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Día: 2 de octubre de 2022 (página 1 de 1)

El cabecilla de Pfizer se niega a rendir cuentas ante el Parlamento europeo

Los contactos de alto nivel entre Albert Bourla y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, antes del multimillonario contrato sobre las vacunas contra el coronavirus son objeto de una investigación por parte del Parlamento Europeo.

El director general de Pfizer, Albert Bourla, se ha negado de declarar ante la comisión especial del Parlamento sobre la pandemia, donde debía responder a preguntas sobre las negociaciones secretas sobre vacunas con las multinacionales farmacéuticas.

La negativa sigue a un informe de auditoría sobre la estrategia de adquisición de vacunas de la Unión Europea publicado a principios de este mes, que planteó nuevas preguntas sobre los contactos de Bourla con la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, antes de la firma del contrato multimillonario sobre la compra de vacunas.

El jefe del gigante farmacéutico estadounidense, principal proveedor de las vacunas a la Unión Europea, debía comparecer ante la comisión el 10 de octubre. El comité se reúne con los principales funcionarios que participaron en las negociaciones secretas.

Otros ejecutivos del sector farmacéutico se dirigieron al comité, entre ellos el director general de Moderna y altos ejecutivos de AstraZeneca y Sanofi.

La presidenta de la comisión, la eurodiputada belga Kathleen Van Brempt, ha declarado que “lamentaba profundamente” la decisión del cabecilla de Pfizer.

Tras una visita a la sede de Biontech la semana pasada, Van Brempt dijo en una declaración escrita que estaba deseando discutir “con otros directores generales”, incluido Bourla, director general de Pfizer.

El informe, elaborado por el Tribunal de Cuentas Europeo, constató que von der Leyen había participado directamente en las negociaciones preliminares del mayor contrato de vacunas de la UE, por hasta 1.800 millones de dosis de la vacuna de Pfizer, que se cerró en mayo del pasado año. Esto se aleja del procedimiento de negociación seguido para otros contratos, en los que un equipo negociador conjunto de funcionarios de la Comisión y de los Estados miembros lleva a cabo las conversaciones exploratorias.

El organismo de control de la Unión Europea también señaló que la Comisión se negó a proporcionar cualquier registro de las discusiones con Pfizer, ya sea en forma de actas, nombres de expertos consultados, términos acordados u otras pruebas.

En 2021 el New York Times informaba de la aparente relación entre Bourla y von der Leyen, que se intercambiaban mensajes de texto en el período previo al acuerdo. El diciembre del pasado año ya explicamos los vínculos del marido de Von der Layen con la industria farmacéutica, en general, y con Pfizer en particular.

—https://www.politico.eu/article/pfizer-ceo-albert-bourla-pulls-out-of-testifying-to-eu-parliament-covid-panel/

La crisis económica profundiza todas las grietas internas de la Unión Europea

A medida que la crisis energética se agrava en el Viejo Continente, las grietas de la unidad europea, antes poco visibles, empiezan a aparecer a plena luz del día. Acaba de surgir una nueva manzana de la discordia: el gigantesco paquete de subvenciones anunciado por Alemania -200.000 millones de euros- para proteger su economía amenazada por la recesión debido a la subida de los precios de la electricidad.

Es pura competencia desleal. Mario Draghi ha criticado abiertamente el apoyo del gobierno de Olaf Scholz a las empresas privadas. “No podemos dividirnos en función del margen de maniobra de nuestros presupuestos nacionales”, dijo el Primer Ministro italiano en funciones.

Al pedir que se “eviten las distorsiones peligrosas e injustificadas del mercado interior”, Draghi puso de relieve un problema que aumentará en los próximos meses. Los países más ricos y menos endeudados, como Alemania, disponen de más recursos que los Estados de Europa Central y Oriental, o los países sobreendeudados, como Italia, Grecia y España.

Thierry Breton también ha afirmado que el plan alemán debería “examinarse en detalle” y evaluar su “impacto en la igualdad de condiciones en el mercado interior”. El Comisario Europeo de Mercado Interior pidió que el apoyo a las empresas “se haga de forma muy transparente, en consulta y con coherencia europea”.

El anuncio alemán se produjo en vísperas de una reunión de los ministros europeos de Energía, cuando Berlín está bloqueando una de las medidas clave defendidas por otros gobiernos europeos: la introducción de un precio máximo para el gas. El gobierno de Scholz teme que ese tope provoque una escasez de gas. Sobre todo porque uno de cada diez fabricantes alemanes ya ha reducido su producción debido a los precios de la energía.

Esta batalla interna entre los europeos ensombrece el futuro de la Unión. El viernes los Veintisiete acordaron medidas sin precedentes que habrían sido inimaginables hace sólo unas semanas: cada Estado miembro tendrá que tomar medidas para reducir su consumo de electricidad en un 5 por cien en las horas punta entre el 1 de diciembre y el 31 de marzo. Los Estados miembro también tendrán que recuperar parte de los beneficios excesivos obtenidos por algunos productores de electricidad de bajo coste (nuclear, carbón, renovables).

Los beneficios generados cuando la electricidad se venda a más de 180 euros por megavatio-hora entre el 1 de diciembre y el 30 de junio tendrán que ser confiscados para financiar medidas de apoyo a los consumidores, como la congelación de los precios al por menor.

La tercera medida es que los Veintisiete tendrán que gravar a las empresas petroleras por sus actividades de producción y refinado de petróleo en Europa. Se aplicará un tipo mínimo del 33 por cien a los beneficios de este año, considerados excesivos (beneficios un 20 por cien superiores a la media de los últimos cuatro años).

Los cálculos que se manejan en Bruselas son que los gravámenes a los productores de electricidad y a las compañías petroleras permitirán recaudar 140.000 millones de euros, lo que equivale a un 1 por cien del PIB de la Unión Europea. Ese dinero debería ayudar a los países a financiar medidas de crisis como la congelación de las tarifas del gas y la electricidad.

Es el cuento de la lechera. No van a recaudar tanto dinero, pero aunque lo lograran, no sería suficiente. La factura energética del Viejo Continente es del orden del 6 por cien del PIB en los próximos dos años.

Soviets y electricidad: la receta de Lenin no salvó a la URSS pero puede salvar a Rusia

Rusia es la mayor potencia energética del mundo, con gran diferencia respecto a cualquier otro país, y no sólo por sus abundantes recursos naturales, sino por tecnología energética. Es lo mismo referirse al carbón, que al petróleo, al gas, o a la energía nuclear. Rusia está muy por delante de cualquier otro país del mundo porque así se planificó desde los primeros tiempos de la URSS.

Hace poco se celebraron 100 años de la creación de la Goelro, el acrónimo de la Comisión Estatal para la Electrificación de Rusia, fundada por Lenin. Empezó a marcar la diferencia entre la dirección consciente de la economía bajo el socialismo y los vaivenes de los mercados en el capitalismo. Los planes quinquenales siguieron esa misma política estratégica de dar prioridad a la energía, a la industria siderúrgica y a la tecnología. Sin ellos la URSS no hubiera logrado sobrevivir y Rusia tampoco.

A veces la política soviética se resume en una conocida frase de Lenin: el socialismo son los soviets y la electricidad. A Rusia le quitaron los soviets, pero no lograron arrebatarle la energía. Si el imperialismo quiere destruir a Rusia es, entre otras razones, para apoderarse de sus fuentes de energía.

Desde 1973 se dice que las guerras modernas tienen su origen en el petróleo, lo cual es cierto en buena parte. Por lo menos, es cierto para Rusia por un motivo evidente: cuando la URSS fue capaz de satisfacer sus necesidades energicas y las de los demás países del Bloque del Este, empezó a exportar petróleo a Europa, y desde entonces todos los esfuerzos de Estados Unidos han tratado de impedirlo. Volar los gasoductos es volar el acercamiento de Europa a Rusia (y de Rusia a Europa) que se inició con la “Ostpolitik” de la socialdemocracia alemana.

En 1970 el gobierno socialdemócrata de Willy Brandt rompió el embargo impuesto por Estados Unidos en 1962 para suministrar tuberías de gran diámetro a la URSS para la finalización del último tramo del gasoducto Druzhba (“Amistad”) que desde 1973 ha suministrado a Alemania 3.000 millones de metros cúbicos de gas soviético cada año a precios que no tienen competencia en el mercado mundial.

La recuperación de la industria alemana y su capacidaad exportadora debe mucho a los suministros de gas soviético.

Diez años más tarde, Reagan autorizó en una orden secreta la voladura de aquellas primeras tuberías que empezaban a trasladar gas a Europa por encima y por debajo del muro de Berlín. Además impuso un embargo sobre la entrega de cualquier equipo para la exploración de petróleo y gas natural a la URSS. El embargo sembró la confusión en la cumbre del G7 celebrada en Versalles en junio de 1982.

Reagan también anunció sanciones contra cualquier productor europeo que abasteciera a los soviéticos con los suministros necesarios, lo que entonces se consideró en Europa como la típica intromisión estadounidense contra Europa.

El embargo se levantó en noviembre de 1982 y la URSS empezó a construir el oleoducto Urengoy-Pomary-Uzhhorod con una capacidad de 28.000 millones anuales de barriles de crudo. Fue volado por la CIA mediante uno de los primeros sabotajes informáticos que ha conocido la historia, lo que retrasó su entrada en funcionamiento.

Pero las tuberías no sólo tienen el problema del origen y el destino, sino el del recorrido que atraviesan. En 1970, a pesar de que se había firmado el Tratado de Moscú sobre el reconocimiento mutuo de la República Federal de Alemania y la República Democrática Alemana, los occidentales exigieron a Moscú que el nuevo oleoducto pasara por alto el territorio oriental y entrara por Checoslovaquia.

Del mismo modo, el Nord Stream 2 se tuvo que tender por el fondo marino del Báltico para sortear a países, como Ucrania y Polonia, que siguen a ciegas los dictados que les llegan de Washington. Ni en Berlín ni en Moscú se fiaban de los nuevos perritos falderos de Estados Unidos en el este de Europa.

Ucrania no sólo perdió el gas que le llegaba de Rusia, sino también el dinero que dejaba el tránsito. Los 56.000 millones de metros cúbicos que pasaban por el gasoducto hacia Alemania dejaban 3.000 millones de dólares en ingresos cada año.

Como casi todos los políticos rusos, Putin llegó a la Presidencia suspirando por mejorar sus lazos con Europa, mientras Estados Unidos no ha tenido otro propósito que destruirlos, como ilustra el caso de Mijail Jodorkovsky, al que las grandes cadenas de televisión mundiales tan pronto califican de “magnate” como de “disidente”.

Era el hombre más rico de Rusia hasta que llegó Putin y mandó parar. Le detuvieron en 2003 y pasó una década entre rejas. Amasó su fortuna en la petrolera Yukos, saqueando el patrimonio soviético, hasta que todo volvió a su cauce cuando la empresa fue absorbida en parte por Rosneft, una empresa pública.

El plan de Estados Unidos era el siguiente: Jodorkovsky se disponía a vender Yukos al monopolio anglosajón Exxon Mobil por 25.000 millones de dólares, una ganga que, con el apoyo de Estados Unidos, le iba permitir financiar una campaña presidencial para deslojar a Putin de la Presidencia.

En ese momento Estados Unidos empezó a comprender que nunca conseguiría apoderarse de las materias primas rusas y que Putin era un enemigo de cuidado. Han transcurrido 20 años y ahora Estados Unidos es un país exportador de gas licuado y pretende sustituir a Rusia en el mercado europeo. Lo explicó Trump abiertamente en la cumbre de la OTAN de 2018: o Estados Unidos se cuela en el negocio del gas ruso o impone sanciones a Alemania.

A Rusia le ha costado comprender que su futuro, político y económico, no está en Europa, un continente en plena decadencia, sino en el Extremo Oriente, en los “tigres asiáticos”. Le costará aún más comprender que, por sí misma, la electricidad tampoco es suficiente. Le queda la otra mitad de la ecuación leninista: los soviets.

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