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Las Guerras del Cáucaso (1)

El Cáucaso es una frontera natural entre Europa y Asia. Dominado de este a oeste por una gigantesca cordillera, allá se pueden escalar 17 montañas más altas que el Mont Blanc que han sido tradicionalmente el refugio de muchos pequeños pueblos y comunidades religiosas perseguidos por sus poderosos vecinos. De entre ellos los más importantes han sido tres de los más grandes imperios que la historia ha conocido: el persa, el otomano y el ruso. Allí han coincidido estos tres gigantes con las tribus más minúsculas y entre ellos se han dado toda clase de combinaciones.

Los chechenos, que proceden de antiguas migraciones europeas a la región, se denominan a sí mismos “nojchi” porque su idioma pertenece al grupo “naj”, una de las familias lingüísticas caucásicas. De vida nómada y organizados en clanes, entre los siglos VIII y XIII estuvieron sometidos a la dominación de osetinos y kabardios y entre los siglos XIII a XIV a la de los mongoles. Desde el siglo XV hasta el XVIII luchan entre sí turcos, persas y rusos por el dominio de Chechenia y el Cáucaso.

Al mismo tiempo, muy lentamente, los valles y las aldeas más remotas fueron aceptando el islam que, en su avance, fue ocupando casi todo el Cáucaso en el siglo XVIII. La región se fragmentó en pequeños janatos o clanes donde la autoridad religiosa se confundía con la política. Tan sólo los georgianos, los armenios y los osetinos no se islamizaron, mientras otros pueblos, como los kalmucos, de origen mongol, preservaron el budismo.

Los chechenos son musulmanes sunnitas, si bien pertenecientes a una rama muy minoritaria: los sufitas. El sufismo es un movimiento gnóstico del islam que pone el énfasis en el misticismo y establece prácticas destinadas al logro de un mayor desarrollo espiritual interno. Los sufitas consideran que pueden alcanzar un contacto directo con dios y tienen un maestro que actúa como intermediario entre dios y los fieles.

Este es un elemento de identidad trascendental para comprender algunos de los acontecimientos chechenos, especialmente frente al último imperio de los tres que llegó a la región, el imperio zarista, de religión ortodoxa. A diferencia de otras ramas islámicas, los sufitas están organizados en hermandades (“tariqas”), de las cuales las más importantes y las más antiguas son la “Qadiriya” (fundada en 1166) y la “Naqshbandiya” (fundada en 1389). La influencia sufí ha sido más fuerte allí donde el islam ha estado más amenazado y actúa como fuerza integradora y movilizadora de los pueblos caucásicos frente a las amenazas externas. A partir del siglo XVIII el sufismo adopta una actitud política militante y militar, convirtiendo a las mezquitas en verdaderos centros de resistencia frente al colonialismo zarista.

Durante el siglo XVIII Rusia es un prototipo de monarquía absoluta y de régimen feudal. Pedro I El Grande (1682-1725) y Catalina II expandieron las fronteras del Imperio y trataron de conquistar y colonizar el Cáucaso. Esto significaba occidentalizar y, por tanto, imponer la religión ortodoxa, además de un sistema uniforme de administración. La política de Rusia hacia el Cáucaso se complementó con el reemplazo de la cultura islámica por la rusa (cambio del alfabeto árabe por el latino y después por el cirílico).

El jeque Mansur, primer dirigente muyahidin del Cáucaso

Se producen los legendarios levantamientos campesinos, tanto en las fronteras del Imperio como, sobre todo, en el interior de la propia Rusia. Naturalmente los dirigentes religiosos sufitas se opusieron a la colonización y alentaron su religión, a la que unieron el rechazo de las reformas administrativas, que les privaban de su poder, que en el islam es a la vez espiritual y político.

Se oponían a eso justamente y no por razones “nacionales” por cuanto Chechenia no era entonces una nación. El motor de la resistencia caucásica contra los rusos fue de tipo religioso, mientras los pueblos cristianos fueron integrados más fácilmente dentro el Imperio zarista.

Chechenia era un país muy atrasado, sometido a leyes tribales, basadas en costumbres ancestrales y atávicas. Los janes musulmanes tenían un poder absoluto sobre las vidas y las propiedades de los aldeanos y no se oponían a la servidumbre, de la que fueron beneficiarios hasta que un decreto imperial la abolió en 1861. La vida del Cáucaso estaba dominada por los “kanli”, de modo que ninguna ofensa podía pasar sin la venganza de los parientes de la víctima. La literatura épica chechena abunda en leyendas de conflictos interminables que empezaron con simples hurtos y acabaron con el exterminio de poblaciones enteras.

Los pueblos de la región opusieron una feroz resistencia a la conquista. La primera yihad entre los rusos y los musulmanes norcaucasianos se prolongó de 1785 a 1791. La guerra santa fue dirigida por los jefes religiosos y en ella, junto a los chechenos, estaban también los daguestanos, cherkesos, kabardos y abjasios.

En 1791 el jeque Manzur Ushurma, un musulmán sufí de la cofradía “Naqshbandiya”, alzó la bandera de la yihad islámica, que se caracterizó por lo siguiente:

— su naturaleza religiosa
— la dirección ideológica del sultán de Constantinopla
— la falta de unidad de los caucasianos.

Manzur Ushurma fue un personaje de oscura pero romántica biografía, por lo demás muy típica del Cáucaso. No era checheno sino italiano. Su nombre originario era Elisha Mansur, era sacerdote jesuita y había llegado a Anatolia para convertir a los griegos al catolicismo. Pero fue él quien se convirtió al islam y el sultán de Constantinopla le encomendó organizar la resistencia caucásica frente a los rusos. Sin embargo, no logró fundir a los pueblos del Cáucaso en un único frente. Todos aquellos montañeses sólo estaban unidos por su condición de “muridin”, creyentes seguidores de un mismo jeque sufí.

Su falta de unidad obstaculizó la resistencia frente al enemigo. En 1794 Manzur Ushurma fue derrotado y capturado en la batalla de Tatar-Toub. Pasó el resto de sus días preso en un monasterio en la costa de Anatolia, donde los monjes trataron infructuosamente de que regresara a la religión católica.

Los rusos ocuparon el Cáucaso con métodos brutales, matando y quemando todo lo que se oponía a su paso. En el centro de Chechenia establecieron una sólida fortaleza militar rusa, bautizada con el elocuente nombre de Grozni (“terrible”, en ruso). Las fértiles llanuras del norte de Chechenia, y más hacia el oeste el país de los tártaros, fueron arrebatadas a sus pueblos, que fueron expulsados hacia el Imperio Otomano y, en casos extremos, aniquilados, como los ubyks (emparentados con chechenos y abjasios). Los que permanecieron en sus tierras fueron forzados a trabajar como siervos para los terratenientes rusos.

La incorporación de Georgia al Imperio zarista pareció impedir de una manera definitiva el estallido de cualquier brote de resistencia en el futuro, ya que a partir de entonces Chechenia quedaba rodeada por territorios zaristas.

Ghazi Mullah, segundo dirigente de la yihad

Ghazi Mullah era un estudiante del pueblo de Avar, al sur de Daguestán. No era, pues, de origen checheno. Pronto se convirtió en un “murshid” (maestro) y empezó su propia enseñanza en 1827, eligiendo la villa de Ghirmi como centro de sus actividades. Los “muridin” de Ghirmi se distinguían del resto de los montañeses por sus banderas negras y por la ausencia de oro o plata en sus vestimentas y armaduras.

Durante los dos años siguientes, Ghazi Mullah propagó la idea de unidad de los musulmanes caucasianos frente al enemigo infiel, unidad que debería forjarse en torno a la ley islámica. Según él, los caucasianos no habían abrazado completamente el islam pues sus viejas leyes y costumbres, el “adat”, variaba en cada tribu, y por tanto tenían que ser reemplazadas por la shariá (ley) islámica. Viajó por todo Daguestán, predicando abiertamente contra el vicio, rompiendo con sus propias manos las grandes tinajas de vino que se vendían en el centro de las ciudades. Había que suprimir el “kanli”, las venganzas, y todas las injusticias tenían que ser juzgadas de acuerdo con la ley islámica. Sólo así, les dijo, podrían vencer sus viejas divisiones y conseguir la unidad para hacer frente a la amenaza de los infieles rusos.

En 1829 Ghazi Mullah consideró que sus “muridin” estaban preparados para la guerra. Había llegado el tiempo de la yihad. En una serie de encendidas alocuciones animó al pueblo para el “ghazwa”, la lucha armada: “¡Un musulmán debe obedecer la Shariá, pero todo su Zakat, todos sus Salat y abluciones, todas sus peregrinaciones a La Meca, no valen de nada si se hacen bajo la mirada Rusa. Vuestros matrimonios son ilícitos, vuestros niños son bastardos, mientras quede un solo ruso en vuestras tierras!” Los jeques islámicos de Daguestán reunidos en la mezquita de Ghirmi lo aclamaron como imam y le prometieron su apoyo. Marcharon tras Ghazi Mullah, cantando el grito de guerra de los muridin: “La ilaha illa Alá”.

Los rusos habían desplazado colonos a la región y el proceso de limpieza de musulmanes de sus tierras había comenzado. Para protegerlos habían construido fortalezas militares, en Grozni, Khasav-Yurt, Mozdok y en las planicies del norte.

Ghazi Mullah atacó y tomó el fuerte ruso de Vnezapanaya. Durante todo el período 1827-1859 se sucedieron las escaramuzas entre los montañeses y las fuerzas zaristas. Estas últimas llegaron a talar bosques enteros donde se ocultaban los guerrilleros, quemaron los cultivos y destruyeron 61 ciudades.

Pero lentamente los “muridin” se tuvieron que replegar a las montañas. Ghazi Mullah decidió hacerse fuerte en Ghimri. Después de un amargo asedio, con numerosas bajas en ambos bandos, las tropas rusas entraron en la ciudad identificando a Ghazi Mullah entre los muertos.

El León de Daguestán

Tras la muerte de Ghazi Mullah, su discípulo más influyente, el imam Shamil (1796-1871), el León de Daguestán, se convirtió en otro “murshid” (maestro), quizá el dirigente más conocido de la resistencia montañesa contra los rusos.Gravemente herido en Ghimri, Shamil había logrado romper el cerco y huir con los supervivientes para reemprender la lucha. Marchó hacia Sakli, una villa rural junto a los ríos helados del alto Daguestán. Fue aclamado como el Imam al-Azam, el dirigente de todo el Cáucaso y aprovechó su influencia para imponer la paz entre las distintas tribus musulmanas de la región, hasta entonces enfrentadas entre sí.Había nacido en el seno de una familia noble de Avar, el mismo pueblo en el que había nacido Ghazi Mullah y donde apacentaba el rebaño de ovejas de su familia. Tampoco era, pues, checheno. Con Ghazi Mullah había sido discípulo de Muhammad Yaraghi, el maestro que enseñaba a los jóvenes que no bastaba con la pureza espiritual, sino que, además, debían combatir con las armas en la mano para hacer prevalecer la ley de Alá, la sharía, sobre las leyes paganas de las diferentes tribus del Cáucaso. Tan sólo entonces Alá les daría la victoria sobre los rusos.

El levantamiento se inició en Daguestán, región contra la cual los rusos lanzaron su ataque en 1831. En la ciudad de Ashilta, al tiempo que los rusos se aproximaban, 2.000 muridin juraron sobre el Corán defenderla hasta la muerte. Después de una encarnizada lucha en las calles, los rusos la tomaron y destruyeron, sin poder apoderarse de ningún prisionero.

Las operaciones militares prosiguieron entre 1832 a 1839. Shamil recurrió a la guerra de guerrillas ante la imposibilidad de ganar una batalla frontal contra los bien preparados y numerosos ejércitos rusos. Dividía al enemigo, lo atraía a remotas montañas y bosques para caer sorpresivamente sobre él en ataques fulgurantes. Moviéndose con una extraordinaria rapidez, los guerrilleros engañaban al enemigo y le asestaban golpes por sorpresa. Pero tenían que defender las ciudades que, a pesar de sus fortificaciones, eran vulnerables a los asedios con la moderna artillería.

Los rusos llegaron a lanzar al combate hasta medio millón de mercenarios contra los guerrilleros de Shamil, que envió peticiones de ayuda a los dos principales dignatarios musulmanes del mundo; al Sultán de la Sublime Puerta, que además de mandar en el Imperio Otomano, ostentaba el título de Califa (Comendador de los Creyentes) y, como tal, era el dirigente espiritual del mundo islámico. Y al Emir de La Meca, Guardián de los Santos Lugares del islam. Ni uno ni otro prestaron ninguna ayuda a Shamil, que en 1859 fue derrotado. El último grupo de 400 guerrilleros se entregó a una formación rusa de 40.000 hombres, bajo el mando del general Baratinski. Como renocimiento a su heroísmo, el zar permitió a Shamil conservar su espada. Confinado al sur de Moscú, se exilió luego en Estambul con su familia y falleció el 4 de febrero de 1871 durante una peregrinación a La Meca.

Los supervivientes sólo pudieron seguir viviendo en las montañas. Convencidos de que serían difícilmente asimilables, los rusos les presionaron para que emigraran hacia el Imperio Otomano. Entre 1858 y 1864, unos 500.000 miembros de distintas tribus caucasianas se refugiaron en Turquía, Siria y los Balcanes.

Los chechenos consideran a Shamil como su héroe legendario. Basaiev, uno de los dirigentes islamistas que a finales del siglo pasado volvió a luchar contra los rusos en Chechenia, tomó de él su nombre de pila. Pero, en realidad, Shamil es el héroe de todos los pueblos montañeses del Cáucaso y de todos los musulmanes. La Naqshbandiya sufí mantiene actualmente un museo en Pakistán en el que se veneran sus reliquias y fue la inspiración ideológica de los talibanes afganos contra la intervención soviética a partir de 1979. Allí se entrenó Basaiev en los campamentos que organizó la CIA.

Los vecinos de Moscú se alzan contra el plan urbanístico del alcalde

Serguei Sobianin, alcalde de Moscú
Desde la primavera se vienen convocando en Moscú protestas vecinales contra el proyecto del alcalde, Serguei Sobianin, de derribar 4.500 “jruschevkas” que es como llaman allá a los edificios de viviendas de cuatro plantas contruidas en época de Jruschov. Es una obra faraónica, con un coste estimado de 21.000 millones de euros, uno de los mayores planes urbanístico europeos, comparable a la Operación Chamartín de Madrid, que supondría el desalojo de un millón de vecinos de sus casas y barrios.

Algunos hablan de “la destrucción del siglo” y las manifestaciones callejeras denuncian la naturaleza claramente especulativa del plan urbanístico. Lo que quieren derribar no son las “jruschevkas” en mal estado, los viejos “komunalka” (apartementos comunitarios), sino los que se encuentran en las mejores zonas de la ciudad, donde las grandes torres de apartamentos sustituirán a los actuales edificios bajos.

Por lo tanto, unos vecinos protestan porque les derriban sus “jruschevkas” y otros porque no se las derriban. Todos ellos, acostumbrados a los antiguos tiempos, se quejan de que el alcalde no les ha consultado previamente. También se han acostumbrado a los barrios pequeños y espaciosos donde todos se conocen y departen en los parques y zonas comunes, destinadas a desaparecer del nuevo Moscú. Los abuelos ya no tendrán estanques donde pasan el tiempo arrojando migas de pan a los patos.

La alcaldía ofrece realojamiento al millón de afectados, pero es un trágala: los que no se vayan por las buenas se irán por las malas en el plazo de 60 días. Los más “modernos” se aferran a su derecho a la propiedad: compraron una casa y ahora un organismo público se la expropia para cambiársela por otra peor, de baja calidad. ¿No se había acabado el socialismo?

Para que el realojamiento sea “rentable” el alcalde deberá edificar entre 1,5 y 3 veces más de lo que ya hay en la misma zona, lo que supone entre 3 y 4 millones más de habitantes en Moscú, una capital ya muy saturada de población. El alcalde tiene otras cifras: Moscú sólo crecerá en medio millón de habitantes como máximo, asegura. Cualquiera que sea la cifra, ese volumen adicional de población necesitará escuelas, centros de de salud…

Para ese volumen de edificación hay que acabar con las zonas verdes, los parques y las zonas de juegos para niños, que son prestaciones típicas de los viejos tiempos soviéticos. Como en cualquier otra ciudad del mundo, en Moscú hay quien defiende el patrimonio cultural, arquitéctónico e histórico, que tratándose de Rusia tiene un fuerte contenido político y, por qué no decirlo, sentimental: lo que algunos quieren conservar es la URSS, o algo de ella, lo que quede.

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, además de las “jruschevkas” el alcalde ha puesto en la lista negra a edificios del constructivismo soviético, una corriente cultural de los años veinte que también tuvo su influencia en la arquitectura.

El conservacionismo arquitectónico es como todo y quien lo lleva al extremo quiere que Moscú sea declarada patrimonio de la humanidad para impedir el derribo de cualquier vivienda.

El alcalde se apoya en un sondeo telefónico realizado en mayo, según el cual más de un 75 por ciento de los moscovitas están a favor de su proyecto urbanístico.

¿Por qué el equipo de Trump mantuvo negociaciones secretas con los rusos?

Richard Nixon, el Presidente defenestrado
El enfrentamiento actual de Trump con los monopolios mediáticos de Estados Unidos y, por extensión, del mundo entero es una reproducción del Watergate, no sólo por la obsesión que muestran los medios sino porque, lo mismo que entonces, lo que está en juego es un golpe de Estado como consecuencia de las relaciones con Rusia, que hace 45 años eran relaciones con la URSS.

También se reproduce el mismo hecho, insólito en los anales del periodismo: tanto Nixon como Trump tienen “mala prensa”, en donde las grandes cadenas desinformativas juegan el papel de portavoces de lo que entonces se llamó “garganta profunda”, los poderes fácticos o el Estado paralelo, es decir, todo el conglomerado de fuerzas que actúa en la sombra porque no son ni el poder legislativo, ni el ejecutivo, ni el judicial. El poder de verdad es otra cosa diferente a esas.

Lo mismo que Trump, también Nixon mantuvo negociaciones secretas, tanto con la URSS como con China, para lo cual utilizaba a Henry Kissinger quien primero actuó en secreto como consejero de seguridad nacional y luego en público como secretario de Estado.

Se pueden poner tantas semejanzas como se quiera. Una de ellas es el papel del tan alabado Washington Post, que destapó Watergate y del que todos ocultan que, lo mismo que el periodista Woodward, no era más que un portavoz de la CIA.

La última artimaña del Washington se produjo la semana pasada cuando aireó la entrevista del yerno de Trump, Jared Kushner, con el embajador ruso  Serguei Kislyak en diciembre. La filtración estuvo acompañada de otra de la CNN el 17 de mayo sobre la interceptación de una serie de conversaciones de diplomáticos rusos que se estaban entrevistando con el general Michael Flynn, ya purgado por Trump de la Casa Blanca a causa de las presiones mediáticas (o sea, de la CIA).

Las filtraciones suben de tono cuando John Brennan, yihadista y antiguo director de la CIA, manifiesta el 23 de mayo ante un comité del Congreso su preocupación por el hecho de que ciertos funcionarios hubieran sido sorbornados por los rusos, lo que era una forma sutil de acusarles de traidores, un delito muy grave. Lo más preocupante, dijo Brennan, es que posiblemente los rusos hayan tenido éxito. “A menudo los que recorren el camino de la traición no saben que están en ese camino hasta que es demasiado tarde”, añadió el yihadista.

En una entrevista con PBS NewsHour, el antiguo director de inteligencia, James Clapper, añade otro eslabón a la cadena de imputaciones: todas esas entrevistas con los rusos fueron secretas. ¿Qué es lo que ocultaban?

Desde 1968 las negociaciones de Nixon y Kissinger con los soviéticos fueron igualmente secretas y se llevaron a cabo a través de Boris Sedov, un espía del KGB que ejerció ese papel de intermediario antes de la investidura de Nixon, como ha puesto de manifiesto un reciente libro de Richard A. Moss, del Instituto de Guerra Naval. Tras la toma oficial de posesión, el contacto se reanudó con Anatoli Dobrinin, el embajador soviético en Washington.

Los contactos eran tan reservados que Nixon tendió una línea telefónica en la Casa Blanca exclusivamente para hablar con Dobrinin, manteniendo apartada a la CIA, algo que los espías nunca le perdonaron, haciéndoselo pagar muy caro.

En sus memorias Dobrinin cuenta que Kissinger le explicó los motivos de dicha reserva: mientras en Moscú saben guardar un secreto, en el Departamento de Estado se producían fugas constinuas de información a la prensa.

Lo mismo que Trump, también Nixon quiso mejorar las relaciones con los soviéticos, avanzar en las negociaciones de desarme y consolidar los acuerdos SALT, algo a lo que se oponían los mismos que ahora: la prensa, los servicios de inteligencia y la industria de guerra. Después de muchas negociaciones, el 26 de mayo de 1972 Nixon y Brezhnev firmaron el tratado SALT de limitación de armas nucleares, que estuvo en vigor durante 30 años, hasta 2002, momento en el que Estados Unidos se retiró unilateralmente del mismo.

Una parte de los círculos dominantes en Washington siempre afirmaron que Nixon había realizado concesiones intolerables a los “comunistas” y pusieron toda clase de obstáculos a la ejecución de los acuerdos. El Senado se negó a ratificar SALT II y en 1986, en tiempos de Reagan, Estados Unidos se desvinculó definitivamente de sus compromisos con el desarme y la distensión.

Entre SALT y Watergate sólo transcurre un año. Los acuerdos SALT fueron los que acabaron con Nixon; Watergate fue la excusa. Ahora con Trump sucede lo mismo. Siguen buscando excusas para acabar con él y con cualquiera que en la Casa Blanca trate de mantener buenas relaciones con Rusia. En Washigton sólo manda el Presidente cuando le dejan.

Más información:

Estados Unidos presiona para impedir la llegada de gas ruso a Europa occidental

Por presiones de Estados Unidos, la Comisión Europea siempre se ha opuesto a la construcción del gasoducto North Stream 2, aduciendo que transcurre bajo las aguas del Mar Báltico.

Ya no saben qué inventar, ni qué excusa poner. Tender un gasoducto por el Báltico es un derroche de casi 10.000 millones de euros, pero no queda otro remedio después de la experiencia del que pasaba por Ucrania, mucho más barato pero impracticable a causa de los vientos que circulan por Kiev desde hace tiempo.

El gasoducto podía atravesar Polonia, pero es más de lo mismo. Estados Unidos también maneja los hilos en Varsovia y, de hecho, es el gobierno polaco quien ha pedido a la Unión Europea que frene el tendido del Norh Stream 2.

Polonia es el perro del hortelano: ni come ni deja comer.

Estados Unidos hizo lo mismo con Bulgaria, que perdió una oportunidad histórica de que e tendido del South Stream pasara por su territorio, lo que hubiera supuesto un gran negocio, que ahora ha pasado a manos de Turquía.

A petición de Polonia, o lo que es lo mismo, de Estados Unidos, a comienzos de junio la Comisión Europea pidió autorización al Consejo para “exigir” a Rusia que la explotación de North Stream 2 sea “transparente y no discriminatoria”.

A la salida de la junta de general de accionistas, el director de Gazprom, Alexei Miller, dijo a los periodistas que nada de eso es necesario, ya que se da por supuesto. El gasoducto se acabará en el plazo previsto, añadió, y la Unión Europea no puede hacer nada por impedirlo porque para eso se han gastado el dinero en tenderlo por el Báltico, es decir, por aguas internacionales.

En 2019 el North Stream 2 doblará la capacidad del gasoducto ya existente, llevando 55.000 millones de metros cúbicos anuales de gas desde Rusia hasta Alemania sin esos molestos intermediarios, como Ucrania y Polonia, que ejercen de monaguillos de Washington.

El gasoducto es un ejemplo de que los intereses de Alemania no siempre coinciden con los de la Unión Europea, por más que algunos se empeñen en decir lo contrario. Para impedir el bloqueo, Putin se entrevistó recientemente con el presidente de la multinacional Shell, Ben van Beurden, y en abril hizo lo mismo que en Turquía: repartir los gigantescos beneficios de la explotación del gasoductos con los monopolios de varios países europeos, Engie (Francia), OMV (Austria), Shell (Gran Bretaña/Holanda), Uniper (antigua EON, Alemania) y Wintershall (BASF, Alemania).

Los países del este rabian como perros porque saben que se han dejado llevar un gran bocado y que Estados Unidos jamás les va a compensar pérdidas que como buenos peleles deberán pagar en el futuro por un gas que podía haber sido suyo. En esos países y en Bruselas cantan la misma canción que en Washigton: Europa es excesivamente dependiente del gas ruso. El año pasado las exportaciones de Gazprom a Europa alcanzaron el máximo hasta la fecha. La tercera parte del gas que consumen los países europeos procede de Rusia.

Como cualquier otro, Europa depende de muchas importaciones. Lo que puede hacer es elegir si prefiere depender de las que proceden de unos o de otros. Los demás hacen lo mismo. Lo que no podemos, decía el viceprimer ministro ruso Dimitri Rogozin, es pedirle al ogro que se haga vegetariano.

Una placa conmemorativa dedicada a Stalin preside el paraninfo de la Universidad más importante de Rusia

La Universidad de Derecho Kutafin de Moscú, la más importante de Rusia, ha restaurado una placa conmemorativa dedicada a Stalin (1) que recuerda que en 1924 leyó allí, en el paraninfo, una declaración sobre las conclusiones del XIII Congreso del Partido bolchevique.

Desde 1949 la placa siempre había estado en aquella Universidad, aunque la trasladaron a un lugar más discreto, donde no provocara polémicas. Ahora preside todos los actos solemnes que se celebran. Ocupa un lugar de honor.

Merece la pena prestar atención a los pormenores del asunto desde el principio porque pone al descubierto toda la complejidad histórica de la Rusia actual y de la desaparecida URSS, que algunos quieren reducir a mera caricatura ridícula.

La Universidad quiso recuperar la placa de una manera vergonzante, sin que nadie se enterara, sin ceremonias oficiales y sin anunciarlo en el sitio web. Quien lo publica primero es un abogado británico y a partir de entonces se desata la caja de los truenos (2). Tomen nota: un tipo que vive en Nueva York inicia una campaña de recogida de firmas en change.org dirigida al rector para que retire la placa.

A medida que la bola de nieve baja por la pendiente, cuando al rector le piden explicaciones, saca a relucir un decreto de… 1960, nada menos, en plena desestalinización, que declaraba que el paraninfo era un monumento histórico o, como diríamos aquí, “patrimonio nacional” de obligada conservación (3).

Entonces los truenos se convirtieron en tormenta que, como procede de ciertos sectores poderosos de la sociedad, parece aún mayor. Una parte del equipo directivo de la Universidad dimite, algunos profesores se niegan a impartir clases y el Centro de Derecho Constitucional de la Escuela Superior de Economía, un feudo de los “neoliberales rusos” (digámoslo así, para entendernos), cesa cualquier clase de colaboración con la Universidad Kutafin mientras la placa siga ocupando ese lugar honorífico.

Uno de los aspectos más curiosos de este asunto es que los mequetrefes que presionan al rector mienten descaradamente (como no podía ser de otra forma tratándose de Stalin). Dicen que el dirigente bolchevique arrasó con el sistema jurídico, cuando fue justamente al revés: tras la Revolución de Octubre las facultades de derecho se integraron en las de ciencias sociales y no volvieron a adquirir autonomía hasta después de la Segunda Guerra Mundial (incluido el estudio del Derecho Romano).

El asunto adquiere verdadero interés cuando se traslada a las redes sociales, donde los que no son tan poderosos como los que presionan también tienen la posibilidad de expresarse. La polémica cambia de tono. Los internautas se burlan de quienes tratan de seguir la campaña de desestalinización iniciada en 1956 y, por pura reacción, sus simpatías por Stalin se multiplican: si determinados personajes —a los que los internautas rusos detestan— odian tanto a Stalin, es porque debía ser un gran tipo.

“Stalin el nuevo héroe de Rusia”, titulaba el año pasado el New York Times (4). No es algo reciente. El aprecio por el dirigente bolchevique siempre ha estado en la conciencia de los rusos, como de todos los pueblos de la antigua URSS, pero es especialmente significativa en Rusia porque Stalin no era ruso. Las sucesivas campañas difamatorias que se han vertido desde 1956 han tenido el efecto opuesto de acrecentar cada año la admiración por su figura.

El comunista georgiano acabará convirtiéndose en un mito, para unos tanto como para otros. Es una parte indigesta de la historia del siglo XX, detestada por una minoría insignificante (pero muy poderosa) y apreciada por las grandes masas que le recuerdan por lo que fue tanto como por la esperanza que para ellos representa. Como siempre, las masas tienen razón: en Stalin no sólo hay un problema con el pasado sino, sobre todo, con el futuro.

Los rusos siguen nombrando a Stalin como la figura más destacada de la historia

Cualquier turista puede hacer la prueba por la calle de una ciudad rusa elegida al azar: los peatones le dirán que su personaje histórico favorito es Stalin, según un sondeo del Centro Levada que se publicó ayer (*) sobre las figuras más destacados de todos los tiempos y de todos los pueblos.

Alguno podría creer que eso se debe a que en Rusia la radio, la televisión y demás medios de comunicación siguen emitiendo los mismos contenidos en que hace 70 años.

Se equivoca: la opinión favorable a Stalin se mantiene en Rusia a pesar de las veladas campañas anticomunistas que están llevando a cabo los medios desde hace 30 años. Incluso tras el fin de la URSS, en Rusia ha sido imposible cambiar el extraordinario aprecio que los rusos sienten por el dirigente bolchevique.

En la popularidad creciente de Stalin y de la URSS en la sociedad soviética actual desempeña un papel fundamental el desastre económico, social y político en el que vive sumida Rusia. Para los rusos, no hay comparación posible entre una época y otra.

A pesar de ello, el crédito de Putin también va ganando enteros con el transcurso del tiempo, lo
cual tiene bastante mérito al tratarse de un político en activo desde
hace ya muchos años, a pesar de lo cual no sólo no padece ningún
desgaste sino todo lo contrario.

Es verdad que las comparaciones siempre son odiosas, sobre todo si el tiempo está de por medio. Pero en las encuestas de opinión rusas Stalin también va por delante de las grandes glorias de Rusia, como el poeta Pushkin (número dos). En el corazón de los rusos Stalin siempre está el primero, aunque no fuera ruso. Incluso va por delante de Lenin, que va en cuarto lugar por detrás de Putin (número tres).

Si el lector no se conforma sólo con mirar los primeros puestos del escalafón se quedará aún más sorprendido, si cabe, al comprobar quiénes siguen por detrás, grandes figuras históricas de Rusia van por detrás, como Pedro el Grande o Yuri Gagarin, aunque lo más sobresaliente de estas encuentas es la aparición de científicos de relive internacional, como Newton, Lomonosov, Menedeleiv o Einstein y que en un país como España sorprenden.

Ese perfil de personajes históricos nunca aparecerían si la encuesta se llevara a cabo en España. Aquí un sondeo parecido pondría en un pedestal a mentecatos como Messi, Cristiano Ronaldo o Montoro.

Desde 1999 Stalin se mantiene en primer lugar en todas las encuestas de opinión que se hacen en Rusia. Si ahora mismo se presentara a las elecciones, barrería a todos sus oponentes por una mayoría absoluta.

(*) http://www.levada.ru/2017/06/26/vydayushhiesya-lyudi/

Rusia quiere abandonar el Consejo de Europa

El parlamentario ruso Mijail Yemelianov
Crecen en Rusia las voces que se muestran partidarias de abandonar las instituciones europeas, lo cual pone de manifiesto que, a pesar de las acusaciones repetidas de vulneración de los derechos humanos, allá rigen las mismas normas jurídicas y tribunales que en cualquier otro país de la Unión Europea, por poner un ejemplo.

Mijail Yemelianov, primer vicepresidente del Comité Legislativo de la Duma (o Parlamento ruso) ha propuesto abandonar todas las instituciones del Consejo de Europa y crear una alternativa al Tribunal de Estrasburgo con el argumento de no ceder una parte de su soberanía “en beneficio de entidades supranacionales que están controladas por fuerzas hostiles a Rusia y que utilizan esas instituciones para presionar a Rusia”.

Yemelianov considera que las recientes sentencias del Tribunal de Estrasburgo están “politizadas” y son “antirusas”.

El diputado propone dos soluciones. La primera sería un equivalente al Tribunal de Estrasburgo en el bloque de los países BRICS (Brasil, Rusia, China, India y África del sur) que tendría una mayor garantía de objetividad, o bien abandonar pura y simplmente el Tribunal de Estrasburgo sin reemplazarlo por ningún otro.

Rusia fue condenada por el Tribunal de Estrasburgo por el Caso Navalny, el típico sujeto mimado por las potencias occidentales como recambio natural de los que tuvieron que salir por piernas de Rusia desde el fin de la etapa de Yeltsin, como Berezovsky y Jodorkovsky.

A los países occidentales no les gusta la corrupción en Rusia, pero también se lamentan de la lucha contra la corrupción. Lo mismo que sus predecesores, a Navalny le condenaron en 2013 por apropiarse de 400.000 euros de una empresa pública forestal en 2009. Tras recurrir, el Tribunal de Estrasburgo ordenó repetir el juicio y ha vuelto a ser condenado por otro tribunal por el mismo delito.

Es mucho más reciente la condena por homofobia en el Casco Bayev contra Rusia, un asunto de parecida factura al montaje de las “Pussy Riots”. Más o menos, en Rusia la homofobia está tan extendida entre la sociedad como en cualquier otro país, pero hay dos diferencias importantes:

a) en Rusia los movimientos gays aún no han logrado convertirse en grupos de presión, como en occidente

b) los políticos rusos aún no han aprendido a ser tan hipócritas como los occidentales y disimulan muy mal su animadversión

La consecuencia de ello es que en Rusia la homofobia es patente, mientras que en otros países, como España, es latente. Por eso en 2013 el Parlamento ruso aprobó una ley a destiempo, copiada de la que aprobó Gran Bretaña en 1988 y de las que están vigentes en 8 estados de Estados Unidos (contra las que nadie ha levantado un escándalo parecido).

No es una ley directa contra los homosexuales. Es lo que en los países anglosajones llaman “no promo homo” y sus defensores se justifican con la educación de los menores, sancionando con una multa administrativa la exhibición ante menores de “prácticas sexuales no tradicionales”.

Pero fíjense en la habilidad de los expertos en provocación: como la “propaganda homosexual ante menores” está prohibida, algunos movimientos gays se manifiestan en las proximidades de los colegios para incitar a la actuación de los antidisturbios y que las fotos puedan mostrar al mundo cómo en Rusia se reprime la homosexualidad.

Cuando Estados Unidos manipuló las elecciones rusas de 1996 para mantener a Yeltsin de marioneta

Hasta ahora nuestros lectores conocen la historia de Trump, el candidato manchú, y la manera en que los rusos han adquirido la rara habilidad de manipular las elecciones en Estados Unidos, con el riesgo que eso supone para la democracia, así, en general.

Después de contar el chiste, ahora deben prepararse para saber la otra cara de la realidad, la de verdad: el Partido Comunista de la Federación Rusa, heredero nominal del viejo PCUS, ganó las elecciones de 1996, pero Clinton puso al frente del Kremlin a su mejor peón: el borracho Yeltsin.

En aquellas elecciones, a punto de dar a puntilla al “viejo oso ruso”, los imperialistas no se contentaron con elaborar el programa electoral y seguir al minuto los sondeos al pie de cada una de las urnas, sino que las acabaron trucando porque los resultados no fueron de su grado. Tenía que ganar Yeltsin y no Guenadi Ziuganov, el secretario general del PCFR.

No cabe duda de que las elecciones se pueden manipular, pero no cualquiera es capaz de hacerlo. Para eso hace falta una experiencia que sólo tienen en Estados Unidos, donde los candidatos se seleccionan cuidadosamente, y si sale alguno, como Bernie Sanders, que no es del agrado, se le aparta con métodos más o menos truculentos.

Lo mismo cabe decir de las elecciones en terceros países: no todos tienen capacidad para hacerlo. Estados Unidos sí puede hacerlo y lo ha hecho en muchas ocasiones en varios países; siempre que lo ha necesitado. Entre 1946 y 2000 se calcula que 81 procesos electorales han sido trucados por Estados Unidos (sin contar invasiones, golpes de Estados y otros métodos truculentos).

En 1996 Rusia se encontraba en sus horas más bajas desde la caída de la URSS. Nunca un país había dado tantas muestras de sumisión ante Estados Unidos y quien tenía las riendas, Yeltsin, aspiraba a renovar su mandato, con el apoyo explícito de Clinton y todo el aparato político de su embajada en Moscú.

No obstante, los sondeos electorales mostraban que en Rusia no había nadie más despreciado que Yeltsin, dadas las catastróficas consecuencias del desmantelamiento de la URSS, la contracción del PIB a la mitad, la hiperinflación, el desmantelamiento de la sanidad pública, el impago de las pensiones, la corrupción, la criminalidad… Rusia era un desastre, un país a punto de desintegrarse, y Yelsin era el culpable más visible.

La situación era tan crítica que en 1993 dio un autogolpe para acabar con la oposición política: disolvió el parlamento por decreto, prohibió las manifestaciones y sacó el ejército a la calle. Los cálculos estiman en unos 2.000 los manifestantes que murieron. La prensa habló de la posibilidad de que también se suspendieran las elecciones para evitar el triunfo de Ziuganov, el dirigente del grupo más importante de la oposición.

Entonces fue cuando llegaron los consejeros directamente desde la embajada al rescate de Yeltsin: no importaba perder las votaciones en las urnas porque ellos se encargarían de apañar el recuento. No crean que esto es ningún relato confidencial, conspiranoico o una exclusiva mundial que les relatamos. Para nada. No se cortaron ni un pelo en reírse de los votos, de los votantes y de las votaciones. La manipulación la publicó la revista Time en su momento, en portada y con todo lujo de detalles.

Clinton envió a Moscú a sus tres consultores políticos favoritos, los mismos que le habían ayudado a ser gobernador de Arkansas. Uno de ellos era Michael Caputo. Durante cuatro meses trabajaron a pleno rendimiento en Moscú y cobraron por ello 250.000 dólares. El Fondo Monetario Internacional también puso su granito de arena con un préstamo 1.200 millones de dólares para que el gobierno pudiera pagar a los funcionarios y pensionistas. Ya ven: entonces no había bloqueo económico, ni sanciones, sino todo lo contrario, dinero a raudales, pero tuvo que ser Putin el que se encargara —años después— de devolver el dinero con sus intereses.

Se sabe que Yeltsin obtuvo un 6 por ciento de los votos, por lo que la proeza para amañar los recuentos fue un ejercicio notable de prestidigitación. Malabarismo electoral.

Rusia emplaza más de 30 batallones en las fronteras occidentales

Más de 30 batallones y compañías tácticas en la región occidental de Rusia están preparados para entrar en acción en caso de combate, afirmó hoy el ministro ruso de Defensa, Serguei Shoigu.

“Son más de 30 batallones y compañías tácticas que están listos para entrar en acción, y están equipados con el personal y los materiales necesarios”, dijo Shoigu en la reunión del Ministerio de Defensa mantenida en el enclave ruso de Kaliningrado, en el mar Báltico.

El ministro además señaló que la situación en la frontera occidental de Rusia tiende a deteriorarse debido al aumento de la actividad militar de la OTAN en Europa del este.

“La Alianza del Atlántico Norte está intensificando su presencia en los países del Báltico, están modernizando la infraestructura de sus puertos, aeródromos y otras instalaciones militares”, agregó.

También recordó que la OTAN ha decidido desplegar otros cuatro batallones multinacionales “conformados por alrededor de 5.000 efectivos y equipo militar” cerca de las fronteras rusas.

Asimismo indicó que Estados Unidos continúa con el despliegue de su sistema de defensa antimisiles en Polonia, que entraría en servicio el próximo año, y otro complejo que ya está operativo en Rumania desde 2015.

Desde el pasado 12 de junio tropas de la Alianza llevan a cabo el mayor ejercicio militar multinacional realizado en Lituania en el año, el Iron Wolf 2017, como parte de una serie de maniobras dirigidas a cercar a Rusia. En esas maniobras participan más de 5.300 soldados lituanos y de nueve países de la OTAN.

Por su parte, Rusia ha enfatizado en reiteradas ocasiones que los intentos de la Alianza de justificar estos preparativos militares cerca de sus fronteras constituyen un giro peligroso en la carrera armamentista. Putin, ha afirmado que la expansión de la OTAN y el despliegue del sistema de defensa antimisiles en Europa están obligando a Rusia a responder, y que Moscú dará una respuesta adecuada a las acciones de la Alianza, con el fin de preservar el equilibrio estratégico.

https://actualidad.rt.com/actualidad/241854-rusia-batallones-listas-entrar-combate

El dinero negro procedente de la ‘mafia rusa’ ¿elude el bloqueo económico y se lava en Gran Bretaña?

Como ya anunciamos, el 20 de marzo de este año el diario británico The Guardian publicó una extraña información sobre un amplio dispositivo de blanqueo de dinero procedente de Rusia y destinado a los países occidentales. Era extraño porque Rusia es objeto de un estrecho bloqueo económico que hubiera debido impedir el lavado, sobre todo si las cifras a las que se refería el The Guardian eran aproximadas: entre 20.000 y 80.000 millones de dólares habían salido de las cajas fuertes de los bancos rusos.

O el bloqueo es una comedia, o la noticia del The Guardian es falsa.

Antes de llegar a occidente, según la noticia, ese dinero circuló por los viejos países de la URSS, sobre todo Moldavia y Letonia, saltando por sociedades pantalla domiciliadas en países en los que impera el secreto bancario, como Chipre, lo que ya es conocido, y luego por Escocia, lo que sorprende bastante más.

Otro elemento extraño es que la publicación del artículo coincidía con el primer aniversario de la aparición de los Papeles de Panamá, de los que ya nadie se acuerda, en los que figuraban 214.000 sociedades ficticias con un despacho de abogados por medio, que siempre era el mismo.

El artículo de The Guardian veía a decir que “en todas partes cuecen habas”. Si Rusia es un país capitalista y corrupto, a nadie podía extrañar que también tuviera una lavadora de dinero negro, como cualquier otro.

El firmante del artículo era Luke Harding, el antiguo corresponsal de The Guardian en Moscú que, además, ha publicado varios libros sobre la trastienda de las instituciones públicas dependientes del Kremlin, por lo que fue expulsado en 2011. Los libros llevaban título tan tópicos y poco imaginativos como “El Estado mafioso”.

El artículo de Harding no mencionaba ninguna fuente, algo que también es típico: cuando se trata de periódicos (des)“prestigiados” como The Guardian, las fuentes no son necesarias; se suponen por le hecho mismo de su (des)“prestigio”.

Era un intento de involucrar a Putin con los grandes grupos monopolistas rusos a los que, a diferencia de otros países capitalistas, se les califica como “mafias”, como si fuera necesario cargar las tintas un poco más. Por eso el periodista británico mencionaba a Igor Putin, el primo del Presidente, que se sentaba en el consejo de administración de uno de los numerosos bancos participantes en el blanqueo.

Como dijimos en marzo, el artículo se apoya única y exclusivamente en un informe del año pasado de un organismo anticorrupción, la OCCRP (Organized Crime and Corruption Reporting Project), que durante dos años llevó a cabo una investigación con el diario “Novaia Gaceta”, uno de los mayores enemigos de Putin, el mismo que ha levantado la campaña contra el gulag de los homosexuales en Chechenia.

A su vez, la OCCRP es un grupo de periodistas especializados en la investigación de eso que las películas de Hollywood llaman “crimen organizado”, con el matiz de que lo que les preocupa es única y exclusivamente el crimen organizado en Europa del este. Tiene su sede en Sarajevo, Bosnia, lo que ya empieza a oler a podrido y si seguimos afinando el microscopio veremos que es una filial del Journalism Development Network, que tiene su sede en… Washington.

A partir de ahí empiezan a encenderse las alarmas y el tufo a Soros se confirma, una vez más, lo mismo que la financiación de la USAID y el Departamento de Estado, es decir, los mismos de siempre que, bajo la apariencia de organizaciones sociales y privadas, siempre encubren tinglados políticos de las grandes potencias.

Es un montaje paralelo al de los Papeles de Panamá, cuando La Sexta nos quiso hacer creer que todo procedía de otro grupo de periodistas de investigación, el International Consortium for Investigative Journalism, también con sede en Washington, también con dinero de dos fundaciones manejadas por Soros.

De cualquier manera, si la información de The Guardian es buena, lo que no nos explica es el por qué y el cómo los bancos escoceses eluden el bloque económico y el motivo por el cual dichas cuentas, procedentes de “la mafia rusa”, no han sido embargadas, a pesar de tener su origen en el crimen.


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