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Día: 21 de marzo de 2023 (página 1 de 1)

Una nueva arquitectura para Oriente Medio: el acuerdo irano-saudí

El acuerdo entre Arabia Saudí e Irán (garantizado por China) no consiste principalmente en restablecer las relaciones diplomáticas. Ambos equipos estaban dirigidos por sus jefes de seguridad. El acuerdo pretende construir una nueva arquitectura de seguridad para la región.

Esta arquitectura es potencialmente revolucionaria. Desde que Isaac Rabin decidiera a principios de la década de 1990 invertir el paradigma de seguridad original de Israel de “periferia” (Estados no árabes) frente a la vecindad árabe de Israel (para allanar el camino a la aspiración de Rabin de un cierto entendimiento con los palestinos), la región se ha transformado en un páramo de arquitectura fabricada contra la seguridad.

Para alcanzar los objetivos de buscar la paz con la esfera árabe, los dirigentes israelíes -que necesitaban una causa en torno a la cual pudieran unirse los israelíes y el Congreso estadounidense- demonizaron a Irán. Desde entonces, se ha dicho (durante algunas décadas) que Irán está a punto de adquirir un arma nuclear (aunque eso nunca ha sucedido).

Las consecuencias han sido desastrosas: Irán se ha convertido en un puercoespín espinoso, con Ahmadineyad rezongando a quienes pudieran acercársele que mantengan las distancias. Estados Unidos e Israel convirtieron la polarización intelectual y cultural inherente a la revolución iraní en un casus bellum [motivo de guerra].

El mantra era que para que Israel y sus aliados árabes se sintieran seguros, Irán y su mentalidad revolucionaria tenían que ser destruidos, o al menos “reconectados” mentalmente con los modos de vida occidentales.

Cualquier paralelismo con los actuales llamamientos occidentales para que Rusia sea desmantelada y sometida a rehabilitación mental no es coincidencia.

Como resultado, a medida que este bellum (guerra) se desarrollaba en la región, Irak, Siria, Líbano y otros países -todos ellos en su día Estados ricos- se transformaron en basureros económicos de pobreza.

Pero entonces los “platos” geoestratégicos cambiaron: el interés de Estados Unidos en la región menguó bruscamente y China y Rusia pasaban a primer plano, con una fórmula mucho más atractiva que la de Washington: en lugar de exigir lealtad y subordinación absolutas, China insistía en el respeto de la soberanía y la autonomía en los asuntos internos de otros Estados.

Ahí estaba el “atractivo” que ejercía sobre los dos Estados islámicos rivales el ascenso de las nuevas potencias mundiales (China-Rusia). Pero la otra parte de la ecuación era que los saudíes habían entrado en cólera porque Estados Unidos los degradaba como vasallos. Incluso Trump les insultó diciendo que “no podrían durar una semana” sin la protección estadounidense. Luego, cuando las instalaciones de Aramco fueron atacadas con misiles, ¿dónde estaba la protección estadounidense? No había tal.

Fueron necesarios otros dos elementos para que este acuerdo viera la luz. El primero fue una mediación paciente y a la vieja usanza (el proceso había comenzado en Pekín hace unos seis años, durante la visita del rey Salman), pero con el presidente Xi prestando su atención personal a la mediación (una característica de la diplomacia olvidada hace tiempo en Occidente).

En segundo lugar, Irán estaba saliendo de su larga estancia de introspección, gracias en gran parte al compromiso de Rusia y China, y a la “ventana” abierta por la posibilidad de unirse a la Organización de Cooperación de Shanghai y a los Brics. A Irán le han ofrecido “profundidad”: estratégica y económica.

Al mismo tiempo, Arabia Saudí se fue distanciando, lenta pero constantemente, de la propuesta planteada por primera vez a Abdul Aziz ibn Saud a principios del siglo XX por St. John Philby de que el wahabismo radical era el arma secreta del reino para asegurar su dominio sobre el mundo islámico. Esta idea fue adoptada entonces con entusiasmo por los servicios de inteligencia occidentales para debilitar y contener a Irán. Simplemente, Mohamed Bin Salman fue desarmando poco a poco al wahabismo.

Entonces llegó el momento. Y China lo aprovechó. Las conversaciones duraron tres días (del 6 al 10 de marzo) y no salió nada. El resultado golpeó a Washington y Tel Aviv como un trueno.

Por supuesto, no conocemos los acuerdos secundarios secretos, pero es seguro que Arabia Saudí habrá pedido -y recibido- garantías de que Irán no buscará armas nucleares, que no amenazará las infraestructuras vitales del reino, que no tratará de desestabilizarlo y que Arabia Saudí e Irán trabajarán juntos para poner fin a la guerra en Yemen.

Irán habrá pedido a Arabia saudí que deje de financiar a medios de comunicación exteriores que tratan de difundir sus mensajes de cambio de régimen en Irán y de apoyar a movimientos como la Organización de Muyahidines del Pueblo (MEK), algunos grupos kurdos con base en Irak y militantes que operan desde Baluchistán hacia Irán.

¿Qué presagia esta arquitectura? Hay demasiadas cosas para enumerarlas brevemente, pero como ejercicio de reflexión, imaginemos las consecuencias en Líbano si Arabia saudí e Irán decidieran juntos acabar con el sufrimiento del pueblo libanés; la casi inanición en Siria o el colapso del Estado irakí.

Imagine las consecuencias económicas para Asia de una determinación conjunta de Irán, Arabia Saudí, el Golfo y Rusia de aplicar una nueva política energética en la que ambos actúen para configurar los precios de las materias primas y darles una estructura de precios y ventas diferente.

¿Qué pasa con Estados Unidos e Israel? Mark Dubowitz, del equipo neoconservador Fundación para la Defensa de las Democracias, lo expresó sucintamente: “Esto es un fracaso para los intereses estadounidenses. Demuestra que los saudíes no confían en que Washington les respalde, que Irán ve una oportunidad de deshacerse de sus aliados estadounidenses para acabar con su aislamiento internacional, y establece a China como el mayordomo de la política de poder en Oriente Próximo”.

El sueño de Netanyahu de una alianza árabe unida para apoyar la acción militar israelí contra Irán ha llegado a su fin. Netanyahu sabe muy bien que Washington nunca apoyaría una acción militar contra Irán sin un apoyo árabe activo y sustancial. Eso también es cosa del pasado. La Doctrina Carter de 1980, según la cual Estados Unidos no permitiría el desarrollo de ningún rival en Oriente Próximo, también ha terminado. China, Rusia y Eurasia están creciendo.

El acuerdo llega en un momento delicado para Netanyahu. Irán pretendía ser una distracción ante el creciente trauma interno de Israel. Ahora tiene que hacer frente a la crisis sin nada más que la propia crisis.

Alastair Crooke https://english.almayadeen.net/articles/analysis/iransaudi-deal:-not-a-diplomatic-normalisation-but-an-archit

Reciclar el jabón usado para quienes no pueden comprarlo nuevo

Las tonteorías sobre el decrecimiento, el consumismo y el despilfarro se han convertido en una plaga que tiene el objetivo de responsabilizar a la población más empobrecida de su propia condición. Cuando ya no queda nada, hay que hacer de la necesidad virtud y reciclar las sobras.

Los que tienen la tripa llena pregonan que debemos consumir menos pero mejor. Es la consigna de Pauline Grumel que en 2017 fundó Unisoap, la primera asociación francesa que recicla jabón usado.

Con sus colaboradores, Grumel recorre los hoteles para recoger los jabones usados. Según su página web, tres millones de franceses ya no pueden permitirse comprar productos de higiene, por no hablar de los estudiantes que dependen de la distribución gratuita de alimentos.

Unisoap es una asociación sin ánimo de lucro que cuenta con cinco trabajadores. Lleva los jabones recogidos por los trabajadores de 130 hoteles a un centro de Lyon para discapacitados (Esat-Myriade), donde los jabones se trituran y esterilizan antes de ser envasados de nuevo.

A continuación se distribuyen gratuitamente a organizaciones caritativas que los reparten entre los menesterosos. “Estamos muy solicitados y a veces hacemos operaciones especiales, por ejemplo para estudiantes”, afirma la fundadora de la asociación.

La caridad se ha instalado en los países que siempre presumieron de opulencia. 20.000 de los tres millones de franceses que no tienen dinero ni para comprar un jabón, reciben cada año uno reciclado.

Grumel se ha convertido en una estrella de los medios de comunicación franceses, que aplauden a rabiar su iniciativa. Le acabarán dando el Premio Nóbel de la Paz. De momento el Ayutamiento de Lyon la ha nombrado “embajadora del turismo sostenible”.

La segunda mano es el gran mercado del futuro, quizá el único para grandes sectores de trabajadores empobrecidos. Cada vez hay más mercancías recicladas porque los trabajadores ya no pueden comprarlas de estreno.

Nos parece bien, pero el jabón reciclado no vuelve a los mismos hoteles de los que salió, para que se limpien con él los que no duermen en la calle porque se pueden permitir el lujo de pagarse una habitación.

El colonialismo en la formación de la Unión Europea

En su libro sobre el papel del colonialismo en la formación de la Unión Europea, publicado en 2014, los suecos Peo Hansen y Stefan Jonsson explican que la explotación de África desempeñó un papel central en la construcción europea (*).

Los historiadores ofrecen un relato diferente de la génesis de la Comunidad Económica Europea (CEE), precursora de la Unión Europea (UE). Sostienen que la integración europea es inseparable del colonialismo europeo y se ha construido en torno a un concepto clave: Euráfrica.

La idea de Euráfrica fue planteada por primera vez en 1923 por el político austrohúngaro Richard Coudenhove-Kalergi, que la veía como una oportunidad para que los países europeos superaran conflictos y se unieran administrando conjuntamente territorios coloniales en África.

En 1931 el Primer Ministro francés George Caillaux resumió el proyecto de la siguiente manera: “Europa apoyada por África, Europa reconciliada por África”. La unión permitiría explotar al máximo los recursos del continente africano y resolver algunos de los problemas a los que se enfrenta Europa, como la superpoblación y el desempleo.

A pesar del “utopismo” ingenuo de sus defensores, que soñaban con proyectos faraónicos, como una presa en el estrecho de Gibraltar imaginada por el arquitecto alemán Hermann Sörgel, Euráfrica fue durante un tiempo “una doctrina oficial de política exterior”. Incluso se propuso a Hitler el acceso a las colonias francesas y británicas en plena política de apaciguamiento, a partir de 1933.

Pero lo que sólo fue una moda de entreguerras resurgió después de 1945 gracias al contexto internacional de la Guerra Fría y las luchas anticoloniales. Euráfrica apareció entonces ante una Europa debilitada como un medio de transformar la dominación colonial para mantenerla mejor, constituyendo al mismo tiempo una tercera superpotencia capaz de participar en el nuevo orden mundial.

En el centro de este nuevo impulso se encontraba Francia, deseosa de desarrollar sus territorios africanos. Los autores citan los proyectos del diplomático Eirik Labonne, quien, para aprovechar mejor los recursos africanos, imaginó una nueva organización industrial y estratégica de las colonias francesas, más realista que los grandes proyectos de la preguerra, pero tan vasta que requeriría la financiación de “naciones europeas antaño enemigas [que] se unirían en un acto de solidaridad práctica”.

Desde principios de los años cincuenta, las propuestas de los partidarios de Euráfrica en Francia “servirían de guía para las inversiones y las políticas destinadas a modernizar la Unión Francesa”, cuyo destino dependería de “una Unión Europea que se haría cargo de una parte de las colonias y […] prosperaría gracias a los inmensos recursos, aún sin explotar, de África”.

A la inversa, los defensores de la integración europea consideraban que ésta no podría realizarse sin las colonias, como hizo el representante francés en la Asamblea Consultiva del Consejo de Europa, Raphaël Saller, quien declaró en 1952: “Ninguna comunidad política europea podría vivir […] sin la asociación de los países de ultramar que tienen vínculos constitucionales con Europa”.

El 9 de mayo de 1950, en una declaración considerada fundamental en el proceso de construcción europea, el ministro francés de Asuntos Exteriores Robert Schuman, uno de los “Padres Fundadores de la Unión Europea”, hizo un llamamiento a Europa para que “prosiguiera una de sus tareas esenciales: el desarrollo del continente africano”.

Ya en mayo de 1956, en plena negociación del futuro Tratado de Roma, que dio origen a la CEE, la postura oficial de Francia era clara: ninguna entrada en el mercado común sin los territorios de ultramar (TOM).

Los autores muestran que la cuestión de la integración de las colonias en la CEE fue una de las más difíciles de resolver. Francia y Bélgica soñaban con “un mercado común euroafricano en el que estos territorios estuvieran plenamente integrados”, mientras que Alemania y los Países Bajos se mostraban prudentes ante el coste de las inversiones que había que realizar, aunque estuvieran de acuerdo con el principio.

En vísperas de la firma del Tratado de Roma (25 de marzo de 1957), el Presidente del Consejo francés, Guy Mollet, se mostró entusiasmado con el giro de las negociaciones: “Hoy nace una unión aún mayor: Euráfrica”.

En realidad, los fondos asignados a los TOM fueron mucho menores de lo que Francia esperaba, y el concepto de Euráfrica desapareció pronto de discursos y escritos. Pero su constitución supuso la integración de las colonias francesas en “una organización supranacional en la que las relaciones bilaterales franco-africanas [podrían] redefinirse y consolidarse”.

Así, Euráfrica permitió a Francia iniciar la metamorfosis de su colonialismo. Al igual que Françafrique, Euráfrica no ha muerto. A pesar de la independencia, 18 Estados africanos mantienen su asociación con la CEE en el marco del Convenio de Yaundé (1963), ampliado por el Convenio de Lomé (1975-2000) y luego por el Acuerdo de Cotonú, firmado en 2000 y aún en vigor.

(*) Peo Hansen y Stefan Jonsson, The Untold History of European Integration and Colonialism, Londres, 2014
http://www.academia.edu/24440049/Review_to_Euráfrica_by_Hansen_and_Jonsson

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