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La represión política en China según el informe de Amnistía Internacional

Bruno Guigue

Tan pronto como queremos abordar la cuestión de los derechos humanos en China, el problema inmediato es el de las fuentes de información. Si son del gobierno, los críticos habituales de la China comunista señalan inmediatamente su parcialidad. Si están vinculados a los círculos de la oposición, serán criticados de la misma manera. Para evitar estos inconvenientes, se adoptará el método de leer el último informe de Amnistía Internacional sobre China (2017-2018) y actuar como si la información fáctica que contiene fuera exacta.

Como esta ONG estadounidense no parece ser una ferviente propagandista del gobierno chino, será difícil ser acusada de ser complaciente con Pekín. Pero, ¿qué hay en este informe? En primer lugar, dedica una larga explicación a Liu Xiaobo, cuyo drama personal ha proporcionado a Occidente un fuerte de argumentos contra el gobierno chino durante una década. “El ganador del Premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo murió bajo custodia de cáncer de hígado el 13 de julio. Liu Xiaobo y su familia habían pedido a las autoridades que le permitieran viajar al extranjero para recibir tratamiento médico, pero se negaron a acceder a esta petición. A finales de año, su esposa, Liu Xia, aún estaba bajo vigilancia y bajo arresto domiciliario ilegal. Ella había estado sujeta a estas medidas desde que su marido recibió el Premio Nobel de la Paz en 2010. Al menos 10 activistas fueron detenidos por organizar ceremonias en memoria de Liu Xiaobo”.

Este disidente fue detenido y condenado a nueve años de prisión por “subversión” en 2009. Murió de cáncer en julio de 2017, poco después de su liberación -no detenido- y recibió el Premio Nobel de la Paz en 2010 con el apoyo entusiasta de los países occidentales. Filósofo iconoclasta, resumió su pensamiento en una entrevista de prensa en 1988: “Elegir vivir significa elegir el estilo de vida occidental. La diferencia entre los modos de gobierno occidental y chino es la misma que entre humano y no humano, no hay compromiso. La occidentalización no es una opción para la nación, sino para la raza humana”.

Para comprender -sin justificarlo- la reacción de las autoridades chinas, es necesario llevar a cabo un ejercicio de transposición. Sustituyamos las palabras “occidental” por “ario” y “chino” por “judío»: es evidente que este tipo de declaraciones, en Francia, darían lugar a procesos judiciales contra su autor.

Pero no fue la única osadía de Liu Xiaobo. Admirador de la política exterior de Estados Unidos, nunca perdió la oportunidad de felicitar retrospectivamente al país por la Guerra de Corea -que se cobró 600.000 vidas chinas-, la Guerra de Vietnam y la invasión de Irak. Finalmente, afirmó que para experimentar los beneficios de la civilización occidental, “China debería volver a ser una colonia durante 300 años y dividirse en 18 estados”.

Podemos estar indignados por el trato de un intelectual que dice lo que piensa. Pero cuando exige la colonización de su país por potencias extranjeras, debe esperar problemas. La detención de Liu Xiaobo demuestra que las autoridades chinas no juegan con el patriotismo y que existen límites a la libertad de expresión tan pronto como está en juego el interés nacional. ¿Pero es diferente en otros lugares? ¿Qué le pasaría a un ciudadano francés que declara que los franceses no son seres humanos y exige abiertamente la invasión de Francia por parte de Rusia?

Represión política

Después de esta esperada oda a Liu Xiaobo, el informe de la ONG estadounidense hace referencia a los avances legislativos considerados perjudiciales para los derechos humanos. “Este año, una vez más, se redactaron y aprobaron leyes y reglamentos represivos de seguridad nacional, lo que otorgó a las autoridades más poder para silenciar a la oposición, censurar la información y acosar y enjuiciar a los defensores de los derechos humanos”. A modo de ejemplo, el informe es una narración que tiene el mérito de referirse a acontecimientos específicos. El acontecimiento más importante -el único que ha sido objeto de un relato detallado en el informe- tuvo lugar en julio de 2015.

“De las casi 250 personas que fueron interrogadas o detenidas por agentes de la seguridad del Estado tras la ola de represión sin precedentes lanzada por el gobierno contra abogados y activistas de derechos humanos en julio de 2015, nueve fueron declaradas culpables de subvertir el poder del Estado, incitar a la subversión del poder del Estado o intentar provocar conflictos y perturbar el orden público”.

El informe continúa diciendo que de estas nueve personas, cinco siguen en prisión, tres han sido condenadas a penas suspendidas y la última ha sido eximida de una condena penal. A estos nueve casos, el informe añade otros cuatro casos de detenciones que resultaron en tres sentencias de prisión y una fianza.

Los otros acontecimientos similares mencionados en el informe de la ONG se refieren a “once activistas detenidos por conmemorar la represión de Tiananmen de 1989, por provocar conflictos y perturbar el orden público”. Dos de ellos fueron detenidos y uno fue condenado a tres años de prisión. El informe añade tres detenciones de “activistas sindicales” que han dado lugar a fianzas y condenas penales. En cuanto a la “represión de las actividades de internet”, se dice que 12 personas siguen en prisión, la mayoría de ellas en espera de juicio.

Esta parte del informe de Amnistía Internacional tiene la ventaja de ser relativamente precisa: proporciona cifras, menciona los nombres de las personas afectadas e indica el trato que han recibido. Si resumimos todos estos datos, obtenemos un total de 280 detenciones, 22 encarcelamientos y 10 condenas penales, con penas de prisión que van de uno a ocho años. También se dice que hay algunos casos de arresto domiciliario y un enigmático caso de “desaparición” sin resolver, sobre los que la ONG es cautelosa.

Discriminación de las minorías

La segunda parte del informe trata de las religiones y las minorías que, al parecer, son objeto de graves discriminaciones por parte de las autoridades chinas. “Este año, una vez más, los practicantes de Falun Gong han sido objeto de persecución, detención arbitraria, juicios injustos, tortura y otros malos tratos. Pero para ilustrar esta represión generalizada de las actividades religiosas, Amnistía Internacional cita sólo un caso: “Acusado de utilizar el culto perjudicial para socavar la aplicación de la ley, Chen Huixia ha estado detenido desde 2016. En mayo, su juicio se pospuso después de que su abogado pidiera al tribunal que no utilizara como prueba las pruebas obtenidas bajo tortura.

Pero, como podemos imaginar, lo que preocupa a la ONG occidental es sobre todo la situación de los uigures y tibetanos. “En el informe sobre su misión a China en 2016, el Relator Especial de las Naciones Unidas sobre Derechos Humanos y Pobreza Extrema afirmó que, si bien los progresos en la lucha contra la pobreza eran en general impresionantes, la situación de los tibetanos y uigures seguía siendo muy problemática, y que la mayoría de las minorías étnicas en China estaban expuestas a graves violaciones de los derechos humanos, incluidas tasas de pobreza particularmente elevadas, discriminación étnica y desplazamiento forzado.

En apoyo de una imagen tan alarmante, nos habría gustado conocer hechos concretos. A modo de ejemplo, la ONG menciona dos detenciones y seis muertes relacionadas con incendios en el Tíbet. Las circunstancias de estos suicidios apenas se aclaran en el informe, a diferencia de las dos detenciones mencionadas. En total, la desproporción entre los hechos reportados y la descripción apocalíptica que forma el telón de fondo es obvia. Cabe señalar que el informe no abarca gran parte de la situación en el Tíbet. El Dalai Lama hace tiempo que dejó de exigir la independencia de su provincia natal, pasando gradualmente bajo las pantallas de radar de la compasión occidental.

En el mismo sentido, la afirmación de los autores del informe de que “la mayoría de las minorías étnicas en China estuvieron expuestas a graves violaciones de los derechos humanos” es completamente surrealista. China reconoce oficialmente 54 nacionalidades minoritarias. Los únicos que históricamente han encontrado dificultades con el poder son los tibetanos y los uigures. La minoría más grande (18 millones de personas), los Zhuang, están perfectamente integrados, al igual que los musulmanes Hui. Exentos de la política de un solo hijo -ha sido un enorme privilegio- se han beneficiado de medidas para promover su cultura y de inversiones en las regiones (a menudo desfavorecidas) en las que han vivido durante siglos. El Relator Especial de la ONU para los Derechos Humanos siempre puede ser polémico, no hay nada concreto que apoye sus afirmaciones.

Dado que la causa uigur ha sustituido a la causa tibetana en los corazones de los occidentales, la parte del informe dedicada a esta cuestión es obviamente mucho más larga. Insiste con razón en la represión despiadada de las “actividades extremistas” por parte de las autoridades chinas. Sin embargo, el informe no da ninguna fuente precisa ni cifras. Incluso leemos este tipo de cosas, que atestiguan la seriedad de los redactores cuando abandonan el campo de la relación de hecho por el de la afabulación de rumores:

“Según los informes de los medios de comunicación, se ha ordenado a las familias de toda la región que entreguen a las autoridades sus copias del Corán y cualquier otro objeto religioso que posean, bajo pena de sanciones”.

De hecho, el gobierno chino ha retirado de la circulación libros de literatura religiosa extremista. ¿Debemos culparlo por esto, en un país donde los ataques yihadistas han matado a cientos de personas desde 2009? Finalmente, esperábamos encontrar un desarrollo consistente en la abominable represión de los uigures. El informe menciona los “centros de rehabilitación” creados por el gobierno, pero no hay una línea sobre los “campos de concentración” en los que, según la prensa occidental unánime, están hacinados “un millón de uigures”.

Probablemente temerosa del ridículo, Amnistía Internacional ha observado una saludable cautela sobre el tema. Es cierto que para encarcelar a un millón de uigures habría que capturar a la mitad de la población masculina adulta de una minoría de diez millones de personas. Ninguna fuente seria ha fundamentado nunca estas acusaciones grotescas, y la enormidad de la mentira probablemente terminará matando a la mentira.

La represión en China y en Francia

Al añadir los datos proporcionados por el informe de Amnistía Internacional, se puede concluir que el gobierno chino violó los derechos humanos en 2017 al realizar un número desconocido de detenciones y arrestos, de los cuales varios cientos están identificados y documentados. En total, Amnistía Internacional también informa de unos 30 encarcelamientos y 20 condenas penales -con penas de prisión que van de uno a ocho años- impuestas a personas acusadas (con razón o sin ella) de perturbar el orden público o realizar actividades subversivas. Si son exactos, estos elementos deben ser tomados en consideración.

Está claro que el gobierno chino está ejerciendo una vigilancia generalizada, rastreando las actividades subversivas y no escatimando en los medios para ponerles fin. Siempre se puede, sobre todo a distancia, juzgar esta política dictatorial y condenar un régimen que sus detractores califican de “totalitario”. Pero no es seguro que los chinos vean las cosas de la misma manera. Si bien desean que se suavice con el tiempo, consideran que esta severidad es esencial para la estabilidad del país y la lucha contra la interferencia extranjera. La represión de las organizaciones extremistas en Xinjiang, por ejemplo, es ampliamente aceptada, y los acontecimientos en Siria -o Libia- han reforzado la aversión china a esta ideología mortal y han suscitado preocupación entre las autoridades por esta amenaza estratégica.

Si acreditamos la relación de los hechos por parte de la ONG estadounidense -esta es mi premisa inicial-, es igualmente evidente que la represión en la República Popular China afecta a un número extremadamente limitado de personas. Los treinta encarcelamientos y veinte condenas en China en 2017 se pueden comparar, por ejemplo, con la represión que ha golpeado a los “chalecos amarillos” desde noviembre de 2018. Con 8.500 detenciones, 1.800 condenas penales, 200 encarcelamientos y 110 heridos graves, entre ellos 19 mutilados, los resultados de la represión policial y judicial que ha afectado a este movimiento popular son impresionantes.

Con una población china veinte veces mayor que la de Francia, basta con aplicar esta proporción para hacerse una idea de cómo sería si se reprimiera un movimiento similar en China: decenas de miles de detenciones, 36.000 condenas penales y 2.000 heridos graves. Con las cifras proporcionadas por Amnistía Internacional, estamos muy lejos de ello. Francia se jacta de ser una “democracia” y da una lección a los chinos, pero miles de manifestantes son detenidos, decenas de mutilados y cientos enviados a prisión por los tribunales.

Veinte condenas transforman un país de 1.410 millones de habitantes en una dictadura totalitaria, 1.800 condenas en un país de 67 millones de habitantes le valen el título de democracia ejemplar. ¡Que lo entienda quien pueda!

https://www.facebook.com/notes/bruno-guigue/la-chine-amnesty-et-les-gilets-jaunes/1635604703251645/

‘Chalecos amarillos’: cambia el discurso de la represión

Zineb Zerari
Hasta ayer en Francia los medios de intoxicación eran unánimes al separar las manifestaciones y exigencias legítimas de los “chalecos amarillos” frente a algo completamente distinto, como los incendios, las barricadas y los enfrentamientos con la policía.

A diferencia de los “chalecos amarillos”, la prensa presentaba a “los violentos” con una serie de características que los diferenciaba netamente de los anteriores: eran una minoría  y no representaban al resto.

Son una serie de frases tan sencillas que no requieren demostración ni argumentación, por más que los “chalecos amarillos” dijeran lo contrario y culparan a la policía del vandalismo.

Ayer Macron dijo algo distinto que es como el “todo es ETA” de por aquí: los que acuden a las manifestaciones de los “chalecos amarillos” son cómplices de “lo peor”. Ya no hay diferencia entre unos y otros.

Naturalmente un cómplice es un término criminal que se utiliza contra alguien que participa en un delito. Por lo tanto, los “chalecos amarillos” son responsables de los incendios, los cortes de carretera y daños que se produzcan, de donde se deduce que todos ellos deben ser llevados a juicio como delincuentes.

En una manifestación “lo peor”, según Macron, no es la protesta, ni su carácter masivo o prolongado en el tiempo, ni tampoco la reivindicación, sino los actos de vandalismo. Un Estado como el francés tiene asimilado lo primero, pero no lo segundo.

No contento con su incriminación, el Presidente francés fue aún más allá al asegurar que es un “milagro” que los disturbios no hayan causado muertes, otra de las falsedades típicas porque se han producido varias muertes y los responsables de las mismas han sido los policías.

Las muertes no han tenido necesariamente relación con los disturbios. Por ejemplo, el sábado 1 de diciembre murió Zineb Zerari, una anciana de 80 años que en Marsella se asomó a la ventana del cuarto piso cuando un policía le lanzó una granada de gases lacrimógenos que le golpeó en la cara (1).

La policía no lanzó la granada para disolver ninguna manifestación, ni mucho menos un altercado, porque su único objetivo es sembrar el terror entre la población. Los que participaron en aquella movilización aseguran que la policía disparaba “en todas las direcciones”(2).

Es la actitud típica de un Estado criminal.

(1) https://www.maghrebemergent.info/gilets-jaunes-algerienne-tuee-marseille-directement-visee-policiers/
(2) https://www.laprovence.com/article/edition-marseille/5271602
/marseille-deces-dune-femme-blessee-par-un-tir-de-lacrymogene.html

Herrera de la Mancha lleva tres meses reteniendo los informes de salud del preso político comunista Manuel Arango

El juez titular del Juzgado Central de Vigilancia Penitenciaria de la Audiencia Nacional, Jose Luís Castro, ha dictado una providencia notificada hoy a la defensa del preso del PCE(r) Manuel Arango, por la cual se afea a la dirección de la prisión de Herrera de la Mancha la falta de remisión de varios informes sanitarios imprescindibles para ventilar la solicitud de tercer grado por motivos de enfermedad grave.
Según Castro, que contesta así a una solicitud de la defensa por la que se exigía impulso a las actuaciones por las dilaciones que estaba sufriendo, «ha sido incesante la comunicación entre el Centro Penitenciario y este Juzgado«. 
El 12 de diciembre fue requerida a la prisión diversa documentación «recibiendo informes del Centro Penitenciario el 9 de enero de 2019, los cuales, al resultar incompletos para la pronunciación en relación al recurso, se reitera requerimiento al día siguiente, 10 de enero de 2019, recibiendo despacho del CP el 15 de enero, haciendo una nueva reiteración el día 24 de enero y posteriormente otra con fecha 6 de febrero de 2019.«
Las pruebas médicas realizadas, que no han sido trasladadas a la defensa, se han podido conocer por las comunicaciones de Arango, han evidenciado que padece de hepatología crónica, úlcera duodenal, escoliosis y artrosis, entre otras dolencias.
Manuel Arango, además de preso político, es viudo de Isabel Aparicio, otra presa política comunista que falleció en 2014 víctima de la desatención sanitaria y que Arango lleva denunciando desde entonces. Parece evidente que el Estado quiere obtener un resultado parecido.

La peor masacre desde la Comuna de París de 1871 (en tiempos ‘de paz’)

Francia se reunió para la decimocuarta semana de protestas de los “chalecos amarillos” y el número de heridos de los peores disturbios civiles en décadas se asemeja al de una pequeña guerra. Sin embargo, a pesar de las peticiones de las víctimas, Emmanuel Macron sigue apretando los tornillos.

“Esto no es normal. Estamos en Francia, una de las democracias más antiguas y mejores del mundo”, dice Fiorina Jacob Lignier, quien perdió la vista en una manifestación en París el 8 de diciembre. “Por lo general, condenamos a los otros países donde ocurre esto. Que esto pase aquí es increíble“.

Lignier, una estudiante de filosofía de 20 años, viajó desde la ciudad norteña de Amiens para marchar hacia los Campos Elíseos para protestar contra los impuestos al combustible con su novio, Jacob Maxime.

Estaban marchando con una columna de manifestantes pacíficos, cuando un grupo de enmascarados comenzó a destrozar una tienda a más de 50 metros de distancia.

La policía “comenzó a disparar ‘flashballs’ y lanzó granadas en todas direcciones” y durante dos horas la pareja permaneció “encerrada entre una línea de gendarmes y una pared, sin posibilidad de huir”.

Lignier dice que lo último que recuerda fueron los gritos de los policías que despejaban el camino para los bomberos. Luego, una granada de gas la golpeó en la cabeza y cayó el suelo.

Cuando se despertó, tenía la nariz rota, la cara hinchada por las fracturas y no podía ver a través del ojo izquierdo. Durante los siguientes 16 días, Lignier se sometió a dos cirugías y aún está esperando otras dos.

“Todavía me duele el ojo. Durante la próxima cirugía, lo removerán. “Es difícil levantarse para sentir todo esto, no puedo ir a conferencias, no puedo leer y mover el globo ocular es insoportable”, dijo Fiorina.

“No reconozco a mi país. Estos no son los valores que me enseñaron en la escuela”.

Para la mayoría de las manifestaciones en cualquier lugar de occidente, la historia de Lignier la habría convertido en una chica del cartel de los excesos de la ley. Entre los “chalecos amarillos” su caso es solo uno de muchos.

La magnitud de la violencia concentrada en tiempos de paz desde noviembre es difícil de comprender.

Tras las manifestaciones de la semana pasada, el Ministerio de Interior informó que 1.300 policías y más de 2.000 manifestantes habían sufrido lesiones. Teniendo en cuenta la diferencia en el equipo y la organización entre la policía antidisturbios y la mayoría de la gente desarmada, la mayoría de los medios de comunicación franceses ha especulado que el número real de civiles heridos es varias veces mayor, especialmente porque muchos no han registrado oficialmente sus lesiones.

“Desarmons-les” (“Desarmarlos”), un grupo que protesta contra la violencia estatal, ha acumulado un registro de los casos más graves.

El último, con fecha del mes pasado, enumera 140 nombres. Entre ellos, Zineb Redouane, un transeúnte de Marsella de 80 años que murió de un ataque al corazón cuando los médicos trataron de ayudarla después de que la policía disparó una granada de gas lacrimógeno en su cara a través de la ventana de su apartamento.

También se encuentra Sebastien Maillet, cuya mano fue arrancada cuando otra granada cayó cerca de él durante una protesta frente a la Asamblea Nacional el fin de semana pasado.

En resumen, 20 han perdido los ojos, cinco manos han sido arrancadas parcial o totalmente, una persona perdió la audición como resultado de una granada de aturdimiento GLI F4 rellena de TNT.

“He visto repetidamente lesiones consistentes con las que sufrieron en accidentes de tráfico graves, o después de caídas desde una gran altura”, dijo el neurocirujano Laurent Thines esta semana.

Son verdaderas heridas de guerra. Y están sucediendo en Francia, en las calles.

Mientras que las protestas de estudiantes y trabajadores de mayo de 1968 que mejoraron la historia de Francia, cobraron cuatro vidas directamente, Thines cree que el alcance general, la duración y la intensidad de la violencia fueron mucho más contenidas que el caos actual. Si es así, es probable que Francia sea testigo del peor derramamiento de sangre no bélico desde la masacre de la Comuna de París en 1871.

A Maxime le viene a la cabeza una comparación diferente: el conflicto más doloroso y humillante para la república moderna posterior a la Segunda Guerra Mundial. “No hemos visto tales lesiones en Francia desde la guerra en Argelia”, dice. “Las instrucciones dadas a la policía por el ministro del interior y el presidente Macron representan una represión sistemática y violenta”.

Ninguno de los heridos en los últimos tres meses niega que exista un elemento beligerante entre los manifestantes. Pero tampoco nadie cree que la policía esté intentando minimizar la violencia.

Si bien la discusión más amplia se ha centrado en si el gobierno ha prolongado el enfrentamiento con sus concesiones miserables, o incluso lo ha estimulado como un punto de principio, ha habido críticas muy específicas a las tácticas policiales.

Funcionarios de derechos humanos, militantes y sindicatos han instado a la policía francesa a revisar el uso de las llamadas “armas subletales”, particularmente las LBD, los cañones de mano de aspecto extraño que se han convertido en un símbolo de los enfrentamientos. Prohibidos en todos menos en tres estados de la Unión Europea, estos dispositivos patentados por los franceses disparan bolas de espuma comprimida relativamente lentas y grandes, o “flash”, y han sido responsables de la mayoría de las lesiones, junto con los proyectiles de gas lacrimógeno.

En teoría, existen limitaciones estrictas en su uso, pero están abiertas a interpretación (como lo que constituye defensa propia) y los vídeos muestran a policías armados disparando las armas a voluntad, apuntándolos a los manifestantes e incluso a los periodistas cuando no están bajo ninguna amenaza inmediata. Su supuesta no letalidad significa que, en realidad, se usan más libremente que las armas reales, y junto con los cócteles Molotov y las rocas lanzadas por los manifestantes, alientan el teatro callejero mortal de las protestas francesas.

La policía no se ha movido, y ha ganado un caso judicial que les permite persistir con su actual despliegue.

“Nunca he visto a un policía o gendarme atacar a un manifestante”, dijo el ministro de Interior Christophe Castaner, quien recientemente realizó un pedido de 1.280 cañones LBD más a principios de este mes.

De hecho, ningún policía ha sido reprendido por una sola de las lesiones sufridas en las calles, y solo se están investigando 100 casos de “chalecos amarillos”, que incluyen incidentes no violentos y relativamente triviales.

A principios de este mes, a pesar de una división dentro del propio partido de Emmanuel Macron, la Asamblea Nacional aprobó una ley que imponía arrestos de seis meses y multas cuantiosas a “presuntos vándalos” que participaban en las manifestaciones, un eco de una legislación similar aprobada después de mayo de 1968.

Los grupos de derechos humanos dicen que la ley es una negación de la libertad democrática básica de reunión.

“Mi mensaje es claro: cualquier destrucción y agresión será castigada”, insiste Castaner. Ante la obcecación del gobierno, algunas de las víctimas ahora esperan lograr justicia a través de los tribunales.

“Presentamos una queja, sin embargo, debemos esperar 10 años de procedimiento, mucho tiempo. Solo queremos que se censure al Estado francés y que se reconozca la brutalidad policial”, dice Maxime, socio de Lignier.

El abogado Philippe de Veulle, que representa a varios destacados “chalecos amarillos”, espera una decisión positiva del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y dice que su palabra tendrá “ramificaciones no legales, sino políticas”, avergonzando al gobierno eurófilo de Macron para detener su acciones “sin precedentes”.

Para su cliente, Jerome Rodrigues, quien perdió un ojo después de convertirse en uno de los dirigentes del movimiento, la justicia es más simple: “Perdí mi ojo Macron, y usted pagará por ello”, publicó recientemente en Facebook.

Sin embargo, sufra o no en las urnas el gobierno actual en las próximas elecciones europeas o en las futuras elecciones presidenciales y parlamentarias, una cosa se está volviendo más clara. Con cada semana que pasa, cada multitud enojada y cada nueva lesión, Emmanuel Macron no puede desestimar a los “chalecos amarillos” como un movimiento transitorio y marginal, y mucho menos después de que salga del Palacio del Elíseo. El testimonio histórico de su gobierno permanecerá en las manos mutiladas, los huesos rotos y las caras desfiguradas.

https://www.rt.com/news/451632-france-yellow-vests-eye-hand-injuries/

Estados Unidos deja de alimentar a la fuerza a los inmigrantes en huelga de hambre

Las presiones en las calle obligaron el jueves al gobierno de Estados Unidos a desistir de alimentar por la fuerza a un grupo de inmigrantes que realizaban una huelga de hambre en un centro de detención situado cerca del aeropuerto de El Paso, en Texas.

Los detenidos en huelga, hindúes algunos de ellos, eran alimentados contra su voluntad mediante una sonda nasal.

La semana pasada la agencia de la ONU de derechos humanos dijo que la alimentación forzada de los huelguistas de hambre constituía una violación de la Convención de la ONU contra la Tortura.

El miércoles un juez federal dijo que el gobierno debía dejar de alimentar por la fuerza a dos de los inmigrantes detenidos, pero advirtió que podría ordenar la reanudación del procedimiento si su salud corría peligro.

“Es una victoria para nosotros”, dijo Louis López, abogado de dos de los detenidos Malkeet Singh y Jasvir Singh en el proceso de El Paso. Ambos veinteañeros son sijs del Punjab. “Tienen derecho a protestar bajo la Primera Enmienda” de la Constitución de Estados Unidos.

Desde hace años los inmigrantes detenidos vienen realizado huelgas de hambre en Estados Unidos para cambiar sus condiciones de detención, mientras aguardan la resolución de su solicitud de asilo político.

La alimentación forzada, ordenada por un tribunal a principios de este año, es algo novedoso, y los defensores dijeron no haber tenido conocimiento de que hubiera sucedido antes en Estados Unidos, mientras que en España se impuso durante la huelga de hambre de los presos políticos del PCE(r) y los GRAPO a finales de los años ochenta, sin que ninguna instancia judicial, interna o internacional, pusiera objeciones.

Si no puedes con el mensaje, mata al mensajero (por ejemplo a Julian Assange)

El domingo, durante la “Super Bowl”, el espectáculo de más audiencia en Estados Unidos, el Washington Post difundió un anuncio, narrado por el actor Tom Hanks, en el que hablaba de los valores del periodismo honesto y rendía homenaje a los reporteros que han perdido la vida en los últimos años, entre ellos el saudí Jamal Khashoggi, el periodista de Al-Qaeda y del Washington Post asesinado en Estambul.

Khashoggi es un héroe, mientras que Julian Assange se quedó sin ninguna mención.

El periodista australiano es la vergüenza del periodismo moderno. Lleva ya más seis años confinado en la embajada ecuatoriana de Londres, precisamente por los patrones del Washington Post y gentuza de la misma calaña, política y periodística.

La mistificación periodística de Caso Assange se encuentra en titulares como éste: “Assange vive en la embajada de Ecuador en Londres”. Parece que el australiano hubiera decidido cambiar de domicilio. La CNN recurre a otro eufemismo y dice que Assange está “asilado” en la embajada. Nadie aclara lo más elemental: Assange se pudre confinado sin haber sido juzgado por ningún tribunal, sin que nadie levante la voz, a pesar de ser el atentado más grave al derecho a la información que se ha producido en Europa desde 1945.

Suecia archivó la pantomima contra él por violación. La ONU ha reconocido que su situación es arbitraria. Pero, ¿a quién le importa la arbitrariedad de un proscrito. Da lo mismo. Si no es por un asunto es por otro, como espionaje. Alguno tiene que colar o, al menos justificar una situación inaudita en plena Europa del siglo XXI.

La libertad de información no tiene cabida en Europa, con el agravante de que absolutamente ninguno de los documentos publicados por él ha sido cuestionado. A falta de argumentos contra la información, la intoxicación mediática se ha vuelto contra el informador. No falla: si no puedes con el mensaje, acaba con el mensajero.

Así es como la información de WikiLeaks ha pasado au segundo plano, mientras convertían a Assange en un muñeco de feria: guarro, violador, espía, agente del Kremlin… No han escamoteado ningún adjetivo en su contra.

Es la típica maniobra de distracción que aleja al lector de asuntos tales como las atrocidades cometidas por Estados Unidos y sus acólitos -entre ellos España- en Irak, el campo de concentración de Guantánamo, el fraude electoral en Estados Unidos, el espionaje de dirigentes políticos de todo el mundo, la injererencia de Estados Unidos en los asuntos internos de países soberanos…

Antes de su calvario, a Assange le concedieron importantes premios por sus denuncias. En 2009 fue el ganador de los Premios Amnistía Internacional de los Medios Británicos por la exposición de los asesinatos extrajudiciales en Kenia.

Pero aquello era Kenia. Ahora la cosa es muy diferente. “Con la iglesia hemos topado”. A Assange ya nadie le recuerda, no le han vuelto a conceder ningún premio, las ONG “humanitarias” no le reconocen como preso de conciencia, ni siquiera como represaliado político. ¿Será porque esas ONG cobran de los represores?, ¿no las convierte el silencio en cómplices de la represión?

Tienen buenos motivos: Hillary Clinton propuso asesinar a Assange con un dron. ¿Qué más hace falta para levantar la voz?

A Amnistía Internacional ha manifestado su preocupación porque las filtraciones de WikiLeaks pongan en peligro a los afganos que colaboran con la ocupación militar estadounidense. Si no hemos entendido mal eso significa que las violaciones de los derechos humanos de los que ocupan Afganistán están al mismo nivel que las violaciones de derechos humanos que cometan contra ellos o, en otras palabras, la legítima defensa contra el ocupante y sus vasallos. El agresor y su víctima son iguales, como ya sabíamos.

“La democracia muere en la oscuridad”, dice la cabecera del Washington Post, y es cierto. Durante la Super Bowl tuvieron una oportunidad para aplicarse el cuento y recordar a Assange, siquiera de pasada.

3.200 manifestantes en el banquillo de los acusados por la lucha de los ‘chalecos amarillos’ en Francia

Un total de 1.796 manifestantes han sido condenados y otras 1.422 esperan ser juzgados por participar en las manifestaciones de los “chalecos amarillos” desde mediados de noviembre pasado, cuando comenzaron las masivas protestas contra el gobierno francés.

El primer ministro francés, Edouard Philippe, dio a conocer ayer las cifras en una intervención en la Asamblea Nacional, donde añadió que se han organizado 1.300 audiencias por el procedimiento de comparecencia inmediata y que 316 personas están en prisión preventiva en espera de juicio.


Esta larga batalla ha cambiado el lenguaje político en Francia. El diario Le Monde compara la situación actual de París con la de Versalles en 1789, cuando estalló la Revolución Francesa, al tiempo que evoca la obra de Marx “La lucha de clases en Francia”.

El gobierno ha fracasado en su intento de calmar los ánimos con migajas y a cada momento enarbola la bandera de la “ley y el orden”. La semana pasada la Asamblea aprobó la “ley mordaza” contra las manifestaciones, que aún debe ser ratificada por el Senado. “No es una ley contra los delincuentes sino contra los manifestantes”, gritaban el sábado los “chalecos amarillos”.

A mediados de noviembre los “chalecos amarillos” iniciaron en París y otras ciudades francesas una ola de protestas masivas contra la política económica del gobierno de Macron, sobre todo el alza en los precios de los combustibles y los impuestos por la llamada “transición ecológica”.

Las reivindicaciones se extendieron a otras demandas sociales y políticas, como la dimisión de Macron y la exigencia de responsabilidades a la policía por las muertes y mutilaciones de los manifestantes.

En Francia la brutal represión ha constituido un verdadero choque sicológico para la población, que tenía otra imagen de su propio país. La policía ha disparado a discreción contra todo lo que se mueve por la calle. En Estrasburgo una adolescente de 15 años, Lilian, fue herida en la cara de un disparo de la policía, a pesar de que no formaba parte de la manifestación.

Si, en efecto, hoy París es como 1789, o quizá unos pocos años después, 1793. Vive bajo el terrorismo de Estado, una herramienta que la burguesía francesa maneja mejor que nadie. El “flashball” ha sustituido a la guillotina. No te cortan la cabeza, sólo te arrancan la mano. No te matan, sólo te dejan tuerto. La pena de muerte sólo ocurre una vez, las mutilaciones duran el resto de tu vida.

Todas estas cosas ocurren en pleno corazón de la vieja Europa, en la “patria de los derechos humanos”.

‘¡Prisión para los infames okupas de Turín!’

Anoche en Turín los okupas se enfrentaron durante dos horas a la policía para tratar de impedir el desalojo de un edificio. Hay cuatro heridos y 12 detenidos.

El edificio llevaba okupado 20 años y en él vivían familias magrebíes que carecían de vivienda.

A última hora de la tarde cientos de manifestantes se reunieron detrás de una pancarta que decía: “Están haciendo la guerra a los pobres y lo llaman renovación. Estamos resistiendo a los caciques de la ciudad”.

Los manifestantes anunciaron su voluntad de recuperar el centro social, que había sido desalojado el día anterior por la mañana.

Los manifestantes incendiaron contenedores de basura, bloquearon las carreteras, destrozaron vehículos, atacaron un autobús después de evacuar a los pasajeros y lanzaron piedras contra la policía, que respondió con gases lacrimógenos, pero tardaron dos horas en dispersar a los okupas.

La alcaldesa de Turín, Chiara Appendino, miembro del Movimiento de Cinco Estrellas denunció un episodio de violencia “de una gravedad sin precedentes”.

El ministro del Interior, el fascista Matteo Salvini, exclamó: “¡Prisión para esos infames!”

El gobierno ‘socialista’ de Portugal acaba con la huelga de los trabajadores de sanidad por decreto-ley

El gobierno “socialista” de Portugal ha acabado con la huelga de los trabajadores de sanidad por decreto-ley, tras meses de huelgas intermitentes y, además, quiere identificar a todos los que han aportado dinero a la caja de resistencia.

Con este tipo de medidas, esa “izquierda” queda retratada una vez más en el país vecino y nadie se puede extrañar de que quienes se empeñan en seguir votando en las farsas electorales una y otra vez prefieran a “la derecha”, es decir, al original, antes que a una mala copia suya.

Lo mismo que en otras huelgas recientes en otros países, para llevar a la cabo la movilización, los trabajadores han tendo que crear nuevas formas de organización sindical, al margen de los sidicatos históricos, siempre vendidos a la patronal.

La reorganización del movimiento obrero portugués ha favorecido que esta misma semana comenzara otra oleada de huelgas en seis hospitales portugueses, que hoy se ampliarán a nueve, y que seguirá hasta el 28 de febrero.

Una de las promotoras de la huelga es Lucía Leite, presidenta de ASPE, el nuevo sindicato de enfermería al margen de las centrales tradicionales, impulsó una nueva forma de caja de resistencia a través del “crowdfunding”, lo que ha permitido a los trabajadores resistir. La caja obtuvo más de 700.00 euros a través de donaciones anónimas, con una media de 20 euros por donante. El gobierno del Partido Socialista, sin embargo, va a exigir que se identifique a todos ellos, al más puro estilo policial.

Los enfermeros exigen que se vuelva a la ley de 2009, cuando la carrera tenía cinco categorías y no como ahora que solo tiene una, por lo cual el salario base es igual el primer día de trabajo que 30 años después. También exigen más personal, subida de salarios y jubilación a los 57 años.

La liquidación de la huelga, llamada “requisición civil” en Portugal, es una decisión que sólo cuenta con tres precedentes en Portugal desde la Revolución de los Claveles de 1974, ya que sólo se había aplicado a las huelgas en las líneas aéreas portuguesas.

Hasta ahora los gobiernos portugueses, a diferencia de los españoles, se habían mostrado extremadamente respetuosos con el derecho de huelga de los trabajadores, ya que incluso es muy raro que se impongan servicios mínimos.

La semana pasada el primer ministro, Antonio Costa, anunció que su gobierno iba a imponer la “requisición civil” que, en definitiva, no es otra cosa que la obligatoriedad de acudir al trabajo. “Son huelgas salvajes que buscan simplemente atentar contra la dignidad de los enfermos, contra el Servicio Nacional de Salud y son absolutamente ilegales”, dijo.

En diciembre, la nueva ministra de Sanidad, Marta Temido, se estrenó calificando la huelga de “cruel”. Sobraron minutos para la respuesta de la presidenta del Colegio de Enfermeros, Ana Rita Cavaco: “Cruel es tener 40 pacientes por enfermero; cruel es tener 4,2 enfermeros por cada mil habitantes cuando la media de la OCDE es de 9,3”.

Francia aprobará su propia ‘ley mordaza’ contra el derecho de manifestación

La semana que viene la Asamblea francesa discutirá el proyecto de “ley mordaza” que ha presentado Macron, que es mucho peor que la española porque no es una norma administrativa sino una norma penal que no castiga con multas sino con cárcel.

En el país galo la llaman ley “anticasseurs” que se puede traducir como ley contra los alborotadores por lo que ya sabemos: una cosa es quien se manifiesta (pacíficamente, que es lo suyo) y otra muy diferente son los alborotadores. Unos no tienen nada que ver con los otros, por más que la realidad demuestre lo contrario, a saber, que las manifestaciones no son procesiones.

El nombre es interesante porque en Francia ya hubo una ley “anticasseurs” que se promulgó con el adulado “mayo francés” de 1968.

La protesta de los “chalecos amarillos” es mucho más importante que el Mayo del 68 y la represión, en lugar de apagar el movimiento, como dicen los medios, lo ha ido extendiendo y radicalizando. Los manifestantes apenas se acuerdan ya de los motivos por los que empezaron a salir a la calle, pero tienen la más viva imagen de la salvaje represión policial de estas 12 semanas, con sus muertos, sus heridos, sus detenidos y sus juicios.

Este fin de semana los “chalecos amarillos” han salido a la calle, más que nada, a protestar contra el terror policial y, si cometen el error de  aprobar la nueva ley, la lucha no va a parar. El Ministerio del Interior empezó diciendo que este sábado se manifestaron en Francia 17.400 “chalecos amarillos”. Pero como hicieron el ridículo subieron la cifra a 58.600, mientras el sindicato France Police dice que fueron 290.000 (*).

El proyecto de ley impone una pena de hasta un año de cárcel a los manifestantes que escondan sus rostros con pañuelos, máscaras o capuchas. La intención confesada es facilitar el reconocimiento facial, llevar a los “alborotadores” a la cárcel, crear una lista negra de ellos e impedirles el derecho de manifestación.

Todo en nombre de la libertad y de los derechos. En Europa los gobiernos defienden la democracia acabando con ella.

Pero no podemos finalizar esta información sin dejar dos cosas apuntadas. La primera es que -como no podía ser de otra forma- Macron ve la mano negra del Kremlin detrás de los “chalecos amarillos” porque en lugar de leer la prensa francesa, prefieren Russia Today o Sputnik, y eso es intolerable.

La segunda se puede resumir de la siguiente manera: uno de los motivos que dieron inicio al movimiento fue la reducción del límite de velocidad en carretera de 90 a 80 kilómetros por hora, que sólo tiene un afán recaudatorio, según los “chalecos amarillos”: imponer multas.

Como consecuencia de ello, el ministro del Interior, Cristophe Castaner, asegura que los “vándalos” han destrozado el 60 por ciento de los radares que había instalados en las carreteras de Francia.

El hecho es cierto -en parte- pero posiblemente exagera en el porcentaje. Pero sigámosle la corriente como a cualquier otro tonto.

Cuando alguien trata de inutilizar un radar con pintura o tapando el cristal con un cartón, el radar sigue midiendo la velocidad porque funciona por microondas.

No obstante, al tapar el cristal, no puede obtener una foto de la matrícula del infractor, por lo que el Ministerio no puede imponerle una sanción.

Como el castigo no funciona, los conductores han rebasado los límites de velocidad en un 248 por ciento, añadió el ministro, que dejó ahí su argumentación, como si no hubiera más.

Lo que quería decir es que los conductores sólo respetan los límites de velocidad por miedo a las sanciones. Ya saben: la gente sólo respeta la ley con la amenaza del látigo. Al rebasar el límite de velocidad se pone en riesgo la vida de quienes circulan en la carretera y un Ministerio como el de Interior está para velar por nosotros, por nuestra salud, nuestro bienestar, etc.

Si eso fuera cierto, el número de víctimas debería haberse multiplicado desde que la mayor parte de los radares no generan multas. Quizá no deberían haber aumentado hasta un 248 por ciento, pero deberían haber subido bastante.

Pues bien, no es así: el número de víctimas en las carreteras francesas ha descendido un 3,4 por ciento, el número de heridos ha descendido un 27,1 por ciento y el número de muertos permanece igual en comparación con el mismo periodo del año anterior.

Conclusión 1: como muy bien sabe el Ministerio de Interior, los límites de velocidad en carretera no tienen por objeto reducir el número de accidentes sino incrementar la recaudación de dinero a base de multas.

Conclusión 2: los “chalecos amarillos” tienen razón y el Ministerio del Interior miente. ¡Qué sorpresa! La gente se ha hartado de que les saquen hasta el último céntimo de los bolsillos.

(*) https://france-police.org/2019/02/02/estimation-de-la-participation-a-lacte-12-des-gilets-jaunes-a-16-h-290-000-manifestants-a-travers-toute-la-france-selon-le-syndicat-france-police-policiers-en-colere/

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