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Día: 4 de julio de 2024 (página 1 de 1)

Lo que Francia necesita no es otro Primer Ministro sino un nuevo contable

Lo que Francia tiene que elegir este fin de semana no es un nuevo Primer Ministro sino un nuevo gestor de la quiebra. Un país sólo necesita ministros y gobiernos cuando tiene dinero. Cuando no lo tiene, necesita un contable que administre la liquidación del chiringuito.

Lo que decimos de Francia lo podemos decir también de España, otro país en quiebra cuyo liquidador está en Bruselas desde hace muchos años. La diferencia es que Francia es un país mucho más grande que España y la quiebra es mucho más difícil de gestionar.

Desde 1980 la deuda francesa ha pasado del 20 al 120 por cien del PIB. El agujero de Francia supera los 2,8 billones de euros y necesita un nuevo contable porque los anteriores no han hecho otra cosa que aumentar esa cifra, primero con la pandemia, luego con la salida del Sahel y, finalmente, con la Guerra de Ucrania.

Cuando un país no puede pagar sus deudas, necesita que otro se las pague. Adoptan la forma de capital extranjero que llega para invertir, o sea, para comprar las deudas. A veces son préstamos, pero otras se trata de robos que retrasan lo inevitable. Si Francia pudiera apoderarse del dinero embargado a Rusia, podría pagar una buena parte de su agujero presupuestario.

Para que un país extranjero acuda a socorrer a Francia es necesario que el euro se mantenga porque la divisa europea se ha convertido en el último paraguas de las crisis económicas del Viejo Continente.

Como en el caso de Grecia, los países del norte deben pagar, al menos en parte, los agujeros del sur, para lo cual hay que mantener la Unidad Europea. Los programas de quienes, como Le Pen y Bardella en Francia, se han definido como “euroescépticos”, “antiglobalistas” y “soberanistas” no se sostienen, y por eso han renunciado a ello en sus últimos discursos.

En definitiva, todo depende de Alemania y de la manera en que, por su parte, salga de su propia crisis. A su vez, la situación de Alemania exige soltarse del lastre de la OTAN, Estados Unidos y la Guerra de Ucrania, es decir, acabar con la sanciones, reabrir el gasoducto Nord Stream y reanudar los lazos con Rusia.

Operación salvar al soldado Ucrania de las garras de Trump

En la OTAN están preocupados por el futuro del apoyo militar a Ucrania porque desconfían de Trump. Han preparado un plan B y para ello han abierto una oficina en Kiev. “La OTAN enviará un alto funcionario civil a Kiev, entre una serie de nuevas medidas destinadas a fortalecer el apoyo a largo plazo a Ucrania, que deberían anunciarse en una cumbre en Washington la próxima semana, afirma el Wall Street Journal (1).

En la cumbre de la OTAN de este mes en Washington se anunciarán varias medidas para apuntalar el bloque occidental en medio de la agitación política en Europa y Estados Unidos. Los planes llevan varios meses en marcha, pero ahora se están acelerando.

Un alto funcionario civil se instalará en Kiev y, además, crearán un nuevo mando militar en Wiesbaden, en el oeste de Alemania, para coordinar la ayuda militar y el entrenamiento de las tropas ucranianas. Las operaciones de la OTAN en materia de asistencia y entrenamiento en materia de armas se están trasladando de un cuartel general militar encabezado por Estados Unidos a un cuartel general controlado por la OTAN en Wiesbaden. Es un mecanismo se seguridad contra Trump en caso de reelección, confiesa Die Presse (2). El cuartel general debe coordinar los futuros envíos de armas a Ucrania y las actividades de formación del personal militar ucraniano.

El nuevo mando se llamará Asistencia y Entrenamiento de Seguridad de la OTAN para Ucrania y estará compuesto por unos 700 militares estadounidenses y aliados de los 32 estados miembros, dice Newsweek (3). La organización asumiría gran parte del trabajo de equipar a Ucrania previamente dominada por el Pentágono a través del formato Ramstein, que es el nombre que disimula el “grupo de contacto” de la OTAN con Ucrania.

El plan B se ha activado ante la posible victoria de Trump en las elecciones. Trump no ha ocultado su frustración con los aliados de la OTAN, a quienes ha acusado –en varias ocasiones– de beneficiarse de la generosidad de Estados Unidos. Durante su primer mandato, atacó periódicamente a sus aliados por no cumplir con sus compromisos de gasto en defensa. En 2014 acordaron gastar el 2 por cien de su PIB en armas para 2024, un objetivo que muchos no han alcanzado.

Durante la tormentosa cumbre de la Alianza celebrada en Londres en 2018, Trump amenazó con retirar a Estados Unidos de la OTAN a menos que los aliados demostraran un mayor compromiso de “compartir la carga”. La amenaza resultó inútil, pero la perspectiva de que Trump vuelva a la Casa Blanca ha reavivado los temores a una retirada estadounidense de la OTAN que podría resultar fatal.

Si bien, como tantos otros, Trump casi nunca cumple lo que promete, los socios europeos de la Alianza tienen muchas dificultades para seguir a Estados Unidos en sus peripecias internacionales, como ha demostrado la Operación Guardián de la Prosperidad para proteger los mercantes de los ataques de los yemeníes en el Mar Rojo.

(1) https://www.wsj.com/world/europe/nato-to-establish-new-kyiv-post-for-ukraine-81b4205c
(2) https://www.diepresse.com/18567552/nato-gruendet-in-deutschland-hauptquartier-fuer-ukraine-unterstuetzung
(3) https://www.newsweek.com/nato-trump-proof-plan-b-ukraine-russia-1920014

Pandemia: balance de un experimento de obediencia masiva

Es el título de un artículo publicado por la revista del máximo organismo científico francés, el CNRS: las restricciones sanitarias impuestas durante la pandemia no fueron otra cosa que un experimento de “obediencia masiva” (*).

El título es una declaración en sí misma, que deriva de una entrevista al historiador y sociólogo Nicolas Mariot, autor de un libro sobre el asunto publicado el año pasado: “El atestado”.

Muchas veces nos encontramos con crédulos que preguntan que si no había motivos médicos para imponer medidas, como el confinamiento, por qué lo hicieron, y la respuesta es múltiple. Una de ellas es la vigilancia masiva, algo que ya existía pero que jamás se había realizado con la dimensión que alcanzó durante la pandemia… salvo en los campos de concentración.

Como diría Foucault, se trataba de “vigilar y castigar”. Si en las cárceles hay delincuentes, en la pandemia aparecieron  los negacionistas, a los que había que vigilar y castigar. Siempre hay alguien que no obedece las órdenes que le imponen. En la Edad Media eran los herejes, que exponían doctrinas opuestas a los dogmas del Vaticano. Ahora han aparecido personas que se oponen a vacunarse o a encerrarse en sus casas, blandiendo teorías extrañas e incluso conspiraciones.

Con el tiempo la herejía se convierte en dogma y las publicaciones científicas empiezan a hacerse eco de esas mismas teorías, que ya no son tan extrañas ni conspiranoicas.

Frente a los negacionistas, los gobiernos reaccionaron de manera muy diversa porque los virus y las enfermedades quizá sean los mismos, pero los hábitos coercitivos cambian de un país a otro. España impuso un largo confinamiento y Bielorrusia no impuso ninguno. Sin embargo, las conclusiones son paradójicas: murieron más personas en los lugares en los que el Estado confinó a la población que en los que no se produjo ningún tipo de confinamiento.

Las restricciones sanitarias -y especialmente el confinamiento- midieron la fuerza de los aparatos del Estado. No todos los Estados tienen la misma capacidad represiva para imponer sus normas. Hubo países del Tercer Mundo que impusieron las mismas restricciones sanitarias que los europeos, pero fue un brindis al sol. Ni siquiera intentaron imponerlas por la fuerza porque no tenían recursos para lograrlo.

Uno de los factores que más influye en los aparatos represivos del Estado es la resistencia de la población que, a su vez, dice Mariot, depende de la credibilidad de un determinado Estado, e incluso de un determinado gobierno, que se transmite a su burocracia sanitaria, a sus médicos y a sus instituciones de salud pública. En la medida en que la población cree que ese tipo de restricciones sanitarias, como las mascarillas, tienen algún carácter técnico o científico, son mucho más fáciles de digerir.

En Francia la pandemia llegó detrás de las luchas de los chalecos amarillos y contra los recortes de pensiones, con la credibilidad del gobierno por los suelos, de manera que las restricciones se impusieron con un grado importante de ejercicio de la fuerza y el castigo. Lo explicó el propio Macron en el primer mensaje que lanzó tras declarar oficialmente la pandemia: “Estamos en guerra”. Lo repitió cuatro veces para que quedara bien claro.

Naturalmente, no se refería a Ucrania porque esa guerra comenzó dos años después. Lo que Macron quería decir es que su gobierno se aprestaba a imponer “medidas de guerra”, con la diferencia de que entonces el enemigo no era Rusia sino su propia población.

(*) https://lejournal.cnrs.fr/articles/covid-19-bilan-dune-surveillance-massive

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