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Día: 8 de junio de 2022 (página 1 de 1)

El endeudamiento de África procede de capitales privados

China no ha endeudado a África, dice una investigación de las Universidades de Columbia y Oxford (*). Los acreedores privados occidentales han sido el principal motor de la acumulación de deuda en el Continente Negro desde 2004. Se trata de fondos de inversión, bancos comerciales, fondos de cobertura e incluso gigantes de las materias primas, como Glencore, que posee más de una cuarta parte de la deuda de Chad.

El estudio, publicado a finales del mes pasado, fue realizado por dos investigadores, Nicolas Lippolis, del Departamento de Política y Relaciones Internacionales de la Universidad de Oxford, y Harry Verhoeven, del Centro para el Estudio de la Política Energética Mundial de la Universidad de Columbia.

Los medios de comunicación y los gobernantes occidentales han venido sosteniendo lo contrario durante años: que China utiliza la “trampa de la deuda” para ejercer influencia sobre sus socios africanos, o incluso para obligarles a ceder el control de ciertos activos cuando ya no pueden pagar.

El 27 de mayo, durante una visita a Níger, el canciller alemán, Olaf Scholz, también advirtió sobre la “trampa de la deuda” china en África, llegando a decir que la “generosidad” de Pekín con el continente corre el riesgo de provocar una crisis financiera mundial.

Por el contrario, la investigación universitaria concluye que “aunque China es el mayor acreedor bilateral del continente, la mayor parte de la deuda de los países africanos está en manos de acreedores privados occidentales”.

Las deudas pendientes de los Estados africanos con China ascendían a unos 78.000 millones de dólares a finales de 2019, lo que representa aproximadamente el 8 por cien de la deuda total del continente, que asciende a 954.000 millones de dólares, y el 18 por cien de la deuda externa de África.

Según los investigadores, alrededor de la mitad de la deuda pública africana se emitió a escala nacional, y la otra mitad se debió a actores externos.

De la deuda externa, un tercio se debía a socios bilaterales oficiales, un tercio a instituciones financieras internacionales (FMI, Banco Mundial, BAfD, etc.) y un tercio en forma de eurobonos denominados en una moneda distinta a la del Estado emisor.

Cerca de la mitad de la deuda bilateral se debe a China. El continente africano tiene una deuda externa de unos 427.000 millones de dólares. La deuda africana en manos de China representa casi el 50 por cien de la deuda bilateral pendiente de los países africanos.

Pekín ha prestado unos 150.000 millones de dólares a los países africanos desde 2000, principalmente a través del China Eximbank (60 por cien) y el China Development Bank (25 por cien). Esto indica que ya se han devuelto unos 75.000 millones de dólares. “Se trata de una cantidad considerable, pero no lo suficientemente grande como para considerarla el principal motor de la acumulación de deuda en África desde 2004-2005”, dice el estudio.

Los préstamos chinos están muy concentrados en cinco países africanos: Angola, Etiopía, Kenia, Nigeria y Zambia.

Los investigadores también señalan que las discusiones sobre el alivio de la deuda, o al menos el aplazamiento de los reembolsos de los países más frágiles, están estancadas debido al creciente peso de los acreedores privados, que están esperando que se cancele parte de la deuda pública, para que el margen presupuestario liberado les permita cobrar.

“En contra de las narrativas sobre la trampa de la deuda tendida por China para África, si se materializa en un futuro próximo una oleada de impagos por parte de los Estados africanos, como temen los responsables de las instituciones financieras internacionales desde al menos 2015, será más el resultado de las maniobras y la intransigencia del sector privado que de los chanchullos chinos”, resume el estudio.

(*) https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/00396338.2022.2078054

El Parlamento Europeo rechaza las medidas para luchar contra el cambio climático

Los progres, los verdes y la seudoecología están de luto. El Parlamento Europeo les ha fallado a la primera cita. Esta mañana debía votar ocho textos legislativos del paquete “Fit for 55”, que ha sido rechazado por 340 votos en contra, 265 a favor y 34 abstenciones.

El paquete “Fit for 55” forma parte de las delirantes medidas para luchar contra el cambio climático reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero.

Ahora el texto debería ser revisado por la comisión parlamentariapara someter a votación una nueva versión del paquete, es decir, nuevas negociaciones y cambalaches entre los grupos parlamentario.

El paquete “Fit for 55” fue propuesto en julio del año pasado por la Comisión Europea para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de la UE en un 55 por cien de aquí a 2030, en comparación con 1990.

El texto que acaba de ser rechazado fue el resultado de un compromiso entre el PPE (la reacción europea, mayoritaria en el Parlamento) y Renovación (centristas y liberales). En particular, preveía una reducción del 63 por cien de las emisiones de los sectores sujetos al mercado europeo del carbono para 2030, en comparación con 2005.

El mercado del carbono es un laberinto de intereses cruzados que tienen que ver más con la economía que con la ecología. En pocas palabras, Europa quiere imponer un arancel a las importaciones acusadas de ser “contaminantes” que se justifica con rocambolescas explicaciones que, en última instancia, lo que pretenden es proteger la industria europea de la competencia exterior, especialmente de la de los países emergentes.

En definitiva, los “expertos” climáticos le han dado la vuelta al asunto y quieren decir que quien “contamina” son esos países emergentes. La mira está puesta en sectores de altas emisiones (cemento, acero, fertilizantes, electricidad y aluminio, en particular) que, a su vez, ya tienen importntes aranceles protectores. Si se imponen más aranceles por razones “verdes” esos sectores quedarían doblemente protegidos de la competencia exterior. Pero si no se imponen, sería un estímulo a la “contaminación ambiental”.

El capitalismo va hacia una etapa de inflación y recesión

Cuando la inflación comenzó a dispararse, ya antes de la Guerra de Ucrania, los “expertos” acompañaron a los ministros del ramo para tranquilizarnos: era transitoria.

Ahora Janet Yellen, la anterior responsable de la Reserva Federal y actual Secretaria del Tesoro de los Estados Unidos, entona el mea culpa por haber engañado a su público, o mejor dicho, por haberse equivocado.

Tanto la Reserva Federal como la Secretaría del Tesoro tienen miles de “expertos” que cobran un dineral por analizar cada uno de los aspectos de la economía de Estados Unidos, y no son capaces de acertar… No hay quien se lo crea.

En Estados Unidos la inflación ha alcanzado ya un máximo en 40 años y Yellen dice ahora a los senadores que es un nivel “inaceptable”. Por lo tanto, hay que lograr la cuadratura del círculo: cambiar la política fiscal sin dañar la economía.

“Actualmente nos enfrentamos a retos macroeconómicos, entre los que se incluyen niveles inaceptables de inflación, turbulencias relacionadas con las interrupciones de las cadenas de suministro inducidas por la pandemia y el impacto de las interrupciones de suministro en los mercados del petróleo y de los alimentos resultantes de la guerra rusa en Ucrania”, dice Yellen.

Pandemia, Guerra de Ucrania… Rectificar es de sabios. Lo primero, la pandemia, no tiene remedio; lo segundo sí: en lugar de enviar armas a Ucrania podían iniciar negociaciones con Rusia, eliminar las sanciones económicas y bajar los precios del petróleo comprando a los rusos.

Con ello no es que la inflación vaya a desaparecer, pero podría bajar.

Pero no es eso lo que quieren en Washington. “Para mitigar las presiones inflacionistas sin socavar la fortaleza del mercado laboral, es necesario adoptar una postura fiscal adecuada que complemente las medidas de política monetaria de la Reserva Federal”, propone Yellen.

¿Qué es una “postura fiscal adecuada”? Es lo de siempre: recortes presupuestarios, aumento de los tipos de interés y, en definitiva, entrar en la recesión económica.

Blanco y en botella: el capitalismo va de cabeza hacia una etapa de inflación y recesión.

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