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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 10 de 60)

El gobierno español tiene cerradas las puertas de Argelia

Desde hace meses los alineamientos de la Unión Europea, de cada uo de los países que forman parte de ella y de otros países europeos que están fuera, como Suiza, se describen como un “suicidio” e incluso como una gran torpeza por parte de sujetos torpes, como Ursula von der Layen o Borrel.

Los errores de un bloque, como la Unión Europea, o de un gobierno, como el español, o sólo se pueden explicar cuando se trata de actos aislados, no cuando se trata de trayectorias que apuntan en direcciones muy bien definidas. Eso lo planifican y aprueban instancias al más alto nivel, tanto diplomático como militar.

Cuando esos planes tienen un elevado costo, es el precio que pagan los países por someterse a las presiones externas. Si la producción industrial francesa se va a reducir este año un 10 por cien, es el peaje a la sumisión a las imposiciones de Estados Unidos. Es una política autodestructiva. Lo capitalistas no van a obtener ninguna rentabilidad en ello.

Lo mismo ocurre con España, cuyas decisiones no se pueden justificar con la Guerra de Ucrania. El gobierno ha traicionado al pueblo saharaui, ha roto las relaciones diplomáticas con Argelia y los contratos del gas empiezan a vencer.

La prensa norteafricana se burla una y otra vez del gobierno de Madrid, con toda la razón porque no tienen ninguna posibilidad de salir del entuerto que han creado por sus propias fuerzas. Han pedido ayuda a Bruselas para que interceda en su favor, pero los países del sur de Europa tratan de buscarse la vida, o sea el gas, como pueden. Cada uno por su lado.

Es el precio que paga España por su sumisión a los dictados estadounidenses. El gobierno se ha quedado solo ante el peligro. Tenía un gran negocio entre manos. Podía haber seguido con la retórica prosaharaui, comprar gas a buen precio y venderlo a Europa del norte, pero no es capaz de sacudirse el peso de la embajada de Washington.

Los demás países europeos tienen abiertas las puertas de Argel; España no. Macron ha visitado al gobierno argelino y Draghi también. Sin embargo, el cartero Pedro Sánchez llama al timbre y no le abren. Quiere pero no puede. El tiempo transcurre inexorablemente y los contratos del gas no se renuevan.

“Siempre he mantenido que España puede tener excelentes relaciones con países vecinos como Marruecos y Argelia, y estamos trabajando para reorientar las relaciones”, dijo Pedro Sánchez ante los micrófonos de la cadena Ser.

Durante su estancia en Alemania, expresó su deseo de visitar Argelia “en cualquier momento”, pero en la otra orilla no responden, “ni lo harán en breve”, dice la prensa argelina. No hay relaciones diplomáticas, no hay exportaciones ni importaciones y, sobre todo, dentro de poco no habrá gas. Argelia se lo enviará a Italia o a Francia, o a cualquier otro. Cuando el gobierno de Madrid se ponga a suplicar, es muy posible que fijen unos precios tan elevados que no los pueda pagar ni la Moncloa.

La clave es, como bien decía Pedro Sánchez, “reorientar las relaciones”, es decir, salir de la OTAN, salir de la Unión Europea, nacionalizar las industrias energéticas y abandonar la Agenda 2030.

Un nuevo telón de acero

La noticia del año no es la Guerra de Ucrania sino que la OPEP y, en particular, Arabia saudí, ya no siguen las órdenes de Washington. El Pacto del Quincy, uno de los pilares de la posguerra, se ha hundido.

A cambio de petróleo, el ejército de Estados Unidos se convirtió en 1945 en el garante de la seguridad de la familia real saudí y, sobre todo, de su caja de caudales.

El Pacto garantizaba que en el mercado mundial el petróleo se pagaba en dólares, de manera que cuando en 1973 los precios subieron por la Guerra de Oriente Medio, la divisa estadounidense se infló espectacularmente, a costa de la ruina de muchos países del mundo, entre ellos los europeos, que escondieron la respnsabilidad de Estados Unidos, derivándola hacia los países del Golfo Pérsico y los árabes, en general.

El petróleo caminaba de la mano del dólar, y al revés, una situación que se reforzó aún más cuando Nixon rompió la paridad con el oro. Una economía estadunidense en quiebra encontró el aliviadero llenando de dólares las reservas mundiales. El mundo pagaba las gigantescas deudas de Estados Unidos.

Ahora la OPEP ha roto los lazos que le unían a Estados Unidos y va de la mano con Rusia. China ha propuesto a Riad pagar en yuanes las importaciones de petróleo. Más importante que el precio del barril, es la moneda en la que se paga y no hay que olvidar que el comercio mundial de crudo es más cuantioso que cualquier otra materia prima, incluido el oro.

Las potencias occidentales no pueden imponer los precios del petróleo ni de ninguna materia prima. Tampoco las formas de pago. Si se empeñan en otra cosa, los países productores acabarán en los brazos de Rusia y China.

Las reacciones no se han hecho esperar: esta mañana los diputados estadounidenses han pedido la retirada de las tropas que custodian a la familia real saudí y sus yacimientos petrolíferos. La previsible escalada no hará más que empeorar la situación de los países occidentales.

La desdolarización es un golpe a las finanzas mundiales, dominadas por Wall Street y la City londinense, sumidos en una crisis galopante, interna e internacional, ya que alcanza al Fondo Monetario Internacional, al Banco Mundial y demás instituciones financieras.

La Guerra de Ucrania ha sumergido al mundo en una nueva era. Un nuevo telón de acero ha caído, rompiendo el mercado mundial y creando un bloque en el que la mayor parte de los países del mundo han puesto todas sus esperanzas de prosperidad.

La masa forestal aumenta con el desarrollo de las fuerzas productivas

Se ha producido un notable aumento de la masa forestal en Europa, dijo ayer el eurodiputado belga Benoit Lutgen. En 25 años la superficie cubierta por los bosques ha crecido en una extensión equivalente a la de Portugal.

Ahora el continente es un lugar más verde. En España la masa forestal ha aumentado de 13.81 millones de hectáreas en 1990 a 18.42 en 2017 según la FAO. Esto equivale a un incremento del 25 por cien en 27 años.

No es ninguna novedad. Hoy hay más bosques que hace 100 años en el Viejo Continente. La masa forestal se ha incrementado. El año pasado el holandés Richard Fuchs, de la Universidad de Wageningen, lo volvió a confirmar (1).

Hace un siglo, la madera era utilizada para casi todo: como combustible, para producir metal, muebles y viviendas, por lo que para 1900 había ya muy pocas áreas forestales en Europa. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial ha aumentado el uso de otras fuentes de energía, como el carbón, sumado a la reducción de las tierras cultivables y a la emigración a la ciudad.

En consecuencia, si en un principio el desarrollo de las fuerzas productivas redujo la masa forestal, en la actualidad ocurre al revés. El crecimiento del bosque es típico de los países más desarrollados, según Pekka E. Kauppi, investigador de la Universidad de Helsinki (2).

Kauppi lo llama “transición forestal” y es un cambio que en los países más desarrollados comenzó ya en el siglo XIX. La transición forestal comenzó primero en los países de Europa occidental, después en Europa central y el este de Estados Unidos, seguidos del norte y este de Europa, Japón y Nueva Zelanda.

La emigración del campo a la ciudad tiene luego su reverso cuando una parte de la población retorna al campo, ya no en una condición de fuerza de trabajo sino como dominguero. Le gustan los bosques pero los encuentra cambiados. Admiten a regañadientes que, en efecto, no hay desforestación en Europa, pero apuntan a que los bosques actuales son “de peor calidad” (3). No vale el “cuanto más mejor”. Los bosques nuevos son “peores” que los antiguos, son menos frondosos, más jóvenes…

Es verdad que no hay desforestación, dicen otros, pero “la masa forestal crece sin control y aumenta el riesgo de incendio” (4). Están tentados de decir que lo mejor es acabar con los bosques antes de que se quemen o que las comunidades autónomas deben intervenir sobre ellos, como si fueran jardines. Los domingueros han construido segundas residencias en zonas que los bosques empiezan a invadir y temen que un incendio acabe con ellas.

Un bosque no es sólo un ecosistema natural, un “pulmón”, cuya evolución se pueda analizar desde el punto de vista biológico. Hay que tener en cuenta las relaciones de producción. En España los bosques se privatizaron con la desamortización de 1833. Dejaron de ser propiedad colectiva y se convirtieron en una mercancía. La mayoría fue expropiada y una minoría se los apropió, de una forma parecida a las tierras cultivables.

Bajo el capitalismo un bosque es un medio de producción y su historia cambia con el desarrollo del capitalismo. En Europa hay más bosques y más árboles, pero también ha aumentado la explotación de los mismos para obtener diferentes aprovechamientos industriales.

(1) http://www.geo-informatie.nl/fuchs003/
(2) https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/29758029/
(3) www.eldiario.es/sociedad/espana-bosques-peor-calidad_1_4267539.html
(4) https://www.lasprovincias.es/comunitat/masa-forestal-crece-20220719180438-nt.html

El ‘agujero en la capa de ozono’ no se acaba de cerrar

El “agujero en la capa de ozono” es un nombre tan inapropiado como el de “efecto invernadero”. En la atmósfera no hay ningún agujero ni ningún invernadero. El ozono es un gas que está presente en distintas concentraciones. Cuando la concentración baja de un determinado punto, dicen que hay un “agujero”.

Sin embargo, la concentración de ozono cambia en distintas altitudes de la atmósfera, de un lugar a otro, del hemisferio norte al sur, y también con las estaciones del año.

Lo que los seudoecologistas quieren decir es que la concentración de ozono en la atmósfera se está reduciendo. La preocupación concierne, especialmente, a la Antártida, donde la concentración de ozono se reduce cada año en primavera, volviendo a recuperarse después. En el hemisferio norte hay una pequeña reducción de ozono, que Noruega rastrea desde 1929. Sus registros muestran que la reducción varía muy poco desde 1940.

La presencia de ozono en la atmósfera se descubrió en 1911 y la oscilación antártica la anunció George Dobson en 1957 en el Año Geofísico Internacional.

En 1974 Mario Molina y F. Sherry Rowland publicaron un estudio en la revista científica Nature que culpabilizaba a los gases CFC (clorofluorocarbonados o freones) de la destrucción del ozono atmosférico. En 1995 les concedieron a ambos el Premio Nobel de Química por el descubrimiento.

Los gases CFC se utilizaban a gran escala en los sistemas de refrigeración (frigoríficos, congeladores, aparatos de aire acondicionado) y en los pesticidas, disolventes y aerosoles (desodorantes).

En 1985 Joseph Farman sostuvo que el “agujero” de la Antártida estaba creciendo y que, además de la Antártida, podía extenderse a otras regiones de la atmósfera. No se ampliaba y luego se reducía periódicamente, sino que era cada vez mayor. Los medios de comunicación lanzaron la voz de alarma, como es característico en este tipo de mitos. El vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, llegó a escribir que los conejos y los salmones se quedarían ciegos.

El ozono llegó a ser uno de los compuestos químicos más conocidos y en 1975 dio el nombre a una revista española, portavoz típico de la oposición domesticada en la transición. La campaña de propaganda sirvió de pretexto para que la ONU tomara cartas en el asunto. La Convención de Viena de 1985, el Protocolo de Montreal de 1987 y la Enmienda de Kigali (Ruanda) en 2016 prohibieron los CFC.

Las emisiones de CFC se han reducido en un 90 por cien y muy pronto lanzaron las campanas al vuelo. Es un caso paradigmático de éxito científico y político. La ciencia ayudó a que los políticos salvaran a la Tierra del desastre (1). Gracias al Protocolo de Montreal, la capa de ozono se está recuperando, proclamó la ONU. En fin, estamos ante uno de los mayores éxitos de la seudoecología.

Debíamos esperar que el agujero se fuera cerrando poco a poco. Pero cuando una hipótesis es falsa, los hechos que la desmientan no tardan en aparecer. Al principio los propagandistas de la hipótesis se excusaron diciendo que se necesitarían muchos años para comprobar los efectos beneficiosos de la prohibición. El “agujero” se acabaría cerrando en 2050, aunque luego la NASA movió el calendario hasta 2070.

En el momento de la prohibición de los CFC los cálculos estimaban que el “agujero” medía unos 14 millones de kilómetros cuadrados y han transcurrido ya casi 40 años desde la prohibición. Si no se ha cerrado por completo, por lo menos se debería haber reducido de tamaño.

Pero las medidas no confirmaron las previsiones y los medios de comunicación empezaron a cambiar el tono de los titulares. “Los científicos no saben qué está impidiendo que, una vez eliminados los CFC, la capa de ozono se recupere” (2). En 2002 el “agujero” era de 12 millones de kilómetros cuadrados. Era un pequeño triunfo; muy pequeño. Sin embargo, en 2006 se duplicaba hasta los 30 millones de kilómetros cuadrados, en 2016 era de 21 millones y este año ha sido de 23 millones.

El “agujero” tiene hoy casi el doble de tamaño que en los años ochenta, cuando lanzaron lá hipótesis. Por lo tanto, la prohibición de los CFC no ha servido para nada y la concentración de ozono en la atmósfera sigue su curso, que no va siempre en la misma dirección. Unas temporadas el “agujero” se abre y otras se cierra. En 2019 era muy pequeño, un éxito, y dos años después muy grande, un fracaso.

Para justificarse, los charlatanes hablan ahora de “altibajos” causados por “anomalías atmosféricas”, o recurren a las erupciones volcánicas, o (¡cómo no!), al calentamiento. Hay muchas hipótesis para tratar de sostener una doctrina que, como es corriente en este campo, hace aguas por todas partes. Cuando los hechos no confirman las hipótesis, lo que deberían hacer es reconocer que es falsa, y no seguir inventando más hipótesis.

(1) https://eapsweb.mit.edu/news/2015/susan-solomon-on-lessons-from
(2) https://elpais.com/elpais/2018/02/05/ciencia/1517848528_575974.html

Soviets y electricidad: la receta de Lenin no salvó a la URSS pero puede salvar a Rusia

Rusia es la mayor potencia energética del mundo, con gran diferencia respecto a cualquier otro país, y no sólo por sus abundantes recursos naturales, sino por tecnología energética. Es lo mismo referirse al carbón, que al petróleo, al gas, o a la energía nuclear. Rusia está muy por delante de cualquier otro país del mundo porque así se planificó desde los primeros tiempos de la URSS.

Hace poco se celebraron 100 años de la creación de la Goelro, el acrónimo de la Comisión Estatal para la Electrificación de Rusia, fundada por Lenin. Empezó a marcar la diferencia entre la dirección consciente de la economía bajo el socialismo y los vaivenes de los mercados en el capitalismo. Los planes quinquenales siguieron esa misma política estratégica de dar prioridad a la energía, a la industria siderúrgica y a la tecnología. Sin ellos la URSS no hubiera logrado sobrevivir y Rusia tampoco.

A veces la política soviética se resume en una conocida frase de Lenin: el socialismo son los soviets y la electricidad. A Rusia le quitaron los soviets, pero no lograron arrebatarle la energía. Si el imperialismo quiere destruir a Rusia es, entre otras razones, para apoderarse de sus fuentes de energía.

Desde 1973 se dice que las guerras modernas tienen su origen en el petróleo, lo cual es cierto en buena parte. Por lo menos, es cierto para Rusia por un motivo evidente: cuando la URSS fue capaz de satisfacer sus necesidades energicas y las de los demás países del Bloque del Este, empezó a exportar petróleo a Europa, y desde entonces todos los esfuerzos de Estados Unidos han tratado de impedirlo. Volar los gasoductos es volar el acercamiento de Europa a Rusia (y de Rusia a Europa) que se inició con la “Ostpolitik” de la socialdemocracia alemana.

En 1970 el gobierno socialdemócrata de Willy Brandt rompió el embargo impuesto por Estados Unidos en 1962 para suministrar tuberías de gran diámetro a la URSS para la finalización del último tramo del gasoducto Druzhba (“Amistad”) que desde 1973 ha suministrado a Alemania 3.000 millones de metros cúbicos de gas soviético cada año a precios que no tienen competencia en el mercado mundial.

La recuperación de la industria alemana y su capacidaad exportadora debe mucho a los suministros de gas soviético.

Diez años más tarde, Reagan autorizó en una orden secreta la voladura de aquellas primeras tuberías que empezaban a trasladar gas a Europa por encima y por debajo del muro de Berlín. Además impuso un embargo sobre la entrega de cualquier equipo para la exploración de petróleo y gas natural a la URSS. El embargo sembró la confusión en la cumbre del G7 celebrada en Versalles en junio de 1982.

Reagan también anunció sanciones contra cualquier productor europeo que abasteciera a los soviéticos con los suministros necesarios, lo que entonces se consideró en Europa como la típica intromisión estadounidense contra Europa.

El embargo se levantó en noviembre de 1982 y la URSS empezó a construir el oleoducto Urengoy-Pomary-Uzhhorod con una capacidad de 28.000 millones anuales de barriles de crudo. Fue volado por la CIA mediante uno de los primeros sabotajes informáticos que ha conocido la historia, lo que retrasó su entrada en funcionamiento.

Pero las tuberías no sólo tienen el problema del origen y el destino, sino el del recorrido que atraviesan. En 1970, a pesar de que se había firmado el Tratado de Moscú sobre el reconocimiento mutuo de la República Federal de Alemania y la República Democrática Alemana, los occidentales exigieron a Moscú que el nuevo oleoducto pasara por alto el territorio oriental y entrara por Checoslovaquia.

Del mismo modo, el Nord Stream 2 se tuvo que tender por el fondo marino del Báltico para sortear a países, como Ucrania y Polonia, que siguen a ciegas los dictados que les llegan de Washington. Ni en Berlín ni en Moscú se fiaban de los nuevos perritos falderos de Estados Unidos en el este de Europa.

Ucrania no sólo perdió el gas que le llegaba de Rusia, sino también el dinero que dejaba el tránsito. Los 56.000 millones de metros cúbicos que pasaban por el gasoducto hacia Alemania dejaban 3.000 millones de dólares en ingresos cada año.

Como casi todos los políticos rusos, Putin llegó a la Presidencia suspirando por mejorar sus lazos con Europa, mientras Estados Unidos no ha tenido otro propósito que destruirlos, como ilustra el caso de Mijail Jodorkovsky, al que las grandes cadenas de televisión mundiales tan pronto califican de “magnate” como de “disidente”.

Era el hombre más rico de Rusia hasta que llegó Putin y mandó parar. Le detuvieron en 2003 y pasó una década entre rejas. Amasó su fortuna en la petrolera Yukos, saqueando el patrimonio soviético, hasta que todo volvió a su cauce cuando la empresa fue absorbida en parte por Rosneft, una empresa pública.

El plan de Estados Unidos era el siguiente: Jodorkovsky se disponía a vender Yukos al monopolio anglosajón Exxon Mobil por 25.000 millones de dólares, una ganga que, con el apoyo de Estados Unidos, le iba permitir financiar una campaña presidencial para deslojar a Putin de la Presidencia.

En ese momento Estados Unidos empezó a comprender que nunca conseguiría apoderarse de las materias primas rusas y que Putin era un enemigo de cuidado. Han transcurrido 20 años y ahora Estados Unidos es un país exportador de gas licuado y pretende sustituir a Rusia en el mercado europeo. Lo explicó Trump abiertamente en la cumbre de la OTAN de 2018: o Estados Unidos se cuela en el negocio del gas ruso o impone sanciones a Alemania.

A Rusia le ha costado comprender que su futuro, político y económico, no está en Europa, un continente en plena decadencia, sino en el Extremo Oriente, en los “tigres asiáticos”. Le costará aún más comprender que, por sí misma, la electricidad tampoco es suficiente. Le queda la otra mitad de la ecuación leninista: los soviets.

Hoy la Asamblea General de la ONU se esforzará por no convertirse en una antigualla

Este mediodía se reúne la 77 Asamblea General de la ONU en un momento crítico, el de la fractura del mundo, que puede convertir al organismo internacional en una antigualla, como le ocurrió a la Sociedad de Naciones en los años treinta.

“Estamos aquí para ayudar a frenar la fractura del mundo”, dijo ayer la ministra francesa de Asuntos Exteriores, Catherine Colonna en una vergonzosa conferencia de prensa celebrada en Nueva York. Francia asume este mes la presidencia del Consejo de Seguridad y quiere dar lecciones a los díscolos, como es típico de los países occidentales.

Francia se propone “defender el multilateralismo”, pero se dirige a los países de “sur”, de los que últimamente están recibiendo sorpresas desagradables. “No se trata de pedir a estos países [los del sur] que elijan un bando, no se trata de crear nuevas alianzas, se trata sobre todo de crear y poner en marcha mecanismos de solidaridad suficientes para que esta guerra [la de Ucrania] no cueste a los países más vulnerables”, dice un comunicado oficial del Elíseo.

La manera de que el mundo no se fracture es que todos los países sigan los dictados de las grandes potencias occidentales, y si no lo hacen por propia iniciativa hay que sobornarles para que lo hagan con subvenciones, préstamos y “ayudas” de todo tipo. No hay otra manera de que cambien de bando.

En una conferencia de prensa convocada el viernes, la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Linda Thomas-Greenfield, dijo lo mismo. “La semana no estará dominada por Ucrania” porque “hay otros conflictos en otros lugares que en Ucrania […] No podemos ignorar el resto del mundo”.

Se trata exactamente de eso: del “resto del mundo”, de esos países que no forman parte del ombligo, salvo cuando hay que hablar del hambre y de la caridad, cuando unos tienen necesidades y los otros les dan las migajas.

Las potencias occidentales recibieron un formidable varapalo cuando los “periféricos” no apoyaron las sanciones occidentales contra Moscú, no tanto porque estén de acuerdo con el “bando ruso”, sino porque están en contra de “occidente”. Saben que el origen de sus problemas está justamente aquí, en el ombligo del mundo.

No existe esa famosa “comunidad internacional” de la que tanto alardean las grandes potencias. De lo contrario el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, no habría llamado a “buscar consenso y soluciones” que, por cierto, tienen siempre el mismo formato: consisten en que los del “sur” sigan el dictado de los del “norte”. Cualquiera que revise la historia verá que lo contrario no ha ocurrido nunca.

La guerra y el soborno son las herramientas favoritas para lograr ese “consenso”, un remedo del palo y la zanahoria. Por ejemplo, uno de lo fantasmas olvidados que van a recuperar del desván es el Sida pero, sobre todo, el “fondo mundial” que vaciaron hace décadas y que ahora querrán llenar para seguir entregando migajas a los países periféricos, con la condición de que vayan descubriendo “casos de Sida” que requieran una “adecuada atención médica”.

Sí, en efecto, la medicina ha pasado a formar parte de la diplomacia moderna, lo mismo que el cambio climático, que también será materia de varias sesiones preparatorias de la cumbre climática a celebrar en Egipto en noviembre.

El metal del demonio

En la Bolsa de Metales de Londres al níquel lo llaman “el metal del demonio” por la volátilidad de su cotización. Puede subir o bajar varios cientos de dólares por tonelada, e incluso un movimiento de más de mil dólares no asusta a los especuladores. Todo lo contrario: los puede llevar al éxtasis.

Pero la noche del 7 al 8 de marzo fue una pasada. La tonelada de níquel saltó de 30.000 a 100.000 dólares. “El mercado del niquel ha explotado”, tituló la agencia Bloomberg (*). La Bolsa convocó una reunión de urgencia para decidir si cerraba. Por si no lo saben los que tanto hablan de neoliberalismo: lo que determina el precio no es sólo el mercado, la oferta y la demanda, sino el regulador, que es quien abre y cierra las puertas del mercado.

La Bolsa de Londres decidió que no cerraba y la cotización del niquel se triplicó en 24 horas. No había precedentes. Finalmente la Bolsa no sólo acabó cerrando las puertas durante varios días sino que anuló todas las transacciones e impuso los precios que se debían pagar por el níquel: 80.000 dólares. Las reglas del juego cambiaron sobre la marcha, lo que benefició a algunos y arruinó a los demás.

Por ejemplo, Tsingshan Holding Group, que fabrica acero inoxidable en Wenzhou, en el sur de China, perdió 2.000 millones de dólares en un abrir y cerrar de ojos. A pesar de que la empresa es filial de un gran banco público chino, la Bolsa tuvo que concederle un plazo adicional para que pudiera pagar el precio. Una vez vencido, la empresa tampoco pudo pagar.

Fue totalmente insólito. Las causas son las que pueden suponer: Rusia es el mayor exportador del mundo y la Guerra de Ucrania acababa de empezar. Es más de lo mismo: los precios no dependen sólo de la oferta y la demanda sino de factores que los “expertos” no son capaces de sospechar siquiera.

Hacía años que la cotización del niquel venía subiendo en la Bolsa de Londres. Antes de la pandemia estaba en 12.000 dólares. El motivo tampoco fueron los mercados sino las políticas verdes: el niquel es un componente del acero inoxidable y los vehículos eléctricos. Más que el litio, el cobalto o las tierras raras, el níquel forma parte del conjunto de recursos naturales que se utilizan en las nuevas técnicas necesarias para la “descarbonización”.

Para aumentar la densidad de las nuevas baterías son necesarios cátodos con un alto contenido de níquel, lo que podría multiplicar por nueve la demanda de la materia prima antes de 2030, que es la fecha mágica señalada por las políticas verdes de Bruselas.

Está claro que la transición ecológica es sólo para los grandes millonarios, a quienes no les importará que la elevada cotización del níquel les obligue a pagar 1.000 euros más por cada vehículo eléctrico, ni las nuevas tasas sobre las autovías, ni la subida de los precios de la electricidad.

Pero aunque puedan pagar el precio, no es seguro que haya materia prima en el mercado. Es posible que haya vehículos eléctricos en las carreteras, pero no haya electricidad. Todo depende de Rusia y de las sanciones a Rusia. Mientras, los monopolios se curan en salud. Volkswagen y Mercedes-Benz han firmado acuerdos con el gobierno canadiense para asegurarse el suministro de níquel.

Una vez más, no es el mercado sino el Estado quien abre (o cierra) el grifo para que los grandes monopolios puedan comprar y vender.

(*) https://www.bloomberg.com/news/articles/2022-03-14/inside-nickel-s-short-squeeze-how-price-surges-halted-lme-trading

La nueva guerra mundial es lo que tenemos delante mismo de nuestras narices

Es muy común leer que la Guerra de Ucrania ha puesto al mundo al borde de una nueva guerra mundial. Aún no ha estallado, pero puede hacerlo. Cuando escriben sobre esa futura guerra, esperan que ocurra algo que no va a ocurrir, mientras subestiman las verdaderas guerras que tienen delante de sus narices.

Parecería que las guerras que hay ahora mismo en curso no son tales guerras o no son mundiales, a pesar de que Estados Unidos tiene sus bases militares repartidas por todo el mundo y, sobre todo, por ciertas partes del mundo. Quizá guerras, como la de Yemen, se consideren poco importantes porque “sólo” son locales, guerras “civiles”, olvidando a los países implicados en ellas. Por ejemplo, Siria es un país ocupado militarmente por Estados Unidos y Turquía, y bombardeado periódicamente por Israel, que también ocupa los altos del Golán.

Quizá no tengamos en cuenta que la ciberguerra es una guerra, o que en los últimos años Estados Unidos y la OTAN han desatado casi 30 guerras, o que, en estos tiempos actuales, las guerras no se acaban nunca. Quizá nadie se preocupe de tenerlas en cuentas a todas ellas y las consideren por separado. Quizá a algunos las guerras sólo les preocupa cuando se acercan a Europa. Quizá piensen que en una guerra mundial que merezca tal nombre algún bando tiene que disparar armas nucleares.

Estamos en una guerra mundial permanente porque así lo han impuesto Estados Unidos y su brazo ejecutor, la OTAN. Si alguien cree que en una guerra mundial tiene que haber combates aéreos, batallas navales o choques de tanques entre la OTAN y Rusia, se equivoca. La guerra mundial es nueva porque no es otra cosa que lo que hemos conocido en la última década.

Es un choque militar claramente diferenciado de los anteriores, con el empleo de fuerzas especiales o de reacción rápida (NFR), con pequeñas unidades exhaustivamente entrenadas, capaces de sostenerse en un territorio hostil con acciones esporádicas, apoyadas en un vasto aparato tecnológico. Es algo imposible con “carne de cañón”, con grandes ejércitos reclutados entre la población y enviados al frente deprisa y corriendo.

Lo hemos vuelto a comprobar en las recientes declaraciones del Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, quien ha anunciado que la OTAN multiplicará por siete el número de tropas en alerta, hasta superar las 300.000 efectivos, frente a los 40.000 que tienen actualmente.

Es una fantasmada. Como todos los macarras, Stoltenberg y sus secuaces son unos bocazas que viven de la intimidación permanente de los más asustadizos. Ni la OTAN ni los Estados miembros pueden tener ni mantener 300.000 soldados en estado de alerta. No podrían lograrlo ni siquiera elevando el gasto militar por encima del 10 por cien, por no decir que los presupuestos bélicos se destinan a las armas, no a pagar a los soldados que las empuñan.

La ministra de Defensa alemana, Christine Lambrecht, ha ofrecido 15.000 soldados a la OTAN, es decir, una división completa, que es otro paripé. Lo que va a hacer es poner a una división ya existente en estado de alerta máxima, y nada más. Además, la OTAN necesita otras 19 divisiones más para alcanzar la cifra prometida, y ningún país miembro está en condiciones de hacerlo. Ni siquiera Reino Unido, por no hablar de países como Macedonia o los tres Estados bálticos.

Los miembros de la OTAN sólo disponen de unos pocos efectivos capaces de ir al frente de manera inmediata. La Guerra de Ucrania demuestra que ni siquiera tienen municiones y armas en cantidad suficiente para una guerra a la vieja usanza contra un adversario del tipo de Rusia o China. Los macarras preparan ejércitos para otro tipo de enemigos, mucho más pequeños, casi una policía militar, y no siempre son capaces de salir airosos.

La OTAN es una reliquia de la Guerra Fría, un aparato político que se mantiene en pie para que Estados Unidos pueda controlar Alemania y, a través de ella, a Europa. El pretexto siempre fue el “expansionismo soviético” y no ha cambiado desde entonces, aunque nunca hubo otra expansión que la de la propia OTAN.

Su papel es más policial que militar. Lo que la Guerra de Ucrania demuestra es que la OTAN no va entrar nunca en guerras que no puede ganar gracias a una abrumadora superioridad de fuerzas. Biden no ha enviado tropas a Ucrania, pero sí a Somalia. Lo que cambia es el adversario.

Separatistas y prorrusos (en Ucrania la baraja se ha roto dos veces)

Los medios de comunicación occidentales se refieren a la población de ciertas regiones de Ucrania como “separatistas” o “prorrusas”. Da la impresión de que no son ucranianos ni lo han sido nunca.

Sucede algo parecido cuando algunos defienden a Ucrania como nación, un derecho inalienable que, en ocasiones, tratan de extender a sus fronteras, tanto si se delimitaron en buena lid como si se dibujaron de manera gratuita.

No es tan frecuente afirmar que la población en Ucrania se reparte entre fascistas y antifascistas, un abismo político y social sin cuya delimitación no se explica lo que está ocurriendo. Todas las mistificaciones sobre la guerra se empeñan en ocultar esa separación.

En 2014 en Ucrania se produjo un Golpe de Estado que acabó con un gobierno libremente elegido por la población. Dicho golpe estuvo auspiciado por Estados Unidos, que puso a los fascistas ucranianos al frente del Estado y de sus instituciones.

Cuando en un país se produce un golpe de Estado, se rompe la baraja. La población queda con las manos libres. Ya no impera el deber de acatar las imposiciones del gobierno ni de ninguna institución pública, ya que todas ellas son ilegítimas.

Es lo que ocurrió entonces en Ucrania. Numerosas poblaciones se desvincularon del nuevo gobierno de Kiev y se alzaron en armas, iniciando una guerra civil, es decir, no una guerra con los “prorrusos”, que no existían, sino entre los mismos ucranianos.

La guerra pudo acabar con los Acuerdos de Minsk que, lo mismo que el golpe, se logró con la intervención de potencias extranjeras: Alemania, Francia y Rusia, que se constituyeron en garantes de su cumplimiento.

Para lograr los Acuerdos de paz, muchas localidades entregaron las armas y cedieron el poder al gobierno golpista. Otros firmaron pero no cedieron el poder ni entregaron las armas.

De manera voluntaria, Crimea decidió incorporarse a Rusia en un referéndum en el que tanto los ucranianos como los rusos y los tártaros, votaron favorablemente, lo mismo que habían votado en los dos referendums anteriores, incluido el que se celebró en la época soviética.

Además del gobierno golpista, los Acuerdos de Minsk fueron firmados por representantes de las dos regiones del Donbas. Por lo tanto, ambas partes se reconocieron mutuamente. El gobierno de Kiev, que era “de facto”, admitía la existencia de otros dos gobiernos igualmente “de facto”. Esos dos gobiernos regionales no eran separatistas: no trataban de crear Estados independientes sino que aceptaban la soberanía de Ucrania y sus fronteras.

Con la firma de los Acuerdos, el gobierno golpista de Kiev sólo trató de ganar tiempo, pero jamás tuvo intención de cumplirlos, y Alemania y Francia nunca le presionaron a ello. Sólo las dos Repúblicas del Donbas y Rusia defendieron dichos Acuerdos y, por lo tanto, sólo ellos defendieron la paz.

Entonces los medios de comunicación occidentales comenzarón a introducir la expresión “prorrusos” para referirse a las Repúblicas del Donbas. Lo mismo que Rusia, ellos también defendían la paz. Eran los únicos que lo hacían.

Al no cumplir los Acuerdos, el gobierno golpista reanudó la guerra civil, que adoptó la forma de una masacre implacable de la población de Lugansk y Donetsk que acabó con la vida de 15.000 personas. Es de lo más normal que las víctimas quieran separarse de sus verdugos.

El Donbas se convirtió en separatista porque la baraja se volvió a romper por segunda vez. Un gobierno golpista, como el de Kiev, no se conforma con llegar al poder por la fuerza sino que aspira a mantenerlo sin sentirse atado a ningún tipo de acuerdo, y mucho menos si es de paz.

En Kiev deberían sentirse satisfechos si no caen del poder por la misma vía por la que llegaron a él, o sea, por la guerra.

Judíos y nazis

Los rusos han logrado en Ucrania lo que no consiguieron en Siria: enfadar a los sionistas. El asunto comenzó con unas declaraciones de Lavrov ante una pregunta tópica: ¿cómo es posible calificar a Ucrania de Estado fascista si su Presidente es judío?

La pregunta recupera un debate lastimoso en el que se asimila el fascismo al antisemitismo. Extrañamente, en una entrevista con un medio italiano, Lavrov quiso salir del atolladero de la peor manera posible: equiparando a Zelensky con Hitler, del que dicen que por sus venas corría la “sangre judía”, igual que por la de otros corre sangre musulmana, o cristiana, o budista.

A partir de ahí esos debates se pierden en un océano de disparates, en el que se adentra el portavoz oficial del Kremlin, Dmitry Peskov, con un comunicado en el que asegura que el 40 por cien de los judíos que murieron en los campos de concentración del III Reich eran “ciudadanos rusos”. Pero, ¿eran rusos o eran soviéticos?, ¿los asesinaron por ser judíos o por ser soviéticos?, ¿por las dos cosas quizás?

Por su parte, el ministro de Asuntos Exteriores israelí, Yair Lapid, se empeña en darle la razón a Lavrov: el actual gobierno israelí apoya al régimen nazi de Kiev, que es tanto como acusar a una parte de los propios judíos, los sionistas, de antisemitismo.

El ministro israelí declaró literalmente: “Los judíos no se asesinaron [a sí mismos] durante el Holocausto. Culpar a los judíos del antisemitismo es un nivel flagrante de racismo contra los judíos”. A las arenas pantanosas del antisemitismo se le suma otro tópico aún peor: la Segunda Guerra Mundial fue provocada por un odio cerril de los nazis hacia los judíos, a los que intentaron exterminar.

Así es como se ha creado la leyenda de que nazis y judíos siempre estuvieron y estarán en bandos separados. Donde hay judíos no puede haber nazis, y a la inversa.

En medio de la Guerra de Ucrania, la polémica es un como un concurso de torpes, empeñados en parapetarse detrás de los actores del drama que, como Zelensky, son poco más que figurantes. Pero los figurantes tienen cierta importancia porque ayudan a cambiar el decorado. En la actualidad Zelensky encubre la verdadera naturaleza del Estado ucraniano detrás de sus orígenes judíos, y lo mismo hace otro nazi, el Presidente de Letonia, que también tiene raíces judías, a pesar de lo cual los desfiles de las Waffen SS no plantean ningún obstáculo, como tampoco a la OTAN o a la Unión Europea.

Afortunadamente Ucrania ha perdido la guerra, pero si la ganara, los sionistas se harían las víctimas porque en sus propios informes sobre el antisemitismo en el mundo, Ucrania ha ocupado siempre el primer lugar en cuanto al número de agresiones nazis contra museos, sinagogas y cementerios.

En 2017 el informe del ministro de Relaciones con la Diáspora de Israel, Naftali Bennett, que ahora es Primer Ministro, indicó que en Ucrania se había multiplicado el número de actos de vandalismo en monumentos conmemorativos y lugares sagrados de los judíos.

El Congreso Judío Mundial catalogó al partido ucraniano Svoboda, encabezado por Oleg Tyagnibok, como una organización neonazi, lo que no impidió que se convirtiera en el cuarto partido del Parlamento de Kiev en 2012.

Israel ha cometido una torpeza de alcance histórico. El gobierno israelí ha entregado armas, municiones y enviado asesores militares a Ucrania. Los mercenarios israelíes están integrados en las unidades neonazis ucranianas, como Kraken o la milicia “Libertad”, formada por miembros de Svoboda.

Si los sionistas pasan el día rodeados de nazis, no deberían lamentar que les acusen de ser uno de ellos, por más que se escondan tras el “menorah”. No podrán decir que no son cómplices del antisemitismo. Si las armas que han suministrado a Ucrania se vuelven contra ellos, no podrán excusarse diciendo que no sabían quién iba a apretar el gatillo y quién iba a ser la víctima.

Finalmente, que los dirigentes israelíes condenen los supuestos “crímenes de guerra” cometidos por los rusos en Ucrania, confirma el deterioro de las relaciones entre ambas partes. Pero es un sarcasmo brutal que Israel, un Estado colonial edificado sobre la limpieza étnica, acuse de crímenes de guerra a nadie.

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