior.

Cuando ese momento llegue, el escenario se llenará de plañideras que se subirán al carro de los damnificados y sujetarán una pancarta en la calle. Entonces no podrán decir que son fascistas, negacionistas o antivacunas. Pero habrá que recordarles que no hicieron nada cuando podían hacerlo y que deben tomar nota para las sucesivas pandemias que nos aguardan.

El mito de la vacuna contra la polio y el incidente Cutter

En 1953 Nelson Rockefeller, el artífice de la medicina moderna, fue nombrado viceministro de sanidad de Estados Unidos. Fue quien financió los primeros ensayos de la vacuna contra la polio. Según la doctrina, los laboratorios logran “atenuar” o “inactivar” los virus para luego inoculárselos a los niños.

Inicialmente los procedimientos para ello fueron descubiertos por Jonas Salk, un científico elevado a los altares, junto a los demás próceres de la humanidad. Sin embargo, la vacunción fue un fracaso con gravísimos riesgos para la salud infantil porque los laboratorios no lograron “atenuar” ni “inactivar” el virus.

La historia de la medicina conoce a esta chapuza como “incidente Cutter” por el nombre de uno de los laboratorios que fabricó la vacuna. Como es lógico, fue cuidadosamente silenciado porque periódicamente la polio y las vacunas que “erradicaron” dicha enfermedad se han presentado al mundo como uno de los grandes progresos de la ciencia moderna.

La inoculación de la vacuna de Salk fue suspendida casi inmediatamente y sustituida por otra, la de Albert Sabin, también elevado a las cumbres de la ciencia, que en su caso concurría con una circunstacia adicional: no patentó su vacuna, regalando sus derechos al mundo entero para “erradicar” la polio de la humanidad.

Lo que no se suele recordar es que Sabin no era más que un empleado a sueldo de Rockefeller y que no se trataba de obtener beneficios inmediatos sino abrir un nuevo mercado para el capital. Empezaba un nueva época. Tras la polio y las vacunas contra la polio llegaron todas las demás, que se empezaron a inocular masivamente a los niños.

Ambos tipos de vacunas se preparaban de forma similar, con cultivos de poliovirus en células procedentes de monos Rhesus, lo cual planteó un problema evidente que la doctrina dominante no quiere entender: los virus están por todas partes y, en consecuencia, las células de monos no eran un medio aséptico. Tienen sus propios virus.

Como consecuencia de una doctrina errónea, además de poliovirus, las vacunas portaban los virus propios de los macacos, entre ellos uno llamado SV40, que transmitieron a los niños vacunados en los años cincuenta del siglo pasado. Les inocularon dos virus, al menos, para prevenir la acción posible de uno de ellos.

Como consecuencia, desde los años cincuenta el virus de los simios se está transmitiendo entre los seres humanos al menos por vía fetal, de las madres vacunadas a sus hijos, que no lo han sido. En Estados Unidos lo portan un 10 por ciento de los adultos sanos y un 5 por ciento de niños menores de 12 años, unos porcentajes que se duplican en los casos de inmunosupresión (1).

Es lógico pensar que esos mismos porcentajes, o parecidos, se podrían encontrar en otros países del mundo. Las estimaciones calculan que una cuarta parte de la humanidad es portadora de un virus que corresponde a otra especie zoológica. Aunque no se hayan vacunado contra la polio, millones de personas han recibido el SV40 de sus progenitores.

La contaminación con SV40 también apareció en las vacunas suministradas a los reclutas entre 1959 y 1961. Lo más inquietante es que desde el principio se lanzaron advertencias de la posible contaminación con virus procedentes de los monos (2). En 1955 y 1956 se descubrieron numerosos de ellos en los riñones de los macacos y sólo en 1958 Robert N. Hull descubrió 20 tipos distintos, reiterando la advertencia (3).

En 1960 la multinacional Merck dejó de fabricarla y varias instituciones públicas anunciaron que las vacunas se habían retirado. No era verdad. A los niños les siguieron inoculando las reservas existentes y en algunos países se comercializaron al menos hasta los años ochenta.

Los médicos discuten hoy las consecuencias que las vacunas contra la polio hayan podido tener en la salud de millones de seres humanos en todo el mundo. Al respecto hay numerosa bibliografía.

En 1962 se descubrió que el virus SV40 causaba cáncer en ratas (4), una conclusión que se va imponiendo progresivamente, sobre todo desde la invención de la PCR. Hoy este virus se utiliza en los ensayos de laboratorio para crear células “inmortales”, es decir, de tipo cancerígeno (5).

En 2001 se celebró en Chicago una conferencia médica para abordar las consecuencias sobre la salud humana del virus de los monos, vinculando el mesotelioma pleural al SV40, así como los osteosarcomas, tumores cerebrales y linfomas no hodgkins.

En Estados Unidos las víctimas han creado una fundación para investigar las consecuencias de las vacunas contra la polio (6).

Como todos los mitos modernos, la polio es una enfermedad que aparece envuelta en la bruma de los medios de comunicación y divulgadores seudocientíficos. A la primera enfermedad mediática, con el Presidente Roosvelt como máximo exponente, se le sumó la primera vacuna mediática.

La OMS dijo en 2015 que las vacunas habían “erradicado” la polio, aunque cinco años después se desmintió a sí misma, como tiene por costumbre. Había detectado un nuevo brote en Sudán (7).

Como suele ocurrir, para demostrar la eficacia de las vacunas con datos cuantitativos, a la polio le cambiaron el nombre. Ahora ostenta nombres como síndrome de Guillain-Barré y otros. De esa manera las vacunas son siempre infalibles: una persona vacunada contra la polio no podía ser diagnosticado de polio, sino de meningitis, por ejemplo.

El 6 de marzo de 2004, la revista nigeriana Weekly Trust publicó una entrevista con el doctor Haruna Kaita en la que denunciaba otra constante de las campañas de vacunación en el Tercer Mundo: las vacunas orales contra la polio que se estaban suministrando a los niños de aquel país africano contenían contaminantes tóxicos con efectos anticonceptivos (8).

(1) S.Jafar, M.Rodríguez-Barradas, D.Y.Graham, J.S.Butel: Serological evidence of SV40 infections in HIV-infected and HIV-negative adults, en Journal of Medical Virology, vol.54, 1998, pgs.276 y stes.; J.S.Butel y otros: Evidence of SV40 infections in hospitalized children, en Human Pathology, vol.30, 1999, pgs.1496 y stes.
(2) Herald R. Cox: Viral vaccines and human welfare, en The Lancet, 1953, pgs.1 y stes.
(3) New viral agents recovered from tissue cultures of monkey kidney cells, en American Journal of Hygiene, vol. 68, 1958, pgs. 31 y stes.
(4) A.J.Girardi y otros: Development of tumors in hamsters inoculated in the neonatal period with vacuolating virus SV40, en Proceedings of the Society for Experimental Biology and Medicine, vol.109, 1962, pgs.649 y stes.
(5) Michael E. Horwin: A cancer causing monkey virus from FDA-approved vaccines, en Albany Law Journal of Science & Technology, vol. 13, 2003 http://www.sv40foundation.org/CPV-link.html
(6) http://www.sv40foundation.org/
(7) https://mpr21.info/la-oms-detecta-un-nuevo-brote-de-polio-en-sudan-despues-de-declarar-a-africa-libre-de-la-enfermedad/
(8) https://mpr21.info/2020/03/contagio-la-oscura-historia-de-las.html

El comunismo es una negación detrás de otra

“El comunismo es la posición como negación de la negación”, escribió Marx hace 180 años, en una de sus primeras obras (1). La primera posición de los comunistas es la de negar y la segunda es la de volver a negar.

La dialéctica, escribió Lenin, contiene la negación como “su elemento más importante” (2) y conforma una “actitud” diferente: cuando la clase dominante busca la aceptación del dominado, se encuentra con el rechazo del comunista, que no sólo tiene un aspecto intelectual, sino también práctico.

La aceptación es un acto de sumisión; la negación es el principio de la rebeldía. Conduce a la acción y a la práctica.

Las clases dominantes siempre han educado para la obediencia, mientras que la educación comunista se basa en la desobediencia. Asentir, decir que “sí”, es una postura simple, mientras que la negativa es mucho más compleja. Tiene unas consecuencias que son igualmente negativas (para quien niega).

La naturaleza gregaria de los seres humanos conduce inmediatamente al conformismo, mientras que la negación exige un tiempo de maduración. La aceptación es un acto pasivo que no requiere de un esfuerzo especial porque viene ya establecido por terceros. El alumno se limita a reproducir y repetir lo que aprende de su profesor. El buen cuidadano cumple con las normas que le vienen impuestas.

La negación, por el contrario, es un acto complejo. Sin duda, incluye la duda, el interrogante, pero va mucho más allá de lo que la dialéctica materialista califica como “negación pura y simple”, que conduce al vacío, al nihilismo. Sólo es un momento o una etapa en el desarrollo del conocimiento científico que debe llevar a la práctica, a tomar una “posición” o una “postura”.

Engels puso un ejemplo bien sencillo: en la aritmética un número negativo se convierte en positivo multiplicándolo por otro número negativo: -1. La negación se convierte así en algo “positivo” y “definido”, decía Lenin (3).

Lo que conduce a la práctica, pues, es una doble negación. La “hora final” de la propiedad privada llega cuando “los expropiadores son expropiados” (4). Para construir primero hay que destruir, pero no tiene sentido destruir si no es para construir algo diferente en su lugar.

Es algo que aparece en numerosos debates, donde siempre hay quien se opone y critica, pero no es capaz de plantear una propuesta distinta. Ha recorrido la primera etapa, pero le falta la segunda. Sin ella la negación no se puede transformar en “positivo” y, en definitiva, en una “posición”.

Numerosos movimientos populares se definen de una manera negativa, por el rechazo de lo que no son o no quieren. Por ejemplo, se definen como “anticapitalistas” o “antimperialistas”. Es una etapa positiva y también necesaria, pero insuficiente para llevar a cabo una actividad práctica que acabe con las lacras del capitalismo y el imperialismo.

Las organizaciones revolucionarias, además de disponer de un manifiesto, donde diagnostican las penosas consecuencias de la explotación, elaboran un programa con las medidas prácticas capaces de solucionarlas, así como las vías que se deben tomar para llegar a ellas. De esa manera se llena el continuo que va de la mera crítica del capitalismo a la alternativa socialista, pasando por los estadios intermedios del proceso.

Ningún proceso de cambio social ha sido posible en la historia sin la negación, que es el primer paso y el imprescindible. Si aceptamos que las cosas están bien, no hay por qué cambiarlas. Si no tenemos dudas, nunca haremos preguntas y no podremos avanzar en ningún sentido.

Son muchas las personas que no avanzan porque se reconfortan a sí mismas escuchando siempre el mismo discurso, como los beatos rezando el rosario de manera rutinaria y monótona. Hay quien sólo lee aquello que reproduce una opinión que ya tiene preconcebida. Quiere más de lo mismo porque sólo la repetición y la uniformidad apaciguan su inseguridad.

Por el contrario, la actitud dialéctica, decía Sócrates, es la de quienes indagan, preguntan y buscan. No les basta con una cara de la moneda. Para aprender materialismo estudian el idealismo y para entender el ateísmo leen la Biblia. Una clase social sólo se define por oposición a su contraria. El probletariado nunca podrá triunfar sobre la burguesía si no conoce al detalle su historia, sus características, su pensamiento y sus peculiares formas de organización social y política de su adversario.

La sociología estadounidense ha acuñado un repertorio de expresiones para describir este fenómeno. Las personas que no necesitan expresarse porque otros lo hacen por ellos  forman la “mayoría silenciosa”. Son receptores pasivos. No tienen una opinión propia, ni la necesitan porque son conformistas. Su criterio aparece reflejado en los medios de comunicación, las universidades y demás dispositivos ideológicos establecidos.

Los demás son los “activistas”. Acuden a las reuniones. Participan, escuchan, hablan y preguntan. Han dado el primer paso en un recorrido que, además de colectivo, es también personal y subjetivo. Esa evolución nunca se detendrá si siguen participando, preguntando, criticando y aportando.

(1) Marx, Manuscritos, economía y filosofía, Madrid, 1968, pgs.156 y 164
(2) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pgs.204-205
(3) Lenin, idem, pg.86
(4) Marx, El Capital, tomo I, pg.649

La vacunación es una práctica milenaria de la medicina tan criticable como cualquier otra

Uno de los rasgos diferenciadores del conocimiento científico es que no es reduccionista. No se empeña por obtener respuestas simples a fenómenos complejos, una categoría en la que entran aquellos que conciernen a la humanidad en su conjunto. La complejidad aumenta si hablamos de una práctica médica y social, como las vacunas, que tienen mil años de antigüedad, por lo menos.

Las descalificaciones contra los “antivacunas” son consecuencia de ese reduccionismo, cuyo efecto primordial es la inclusión en el coletivo de quienes simplemente expresan una opinión crítica hacia cierto tipo de vacunas o hacia los componentes de las mismas.

El movimiento “antivacunas”, que siempre fue muy pequeño, ha crecido espectacularmente con esta pandemia, al mismo ritmo que la insolencia de los gobiernos, que son los máximos interesados en (des)calificar cualquier opinión disidente. Oponerse a las campañas de vacunación es algo peyorativo en sí mismo, una irresponsabilidad que atenta contra la salud pública. Lo mismo que en el asunto de las mascarillas, algunos hablan de egoísmo, de poner sus propias opiniones por encima del colectivo.

El asunto es justo al revés, pero para eso hay que entender un principio tradicional de la medicina como la vacunación.

Una vacuna no es un fármaco cualquiera cuya ingesta ayuda a que un paciente supere su enfermedad. Normalmente los medicamentos están diseñados para los enfermos, mientras que las vacunas se aplican a los sanos, a quienes no padecen ninguna enfermedad. Antiguamente los manuales de medicina decían que las vacunas tienen un carácter preventivo. Se trata de que una persona no enferme o para que reduzca los síntomas de las enfermdad.

Lo que las vacunas no pueden conseguir de ninguna de las maneras es impedir ni frenar la circulación de ningún virus. No es posible crear un medio aséptico, libre de bacterias y virus, ni dentro ni fuera del cuerpo humano. La política de “cero covid” es imposible y, al final de esta pandemia, los “expertos” han claudicado: debemos “convivir con el virus”. Con mejor criterio deberían haber dicho: “la humanidad lleva conviviendo con los virus desde su mismo origen”.

Tanto las personas vacunadas como las que no lo están intercambian virus cotidianamente. Una persona no vacunada transmite los virus exactamente igual que una vacunada. Si las vacunas son efectivas, como dicen, lo que cambian son las consecuencias para los no vacunados, que son los únicos que deberían mostrar preocupación.

Sin embargo, ocurre al revés, como en tantas otras imposiciones de esta pandemia: sólo se preocupan los que llevan mascarilla y sólo se preocupan los que ya están vacunados. Esta paradoja es consecuencia del miedo, que a su vez es consecuencia de un engaño meticulosamente difundido, porque hasta el más inepto de los “expertos” sabe que ninguna vacuna puede prevenir eso que llaman “contagio”.

No es posible “luchar” contra los virus, ni mucho menos “vencer” a ninguno de ellos, como decían al principio de esta pandemia. Los espectáculos de desinfección que nos mostró el ejército el año pasado en lugares públicos fueron grotescos, lo mismo que los anuncios publicitarios de líquidos capaces de lograr lo mismo en casa o las ceremonias de lavado manos con hidrogel.

No obstante, en torno a los virus y bacterias los “expertos” han acabado engendrando toda una subcultura que se está transmitiendo entre generaciones, en la que se incluyen tanto doctrinas absurdas, pero muy arraigadas, como ciertas prácticas cotidianas de desinfección que han llegado a convertirse en un negocio.

A lo largo de la historia ninguna vacuna ha erradicado ninguna enfermedad, ni de las llamadas “infecciosas” ni de ningún otro tipo, porque hasta hace muy poco tiempo no se han administrado a los que ya están enfermos sino a los sanos. Nunca han tratado de curar sino de prevenir.

Ahora bien, con el tiempo estos principios elementales de la medicina se han ido sustituyendo por otros muy distintos y eso no es consecuencia de ningún “avance”, sino todo lo contrario. Ahora mismo están vacunando de una manera masiva e indiscriminada, sin ningún análisis previo de la persona que la recibe y del tipo de vacuna que se administra. Es algo que jamás había ocurrido a esta escala. Da lo mismo que sean jóvenes, adultos o ancianos, mujeres u hombres, sanos o enfermos…

Las consecuencias son más que evidentes para quien no cierre los ojos: jamás en la historia las vacunas habían producido tal cantidad de muertes ni de efectos adversos, lo que en cualquier otra circunstancia hubiera sido más que suficiente para suspender esta campaña.

Del ‘útero errante’ al ‘baile de las locas’: las mujeres que sirvieron como cobayas de los médicos

La directora de cine francesa Melanie Laurent ha llevado a la pantalla “El baile de las locas”, basada en la novela homónima de Victoria Mas (*), sobre las mujeres encerradas en el hospital Salpetriere de París, donde médicos como Jean Martin Charcot las utilizaban como cobayas para realizar sus experimentos.

Es un contrasentido mezclar algo tan divertido, como un baile, con algo tan terrorífico, como el hospital Salpetriere, que por sí mismo contaría la historia pavorosa de un internado que servía para que un “prestigioso científico” hiciera sus experimentos con mujeres que carecían de recursos para defenderse a sí mismas, una especie de “Mary La Tifoidea” a gran escala.

En el siglo XIX, el “baile de las locas” era una de las atracciones más populares de París, una reunión social que congregaba a la burguesía feliz en torno a mujeres solitarias (solteras), abandonadas o encerradas por sus maridos o padres con cualquier pretexto. Entonces había muchos de espectáculos de ese estilo en la capital francesa, donde la carne de cañón de la sociedad se había convertido en monos de feria propicia para divertirse, emborracharse y pasar una buena tarde de domingo.

El espectáculo se celebraba a finales de febrero, el martes de Carnaval, alentado por el doctor Charcot, uno de los más prestigiosos médicos de la época. El baile acercaba a la “alta sociedad” a las mujeres “enfermas”. Había otro para niños epilépticos, para travestidos… La humillación pública era la única ventana para unos seres que vivían en un encierro perpetuo, por “razones médicas”.

La película recorre el viaje de la joven Louise, una mujer “alienada” que sufre “ataques de histeria” tras ser violada. También presenta a Thérèse, una prostituta que lleva años internada por haber arrojado a su chulo al río Sena. Otro personaje es Eugenie, que tiene el poder de comunicarse con los muertos, así como a la enfermera jefe, Genevieve, interpretada por la propia directora.

Por sí mismo, el hospital Salpetriere, el más conocido de la capital francesa, merecería varias novelas trágicas. Construido en el siglo XVII, primero fue una especie de cárcel para desempleados, mendigos, campesinos expoliados, emigrantes… Marx relató la historia de este tipo de centros en uno de los fragmentos más brillantes de la literatura universal: la acumulación originaria de capital.

En aquella época no había ninguna diferencia entre un hotel, un hospicio o un hospital. Eran centros de reclusión del “ejército industrial de reserva”, la mano de obra barata que se reclutaba entre los los locos, los alcohólicos, los huérfanos y, naturalmente, las mujeres. En pleno centro de París unas 10.000 mujeres permanecían recluidas con diversos pretextos, algunos de los más peregrinos: libertinaje, histeria, prostitución o aborto.

Hasta la Revolución, la Salpetriere no tenía ninguna función médica. En 1792, bajo “el Terror”, cientos de hombres armados entraron en el hospital y liberaron a 186 mujeres, pero violaron y masacraron a una treintena de ellas.

Jane Avril

El internado tenía una reputación aterradora: “La fuerza, la violencia, la brutalidad, incluso la ferocidad, reinaban. Los baños helados, los azotes y la privación absoluta de alimentos eran los medios que se empleaban constantemente contra los ataques de locura furiosa, medios bárbaros y estúpidos que, lejos de detener el mal, lo avivaban y lo hacían incurable”, escribió un periodista de la época.

A finales del siglo XIX, el doctor Charcot reconvirtió una cárcel en un hospital. La mujeres dejaron de ser presas para ser enfermas, pero siguieron encerradas igual. La diferencia es que a un enfermo hay que curarle… aunque ellos no quieran y aunque los médicos no sepan cómo. Si no se conoce ningún tratamiento curativo, se trata de experimentar y quizá suene la flauta por casualidad y aquellas “locas” se vuelvan cuerdas mágicamente sometiéndolas a torturas, como sumergirlas en agua congelada.

Antes de Freud, el doctor Charcot estaba considerado como un pionero en la hipnosis y la histeria, que en la época era un trastorno -principalmente femenino- causado por un “útero errante”. Una vez a la semana, el médico abría al público el “salón de las histéricas” del hospital, en el que las mujeres cobaya se hicieron famosas. Fue uno de los más memorables espectáculos de circo de la época. Una de las cobayas, Jane Avril, llegó a ser luego bailarina principal del Moulin Rouge, inmortalizada en varios retratos del pintor Toulouse-Lautrec.

Al final de sus días Charcot reconoció que estaba equivocado, pero para entonces la medicina ya era un espectáculo mediático en el que los enfermos y los sanos (sobre todo los sanos) jugaban el papel de bufones. “No hay personas sanas, sólo mal diagnosticadas”, es el lamentable lema de los matasanos posmodernos.

(*) https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/38088-el-baile-de-las-locas-9788418107641

El cambio climático según China

En China la ciencia no parece ser la misma que en occidente, al menos en lo que al clima se refiere. El principal especialista chino en climatología, Ding Zhongli, vicepresidente de la Academia de Ciencias, sostiene que no hay pruebas científicas fiables de la interdependencia entre el aumento de las temperaturas y la concentración atmosférica de CO2. La temperatura también está determinada por la radiación solar.

Si se observan los cambios en el clima del planeta de los últimos 10.000 años, las temperaturas actuales son normales, escribió en la revista Earth Science Magazine. Pero Ding Zhongli va más allá. ¿Por qué las grandes potencias defienden una teoría científica tan dudosa? Porque su verdadera intención no es limitar el aumento de la temperatura mundial, sino limitar el crecimiento económico de los países emergentes.

Las políticas económicas de países como China, Rusia e India no pueden admitir, pues, las propuestas “verdes” que quieren imponer las grandes potencias occidentales. El Presidente chino Xi Jinping repite una y otra vez que todos los países tienen derecho a un “desarrollo económico y social”, al que añadió el adjetivo “sostenible” para no dañar demasiado los oídos de los más sensibles.

Hay países que quizá puedan buscarse otras alternativas, pero para la mayoría, el desarrollo económico significa quemar más carbón y, por tanto, emitir más CO2 a la atmósfera. La moderna “lucha contra el cambio climático” conduce al decrecimiento y, por lo tanto, a la postración perpetua de los países del Tercer Mundo.

Pero junto a los argumentos económicos están los estratégicos: la energía no es sólo un mercado sino un sector clave de la economía, sobre todo para los países que, como China, dependen de la importación y, en consecuencia, de terceros países. China se ha convertido en el mayor importador mundial de petróleo y pronto se convertirá en el mayor importador mundial de gas licuado, cuyas remesas aumentan todos los años.

La Nueva Ruta de la Seda cumple la función prioritaria de acceso a las fuentes exteriores de energía. Por encima de todo, China tiene que asegurarse de que dispone de toda la energía que necesita y para ello diversifica las fuentes existentes y busca otras alternativas. Además de garantizar el suministro, la diversificación de fuentes energéticas asegura su independencia política ante las grandes potencias.

China es el mayor productor mundial de los llamados “gases de efecto invernadero”. Si el CO2 provocado por la industria hiciera subir la temperatura mundial, el cierre de las centrales eléctricas de carbón y la construcción de innumerables turbinas eólicas y plantas solares en la Unión Europea no servirían para nada. Las emisiones de CO2 no dependen de la Unión Europea sino de China. Hace ya quince años, el país asiático superó a Estados Unidos en emisiones y no deja de ampliar su ventaja. Si China no está en el barco de los salvadores del clima, el ahorro en otros países será en vano.

Por eso las grandes potencias tienen que comprometer al gobierno de Pekín en su “lucha contra el calentamiento”, lo mismo que las ONG y los burócratas de la ONU. Los dirigentes chinos han alimentado esa ilusión, sobre todo desde que en 2016 Trump desvinculó a Estados Unidos de los Acuerdos de París. A Washington el clima le dejó de interesar desde el momento en que ninguno de los acuerdos internacionales firmados hasta la fecha han logrado comprometer a China a frenar su crecimiento económico.

A partir de la nueva postura de Estados Unidos, China se dispuso a rellenar el vacío… con retórica. Se convirtieron en estandartes de la “lucha contra el cambio climático”. La agencia pública de noticias Xinhua calificó la decisión de Trump de “enorme revés” en la batalla mundial contra el cambio climático, y lamentó que Estados Unidos se desvinculara de “la aspiración común de la humanidad de un futuro con bajas emisiones de carbono”.

China mantuvo la compostura, como era de esperar, de puertas afuera. En el Congreso del Partido Comunista de 2017, Xi Jinping aseguró que su país “tomará un asiento de conductor en la cooperación internacional contra el cambio climático”. Había aparecido otro motivo: como los acuerdos internacionales no obligan a ningún país en desarrollo, como China, a reducir sus emisiones de CO2, las grandes potencias han recurrido al soborno en forma de subvenciones. Había 100.000 millones de dólares para repartir a cambio de las reducciones y China quiso apoderarse de una parte de ese dinero, aunque no lo consiguió, ni lo va a conseguir en el futuro, entre otras cosas porque Trump se encargó de cerrar el grifo.

Quienes mejor lo saben son los propios dirigentes chinos, que a duras penas mantienen ya la retórica climática. “Objetivamente, seguimos siendo un país en vías de desarrollo”, dijo a los periodistas Xie Zhenhua, enviado especial de China para el clima, en la cumbre de Katowice. A Xi Jinping el cambio climático le importa un bledo. Lo que mira por la mañana, después de levantarse de la cama, son los índices de crecimiento económico, no los de CO2. Así lo demuestran 30 años de política climática china, expuesta tanto en los foros internos como en los internacionales.

Actualmente China planifica la construcción de 259 gigavatios de nuevas centrales eléctricas de carbón y sigue disparando en todas las direcciones: desarrolla las energías convencionales y las renovables, lo mismo que la energía nuclear.

La primera vacunación masiva de la historia: la campaña de Napoleón en Rusia

Napoleón revolucionó el arte de la guerra, creando gigantescos ejércitos, que no eran otra cosa que “la nación en armas”, es decir, grandes agrupaciones de tropas. Esas masas armadas debían ser debidamente atendidas y cuidadas por médicos militares. Uno de ellos fue el doctor René Nicolas Desgenettes, que conoció a Napoleón en 1793, durante la campaña de Italia, cuando éste sólo era un modesto oficial de artillería de 24 años de edad.

Las enfermedades siempre han causado más bajas a los ejércitos que las batallas porque las condiciones de vida en la guerra exponen al cuerpo humano a condiciones extremas. Un ejército capaz de mantener a sus tropas en buen estado de salud era más importante que los ataques y los contrataques. Para luchar, un soldado debe comer, beber, descansar, lavarse y abrigarse adecuadamente.

En las expediciones militares napoleónicas había, además, otro condicionante fundamental para la salud de las tropas: el cambio en las condiciones ambientales. Los soldados debían aclimatarse a temperaturas tan diferentes a las suyas habituales, como la nieve o el desierto. Cuando en 1798 Napoleón invadió Egipto, nombró a Desgenettes médico jefe del ejército.

Los médicos militares napoleónicos crearon un servicio de ambulancias a base de camellos para los heridos e impusieron estrictas normas de higiene a las tropas, vestimenta, alimentación y agua, eliminación de residuos, prohibición de la prostitución… A pesar de ello, el ejército siguió teniendo más bajas a causa de las enfermedades que de los combates.

La viruela, las fiebres, las enfermedades venéreas y la peste asolaron a las tropas. Cuando la flota del almirante Nelson cortó los suministros frescos procedentes del mar, apareció el escorbuto. La disentería envió a muchos a la tumba. El tracoma, la enfermedad ocular egipcia, inflamó los ojos de los soldados. La postración por el calor y la deshidratación llevaron a los hombres a beber agua no potable que contenía pequeñas sanguijuelas, que se adherían a la faringe, se llenaban de sangre y provocaban tos, dificultad para respirar y a veces hemorragias. Podían desprenderse con gárgaras de vinagre y agua salada o extraerse con fórceps.

Napoleón inició una ofensiva en Siria, que entonces comprendía Palestina, Israel y Líbano, para neutralizar al Imperio Otomano. Durante los cruentos combates en Jaffa, apareció la peste y los enfermos empezaron a llenar el hospital instalado en un viejo monasterio ortodoxo griego. Para disipar el miedo al contagio que tenían las tropas, Napoleón visitó a los apestados en el hospital y charló con ellos. Ayudó a cargar el cadáver de un soldado que había muerto a causa de la peste y bajo cuyo uniforme roto se veían las grandes manchas negras en la piel.

El personal sanitario del hospital de Jaffa se había reclutado en las prisiones y galeras. Estaban mal pagados, pero se beneficiaban de la venta de ropa y efectos robados a los muertos y moribundos, en contra de la orden de quemarlos para combatir la enfermedad. Napoleón dispuso fusilar a los sanitarios que fueran sorprendidos vendiendo los enseres de los muertos y enfermos.

Durante el asedio de Acre, Desgenettes instaló otro hospital para los enfermos de peste. Como había hecho Napoleón en Jaffa, trató de calmar el miedo al contagio con un experimento que ha pasado a los anales de la historia de la medicina: bebió del vaso de un paciente moribundo y luego se inoculó la peste a sí mismo. La peste bubónica colorea de negro la piel y, con un bisturí, Desgenettes le extrajo líquido de la zona inflamada y se lo inoculó, a pesar de lo cual no padeció ninguna enfermedad.

En aquella época ni los médicos ni los sanitarios iban disfrazados de astronautas, como ahora. No había mascarillas, ni guantes, ni medios de protección frente a las infecciones, a pesar de lo cual, no padecieron las enfermedades de sus pacientes.

El experimento de Desgenettes lo reprodujeron otros médicos en el siglo XIX, como el alemán Virchow o el austriaco Pettenkofer. Ninguno contrajo ninguna enfermedad infecciosa. Los mismos experimentos se reprodujeron en el siglo siguiente para demostrar que la verdadera causa de las epidemias no estaba en los “patógenos”, sino en los diferentes estados de salud de las personas o, en otras palabras, en su sistema inmune. No había que obsesionarse con los “gérmenes” sino prevenir la enfermedad reforzando las “defensas” del organismo con una buena alimentación, descanso, abrigo, higiene…

Napoleón fracasó en Acre y ordenó la retirada. Pero las tropas hospitalizadas a causa de la peste no eran capaces de viajar por el desierto. Abandonarlos a los otomanos era condenarlos a los peores tormentos y llevárselos suponía retrasar la evacuación. En presencia del general Berthier, su jefe de estado mayor, Napoleón pidió a Desgenettes que hiciera lo mismo que han hecho los médicos en España durante la pandemia: poner fin a la agonía de los apestados administrándoles opio.

Desgenettes se negó y los enfermos fueron transportados a Jaffa, donde la situación se reprodujo por el asedio del ejército otomano. Había que evacuar, y esa vez Napoleón se negó a preguntar a Desgenettes. El farmacéutico jefe de la expedición, Claude Royer, suministró opio a los enfermos para que tuvieran una muerte dulce.

A raíz del incidente las relaciones entre Napoléon y Desgenettes se agriaron. Cuando el ejército llegó a El Cairo, Napoleón dijo ante los miembros del Instituto de Egipto que “la química es la cocina de los médicos”. Desgenettes le respondió: “¿Y cuál es la cocina de los conquistadores?” Dejaron de hablarse durante un tiempo.

Para preparar la expedición militar contra Rusia, Napoleón ordenó vacunar a sus tropas. Fue la primera campaña de vacunación masiva de la historia y lo más interesante de la misma es lo que significaba entonces la vacunación, que no tenía nada que ver con la actual. Las vacunas no se administraban con jeringuillas hipodérmicas sino que eran remedios bastante rudimentarios, consistentes en una especie de cataplasmas que se adherían a la piel. Tampoco se introducían sustancias químicas artificiales, sino una pasta elaborada con material procedente de una propia infección previa.

La serie “The Knick” dirigida por Steven Soderbergh y emitida por HBO tiene un capítulo que ilustra la manera en que se elaboraban antiguamente este tipo de vacunas tradicionales. El protagonista (Clive Owen) está en Nicaragua y para vacunar a la población de viruela extrae las pústulas a los enfermos con unas pinzas y con ellas fabrica la pasta que aplicará a la piel de los sanos. La historia médica de las vacunas, que es milenaria, demuestra que el sistema inmune también se puede reforzar de esa manera para prevenir determinadas enfermedades. No obstante, la teoría y la práctica de la vacunación cambia con el desembarco de la química. La “cocina de los médicos” empezó a ser otra.

Napoleón extrajo de Rusia la misma experiencia que de los desiertos de Oriente Medio. A pesar de las vacunas, sus tropas fueron diezmadas por las enfermedades porque los soldados volvieron a estar sometidos a condiciones meterológicas y ambientales extremas de todo tipo, que son las auténticas causas de las epidemias.

Su médico, Desgenettes, siempre fue un revolucionario. Miembro del partido girondino durante la Revolución Francesa, su evolución biográfica se confunde con ella. Volvió al lado de Napoleón y estuvo presente en la batalla de Waterloo. Los gobiernos revolucionarios le ascendían a la cumbre y los reaccionarios lo enviaban al ostracismo porque, como decía Virchow, la medicina no es más que política a gran escala.

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