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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 12 de 60)

Las técnicas novedosas de manipulación de masas: la ‘teoría del empujón’

En entradas anteriores ha quedado explicada la creación dentro del gobierno británico de unidades especializadas en guerra sicológica para orientar el comportamiento de la población durante la pandemia, evitar la oposición a las restricciones sanitarias y aceptar el confinamiento de forma pasiva.

Las unidades de cambio de comportamiento del gobierno británico las formaron especialistas en diversos campos académicos, fundamentalmente sicólogos, que pusieron en práctica la teoría del empujón (“nudge”), una doctrina en boga desde que la promocionara Cass Sunstein, cuya foto aparece en la portada. Dicha teoría ha pasado de ser una propuesta académica a una técnica de dominación política, es decir, forma parte de los órganos de gobierno y ha llegado para quedarse, más allá de la pandemia.

El “empujón” altera el comportamiento de las personas para hacerlo predecible, es decir, para acomodarlo a las necesidades de la dominación política de masas.

Sunstein no es sólo un teórico, ni un escritor de libros. Fue miembro del equipo de gobierno de Obama y actualmente lo es del de Biden. Más exactamente, trabaja en el Departamento de Seguridad Nacional del gobierno de Washigton.

La teoría del empujón no es ningún secreto. Junto con Richard Thaler, Sunstein la expuso por primera vez en un libro de 2008 titulado “Nudge: Improving Decisions About Health, Wealth and Happiness” (1). El año pasado publicaron una nueva edición con lo que aprendieron durante la pandemia.

Un pieza maestra de la política gubernamental de Sunstein es la vieja “teoría de la conspiración” que había elaborado la CIA en los sesenta, recuperada para las nuevas necesidades de los tiempos y, en especial, para la “lucha antiterrorista”. De hecho el papel de Sunstein dentro del gobierno de Obama fue el de denostar las “teorías de la conspiración” y a los que las promueven: magufos, terraplanistas…

La teoría del empujón tiene, pues, un claro origen policial y represivo. En un artículo de 2008, Sunstein escribió: “La existencia de teorías de la conspiración, tanto nacionales como extranjeras, no es, en nuestra opinión, un asunto trivial, ya que plantea riesgos reales para las políticas antiterroristas del gobierno de cualquier tipo” (2). Las propuestas prácticas de Sunstein no dejan lugar a dudas sobre la necesidad de eliminar cualquier alternativa a la ideología dominante, que es la que marcan los gobieros de turno, como por ejemplo, “ilegalizar cualquier teoría de la conspiración”.

Además del mensaje, las nuevas políticas represivas de Sunstein imponen el lenguaje. Como la pandemia ha vuelto a poner de manifiesto, el lenguaje tiene un carácter hipnótico. Las nuevas expresiones embriagan y modelan una nueva percepción subjetiva de la realidad. Los que no emplean el nuevo vocabulario ni siquiera pueden intervenir en ningún debate social. Es como si estuvieran hablando de realidades distintas. El interlocutor cree que se mueve por sí mismo, pero en realidad le están empujando.

En 2010 las políticas de dominación de Sunstein llegaron al otro lado del Atlántico de la mano del Instituto Británico para la Gobernación, que se describe a sí mismo como “un grupo de reflexión cabecero que trabaja para que el gobierno sea más eficaz”. A su vez, el Instituto creó el Equipo Behavioural Insights que, según su sitio web, “ha pasado de ser una unidad de siete personas en el corazón del gobierno de Reino Unido a una empresa de propósito social global con oficinas en todo el mundo” (3).

El Instituto encargó la redacción del informe MindSpace (4), que debía convertirse en la piedra angular de las nuevas técnicas de guerra sicológica. Hoy es la principal institución que da forma a los mensajes públicos en el mundo occidental.

Un documento de 2018 titulado “Behavioural Government” expresó claramente su objetivo: “El Equipo Behavioural Insights se creó en el número 10 de Downing Street en 2010. Es la primera institución gubernamental del mundo dedicada a aplicar la ciencia del comportamiento a la política” (5).

(1) https://www.researchgate.net/publication/257178709_Nudge_Improving_Decisions_About_Health_Wealth_and_Happiness_RH_Thaler_CR_Sunstein_Yale_University_Press_New_Haven_2008_293_pp
(2) https://ia800304.us.archive.org/22/items/CassSunstein/cass_sunstein_infiltration.pdf
(3) https://www.bi.team/about-us/who-we-are/
(4) https://www.instituteforgovernment.org.uk/publications/mindspace
(5) https://www.bi.team/wp-content/uploads/2018/08/BIT-Behavioural-Government-Report-2018.pdf

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Las raíces históricas del fascismo sanitario: el gueto de Varsovia

En 1939 el III Reich estrenó una de las películas de propaganda de mayor presupuesto. Se trataba de “Robert Koch, Bekämpfer des Todes”, dirigida por Hans Steinhoff. De esa manera Koch se incorporaba a la iconografía nazi como un soldado de la ciencia, un precedente del mismo Führer.

El modelo nazi era un médico entregado a la lucha contra las enfermedades contagiosas que, en aquella época, se decía que procedian del este, de Polonia, como hoy se dice que proceden de África. Alemania necesitaba un “cordón sanitario” que protegiera a su población de la enfermedad y la muerte, causadas por la suciedad en la que vivían las poblaciones eslavas y orientales.

Ya antes de 1933 los médicos alemanes fueron los más entusiastas partidarios de Hitler. En 1939 más de la mitad de ellos estaban afiliados al partido nazi, e incluso a las SS. Durante años habían sido educados en unas facultades imbuidas de racismo y eugenesia. Muchos de ellos participaban en la discriminación de la población. A ellos les correspondía decidir quiénes eran arios y quiénes entraban en la categoría de subhumanos.

Quien controlaba las organizaciones sanitarias era el Ministerio del Interior. El Departamento IV de Sanidad y Protección de la Población estaba dirigido por un Secretario de Estado, el doctor Arthur Gütt, y luego, desde 1935 hasta 1945, el doctor Leonardo Conti. Desde esa Oficina de Sanidad los nazis dirigían la Academia de Medicina o la Cruz Roja alemana.

En 1933 el Colegio de Médicos fue confiado a los miembros de la Liga Nacional Socialista de Médicos Alemanes y Gebhard Wagner se convirtió en su presidente. Dos años después se convirtió en la Cámara Médica del Reich. Todos los médicos alemanes debían estar registrados en la Cámara para poder ejercer. Cambiaron las ordenanzas que regulaban el ejercicio de la medicina. El antiguo código deontológico fue derogado y crearon sus propios tribunales para garantizar que cada médico realizara su tarea de acuerdo con los principios nazis.

El “cordón sanitario” y los guetos que el III Reich impuso en Polonia durante la Segunda Guerra Mundial lo justificaron con una supuesta epidemia de tifus. El eugenismo alemán consideraba que los eslavos, por ejemplo, eran los portadores naturales de la enfermedad, por lo que debían ser enviados a los campos de concentración para ser desinfectados. En 1941 se publicó una obra colectiva titulada “Guerra de Epidemias. La misión sanitaria alemana en el Este”, donde el III Reich afirmaba que en Polonia había estallado un “brote epidémico” que era necesario tratar.

El este de Europa estaba poblado por pueblos atrasados y sucios, portadores de enfermedades, mientras Alemania era una tierra limpia, gobernada por médicos y vacunas. El progreso de la higiene y la ciencia había convertido a Alemania en la patria de la salud, siempre amenazada por el contagio de sus vecinos.

Gracias a los nazis, los alemanes disfrutaban de una dieta sana, natural, sin alcohol, carne, grasas ni azúcares. Fue el sueño de Hitler entonces y el del ministro Garzón ahora. Los alemanes debían comer verduras, pan integral y abandonar el tabaco. El III Reich fue el paraíso de las leyes contra el tabaco. En 1939 un médico alemán, Franz Müller, publicó el primer estudio sobre el papel del tabaco en el cáncer de pulmón.

Las primeras medidas antitabaco se adoptaron en Alemania en 1938. La campaña se desarrolló en los primeros años de la guerra con la fundación de un Instituto de Investigación del Riesgo del Tabaco en la Universidad de Jena, dirigido por un médico de las SS, Kurt Astel. En las oficinas del partido nazi no se podía fumar. En 1938 se prohibió el tabaco en la Luftwaffe, luego en Correos, en los asilos y en las escuelas. Las prohibiciones fueron acompañadas por la creación en 1939 de una oficina contra los peligros del alcohol y el tabaco. El tabaquismo era una degeneración racial, un veneno genético que corrompía el genoma germánico.

Los nazis limpiaron primero su casa y luego pasaron a limpiar la de sus apestosos vecinos, encerrando a las poblaciones en guetos y trasladándolas a campos de concentración para desinfectarlas.

En 1917 el tifus fue considerado en Alemania como una enfermedad eslava y bolchevique y, veinte años después, como judía. Fue un caso evidente de obsesión paranoica. El tifus estaba en el centro de la política sanitaria alemana en Polonia. Se trataba de evitar que una posible epidemia polaca llegara al Reich y contaminara a los soldados del ejército.

Tan pronto como Polonia fue invadida, los alemanes crearon toda una red de instituciones preventivas contra el tifus, aunque todavía no se había producido ninguna epidemia grave. Como los judíos eran los portadores naturales del tifus, a partir de noviembre de 1939 empezaron a secuestrar a la población que consideraban como judía.

Incluso antes de la construcción de los muros del apartheid que en Varsovia separaron a unos barrios de otros, el perímetro del futuro gueto podía adivinarse por los carteles que mostraban en grandes letras “Seuchensperrgebiet” (zona prohibida de epidemias). Los alemanes hacinaron a un tercio de la población de Varsovia, casi medio millón de personas, en el 5 por ciento de su superficie, unas 160 hectáreas.

Naturalmente, no había ninguna epidemia, pero el hacinamiento de miles de personas en un entorno cerrado provocó el resultado buscado, el tifus, la epidemia que se pretendía prevenir. Unas 100.000 personas contrajeron el tifus en el gueto de Varsovia, con una tasa de mortalidad cercana al 40 por cien. Como ha ocurrido tantas veces en la historia de la medicina, es el remedio el que causa la enfermedad.

A su vez, la epidemia favorecía las políticas discriminatorias nazis, la separación racial y la histeria de salud pública. El apartheid sanitario ayudó a exterminar a una parte importante de la población polaca. Otra sirvió como conejillo de indias de experimentos médicos y estimuló la producción de las empresas farmacéuticas alemanas, que empezaron a investigar en la producción de vacunas contra la fiebre tifoidea.

Con el pretexto de la lucha contra el tifus, el gobierno nazi introdujo los pasaportes sanitarios y la distancia social. Antes de subirse a un tren era necesaria una autorización médica especial y en los transportes públicos se establecieron asientos de uso exclusivo, ya que la transmisión de pulgas infecciosas se ve facilitada por el uso común de las instalaciones colectivas.

En la ideología nazi, el enemigo tiene tanto connotaciones de clase como médicas. Las mismas palabras que se utilizan en biología, se utilizan también en el ejército. El enemigo es un apestado.

El fondo buitre BlackRock es el mayor accionista de la revista médica The Lancet

La revista The Lancet es una de las más antiguas que se publican sobre medicina en el mundo. Se fundó en 1823 y, sin duda, es una de esas referencias a las que algunos les gusta calificar de “prestigiosas”, por más que no la hayan leído nunca.

Su redactor jefe es Richard Horton, que aparece en la foto de portada. En 2020 Horton publicó un libro titulado “The Covid-19 Catastrophe” (1), que ya va por su segunda edición. En su obra culpa de la crisis sanitaria y de las muertes a los gobiernos occidentales, una tesis con la que no puedo estar más de acuerdo.

También anuncia el advenimiento de una especie de “cientificismo”, al que llama “biocracia” o gobierno de las ciencias biológicas, que recuerda bastante al complejo militar industrial al que hizo referencia Eisenhower en 1960. Otras veces se ha llamado “tecnocracia”, un término que evoca la banalización de la política posmoderna, un terreno abonado a la mediocridad.

Según Horton, se ha firmado una especie de nuevo “contrato social” entre los gobiernos y los científicos que viven en un estado de emergencia permanente. Los gobiernos no podrían sostenerse sin dar un tufillo “técnico” a su gestión diaria que, muchas veces, sirve para encubrir la corrupción, porque según una opinión muy extendida la corrupción es algo inherente sólo a los políticos, no a los médicos, o a los académicos.

Así se han justificado muchos golpes de Estado: para acabar con la corrupción y sustituir a los políticos por los expertos. Pero, como dice Horton, los científicos son tan corruptos como los políticos. En otra entrada ya ha quedado expuesto que las publicaciones científicas están involucradas en los montajes políticos de la pandemia (2).

Horton lo sabe bien porque en mayo de 2020 su revista -junto con otras- orquestó un montaje fraudulento contra la hidroxicloroquina y luego él personalmente trató de lavarse las manos, achacándolo a los autores del artículo (3).

No hace falta decir, pero quizá sí, que otra de las opiniones de Horton también me parece totalmente correcta: “La transferencia del poder a la ciencia podría resultar una peligrosa subversión de los últimos vestigios de nuestros valores democráticos”.

Si la ciencia no es lo que muchos creen, la revistas científicas, que a veces se identifican con ella, tampoco lo son. Como las cadenas de televisión, las revistas también son marcas comerciales de empresas privadas. Se rigen por lo mismos principios. Da lo mismo que hablen de política, del automóvil, de cotilleo o de ciencia.

The Lancet es una marca comercial de Elsevier, un gigante monopolista de la edición que se fusionó con Reed International y cambió su nombre por el de Relx (4). En su cartera comercial tiene otras revistas científicas como Cell. Su capitalización bursátil es 170.000 millones de dólares y obtiene 2.000 millones de dólares de beneficios al año. Su tamaño le sitúa entre los cinco primeros grupos de producción de contenidos del mundo, no muy lejos de Netflix y Disney y por delante de Sony.

La ciencia es un gran negocio y las revistas también. Muchas universidades, laboratorios y científicos no pueden pagar el elevado precio de las suscripciones para acceder a los artículos de investigación que, por lo demás, casi siempre se financian con fondos públicos.

Desde 2018 en el consejo de administración de Relx se sientan dos nuevos socios: los fondos buitre BlackRock y Artisan Partners. El primero es el mayor accionista de Relx, con más del 10 por cien del capital. También es el segundo mayor accionista de las farmacéuticas Pfizer, Johnson & Johnson y Merck, justo por detrás de Vanguard, otro buitre gigantesco.

Deberían estar claros los motivos por los cuales las revistas científicas publican ciertos artículos, no publican otros y orquestan montajes fraudulentos para mejorar los beneficios de las grandes empresas farmacéuticas: los mismos que nombran al director de Relx, nombran también al director de Pfizer.

(1) https://wwwnc.cdc.gov/eid/article/27/11/21-1257_article
(2) https://mpr21.info/las-publicaciones-cientificas-aparecen-envueltas-en-los-montajes-politicos-de-la-pandemia/
(3) https://mpr21.info/el-papel-de-la-farmaceutica-gilead-en-la-guerra-contra-la-hidroxicloroquina/
(4) https://thisyear.com/company-product/the-lancet-parent-company-relx-plc-relx-uk-1894

‘La Marea’ se suma a la ola inquisidora y propone censurar la red Telegram

La pandemia ha desatado una furia inquisidora como pocas veces se ha visto. Las redes sociales han ido cerrando progresivamente todas las cuentas críticas hacia la represión sanitaria, con el aplauso entusiasta de los grupos y medios de la oposición domesticada, como Público, ElDiario.es o La Marea.

Son muy malos momentos para la libertad de expresión, sobre todo porque la cloaca de sitios web que dicen defenderla, son sus más acérrimos enemigos, para lo cual suministran a cada paso su conocido gazpacho de adjetivos: magufos, conspiranoicos, negacionistas, antivacunas, ultraderechistas…

Ante la marea de movilizaciones en toda Europa contra los pasaportes de vacunas, las webs domesticadas y sus periodistas estelares, como Miquel Ramos, siguen buscando ultraderechistas con lupa. Es el mejor servicio que le prestan a la reacción, tanto dentro como fuera del gobierno.

Ayer La Marea volvía a la carga con un artículo venenoso del plumífero alemán Thilo Schäfer (*) que sugiere, con una sutilieza farisaica, “tomar medidas” contra Telegram, una red social que no ha entrado en la ola censora de otras, como Facebook, Twitter o YouTube.

Malos tiempos para la libertad de expresión y malos tiempos para redes, como Telegram, que no han entrado en el juego inquisidor. El gobierno alemán quiere responsabilizar a Telegram de los contenidos que introduzcan sus usuarios, como se hace con Facebook, Twitter o YouTube, lo que supone una espada de Damocles para que contrate “verificadores de hechos” y empiece a eliminar mensajes e incluso cerrar cuentas completas.

Telegram ha crecido porque se ha convertido en un refugio para quienes han tenido que huir de la censura de otras redes. En los medios digitales el tamaño importa mucho. Hasta ahora la red rusa se ha librado de la furia de los inquisidores, como La Marea, sólo porque era marginal. Albergaba pocos usuarios que, además, están ubicados en Europa oriental y en países de Oriente Medio.

La ola censora ya ha comenzado como comienzan estas novedades: con un “debate sobre si se debe actuar contra Telegram”. Por su parte, el gobierno alemán ya ha lanzado dos advertencias contra Telegram, pero los responsables “no hacen caso”. La nueva ministra de Interior, Nancy Faeser, tomará medidas para “forzar a Telegram a cooperar”, lo que se traduce así: deberán empezar a censurar lo mismo que censuran las demás redes sociales.

El pretexto del plumífero tampoco es nuevo, los contenidos violentos, por lo que —siguiendo ese mismo criterio— deberíamos cesurar también el cine de terror, o “La naranja mecánica”, o “Reservoir dogs”, o “Asesinos natos”, o “El club de la lucha”, por poner algunos ejemplos. ¿Por qué no se permite en una red social lo que aparece con tanta abundancia gráfica en el cine o la televisión?

En una red social no se pueden contar mentiras, sobre todo contra las vacunas, mientras que en el cine todo es mentira por definición. ¿Por que no cerrar los cines?, ¿por qué no emitir documentales exclusivamente en las televisiones?

El caradura de Schäfer acaba con un requiebro torero: si el gobierno alemán interviene en los contenidos de las redes sociales, Putin también lo podría aprovechar “para sofocar cualquier crítica u oposición”. Lo que es bueno para Alemania no lo es para Rusia.

Este es el tipo de basura que difunden medios como La Marea.

(*) https://www.lamarea.com/2022/01/04/telegram-el-refugio-de-la-ultraderecha-y-los-antivacunas-en-alemania/

Francia prepara campos de concentración para internar a los apestados de cualquier clase

El gobierno francés ha presentado un proyecto de ley de pandemias ante la Asamblea Nacional que confirma un postulado fundamental de la historia: toda pandemia trae consigo un estado de guerra. A su vez, el estado de guerra trae campos de concentración para encerrar a los disidentes e insumisos.

En esta pandemia los campos de concentración empezaron en Australia, Canadá y Nueva Zelanda. Ahora la experiencia se quiere extender a otros países y se quiere normalizar para evitar el confuso espectáculo de restricciones sanitarias, toques de queda, pasaportes de vacunas, confinamientos…

En Francia el proyecto de ley 3714, presentado el martes, impone un régimen permanente de gestión de las emergencias sanitarias. Se llama “carta blanca” o “patente de corso”. La salud ha acabado siendo un pretexto para liquidar los derechos y libertades fundamentales.

En el cuadro de Delacroix, la libertad guiaba al pueblo. Ahora dicen que la libertad está sobrevalorada, o que es burguesa. Antes los revolucionarios gritaban “¡Libertad o muerte!”. Ahora algunos sólo se cuidan de su salud; tienen miedo a la muerte.

El gobierno quiere que el proyecto se tratamite por la vía rápida, limitando el estorbo de los debates parlamentarios, que a veces atraen la atención de la población hacia cuestiones inconvenientes, como ésta.

El texto se ha estado preparando durante mucho tiempo. El gobierno lleva un año y medio pidiendo poderes excepcionales para afrontar la “crisis” porque, en medio de la histeria creada, el viento es favorable para introducir este tipo de leyes.

Si el gobierno pretende normalizar la ley marcial con pretextos sanitarios es porque la maniobra ha salido perfecta en casi todos los países. La reacción popular ha comenzado muy tarde y aún no tiene la amplitud necesaria para hacer retroceder los planes establecidos y otros peores que tienen en cartera. Por lo tanto, en el futuro seguirá habiendo pandemia y pretextos parecidos para domesticar a amplios sectores de la población y mantenerlos encerrados (en sus casas o en campos de concentración).

Incluso en países, como España, los seudoprogres han aplaudido con las orejas medidas atroces como el internamiento de 300 jóvenes en Mallorca sin ningún tipo de motivo, un crimen que no deberemos olvidar en lo sucesivo, porque indica el grado de complicidad alcanzado.

En Francia el gobierno podrá imponer el “estado de crisis sanitaria” y, por decreto, las libertades quedan en suspenso hasta que el gobierno quiera. El Ministro de Sanidad puede ordenar “la colocación y el mantenimiento en aislamiento de las personas afectadas o contaminadas”, o susceptibles de estarlo.

Pero eso no es todo. El Primer Ministro tiene las siguientes facultades:

  1. Puede prohibir la circulación de personas y vehículos y regular el acceso y las condiciones de uso de los medios de transporte
  2. Puede prohibir que las personas salgan de sus domicilios
  3. Puede ordenar el cierre temporal y regular la apertura, incluidas las condiciones de acceso y presencia, de una o varias categorías de establecimientos abiertos al público, así como de lugares de reunión, garantizando el acceso de las personas a los bienes y servicios esenciales
  4. Puede prohibir las reuniones en la vía pública o en un lugar abierto al público, así como las reuniones de cualquier tipo
  5. Puede adoptar cualquier otra medida que limite la libertad de empresa
  6. Puede supeditar la circulación de las personas, su acceso a los medios de transporte o a determinados lugares, así como el ejercicio de determinadas actividades, a la presentación de los resultados de una prueba de detección que establezca que la persona no está afectada o contaminada, o a la realización de un tratamiento preventivo, incluida la administración de una vacuna, o de un tratamiento curativo.

El artículo L 3131-12 del Código de Salud Pública especifica el régimen de “colocación” de las personas, una medida que puede tener lugar, a elección de los interesados, “en su domicilio o en un alojamiento adecuado”.

El gobierno también se arroga el derecho de confinar a las personas “susceptibles de estar contaminadas” en un alojamiento durante quince días sin que consultar a los jueces. No puede quedar más claro que los parlamentos ya no pintan nada y los jueces tampoco.

En cuanto a la prensa, es bien sabido que publica al dictado de lo que le dicen sus amos de las finanzas.

Sólo nos quedan las calles.

La ‘ciencia de las pandemias’ fabrica los conceptos ‘por accidente’

La campaña contra Kennedy no descansa. A los pesos pesados de La Sexta le han seguido los caniches de Cambio 16 con un artículo infumable en el que le acusan de todo, sobre todo de montar un imperio en torno a mentiras (1), es decir, con términos parecidos a los de Helena Resano, lo que denota que la pluma que redacta este tipo de libelos es la misma.

Los monopolios farmacéuticos protegen a Fauci, su niño mimado, porque le deben mucho: reparte el dinero y lleva las riendas de la sanidad mundial desde hace casi 40 años. La industria ya era poderosa antes, pero con el sida, Fauci los puso en la cumbre.

Antes el mercado farmacéutico sólo estaba disponible para quien pudiera pagar el precio, pero el sida amplió un mercado mundial que antes no existía, con continentes enteros, como África, capaces de absorber todo tipo de medicamentos. Al Continente Negro no había que llevar un plato de comida sino jeringuillas con pócimas sintéticas para introducir en las venas.

En su libro Kennedy destapa el modelo pandémico inaugurado por el sida en los años ochenta del siglo pasado, que hoy es conocido: proyecciones estadísticas, tests, rastreos, contagios, portadores asintomáticos… Entonces hubo las mismas discusiones que hoy y las mismas censuras. Sólo faltaron las vacunas. En 40 años no consiguieron con el sida lo que ahora han conseguido en sólo cuatro meses.

Después del tiempo transcurrido, si hay que hablar de mentiras es para recordar lo que fue y es el sida, sobre todo en continentes como África que, recurrentemente, vuelven a la primera plana, con sus millones de “casos” y de muertos.

Si en los países occidentales los “grupos de riesgo” eran varones toxicómanos, homosexuales y hemofílicos, todas las encuestas que se han llevado a cabo en África, dice Kennedy en su libro, muestran exactamente lo contrario: el 85 por ciento son heterosexuales y el 59 por ciento son mujeres.

Es normal porque “sida” no significa lo mismo en África que en cualquier país occidental. Si la misma definición se trasladara a África, el número de “casos” de sida sería cero y cuando hay que rellenar noticias para obtener subvenciones, lo mejor es cambiar el significado de las palabras.

Cuando casi todos creían olvidada aquella plaga tan sui generis, mucho más que la actual, se filtraron noticias curiosas que echaban por tierra las doctrinas del rastreo y el contagio: cuantos esfuerzos se han llevado a cabo para encontra al “paciente cero” han resultado baldíos. Como en todas las religiones, el “paciente cero” del sida es un “misterio”, decía el ABC hace unos años (2), que es tanto como admitir que desconocen el origen de la enfermedad.

“La gran falacia del ‘paciente cero’ del sida”, titulaba La Razón (3). Uno de los chivos expiatorios a los que endosaron la pandemia, fue finalmente rehabilitado gracias a la investigación de un equipo de la Universidad de Cambridge.

Es posible que tengamos que esperar otros 40 años para que los demás “misterios” del sida se resuelvan, y entonces quizá la prensa basura, como Cambio 16, también tenga que rehabilitar a Kennedy. Pero es mucho más probable que en el futuro leamos cosas como la siguiente: “El concepto de ‘paciente cero’ suena científico pero es cualquier cosa menos eso”. Es un concepto que se creó “por accidente”, añade Richard A. McKay (4).

Así va eso que algunos llaman “ciencia”, donde los conceptos surgen “al azar”, como si se tratara de una lotería.

(1) https://www.cambio16.com/robert-f-kennedy-jr-construyo-un-imperio-basado-en-la-desinformacion-sobre-las-vacunas/
(2) https://www.abc.es/historia/abci-sida-misterio-sin-resolver-paciente-cero-como-infecto-mundo-201512010326_noticia.html
(3) https://www.larazon.es/atusalud/la-gran-falacia-del-paciente-cero-del-sida-PL13811943/
(4) https://www.agenciasinc.es/Reportajes/Por-que-es-tan-importante-seguir-el-rastro-del-mal-llamado-paciente-cero

Cuba también hace un buen negocio con sus vacunas contra el coronavirus

Durante la pandemia, el intento de infantilización de la audiencia ha sido evidente, no sólo por parte de la telebasura, sino también de ciertos medios “alternativos” que han recurrido, como fuente de autoridad a países, como Cuba, que parecen estar al margen del mercado mundial y de las grandes farmacéuticas. Los oportunistas carecen de argumentos propios y recurren a las políticas implementadas por algunos gobiernos (Cuba, Venezuela, quizá incluso China) que toman como referencia. Lo que los gobiernos de esos países digan es correcto porque no procede de las multinacionales farmacéuticas sino de una autoridad pública que, además, goza de cierto prestigio internacional y carece de intereses económicos lucrativos.

Los argumentos de los oportunistas no se caracterizan por su sofisticación precisamente. La política sanitaria implementada por gobiernos, como el español, es correcta porque en países como Cuba, han procedido de la misma manera (o parecida). Luego la pandemia no es un asunto político; está por encima del tipo de régimen o de las clases sociales.

Lo mismo cabe decir de las vacunas, que en los países capitalistas pueden sembrar desconfianza, mientras que en Cuba no hay antivacunas. En un caso, son una mercancía cuya venta genera importantes beneficios privados, mientras que en Cuba se administran para proteger a la población de un virus y no se lucra ningua empresa privada.

Seguimos, pues, en la dicotomía entre lo público (Estado) y la sociedad civil, el universo de los intereses privados egoístas, es decir, en una dicotomía de hace 200 años que ya no existe.

Un esquema tan cutre corre paralelo con la aplicación de la ciencia a la industria, olvidando la aplicación de la industria a la ciencia, seguida de la privatización de ámbitos que hasta ahora eran característicos del saber, como las universidades.

Sin embargo, hoy la ciencia y el conocimiento no están sólo ni principalmente en las universidades sino en las empresas, en general, y en las emergentes, en particular. Bajo el nombre de “institutos” y “laboratorios” lo que hay son acciones, capitales, mercados, patentes y libros de contabilidad. Ocurre en la mayor parte de los países del mundo y también en Cuba.

Hoy los científicos innovan en empresas capitalistas, punteras en I+D, financiadas por capital riesgo y fondos de inversión, que a su vez han dado lugar a bolsas de valores características, como el Nasdaq. Del mismo modo, las instituciones de la biotecnología cubana no son sólo centros científicos, sino empresas y organizaciones económicas como BioCubaFarma, creada por un decreto del gobierno en 2012, que cubre la mitad de las actividades de investigación cubanas.

La ciencia también crea cierto tipo de mercancías, no en el sentido exacto en el que las definió Marx, sino en el de que la ciencia es rentable porque vende productos en el mercado, como las patentes, que tienen un precio, pagan sueldos y generan beneficios.

Hoy la farmacia y las empresas de biotecnología producen para un mercado mundial, lo cual también ocurre en el caso cubano, donde tienen que competir con los grandes monopolios, en unas condiciones muy desfavorables, como consecuencia del bloqueo económico imperialista y el hundimiento en 1990 de sus socios socialistas. A pesar de ello, Cuba no sólo es uno de los pocos países del mundo que no sólo ha sido capaz de fabricar una vacuna, sino cinco.

Es evidente, pues, que Cuba es uno de los países cabeceros en biotecnología, farmacia y medicina, lo cual es consecuencia de una poderosa industria que tiene características propias, como IncuBio, donde lo público está estrechamente ligado a la economía, a lo privado.

Las empresas cubanas no sólo producen medicamentos para su propia población sino para el mercado mundial. Exporta veinte veces más vacunas de las que destina a satisfacer su demanda doméstica. Es una característica común de las empresas emergentes. En el mercado mundial, que es capitalista, hay una superproducción de mercancías tradicionales, como el textil. Hay países, como China, que son capaces por sí solos de abastecer la demanda mundial. Para lo único que no hay superproducción es para los productos innovadores y de alta tecnología, como los fármacos, los medicamentos y las vacunas.

La naturaleza no le ha dado casi nada a Cuba; lo que tiene se lo debe a la revolución de 1959; se lo ha ganado con su esfuerzo, lo ha levantado con sus manos y ha superado el Periodo Especial gracias a una nueva política económica que ha puesto el acento en la tecnología y, sobre todo, en la biotecnología, con grandes empresas capitalistas, como BioCubaFarma, que es “es el principal grupo empresarial del sector biofarmacéutico” (*).

El holding está compuesto por más de 30 instituciones en las que trabajan 10.000 especialistas, en centros repartidos por Cuba y otros países que fabrican 141 medicamentos que luego se exportan a más de 50 países. Las exportaciones cubanas de alta tecnología han estado creciendo a más de un 30 por ciento anual desde el cambio de siglo, un ritmo vertiginoso a pesar de la competencia con las grandes farmacéuticas.

Cuba no puede exportar materias primas porque no las tiene. La única manera de saldar el déficit de la balanza de pagos corriente es vendiendo mercancías de alta tecnología y para lograrlo tiene que fabricar a gran escala, mucho más allá de su mercado doméstico.

El gobierno cubano es, pues, uno de los más interesados en sostener todas y cada una de las pamplinas de la pandemia, porque en el futuro le aguarda un bocado gigantesco del mercado mundial con el que pagará muchas facturas.

(*) https://www.fiiapp.org/en/biocubafarma-constituye-principal-grupo-empresarial-del-sector-biofarmaceutico-cubano/

Más información:
— Cuba crea una empresa biotecnológica de capital riesgo en una zona franca
— En Cuba no hay pandemia pero el gobierno hace como si la hubiera

Los virus no muerden (ni siquiera ómicron)

El estatuto alcanzado por una ciencia se puede evaluar de varias maneras y una de ellas es el repertorio de conceptos y definiciones con los que opera habitualmente. Aunque no se definan expresamente, los conceptos indican la madurez que una disciplina ha alcanzado en su desarrollo, de manera que en una ciencia reciente suelen ser ambiguos.

La biología sólo tiene 200 años de historia y la virología la mitad, así que no es capaz de digerir su propia historia y está muy lejos de haber consolidado un elenco definitivo de fundamentos básicos, sobre todo teniendo el cuenta las batallas ideológicas en las que está inmersa desde su surgimiento, por no hablar de batacazos vergonzantes, como la eugenesia, de la que en su momento dijeron que era el colmo de la modernidad científica.

Los libros de texto dejan claro que no saben lo que es un virus, por lo que se expresan de manera errónea cuando aluden a ellos y esos errores los comunican a otras disciplinas, como la medicina, la veterinaria o la farmacia. Cuando alguien pregunta a un médico por las causas de una enfermedad, le responden que es un virus para indicar que no lo saben. El galeno le está diciendo que no sabe la causa de la enfermedad y que no sabe lo que es un virus.

Una de las inferencias más absurdas de los biólogos en torno a los virus es que “se apoderan de la maquinaria celular”. Sin embargo, una célula no es una máquina y un virus no se puede “apoderar” de nada porque es una sustancia inerte.

En relación con la variante ómicron, un biólogo dice que forma parte del “árbol evolutivo” del coronavirus. Son las famosas mutaciones, que ponen de manifiesto dos errores capitales de la virología. El primero es que los virus no son seres vivos y, en consecuencia, no están sometidos a la ley primordial de la biología, que es la de la evolución. Al no evolucionar, los virus carecen de mutaciones.

Desde hace dos años los medios vienen exponiendo imágenes gráficas de los virus como si fueran bolitas de colores, es decir, como organismos autónomos. Sin embargo, los virus forman parte de la fisiología celular y de los seres unicelulares, como bacterias o protistos. Unos y otros no se pueden entender de manera separada, como no se entiende la manzana (virus) sin el árbol (célula). Una manzana sólo evoluciona (crece, se desarrolla, madura) como parte integrante del árbol y se descompone en cuanto se arranca del mismo.

La concepción errónea de los virus tiene varios motivaciones históricas y técnicas. Una de ellas es el descubrimiento del ADN, en donde los biólogos creyeron haber encontrado “el secreto de la vida”, que para ellos fue como la piedra filosofal. La vida era ADN y donde había ADN había vida. Como los virus tenían ADN, eran seres vivos y cuando descubrieron que había virus de ARN, como el coronavirus, no salieron de su error.

Los tropiezos se han ido acumulando. Entre un simio y un ser humano sólo hay un 1 por ciento de diferencia en las secuencias de ADN, mientras que en una misma familia de virus las diferencias llegan al 30 por ciento, a pesar de lo cual se consideran como la misma especie. Obviamente no se trata de mutaciones de un mismo virus, sino de una variabilidad gigantesca en su composición genómica.

Dicha variabilidad sólo se explica por su diferente origen celular, para lo cual es necesario comprender que los virus no son agentes extraños a las células sino parte integrante de las mismas. De una manera parecida, la Luna forma parte de la Tierra y no se puede entender una sin la otra. El fundador de la virología científica y de su primera revista “Archiv für die gesamte Virusforschung”, Robert Doerr, los calificó como “endógenos”. Forman parte de los seres vivos desde que éstos se encuentran en su fase más embrionaria. Por lo tanto, los virus están en el origen de la vida sobre este planeta desde el primer instante.

No obstante, desde la segunda mitad del siglo XIX las ciencias de la vida y la salud consideran a los virus como extraterrestres que colonizan a los seres vivos y los enferman, de donde han derivado la doctrina del contagio y la infección, es decir, de los virus como patógenos, e incluso letales.

Los virus ni son exógenos, ni son tampoco patógenos. Están en todas partes, dentro y fuera de los organismos vivos, en cantidades abrumadoras. Sin ellos no habría vida, ni evolución porque cumplen funciones fisiológicas esenciales. Los virus no entran en las células, sino que las células capturan virus para poder funcionar y para cambiar su metabolismo, al tiempo que los expulsan de su interior, creando nuevos virus, e incluso virus modificados genéticamente de manera natural. Al observar una célula sana se ven virus y al observar una célula enferma también.

En las doctrinas corrientes prevalece la concepción del ADN como una sustancia autorreplicante que se ha transmitido a los virus, incluidos los que sólo tienen ARN, como los coronavirus. Pero los virus no se reproducen a sí mismos, no se reproducen gracias a su ADN ni a su ARN sino gracias a las células. Los virus los crean las células, de manera que células alteradas crean virus igualmente alterados, es decir, las famosas variantes. La célula es el elemento activo y el virus es el pasivo. Los virus son vehículos sin motor (no tienen mitocondrias).

Las células y los virus forman un ecosistema, interno y externo a la vez, junto con otros componentes no menos importantes, como el sistema inmunitario, que es a su vez un complejo de células que mantiene el ecosistema relativamente estable y en marcha. Las heridas cicatrizan de manera natural. El cuerpo repara por sí mismo las alteraciones en su funcionamiento. Una fisiología tan intrincada es difícil de reproducir en un laboratorio, por no decir imposible. La naturaleza no se puede poner delante de un microscopio, por lo que los experimentos “in vitro” se deberían coger con pinzas, en lugar de lanzar las campanas al vuelo, como suele ocurrir con demasiada frecuencia.

Fuera del laboratorio, el ejemplo más característico de la inocuidad de los virus son los asintomáticos. Quienes están en un contacto directo y estrecho con “enfermos infecciosos” no se contagian, sin necesidad de mascarilla ni de protecciones de ninguna clase. Así lo demuestran cuantos experimentos se han llevado a cabo “in vivo”, por no hablar de que no necesitamos que ningún apestado nos “infecte”. Llevamos virus dentro desde que salimos del vientre de nuestra madre.

La ‘izquierda’ es el baluarte del Estado capitalista en crisis

Hace unos días Toby Green y Thomas Fazi publicaban unas reflexiones sobre los motivos por los cuales lo que ellos consideran como “la izquierda” estaba apoyando “todas y cada una de las medidas covid” (1).

La pandemia dura ya dos años y tiene numerosos aspectos de todo tipo, desde sociales hasta médicos, pero esa “izquierda” se está caracterizando por haberlos sostenido todos absolutamente, sin fisuras.

La explicación es que en la época del imperialismo “la izquierda” es uno de los sostenes más importantes del capitalismo en crisis. El imperialismo necesita su brazo izquierdo socialimperialista (2) y el fascismo tiene el suyo propio, que la Internacional Comunista calificó como “socialfascismo”.

Unos y otros son “de izquierdas” sólo de palabra, cuando tienen que hablar y escribir; en la práctica sostienen al Estado para que no se hunda. Son un factor de estabilización política y se han callado con los confinamientos, los estados de alarma, las patadas en la puerta, el aluvión de multas de la ley mordaza y las detenciones masivas sin orden judicial. En ellos es inútil buscar el más mínimo sentido crítico porque están volcados en el apoyo a la represión del Estado.

En España eso no es una sorpresa porque ya ocurrió en la transición, que hubiera resultado impensable sin la contribución de “la izquierda” al trabajo de chapa y pintura de un Estado envejecido que se desmoronaba.

En su charlatanería sobre la pandemia, “la izquierda” ha recurrido al mismo truco que en la transición: sacar al Estado de la ecuación para reducir el fascismo a lo que entonces se llamaba “el búnker” o, sea, a los grupos de la “ultraderecha”. Apoyaron al Estado en la transición porque “la ultraderecha” se oponía a ella.

Ahora utilizan el mismo ardid: los que se oponen a la pandemia y a las vacunas son Bolsonaro y otros como él. Le hacen el juego a “la ultraderecha”.

La mejor defensa es un buen ataque y en eso no hay quien gane a los demagogos que alimentan su reformismo con una continua retórica verbal contra organizaciones que, como Vox, sostienen todas y cada una de las medidas políticas aprobadas con el pretexto de la pandemia.

A otro perro con ese hueso.

El mejor apoyo que prestan los bocazas de “la izquierda” al Estado es la persistente devaluación de las libertades y derechos fundamentales de las personas, que si en este país han estado tradicionalmente bajo mínimos, ellos contribuyen a infravalorar aún más. Hay que confinarse, hay que ponerse la mascarilla y hay que vacunarse por motivos como la “conciencia colectiva” o la “responsabilidad social”. Las presiones y las amenazas importan menos.

Cuando el gobierno “de izquierda” se ha saltado a la torera las libertades fundamentales, al peor estilo franquista, con el estado de alarma, los confinamientos, las detenciones y las patadas en la puerta, era necesario que algún oportunista le echara un capote diciendo que eso son derechos burgueses, individualistas y egocéntricos, mientras que ellos tienen “conciencia”: piensan en el colectivo.

No servirá de nada recordar a los demagogos que la conciencia no es nada diferente de la ciencia y que la ofensiva de represión que padecemos desde hace dos años no tiene ninguna clase de apoyo en la medicina, ni en la epidemiología, ni en la virología, disciplinas de las que hasta ahora nunca oyeron hablar. Es disculpable que hace dos años no supieran lo que es una PCR, pero desde entonces han tenido tiempo para informarse un poco.

Lo que está ocurriendo con esta pandemia ni es casualidad ni es reciente. Ciertas corrientes seudomarxistas llevan cien años alimentándose de la vieja separación escolástica entre “ciencias naturales” y “ciencias sociales”, donde éstas no tienen el mismo estatuto que las anteriores, que son el canon por excelencia. Por el contrario, la dialéctica materalista sólo concierne a las ciencias de la segunda división: historia, sicología, economía… Un informe de los expertos del Banco de España se puede discutir, pero no ocurre lo mismo con uno de la Agencia Española del Medicamento. Las ciencias verdaderas, como la geometría o la física, son indiscutibles.

El imperialismo no hubiera podido desatar la pandemia con declaraciones de los políticos o los militares de la OTAN. Ha necesitado vestirla llevando a los “expertos” a la televisión y antes han necesitado situarlos en un Olimpo incalcanzable para el resto de los mortales, incapaces de entender una jerga repleta de Sars-Cov2, covid-19, omicron y demás entelequias.

En el futuro “la izquierda”, que alardea de ser un baluarte de la ciencia, se tragará también los informes de los “expertos” del Banco de España, que son siempre los mismos: hay que trabajar más y ganar menos, reducir las pensiones, contener el déficit público… Los charlatanes -que llevan dos años quedando en evidencia- se han ligado de una manera tan estrecha al capitalismo en crisis, que le acompañarán en su caída.

(1) https://unherd.com/2021/11/the-lefts-covid-failure/
(2) Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Pekín, 1972, pg.140.

La comida basura del futuro: cucarachas, gusanos, insectos y ‘carne artificial’

Mientras desciende hacia lo más profundo de su crisis, el capitalismo anuncia que no podrá alimentar ni vestir a la población. Las cadenas de televisión han comenzado en España una campaña para poner de moda la ropa de segunda mano. La de estreno tendrá unos precios que muy pronto los trabajadores no podrán pagar.

El Foro de Davos también anuncia que la crisis energética impedirá que los trabajadores se duchen con agua caliente, una noticia a la que la maquinaria mediática le da la vuelta: es bueno para la salud y, además, de esa manera se reduce el absentismo y las bajas laborales.

Hay varias empresas que han comenzado a cultivar insectos, gusanos y cucharachas, con muchas proteínas, para alimentar a los trabajadores de manera barata y nutritiva. Incluso es más saludable comer un puré de gusanos que un filete de buey.

Al argumento nutricional se le añade el ecologista: la ganadería que surte de carne a los mataderos es mala para el calentamiento del planeta porque, aparte de que los animales beben mucho agua, arrojan por el ano importantes cantidades de “gases de efecto invernadero”. Por eso Greta Thunberg y el ministro Garzón nos recomiendan no comer carne. Por nosotros y por el planeta.

Hace ya años que nos introducen en los súpermercados alimentos transgénicos sin etiquetar, es decir, que no podemos saber el proceso de fabricación de lo que comemos. Si compramos un bote de mermelada podemos saber su composición hasta el último gramo y si bebemos una botella de la Rioja identificamos inmediatamente su origen. Pero con los transgénicos es imposible y cuando compremos cucarachas en el súper ocurrirá lo mismo.

Sin embargo, un restaurante no puede poner en la carta del menú “chorizo vegano” porque la denominación de chorizo es como la del vino de la Rioja: sólo puede tener un origen animal.

Con la “carne artificial” no va a ocurrir eso. Nos van a dar gato por liebre, no sólo con los alimentos, sino también con las bebidas y los fármacos. Nos llevan de cabeza hacia la comida basura del futuro, siempre con el aplauso entusiasta de reformistas y seudoecologistas.

El 24 de junio la empresa Future Meat Technologies puso en marcha su fábrica de producción de “carne de laboratorio” cerca de Tel Aviv.

El jueves otra empresa, Upside Foods, la antigua Memphis Meats, puso en marcha la primera planta de “carne artificial” de Estados Unidos en Emeryville (California). El objetivo es alcanzar una producción de 23 toneladas de “carne” al año, que deberá exportar a los países hambrientos porque el gobierno de Washington aún no la ha autorizado. Esos experimentos es mejor hacerlos en el Tercer Mundo, por si acaso hay complicaciones.

Se espera que en breve la empresa emergente Wildtype cultive “salmón artificial” en San Francisco.

La “carne” y el “pescado” artificiales se basan en células madre animales que se desarrollan en cultivos de laboratorio, es decir, sumergidas en una sopa de reactivos químicos.

En 2013 se presentó al público londinense el primer filete de “carne artificial”, cuya fabricación costó 285.000 euros. Pero las empresas emergentes de “alimentación” ya casi logran precios de mercado. Hace ocho años aún había que sacrificar a los terneros para utilizar su suero fetal en la preparación de la “carne artificial”. Desde 2018 esa materia prima ya no es necesaria.

La “carne artificial” sólo contiene células musculares y está muy lejos de la composición de los músculos reales. Es pobre en nutrientes y sabor y necesita ser condimentada con muchos ingredientes para engañar al paladar.

Sólo en Estados Unidos hay 80 empresas empeñadas en fabricar “alimentos artificiales”. Upside Foods ha construido todo un campus de casi 5.000 metros cuadrados y pronto llegarán las patentes sobre los “alimentos artificiales”. La producción agrícola y ganadera quedará prohibida por las leyes de protección del medio ambiente y contra el maltrato animal. No habrá alimentos naturales para comer o tendrán tasas tan elevadas que será imposible pagar el precio de mercado. Aparecerá un mercado negro, contrabando…

En el futuro no es que no se puedan comer alimentos naturales; ni siquiera se podrán fabricar a causa de las patentes. Afortunadamente las técnicas de cultivo de “carne” en laboratorio todavía no son adecuadas para la producción a escala industrial y su precio sigue siendo prohibitivo.

Más información:
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