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Día: 17 de agosto de 2024 (página 1 de 1)

Israel sigue poniendo obstáculos a las negociaciones de paz

Israel ha puesto nuevas condiciones en las negociaciones de alto el fuego que se han iniciado en Doha, impidiendo así un acuerdo para poner fin a la guerra en Gaza.

Después de dos días de conversaciones, el viernes Estados Unidos presentó una propuesta de acuerdo de alto el fuego, que Hamas ha rechazado.

Los mediadores -Estados Unidos, Qatar y Egipto- anunciaron la reanudación de las conversaciones en El Cairo la semana que viene, tras la presentación de un nuevo compromiso para el alto el fuego.

El acuerdo “nunca ha estado tan cerca”, aseguró Biden, que habló con los dirigentes egipcio y qatarí. El presidente estadounidense pidió a todas las partes que no socaven las negociaciones. “Creo que tenemos una oportunidad”, insistió Biden a los periodistas, calificándose de optimista.

Su secretario de Estado, Antony Blinken, está volando hoy a Israel para intentar “concluir un acuerdo” sobre la base de la nueva propuesta, según el Departamento de Estado.

Dos dirigentes de Hamas han dicho que el movimiento rechaza las nuevas condiciones de Israel.

A medida que se intensifica la presión diplomática para evitar una escalada militar regional, el Primer Ministro israelí llamó a los mediadores a presionar a Hamas.

Al recibir en Jerusalén a sus homólogos británico, David Lammy, y francés, Stephane Sejourné, el jefe de la diplomacia, Israel Katz, dijo que esperaba que sus aliados se unieran a Israel “para atacar a Irán”.

Sejourné replicó que era “inapropiado hablar de una respuesta […] incluso defensiva” en medio de los esfuerzos diplomáticos. En Washington, un alto funcionario del gobierno de Biden amenazó a Irán con “consecuencias cataclísmicas”, si ataca a Israel.

Los mediadores han pasado meses intentando elaborar un plan de tres fases en el que Hamas liberaría a decenas de rehenes a cambio de un alto el fuego duradero, la retirada de las tropas israelíes de Gaza y la liberación de los palestinos secuestrados por Israel.

Desde el 7 de octubre, el ejército israelí ha continuado una campaña devastadora en la Franja de Gaza que ha asesinado a más de 40.000 palestinos, ignorando una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que exige un alto el fuego inmediato y a pesar de las continuas lamentaciones internacionales.

Más de 10 meses después del inicio de la guerra, grandes extensiones de Gaza yacen en ruinas mientras un bloqueo estricto impide la llegada de alimentos y medicinas.

Siguen las cortinas de humo en torno al sabotaje al gasoducto Nord Stream

Siguen las cortinas de humo en torno al sabotaje al gasoducto Nord Stream en setiembre de 2022. Su objetivo es eliminar el rastro de la intervención de la OTAN y, más en concreto, de Reino Unido en el atentado, volcando la responsabilidad sobre Ucrania. En medio de una guerra todo vale y, desde luego, también destruir las infraestructuras del adversario.

La típica maniobra de distracción la lanzó el New York Times, que el año pasado inculpó a un “grupo proucraniano” que actuó sin la autorización de Zelensky.

En las últimas informaciones, los medios hablan del gasoducto “ruso”, olvidando que también era alemán y por eso Alemania ha ordenado la busca y captura de Volodymyr Z., un ucraniano implicado en la voladura. El acusado es un monitor de buceo que vive en Polonia y le implican en el sabotaje junto con otros dos ucranianos, también buceadores (1).

Al día siguiente el Wall Street Journal aseguró que la operación fue validada al más alto nivel en Kiev, incluso inicialmente por Zelensky personalmente. El ataque explosivo se llevó a cabo bajo la supervisión del entonces comandante en jefe del ejército ucraniano, Valery Zalouzhny. a pesar de un cambio de opinión en el camino por parte de Zelensky, quien había pedido que se detuviera el plan.

La idea del sabotaje surgió en mayo de 2022 en medio de una borrachera de oficiales, altos funcionarios y dirigentes empresariales ucranianos (2). Desde entonces, se han señalado a varios culpables. Rusia inicialmente nombró a Londres como el organizador del sabotaje. También se sospechaba de Estados Unidos.

Según el Wall Street Journal, un total de seis personas participaron directamente en esta operación con un coste de aproximadamente 300.000 dólares, todo financiado con dinero privado. “El presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, aprobó inicialmente el plan, según un funcionario que participó en él y tres que estaban al tanto del mismo”, afirma el periódico. “Pero luego, cuando la CIA se enteró y pidió detenerlo, ordenó que lo detuvieran”, continúa.

Sin embargo, el general Zaluzhny, comandante en jefe del ejército ucraniano en aquel momento, ignoró la orden y su equipo no modificó el plan inicial. Por su parte, Zaluzhny, que desde entonces ha sido nombrado embajador de Ucrania en Londres, le ha dicho al periódico que no tenía conocimiento de tal operación.

Después del sabotaje Zelensky le pidió explicaciones a Zalouzhny, pero ya era demasiado tarde. No era posible comunicarse con el equipo de sabotaje porque cualquier contacto hubiera puesto en peligro la operación. A Zelensky le dijeron que es como un torpedo: una vez que lo lanzas contra el enemigo, no puedes recuperarlo.

Los medios de comunicación alemanes, que han revelado los últimos avances de la investigación judicial, son mucho más cautelosos respecto a la implicación de Zelensky y tienden a exonerarle de responsabilidad. Como dice el semanario Der Spiegel, si hay que pagar los platos rotos, hay que ir a por el general Zaluzhny, un personaje amortizado del que ya nadie se acuerda.

(1) https://www.tagesschau.de/investigativ/ndr-wdr/nordstream-172.html
(2) https://www.wsj.com/world/europe/nord-stream-pipeline-explosion-real-story-da24839c

De la varicela al mpox: mejor no llamar a las cosas por su nombre

A muchos les gusta “llamar a las cosas por su nombre”, pero no es el caso de los que definen las enfermedades y hacen catálogos de ellas, como la CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades).

Cada vez hay más repertorios de ese tipo, que expresan el dominio que ejercen ciertos organismos y, sobre todo, quienes los manejan. Lo explicó Nebrija hace 500 años en la primera gramática del castellano: la lengua es compañera del imperio o, dicho en otros términos, “la lucha de clases es el lápiz que escribe los diccionarios”.

Los nombres de las enfermedades así lo demuestran, aunque ahora es la OMS quien ejerce el imperio. Nebrija quería enseñar a hablar a los indios de América y la OMS quiere enseñar a hablar a los médicos.

El organismo internacional hace como los chamanes. Pone unos nombres a las enfermedades y quita otros. De esa manera parece que acaban unas enfermedades (gracias a las vacunas) y aparecen otras nuevas, que la humanidad no había conocido hasta que la OMS publica sus catálogos.

Por ejemplo, en 2020 apareció una nueva enfermedad que ningún médico habían conocido nunca, porque ninguna facultad de medicina la tenía registrada en sus anales: el “covid”. A pesar de ello, aquel año se publicaron cien mil artículos científicos sobre el “covid”, algo nunca visto en la historia. La pregunta es: ¿cómo se puede escribir tal cantidad de artículos sobre algo que era desconocido para todos?

Cien años antes, cuando ni siquiera existía la OMS, el imperio calificó como “española” a la gripe que apareció en Kansas durante la Primera Guerra Mundial, como si fuera por casualidad. Quizá precisamente por ser “española” aquella gripe mató mucho más de lo que matan las gripes cada vez que el invierno llega a Kansas.

Todas las pandemias que han brotado últimamente tienen algo en común: que el foco aparece en otros países que no son el nuestro. Por ejemplo, el “covid” surge en Wuhan, China, y por eso Trump lo llamó el “virus chino”. Como consecuencia de la histeria antichina provocada por Trump y los suyos, entre marzo de 2020 y junio de 2021 se produjeron más de 9.000 agresiones contra las personas de origen chino o asiático en Estados Unidos.

Sin embargo, el foco infeccioso más habitual es siempre el Tercer Mundo. Ellos tienen la culpa y nosotros somos las víctimas. La “mpox” se ha propagado a partir de la República Democrática del Congo, aunque antes no se llamaba así sino “viruela del mono” porque la OMS le cambió el nombre en 2022. Cualquiera que se remonte un poco más en el tiempo sabe que “mpox” es la varicela (herpes zoster) de toda la vida.

Pero los científicos, como los músicos, también necesitan aparentar originalidad, que han descubierto algo nuevo bajo el sol. El imperio que escribe los artículos de medicina asegura que la varicela y la “mpox” no son la misma enfermedad porque las causan familias distintas de virus (1). Por eso se sacan de la manga las variantes y las cepas, cada vez más letales, o más contagiosas, o las dos cosas a la vez.

Sin embargo, en cuatro años de “covid” han ido apareciendo (o inventando) muchos miles de cepas del mismo virus, dice la Wikipedia, pero cada una de ellas no ha causado une enfermedad distinta. A veces las cepas causan la misma enfermedad, a veces causan enfermedades distintas, e incluso hay variantes que no causan ninguna enfermedad, asegura la Wikipedia (2). Todo depende de lo que el imperio quiera demostrar en cada momento.

La revista médica The Lancet ha denunciado “el estigma, el racismo y la discriminación” en la denominación de las enfermedades (3), porque no cabe duda de que todo cuadra: los africanos son unos monos, los eslabones del proceso evolutivo que se quedaron estancados en el Continente Negro.

Las enfermedades infecciosas, como la peste negra, siempre fueron un estigma social a lo largo de la historia y la “mpox” confirma el dato. Ahora los epidemiólogos lo llaman “grupos de riesgo” y, cuando quieren ser más finos y elegantes, hablan de “prácticas de riesgo”, como en los tiempos del sida.

El hombre blanco se tiene que preocupar de mantener a los negros lo más alejados posible. Pero también de los mongoles, porque el Síndrome de Dawn (trisomía 21) siempre llevó la denominación de origen del país asiático.

Naturalmente, los mongoles no se pusieron a sí mismos el nombre de la enfermedad. Siempre es el imperio el que pone los nombres y las etiquetas a sus subordinados.

Hasta los meteorólogos se han apuntado a los requiebros verbales y rellenan su vacío intelectual con una batería inagotable de neologismos. O bien quieren parecer originales, o bien han aparecido nuevos fenómenos atmosféricos que antes no existían.

Por ejemplo, llaman “dana” (depresión aislada en niveles altos) a lo que siempre se llamó “gota fría”, una expresión procedente del alemán (“kaltlufttropfen”) que se conoce desde 1886 y que en 1982 mató a 38 personas en el Levante español.

A falta de conceptos precisos, los seudoecologistas podrían formar un voluminoso diccionario de neologismos: sostenibilidad, antropoceno, descarbonización, efecto invernadero, estrés hídrico, estrés térmico, reventón húmedo, sensación térmica, refugios climáticos…

Una de las nuevas palabras inventadas por la tonteorías verdes tiene un tono siquiátrico. Se trata de “solastalgia”, a la que también llaman “dolor ecológico”. Es la melancolía causada por la pérdida del entorno tradicional o los medios de vida que han sostenido a los pueblos durante siglos: la vegetación, los bosques, los ríos, los glaciares…

Si alguien quiere inventarse una seudociencia, debe empezar por acuñar su verborrea caracteristica.

(1) https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC9634140/
(2) https://es.wikipedia.org/wiki/Variantes_de_SARS-CoV-2
(3) https://www.thelancet.com/journals/lanam/article/PIIS2667-193X(22)00241-1/fulltext

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