Después de la independencia de Irlanda, conquistada hace un siglo, hubo un tiempo en el que las “Magdalene Laundries” (Lavanderías Magdalena) fueron muy conocidas. Su creación es un ejemplo de lo que Marx explica en la acumulación originaria de capital: una mezcla de fábrica y cárcel a partes iguales.
Ahora un libro de Louise Brangan, “The fallen” (“Las caídas”), recuerda aquella historia terrorífica (*). Lo más característico de este tipo de centros era que la fuerza de trabajo la componían niñas y mujeres que trabajaban en condiciones de semiesclavitud, como corresponde a las instituciones correccionales.
Los internados tenían paredes altas, cerraduras en las puertas, barrotes en las ventanas y a las reclusas no se les permitía salir. Los carceleros eran las monjas. Este tipo de correccionales existieron hasta 1996 y la autora grabó muchas entrevistas con supervivientes y Brangan describe sus vidas concentrándose en seis mujeres con detalle.
Las mujeres podían “caer” en las redes penitenciarias por los más diversos motivos, desde el embarazo hasta la orfandad, pasando por la prostitución, las enfermedades mentales y la necesidad de ocultar los orígenes “ilegítimos” de ciertos nacimientos.
En Irlanda “caían” las mujeres que destrozaban el ideal católico de feminidad al “tener gustos extranjeros y carecer de fibra moral”. A partir de 1922, 10.000 mujeres al menos fueron encarceladas en las lavanderías, que fueron dirigidas por cuatro órdenes de monjas católicas. Estas mujeres realizaron trabajos de lavandería pesados y a menudo peligrosos sin paga y fueron objeto de toda clase de abusos.
Este tipo de internados eran mucho peores que la prisión. A las mujeres les privaron de su identidad, les cambiaron el nombre, incluso les llamaban por un número, y les cortaron el pelo.
Sus vidas fueron constantemente supervisadas por las monjas católicas que las llevaron en una oración interminable durante toda la jornada laboral. No se podían hacer amistades, no se les permitía hablar, no les permitían relojes ni tiempo libre, excepto un paseo silencioso por el patio antes de acostarse. Los domingos eran para tejer y orar. Incluso los muebles en el refectorio y el dormitorio fueron diseñados para evitar el contacto visual.
La mayoría de las supervivientes terminaron empobrecidas y con problemas de salud, tanto mentales como físicos, como resultado de su reclusión.
Fosas comunes en los monasterios
En 1993 una orden religiosa de monjas católicas, las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad, decidió vender una parcela de tierra en su convento de High Park, en Dublín. No era un convento cualquiera. Había sido una de las Lavanderías Magdalena más grande de Irlanda.
El sitio contenía una gran tumba y 133 cuerpos debían ser exhumados. Sin embargo, sólo había 75 certificados de defunción. Algunos de los cuerpos no tenían nombre, y se desconocen sus causas de muerte.
Cuando comenzó la exhumación, los problemas continuaron aumentando, al igual que el recuento de cuerpos. Parecía que en lugar de 133 cuerpos, en realidad había 155 cadáveres. Fueron desenterrados e incinerados para que sus identidades siguieran siendo desconocidas.
El gobierno no se disculpó hasta 2013 de una manera mezquina y las monjas fueron exoneradas de cualquier clase de responsabilidad. Se pidió a las órdenes católicas que habían dirigido las lavanderías que se suscribieran al esquema de compensación gubernamental para las mujeres. Se negaron, diciendo que habían actuado de buena fe al proporcionar un refugio, trabajo y redención a las mujeres “caídas”.
Es lo que los carceleros llaman “redención de penas por el trabajo” que los presos conocen muy bien.
(*) https://www.theguardian.com/books/2026/apr/15/the-fallen-by-louise-brangan-review-an-enraging-account-of-irelands-magdalene-laundries