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Mes: enero 2022 (página 7 de 11)

El Banco de Francia advierte del riesgo de hundimiento de las bolsas

En marzo de 2020 la pandemia ocultó un desplome bursátil y la posterior lluvia de dinero siguió tapando los agujeros, e incluso batiendo registros. Todo va bien. Demasiado bien, pero el Banco de Francia advierte del riesgo de hundimiento.

En su informe de evaluación de los riesgos del sistema financiero, publicado el 10 de enero, el Banco de Francia revela su preocupación. Las altas valoraciones de los mercados representan el principal riesgo para la economía.

El Banco de Francia está especialmente preocupado por lo que califica como “una inversión del mercado de valores”. Una caída tan brusca del mercado bursátil “podría causar dificultades a ciertos actores no bancarios, en particular a los fondos de inversión que utilizan el apalancamiento”.

Las cotizaciones bursátiles están batiendo récords. El año pasado el índice bursátil francés subió un 29 por cien, frente al 22 por cien del Stoxx 600 y el 27 por cien del S&P 500.

Las subidas de la bolsa están ligadas a la reapertura de las economías, tras el primer confinamiento, pero también por “el apoyo sin precedentes de las políticas monetarias y presupuestarias”.

Las políticas monetarias se dirigen lenta pero inexorablemente hacia un final seguro.

La preocupación por el riesgo que corren los fondos de inversión, que son los primeros en verse afectados por una caída brusca en las cotizaciones bursátiles, podría tener consecuencias sistémicas, como le ocurrió a la economía mundial en 2008 con la crisis de las hipotecas de alto riesgo. “En caso de que se produzca un descenso importante, estas elevadas valoraciones podrían favorecer el contagio entre distintos segmentos del mercado”, dice el Banco de Francia en su informe.

Además del riesgo bursátil, el Banco de Francia considera que el sector energético también corre el riesgo de la fuerte subida de los precios en los mercados mayoristas, que podría provocar dificultades o incluso la quiebra de algunos proveedores.

Los ruandeses huyen de la vacunación obligatoria en su país y se trasladan al Congo

Un centenar de ruandeses han llegado a la República Democrática del Congo en los últimos días, huyendo de la vacunación contra el coronavirus, que es obligatoria en su país.

Están llegando en pequeños grupos, en canoas, al sur de la isla de Idjwi, situada en el lago Kivu, fronterizo con Ruanda y Congo, donde la policía trata de identificar formalmente su origen y los motivos de su llegada.

“Ya hemos registrado al menos a 100 de estas personas”, declaró Karongo Kalaja, administrador del territorio de Idjwi. “Vienen, pero hasta ahora no sabemos las verdaderas razones por las que huyen de su país”, añadió.

“101 de estas personas habían sido censadas el martes por el gobierno administrativo de Ntambuka”, dijo Idée Bakalu, presidenta de la asociación de los pobladores de Idjwi que viven en Bukavu, capital de la provincia congoleña de Kivu del Sur. Esther Muratwa, presidenta de la sociedad civil de Idjwi, cifró su número en 123.

Los ruandeses dicen que huyen de la vacuna contra el coronavirus, pero “no sabemos cuáles son sus intenciones”, comentó Idée Bakalu, añadiendo que las autoridades de la jefatura habían iniciado “gestiones para traer a estas personas a casa”.

Según Dunia Muhigirwa, profesora de Idjwi, estos ruandeses, entre los que hay mujeres y niños, dicen que “huyen de la vacuna” contra el coronavirus. Están siendo identificados en las aldeas de Lemera y Nyereji, donde, según la profesora, “la mayoría están viviendo por el momento con familias de acogida”.

“Su presencia nos preocupa, ya que no está claro por qué están en Idjwi”, añadió.

En Ruanda la vacunación contra el coronavirus es obligatoria en el transporte público, en bares y restaurantes y en conferencias y reuniones.

Cientos de miles de hutus ruandeses huyeron al este del Congo tras el genocidio tutsi de 1994. Unos 40.000 llegaron a la isla de Idjwi, pero nunca fue presa de la violencia de los grupos armados que desde entonces asolan las provincias de Kivu del sur y del norte.

La pandemia es un bote salvavidas lanzado a una economía que se ahogaba

Las ovejas se pasan la vida temiendo al lobo, pero acaban siendo devoradas por el pastor
(Proverbio popular)

A estas alturas debería estar claro que la covid-19 es, esencialmente, un síntoma de que el capital financiero está desbocado. Más ampliamente, es un síntoma de un mundo que ya no es capaz de reproducirse aprovechando el trabajo humano, por lo que depende de una lógica compensatoria de dopaje monetario perpetuo. Mientras la contracción estructural de la economía basada en el trabajo infla el sector financiero, la volatilidad de este último sólo puede contenerse a través de las emergencias globales, la propaganda masiva y la tiranía de la bioseguridad. ¿Cómo podemos salir de este círculo vicioso?

Desde la tercera revolución industrial (la microelectrónica en los años 80), el capitalismo automatizado se ha dedicado a abolir el trabajo asalariado como sustancia propia. Ahora hemos superado el punto de no retorno. Debido al creciente avance tecnológico, el capital es cada vez más impotente frente a su misión de exprimir la plusvalía de la fuerza de trabajo. Con el desencadenamiento de la inteligencia artificial esto se convierte realmente en una misión imposible: se acabó el juego.

Esto significa que los fundamentos de nuestro mundo ya no residen en el trabajo socialmente necesario contenido en mercancías como los coches, los teléfonos o la pasta de dientes. Más bien, residen en especulaciones altamente inflamables apalancadas en deuda sobre activos financieros como acciones, bonos, futuros y, especialmente, derivados, cuyo valor se tituliza indefinidamente. Sólo la creencia religiosa de que la masa de estos activos produce valor nos impide ver el abismo que se abre bajo nuestros pies. Y cuando nuestra fe disminuye, la providencia divina interviene enviándonos a una hipnosis colectiva a través de relatos apocalípticos de contagio y sus correspondientes narraciones de salvación.

Sin embargo, la realidad es tozuda y sigue llamando a nuestra puerta. A medida que el tumor financiero se extiende por el cuerpo social, el capital opta por desatar su doble leviatánico, un vampiro que se alimenta de las emergencias globales y de los modelos de negocio anclados en la tecnología digital con el potencial de asegurar la totalidad de la vida en la tierra. La escritura está en la pared, una “dictadura blanda” ya nos está mirando. Hoy, resistir la marea significa defender la dimensión inviolable de la dignidad humana, punto de partida innegociable para la construcción de un proyecto social alternativo. Todavía estamos a tiempo, pero necesitamos conciencia crítica, coraje y despertar colectivo.

Pandexit en el país de los unicornios

¿Estamos cerca del Pandexit? El siguiente extracto de un reciente artículo de Bloomberg tiene la respuesta más probable: “Para cualquiera que espere ver la luz al final del túnel de Covid-19 en los próximos tres a seis meses, los científicos tienen malas noticias: prepárense para más de lo que ya hemos pasado”. Para desentrañar esta afirmación, supongamos que nuestro futuro se caracteriza por los siguientes acontecimientos 1. Los bancos centrales seguirán creando cantidades desmesuradas de dinero, en su mayoría destinadas a inflar los mercados financieros; 2. La narrativa del contagio (o similar) continuará hipnotizando a poblaciones enteras, al menos hasta que los Pasaportes Sanitarios Digitales estén totalmente implantados; 3. Las democracias liberales serán desmanteladas, y eventualmente reemplazadas por regímenes basados en un panóptico digitalizado, un Metaverso de tecnologías de control legitimadas por un ensordecedor ruido de emergencia.

¿Demasiado oscuro? No, si tenemos en cuenta que la montaña rusa de la crisis sanitaria (cierres seguidos de aperturas parciales que se alternan con nuevos cierres provocados por mini-olas) se parece cada vez más a un juego de roles global, en el que los actores se pasan la pelota para asegurarse de que el fantasma de la emergencia sigue circulando, aunque debilitado. La razón de este escenario depresivo es sencilla: sin el virus que justifica el estímulo monetario, el sector financiero apalancado por la deuda se colapsaría de la noche a la mañana. Sin embargo, al mismo tiempo, el aumento de la inflación unido a los cuellos de botella en la cadena de suministro (especialmente en los microchips) amenaza con una recesión devastadora.

Este círculo vicioso parece imposible de superar, por lo que las élites no pueden dejar de lado la narrativa de la emergencia. Desde su perspectiva, la única salida parece implicar la demolición controlada de la economía real y su infraestructura liberal, mientras los activos financieros siguen inflándose artificialmente. Esto último incluye trucos cínicos de lavado verde financiero como la inversión en valores ESG, una laguna legal disfrazada de medio ambiente para legitimar una mayor expansión de la deuda. Con el debido respeto a las Greta Thunberg de nuestro entorno, esto no tiene nada que ver con salvar el planeta.

Más bien, estamos asistiendo a la disolución acelerada del capitalismo liberal, que ya está obsoleto. El panorama es objetivamente deprimente. Los intereses financieros y geopolíticos mundiales estarán asegurados por la recolección masiva de datos, los libros de contabilidad en cadena de bloques y la esclavitud por medio de aplicaciones digitales que se venden como innovación potenciadora. En el centro de nuestro predicamento se encuentra la despiadada lógica evolutiva de un sistema socioeconómico que, para sobrevivir, está dispuesto a sacrificar su marco democrático y abrazar un régimen monetario apoyado por la ciencia y la tecnología de propiedad corporativa, la propaganda de los medios de comunicación y las narrativas de desastre acompañadas de un nauseabundo filantrocapitalismo pseudohumanitario.

Al apelar a nuestro sentimiento personal de culpa por “destruir el planeta”, los próximos bloqueos climáticos son la continuación ideal de las restricciones de Covid. Si el Virus fue el aperitivo aterrador, ya se está sirviendo una generosa porción de ideología de la huella de carbono mezclada con la escasez de energía como comida principal. Uno a uno se nos está convenciendo de que nuestro impacto negativo en el planeta merece ser castigado. Primero aterrorizados y regimentados por Virus y ahora avergonzados por dañar a la Madre Tierra, ya hemos interiorizado el mandato medioambiental: nuestro derecho natural a vivir debe ganarse mediante el cumplimiento de los diktats ecológicos impuestos por el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, y ratificados por los gobiernos tecnócratas con su policía. Este es el realismo capitalista en su forma más cínica.

La introducción de los Pasaportes Sanitarios Digitales (¡hace sólo un año ridiculizados como teoría de la conspiración!) representa una coyuntura crítica. El etiquetado de las masas es crucial para que las élites se ganen nuestra confianza en una estructura de poder cada vez más centralizada que se vende como una oportunidad de emancipación. Tras cruzar el Rubicón de la identificación digital, es probable que la represión continúe suave y gradualmente, como en la famosa anécdota de Noam Chomsky: si arrojamos una rana a una olla de agua hirviendo, saldrá inmediatamente con un salto prodigioso; si, por el contrario, la sumergimos en agua tibia y aumentamos lentamente la temperatura, la rana no notará nada, incluso disfrutará de ella; hasta que, debilitada e incapaz de reaccionar, acabará hirviendo hasta morir.

La predicción anterior, sin embargo, debe contextualizarse en un escenario conflictivo y profundamente incierto. En primer lugar, ahora hay pruebas (aunque muy censuradas) de una auténtica resistencia popular a la pandemia psico-op y al Gran Reajuste en general. En segundo lugar, las élites parecen estar estancadas y, por lo tanto, confusas en cuanto a la forma de proceder, como lo demuestra el hecho de que varios países hayan optado por desescalar la emergencia sanitaria. Merece la pena reiterar que el enigma es, fundamentalmente, de naturaleza económica: cómo gestionar la extrema volatilidad financiera mientras se mantienen los capitales y los privilegios. El sistema financiero mundial es un enorme esquema Ponzi. Si los que lo dirigen perdieran el control de la creación de liquidez, la explosión resultante haría estallar todo el tejido socioeconómico de abajo. Simultáneamente, una recesión privaría a los políticos de toda credibilidad. Por ello, el único plan viable de las élites parece consistir en sincronizar la demolición controlada de la economía (colapso de la cadena de suministro global que da lugar a una “escasez de todo”), con el despliegue de una infraestructura digital global para la toma de posesión tecnocrática. El tiempo es esencial.

Adicción de emergencia

Con respecto a una posible recesión, el analista financiero Mauro Bottarelli resumió la lógica de los vasos comunicantes de la pandeconomía de la siguiente manera: “es preferible un estado de emergencia sanitaria semipermanente a un desplome vertical del mercado que convertiría el recuerdo de 2008 en un paseo por el parque”. Como intenté reconstruir en un artículo reciente, la “pandemia” fue un bote salvavidas lanzado a una economía que se ahogaba. Estrictamente hablando, es un evento monetario destinado a prolongar la vida de nuestro modo de producción impulsado por las finanzas y enfermo terminal. Con la ayuda del virus, el capitalismo intenta reproducirse simulando unas condiciones que ya no existen.

He aquí un resumen de los fundamentos económicos del covid. El rescate de septiembre de 2019 del sector financiero -que, tras once dichosos años de Quantitative Easing, estaba de nuevo al borde de un ataque de nervios- supuso una expansión sin precedentes del estímulo monetario: la creación de billones de dólares con la varita mágica de la Reserva Federal. La inyección de esta cantidad desmesurada de dinero en Wall Street sólo fue posible apagando el motor de Main Street. Desde el punto de vista del topo capitalista miope, no había alternativa. No se puede permitir que el dinero creado por ordenador en forma de bytes digitales caiga en cascada sobre los ciclos económicos sobre el terreno, ya que esto provocaría un tsunami inflacionista a la manera de los años 20 de Weimar (que dio paso al Tercer Reich), sólo que mucho más catastrófico para una economía estancada y globalmente interconectada.

Inevitablemente, la (cautelosa) reapertura de las transacciones basadas en el crédito en la economía real ha provocado un aumento de la inflación, lo que ha supuesto un mayor empobrecimiento sobre el terreno. El poder adquisitivo de los salarios se ha visto mermado, al igual que los ingresos y el ahorro. Vale la pena recordar que los bancos comerciales se sitúan en la interfaz entre el mundo mágico del dinero digital de los Bancos Centrales y el páramo arrasado por la emergencia que habita la mayoría de los mortales. Por lo tanto, cualquier expansión salvaje de las reservas de los Bancos Centrales (dinero creado de la nada) desencadena la inflación de los precios tan pronto como los bancos comerciales filtran el efectivo (es decir, la deuda) a la sociedad.

El propósito de la “pandemia” era acelerar la macrotendencia preexistente de expansión monetaria, a la vez que se posponían los daños inflacionarios. Siguiendo a la Reserva Federal, los banqueros centrales del mundo han creado océanos de liquidez, devaluando así sus monedas en detrimento de las poblaciones. Mientras esto continúa, el turbo-capital transnacional de las élites sigue expandiéndose en la órbita financiera, absorbiendo aquellas pequeñas y medianas empresas que ha deprimido y destruido. En otras palabras, no existe el almuerzo gratis (para nosotros). La máquina de imprimir dinero del Banco Central sólo funciona para el 0,0001% – con la ayuda de Virus, o una amenaza global de igual tracción.

En la actualidad, parece que los banqueros centrales se están entregando al noble arte de la procrastinación. El consejo de la Fed se reunirá de nuevo a principios de noviembre de 2021, y se anuncia que el taper (reducción del estímulo monetario) comenzará en diciembre. Sin embargo, con la burbuja de Covid que se está desinflando, ¿cómo van a afrontar las élites los tipos de interés cero y la financiación directa del déficit? En términos más explícitos: ¿qué nuevo “evento contingente” o “intervención divina” les sacará del apuro? ¿Serán los extraterrestres? ¿Un ataque ciberterrorista al sistema bancario? ¿Un tsunami en el Atlántico? ¿Juegos de guerra en el sudeste asiático? ¿Una nueva guerra contra el terrorismo? La lista de la compra es larga.

Mientras tanto, los ciudadanos de a pie están atrapados en un doble vínculo asfixiante. Si el crédito debe ponerse a disposición de las empresas, los Bancos Centrales deben contener la inflación, lo que sólo pueden hacer… ¡drenando el crédito! La inflación galopante sólo puede evitarse conteniendo los efectos perturbadores de la creación excesiva de dinero; es decir, poniendo de rodillas a las sociedades basadas en el trabajo. La mayoría de nosotros acabamos aplastados entre la inflación de los precios de los bienes esenciales y el drenaje deflacionario de la liquidez a través de la pérdida de ingresos y la erosión de los ahorros. Y en una economía estancada con una inflación fuera de serie, cada transacción comercial suprimida se canaliza hacia los activos financieros.

Una herramienta que impide que la liquidez llegue a la economía real es el mecanismo de reposiciones a la inversa a un día (RRP) de la Reserva Federal. Mientras sigue inundando los mercados financieros con dinero recién impreso, gracias a los repos la Reserva Federal absorbe cualquier exceso de ese mismo efectivo que bombea a Wall Street. Efectivamente, un juego de suma cero de dar y recibir: por la noche, los operadores financieros depositan su exceso de liquidez en la Reserva Federal, que entrega como garantía los mismos bonos del Tesoro y valores respaldados por hipotecas que drena del mercado durante el día como parte de sus compras de QE. En agosto de 2021, el uso de la Reserva Federal de RRP superó el billón de dólares, lo que llevó al Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) a duplicar el límite de RRP a 160.000 millones de dólares, a partir del 23 de septiembre de 2021.

Aquí, pues, está el elefante en la habitación: ¿cómo cuadrará el taper de la Fed con repos inversos de esta magnitud astronómica? ¿Es posible la tan esperada reducción del estímulo monetario con una burbuja financiera mundial alimentada por el apalancamiento a tipos de interés cero y el endeudamiento estructural? Pero, al mismo tiempo, ¿cómo pueden los banqueros centrales seguir ampliando su balance, cuando el doble golpe de estancamiento y aumento de la inflación (estanflación) está a la vuelta de la esquina?

La lógica de este mecanismo monetario es perversa. La “danza loca” solipsista del capital financiero se ha descontrolado mucho más allá de su locura habitual, y el día del ajuste de cuentas se acerca rápidamente. ¿Se puede evitar una recesión devastadora? La respuesta política actual parece movilizar la antigua sabiduría de que “tiempos extremos requieren medidas extremas”, lo que se traduce en que no se puede descartar ningún crimen contra la humanidad cuando se niega tan obstinadamente la implosión sistémica. ¿No es esto lo que la historia nos ha enseñado siempre?

La crisis que estamos viviendo no es epidemiológica. En primer lugar, se trata de ocuparse de la exposición financiera potencialmente catastrófica al riesgo tóxico y de la gestión asociada de la inflación. Basta con señalar que los banqueros centrales no consiguen aumentar los tipos de interés al 2%, cuando en los años 70 los subieron al 20% para combatir la inflación. Sin embargo, como nos recuerda Covid, las acrobacias financieras de la magnitud actual sólo funcionan bajo una cobertura de emergencia: bloqueos, cierres, restricciones, etc. El objetivo del encubrimiento es doble: 1. Ocultar el hundimiento del Titanic (la “sociedad del trabajo” impulsada por las finanzas); 2. Coordinar la aplicación de un colosal reseteo monetario basado en la depresión económica y el control centralizado de la vida de las personas.

Fascismo digital

Las consecuencias del capitalismo de emergencia son enfáticamente biopolíticas. Tienen que ver con la administración de un excedente humano cada vez más superfluo para un modelo reproductivo ampliamente automatizado, altamente financiarizado e implosivo. Por ello, el “pasaporte vírico”, la “vacuna” y el “pase covídico” son la Santísima Trinidad de la ingeniería social. Los “pasaportes de virus” están destinados a entrenar a las multitudes en el uso de carteras electrónicas que controlan el acceso a los servicios públicos y el sustento personal. Las masas desposeídas y redundantes, junto con los incumplidores, son los primeros en ser disciplinados por los sistemas digitalizados de gestión de la pobreza supervisados directamente por el capital monopolista. El plan es tokenizar el comportamiento humano y colocarlo en los libros de contabilidad de la cadena de bloques gestionados por algoritmos. Y la propagación del miedo global es el palo ideológico perfecto para conducirnos hacia este resultado.

Mientras los debates públicos son silenciados por la censura y la intimidación, estamos siendo escoltados hacia una distopía biotecnocapitalista cuyo carácter infernal probablemente se manifestará plenamente con la próxima crisis global. Esto justificaría el despliegue de las Monedas Digitales de los Bancos Centrales (CBDC), que, en palabras de Agustín Carstens (director general del Banco de Pagos Internacionales), otorgarán “un control absoluto sobre las normas y regulaciones que determinarán el uso de ese pasivo del Banco Central [es decir, el dinero], y tendremos la tecnología para hacerlo cumplir”. El dinero digital vinculado a la identidad digital es la abreviatura de la servidumbre monetaria de alta tecnología, que se extenderá primero a los desempleados (por ejemplo, los beneficiarios del UBI), y potencialmente a la mayoría de nosotros. Cuando Larry Fink (director general de BlackRock) dice que “los mercados prefieren los gobiernos totalitarios a las democracias”, será mejor que le creamos.

Separar a la población en función de su estado de vacunación es un logro de época propio de los regímenes totalitarios. Si la resistencia es sofocada, se introducirá un DNI digital obligatorio para registrar la “virtuosidad” de nuestro comportamiento y regular nuestro acceso a la sociedad. Covid era el caballo de Troya ideal para este avance. La Alianza ID2020, respaldada por gigantes como Accenture, Microsoft, la Fundación Rockefeller, MasterCard, IBM, Facebook y la omnipresente GAVI de Bill Gates, lleva tiempo planeando un sistema global de identificación digital basado en la tecnología blockchain. A partir de aquí, es probable que la transición al control monetario sea relativamente suave. Los CBDCs permitirían a los banqueros centrales no sólo rastrear cada transacción, sino especialmente cerrar el acceso a la liquidez por cualquier razón que se considere legítima. El proyecto de “digitalización de la vida” también incluye un “pasaporte de Internet” que, sujeto a revisiones periódicas, excluiría de la red a cualquiera que se considere indigno. En caso de que la puntuación de crédito social caiga por debajo de cierto nivel, encontrar un trabajo, viajar u obtener préstamos dependería de someterse voluntariamente a “programas de rehabilitación”. Es de suponer que habrá un mercado negro para los marginados.

Una de las piedras angulares del fascismo histórico fue la industria controlada por el gobierno sin dejar de ser de propiedad privada. Es bastante sorprendente que, a pesar de la abrumadora evidencia de las puertas giratorias sistemáticas entre el sector público y el privado, la mayoría de los intelectuales públicos no se hayan dado cuenta todavía de que es hacia donde nos dirigimos. El escritor italiano Ennio Flaiano dijo una vez que el movimiento fascista está formado por dos grupos: los fascistas y los antifascistas. Hoy en día, cuando la mayoría de los autoproclamados antifascistas están apoyando silenciosamente o con entusiasmo el giro autoritario medicalizado, esta paradoja es más relevante que nunca.

De la teoría de la conspiración a la paranoia exitosa

La epistemología de la teoría de la conspiración impulsa gran parte de la propaganda actual como retórica de la exclusión. El rechazo a priori del “pensamiento paranoico” deja a la narrativa oficial como única portadora de la verdad, independientemente de la verificación empírica. Por lo tanto, como argumenta Ole Bjerg, “la verdadera patología emerge del lado de las reacciones de la corriente principal contra los llamados teóricos de la conspiración […] en forma de un estado epistémico de excepción, que amenaza con socavar el funcionamiento del debate público y la crítica intelectual” (1). En otras palabras, la paranoia califica la posición de esos Torquemadas modernos cuyos tribunales de inquisición silencian cualquier pensamiento ‘herético’ que se atreva a apartarse de los dogmas del capitalismo de emergencia. La acusación generalizada contra los “negacionistas paranoicos” y los “antivacunas” es sintomática no sólo de la disolución del vínculo democrático, sino sobre todo de un contagio de enfermedad ideológica nunca antes experimentado a escala mundial.

Como sostenía Jacques Lacan en los años sesenta, el poder capitalista funciona desapareciendo, haciéndose secreto e invisible, disimulando así no sólo su autoridad sino también su impotencia. Todo parece funcionar espontáneamente en el capitalismo, como si nadie diera ni obedeciera órdenes, sino que se limitara a seguir sus deseos espontáneos: “Lo que llama la atención, y lo que nadie parece ver, es que en virtud del hecho de que se han aireado las nubes de la impotencia, el significante maestro sólo parece aún más inexpugnable […] ¿Dónde está? ¿Cómo se puede nombrar? ¿Cómo localizarlo, si no es a través de sus efectos asesinos, por supuesto?” (2). ¿Debemos alistar a Lacan en el ejército de los teóricos de la conspiración? Mientras que el amo tradicional se apoya en la autoridad simbólica, el amo capitalista delega la autoridad en la objetividad intangible de su modus operandi. Tal y como ha puesto de manifiesto el neoliberalismo, se renuncia oficialmente al dominio, pero simultáneamente se reafirma en su forma renunciada, por ejemplo como “liderazgo”. Y el punto de Lacan es que esta estratagema abre el espacio para formas más profundas e insidiosas de manipulación.

Al igual que los medios de comunicación corporativos, hoy en día a muchos lacanianos les encanta ridiculizar a los “teóricos de la conspiración”. Típicamente, lo hacen citando el lema de Lacan de que “no hay tal cosa como un gran Otro”, así que, en última instancia, nadie puede estar conspirando detrás de las cortinas. O, citando un artículo reciente de Slavoj Zizek, “no hay necesidad de inventar pandemias y catástrofes climáticas, ya que el sistema las produce por sí mismo”. Pero estos argumentos no dan en el blanco, pues pasan por alto cómo el poder funciona precisamente ocupando la inconsistencia ontológica del gran Otro, manipulándola a su favor. Dicho de otro modo: si hay un inconsciente, la conspiración y la manipulación son inevitables. El éxito de cualquier estructura de poder depende de su capacidad para armar el estatus autocontradictorio de su universo de sentido contra las masas neuróticas.

A pesar de todo su hegelianismo, aquí Zizek pasa por alto el carácter especulativo del poder (capitalista): las contradicciones sistémicas son el fundamento mismo y la sangre vital de cualquier edificio de poder. La artimaña especulativa elemental del poder es que convierte la inconsistencia ontológica en condición de posibilidad. Esto es claramente visible en el “giro autoritario” del capitalismo contemporáneo, que se basa en el uso ideológico de las emergencias. En última instancia, estas emergencias son reales sólo en la medida en que son emergencias capitalistas, desplegadas en el momento adecuado para promover los intereses del capital. La suposición de que escaparán o subvertirán la estructura de poder existente ignora hasta qué punto ya funcionan para el poder capitalista. Mi lectura de Covid como producto de la volatilidad financiera es coherente con esta postura especulativa: la contingencia pandémica es una necesidad capitalista, y como tal fue apoyada desde el principio por un formidable aparato ideológico.

La retórica de la exclusión que anima el discurso público sobre el covid puede describirse a través de lo que Lacan, tomando prestado a Freud, denominó “paranoia exitosa”, que “bien podría parecer que constituye la clausura de la ciencia” (3). Esencialmente, la “clausura” se refiere a la creencia positivista en la objetividad científica, que se construye sobre el rechazo (la exclusión) del “sujeto del inconsciente” como fuente de cuestionamiento, duda y error. En el contexto de la teoría del discurso de Lacan, la paranoia exitosa se alinea con un sistema de creencias hiper-eficiente asegurado por la “curiosa cópula entre el capitalismo y la ciencia” (4). El poder de lo que hoy se promueve unilateralmente como “ciencia real” (tan real que prohíbe la duda, prohíbe el debate y promueve la censura) se asemeja al poder de una nueva religión, como advirtió Lacan en 1974: “La ciencia está en proceso de sustituir a la religión, y es aún más despótica, obtusa y oscurantista” (5). Y el capitalismo se apoya en la ciencia y la tecnología al igual que capitaliza la salud, uno de los negocios más rentables del mundo.

La “ciencia” que se nos ordena seguir está secuestrada por las élites financieras y sus compinches políticos, funcionando así como una barrera contra la conciencia de que “nuestro mundo” se está desmoronando. La verdadera ciencia, que sigue operando detrás de la espesa cortina de la censura, nunca impondría mandatos dictatoriales como los que siguen vigentes en los países democráticos de todo el mundo. La fe ciega en la “ciencia Covid”, por tanto, delata un deseo desesperado de aferrarse al poder capitalista, incluida su mutación autoritaria. Sin embargo, la historia del progreso científico muestra que la ciencia es, fundamentalmente, un discurso centrado enfáticamente en lo que le falta. Todos los grandes avances científicos se basan en un principio de insuficiencia: la conciencia de que la verdad, como causa del conocimiento, es ontológicamente ausente. O, citando a Lacan “Il n’y a de cause que de ce qui cloche” (“Sólo hay causa en lo que no funciona”)(6) Esta es la ciencia por la que vale la pena luchar.

Mientras que los presupuestos impulsores del sistema (la relación de creación de valor entre el capital y el trabajo) han dejado de funcionar, el señuelo de Covid permite al capitalismo, una vez más, suspender cualquier indagación seria sobre su enfermedad estructural y su transformación en curso. La clínica de la neurosis nos muestra hasta qué punto el neurótico medio quiere un amo, cuya función es asegurarle que su mundo se asienta sobre bases sólidas. Los neuróticos están a menudo tan desesperadamente apegados a su estructura de poder que se convierten en pervertidos para asegurar su funcionamiento, como un masoquista que entrega con entusiasmo el látigo a su dominatrix. La perversión funciona como una orden para disfrutar de la relación de poder, y los sujetos contemporáneos a menudo se someten fácilmente al poder en un intento desesperado por consolidarlo. Por desgracia, las estructuras conservadoras de la neurosis y la perversión suelen ser compartidas por las “mentes progresistas” (incluidos los liberales y los izquierdistas radicales), cuyo compromiso se limita a señalar la virtud o a participar en los juegos de la vergüenza de la teoría de la conspiración.

Sin embargo, no todo está perdido. A pesar de la imparable convergencia de la ciencia y el capitalismo en el establecimiento de un sistema de creencias hermético que excluye la disidencia, nuestro exitoso universo paranoico no logrará totalizar su estructura. Paradójicamente, la actual represión de la humanidad puede ser la mejor oportunidad para una oposición radical al régimen de acumulación capitalista que se avecina y a su implacable chantaje de emergencia.

(1) Ole Bjerg, Conspiracy Theory: Truth Claim or Language Game?, Theory, Culture & Society, 2016, pp. 1-23 (6).
(2) Jacques Lacan, The Seminar of Jacques Lacan, book 17, The Other Side of Psychoanalysis, trans. Russell Grigg, New York: Norton, 2007, pp. 177-78.
(3) Jacques Lacan, Écrits. The First Complete English Edition, trans. Bruce Fink (New York: W. W. Norton, 2006), p. 742.
(4) Lacan, 2007, p. 110.
(5) Jacques Lacan, Freud Forever: An Interview with Panorama, trans. Philip Dravers, Hurly Burly 12, 2015, pp. 13-21 (18).
(6) Jacques Lacan, The Seminar of Jacques Lacan, Book 11, The Four Fundamental Concepts of Psychoanalysis, trans. Alan Sheridan, New York: W. W. Norton, 1998, p. 22.

Fabio Vighi https://thephilosophicalsalon.com/the-central-bankers-long-covid-emergency-noise-and-conspiracys-best-kept-secret/

Una enfermedad mortal para la democracia

Creonte: ¡Cómo! ¿Ha de ser la ciudad la que ha de dictarme lo que debo hacer?
Creonte: ¿Es que incumbe a otro que a mí el gobernar a este país?
Hemón: No hay ciudad que pertenezca a un solo hombre.
Creonte: Pero ¿no se dice que una ciudad es legítimamente del que manda?
(Antígona)

Estas palabras escritas por Sófocles (442 a.n.e) hace más de dos mil cuatrocientos años, deben haber sido el espejo en el cual se han mirado y regocijado las hordas gobernantes mundiales desde marzo de 2020. Así como en la tragedia griega el resultado de la acción de Creonte tiene como resultado la desesperación y la muerte, la acción de los que han actuado como él han sembrado el mundo de desesperación y muerte. Y en su afán autoritario niegan cualquier posibilidad de razonamiento.

Y los Creontes mundiales, agazapados en una legitimidad servil respaldada por los dioses de las grandes corporaciones, incluso han negado por primera vez desde Antígona, despedir a los muertos. “¿Cómo hemos podido aceptar, tan solo en nombre de un riesgo que era imposible de precisar, que las personas a las que apreciamos, y los seres humanos en general, no solo muriesen solos –algo que nunca había sucedido en la historia desde Antígona hasta hoy–, sino que sus cadáveres fuesen incinerados sin funerales? (1)

“El entierro de los muertos, el riesgo personal, el desdén por los reglamentos abstractos, el suicidio como acto de inmolación, es lo que antepone Antígona a la Ley mala, la ley abstracta. La que acusa a los que mantienen la norma estatal sin el respaldo moral que pueda convencer al último o a la última de las discrepantes… si perdemos el cuidado más hondo, el del abrazo y la visita a nuestros muertos, esto es, el tema de las grandes leyendas de la humanidad, nos será más difícil el rudo debate con los mercaderes de la muerte estadística, que como parece abstracta, la consideran como la cuota necesaria para seguir dominando el mundo” (2).

Lo que nos ha traído la impuesta pandemia ha sido un esfuerzo inimaginable para borrar cualquier signo de humanidad en los habitantes del planeta. La pérdida de humanidad es necesaria para conseguir las metas propuestas por el “nuevo espíritu del globalismo” que precisa de seres amorfos, obedientes, centrados solamente en sí mismos capaces de pisotear incluso a sus seres queridos para poder alcanzar la gloria de pertenencia a una sociedad posthumana o transhumana, en la cual las personas estén regidas por sofisticados algoritmos que decidan su comportamiento en el momento de tomar decisiones respecto a sí mismos y en relación al conjunto de la sociedad.

Ciertas clases sociales hace tiempo inmemorial que han relegado a la basura los rasgos característicos de la raza humana, lo cual hemos comprobado durante estos dos últimos años. Mientras una parte de la sociedad se hundía en la desesperación, la muerte y la pobreza, los organizadores de este apocalipsis han amasado en un breve período temporal, fortunas inmensas que los han convertido en los auténticos amos del mundo.

¿Pero y el proletariado mundial?, que ha sido junto a la desmembrada clase media, el objeto de este descalabro, al igual que en las grandes guerras. Y así como en las guerras se ha comprometido en la salvación de los capitales de “su clase dominante” esperando con ello una gratificación posterior, o imaginando que con su sacrificio se convertirían en sujetos de la historia, en esta nueva versión del agonismo del capital caracterizado por la presencia de enemigos invisibles, también se ha comprometido en la salvación de su clase dominante y ha defendido la puesta en circulación de armas de destrucción masiva.

Pero a diferencia de otras guerras mundiales, en la actual las armas se disparan contra la población indefensa ya que el supuesto “enemigo” no se sabe donde radica, ni tan solo si existe. Dicen que se trata de inocular las nuevas armas de destrucción en el interior de cada ciudadano para disponer de ellas ante la agresión de este enemigo invisible. Pero ya se está dando el caso que dichas armas explotan en el interior de cada individuo. Son daños colaterales, dicen los expertos.

Aceptado el sacrificio de participar en esta guerra, armados con algo inexplicable e inescrutable, protegido por el derecho de patente, el mundo se encamina presto a una aventura en la cual cualquier semejante puede ser portador del enemigo invisible. Y para conjurar este peligro nada más indicado que ser portador de un certificado de “limpieza de sangre” como salvoconducto, quedando los que no disponen de él como potenciales fuerzas enemigas a las cuales es preciso aislar, reprimir y si es preciso eliminar tanto social como físicamente.

En esta guerra, que inicialmente estaba encabezada por militares, policías y sayones, se han ido incorporando huestes del más variado colorido. Ahora, con porte militar, cualquier camarero o camarera, dependientes de comercio, porteros de cines, teatros y espectáculos varios se han investido de autoridad para poder exigir los certificados de limpieza de sangre a las personas que pretendan introducirse en unos espacios de los cuales estos pobres asalariados con contratos precarios, se sienten por primera vez en su vida “dueños” de la vida ajena y actúan como representantes de la legalidad otorgada por los nuevos dioses.

A este extremo ha llegado la degeneración del proletariado.

El sacrificio a los nuevos dioses tecnológicos, pandémicos, algorítmicos, mediáticos, políticos y académicos, ha sido considerado por una parte importante de la población mundial como un compromiso con los causantes de la desesperación y la muerte a la espera de una anunciada retribución al amparo de la nueva normalidad conocida como “el gran reinicio” de una carrera hacia un futuro ignoto.

Los que ya hemos visto nacer y crecer dos o tres generaciones, mantenemos el recuerdo de un tiempo en el cual el enemigo no era invisible, sino tangible y perteneciente a una clase social antagónica. Tal vez dentro de dos o tres generaciones posteriores renazca un nuevo proletariado que se niegue a ser el complemento de los actuales dioses y se niegue a obedecer cuando se le intente inocular estas armas de destrucción masiva y se le impida despedir y enterrar a sus muertos.

(1) Trazos de Antígona en pandemia. Carlos Gutiérrez, Juan Jorge Michel Fariña. Universidad de Buenos Aires, https://www.aesthethika.org/Trazos-de-Antigona-en-pandemia
(2) https://www.pagina12.com.ar/261547-antigona

Kazajistán: algunas tramas del golpe de Estado salen a la luz

Kazajistán sigue el modelo Gaidó: la semana pasada la agencia Reuters elevó a Ablyazov a la categoría de “jefe de la oposición” (1) y, en consecuencia, máximo promotor de la desestabilización. En 2017 el Financial Times realizó un retrato de las andanzas de Ablyazov (2).

Se formó en física nuclear, pero tras la caída de la URSS se pasó al lado más oscuro del capitalismo. Cuando el Presidente Nazarbayev privatizó el Banco BTA, se apoderó de un pedazo del pastel y lo utilizó para apropiarse de unos 5.000 millones de dólares.

En 2009 empezó a tener problemas con Nazarbayev y huyó del país. El Banco BTA colapsó, dejando un agujero de unos 10.000 millones de dólares de deuda, siendo uno de sus principales acreedores el Royal Bank of Scotland, que tuvo que ser rescatado por el gobierno británico.

Como muchos olicarcas de la antigua Unión Soviética, Ablyazov se trasladó a Londres, que le concedió asilo político. Ucrania, Rusia y Kazajistán han emitido órdenes de búsqueda y captura en su contra. Kazajistán le ha condenado a cadena perpetua y Rusia a 15 años de cárcel. Incluso tiene varias causas judiciales abiertas contra él en Londres. Después de que mintiera descaradamente bajo juramento a un tribunal británico sobre la propiedad de la casa de 20 millones de dólares en la que vivía, un juez le condenó a 22 meses de prisión.

Pero Ablyazov nunca entró en una prisión británica porque tenía muy buenos padrinos. Había contratado a varias empresas pantalla de la CIA, el MI6 y el Mosad, que se preparaban para derrocar a Nazarbayev.

Luego reapareció en Roma y después en Francia, siempre acompañado de juicios y órdenes de detención en su contra. Contrató a varias empresas de relaciones públicas y abogados para defenderse. Un juez británico acabó impidiendo su extradición a Rusia. El deterioro de las relaciones entre Occidente y Rusia le garantizaron la impunidad.

En la década de los noventa, el colapso de la URSS y el ascenso de los magnates procedentes de la antigua URSS promocionó a Londres como centro financiero y asilo de toda clase de delincuentes de cuello blanco.

En los últimos años, Ablyazov ha sido acusado de varios intentos de golpe de Estado en Kazajistán, apadrinados por su propio partido político, Opción Democrática, que está prohibido. El magnate no oculta su programa político: “Occidente debe sacar a Kazajistán de la órbita de Moscú, o el presidente ruso Vladimir Putin arrastrará al Estado de Asia Central a una estructura similar a la soviética”.

Occidente debe entrar en la batalla. “De lo contrario, Kazajistán se convertirá en Bielorrusia y Putin impondrá metódicamente su programa: el renacimiento de una estructura como la de la Unión Soviética”, dice Ablyazov.

En junio de 2020 Richard Moore, antiguo embajador británico en Turquía entre 2014 y 2018, se hizo cargo del MI6 en Kazajistán. Moore lleva mucho tiempo alimentando los planes de Turquía en Asia central, sin los cuales no se entiende el papel de la OTAN, ni los intentos de desestabilizar el Xinjiang chino

Turquía es el ariete del imperialismo británico en Asia central. Con Moore al frente, el servicio secreto británico ha intensificado considerablemente sus actividades en Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán. Tanto las organizaciones panturquistas como los grupos yihadistas se reforzaron para neutralizar la influencia de Moscú y Pekín en la región.

(1) https://news.trust.org/item/20220107123824-knnua
(2) https://www.ft.com/content/1411b1a0-a310-11e7-9e4f-7f5e6a7c98a2

En diez meses las vacunas contra el coronavirus han causado 12 veces más muertes que todas las demás en 51 años

Los datos publicados por la Administración de Productos Terapéuticos (TGA) del Ministerio de Sanidad australiano confirman que, en un periodo de tan solo diez meses, se han notificado doce veces más muertes por reacciones adversas a las vacunas contra el coronavirus que por todas las demás vacunas disponibles combinadas en un periodo de 51 años.

La TGA regula la calidad, el suministro y la publicidad de los medicamentos, los dispositivos patológicos, los productos médicos, los productos sanguíneos y la mayoría de los demás productos terapéuticos.

En febrero del año pasado una solicitud de Médicos por la Ética del Covid reveló que la TGA autorizó la vacuna de Pfizer a ciegas. No comprobó los datos extremadamente limitados de los ensayos clínicos y considerarla segura para ser inyectada.

En un principio la TGA intentó dilatar el suministros de la información solicitando una prórroga de 6 meses. Los demandantes tuvieron que presentar una queja ante la Oficina del Comisionado de Información y la TGA respondió confirmando que nunca había visto o solicitado los datos de los pacientes a Pfizer y que simplemente aceptaba el informe de Pfizer sobre su estudio como un hecho.

Los datos de la TGA indican que en un periodo de 10 meses se han producido 8 veces más acontecimientos adversos y 12 veces más muertes por vacunas que las registradas para todas las demás vacunas disponibles combinadas desde el 1 de enero de 1971.

La TGA cuenta con una base de datos de efectos adversos notificados (*) que proceden de un amplio abanico de fuentes, como los ciudadanos, los médicos de cabecera, otros profesionales de la salud y la industria de productos terapéuticos.

Si se busca “vaccine” en la base de datos y se seleccionan las cuatro vacunas disponibles en Australia, con parámetros de fecha del 1 de enero de 1971 a 27 de diciembre de 2021, se concluye que en esos 51 años se han puesto a disposición del público australiano 128 vacunas diferentes, excluyendo las del coronavirus, y se han producido 19.545 informes individuales para las 128 vacunas combinadas, incluyendo 62 muertes.

Si se vuelve a buscar en la base de datos “vacuna covid-19” con el parámetro de fecha del 1 de enero de 2021 al 27 de noviembre de 2021, se encuentran 98.017 informes, incluyendo 725 muertes.

Eso significa que ha habido 12 veces más muertes, 5 veces más informes de efectos adversos y 8 veces más informes de efectos adversos debidos a las vacunas contra el coronavirus que los informados para todas las demás vacunas disponibles combinadas durante un período de 51 años.

(*) https://apps.tga.gov.au/Prod/daen/daen-entry.aspx

La antesala del hambre: los precios mundiales de los alimentos alcanzan máximos históricos

El año pasado los precios mundiales de los alimentos se dispararon hasta alcanzar máximos históricos, lo que se ha convertido en una de las principales preocupaciones de los llamados “países en desarrollo”.

Aunque en 2020 ya se produjo un repunte respecto a 2019, la situación ha empeorado en el último año.

El índice de la FAO, que sigue la evolución de los precios de los cinco productos básicos más comercializados en el mercado mundial (cereales, aceites, carne, azúcar y productos lácteos), ha alcanzado efectivamente los 125,7 puntos, lo que supone un aumento del 28 por cien respecto a 2020 y el nivel más alto desde 2011.

Aunque este aumento afectó a todos los productos, la tendencia fue especialmente marcada en el caso de los aceites vegetales, los cereales y el azúcar. En el caso de la primera materia prima, los precios aumentaron un 65,8 por cien respecto a 2020, alcanzando un máximo histórico.

Los precios de los cereales subieron un 27,2 por cien interanual, alcanzando su nivel más alto desde 2012. El maíz y el trigo han llevado este impulso con aumentos respectivos del 44 por cien y el 31 por cien, en comparación con 2020, debido a las tensiones de la oferta. En el caso del azúcar, el índice alcanzó en 2020 un máximo no visto desde 2016.

Aunque el aumento general es problemático para los habitantes de los llamados “países en desarrollo”, que gastan gran parte de sus ingresos en productos básicos, la FAO afirma que podría continuar este año. “El aumento de los precios de los insumos, la pandemia de coronavirus y las incertidumbres climáticas dejan poco margen para el optimismo sobre la vuelta a unas condiciones de mercado estables”, advierte Abdolreza Abbassian, economista jefe de la FAO.

El organismo alimentario espera que el aumento de los precios de los alimentos contribuya a una factura mundial de importación de alimentos de 1,75 billones de dólares el pasado año.

La OTAN amaga en Ucrania y ataca en Kazajistán

Rusia se mira en el espejo de Kazajistán. No sólo ha enviado tropas al país centroasiático para blindar sus fronteras, sino por motivos internos. En Rusia también suenan las alarmas, después de dos años de restricciones sanitarias que han sumido a la población en la miseria.

En diciembre Putin dio la voz de alarma por el mismo motivo que en Kazajistán: la subida de los precios. La inflación en Rusia es del 8 por cien, pero los precios de los productos alimenticios han aumentado un 11 por cien y los de las frutas y verduras un 19 por cien. La harina ha subido el 11 por cien y el cereal favorito de los rusos, el trigo sarraceno, que sirve de alimento básico a gran parte de la población, subió un 21 por cien. El precio de las coles ha aumentado un 98 por cien y el de las patatas un 73 por cien.

Un economista ruso ha pedido la reintroducción de las cartillas de racionamiento para asegurar la alimentación de los hogares de bajos ingresos (*). Si la pandemia es una guerra, hay que imponer una economía de guerra que, por lo demás, sirve también para defenderse de las amenazas exteriores.

La OTAN venía amagando en Ucrania, mientras afilaba la navaja en Kazajistán, un país devorado por las instituciones financieras del imperialismo y las ONG desde hace muchos años… además de su propio gobierno, naturalmente.

Los imperialistas habían introducido a sus peones en la dirección del aparato del Estado kazajo, verdaderos caballos de Troya. El caso de Massimov es sólo el más conocido. También está el antiguo ministro de Energía y Medio Ambiente, Mujtar Ablyazov, que aparece en la foto de portada, un banquero que estuvo en prisión por malversación de fondos y posteriormente se exilió en Francia. A través de Facebook, Ablyazov coordinó las protestas desde Kiev.

Uno de los tipejos que mantiene una larga relación con el gobierno kazajo es Tony Blair, el padre de la R2P, la responsabilidad que han asumido los imperialistas de proteger a las víctimas de las vulneraciones de los derechos humanos en el mundo, el fútil pretexto para lanzar las guerras criminales contra Irak, Libia y Siria.

No es ninguna casualidad que la desestabilización de Kazajistán, que ha costado 164 muertos y cerca de 6.000 heridos, haya saltado ahora, en medio de un calendario muy apretado de negociaciones entre Estados Unidos y Rusia.

Ayer comenzaba en Ginebra la negociación entre Estados Unidos y Rusia sobre los dos tratados propuestos por Moscú para impedir la adhesión de Ucrania a la OTAN y la expansión de la OTAN hacia sus fronteras.

Mañana hay convocada una reunión en Bruselas entre Rusia y la OTAN.

El jueves hay otra reunión en Viena en el marco de la OSCE.

Claro que hablar de negociaciones es un eufemismo. Putin ha dejado muy claro que la entrada de Ucrania en la OTAN es una línea roja que no va a permitir franquear a nadie.

(*) https://ria.ru/20220111/kartochki-1767256737.html

También Washington internará en campos de concentración a los que no se vacunen

El estado de Washington ha presentado un nuevo proyecto de ley para detener en campos de internamiento a los que no se vacunen. La norma se aplicará a toda la población a partir de los cinco años de edad y los encargados de su ejecución no son policías, jueces ni fiscales, sino sanitarios “a su entera discreción” (*).

La burocracia sanitaria se reconvierte en uno de los aparatos represivos del Estado y podrá emitir “órdenes de detención de emergencia” de las personas o grupos de personas “con fines de aislamiento o cuarentena”.

Los sanitarios pueden pedir a la policía que les ayude a capturar a los apestados y recalcitrantes a las vacunas y, además, ostentarán la condición de “agentes de la autoridad” para hacer cumplir inmediatamente las órdenes emitidas para detener y encarcelar a quienes estimen necesario por el bien de la salud pública.

La “orden de detención de emergencia” legaliza el aislamiento y la detención de los que no se sometan voluntariamente a las inyecciones “durante un periodo no superior a diez días”.

Sin embargo, un juez puede prorrogar la cuarentena forzosa “por un periodo no superior a treinta días” si la persona o familia aislada persiste en rechazar la vacunación.

El miércoles el Consejo de Salud del Estado de Washington celebrará una reunión pública virtual para debatir la aplicación de la nueva norma.

El miércoles de la semana pasada el gobernador del estado, Jay Inslee, que aparece en la foto de portada, lanzó nuevas amenazas a no los vacunados, un estilo de gobierno que, junto a los insultos y chantajes, se ha convertido en norma política habitual durante la pandemia.

Inslee está contratando un “equipo de respuesta” para gestionar las instalaciones del campo de internamiento. Los consultores del equipo ganarán entre 3.294 y 4.286 dólares al mes por sus servicios.

El estado también se ha asociado con el monopolio Amazon para crear un portal web a fin de que las personas se hagan pruebas regulares de coronavirus en casa y seguir manteniendo la ficción de brotes, casos y contagiados.

(*) https://apps.leg.wa.gov/WAC/default.aspx?cite=246-100-040

El fondo buitre BlackRock es el mayor accionista de la revista médica The Lancet

La revista The Lancet es una de las más antiguas que se publican sobre medicina en el mundo. Se fundó en 1823 y, sin duda, es una de esas referencias a las que algunos les gusta calificar de “prestigiosas”, por más que no la hayan leído nunca.

Su redactor jefe es Richard Horton, que aparece en la foto de portada. En 2020 Horton publicó un libro titulado “The Covid-19 Catastrophe” (1), que ya va por su segunda edición. En su obra culpa de la crisis sanitaria y de las muertes a los gobiernos occidentales, una tesis con la que no puedo estar más de acuerdo.

También anuncia el advenimiento de una especie de “cientificismo”, al que llama “biocracia” o gobierno de las ciencias biológicas, que recuerda bastante al complejo militar industrial al que hizo referencia Eisenhower en 1960. Otras veces se ha llamado “tecnocracia”, un término que evoca la banalización de la política posmoderna, un terreno abonado a la mediocridad.

Según Horton, se ha firmado una especie de nuevo “contrato social” entre los gobiernos y los científicos que viven en un estado de emergencia permanente. Los gobiernos no podrían sostenerse sin dar un tufillo “técnico” a su gestión diaria que, muchas veces, sirve para encubrir la corrupción, porque según una opinión muy extendida la corrupción es algo inherente sólo a los políticos, no a los médicos, o a los académicos.

Así se han justificado muchos golpes de Estado: para acabar con la corrupción y sustituir a los políticos por los expertos. Pero, como dice Horton, los científicos son tan corruptos como los políticos. En otra entrada ya ha quedado expuesto que las publicaciones científicas están involucradas en los montajes políticos de la pandemia (2).

Horton lo sabe bien porque en mayo de 2020 su revista -junto con otras- orquestó un montaje fraudulento contra la hidroxicloroquina y luego él personalmente trató de lavarse las manos, achacándolo a los autores del artículo (3).

No hace falta decir, pero quizá sí, que otra de las opiniones de Horton también me parece totalmente correcta: “La transferencia del poder a la ciencia podría resultar una peligrosa subversión de los últimos vestigios de nuestros valores democráticos”.

Si la ciencia no es lo que muchos creen, la revistas científicas, que a veces se identifican con ella, tampoco lo son. Como las cadenas de televisión, las revistas también son marcas comerciales de empresas privadas. Se rigen por lo mismos principios. Da lo mismo que hablen de política, del automóvil, de cotilleo o de ciencia.

The Lancet es una marca comercial de Elsevier, un gigante monopolista de la edición que se fusionó con Reed International y cambió su nombre por el de Relx (4). En su cartera comercial tiene otras revistas científicas como Cell. Su capitalización bursátil es 170.000 millones de dólares y obtiene 2.000 millones de dólares de beneficios al año. Su tamaño le sitúa entre los cinco primeros grupos de producción de contenidos del mundo, no muy lejos de Netflix y Disney y por delante de Sony.

La ciencia es un gran negocio y las revistas también. Muchas universidades, laboratorios y científicos no pueden pagar el elevado precio de las suscripciones para acceder a los artículos de investigación que, por lo demás, casi siempre se financian con fondos públicos.

Desde 2018 en el consejo de administración de Relx se sientan dos nuevos socios: los fondos buitre BlackRock y Artisan Partners. El primero es el mayor accionista de Relx, con más del 10 por cien del capital. También es el segundo mayor accionista de las farmacéuticas Pfizer, Johnson & Johnson y Merck, justo por detrás de Vanguard, otro buitre gigantesco.

Deberían estar claros los motivos por los cuales las revistas científicas publican ciertos artículos, no publican otros y orquestan montajes fraudulentos para mejorar los beneficios de las grandes empresas farmacéuticas: los mismos que nombran al director de Relx, nombran también al director de Pfizer.

(1) https://wwwnc.cdc.gov/eid/article/27/11/21-1257_article
(2) https://mpr21.info/las-publicaciones-cientificas-aparecen-envueltas-en-los-montajes-politicos-de-la-pandemia/
(3) https://mpr21.info/el-papel-de-la-farmaceutica-gilead-en-la-guerra-contra-la-hidroxicloroquina/
(4) https://thisyear.com/company-product/the-lancet-parent-company-relx-plc-relx-uk-1894

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