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Día: 1 de marzo de 2023 (página 1 de 1)

El colonialismo alemán en África: un pasado que no pasa

El 28 de mayo de 2021 el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Heiko Maas, ofreció una rueda de prensa en Berlín para anunciar lo que se suponía que era un gran avance en los intentos del país por abordar su pasado colonial. Maas se declaró “feliz y agradecido” de que, tras cinco años de conversaciones, los negociadores alemanes y namibios hubieran alcanzado un “acuerdo de reconciliación” sobre las atrocidades cometidas por los alemanes durante el periodo colonial. “A la luz de la responsabilidad histórica y moral de Alemania”, declaró, “pediremos perdón a Namibia y a los descendientes de las víctimas”.

Entre las décadas de 1880 y 1919, Alemania controló lo que hoy es Togo, Burundi, Camerún, Namibia y Ruanda, entre otros territorios africanos, así como partes de lo que hoy es Papúa Nueva Guinea y varias islas del Pacífico Occidental. Incluso para los estándares del colonialismo europeo, las acciones de Alemania en Namibia -entonces conocida como el África Sudoccidental Alemana- fueron notables por su brutalidad. Entre 1904 y 1908, oficiales y soldados alemanes mataron a decenas de miles de herero (ahora llamados a menudo ovaherero) y miles de namas en una campaña de exterminio ampliamente reconocida como el primer genocidio del siglo XX.

Alemania ha evitado durante mucho tiempo rendir cuentas por sus acciones en Namibia. Cuando el canciller Helmut Kohl visitó el país en 1995, se negó a reunirse con representantes de los Hereros, y cuando el presidente Roman Herzog visitó el país en 1998, negó que existieran motivos judiciales para exigir reparaciones. El Bundestag nunca ha reconocido oficialmente las masacres como genocidio. Pero el anuncio de Maas pretendía señalar que Alemania asumía por fin sus responsabilidades históricas e incluía la promesa de que, “como gesto de reconocimiento del inconmensurable sufrimiento infligido a las víctimas”, pagaría 1.100 millones de euros en ayuda a la reconstrucción y el desarrollo durante los próximos 30 años.

En las semanas siguientes, la buena voluntad resultante de este anuncio se fue erosionando. Los descendientes de las víctimas argumentaron que habían sido injustamente excluidos de las negociaciones, sobre todo por la negativa de Alemania a incluir a cualquier persona ajena al gobierno namibio. Muchos también denunciaron el pago como una compensación inadecuada por una injusticia tan horrible, dado que la cantidad era simplemente equivalente a la ayuda exterior que Alemania ha dado a Namibia desde 1989, y expresaron su indignación por el hecho de que el acuerdo omitiera la palabra “reparaciones”. El plan del presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, de visitar la capital namibia, Windhoek, para pedir formalmente perdón, se canceló después de que grupos herero y namibios amenazaran con organizar una manifestación.

Henny Seibeb, dirigente adjunto del Movimiento de los Sin Tierra de Namibia, partido de la oposición que representa a los grupos que perdieron tierras bajo el colonialismo, me dijo por teléfono el año pasado que consideraba que la cantidad propuesta era “una broma” que no reflejaba la profundidad de la injusticia. Paul Thomas, uno de los dirigentes del comité técnico del genocidio de Namas, me dijo:

“A día de hoy seguimos sin tierras y en la pobreza por lo que ocurrió hace 115 años. A mi bisabuelo lo decapitaron, a algunos de los suyos los metieron en campos de concentración y trabajaron hasta la muerte. No hay nada para nosotros en este acuerdo. Está vacío”.

Otros han señalado una discordancia que ha planeado sobre las negociaciones: aunque Alemania se ha negado a mantener conversaciones directas con los representantes de los Hereros y los Namas, ha pagado más de 90.000 millones de dólares en indemnizaciones a las víctimas del Holocausto desde 1952, en parte mediante un acuerdo negociado con la Conferencia de Reclamaciones, una ONG que representa a los judíos de todo el mundo. En junio de 2021, el jefe supremo ovaherero Vekuii Rukoro declaró en una entrevista televisiva que Alemania estaba dispuesta a negociar con la Conferencia de Reclamaciones, pero no con los hereros y los namas “porque ellos eran europeos blancos y nosotros somos africanos negros”.

Los alemanes llegaron por primera vez a lo que se convirtió en el Sudoeste de África alemán en 1883 con la intención de establecer un puesto comercial. Un año después, los comerciantes ayudaron a convencer al Canciller Otto von Bismarck de que convirtiera el territorio en un protectorado alemán. Bismarck se había resistido durante mucho tiempo a las peticiones de la opinión pública y de sus rivales políticos para establecer un imperio de ultramar. Aún se debaten las razones de su cambio de opinión, pero en parte le influyeron los informes sobre posibles yacimientos de diamantes en la región y la esperanza, a la postre falsa, de que los comerciantes privados soportarían gran parte de la carga financiera.

En aquella época el territorio tenía una población de entre 200.000 y 250.000 habitantes, de los cuales unos 80.000 eran de etnia herero, que vivían con grandes rebaños de ganado. Otros grupos eran los Namas, Owambos, Damaras, Sans y Basters. La zona fértil del territorio limitaba al oeste con el desierto de Namibia y el océano Atlántico, y al noreste con el Omaheke, una extensión de desierto casi sin agua que se extiende hasta Botswana.

Cuando los colonos y administradores alemanes llegaron a la región, engañaron a los africanos para comprarles grandes parcelas de tierra, los maltrataron y humillaron a sus jefes. En algunos casos, también fomentaron la animosidad entre los grupos locales. Cuando los africanos contraatacaron, Berlín envió más tropas. En enero de 1904 el conflicto entre los hereros y los alemanes se recrudeció, lo que llevó a los hereros a lanzar una ofensiva para recuperar su territorio. Murieron más de cien alemanes; en respuesta, Berlín envió al general Lothar von Trotha, veterano de la rebelión de los bóxers en China y obsesionado con la idea de la “guerra racial”, para hacerse cargo de la colonia.

El conflicto, conocido como la Guerra de Herero y Namas, se convirtió en el pretexto para cometer atrocidades generalizadas. En agosto de 1904 Trotha atacó a unos 50.000 hombres, mujeres y niños herero en la meseta de Waterberg, al norte del territorio. Cuando los supervivientes intentaron huir al desierto de Omaheke, los alemanes establecieron un perímetro para rodearlos, ocuparon los pozos de agua y ordenaron matar a todos los que intentaron huir al desierto. En octubre, Trotha emitió una proclama, ahora famosa, en la que pedía el exterminio de los hereros:

<h6>Los Hereros han dejado de ser súbditos alemanes…

El pueblo herero debe abandonar este país. Si no lo hacen, les obligaré a hacerlo con el Gran Cañón.

Dentro de las fronteras del territorio alemán, todo Herero, con o sin arma, con o sin ganado, será fusilado; ya no daré refugio a mujeres y niños. Los devolveré a su pueblo o haré que los fusilen.</h6>

Un oficial alemán, Ludwig von Estorff, describió en su diario “escenas terribles” mientras los hereros huían de un abrevadero a otro “perdiendo casi todo su ganado y mucha gente”. Algunos hereros degollaban a sus animales y bebían su sangre para no morir de sed.

Durante la guerra los alemanes crearon campos de concentración para proporcionar mano de obra a las empresas alemanas, pero las condiciones eran tan horribles que pocos prisioneros podían trabajar. Muchos namas, que habían lanzado una guerra de guerrillas contra los alemanes, también fueron confinados en los campos.

En un campamento de la Isla de los Tiburones, un afloramiento rocoso y expuesto de la costa atlántica, los prisioneros no recibían prácticamente ropa, comida ni cobijo. Berthold von Deimling, comandante de la región sur del protectorado, declaró que mientras él estuviera al mando, “no se permitiría que ningún hotentote” -término despectivo para referirse a los namas- “saliera vivo de la isla de los Tiburones”. Entre septiembre de 1906 y marzo de 1907 murieron 1.032 de los 1.795 prisioneros del campo. El número exacto de víctimas del genocidio sigue sin estar claro, pero cuando se permitió la salida de los prisioneros de los campos en 1908, habían muerto hasta 100.000 hereros y unos 10.000 namas.

Tras el genocidio, las autoridades alemanas expropiaron casi todas las tierras de los africanos y los obligaron a entrar en un mercado laboral “semilibre” en el que no tenían más opción que trabajar para los terratenientes alemanes. Los que se negaban eran asignados a la fuerza a un empleador, y todos los africanos mayores de siete años estaban obligados a llevar “un disco metálico visible” en todo momento y a mostrarlo a la policía o a “cualquier persona blanca” que se lo pidiera. Se prohibieron los matrimonios entre africanos y alemanes. Los africanos también tenían prohibido caminar por las aceras y montar a caballo, y todos los africanos debían saludar a los alemanes que pasaban. En 1921 el Tratado de Versalles transfirió la colonia a Sudáfrica, que impuso entonces el sistema del apartheid en el territorio.

Aunque la publicación de Morenga (1978), una novela anticolonial de gran éxito de ventas escrita por Uwe Timm y adaptada posteriormente en una popular miniserie de tres capítulos, introdujo brevemente el suroeste de África en la conciencia de Alemania Occidental, quedó eclipsada por los crímenes de los nazis y el trauma de la división nacional de posguerra. Incluso después de la reunificación alemana y la independencia de Namibia de Sudáfrica en 1990, muchos alemanes sólo eran vagamente conscientes de las atrocidades cometidas en el suroeste de África o imaginaban que el proyecto colonial alemán era más ilustrado que los de Gran Bretaña, Francia y Bélgica.

Esta situación empezó a cambiar a principios de los años 80, en gran parte debido a la presión de los grupos herero y namas. Ambos pueblos han tenido escasa representación en el gobierno de Namibia desde la independencia. La Organización Popular de África Sudoccidental (SWAPO) ha dominado todas las elecciones desde 1990, en gran parte gracias al apoyo de los owambos (en las elecciones más recientes, en 2019, el partido obtuvo setenta y tres de los noventa y seis escaños del Parlamento). Y a pesar de los programas de redistribución de Namibia, una cantidad desproporcionada de tierras sigue perteneciendo a una pequeña minoría blanca. En 2003 la Herero People’s Reparations Corporation interpuso una demanda ante el Tribunal de Distrito de Columbia (Estados Unidos) para reclamar reparaciones a Alemania, un procedimiento posible gracias a la ley estadounidense Alien Tort Statute [que otorga competencia universal para juzgar crímenes cometidos por extranjeros contra extranjeros fuera de Estados Unidos], que permite a los extranjeros reclamar reparaciones por violaciones internacionales de los derechos humanos. El gobierno alemán alegó que era inmune a tales reclamaciones porque la Convención de la ONU contra el Genocidio de 1948 no podía aplicarse retroactivamente. Aunque la demanda fue finalmente rechazada, abrió la puerta a las negociaciones.

Mientras tanto, varios académicos -entre ellos Joachim Zeller, Henning Melber, Isabel Hull y, especialmente, Jürgen Zimmerer, catedrático de Historia de la Universidad de Hamburgo- empezaron a llamar la atención sobre los crímenes coloniales de Alemania. En 2001 Zimmerer publicó Deutsche Herrschaft über Afrikaner (El dominio alemán sobre los africanos), al parecer el primer libro en profundidad sobre la política del sudoeste de África alemán.

Se centra en los intentos de las autoridades alemanas de crear un utópico “estado racial” en la colonia. Aunque el libro es quizá demasiado detallado para el gran público, fue decisivo para disipar lo que Zimmerer describe como la “niebla” de la amnesia en torno al colonialismo alemán.

Esta niebla ha vuelto a disiparse en la última década. En 2016 el Museo Histórico Alemán de Berlín, el mayor y más importante museo de la historia alemana, acogió la primera gran exposición del país sobre su periodo colonial. La tantas veces retrasada finalización del Foro Humboldt -un museo que alberga objetos etnológicos en una reconstrucción del palacio Hohenzollern de Berlín- también ha llamado la atención sobre la historia colonial alemana. A medida que crecían las protestas contra la desigualdad racial en el extranjero y en Alemania, activistas y académicos argumentaban que los responsables del foro no habían hecho lo suficiente para investigar la procedencia de muchos de sus objetos. Como resultado, se han producido verdaderos cambios en la política cultural. El verano pasado Alemania firmó un acuerdo pionero con Nigeria para repatriar todos sus Bronces de Benín, esculturas saqueadas por las tropas británicas en 1897 que posteriormente fueron vendidas o donadas a varios museos europeos y estadounidenses. La secretaria de Estado de Cultura, Claudia Roth, anunció a principios de 2022 que estaba considerando una restitución más amplia, añadiendo que los crímenes de la época colonial eran “una mancha blanca en la cultura de la memoria”.

Los esfuerzos por encontrar un terreno común con los hereros y los namas siguen siendo más delicados. A finales de 2021 el nuevo gobierno alemán dirigido por el socialdemócrata Olaf Scholz presentó un acuerdo de coalición con los Verdes y los Liberales Demócratas (FDP), en el que hacía vagas promesas de encargar estudios independientes sobre el colonialismo alemán y empezar a desarrollar un “sitio de aprendizaje y memoria del colonialismo”. También prometió “avanzar en la investigación sobre la historia colonial” e impulsar la “reconciliación” con Namibia.

Esto no será algo fácil. El gobierno namibio ha dado marcha atrás en su plan de ratificar el acuerdo de reconciliación y ha pedido que se renegocie, y el gobierno alemán ha rechazado hasta ahora las peticiones de reanudar las conversaciones. Las conversaciones serían una prueba para la ministra de Asuntos Exteriores de los Verdes, Annalena Baerbock, que ha prometido llevar a cabo una política exterior acorde con los principios progresistas, verdes y feministas de su partido.

Es probable que las nuevas conversaciones tengan que implicar directamente a los Hereros y Namas y a sus diásporas, que probablemente exijan que cualquier pago sea reconocido oficialmente como reparación. Sin embargo, esta concesión probablemente será rechazada por los negociadores alemanes, ya que podría exponer a Alemania a reclamaciones similares de Grecia e Italia, que exigen compensaciones por los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial. También reforzaría las acciones legales de otras antiguas colonias contra las potencias europeas y podría dar lugar a una nueva oleada de demandas.

El debate sobre la reconciliación se ha complicado por otros acontecimientos. En la primavera de 2020 estalló un extraño conflicto por la decisión de la Trienal del Ruhr, un festival de arte del oeste de Alemania, de invitar al académico camerunés Achille Mbembe a dar una conferencia. Después de que un político local citara pasajes de la obra de Mbembe fuera de contexto -en ellos se establecían paralelismos entre el Holocausto y el apartheid sudafricano y se criticaban las acciones de Israel en Palestina-, el comisario federal alemán para el antisemitismo, Felix Klein, dijo que tales comparaciones entre la Shoah y otros acontecimientos históricos representaban un “patrón antisemita reconocible” y pidió que se anulara la invitación a Mbembe.

Aunque el festival se canceló finalmente a causa del covid, la intervención de Klein indignó a muchos en la izquierda que consideraban que Mbembe y otros deberían poder sugerir vínculos entre los crímenes coloniales y el Holocausto. Los directores de más de treinta instituciones culturales, entre ellas el Deutsches Theater de Berlín y el Moses Mendelssohn Zentrum für europäisch-jüdische Studien de Potsdam, firmaron una carta en la que afirmaban que “la responsabilidad histórica de Alemania no debe conducir a una deslegitimación moral o política general de otras experiencias históricas de violencia y opresión”.

Desde entonces, periodistas e historiadores discuten sobre este tema en los medios de comunicación alemanes. El debate recuerda a la Historikerstreit, la “polémica entre historiadores”, de los años ochenta, que estalló después de que el historiador Ernst Nolte argumentara que Alemania no tenía una carga excepcional de culpa por el Holocausto, ya que se habían producido masacres antes y no eran históricamente únicas. Jürgen Habermas argumentó que tales comparaciones minimizaban la responsabilidad alemana y que el Holocausto debía considerarse un acontecimiento histórico único. La opinión de Habermas acabó convirtiéndose en la piedra angular del enfoque alemán de la cultura conmemorativa.

En la llamada Historikerstreit 2.0, Zimmerer -que es el investigador más conocido que ha estudiado los vínculos entre el Sudoeste de África alemán y el Tercer Reich- es uno de los muchos historiadores que defienden una visión comparativa. Deja claro que no cree que los genocidios de los herero y los namas fueran una repetición del Holocausto ni que ambos fueran equivalentes en escala o motivación. Pero sostiene que examinando los paralelismos entre ambos se puede obtener una imagen más clara de las fuerzas que gobiernan la historia alemana y mundial:

“Para la historia alemana, el genocidio del suroeste de África es significativo en dos sentidos. Por un lado, demostró la existencia de fantasías genocidas de violencia (y acciones posteriores) en el ejército y la administración alemanes desde principios del siglo XX y, por otro, popularizó esta violencia, contribuyendo así a su legitimación”.

Zimmerer escribe que “las experiencias coloniales representan una reserva cultural de prácticas culturales que podían ser utilizadas por quienes estaban al servicio de los nacionalsocialistas”. En las décadas de 1920 y 1930 el suroeste de África alemán fue objeto de romanticismo en monumentos públicos, programas escolares, películas y libros, incluido un género popular conocido como “Kolonialliuteratur” [literatura colonial]. Hasta 1945, el libro para jóvenes lectores más vendido en Alemania fue “El viaje de Peter Moor al Sudoeste”, de Gustav Franssen, que narra la historia de un joven que se presenta voluntario como soldado en la colonia alemana y participa heroicamente en la campaña contra los hereros y los namas. Zimmerer sostiene que estas influencias culturales contribuyeron a reforzar el apoyo a las políticas nazis basadas en la diferencia racial y el antisemitismo.

Señala que los geógrafos afiliados a la Universidad Friedrich-Wilhelm de Berlín (actual Universidad Humboldt) participaron en el diseño de la política colonial a finales del siglo XIX y principios del XX, y fomentaron las políticas expansionistas que condujeron a la ocupación de Europa del Este bajo el Tercer Reich. Los antropólogos que más tarde se convirtieron en los principales defensores de la “biología racial” en la Alemania nazi se vieron influidos por las investigaciones realizadas en las colonias alemanas de África. Algunas de las normas impuestas durante la ocupación nazi de Polonia -prohibición de que los polacos montaran en bicicleta y entraran en los cines, obligación de que todos los polacos saludaran a los alemanes que pasaban por delante- se hicieron eco de las políticas instituidas previamente en el suroeste de África.

Zimmerer también sostiene que “la interpretación biológica de la historia del mundo -la creencia de que un Volk necesita asegurarse un espacio para sobrevivir- es uno de los paralelismos fundamentales entre el colonialismo y la política expansionista nazi” en Europa del Este. El Plan General Ost de Hitler preveía que grandes partes de Europa Central y Oriental y de la Unión Soviética fueran vaciadas de sus habitantes y colonizadas por agricultores alemanes. Se haría un esfuerzo especial para reclutar colonos que hubieran vivido previamente en las colonias africanas. En 1941 Hitler dijo de Ucrania: “El territorio ruso es nuestra India, y al igual que los británicos la gobiernan con un puñado de personas, nosotros gobernaremos nuestro territorio colonial”.

En Die Zeit en 2021, Zimmerer y el académico estadounidense Michael Rothberg señalaron que “la prohibición de las comparaciones y la contextualización conduce a la escisión de la Shoah de la historia”. Tal prohibición socavaría los intentos de aprender de la historia: si un acontecimiento singular sólo puede ocurrir una vez, no hay por qué preocuparse de que vuelva a ocurrir.

Algunos han argumentado que los defensores del punto de vista comparativo distorsionan la naturaleza ideológica del Holocausto e ignoran la historia particular del antisemitismo en Europa. El historiador Saul Friedländer escribe:

“No es una cuestión de creencia si el Holocausto debe considerarse singular o no, ya que difiere no sólo en aspectos individuales de otros crímenes históricos, sino a un nivel fundamental… El antisemitismo nazi no sólo pretendía erradicar a los judíos como individuos (primero mediante la expulsión y luego mediante el exterminio), sino también borrar todo rastro del ‘judío’”.

En otras ocasiones, algunos comentaristas han afirmado falsamente que los estudiosos poscoloniales quieren equiparar el Holocausto con los crímenes coloniales. En ocasiones se ha convertido en un caballo de batalla por delegación de las opiniones progresistas estadounidenses sobre la justicia racial. El editor y periodista Thomas Schmid acusó a Zimmerer de formar parte de un intento “zeitgeist”, traducible por estar a la moda del tiempo, importado de Estados Unidos, de “situar el Holocausto detrás del colonialismo”, lo que “se corresponde con la cultura contemporánea de sospecha general sobre el hombre blanco (y sobre la mujer blanca)”.

La nueva Historikerstreit surgió de una confluencia de factores: el debate sobre las reparaciones, la reacción contra el Foro Humboldt y, de forma más general, el auge en Alemania de un sentido globalizado de la historia, en el que los debates sobre la esclavitud en Estados Unidos y el colonialismo en Reino Unido, por ejemplo, se trasladan a menudo a experiencias locales. Pero también ha coincidido con un debate sobre la identidad alemana y sobre cómo conciliar la imagen que Alemania tenía de sí misma tras la guerra, centrada en gran medida en la expiación y la culpa por el Holocausto, con su condición moderna de país definido por la inmigración.

En los últimos diez años, la proporción de residentes alemanes inmigrantes o de padres inmigrantes ha aumentado del 19 al 27 por cien. Muchos de estos recién llegados proceden de países colonizados por potencias europeas. Los activistas han abogado por ampliar la identidad alemana para incluir a los inmigrantes de África u Oriente Medio, por ejemplo, argumentando que su mayor trauma histórico fue el colonialismo, no la Segunda Guerra Mundial.

En un comentario sobre la Historikerstreit 2.0 de la Neue Zürcher Zeitung, el periodista Thomas Ribi escribió que la cultura de la memoria alemana no debería cambiar para dar cabida a estos recién llegados, porque los inmigrantes han sido la fuente de una nueva ola de violencia contra los judíos: “La inmigración de los últimos años ha ‘enriquecido’ a Alemania con una nueva forma de antisemitismo, derivada del islam”. Es cierto que el antisemitismo es un problema en algunas comunidades de inmigrantes, especialmente los procedentes de Oriente Medio, pero las estadísticas oficiales sugieren que la mayoría de los ataques antisemitas en Alemania los llevan a cabo miembros de la extrema derecha teutona. Está claro que el enfoque actual de la cultura alemana de la memoria -y su resistencia a vincular el Holocausto con el colonialismo- tampoco es infalible.

En otoño de 2021 Habermas se sumó al debate. En Philosophie Magazin, insiste en que la singularidad del Holocausto no significa “que la autocomprensión política de los ciudadanos de una nación pueda congelarse”, y sostiene que la transformación del país en la última década exige una reevaluación de la imagen que se tiene de sí mismo. Cuando un inmigrante llega a Alemania, escribe, “adquiere al mismo tiempo la voz de un conciudadano, que ahora cuenta en la esfera pública y puede cambiar y ampliar nuestra cultura política”. La imaginación política de Alemania debe “desarrollarse de tal manera que los miembros de otras formas culturales de vida puedan identificarse con su herencia y, si es necesario, también con su historia de sufrimiento”.

El debate ha operado a menudo bajo el supuesto de que la memoria es de operación de suma cero, y que un mayor reconocimiento de los crímenes coloniales devaluaría la importancia histórica del Holocausto. Rothberg ofrece una visión alternativa en “Multidirectional Memory: Remembering the Holocaust in the Age of Decolonization” (Stanford University Press, 2009, Petra 2018. (Memoria multidireccional. Repensar el Holocausto en la era de la descolonización), que agudizó este debate cuando se publicó en Alemania en 2021. Sostiene que “el Holocausto a menudo se enfrenta a historias globales de racismo, esclavitud y colonialismo en un feo concurso de victimismo comparativo”, pero que “la memoria debe ser vista como multidireccional: como sujeta a negociación continua, referencias cruzadas y préstamos; como productiva, no privativa”.

En 2021 Zimmerer y Rothberg argumentaron en Die Zeit que “la solución no puede ser el recuerdo ritualizado y las invocaciones a la imposibilidad de comparación global del Holocausto, sino ideas que exploren el lugar histórico del Holocausto en la historia mundial y preguntas sobre las formas en que su memoria está ahora entrelazada con los acontecimientos mundiales de posguerra”.

Si este fuera el enfoque histórico de la Shoah, escriben, “el resultado final no sería menos responsabilidad alemana, sino más; no menos, sino más lucha contra el antisemitismo y el racismo”. ¿No debería ser éste el objetivo de cualquier debate sobre el Holocausto y los crímenes del nacionalsocialismo?

Un enfoque de este tipo también permite un relato más coherente de la historia alemana, en la cual el Tercer Reich no se ve como una anomalía malévola, sino más bien como una convergencia de acontecimientos que incluyen el colonialismo. Reexaminar los vínculos entre el Tercer Reich, el genocidio de los hereros y los namas y otros crímenes coloniales es arrojar una luz más crítica sobre un arco más amplio de la historia alemana, incluido el periodo wilhelmiano (1871-1914). Significa comprender que el colonialismo tuvo consecuencias a largo plazo no sólo para los colonizados, sino también para los colonizadores.

En un ensayo publicado en 2017 en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, el novelista alemán Navid Kermani, nacido de padres iraníes, hablaba conmovedoramente de la importancia de la vergüenza en el desarrollo de su sentimiento de pertenencia nacional. La primera vez que se sintió alemán, escribió, fue durante una visita a Auschwitz: “Cualquiera que se naturalice alemán también tendrá que soportar la carga de ser alemán”. A continuación resumió la identidad alemana parafraseando a un rabino polaco, Nahman de Bratslav: “No hay nada más íntegro que un corazón roto”. El camino hacia el autoconocimiento y la armonía, en otras palabras, debe pasar por un sentimiento compartido de vergüenza.

El único monumento conmemorativo de Berlín a las víctimas del genocidio de los herero y los namas se encuentra en un cementerio cercano a Tempelhof, un aeropuerto convertido en parque en el extremo sureste del centro de la ciudad, y sigue siendo desconocido para la mayoría de los berlineses. En un rincón cubierto de maleza, los visitantes pueden encontrar una lápida de granito de 1907 con una inscripción que conmemora a siete soldados alemanes que “lucharon voluntariamente en los campos del suroeste de África y murieron como héroes”. En 2009, gracias a la presión de los activistas, se instaló una placa negra bajo esta inscripción para honrar a las “víctimas del dominio colonial alemán en Namibia”. No incluye la palabra “genocidio”, pero en la parte inferior lleva una cita de Wilhelm von Humboldt, filósofo y reformador educativo prusiano: “Sólo una persona que conoce el pasado tiene futuro”.

Otros monumentos al colonialismo alemán se han “completado” con placas que denuncian sus crímenes, en Bremen y Gotinga, tras ataques y manifestaciones de militantes.

Thomas Rogers https://www.nybooks.com/articles/2023/03/09/the-long-shadow-of-german-colonialism-thomas-rogers/

El mundo observa la Guerra de Ucrania con ojos diferentes a los nuestros

En octubre del año pasado, ocho meses después del inicio de la Guerra de Ucrania, la Universidad de Cambridge realizó una encuesta en las que preguntó a personas de 137 países diferentes su opinión acerca de Occidente, Rusia y China.

De los 6.300 millones de personas que viven fuera de Occidente, el 66 por cien tiene una opinión positiva de Rusia y el 70 por cien de China. El 75 por cien de los encuestados en el sur de Asia, el 68 por cien de los encuestados en el África francófona y el 62 por cien de los encuestados en el sudeste asiático tienen una opinión positiva de Rusia. La opinión pública sobre Rusia sigue siendo positiva en Arabia Saudí, Malasia, India, Pakistán y Vietnam (*).

Los resultados han sorprendido en Occidente, que se creía el ombligo del mundo. A los intoxicadores de las grandes cadenas de propaganda les resulta difícil entender que dos tercios de la población mundial no estén del lado de la OTAN en la Guerra de Ucrania.

El Ministro de Asuntos Exteriores indio, S. Jaishankar, lo resumió en una entrevista reciente: “Europa tiene que salir de la mentalidad de que los problemas de Europa son los problemas del mundo, pero los problemas del mundo no son los problemas de Europa”.

La mayor parte de los países del mundo soportan una pesada deuda exterior, de la que son benefiarios un pequeño grupo de especuladores asentados en los países occidentales. También padecen la pobreza, la escasez de alimentos, las sequías y los altos precios de la energía. Sin embargo, Occidente apenas ha prestado atención a la gravedad de esos problemas. A pesar de ello quiere que los países periféricos se unan a las sanciones que, aunque aparentemente están dirigidas contra Rusia, afectan a cualquier otro país del mundo que comercia con Rusia.

Las sanciones, pues, van dirigidas contra todos los países del mundo.

Occidente causa problemas que el resto del mundo tiene que sorportar

Muchos países de América Latina, África y Asia ven la Guerra de Ucrania desde una perspectiva diferente a la de Occidente. Para ellos esa guerra es un conflicto europeo, no internacional.

Los países periféricos también ven a la Rusia actual como la sucesora de la antigua Unión Soviética. Recordando la ayuda de la URSS, siguen viendo a Rusia bajo una luz muy favorable.

Son sus antiguas potencias coloniales las que se han agrupado en una alianza, en su mayoría miembros de la Unión Europea y la OTAN o los aliados más cercanos de Estados Unidos en la región Asia-Pacífico. Dicha alianza está formada por países que han sancionado a Rusia. En cambio, muchos países asiáticos, y casi todos los países de Oriente Medio, África y América Latina, intentan mantener buenas relaciones con ambas partes, Rusia y Occidente, evitando las sanciones. Eso se debe a que recuerdan la historia que vivieron bajo las políticas coloniales de Occidente, un trauma con el que aún conviven pero que Occidente ha querido olvidar.

El apoyo de la Unión Soviética, tanto moral como material, fue lo que ayudó a los sudafricanos a derrocar el régimen del apartheid. Por esas y otras razones muchos países africanos siguen viendo con buenos ojos a Rusia. Cuando obtuvieron su independencia, fue la Unión Soviética la que los apoyó. La presa egipcia de Asuán, terminada en 1971, fue diseñada por el Instituto de Proyectos Hidráulicos, con sede en Moscú, y financiada en gran parte por la Unión Soviética. La planta siderúrgica de Bhilai, uno de los primeros grandes proyectos de infraestructuras de la recién independizada India, fue desarrollada por la URSS en 1959.

Otros países que se beneficiaron del apoyo político y económico de la antigua Unión Soviética fueron Ghana, Malí, Sudán, Angola, Benín, Etiopía, Uganda y Mozambique. El 18 de febrero, en la cumbre de la Unión Africana celebrada en Addis Abeba, Etiopía, el ministro de Asuntos Exteriores de Uganda, Jeje Odongo, declaró: “Hemos sido colonizados y hemos perdonado a quienes nos colonizaron. Ahora los colonizadores nos piden que seamos enemigos de Rusia, que nunca nos colonizó. ¿Es justo? No para nosotros. Sus enemigos son sus enemigos. Nuestros amigos son nuestros amigos”.

La Guerra de Ucrania tiene que ver con el futuro de Europa no con el mundo

La historia de la Guerra Fría ha enseñado a los países en desarrollo que enredarse en los conflictos entre grandes potencias conlleva riesgos, pero no les aporta ningún beneficio. Consideran que la Guerra de Ucrania tiene más que ver con el futuro de la seguridad europea que con el futuro del resto del mundo. Desde el punto de vista de esos países, la guerra parece una costosa distracción de sus propios problemas: la subida de los precios de los combustibles y los alimentos, el aumento de los costes de la deuda y la inflación, todo ello exacerbado por las sanciones occidentales contra Rusia.

Un reciente estudio sugiere que hasta 140 millones de personas podrían verse abocadas a la pobreza extrema como consecuencia de la subida de los precios de la energía. No sólo repercuten directamente en la factura energética, sino que también presionan al alza los precios a lo largo de las cadenas de suministro y, en última instancia, en los bienes de consumo, incluidos los alimentos y otros artículos de primera necesidad. Esta inflación generalizada perjudica inevitablemente más a los países en desarrollo que a los occidentales.

Los países en desarrollo están alarmados por la incapacidad de Occidente para entablar negociaciones que podrían haber puesto fin a la guerra, empezando por la oportunidad perdida en diciembre de 2021, cuando Rusia propuso una revisión de los tratados de seguridad para Europa que podría haber evitado la guerra, pero que fue rechazada por Occidente.

Las conversaciones de paz de abril de 2022 en Estambul también fueron rechazadas por Occidente, porque las grandes potencias creen que pueden debilitar a Rusia en una guerra de desgaste.

Estados Unidos ya no domina la economía mundial

La economía mundial ya no está dominada por Estados Unidos ni dirigida por Occidente. Ahora los países periféricos tienen otras opciones. Muchos países ven que su futuro está ligado a países que ya no están dentro de la esfera de influencia de Occidente.

La cuota de Estados Unidos en la producción mundial ha caído del 21 por cien en 1991 al 15 por cien en 2021, mientras que la de China ha aumentado del 4 por cien al 19 por cien en el mismo periodo. China es el mayor socio comercial de la mayoría de los países del mundo, y su PIB en términos de paridad de poder adquisitivo ya supera al de Estados Unidos. En 2021 el PIB combinado de los Brics (Brasil, Rusia, China, India y Sudáfrica) ascendía a 42 billones de dólares, frente a los 41 billones del G7 que encabeza Estados Unidos. Su población de 3.200 millones de habitantes es más de 4,5 veces la población combinada de los países del G7, que suman 700 millones de habitantes.

Los Brics no imponen sanciones a Rusia ni suministran armas al bando contrario. Rusia es un importante proveedor de energía y cereales alimentarios para los países periféricos, mientras que la iniciativa china de la Nueva Ruta de la Seda es un importante proveedor de financiación y proyectos de infraestructuras. Cuando se trata de créditos, alimentos, energía e infraestructuras, la mayor parte de los países del mundo confían en China y Rusia más que en Occidente.

La Organización de Cooperación de Shanghai también crece. Cada vez más países quieren unirse a los Brics y algunos utilizan ahora monedas que les alejan del dólar, el euro y Occidente. Mientras tanto, algunos países europeos corren el riesgo de desindustrializarse debido al aumento del coste de la energía. Eso revela la vulnerabilidad económica de Occidente que no era tan evidente antes de la Guerra de Ucrania.

El futuro de los países en desarrollo está cada vez más claramente ligado a países fuera de la esfera de influencia occidental.

En el orden internacional impera la ley del embudo

El llamado “orden internacional basado en normas” ha sido el baluarte de la posguerra, pero los países periféricos consideran que ha sido diseñado por Occidente e impuesto unilateralmente a otros países. No participaron en su creación sino que tuvieron que adherirse a él. No es que se opongan a un orden internacional basado en normas, sino al contenido de dichas normas tal y como han sido impuestas por las grandes potencias.

También hay que preguntarse si Occidente se aplica a sí mismo ese orden internacional basado en normas. Durante décadas, muchos países han sentido que Occidente manejaba el mundo a su antojo sin tener en cuenta las reglas del juego. Varios países han sido invadidos a su antojo, normalmente sin la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. Entre ellos están la antigua Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia y Siria. ¿Bajo qué reglas fueron atacados o devastados esos países? ¿Esas guerras fueron provocadas o no? Assange languidece en prisión y Snowden permanece en el exilio por tener la audacia de exponer las verdades que se esconden tras estas agresiones y otras similares.

Las grandes potencias han impuesto sanciones económicas a más de 40 países, lo que acarrea penurias y sufrimientos considerables a la población. ¿En qué normas internacionales ha basado Occidente esas sanciones? ¿Por qué siguen congelados los activos de Afganistán en bancos occidentales cuando el país se enfrenta a la inanición y el hambre? ¿Por qué el oro venezolano sigue secuestrado en Reino Unido, cuando el pueblo venezolano vive al nivel de subsistencia? ¿En virtud de qué “orden basado en normas” destruyeron Estados Unidos y Noruega los oleoductos Nord Stream?

Esas cosas eran sabidas y la guerra en Ucrania las ha hecho aún más evidentes.

(*) https://www.bennettinstitute.cam.ac.uk/publications/a-world-divided/

Krishen Mehta https://usrussiaaccord.org/acura-viewpoint-krishen-mehta-the-ukraine-war-viewed-from-the-global-south/

La secretaria del Tesoro viaja en secreto a Kiev con el talonario de cheques

A Ucrania hay que viajar con la cartera llena, el talonario de cheques y la tarjeta de crédito. Primero fue BlackRock, luego la banca JPMorgan y, finalmente, la secretaria del Tesoro, Janet Yellen, que ha viajado en secreto a Kiev porque no hay otra manera de mantener en funcionamiento las escuelas, hospitales y otros servicios esenciales de Ucrania que el dinero de Estados Unidos.

El viaje llega una semana después de la visita de Biden para reafirmar que Washington respaldará al gobierno de Kiev “todo el tiempo que haga falta”. Pero las encuestas muestran un creciente escepticismo entre los estadounidenses sobre el costo y algunos congresistas piden un mayor control del dinero enviado a Ucrania, que está llenando los bolsillos de políticos, funcionarios y altos oficiales del ejército ucraniano.

Sin esa financiación, los ucranianos “no podrían tener niños que siguieran yendo a la escuela y padres que sigan yendo a trabajar”, dijo Yellen en una entrevista antes de su viaje. “No podrían financiar a los equipos de primera intervención ni a los hospitales, ni prestar los servicios básicos del Gobierno que son totalmente necesarios para que el país funcione”.

Yellen, que entró a Kiev cuando aún sonaban las sirenas tras los ataques nocturnos de drones rusos en todo el país, se reunió con Zelensky y el Primer Ministro Denys Shmyhal. También visitó a profesores y administradores de una escuela, cuyos salarios paga directamente Estados Unidos.

La secretaria del Tesoro anunció el desembolso de los primeros 1.250 millones de dólares de la nueva ayuda económica, de un total de 10.000 millones prometidos por La Casa Blanca. Estados Unidos ya ha proporcionado casi 50.000 millones de dólares a Ucrania, la mayoría en ayuda militar.

Yellen también depositó una corona de flores en un muro conmemorativo en honor de los caídos en la guerra, y dedicó varios minutos a contemplar los tanques y la artillería rusos destruidos que estaban expuestos.

“Es realmente importante que los estadounidenses entiendan que necesitamos proporcionar bienes relacionados con la defensa, pero también tienen que entender que este es un país que necesita y se está beneficiando de la ayuda económica, y que es dinero que está bien gastado”, dijo. Yellen elogió al gobierno ucraniano por su comportamiento ejemplar en la lucha contra la corrupción.

Desde el año pasado el gobierno ucraniano ha recurrido a los especuladores extranjeros para financiar su presupuesto de guerra. El déficit puede alcanzar unos 38.000 millones de dólares este año y la población no dispone de suministros fiables de electricidad, calefacción y agua.

“Estamos comprometidos a proporcionarle la asistencia de seguridad que necesita para defender a su país”, dijo Yellen en su reunión con Zelensky. “Pero también sabemos que la resistencia en el frente no es posible sin un frente interno fuerte y estable: una economía que funcione y un gobierno que siga prestando servicios vitales”.

En las reuniones del Grupo de los 20 celebradas la semana pasada en Bengaluru, India, Yellen intensificó los llamamientos a otros países para que presten apoyo financiero a Ucrania e instó al Fondo Monetario Internacional a que avance rápidamente hacia un programa completo para el país. En la reunión del G-20 no se llegó a una declaración consensuada.

El FMI y Ucrania han estado estudiando un paquete de ayuda plurianual por valor de hasta 16.000 millones de dólares para ayudar a cubrir las necesidades del país y servir de catalizador para financiación internacional adicional. El G7 instó al FMI a completar las conversaciones sobre un programa para Ucrania y esperan llegar a un acuerdo para una nueva financiación a finales de marzo.

Yellen ha discutido el programa de préstamos con la directora del FMI, Kristalina Gueorguieva, en los últimos días. Los equipos del Tesoro y del FMI están en contacto diario.

—https://www.bloomberglinea.com/2023/02/27/yellen-viaja-en-secreto-a-kiev-para-reforzar-el-apoyo-de-eeuu-a-ucrania/

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