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Mes: julio 2014 (página 2 de 3)

¡Camarero: una ración de ‘comillas’!

Nicolás Bianchi

Me pasa que a las rimbombantes palabras las tengo que entrecomillar y, a diferencia de quienes se llenan la boca con, por ejemplo, el concepto «democracia» sin que sufran empacho, a mí me dan arcadas. Si escribo «democracia» (en cursiva), la tengo que entrecomillar, vean: «democracia». Y ello, por supuesto, porque no creo que en el Reino de España exista una democracia (como Dios manda, iba a decir, lo que son, qué cosa, los reflejos condicionados de Pavlov) a no ser que seamos «nominalistas» y creamos en la magia de las palabras, en su poder taumatúrgico, es decir, que sólo con nombrarlas o enumerar una serie de libertades formales ya cobran vida propia y adquieren consistencia como el muñeco al ventrílocuo. Una suerte de «fiat lux» y la luz se hizo así nomás.

Decía el cronopio Julio Cortázar (como apellido vasco no le pondremos tilde en la primera «a», aunque el puto corrector ya la ha puesto por su cuenta) que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como los hombres y los caballos (y las revoluciones, como la cubana, según oí, creo, a uno de PODEMOS, y es que no somos nada así van cayendo las hojas del calendario, oye). Hay palabras que, a fuer de ser repetidas y mal empleadas, terminan por fatigarse. Y agotarse. Palabras-cumbre como libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia o democracia se ven atacadas por este virus que a mí me obliga, según quién las pronuncie, a entrecomillarlas para protegerlas. Digo libertad, digo democracia, y súbito, presto, si no les pongo comillas, casi como quien pone los cuernos, siento que las pronuncio maquinalmente y, lo que es peor, quienes me leen, de haber alguno, corren el riesgo involuntario de asimilarlas como un estereotipo, como un cliché vacío de contenido. No es ya que padezcan desgaste o erosión, sino que, en efecto, los cuatreros de plusvalía y sus lacayos nos hurtan hasta las nobles palabras y su significado. Y ello con avaricia. Con glotonería. Ni las ningunean ni son anoréxicos, al revés: las expectoran a cada rato así nomás les pidas la hora. Al monopolio de la violencia (del Estado), que decía Max Weber, le agregan el monopolio del verbo y hasta del Logos, que es lo mismo, pero suena más bíblico (del apocalíptico evangelista San Juan, supongo que fumao).

Mostraré ahora otra impostura. Me valdré de Antonio García-Trevijano, republicano unionista, quien sostiene que la deslealtad ha sido el motor de la llamada Transición española. Empezando por el Rey (Juan Carlos, no el de ahora, que no ha tenido que jurar nada), que fue desleal primero a su padre y luego a los Principios del Movimiento Nacional, que se decía, y juró. Lo fue el recién extinto Adolfo Suárez a la Falange. Fraga a su credo franquista. Felipe González a sus postulados socialistas (tiene el lector mi venia para descojonarse a modo). Y Carrillo al ideario comunista.

A los intelectuales y artistas no los toquemos, que están inspirándose. Como puede verse, todo un rosario de traiciones a cambio del medro y la posición, por descontado. Como decían los milicos argentinos, con cruel ironía, nosotros somos «derechos» y «humanos».

Quienes todavía se mantienen en pie y no de rodillas son los proscritos que aún creen en las grandes y hermosas palabras y les restituyen su auténtico significado. Algo más que un metarrelato. Palabras y conceptos que hacen detener el viento.

Los transgénicos son un instrumento de dominación del imperialismo

Rusia acaba de prohibir totalmente los transgénicos, basándose en que su consumo es nocivo para la salud, según han demostrado los científicos de la Academia de Ciencias rusa. Quiero destacar de manera telegráfica varias aspectos que me parecen relevantes en este debate, lo mismo que en otros parecidos.

El primero es que como los científicos que han demostrado la nocividad del consumo de alimentos transgénicos son rusos, sus investigaciones van a pasar desapercibidas porque para la “ciencia” actual las únicas investigaciones que existen son las que se originan en los laboratorios de Estados Unidos y países cómplices suyos. No es la primera vez que esto ha ocurrido y no sólo ha ocurrido con Rusia, sino con científicos de otros países, como Francia el año pasado (sin ir más lejos).

He escrito lo de “ciencia” entre comillas por lo siguiente: porque no es tal ciencia sino ideología dominante, que en este caso no es la de una clase social sino la de una potencia mundial: por medio de los transgénicos Estados Unidos intenta imponer unas determinadas concepciones políticas e ideológicas (imperialistas) acerca de ellos como si fueran ciencia de verdad.

El segundo aspecto es que en los transgénicos, lo mismo que en las habitaciones, hay cuatro paredes que forman una única habitación, pero que en los debates aparecen desconectados entre sí:

a) la primera es una pared ecológica, es decir, los efectos que pueden causar en la naturaleza los seres vivos modificados genéticamente

b) la segunda es médica: los efectos que pueden causar los alimentos transgénicos sobre aquellos que los consumen, es decir, que la salud de las personas está en manos de monopolios agroalimentarios cuyo objetivo es ganar dinero (a costa de lo que sea y especialmente a costa de la salud de las personas)

c) el tercer aspecto es criminal: la estafa más vieja del mundo que consiste en dar gato por liebre, es decir, que compras una cosa y te venden otra distinta sin informarte, o sea, que los transgénicos no están etiquetados como tales de manera que el consumidor pueda elegir

d) el cuarto es el imperialismo, o como se dice ahora, la hegemonía: éste es el aspecto que voy a desarrollar.

Los monopolios de cualquier tipo intentan dominar un mercado y los monopolios agroalimentarios tratan de dominar la agricultura mundial. Los que no hemos creído nunca en el neoliberalismo añadimos además: a través de los monopolios dominan las potencias imperialistas que los sostienen.

Algunos quieren quitar hierro al asunto y dicen: eso pasa con todos los sectores económicos, los monopolios agroalimentarios en nada se diferencian de los demás. Es erróneo: podemos prescindir del móvil pero no de un mendrugo de pan. Por lo tanto, para todos los países del mundo la agricultura es un sector estratégico. Ahora a eso le llaman “soberanía alimentaria” en el Tercer Mundo, pero hay algo más; no se trata sólo de los países sino de que la superviviencia física de millones de seres humanos depende de dos cosas:

a) la primera de que suceda algo imposible: que se mantengan las formas actuales de agricultura, es decir, las formas agrarias anticuadas, autárquicas, lo cual no va a suceder porque en todo el mundo la expansión del capitalismo es inexorable

b) que se imponga su contrario (dialéctica), la revolución socialista, que es la única alternativa con futuro para el campesinado, o sea, para la inmensa mayoría de la humanidad; esto es lo que sí va a suceder en todo el mundo inexorablemente

Ya lo explicó Marx en “El Capital”, lo volvió a explicar Kautski en “La cuestión agraria”, lo repitió Rosa Luxemburgo en “La acumulación de capital” y por enésima vez Lenin volvió sobre el mismo asunto en sus primeros escritos: en todos los países del mundo la agricultura ha sido el último sector económico en ser sometido al capitalismo, lo cual ha permitido sobrevivir a la mayor parte de la humanidad que de otra forma hubiera sido aniquilada por la expansión del capitalismo. El “retraso” de la agricultura ha favorecido formas autárquicas de producción y subsistencia que hoy están amenazadas por las multinacionales agroalimentarias.

El imperialismo de Estados Unidos está tratando de sostener su hegemonía de varias formas, entre ellas imponiendo un determinado desarrollo de las fuerzas productivas en la agricultura, especialmente las patentes sobre semillas y los transgénicos, de tal manera que el campesinado que hoy es autosuficiente deje de serlo y pase a depender de las empresas comercializadoras, que son monopolios de Estados Unidos (en su inmensa mayoría).

Hay países, como Francia y Rusia, que se oponen a esa hegemonía y, por lo tanto, son los países en los que la ciencia presenta un aspecto radicalmente opuesto a la “ciencia” que nos llega de Estados Unidos, que es la única que algunos conocen y reconocen como tal. De ahí el cariz canallesco de las lecciones impartidas en España en algunos cursos universitarios de genética, de agrónomos o de medicina. Realmente repugnante.

El lector se dará cuenta de que la ciencia está muy cerca de la ideología y a causa de ello es posible que padecezca dos tentaciones simétricas (dialécticas) casi irresistibles: unos dirán que la ciencia no existe, que todo es ideología (“nada es verdad ni es mentira, todo es del color del cristal con que mira”); otros incurrirán en el vicio opuesto para sostener que todo es ciencia, que la ciencia no tiene nada que ver con la ideologia, ni con el capitalismo, ni con las clases sociales…

Ahora mismo en algunos Estados de Estados Unidos, como California, está en marcha una campaña popular a favor de la celebración de un referéndum para que los transgénicos se etiqueten, es decir, sobre el aspecto criminal de este asunto. Dialécticamente las multinacionales en los medios (que son sus medios) han desatado su propia campaña para contrarrestar a la anterior (lucha de contrarios). Dicha campaña consiste en preguntar lo siguiente: ¿acaso un asunto científico se puede someter a referéndum?, ¿tiene el mismo valor el voto de un experto que el de un ignorante que no ha sido capaz de aprobar los exámenes del instituto?

Como véis un debate apasionante… apasionantemente fascista. Es otro intento de que mantengamos la boca cerrada. Nuestra opinión no vale nada. Nosotros no podemos tener una opinión distinta de la que nos aconsejen los expertos, los que saben de estas cosas. Lo que nos corresponde a la chusma como nosotros es lo siguiente:

a) convencernos a nosotros mismos de que somos unos ignorantes y que estamos mejor calladitos
b) aprender a obedecer, a decir que sí sin rechistar: los expertos saben lo que se traen entre manos

Voy a dejar para más adelante unas declaraciones repugnantes de un “científico” español (del CSIC) que se ha burlado de nosotros diciendo lo siguiente: hace tiempo que las multinacionales agroalimentarias están engañando al mundo entero al vender transgénicos sin etiquetar que todos hemos consumido. Seguimos vivitos y coleando. No pasa nada. Los transgénicos no son nocivos para nuestra salud.

Es otro ejemplo de lo cercanos que están algunos “científicos” al imperialismo y a la criminalidad. Hacen apología de un delito como la estafa. Comprendo que es difícil separar a esa “ciencia” de una estafa vulgar y corriente, pero hay que seguir intentándolo.

La otra cara del Mundial

Nicolás Bianchi

Que no es otra que la represión de las protestas sociales habidas en los días previos al inicio del Mundial de Fútbol en Brasil de este año, pero que ya fueron anticipadas desde la Copa de Confederaciones el año anterior, en 2013.

Detrás del lema «FIFA Go Home» estaba la indignación de los sectores populares contra la organización de una Copa del Mundo («World Cup») con gastos irracionales -salvo para las grandes constructoras- en la construcción de faraónicos estadios sin otro uso que el propio evento deportivo y no más que ese acabado el festejo, salvo utilizarlos como cárceles, y a costa del pueblo que paga la crisis económica. Todo un despropósito, menos para los aprovechados.

Siempre que se celebra un acontecimiento de este calibre (y en 2016 vienen los Juegos Olímpicos también en Brasil) pasa tres cuartos de lo mismo: dar buena imagen de cara al exterior, es decir, desinfectar el interior de bichos molestos y enseñar una sonrisa profidén con dentadura limpia, sin caries, sin favelas, sin parias.

Se sabía que en Brasil había mucho follón. La prensa generalista y convencional informó en las vísperas del Mundial de los disturbios, pero apenas sonó el pitido inicial del partido inaugural, Brasil-Croacia, ya no supimos nada más de lo que pasaba en la calle. Ahora toca circo, el pan que espere. Y si hay pan, ¿de qué te quejas?

El día anterior al comienzo del Mundial se detuvo a cuatro personas bajo cargos tales  como tener una botella de desinfectante considerado artefacto incendiario. También por «formaçao de quadrilha», tipificado en el artículo 288 del Código Penal brasileño, algo así como la «asociación ilícita» en el franquismo donde una reunión de más de tres personas ya era «multitud». Esto es solo una muestra.

La represión se ensañó especialmente en la prensa alternativa que trataba de informar sobre las movilizaciones, entre otras, con la leyenda «FIFA Go Home». El mismo día de la final entre Argentina y Alemania, fuera del estadio de Maracaná, hubo casos de violencia contra la prensa, en particular contra los reporteros gráficos y camarógrafos. No se podía grabar la «otra» realidad, como le pasó al documentalista canadiense Jason O’Hara, que al menos lo puede contar.

En el mundial se movilizaron 26.000 policías y militares. Hay que decir que la policía brasileña está militarizada, es una parte del Ejército del país, o sea, forma parte del paisaje, como aquí la Benemérita.

La dialéctica es el álgebra de la revolución

Juan Manuel Olarieta

Le agradezco sinceramente a Eduardo Rojas el nuevo comentario que escribe, que me anima a volver a la carga sobre el mismo asunto. Para mi no es ninguna molestina sino un estímulo que, además, me ayuda a aclararme a mí mismo y espero que también contribuya a aportar algo a los lectores.

No puedo ahora entrar ahora a responder a cada uno de los aspectos que aborda, aunque espero hacerlo en un futuro próximo porque creo que son interesantes. No obstante, me gustaría dejar apuntadas al menos algunas cosas. La primera es que sus comentarios sí son un ataque directo y frontal al materialismo y a Engels. Cuestión distinta es que no sea consciente del alcance de sus afirmaciones, algo bastante frecuente que podríamos calificar como el síndrome Monsieur Jourdain que padecemos todos los seres humanos (unos más que otros) por el hecho de ser humanos, o sea, por el hecho de ser inconscientes (al menos en parte).

La conciencia, decía Lenin, es un grado, y yo añado de mi cosecha: y la inconsciencia también es un grado. Lo que ocurre es que los marxistas, como la mayor parte de los seres humanos, hablan mucho de la conciencia, muy poco de la inconsciencia, casi nada de la subconsciencia y aún queremos ir mucho más allá para no hablar absolutamente nada de la ciencia.

Si algún lector cree que esto es juego de palabras se equivoca rotundamente: la ciencia es una parte de la conciencia y quien no quiere hablar de ciencia tampoco quiere hablar de conciencia. Pues bien: una revolución no es posible sin conciencia; luego tampoco es posible sin ciencia. El marxismo no es más que una ciencia de la revolución; su conciencia.

La segunda observación que quiero exponer es que, en efecto, Lenin no leyó la «Dialéctica de la naturaleza» ni muchas otras cosas de las que hoy disponemos, lo mismo que los comunistas de habla hispana no pudieron leer «El Capital» porque no se tradujo hasta hace apenas 40 años, lo cual no les impidió dirigir importantes batallas contra el capitalismo, como la guerra civil en 1936 o la revolución cubana en 1959. Muchos otros, la mayoría, siguen hoy sin leer «El Capital» y eso no les convierte en menos revolucionarios que a los que sí lo han hecho.

Si como dice Rojas los militantes revolucionarios no utilizan la dialéctica para avanzar hacia el socialismo, pueden suceder dos cosas: o bien no son tan revolucionarios como ellos creen (y así nos luce el pelo), o en caso contrario, si son auténticos revolucionarios padecen el síndrome Monsieur Jourdain: no saben que hablan dialéctica.

Como el aire que respiramos, la dialéctica -repito- está en todas partes. Todo el mundo hace uso de ella cotidianamente. Ese no es el problema. El problema es hacer un uso consciente de ella.

Como Monsieuer Jourdain todos los seres humanos hacemos cosas que no sabemos lo que son y nos quedamos sorprendidos cuando empezamos a saberlo. Como máximo sabemos el funcionamiento de las cosas. Yo he aprendido a golpear las teclas del ordenador, a borrar las errores ortográficos de mis escritos y a leer un correo electrónico. Pero no tengo ni idea de informática, no se lo que es un algoritmo matemático, ni el álgebra de Boole. Eso no me autoriza a afirmar que el álgebra de Boole no es necesaria para que yo escriba esto y los lectores lo puedan leer. Cada vez que arranco el ordenador, estoy utilizando el álgebra de Boole y no me entero, o sea: no soy consciente de ello.

Lo mismo ocurre con las revoluciones. Como dijo el gran revolucionario ruso Herzen, la dialéctica es el álgebra de la revolución. Por lo tanto, un revolucionario la está utilizando cada minuto del día (si es un revolucionario de verdad). La cuestión es siempre misma: si lo hace consciente o inconscientemente. Para que el lector entienda que no es juego de palabras voy a poner algunos ejemplos banales al más puro estilo Engels.

Como creo que todos, yo aprendí a nadar sin necesidad de leer ningún manual de instrucciones. Lo mismo me ocurrió con la bicicleta. No tenía ni idea de las razones por las cuales mi cuerpo flota en el agua, ni tampoco por qué es capaz de mantener el equilibrio sobre dos ruedas. No se lo que es el Principio de Arquímedes, ni soy capaz de calcular el centro de gravedad de las masas. No se lo que hago pero lo hago inconscientemente, como la mayor parte de las cosas que todos hacemos en la vida, porque la vida es sobre todo eso: práctica.

Con los años he practicado la natación, un monitor me enseñaba la manera correcta de nadar más y mejor. También se que hay gente profesionalizada que compite en la natación como en el ciclismo. Se entrenan para ello diariamente. Incluso hay quien lo estudia, hay manuales, centros especializados de educación física, han aparecido las ciencias biomecánicas, la medicina deportiva… En resumen: a pesar de que para nadar y correr en bicicleta no hace falta leer ni saber nada, también hay quien lo hace conscientemente, practica, se entrena y estudia. Son una minoría de atletas.

Pues bien, traslademos eso a la revolución: las revoluciones las hacen las masas, la inmensa mayoría de ellas ni siquiera han oido hablar nunca de dialéctica, pero están al cabo de la calle. Además de ellas hay una minoría de atletas de la revolución, profesionales que dedican a ella su vida y sus energías, que estudian, que se entrenan, que discuten, es decir, que hacen lo mismo que hacen las masas, pero conscientemente: sabiendo lo que hacen.

Esto ya lo explicó Spinoza, uno de los verdaderos «padres fundadores» del materialismo moderno. A su manera, Lenin dijo lo mismo cuatro siglos después: además de las masas, la revolución también tiene sus profesionales entrenados para ella. Hacen lo mismo que las masas, pero lo hacen conscientemente, y una conciencia sólo es verdadera cuando se sostiene sobre la ciencia.

Y también dos huevos duros

Nicolaś Bianchi

Que le pedía insistentemente Chico Marx a Groutxo en la famosa escena del camarote en “Sopa de ganso”.

Yo, más que comedor, he sido bebedor (sospecha de los abstemios, decía Baudelaire). Comer, lo justo, igual que las tonterías, las justas. Nada en exceso, que diría el estoico Séneca quien, por cierto, estaba podrido de sestercios.

Buceando por Internet (otros navegan, yo buceo), me topo con un Doctor brasileño –Paulo Uribaran–, de Porto Alegre, que dispara estas gemas antiparanoicas socolor de patafísicas. Dice este Licenciado, a quien instalé en mi panteón doméstico como penate, estas primicias conspiranoicas. Preguntado este friki genial sobre si es verdad que los ejercicios cardiovasculares prolongan la vida, responde así: el corazón está hecho para latir una cantidad de veces determinadas. No hay que desperdiciar –continúa– esos latidos en ejercicios. Acelerar su corazón no va a hacer que usted viva más. Es como decir que puedes prolongar la vida de tu coche corriendo más deprisa. ¿Quieres vivir más? Échate la siesta. Esto me recuerda a Mark Twain y sus “sanos” amigos a los que enterró. Le preguntan a este santo iconoclasta –un oximorón– si es más aconsejable comer más frutas y vegetales que carnes rojas, y el doctorcito nos sale con que, mire usted, milord, ¿qué comen las vacas?, coño, pues hierba y maíz y ¿qué es eso?, joer, pues vegetales. Conclusión del entimema: un filete es el mecanismo más eficaz de colocar vegetales en su organismo. ¿Necesitas comer cereales? Pues jama pollo.

¿Y qué pasa con el alcohol, ein? ¿Hay que reducirlo? De ninguna manera, nos revela este clarividente a quien venero. El vino está hecho de fruta. La cerveza también está hecha de cereales (lúpulo). No limite demasiado su consumo. Pero –le preguntan insidiosamente–, ¿hacer ejercicio no estará mal, no? Nuestro admirado galeno no cae en esa “trampa saducea” y se pronuncia así: ”mi filosofía es que si no tienes dolor, no hagas nada, estás bien”. Me rindo. Y no es joda (“broma”, en lunfardo). Insiste el becario periodista que va de meritorio y tratando de pillar al maestro esgrimiendo el pequeñoburgués argumento de que la gimnasia ayuda a reducir la obesidad. Respuesta: ”absolutamente no. Ejercitar un músculo lo único que hace es aumentar el tamaño del músculo”. Acá lo coloqué en una “stuppa” budista. No se ría el lector, que le estoy imaginando. Y no digo lectora pues uso pangenérico.

Voy acabando, que estamos en verano y yo con estos pelos. ¿El chocolate hace daño? No, es cacao, otro vegetal. Ayuda a ser feliz. La vida no es un viaje para la tumba donde llegar. En una mano la birra, y en la otra un bokata. Gastar el cuerpo, y no desgastarlo, sexo incluido.

Lo último de este gurú: si andar mucho fuera saludable, los carteros serían inmortales. Las tortugas no corren y viven 450 años, como Carrillo. Igual por eso los revolucionarios morimos pronto.

Los ataques contra Engels están dirigidos contra el materialismo

Un escrito anterior ha suscitado comentarios críticos que, aparentemente, se dirigen sólo contra Engels, de quien dicen que le hizo un daño inmenso al marxismo con su “Dialéctica de la naturaleza”. No obstante, a pesar de las apariencias, el objetivo de ese tipo de críticas no está enfilado contra Engels sino contra el materialismo, es decir, que se trata de otro intento más de convertir al marxismo en una variante del idealismo subjetivo, que es el propósito de esos “marxistas occidentales” partidarios de la filosofía “de la praxis”, que se pretenden amparar en la Tesis 11 sobre Feuerbach acerca de “cambiar el mundo”.

La burguesía no sólo tiene una concepción errónea acerca de la naturaleza sino que su error desemboca en otra concepción no menos errónea acerca de eso que llaman “ciencias de la naturaleza” por contraposición a las ciencias humanas o sociales. Son dos variedades del mismo error. Un ejemplo de ello es cuando el Vaticano rechaza la homosexualidad por ser una práctica “antinatural”, cuando entre los animales el índice de homosexualidad oscila de un 2 a un 15 por ciento, según las especies. Como no podía ser de otra forma, el récord del orgullo gay lo ostenta la cacatúa rosa, una especie de loro con un 44 por ciento de ejemplares que mantienen relaciones “íntimas” con los de su mismo sexo. Decir que en el sexo hay algo natural o antinatural es absurdo, lo mismo que hablar del índice de crecimiento “natural” o “vegetativo” de la población. Por cierto: ¿la demografía es una ciencia social o natural?

El “marxismo occidental” quiere reducir el marxismo al materialismo histórico porque así es como entienden ellos la práctica y la consigna de “cambiar el mundo”. También dicen que “extender la dialéctica a todo lo que existe en la naturaleza es salirse completamente del objeto del marxismo”. El propósito del idealismo es que la burguesía pueda proseguir indefinidamente lanzando todo tipo de sandeces en nombre de la ciencia, mientras que los marxistas deben mantener la boca cerrada porque lo suyo son sólo las ciencias sociales. Es fácil adivinar que se trata de un desarme en toda regla del proletariado y, naturalmente, un intento de vaciar al marxismo de contenido, que empieza por expulsar a Engels del olimpo de los “padres fundadores”, del que hace tiempo que ya han sacado a Lenin y Stalin.

El ataque fue iniciado por Lukacs quien imputó a Engels (nada menos que) una profunda incomprensión de la naturaleza práctica de la industria y la experimentación científica que, según Lukacs, son puramente contemplativos (1). En este punto el problema de los idealistas como Lukacs es doble. Por un lado, tienen una noción muy diferente de la de Marx y Engels acerca de la práctica: lo mismo que los partidarios de la filosofía “de la praxis”, Lukacs no sabe lo que es la praxis. Por el otro, el tortuoso concepto de naturaleza (y de la dialéctica de la naturaleza) que trata de esbozar (2), también es ajeno al marxismo.

Lo mismo le ocurre a Alfred Schmidt, un seguidor de la llamada Escuela de Frankfurt que en los años sesenta escribió una penosa obra titulada “El concepto de naturaleza en Marx”, en la que se saca de la manga un supuesto enfrentamiento entre Marx y Engels y le imputa a la “Dialéctica de la naturaleza” un tratamiento exterior al objeto de la ciencia (3), algo superpuesto a él, artificioso. Lo ha repetido la burguesía muchas veces: la dialéctica de la naturaleza de Engels se superpone a la naturaleza e incluso a la ciencia, adherida como si fuera un apósito, un postizo.

Por ejemplo, según Schmidt, Engels aplica categorías hegelianas a la célula, incluso despreocupándose de sus presupuestos idealistas especulativos. Es falso. Engels no aplica nada a la célula y mucho menos categorías hegelianas, es decir idealistas. Schmidt oculta que Engels no se refiere a la célula sino a la teoría celular, que es algo muy distinto. Por lo demás, hasta el menos informado se apercibe de que la esencia del desarrollo celular es dialéctica: uno se divide en dos y dos forman uno.

En estos ataques Engels sólo es la coartada. El verdadero propósito del “marxismo occidental” es lanzar un torpedo a la línea de flotación del materialismo en su conjunto y, por consiguiente, Marx es la otra parte del asunto porque, como materialista, se le pueden hacer exactamente las mismas imputaciones que a Engels, ya que ambos defienden el mismo materialismo. En la obra de Marx no existe ninguna dicotomía entre el ser humano y la naturaleza. Ésta no es algo externo o exterior al ser humano: “El hombre no está en la naturaleza sino que es naturaleza”, dice Marx.

A diferencia de Lukacs, Marx no considera al hombre como un espectador que no interviene en la naturaleza sino que, muy al contrario, habla de “metabolismo” (“Stoffwechsel”) entre el hombre y la naturaleza. El trabajo humano, la producción, es la parte principal de ese metabolismo del que habla Marx.

Pero, por cierto, hagamos un inciso: el concepto de metabolismo procede de la filosofía griega (“metabolei”), en donde significaba “movimiento”, de donde pasó a la biología para sustituir al término “intosuscepción” con el que hasta principios del siglo XIX se había explicado la especificidad de los cambios (dialécticos) que experimentan los seres vivos, a diferencia de los objetos llamados “inertes”.

Es obvio que hoy (como en tiempos de Marx) el metabolismo es un concepto propio de las ciencias naturales y, más en concreto de la fisiología y la bioquímica. Pero el metabolismo supera la descripción científica de un mera interacción dialéctica de la manera en que habitualmente se entiende: se trata de una auténtica interpenetración, de una progresiva asimilación de la naturaleza por la sociedad. Ciertamente hay una diferencia: donde las ciencias naturales hablan de digestión, Marx habla de producción.

El concepto de metabolismo que utiliza Marx ayuda a entender su definición de naturaleza: “La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre, es decir, la naturaleza en cuanto no es ella misma el cuerpo humano. El hombre vive de la naturaleza; esto quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que debe permanecer en un proceso continuo, a fin de no perecer. El hecho de que la vida física y espiritual del hombre depende de la naturaleza no significa otra cosa sino que la naturaleza se relaciona consigo misma, ya que el hombre es una parte de la naturaleza”.

Las citas de Marx se pueden multiplicar a gusto del lector, pero me quedaré con aquella en la que afirma que la historia misma, la historia social, no es más que una parte de la historia natural, es decir, de la transformación (desdoblamiento lo llama) de la naturaleza en sociedad y, por consiguiente, que no existe ninguna diferencia entre las ciencias de la naturaleza y las de la sociedad (4). Lo mismo cabe decir de Darwin, del que parece que cuando habla del origen de las especies se refiere sólo a la naturaleza; pero cuando habla del origen del hombre, ¿no habla Darwin también de la naturaleza? Si eso es así, ¿cuál es la diferencia entre unas ciencias y otras?

Los marxistas tienen un concepto erróneo de sí mismos si creen que Marx y Engels procedieron de una manera diferente al resto de los pensadores más grandes de la humanidad al “mezclar” a la ciencia con “otras cosas” que (por ello mismo) parece que no lo son, es decir, que no son científicas. Newton hizo exactamente lo mismo que ellos al llamar “filosofía natural” a la física. Lo mismo cabe decir de Descartes, conocido tanto por su filosofía como por su geometría analítica. Además de un conocido filósofo, Aristóteles escribió varias obras sobre biología, Kant fue el pionero de la cosmología…

Ya que he hablado antes de la sexualidad, recordaré que Darwin la ponía como ejemplo de selección “natural”, después de llevar a cabo su propia selección, que era muy poco “natural” y, desde luego nada científica: las mujeres, decía Darwin, seleccionan a los hombres por su atractivo físico (5). Mi duda es si una afirmación como esa:

a) forma parte de las ciencias sociales
b) forma parte de las ciencias naturales
c) es una chorrada, o sea, ideología y prejuicios de la peor especie

Los guapos, las guapas, los feos y las feas son un ejemplo claro de lo que los biólogos llaman “dimorfismo” o sea otro ejemplo de dialéctica: a lo largo de su evolución “natural” las especies, lo mismo que las células, experimentan un desdoblamiento dialéctico (uno se divide en dos) entre ejemplares sexualmente diferenciados, macho y hembra, que en las especies menos evolucionadas no existe porque son “unisex”.

Etcétera. La dialéctica está por todas partes, incluida la naturaleza, las galaxias, los átomos, la geometría y la lucha de clases. Al defenderlo así Engels llevó a cabo un trabajo magistral, escribió una obra pionera y revolucionaria en su campo, tanto que, por esos escritos y por otros a la misma altura, Engels pasará a la historia como uno de los más grandes pensadores de la humanidad: el que sentó las bases del materialismo realmente científico. Los marxistas deberían sentirse muy orgullosos de contar entre sus filas con un gigante de la talla de Engels.

(1) Lukacs, Historia y conciencia de clase, Grijalbo, México, 1969, pgs. 179 y stes.
(2) Historia y conciencia de clase, cit., pgs. 263 a 265.
(3) Schmidt, El concepto de naturaleza en Marx, Siglo XXI, Madrid, 1977, pgs. 46 y stes.
(4) Marx, Manuscritos: economía y filosofía, Alianza, Madrid, 1968, pgs.110-111 y 152-153.
(5) Darwin, El origen del hombre, Madrid, 2006, tomo II, pg.376.

La dialéctica está por todas partes

Juan Manuel Olarieta

En un foro comunista uno de los participantes abre un hilo para exponer que a pesar de que los marxistas afirman que las contradicciones están por todas partes, él no es capaz de verlas, sin embargo, en una piedra que hay tirada en un camino. A mi ocurre lo mismo cuando me asomo al balcón de mi casa: veo pasar a la gente por la calle pero no se quiénes son. Para encontrar la dialéctica en una piedra hay que saber qué es la dialéctica. Cuando en un camino te encuentras con alguien a quien conoces le saludas, pero pasas de largo en caso contrario. Lo mismo ocurre con la dialéctica. Pasamos de largo ante ella porque no sabemos lo que es.

Para reconocer a la dialéctica hay que ver las cosas en movimiento porque donde hay movimiento hay contradicciones y, por lo tanto, dialéctica. Dado que todo está en movimiento, la dialéctica está por todas partes. Si estamos rodeados por ella deberíamos ser capaces de verla. Si no es así es porque no la conocemos: o no sabemos lo que es o no vemos que todo está en movimiento.

En el caso de la piedra, que nos parece como algo inerte, sin movimiento, se me ocurre que su composición atómica es consecuencia de una larga transformación a lo largo del tiempo, como tantos otros compuestos químicos. Por ejemplo, es muy posible que antiguamente esa piedra estuviera compuesta de elementos radiactivos inestables que con el tiempo han modificado su composición atómica hasta convertirse en estables, bien entendido que esa estabilidad es relativa, es decir, que a pesar de las apariencias sigue siendo inestable, que sigue cambiando como consecuecia del viento o la lluvia u otros fenómenos físicos, químicos, geológicos o de otro tipo.

La radiactividad es un fenómeno típicamente dialéctico, una contradicción que se produce en el núcleo de los átomos de determinados elementos químicos entre los protones y los neutrones, por la cual dicho elemento se transforma en otro distinto. Lo que ocurre es que la radiactividad no se ve a simpe vista y da la impresión de que la piedra no está cambiando.

«Mientras contemplamos las cosas como en reposo -escribió Engels en el Anti-Dühring- cada una para sí, junto a las otras y tras la otras, no tropezamos ciertamente con ninguna contradicción en ellas«. A su vez, si no somos capaces de analizar las cosas en movimiento es como consecuencia de una larga tradición metafísica, es decir, como consecuencia de una deformación intelectual que es típica de la cultura occidental, a diferencia de la oriental.

Pero padecemos otra deformidad aún más característica: tenemos la estúpida creencia de suponer que la cultura occidental es toda la cultura, la cultura por antonomasia, mientras que las concepciones orientales las tomamos por exóticas, curiosas e irrelevantes. Donde en China ven contradicciones por todas partes, nosotros no somos capaces de ver nada.

Además de ignorancia, lo nuestro es pura soberbia intelectual que, con el tiempo, no ha hecho más que crecer y desarrollarse, por lo que vivimos en medio de la estupidez y disfrutamos con ella. Por eso es costumbre burlarse de la dialéctica y considerarla como una reliquia de la que sólo se acuerdan los marxistas. Desprecian la dialéctica aquellos que no saben lo que es.

El ejemplo más conocido es el de Dühring, que consideraba la contradicción como un contrasentido que tenemos que rechazar porque es ilógico o incoherente. Lo mismo que Dühring han repetido otros autores, como el jurista austriaco Hans Kelsen o el filósofo Karl Popper. En la cultura occidental todo conocimiento que se precia de ser científico empieza por el principio de no-contradicción, es decir, desde el principio tiene la voluntad de no incurrir en contradicciones, de tal manera que si, a pesar de ello las contradicciones aparecen, hay que rechazar la teoría por incoherente.

No voy a entrar ahora a criticar un punto de partida (el repudio de las contradicciones) que carece de justificación, es decir, a preguntarle a un científico algo que parece una obviedad: ¿por qué rechaza Usted las contradicciones desde un principio? ¿En qué se fundamenta? Lo que sí quiero poner de manifiesto es algo que me parece mucho más importante: aún en el supuesto de que las contradicciones se intenten rechazar, reaparecen igualmente, lo cual demuestra que ninguna ciencia puede prescindir de ellas.

El ejemplo más clamoroso fue el intento que desde finales del siglo XIX se llevó cabo para axiomatizar la matemática, fundamentándola en la lógica, es decir, en el principio de no-contradicción. El intento «fracasó» porque las no- contradicciones produjeron contradicciones.

Pero resulta aún más curioso recordar lo que le ocurrió a Niels Bohr cuando propuso los fundamentos de la Mecánica Cuántica. Entonces muchos físicos le dijeron que los postulados de aquella teoría eran contradictorios, lo cual parecía obvio. Bohr no fue capaz de encontrar ninguna explicación, hasta que durante un viaje a China se topó con una frase de Heráclito que a partir de entonces se convirtió en el lema que defendió toda su vida: Contraria sunt complementaria. Para el físico danés no había otra manera de explicar algo tan moderno como la Mecánica Cuantica que la dialéctica: los contrarios forman una unidad, son complementarios.

Con la dialéctica siempre nos topamos con una contradicción. Por un lado están aquellos que se burlan de Engels diciendo que los ejemplos que pone para explicarla son simplones, banales y ridículos. A esos tipejos les ocurre lo mismo que a Monsieur Jourdain, que era tan ignorante que no sabía que hablaba en prosa. Como la dialéctica es tan corriente, se pueden ejemplos tan sencillos que los vemos por todas partes, o deberíamos y, desde luego, podemos entenderlos a la perfección. Pero para los listillos las cosas nunca pueden ser simples ni sencillas; hay que complicarlas.

El otro polo de la contradicción está en aquellos que dicen: ciertamente la dialéctica está por todas partes, pero hay una manera más sencilla de explicar los fenómenos. Es típica del positivismo anglosajón, lo que pasa es que esas personas también les ocurre lo mismo que a Monsieur Jourdain: no saben que están defiendo una ideología (no una posición científica) y que la misma les lleva a otra contradicción: a tratar de explicar un fenómeno dialéctico de una manera no-dialéctica.

Los que no gustan de las contradicciones viven en medio de una contradicción, y a los demás nos pasa lo mismo.

Messi: ¿Pucherazo?

Nicolás Bianchi

Andan, con razón, las redes agitadas ante la injusta decisión de la FIFA de otorgar a un gris y desdibujado Lionel Messi el Balón de Oro al mejor jugador del Mundial. Hasta el propio presidente de quien siempre gana la organización de los Mundiales de Fútbol, el kapo Blatter, dice estar (o fingir) «sorprendido», aunque sobrepone su condición de «diplomático», es decir, de cínico.

Después de la Copa del Mundo en Alemania-2006, la FIFA diseñó una nueva estrategia comercial para hacerse con los derechos televisivos y los patrocinadores (las entradas en taquilla son el «chocolate del loro» -aún así eran muy caras y entre el público brasileiro no vimos ni un rostro negro, todos blancos y recién duchados-, lo que no obsta para que insten a los Gobiernos a que no permitan la venta ambulante alrededor de los estadios de productos relacionados con el Mundial o la venta en las gradas de la cerveza Budweiser -pese a que la ley brasileña prohíbe su consumo en los recintos deportivos- por su contrato con la FIFA además de ser patrocinador («sponsor»). Y es que están los patrocinadores como Budweiser o McDonald’s, los patrocinadores locales (de la nación que sea) y, sobrevolando a todos, los socios («partners») como Coca-Cola. Adidas o Sony, entre otros, no muchos más. Aún en tiempos de crisis, el fútbol de élite sigue siendo un gran negocio.

La Copa del Mundo tuvo un ganador: la marca Adidas, uno de los principales socios de la FIFA. La empresa alemana llegó al Mundial patrocinando a nueve selecciones, una menos que su gran competidora, la estadounidense Nike, y una más que la italiana Puma. La final la disputaron dos selecciones de la firma de las tres tiras, Alemania y Argentina, quienes dejaron a Nike la consolación entre Brasil y Holanda. Desde 2006, cuando Francia (Adidas) e Italia (Puma) jugaron la final en Berlín, Nike no se quedaba fuera de la final del campeonato. La firma americana perdió, además, a su estrella, Cristiano Ronaldo, en la fase de grupos (Portugal), mientras que, por su parte, la marca teutona sufrió la mala imagen de un patrocinado suyo: Luis Suárez y su mordisco -reincidente, aquí lo más grave- al italiano Chiellini.

Es Adidas quien viste a los árbitros y proporciona el balón oficial (Brazuca). Además de esto, casi todos los premios individuales se los llevaron jugadores Adidas: Messi el Balón de Oro; Manuel Neuer, el portero alemán, el Guante de Oro y el colombiano James Rodríguez la Bota de Oro como máximo goleador del torneo. Sólo el francés Paul Pogba, jugador de la «cuadra» -hay que hablar así- Nike, se llevó un galardón al mejor jugador joven (21 años).

Lionel Messi, al margen de su indiscutible calidad como futbolista, un fuera de serie, ni siquiera fue incluido en el once ideal del campeonato. Sin embargo, recibió, «sorprendentemente», el trofeo patrocinado por Adidas, curiosamente el patrocinador de Messi y socio de la FIFA. Las uvas están maduras. Desconocemos si entre el jurado estaba algún pariente del pulpo Pol.

Nota. – Messi, que ni él se cree merecedor de ese premio, y hasta lo puede perjudicar, no podía rechazarlo -lo que le hubiera rehabilitado en cierta forma- pues, al fin y al cabo, se debe a su patrón, pero desde aquí apostamos a que a no mucho tardar, Messi declarará que no se merecía ese galardón.

Ustedes lo van a ver.

Un neonazi en la Comisión de Libertades del Parlamento europeo

Juan Manuel Olarieta

El eurodiputado Udo Voigt, de 62 años, antiguo presidente de la organización neonazi alemana Partido Nacional Democrático (NPD), ha sido elegido hace unos días para formar parte de la Comisión de Libertades Civiles del Parlamento de Bruselas. Eurociudadanos, habéis leído bien: vuestra libertad depende de un nazi como Voigt.

El 20 de noviembre de 2010 Voigt fue invitado por los fascistas hispanos a celebrar los actos de conmemoración de la muerte de Franco, e incluso llegó a pronunciar un discurso en la Plaza de Oriente de Madrid.


Voigt es un militar de profesión que alcanzó el grado de capitán tras 12 años de servicio en la Luftwaffe, las fuerzas aéreas alemanas, de donde le expulsaron en 1984 por negarse a abandonar el NPD. Su padre también era nazi y luchó en las SS durante la Segunda Guerra Mundial, lo que le costó cuatro años de cárcel en la Unión Soviética. En 1968, cuando sólo contaba con 16 años, el hijo se afilió al NPD, que presidió entre 1996 y 2011. Una de sus campañas políticas más conocidas es la petición de que le concedieran el Premio Nobel de la Paz a Rudolf Hess, entonces preso en la cárcel de Spandau por crímenes de guerra.

El europarlamentario ha sido encausado en 15 procesos judiciales acusado de “incitación al odio racial y a la violencia”, “negación del Holocausto” y “ostentación de propaganda y símbolos nazis”. En 1998 los tribunales alemanes le condenaron a cuatro meses de prisión por pedir a sus votantes durante un mitin que se involucraran en un “combate armado”.

Voigt cuestiona el número de muertos del Holocausto. En un cartel electoral de 2011 se le veía subido a una moto con el lema “Gas geben!”, que se puede traducir como “¡A todo gas!”, una referencia directa a los campos de exterminio nazis. En 2010 tuvo que pagar una multa de 1.000 euros por hacer apología de las SS en un discurso durante la celebración del 65 aniversario del final del III Reich. El año pasado publicó un libro que presentó en un conocido bar de Berlín famoso por ser el centro de reunión de los nazis de la capital germana.

En Alemania Voigt es muy conocido por sus declaraciones imperialistas, chovinistas y racistas. En unas declaraciones a «El Mundo» (1) exigió la anexión de los territorios polacos fronterizos que Alemania perdió tras la Segunda Guerra Mundial. Para él “Europa es el continente de los blancos” y Hitler «un gran hombre de Estado” que “consiguió algo fantástico, eliminó el paro en muy pocos años”.

El NPD se fundó en 1964 para reagrupar a los naonazis alemanes, que hasta entonces estaban muy divididos. Entre ellos estaba el Partido Socialista del Reich de Otto Ernst Remer, heredero del NSDAP que presidió Hitler. El nuevo dirigente del NPD, Udo Pastörs, ha calificado a Alemania como “república de judíos”. Voigt, Pastörs y el NPD representan fielmente al típico movimiento nazi, esclareciendo la verdadera naturaleza del fascismo, que es inseparable del Estado burgués al que sirve y del que se sirve, por lo que merece la pena prestar un poco de atención a asuntos de este tipo.

Hace 10 años 16 Estados Federados alemanes -nada menos- presentaron un demanda colectiva ante el Tribunal Constitucional alemán exigiendo la ilegalización del NPD. La sentencia falló a favor de los nazis al asegurar que los servicios secretos alemanes (BND) estaban tan ligados a ellos que era imposible diferenciar las actividades realizadas por los espías de las propias del partido.

Actualmente hay un segundo intento de ilegalizar al NPD a través del Tribunal Constitucional que está pendiente de sentencia. En Munich un tribunal alemán juzga a la NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista), un grupo de matones del que formaba parte Ralf Wohlleben, un antiguo dirigente del NPD en Turingia. Entre 2000 y 2007 la NSU asesinó a 10 personas, entre ellas 8 de origen turco.

Pero lo realmente importante es tomar nota de lo siguiente: además de la complicidad de los aparatos represivos del Estado, se ha vuelto a demostrar que la NSU estaba asociada al espionaje del gobierno de Turingia. Los fascistas no son nada sin el Estado que está detrás suyo. Para cometer sus crímenes los nazis tenían documentación falsa, tarjetas, pisos francos, dinero, vehículos, armas e información proporcionados por el Estado. Como han reconocido algunos parlamentarios alemanes, el movimiento neonazi está a sueldo del Estado (2).

La imagen de fuerza electoral de los neonazis que están transmitiendo los medios burgueses es errónea. Su apoyo electoral es insignificante: el uno por ciento de los votos. Para que Voigt llegara al Parlamento de Estrasburgo ha necesitado que el Tribunal Constitucional alemán rebaje el suelo mínimo necesario (tres por ciento de los votos) para obtener representación parlamentaria. Lo mismo que Hitler en su época, que trepó gracias a los centristas católicos, los nazis trepan gracias al apoyo que le dan otras fuerzas políticas.

Los nazis izan las velas pero son otros los que soplan. ¿Quién ha votado en Bruselas a favor de que Voigt forme parte de la Comisión de Libertades del Parlamento? Cuando contestemos a esta pregunta sabremos quiénes están impulsando al fascismo en Europa y se lavan las manos como Pilatos.

La letralleta

Nicolás Bianchi

No fue una decisión fácil. No para John Ezkerra, ”El Zurdo”. Vivía, no hacía muchas lunas, en un rancho modesto, propietario de pocos acres como pasto para cristianas reses bovinas y ovinas así como una huerta autárquica que abastecía a sus dos hijas y su laboriosa mujer de origen vasco (su fortísimo acento la delataba). Los sábados, John, bajaba al mercado local –vivían en un monte- a intercambiar quesos y leche de oveja (para hacer cuajadas), también lekas y puerros, por monedas bastantes para reparar un apero descompuesto u otro avatar imprevisto. Una economía mercantil, simple y descomplicada, preindustrial, sin plusvalía, fisiócrata, de trueque, yo qué sé. De John Ezkerra, ”El Zurdo”, nunca se oyó decir que fuera un reaccionario amante de relaciones feudovasalláticas ni que fuera cuáquero o metodista puritano, pues tenía transistor y televisión y gustaba de francachelas con camaradas. No desconectó, como suele decirse, del mundanal ruido (porque se dice así, no?) y le gustaba estar informado, aunque siempre pensó, desde que se cayó de un guindo, que la información veraz era para ingenuos y la información falsa dizque desinformación para ilusos. la verdad es ingenua, infantil, y la mentira ilusa, ilusionante, prestímana y para adultos. Así discurría nuestro héroe fumando su pipa al calor de su victoriana chimenea mientras leía –en inglés- al lakista poeta Wordsworth y acariciaba a su setter. Todo muy british, flemático, encantador, ciudadano. Sin pecar de escaso rigor, puede decirse que era un hombre feliz, de una felicidad agraria, descomplicada, ya se dijo esto. Las horas demoraban, cansinas, tac-tic y no tic-tac, casi aburridas en un tiempo abolido, que eso debe ser el paraíso y la parusía: una ritmia arrítmica.

Una vez a la semana, mirándose al espejo –se ignora con qué secreta intención- para recortarse el bigote donde se le pegaban los fideos, pensaba en lo dichoso y suertudo, puritita alacridad, apocatástasis y ataraxia, que era pues se había metamorfoseado –sin llegar a onerosas exageraciones kafkianas- en todo aquello que había combatido cuando era joya y líder, talentoso y carismático. Ya era cincuentón, canoso (herencia genética) y con caries (herencia desconocida). Sus ojos, según sus amantes, lindos (según los buitres, qué más da). La melena rebelde, pero la opinión pública no estaba con este sansón. Se volvió un buen hombre, un buen ciudadano, viendo crecer a sus hijas legítimas y bastardas como si fuera un Borgia antiabortista, aparentando pero sin disimulo, o al revés, según. Todo okey, all right, hasta que…

No lo hagas, John –imploró su bella esposa.
No, papá, no seas cabrón, joputa –suplicaron sus delicadas vástagas.
I’m sorry –dijo nuestro Hamlet-: debo hacerlo.

John Ezkerra cogió del vetusto arcón lo que más temía su familia: la pluma como caduceo y letralleta pues nunca tuvo valor para esgrimir otras armas más letales. Desempolvó el cálamo, entintó, y se fue a desfacer entuertos por polvorientos caminos defendiendo quijotescas causas perdidas rumiando ese tiempo en que llegue… el día menos pensado.

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