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La Universidad de París despide a una periodista por realizar dos documentales sobre el Donbas

La periodista Anne Laure Bonnel, autora de dos documentales sobre el Donbas, ha sido despedida de la Universidad de París en la que había trabajado durante 15 años. Además, ha sido amenazada, pero espera seguir informando sobre la Guerra de Ucrania.

La primera vez que visitó el este de Ucrania en 2015, su documental “Donbass” se estrenó al año siguiente. Su película se presentó en la Sorbona. Este año lo ha cambiado todo. El nuevo reportaje de Anne Laure Bonnel, “Donbass, ocho años después”, filmado entre el 24 de febrero y el 11 de marzo, no ha sido bien recibido.

La periodista llegó al Donbas unos días antes del inicio de la guerra para grabar un documental que no trataba de la situación política, sino de la vida de los ciudadanos bajo los bombardeos del ejército ucraniano.

Cuando regresó a Francia, las personas que inicialmente se habían interesado por el documental desaparecieron. Entonces decidió colgar su documental en internet. No reclama nada, pero la decisión de hacer públicos los vídeos tomados en el Donbas coincidió con su despido de la Universidad de París I Panthéon-Sorbonne, donde había trabajado durante 15 años.

El despido está más relacionado con su estancia en el Donbas que con la producción del documental. Un correo electrónico de la universidad le comunicó que su contrato no se había prorrogado porque no había respetado los valores de la institución.

La periodista ha comenzado a recibir amenazas y desde entonces permanece en la sombra para evitar problemas. Sin embargo, señala que los periodistas de la prensa escrita intentan ponerse en contacto con ella para entender mejor lo que ha ocurrido en el Donbas durante los últimos ocho años.

Bonnel no descarta realizar algún día otro documental para mostrar al público diferentes puntos de vista sobre la Guerra de Ucrania.

— Enlace para ver el documental “Donbass” de Anne Laure Bonnel. Los subtítulos aparecen en castellano pulsando el boton CC que está abajo a la derecha
https://player.vimeo.com/video/696528534?h=b6a324c5d7
— Enlace para ver el documental “Donbass, ocho años después”
https://odysee.com/@AlwaysTheTrue:0/Donbass,-huit-ans-apr%C3%A8s-Anne-Laure-Bonnel:5

Otra canción de Van Morrison contra el confinamiento: Born to be free (Nacido para ser libre)

Bueno, bueno, los pájaros en los árboles
saben algo que no podemos ver:
que nacimos para ser libres.

No necesito que el gobierno censure mi estilo.
Dales una pulgada, se llevan una milla.
Te acogerán con una sonrisa falsa.

No estoy de acuerdo:
la nueva normalidad no es normal,
no es nada normal, en absoluto.

Todo el mundo parece tener amnesia,
sólo tratando de recordar el Muro de Berlín.
Algún tipo de nueva vieja ideología

Con nueva psicología,
pero no es en beneficio
ni de tí ni de mí.

La nueva normalidad no es normal,
no es nada normal, en absoluto.
Todo el mundo parece tener amnesia

Eres tonto Simón y no tienes elección

Ya se retira el sol y los hombres acechan
sentados a la puerta del bar.
Las parejas se van por la carretera
y aquí viene Simón con su extraño andar.

Hola simón, ¿dónde vas tan aprisa?
Para un poco, ¿qué quieres tomar?

Dicen que siempre cuenta la misma historia.
Es lo que esperan todos, se sienten mejor.
Que tu padre murió por quemar la iglesia,
que tu desdicha es castigo del Señor

Eres tonto Simón
y no tienes elección
de tu cráneo rapao al cero
quita esa gorra de obrero
y sortea la cuestión, Simón

Vuelve a enfilar tus pasos hacia la calle
si llamas a esa puerta sale una mujer
que te ofrece alimento de vez en cuando
y da conversación si te portas bien

Hola Simón, ¿dónde vas tan aprisa?
Para un poco, ¿qué quieres comer?

Has visto el engaño en sus ojos
que ya no tienen más que decir.
Los golpes ya no duelen, ¡ay Simón!
¡si pusieras tu cuerpo en acción!

Vale más que te largues fuera del pueblo
resucita tu oración y no pienses mal.
Tendrás allí el aliento de los luceros
y tal vez el calor de algún animal.

Eres tonto Simón
y no tienes elección
de tu cráneo rapao al cero
quita esa gorra de obrero
y sortea la cuestión, Simón.

Radio Futura, 1985

‘Joker’: un personaje literario convertido en antihéroe por el cine estadounidense

La película de Todd Phillips, Joker, tiene un largo recorrido argumental porque, como decía Antonio Machado, toda creación cultural que no es de origen popular, está plagiada. Tan interesante como el argumento es el recorrido histórico de la trama, que no comienza en Estados Unidos con los tebeos de Batman.

Los payasos y los bufones son uno de los recursos más viejos del teatro porque son la antesala del poder político desde los tiempos de “Edipo Rey”, una tragedia de Sófocles donde hasta el título está mal traducido: es “Edipo Tirano”, o sea, un usurpador que reina de manera ilegítima.

Edipo personaliza el poder político. Reina porque ha matado a su padre, aunque no sabía que era su padre (no es consciente de que la víctima es su padre). Tanto en la tragedia como en la realidad, el poder político se fundamenta en la violencia. El Estado español, por ejemplo, nació de una guerra entre vecinos o, lo que es mucho peor, “fratricida”, entre hermanos.

Un rey y un Estado nunca se desprenden de ese tipo de manchas, por más tiempo que transcurra. La falta de legitimidad es su “pecado original” del que sólo es posible liberarse acabando con él, como en cualquier tragedia griega: matando al rey. “El que a hierro mata a hierro muere”.

Traído a la posmodernidad, el rey Edipo es el patriarcado porque, además de matar a su padre, Edipo se casa con su madre, aunque tampoco sabía que era su madre (no es consciente de dicha condición). En cuanto se apoya sobre la fuerza, el poder se representa en una figura varonil.

Lo mismo que Luis XIV, Edipo podría decir que “El Estado soy yo”. El rey se rodea de una corte de personajes variopintos, convirtiéndose en un Estado o, como se dice ahora, en “El Sistema”, que no cubre sólo los aspectos públicos, sino también los privados porque en una monarquía los unos no se pueden separar de los otros.

En el Estado ambas cosas coexisten: los validos ponen la cara seria de la política y los bufones la divertida, aunque la diferencia entre ambos se va reduciendo, es decir, que cada vez más los políticos parecen unos payasos. En 1981 un payaso, Coluche, se presentó a las elecciones presidenciales francesas y un 15 por ciento del censo estaba dispuesto a votarle. El fundador del Movimiento 5 Estrellas en Italia es un payaso profesional: Beppe Grillo. El actual Presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, también es un payaso. ¿No es Trump un payaso? Si te fijas en Pablo Iglesias te das cuenta de que es más de lo mismo: un payaso. Si te fijas en las elecciones te das cuenta de que son una payasada cabal.

A esa unidad dialéctica de personajes trágicos y cómicos Shakespeare los llamaba “jester” (arlequín) o “fool” (loco), personajes caracterizados por la doblez, que permite en un caso el disfraz y en el otro la demencia (1).

En la Biblia la risa es un síntoma del Mal. Dice el Diccionario Oxford que en inglés “loco” se aplica a las personas viciosas e impías. También es alguien que no está en su “sano juicio”, que actúa o se comporta de manera estúpida, un tonto o un simple. En el teatro de Shakespeare, lo mismo que en la vida real, no queda claro si alguien está loco o se lo hace, es decir, si simula su locura para hacer y decir lo que otros no pueden.

El payaso Coluche se presentó a las elecciones cuando le despidieron de la televisión por criticar al Presidente de la República. Después le despidieron de la campaña electoral a base de amenazas. Un documental titulado “Coluche: un payaso enemigo del Estado”, de  Jean Louis Perez y Michel Despratx, relata las presiones de la policía secreta para que desistiera de su empeño por alcanzar la presidencia (2).¿Elecciones libres, dicen? ¡Qué risa! Lo de Coluche fue una doble prohibición porque el humor y la censura van de la mano. Los humoristas de hoy son los bufones modernos. Dicen lo que otros no se atreven o no pueden y al revés: dicen en forma de chiste lo que no se atreverían a decir en serio. A medida que la censura arrecia, el humor se dispara. Por eso los monologuistas se han puesto de moda en España, donde hay programas de televisión a medio camino entre risas y veras.

Desde la Edad Media los bufones no faltan en ninguna corte real, ni en la casa de ningún noble. La burguesía los contrata para que le acompañen y diviertan. Están en las tabernas para atraer al público. Los carnavales y fiestas se rodean de ellos. En el circo y en el teatro nunca fueron personajes secundarios. El público esperaba impaciente que los payasos aparecieran en escena. El arlequín es la figura central de la Commedia dell’Arte. En “Las Meninas”, lo mismo que en otros cuadros de Velázquez, los personajes más grotescos, como los enanos, están en el primer plano. Lo mismo hizo Víctor Hugo en su drama “El rey se divierte”, seguido luego por la ópera “Rigoletto” de Verdi.

La obra cumbre del Renacimiento es el “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam porque el bufón es tan importante como el político. Siempre van juntos, como Don Quijote y Sancho Panza. Del bufón sabemos que se disfraza para hacernos reir. Sin embargo, cuando se trata de un político creemos que va en serio. No somos conscientes de que también está disfrazado, que tiene dos caras.

La palabra bufón procede del italiano y significa “buhonero”, personajes bohemios que recorrían los pueblos haciendo reir a los vecinos. Las compañías de teatro acogían a los marginados de la sociedad, locos, tontos, enanos, la mujer barbuda, los jorobados y delincuentes en busca y captura. El desdoblamiento entre la persona y el personaje es como una borrachera: el momento de decir la verdad.

Desde los tiempos de Sófocles, los cómicos son personajes populares, divertidos, como Sancho Panza, mientras los príncipes aparecen como gente solemne, trágica. Unos dicen la verdad, los otros se esconden detrás de sus máscaras.

La verdad es revolucionaria y la revolución no es otra cosa que matar al rey y al padre, al “sistema”, una tarea que incumbe sólo a las masas populares.

Una de las óperas más representadas en el pasado siglo fue “I Pagliacci” (Los Payasos) de Ruggero Leoncavallo, estrenada en 1892. Es la historia de un payaso que asesina a su esposa (“violencia de genero”). Los personajes son cómicos ambulantes que recorren los pueblos. Algunos se visten de payasos para la función, pero otros no lo necesitan porque son personajes reales, como El Jorobado. “I Pagliacci” es teatro dentro del teatro. Mezcla la realidad con la ficción. El crimen se comete en plena representación. Después de matar a su esposa, El Payaso mata al amante y exclama: “¡La commedia è finita!” Se ha acabado la comedia (ficción) y empieza el drama (realidad).

Otro de los relatos de Victor Hugo es “El hombre que se ríe”, publicado en 1869. El personaje, Gwynplaine, tiene una larga biografía, como Edipo. De niño fue secuestrado en Inglaterra por unos bandidos que le desfiguraron el rostro, dejándole una sonrisa permanente. Es un paria que acaba adoptado por un vagabundo que monta con él un espectáculo cómico itinerante.

En un determinado momento, la trama da un giro cuando se descubre que las clases sociales no son lo que parecen: Gwynplaine es hijo de un noble inglés y, una vez reconocido como tal, da un discurso en la Cámara de los Lores en el que ataca los privilegios de la nobleza. Los duques, los condes y los marqueses se ríen de él abiertamente…

Desde 2006 es muy socorrida la película australiana “Vendetta” y, sobre todo, su máscara, la enésima variante del payaso de la sonrisa permanente que reivindica la figura de Guy Fawkes y la traslada a un futuro distópico, fascista. Tres siglos antes, en 1606 Guy Fawkes dirigió la fallida Conspiración de la Pólvora, un acontecimiento que ha permanecido en la tradición popular inglesa. La trama consistía en matar al rey Jaime I y a los miembros del Parlamento. El exterminio de la clase dominante tiene un efecto liberador.

Pero triunfaron los malos y cada 5 de noviembre lo que Inglaterra celebra es la quema de Guy Fawkes, aunque a la larga ocurre como en el fútbol: los goles no premian el buen juego. “Merecimos ganar pero hemos perdido”. Pierde el Estado, aunque sólo sea de una manera simbólica.

Ahora la película “Joker” relata la biografía de un cómico frustrado que siempre ha vivido con una madre inestable y nunca ha conocido a su padre. Ha pasado por el siquiátrico y trabaja en la calle vestido de payaso. Se cree hijo de un magnate y político local, parecido a Gwynplaine. Mata a tres pijos pero, como el Guy Fawkes de “Vendetta”, no queda estigmatizado sino al revés: se convierte en un héroe y los parias le imitan poniéndose una máscara para protestar.

En manos de Hollywood, la luz artística y literaria de la lucha entre las clases sociales ha desaparecido. El largo discurso filosófico de Víctor Hugo sobre la pobreza también. No hay clases sociales, sólo buenos y malos porque enmedio está Alan Moore, el guionista de la viñeta cómica que luego dio lugar a “Vendetta”. Según Moore, los buenos más buenos pueden convertirse en malos muy malvados de la noche a la mañana. Depende de las circunstancias. Cualquiera puede tener un mal día que le convierte en un monstruo capaz de lo peor.

A Edipo su padre le abandonó recién nacido en el monte. A Moisés también, aunque para salvarle la vida. Lo mismo ocurrió con Gwynplaine. Un día aciago nos transforma en sujetos resentidos, nihilistas, a los que no nos importa ejercer nuestra propia “vendetta” con el primero que se cruza en nuestro camino, con quien menos culpa tiene. La víctima se convierte en verdugo. Son los asesinos en serie, ese tipo de perfiles que las facultades gringas de sicología califican como “sociópatas”, otra de las muchas tonteorías que se sacan del armario.

“Joker” es el antihéroe rechazado por una mujer de la que se enamora. Pero si en la película suscita rechazo, en el espectador suscita entusiasmo. De la saga ha surgido una camada de seguidores, llamados “incels” en inglés: “solteros involuntarios”. El año pasado Alek Minassian, con 25 años, mató a 10 personas con un coche bomba en Toronto. Unas horas antes escribió en su perfil de Facebook: “La rebelión de los incels ya ha comenzado”. Más que solteros (y misóginos) se debería traducir por “solitarios” y, desde luego, “rechazados”. No hacen reir por más que se disfracen de payasos.

No se puede hablar de rebelión cuando, en medio de un enfado rompemos los platos. El recurrente nihilismo actual de quien prende fuego a la barricada pone encima de la mesa que las semilas de la revuelta están ahí, preparadas y dispuestas; pero hacen falta más ingredientes. Quien salga a la mar en un velero sabe que habrá viento, pero lo más importante es cerciorarse de que haya un timón porque, de lo contrario, no irá a ninguna parte.

Hoy los payasos ¿son enemigos del Estado o son el Estado? Es una pregunta que no estoy en condiciones de responder…

(1) El “fool” inglés es el “fou” francés, personajes que se profesionalizan como comediantes (jester) a comienzos del siglo XIII. El conocido teatro de variedades “Folies Bergère” de París no lleva ese nombre por casualidad. El “jester” es un derivado de la canción de gesta. Si el juglar recitaba poemas, el “jester” contaba cuentos.
(2) https://www.youtube.com/watch?v=y-SUXwjRxlU

Más información:
— ¿Votarás a Batman o a Joker?

‘Si la tortura funciona, ¿hace falta practicarla 183 veces en un mismo prisionero?’

Durante siete años, un investigador del Senado estadounidense, Daniel J. Jones, trabajó en un informe acerca de los métodos para interrogar prisioneros que la CIA implementó tras el 11 de septiembre de 2001. El resultado fueron 6.700 páginas que demostraron que los espías torturaban, ocultaban esas prácticas y, además, no obtenían ninguno de los resultados que buscaban con esas prácticas aberrantes.

“Si la tortura funciona, ¿hace falta practicarla 183 veces en un mismo prisionero?”, pregunta un verdugo de la CIA en la película “The Report”, dirigida por Scott Z. Burns, un especialista en escribir guiones basados total o parcialmente en investigaciones, como El desinformante o La lavandería. Ahora, a cargo tanto del guion como de la dirección, se enfrentaba al desafío de convertir un mamotreto árido y farragoso en una ficción atractiva. Lo logra sólo a medias: “The Report” no es tanto una película de suspense como una lección sobre el funcionamiento de la burocracia estadounidense.

Burns muestra todo el proceso de realización del informe de Jones y se las ingenia para sacar agua de las piedras, explotando al máximo el escaso material dramático que puede proveer una tarea burocrática. Porque la mayor parte de esos siete años, Jones se los pasó encerrado en un sótano sin luz natural revisando correos electrónicos, memorandos y otros documentos internos de la CIA. Era todo lo que el acuerdo entre la agencia y el Senado le permitía: no podía entrevistar agentes.

Aun así, su obsesión por el trabajo le permitió llegar a conclusiones lapidarias y sólidamente fundadas. Para amenizar la lectura de esos papeles, tan apasionantes como una escritura inmobiliaria, hay “flashbacks” que recrean las prácticas de los torturadores de la CIA que aplicaron “técnicas de interrogatorio mejoradas”, un eufemismo para evitar la palabra “tortura”. Las famosas fotos de la cárcel de Abu Ghraib parecen un juego en comparación a lo que se muestra la película.

En paralelo están las intrigas palaciegas, las presiones políticas por las consecuencias que traería la publicación del informe. Con constantes diálogos explicativos, la película mantiene el tono didáctico para evitar que nos perdamos lo menos posible en los pasillos de la burocracia estadounidense y poder transmitir un mensaje propagandístico de n¡buena esperanza: a pesar de todo la democracia estadounidense goza de buena salud.

Democracia significa que haya al menos dos partidos y circos electorales cada cierto tiempo. Lo demás no importa, no tiene que ver con la democracia. No importa la salud, ni la vivienda, ni la educación, ni el paro, ni la guerra… Nada de nada.

50 años de una película mítica, Z de Costa Gavras, que resucita en el Golpe de Estado de Bolivia

Se cumplen cincuenta años del estreno de Z, una de las películas más famosas de Costa Gavras. Una simple letra, la última del alfabeto, da el sentido inequívoco de esperanza y revuelta, que el cineasta griego utilizó para difundir una obra que fue mítica en su momento y de la que ya nadie se acuerda, ni siquiera los más nostálgicos del famoso Mayo del 68.

El argumento versa sobre el Golpe de Estado de los coroneles en Grecia dos años antes, disfrazado tras un ambiguo país mediterráneo en el que asesinan a un diputado progresista. El juez de instrucción revelará la participación del ejército y de la policía. La película describe rápidamente a los diferentes actores de la conspiración: el gobierno militar, la policía, el partido de la oposición, con sus representantes y simpatizantes, y el pueblo en su conjunto.

La situación descrita por Costa Gavras es el resultado directo de la realidad: “Cualquier semejanza con hechos reales, muertos o vivos, no es casualidad. Es voluntario”. El cineasta griego destapa el oscuro funcionamiento de un régimen fascista de la OTAN que puso de rodillas a su país natal.

La forma de rodar es casi como la de un reportero. El carácter de Yves Montand se muestra en su vida cotidiana, entre los bastidores del poder, pero casi nunca de una manera solemne o glorificante. Este es el propósito de Costa Gavras, que busca, ni más ni menos, que mostrar la verdad tal como es, exponer la realidad de las situaciones.

El juez, encarnado por Jean-Louis Trintignant, ocupa un lugar importante en la historia, y desempeña el papel de alborotador, que mirará donde otros no quieren mirar. En resumen, Z es una inmersión en una sociedad corrupta dirigida por una pequeña oligarquía que subyuga al pueblo a través de presiones financieras y políticas.

El régimen político que Costa Gavras muestra es aterrador en su capacidad de gangrenar a todos los estratos de la sociedad y de actuar sobre ellos. No se trata de un puñado de altos funcionarios que defienden sus propios intereses. Es toda una red que se desarrolla verticalmente, hasta el punto de manipular a los propios ciudadanos, presionarlos, sin dudar en amenazar a los simples comerciantes para que actúen a favor de las autoridades con el fin de poder continuar su actividad.

El corte de la película, que deliberadamente no es lineal, permite tomar conciencia de la gigantesca maquinación, para comprender, poco a poco, cómo un pueblo puede ser sustraído de una doctrina por un pequeño grupo de individuos, y aunque el sesgo de Costa-Gavras es evidente, no hay ninguna forma de triunfalismo. Por el contrario, la situación es mucho más alarmante y negativa.

En Z la lucha es permanente, una lucha por la supervivencia y el mantenimiento de la libertad, con la voluntad de no dejar que prevalezca el ejército fascista, pero donde la victoria es sólo ilusoria o, en el mejor de los casos, temporal.

La historia que cuenta Costa Gavras no se detiene en un país o en un momento dado. Es una realidad aterradora que no está tan lejos de nuestro tiempo. ¿Se han enterado de lo que pasó ayer en Bolivia?, ¿les suena? Para la historia 50 años no son nada, ni en el cine ni en la realidad.

Como decíamos ayer…
[Post data: el guionista de la película era Jorge Semprún, un renegado que acabó de Ministro de Cultura con el gobierno del PSOE. Pero de eso hablaremos en otro momento.]

El subconsciente anticapitalista

Yago Paris

En una escena del principio de “El circo”, Charlot deambula por una feria, entre atracciones y puestos de comida callejera. Un ladrón ha ocultado en uno de los bolsillos del protagonista, sin que este último se haya percatado, una cartera repleta de dinero que acaba de robar. Cuando el delincuente trata de recuperarla,  un policía lo pilla con las manos en la masa y lo arresta. El agente de la ley le entrega la cartera al vagabundo intrepretado por Charles Chaplin porque cree que le pertenece.

Charlot, un pobre diablo que vive en la calle, es un ser sin maldad que sobrevive gracias a su picaresca —en la escena anterior, preso del hambre, había desarrollado un gag donde se comía el perrito caliente de un niño. Vive de la forma más honrada posible, sin mayor aspiración que encontrar un techo cada noche y alguna migaja que llevarse al estómago. Todo cambia cuando recibe la cartera.

Para tomar conciencia de que ahora posee mucho dinero gracias a un giro del destino, el personaje interpretado por Charles Chaplin sigue el proceso básico del payaso: detenerse ante lo que acaba de suceder, comprenderlo y reaccionar de manera consecuente expresando con total franqueza los sentimientos que le suscita la situación. El vagabundo, que ha vivido toda la escena al lado de un puesto de perritos calientes, cambia de carácter de manera radical, dejando atrás su sonrisa afable y su inofensiva picaresca para dar paso a un estado mental transitorio dominado por el capitalismo.

Se siente un ser superior al resto por tener la cartera llena, con la potestad de maltratar al prójimo. Se gira hacia el dependiente del puesto y, sin dudarlo, comienza a gritarle y a hacer aspavientos, indicándole que prepare una buena tanda de comida. El gag se desarrolla en segundo plano, como si el autor no le prestase especial atención al momento. Rodada con la lejanía del plano americano, la situación termina al instante, como si fuera un mero nexo con el que dar paso a la siguiente escena.

El circo es uno de los muchos ejemplos donde el actor y director inglés mostró su ideología de izquierdas. En este caso, la cinta aborda el mundo del circo, y cómo la parte artística del espectáculo ha sido aplastada por la gestión capitalista, por la cual la disciplina militar y el uso de la violencia contra los artistas están a la orden del día. En su conjunto, el filme se construye como un alegato en favor de la expresión artística entendida como acto puro, espontáneo, que no puede ejecutarse como si de una ecuación matemática se tratase. Aunque loable, parece evidente que la reflexión es un tanto ingenua, o, cuando menos, tremendamente simplista, si lo que se quiere es establecer un retrato veraz de todo lo que implica el arte.

Al mismo tiempo, llama la atención que el gag de la cartera, ese al que el creador apenas ha prestado atención y que para muchos espectadores habrá pasado desapercibido, acabe siendo, por su lucidez y por las múltiples capas de lectura, la mayor crítica al capitalismo que presenta la película. Como si fuera de manera subconsciente, da la impresión de que Chaplin volcó su ideología en ese pequeño gag sin que pareciera que fuera realmente consciente de lo que estaba haciendo.

https://insertoscine.com/2019/03/06/el-subconsciente-anticapitalista/

Los 17 instantes de una primavera


En 1973 la televisión
soviética estrenó una extraordinaria serie de intriga, “Los 17
instantes de una primavera”, de la directora Tatiana Lioznova. Son doce
trepidantes capítulos de 70 minutos cada uno.

Aunque está basada
en una novela de Julian Semionov, los hechos que relata forman parte de
una historia muy poco conocida: la Operación Sunrise (Estados Unidos) o
Crossword (Gren Bretaña) sobre las negociaciones de los nazis con los
aliados en Suiza al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

Cuando
el III Reich se vió derrotado, el general de las SS Karl Wolff buscó un
acercamiento con Estados Unidos a través de Allen W. Dulles, que
entonces dirigía el espionaje desde Suiza y luego dirigió al CIA.

Se
trataba de romper la coalición con la URSS y, en definitiva, la unidad
de los imperialistas para lanzar un ataque conjunto en el frente
oriental, lo que no era más que una traición por parte de Estados
Unidos.

La Segunda Guerra Mundial acababa, pues, como había
empezado. El verdadero enemigo de unos y otros era la URSS y se trataba
de saber si serían capaces de ponerse de acuerdo para derrotar al poder
soviético.

La película relata que desde los años treinta el
espionaje soviético tenía infiltrado a un personaje de ficción, el
coronel Maxim Isaiev, en la SD, la inteligencia alemana. En marzo de
1945 el coronel recibe la orden de descubrir dentro de los dirigentes
del III Reich a los partidarios de la negociación con Dulles y
naturalmente abortar la traición.

La realidad es aún más
apasionante, ya que el general Wolff, brazo derecho de Himmler,
participó en la entrevista de Hendaya en octubre de 1940, entre Hitler y
Franco.

Este criminal de guerra se libró de los juicios de
Nuremberg gracias a los “buenos oficios” de Dulles y, aunque le
condenaron a cuatro años de cárcel, salió a las pocas semanas.

Pero
en 1962 le volvieron a juzgar, condenándole por la deportación de
300.000 polacos al campo de exterminio de Treblinka. Le condenaron a 15
años de cárcel, que no acabó de cumplir.

Indian Horse: la mala conciencia, la falsa conciencia, la falta de conciencia

“Indian Horse” es una película rodada el año pasado por el director canadiense Stephen S. Campanelli, que durante 20 años fue el operador de cámara de Eastwood, a quien convenció para poner la pasta.

El guión se basa en una novela del también canadiense Richard Wagamese que ha tenido un enorme éxito y ha levantado una enorme polvareda, lo que es muy frecuente cuando un país no conoce su historia porque ha vivido siempre mirando hacia otro lado.

“¿Qué?, ¿Los canadienses hicieron esto?”, preguntó Eastwood cuando leyó el guión. “¿Cómo es que nadie lo sabe?”, repitió el conocido cineasta estadounidense.

A muchos la terapia cinéfila les recordará -muy vagamente- a “Bailando con lobos” y unos pocos pasarán por encima porque son cosas sobre las que ya escribieron Fray Bartolomé de las Casas o el inolvidable Mariátegui.

Colonialismo, religión, exterminio… Volver a replantear otra vez algo de lo que ya se habló cuando los fastos del V Centenario no es un mero recordatorio sino un replanteamiento por partida doble.

Los colonialistas lo hicieron conscientemente y por eso pusieron a los curas y monjas al frente de una tarea que era la de la cruz tanto como la de la espada. La primera te convence y la segunda te mata cuando falla la primera.

Pero de la conciencia pasaron a la inconsciencia y de ahí, poco a poco, a la mala conciencia, al arrepentimiento y a solicitar el perdón por sus numerosos crímenes, que es el punto de partida para la “reconciliación nacional” entre los verdugos y sus víctimas.

Luego podríamos discutir cómo la evolución de la conciencia colonialista ha infectado a los colonizados en forma de indigenismo para difuminar la conciencia de clase. El colonizado tampoco sabe quién es realmente; tampoco sabe qué es porque, como en caso de los bebés robados en España, le han quitado tanto que nunca ha visto su verdadero álbum familiar de fotos.

Algunos llaman a eso “identidad”, que es tanto como decir que A = A, o sea, lógica formal. Los otros lo desprecian por “identitarios”, como si se pudiera ir por el mundo sin tener carnet “de identidad”.

En América y en el Tercer Mundo hizo falta alguien como Mariátegui, a medio camino entre el vasco colonizador y el indio colonizado, para reconstruir las biografías de los autóctonos como campesinos sometidos, expoliados y exterminados.

Negocio + Ideología = Hollywood

No abundan los estudios sobre el poder ideológico de Hollywood, sobre todo en las películas que tratan -más o menos explícitamente- de la política exterior de Estados Unidos. Por eso es conveniente publicitar el libro publicado en 2010 por el académico británico Matthew Alford sobre la relación entre la industria cinematográfica y la hegemonía estadounidense.

Alford revisa docenas de obras estrenadas desde principios de la década de 1990, desde éxitos de taquilla hasta películas independientes. Descubre la manera en que reflejan la acción estadounidense en todo el mundo y su influencia civil y militar. “La propaganda de Hollywood” analiza el funcionamiento interno de una industria politizada, muy sensible a las preocupaciones de Washington, el Pentágono y Wall Street.

Cada año en la ceremonia de los Óscar, Hollywood invita al mundo a compartir la ilusión de que la industria trabaja por el bien de la humanidad, ofreciendo un entretenimiento magnífico y conmovedor que lleva alegría, ternura, tristeza, películas ricas tanto en impresionantes escenas de acción como en promesas reconfortantes. Ante la autocelebración festiva, olvidamos que el mundo del cine es una industria con ánimo de lucro que, como todas las grandes industrias, está firmemente centralizada y mucho más preocupada por llenar el bolsillo que por crear un arte que alimente nuestros sueños.

Hollywood opera dentro de parámetros ideológicos bien definidos. La industria cinematográfica busca constantemente la gloria y el dinero pero, sin embargo, es una industria cultural. Las mercancías que comercializa se componen de personajes, imágenes, historias, experiencias y, a su manera, ideas, elementos que afectan directamente a la conciencia pública. Si el objetivo principal de los grandes estudios es obtener beneficios sustanciales, tienen otro, se asuma o no explícitamente: el control ideológico. Hollywood nunca se aventura más allá del marco del sistema de creencias dominante, que representa como si fuera una representación natural y auténtica de la vida. Por lo tanto, podría ser más apropiado describir a la industria cinematográfica no sólo como dedicada al control ideológico, sino también al autocontrol ideológico.

Los jefes de la industria argumentarían que nuestra sociedad es una democracia cultural cuyos productos finales no están determinados por la ideología, sino que son generados por muchas elecciones libres dentro de un mercado libre. A sus ojos, es la mano invisible de Adam Smith la que va desde el corazón de Hollywood hasta el centro de las ciudades. Para hacer dinero para sus accionistas, la industria debe llegar a los mercados más extensos posibles, es decir, debe dar a las personas lo que quieren.

Según los magnates de Hollywood, la cultura popular es producto de la demanda popular. Si el negocio del cine ofrece películas nulas, dicen, es porque eso es lo que el público aprecia; eso es lo que vende. Las personas prefieren que las entretengan y las distraigan en lugar de que las informen y las detengan.

Pero, como decía Marx, la producción engendra la demanda, y no al revés. Más que el gusto del público, lo que determina el tamaño de su audiencia es la fuerza de la publicidad y las distribuidoras de las películas. Millones de personas han visto las secuelas de “Rambo”, producciones extravagantes que glorifican los actos más militaristas y sangrientos. Cada uno de los episodios de “Rambo” se estrenó en más de 2.000 salas de cine en Estados Unidos tras campañas publicitarias multimillonarias.

En 2001, a pesar de unas críticas merecidas, Disney decidió extender la explotación de “Pearl Harbor” a siete meses en lugar de los usuales dos o cuatro, lo que significó que un éxito de taquilla para el verano se proyectó finalmente hasta diciembre. Con una distribución tan invasiva, era imposible que una película tan floja como “Pearl Harbor” no llegara a un gran número de personas.

Sólo unos pocos miles de personas han visto alguna vez “La sal de la tierra”, una película de bajo presupuesto de 1954 sobre las luchas de los obreros mexicanos en Estados Unidos. Esa vibrante y llamativa película, conservada décadas más tarde por la Biblioteca del Congreso y el Museo de Arte Moderno de Nueva York, estuvo sometida a todo tipo de restricciones durante su producción y distribución, y tuvo que contentarse con una corta vida en la pantalla, con sólo once pequeños exhibidores.

Si las películas disidentes como “La sal de la tierra” no llegan a un público amplio, ¿no será porque se las mantiene alejadas debido a la distribución mínima y la publicidad limitada que reciben? Sin fondos suficientes, deben confiar en el boca a boca y en las críticas que, a menudo, son políticamente hostiles. Eso contrasta con las campañas publicitarias multimillonarias que promueven la creación de mercados masivos para películas supuestamente más famosas. Si “Rambo” o una película como “Pearl Harbor” tienen una audiencia de millones de espectadores, entonces ¿por qué es necesario gastar una fortuna en publicidad con el único objetivo de construir una audiencia masiva?

La demanda no crea, pues, la oferta. La primera condición necesaria para cualquier consumo es la disponibilidad del producto. Ya se trate de películas, programas de televisión o refrescos, el consumo dependerá en gran medida de la distribución y la visibilidad del producto. Una película que se estrena en todos los multicines de Estados Unidos llega a un público amplio no porque haya una ola espontánea de demanda desde abajo, sino porque se está comercializando con una explosión desde arriba.

Con el tiempo, al público se le condiciona a aceptar películas fáciles, superficiales, mediocres y políticamente sesgadas. Con un embalaje suficiente, los consumidores ven incluso lo que no les entusiasma. Rara vez expuestos a otra cosa, están más inclinados a buscar distracción en lo que se les ofrece.

Pero este argumento no debe ser exagerado. El público no es maleable a voluntad. La oferta no siempre crea demanda. Algunas ofertas de Hollywood son un fracaso abyecto, a pesar de la abundante publicidad y de una distribución agresiva. A pesar de sus declaraciones sobre la importancia de dar a la audiencia lo que quieren, los directores de los estudios a menudo se equivocan. Las preferencias del público pueden ser difíciles de predecir, especialmente cuando la percepción que uno tiene de ellas está influenciada por sus propias inclinaciones ideológicas.

Durante más de dos décadas, incluyendo todos los años setenta y ochenta, expertos de los principales medios de comunicación repitieron que el público norteamericano se ganaba con un estado de ánimo reaccionario. Los jefes de las estaciones de televisión y de los principales estudios se unieron rápidamente al coro, en lo que finalmente se convirtió en uno de los intentos más largos de profecía autocumplida de la historia. Como habían decidido que la nación se dejaba abrumar por un estado de ánimo reaccionario, se lanzaron a promover ese estado de ánimo. Las emisoras de televisión produjeron series como Walking Tall, Strike Force y Today’s FBI (1981-1982) que tuvieron audiencias lamentables y se interrumpieron rápidamente. Volvió a ocurrir en la década de 2000 con series como Agence Matrix (2003-2004), Las chicas espías (2002-2004) y Espías de Estado (2001-2003), esta última apoyada por la CIA.

Lo mismo ocurrió con la industria cinematográfica. “Elegidos para la gloria” (The Right Stuff, 1983), una película sobre las aventuras espaciales estadounidenses, fracasó en la taquilla. Películas de acción como Cobra (1986), Rambo III (1988) y “The Dead Pool” (La lista negra, 1988), la quinta y última película de la saga “Harry El Sucio”, también fracasaron. Gracias a campañas publicitarias multimillonarias, tuvieron un buen comienzo en su primer fin de semana, pero luego colapsaron rápidamente.

Inchon (1982), otra película bélica reaccionaria, con un presupuesto de 48 millones de dólares y entre 10 y 20 millones de dólares en publicidad, tenía todo lo que se supone que el público quiere: un reparto prestigioso, una producción espectacular, una historia de amor, escenas sangrientas de batallas, un patrioterismo exacerbado, una reescritura simplista de la historia política y una trama alucinante sobre agresores comunistas listos para matar que están siendo liberados por un héroe de guerra reaccionario… Sin embargo, fue otro desastre en la taquilla. Incluso los espectadores más condicionados se cansan a veces de consumir la misma tontería una y otra vez.

Decir que la industria cinematográfica ofrece a la gente lo que la gente quiere es una explicación demasiado simple. Los grandes estudios nos imponen lo que creen que queremos, y a menudo promocionan películas que nunca hemos pedido y que no nos gustan especialmente. Pero con suficiente publicidad y distribución, incluso estas películas están destinadas a llegar a mucha más gente que las películas disidentes con financiación escasa, a las que no se les da una distribución adecuada o publicidad masiva.

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