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La emigración de los trabajadores irlandeses a Inglaterra

Federico Engels

En muchas ocasiones ya hemos tenido oportunidad de mencionar la existencia de los irlandeses que han venido a instalarse en Inglaterra; ahora examinaremos más detenidamente las causas y los efectos de esa inmigración.

El rápido desarrollo de la industria inglesa no hubiera sido posible si Inglaterra no hubiera dispuesto de una reserva: la población numerosa y miserable de Irlanda. Entre ellos, los irlandeses no tenían nada que perder, en tanto que en Inglaterra tenían mucho que ganar; y desde que se supo en Irlanda que en la orilla oriental del canal de St. George todo hombre robusto podía hallar trabajo asegurado y buenos salarios, bandas de irlandeses lo han atravesado cada año.

Se estima que alrededor de un millón de irlandeses han emigrado así a Inglaterra, y que todavía actualmente hay unos 50.000 inmigrantes por año. Casi todos invaden las regiones industriales y en particular las grandes ciudades, constituyendo en ellas la clase más inferior de la población. Hay 120.000 irlandeses pobres en Londres, 40.000 en Manchester, 34.000 en Liverpool, 24.000 en Bristol, 40.000 en Glasgow y 29.000 en Edimburgo. Esas personas, que han crecido casi sin conocer las ventajas de la civilización, habituadas desde temprana edad a las privaciones de todo género, rudas, bebedoras, despreocupadas del porvenir, arriban así, aportando   costumbres brutales en una clase de la población inglesa que, a decir verdad, tiene poca inclinación por la cultura y la moralidad. Demos la palabra a Thomas Carlyle (1):

“Se puede ver en todas las calles principales y secundarias, los huraños rostros ‘milesianos’ (2) que respiran la malicia hipócrita, la maldad, el desatino, la miseria y el escarnio. El cochero inglés que pasa en su vehículo lanza al ‘milesiano’ (2) un latigazo; éste lo maldice, tiende su sombrero y mendiga. Él representa el peor mal que este país tenga que combatir. Con   harapos y su risa irónica de salvaje, siempre se halla presto a realizar cualquier trabajo que no requiera más que brazos vigorosas y lomos sólidos; y eso por un salario que le permita comprar patatas. Por condimento, le basta la sal; él duerme muy feliz en la primera pocilga o madriguera que encuentra, y su ropa son harapos que el quitárselos y ponérselos constituye una de las operaciones más delicadas posibles y a la cual no se procede sino en los días de fiesta o en ocasiones particularmente favorables. El sajón que sea incapaz de trabajar en tales condiciones, está condenado al paro forzoso. El irlandés, ignorante de toda civilización, desplaza al sajón nativo, no por su fuerza, sino por lo contrario, y se apodera de su puesto. Así vive en su mugre y su despreocupación, en su falsedad y su brutalidad de borracho, verdadero fermento de degradación y desorden. Cualquiera que se esfuerce por subsistir, por mantenerse en la superficie, puede ver aquí el ejemplo de que el hombre puede existir, no nadando, sino viviendo en el fondo del agua… ¿Quién no ve que la situación de las capas inferiores de la masa de los trabajadores ingleses se asemeja cada vez más a aquella de los irlandeses que les hacen la competencia en todos los tratos? Todo trabajo que sólo exige fuerza física y poca habilidad no es pagado según la tarifa inglesa sino a un precio que se aproxima al salario irlandés, es decir, apenas lo necesario para no morir totalmente de hambre. 30 semanas en el año comiendo patatas de la peor calidad, apenas… pero esa diferencia disminuye con el arribo de cada nuevo vapor que viene de Irlanda”.

Aquí Carlyle tiene toda la razón, si se exceptúa la condenación exagerada y parcial del carácter nacional irlandés. Por 4 peniques, los trabajadores irlandeses hacen la travesía hacinados como ganado y se instalan por todas partes. Las peores viviendas son suficientemente buenas para ellos; la ropa es harapienta; ignoran el uso del calzado; su alimentación consiste únicamente de patatas, lo que ganan extra se lo gastan en bebida. ¿Qué necesidad tienen tales seres de un buen salario?

Los peores distritos de todas las grandes ciudades están poblados de irlandeses; por todas partes en que un distrito se señala particularmente por la suciedad y su deterioro, puede esperarse ver que los rostros célticos son mayoría, que al primer vistazo se distinguen de las fisonomías sajonas, y puede escucharse el acento irlandés cantante y aspirado que el irlandés auténtico no pierde jamás. He tenido ocasión de oír hablar el celtoirlandés en los barrios más populosos de Manchester. La mayoría de las familias que viven en sótanos son casi por todas partes de origen irlandés.

En suma, como dice el doctor Kay, los irlandeses han descubierto en qué consiste el mínimo de las necesidades vitales y ahora se lo enseñan a los trabajadores ingleses. Ese desaseo que entre ellos, en el campo, donde la población no se aglomera, no tiene consecuencias demasiado graves, desaseo que resulta una segunda naturaleza para ellos, es verdaderamente una tara horrorosa y peligrosa en las grandes ciudades debido a la concentración urbana.

Del mismo modo que acostumbraba hacerlo en su país, el ‘milesiano’ (2) arroja toda la basura e inmundicias frente a su casa, provocando así la formación de charcas y montones de cieno que enmugrecen los barrios obreros y corrompen la atmósfera. Tal como lo hace en su país, construye su porqueriza junto a su vivienda; y si ello no es posible, el cerdo duerme en la propia habitación. Esta nueva y anormal especie de cría de animales practicada en las grandes ciudades es puramente de origen irlandés. El irlandés es apegado a su cochino como el árabe a su caballo, si es que no lo vende, cuando está cebado para ser matado; por lo demás, come con él, duerme con él,   hijos juegan con él montan sobre su lomo y retozan con él en el fango, de todo lo cual se pueden ver mil ejemplos en todas las grandes ciudades de Inglaterra.

Y en cuanto a la suciedad a la incomodidad de las casas, es imposible hacerse una idea. El irlandés no está acostumbrado a los muebles; un montón de paja, algunos trapos absolutamente inservibles como vestido, y esa es su cama. Un trozo de madera, una silla rota, una vieja caja a guisa de mesa, y no necesita nada más; una tetera, unas ollas y escudillas de barro eso le basta para su cocina que sirve a la vez de habitación para dormir y sala.

Y cuando carece de combustible echa mano a todo lo que puede arder: sillas, marcos de puertas, molduras, tablas del piso, suponiendo que las tenga, todo va a parar a la chimenea. Y, además, ¿para qué necesita espacio? En su país, en su cabaña de argamasa y paja, una sola pieza era suficiente para todos los menesteres domésticos; en Inglaterra, la familia tampoco tiene necesidad de más de una pieza. Ese apiñamiento de varias personas en una sola habitación, actualmente tan extendido, ha sido introducido principalmente por la inmigración irlandesa.

Y como es muy necesario que ese pobre diablo tenga al menos un placer, ya que la sociedad lo excluye de todos los demás, se va a la taberna a beber aguardiente. El aguardiente es para el irlandés la única cosa que le da sentido a su vida, el aguardiente y desde luego también su temperamento despreocupado y jovial: he ahí por qué se entrega al aguardiente hasta la embriaguez más brutal.

El carácter meridional, frívolo, del irlandés, su rudeza que lo sitúa a un nivel apenas superior al del salvaje, su menosprecio de todos los placeres más humanos, que es incapaz de disfrutar debido precisamente a su rudeza, su desaseo y su pobreza, son otras tantas razones que favorecen el alcoholismo; la tentación es demasiado fuerte él no puede resistir, y todo el dinero que gana pasa por su gaznate. ¿Cómo podría ser de otro modo? ¿Cómo puede la sociedad que lo pone en una situación tal que se convertirá casi necesariamente en un bebedor, que lo deja embrutecerse y no se preocupa en absoluto de él, acusarlo cuando después se convierte efectivamente en un borracho?

Contra un competidor de ese género es que debe luchar el trabajador inglés, contra un competidor que ocupa el peldaño más bajo de la escala que pueda existir en un país civilizado y que, precisamente por esa razón, se conforma con un salario inferior al de cualquier otro trabajador. Por eso es que el salario del trabajador inglés, en todos los sectores donde el irlandés puede hacerle la competencia, no hace más que bajar constantemente, y no podría ser de otro modo, como dice Carlyle.

Ahora bien, esos sectores son muy numerosos. Todos aquellos empleos que requieren poca o ninguna habilidad se ofrecen a los irlandeses. Desde luego, para los trabajos que exige un larga aprendizaje o una actividad duradera y regular, el irlandés disoluto, versátil y bebedor no sirve. Para convertirse en obrero mecánico (en Inglaterra todo trabajador ocupado en la fabricación de máquinas es un mecánico), para convertirse en obrero de fábrica, tendría primero que adoptar la civilización y las costumbres inglesas, en una palabra, convertirse en primer lugar en objetivamente inglés.

Mas cuando se trata de un trabajo simple, menos preciso, que requiere más vigor que destreza, el irlandés es tan bueno como el inglés. Y por eso tales oficios son invadidos por los irlandeses; los tejedores a mano, los ayudantes de albañil, cargadores, “jobbers” (3), etc., forman legión entre los irlandeses; y la invasión de esta nación ha contribuido, con mucho, en esas ocupaciones, a disminuir el salario y con él a la propia clase obrera.

Y aun cuando los irlandeses que han invadido otros sectores laborales han debido civilizarse, todavía les quedan suficientes vestigios de su antiguo modo de vida como para ejercer una influencia degradante sobre   compañeros de trabajo ingleses, para no hablar de la influencia del medio ambiente irlandés mismo. Porque si se considera que en cada gran ciudad, una cuarta o quinta parte de los obreros son irlandeses o descendientes de ellos, criados en la suciedad irlandesa, no es de asombrar que en la existencia de toda la clase obrera, en   costumbres, su nivel intelectual y moral,   caracteres generales, se halle una buena parte de lo que constituye el fondo de la naturaleza irlandesa, y se concebirá que la situación repugnante de los trabajadores ingleses, resultado de la industria moderna y   consecuencias, haya podido ser después de todo envilecida.

[…]

Otro factor que ha ejercido una influencia importante sobre el carácter de los obreros ingleses, es la inmigración irlandesa, de la cual ya hemos tratado en igual sentido. Es cierto que la misma, como vemos, de una parte ha degradado a los trabajadores ingleses, privándolos de los beneficios de la civilización y agravando su situación, pero por otra parte ha contribuido a ensanchar la brecha entre trabajadores y burguesía, y acelerar así el acercamiento de la crisis. Porque la evolución de la enfermedad social de la cual sufre Inglaterra es igual que la de una enfermedad física; evoluciona según ciertas leyes y tiene   crisis, de las cuales la última y más violenta decide la suerte del paciente. Y como es imposible que la nación inglesa sucumba a esta última crisis, y como debe necesariamente salir de ella renovada y regenerada, hay motivos para alegrarse de todo lo que conduce la enfermedad a su paroxismo. Y la inmigración irlandesa contribuye a ello además por ese carácter vivo apasionado, que ella aclimata en Inglaterra y que aporta a su clase obrera. Por muchos razones, las relaciones entre irlandeses e ingleses son las mismas que aquellas entre franceses y alemanes; la mezcla del temperamento irlandés, más informal, más emotivo, más caluroso, con el carácter inglés, calmado, perseverante, reflexivo, no puede ser a la larga sino beneficiosa para ambas partes.

El egoísmo brutal de la burguesía inglesa hubiera permanecido mucho más arraigado en la clase trabajadora si el carácter irlandés, generoso hasta el derroche, esencialmente dominado por el sentimiento, no hubiera venido a unirse al mismo, de una parte, gracias al cruzamiento entre razas y, de otra parte, gracias a las relaciones habituales, para suavizar lo que el carácter inglés tenía de frío y demasiado racional. Por tanto, ya no nos asombraremos más de saber que la clase trabajadora se ha convertido poco a poco en un pueblo muy diferente a la burguesía inglesa. La burguesía tiene más afinidades con todas las naciones de la tierra que con los obreros que viven a su lado. Los obreros hablan un idioma diferente, tienen otras ideas y concepciones, otras costumbres y otros principios morales, una religión y una política diferente a aquellas de la burguesía. Se trata de dos pueblos distintos, tan distintos como si fuesen de otra raza, y hasta aquí, conocemos una sola de ellas en el continente, la burguesía. Y sin embargo, es precisamente el segundo, el pueblo de los proletarios, el que es con mucho el más importante para el futuro de Inglaterra.

[…]

Los inmigrantes ingleses que hubieran podido elevar el nivel intelectual del pueblo irlandés, se han limitado a explotarlo de la manera más brutal; y mientras que la inmigración irlandesa ha aportado a la nación inglesa un fermento que producirá sus frutos más tarde, Irlanda tiene muy poco que agradecer a la inmigración inglesa.

Fuente: La situación de la clase obrera en Inglaterra, 1844

Beyoncé reivindica el Poder Negro durante la Super Bowl

Durante el intermedio de la Super Bowl, el espectáculo deportivo más visto del mundo, la cantante Beyoncé presentó su nueva canción “Formation”, en la que denuncia los asesinatos de la policía contra los negros en Estados Unidos.

Un día antes del evento, Beyoncé lanzó un polémico vídeo de la misma canción que empieza con una alusión al olvido de parte del gobierno de la población negra en Nueva Orleans, tras la devastadora inundación causada por el huracán Katrina en 2005.

Después de un año en el que la policía cometió múltiples asesinatos raciales, Beyoncé abordó el tema de los derechos de los afroestadounidenses y se ganó el aplauso enfervorecido de los presentes y de los telespectadores.

Durante la presentación, la estrella lució una chaqueta de cuero negro con bandoleras cruzadas frente al pecho, como si fuera militante de una organización armada. Sus bailarinas también estaban uniformadas en cuero y boinas negras, todo en alusión a las Panteras Negras, un grupo político negro de los años sesenta.

La coreografía tampoco se quedó atrás, con las bailarinas formando una gran X en el centro de la cancha del estadio Levi, en Santa Clara, California. La referencia fue al activista y mártir de la causa negra Malcolm X.

Después de la presentación, la madre de Beyoncé lanzó una foto a través de las redes sociales con las bailarinas haciendo el saludo del poder negro con el puño levantado.

La canción “Formation” se publicó en febrero, conocido como el “Mes de la Historia Negra” en el que se resaltan las contribuciones de los afroamericanos en Estados Unidos. Es una ocasión para expresar orgullo en la raza, como lo hace Beyoncé en la letra de la canción: “Me gusta mi nariz de negra con fosas nasales a lo Jackson Five”, dice.

Algunos, que habían visto el vídeo previamente, llamaron a un boicot de la cantante, con instrucciones de apagar el televisor durante la presentación de Beyoncé.

Una mujer escribió en la página de Facebook de la cantante: “Como esposa de un agente de policía, me siento ofendida por todo este vídeo”.

El antiguo alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, aseguró en una entrevista con la cadena Fox News que le parecía “escandaloso” que la artista utilizara una plataforma como la Super Bowl para atacar a la policía.

La coreografía de Beyoncé posa levantando el puño

Cuando los niños negros no eran más que carnaza del hombre blanco

Durante el periodo de esclavitud y de aplicación de las leyes de segregación de Jim Crow en los Estados Unidos, todo el que no fuera blanco no solo sufría la discriminación y el desprecio de los blancos sino que, al ser considerado menos que un ser humano, era tratado como tal. Una situación así favorecía el trato más cruel e inhumano.

Uno de esos tratos despiadados sucedía durante el siglo XIX y comienzos del XX. Por entonces, para cazar a los aligátores se usaban bebés negros para atraerlos fuera del agua. Cuando el aligátor sacaba la cabeza y los cuartos delanteros, los cazadores le disparaban hasta matarlo. Entonces el bebé podría ser usado de nuevo hasta que se lo devolvieran a sus padres.

Estos podían recibir un pago. Por ejemplo, en un anuncio del 21 de septiembre de 1923 del Oakland Tribune ofrecían 2 dólares ($27,72 teniendo en cuenta la inflación) y devolver al bebé sano y salvo. Sobra decir que durante la época de la esclavitud, el beneficio, por ridículo que fuera teniendo en cuenta la situación, era nulo.

Los anuncios donde se solicitaba un cebo humano quitaban hierro a cualquier preocupación. Así exponían que el bebé se sienten orgulloso de su participación, saliendo del agua vivo, entero, húmedo y disfrutando. En el caso de Florida, intentaban tranquilizar diciendo que sus cazadores no fallaban nunca sus objetivos.

Aunque no era una práctica extendida, su uso llegó hasta los zoológicos. En 1908, el cuidador del Jardín Zoológico de Nueva York publicó un anuncio en el Washington Times para encontrar bebés que usar para sacar a los cocodrilos del lugar donde hibernaban durante el invierno.

Por otra parte, la imagen del cebo de aligátor se hizo popular en todo el país. El 28 de enero de 1900, un artículo del Washington Times describió el fenómeno y cómo un negativo de una fotografía llegó a venderse por 5.000 dólares (más de 100.000 dólares teniendo en cuenta la inflación). El tema cubrió postales y objetos. El término «cebo de aligátor» terminó convirtiéndose en un término despectivo usado contra los negros.

En 1957 Sybil Malmberg escribió “Amos” donde dos niños negros se hacen amigos de un aligátor. Aunque intenta rectificar las injusticias cometidas contra los negros en la literatura infantil, sigue valiéndose de estereotipos, como la típica madre gorda, la elección de pollo frito para el picnic, la descripción del protagonista como vago, bocas como «capullos de rosa» y el lenguaje estereotipado.

Actualmente aún quedan vestigios de ese tipo de estereotipos. Por ejemplo, la marca Custo Barcelona comercializaba en 2008 una camiseta femenina donde se ve a un hombre negro huir de un aligátor.

Fuente: http://resolviendolaincognita.blogspot.ie/2016/02/los-bebes-negros-usados-como-cebo-de.html

Los trabajadores inmigrantes forman parte de nuestra clase obrera

Juan Manuel Olarieta

Las sociedades humanas son esencialmente nómadas. Van y vienen de un lugar a otro desde hace miles de años. Lo realmente singular y reciente en el hombre es la vida sedentaria, a pesar de lo cual en el futuro los desplazamientos poblacionales irán en aumento.

En todos los países la acumulación originaria de capital ha supuesto un enorme flujo migratorio interno del campo a la ciudad. El campo se vacía y millones de personas se aglomeran en las grandes urbes.

Las condiciones de trabajo y de vida de los inmigrantes siempre han sido las peores. La política de la burguesía es igualar a ellas todas las condiciones de trabajo y de vida del conjunto de la clase obrera. La del proletariado es la opuesta: igualarlas por arriba.

Las guerras siempre han causado enormes desplazamientos de población, incluidas la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad las guerras son consecuencia del imperialismo y la mayor parte de los refugiados son mujeres y niños. En el futuro las guerras imperialistas también provocarán desplazamientos poblacionales masivos.

A lo largo de su historia el capitalismo nunca ha solucionado el problema de la vivienda para los obreros, que quedan hacinados en barrios y chabolas. Lo mismo ocurre con los emigrantes, que padecen el mismo problema en su versión más extrema.

Decía Lenin que el imperialismo invierte los flujos de emigración. Disminuye la que va de los países más desarrollados a los más atrasados y aumenta la que va en dirección contraria.

La capacidad de un país para absorber un determinado volumen de mano de obra inmigrante está determinada por su capital, una ley que Marx llamó “superpoblación relativa”.

“Divide y vencerás”. Todo sistema de dominación se apoya en la división de las fuerzas del enemigo. Para imponerse, el capitalismo también divide a la clase obrera y luego enfrenta a sus distintas partes entre sí.

La división entre los autóctonos y los emigrantes es una de ellas.

Otra es la división entre quienes tienen trabajo y quienes quedan en el paro o en condiciones precarias de empleo, que Marx calificó como “ejército industrial de reserva”.

La existencia de mano de obra inmigrante, activa o desempleada, es un fenómeno económico, social e histórico irreversible porque para el capital es tan importante la parte de la fuerza de trabajo activa como la que está en el paro.

En España uno de cada diez obreros activos aproximadamente es inmigrante. La proporción de parados es varias veces superior. En ningún país de Europa la burguesía va a repatriar jamás a los trabajadores inmigrantes, por más que se encuentren sin empleo. Siempre va a existir una parte de la fuerza de trabajo inmigrante en paro y en condiciones de trabajo precarias, sobre-explotada y sin ninguna clase de derechos laborales, sociales, educativos ni sanitarios.

La única forma de acabar con esta situación es acabar con el capitalismo, no con los inmigrantes.

El imperialismo, decía Lenin, es el capitalismo en descomposición, es decir, una época histórica caracterizada por la podredumbre. La burguesía está podrida y a su alrededor todo lo pudre y lo corrompe.

Una de las muestras de la decadencia actual del capitalismo en los países más desarrollados de Europa es su incapacidad para reproducir la fuerza de trabajo que el capital necesita y que se ve obligado a importar de otros países. Los países más desarrollados son viejos (en todos los sentidos de la palabra); los países más atrasados son jóvenes (ídem).

Otra de las muestras de la decadencia actual de la burguesía en Europa es el fascismo, el patrioterismo, el racismo, el parasitismo, el oportunismo, el fanatismo, los prejuicios y la ignorancia de que hacen gala abiertamente sus portavoces, incluso en los parlamentos, las universidades y los medios de comunicación.

En su degeneración, la burguesía corrompe a “las capas superiores del proletariado”, escribió Lenin, que quedan cautivas de los mismos prejuicios fascistas y racistas de la burguesía. Junto al fascismo surge el socialfascismo, que es la misma ideología burguesa podrida para consumo de los obreros y el lumpen.

Si la ideología de los obreros autóctonos está -en buena parte- supeditada a la de la burguesía, la de los inmigrantes, que proceden no sólo de países atrasados sino de sus regiones más rurales, es en ocasiones de tipo feudal.

El proletariado tiene sus propios principios, que no son ni burgueses ni feudales. Lucha por cambiar las convicciones subjetivas del conjunto de la clase enfrentándose a las objetivas.

Quien impulsa esa lucha son sus sectores más avanzados, los cuales se atienen a dos principios básicos, ambos opuestos a los de la burguesía. El primero es que, por principio, el proletariado se opone a todo intento de división de la clase obrera. El segundo es que los sectores más avanzados impulsan el desarrollo de los más atrasados, y no al revés.

Las convicciones subjetivas de cualquier trabajador, incluidos los inmigrantes, no son un obstáculo sino el objeto mismo del trabajo político de la vanguardia, que no se atiene a ellas, ni siquiera cuando son las más atrasadas, sino sobre todo a su condición de clase y a su práctica.

En algunos países de Europa, como Alemania, la vanguardia de la clase obrera ya son los inmigrantes, a causa del peso de la aristocracia obrera entre los autóctonos.

Por el contrario, la debilidad del capitalismo en España debilita también a la aristocracia obrera, manteniendo a los autóctonos al frente del proletariado, por lo que corresponde a ellos dirigir al conjunto de la clase.

Cuando la vanguardia del proletariado no presta la atención debida a los sectores más atrasados de su clase, la burguesía y las ONG ocupan su lugar, sustituyendo con la beneficencia el trabajo sindical y político.

Para que los sectores del proletariado más avanzados desarrollen su trabajo político entre los más rezagados, deben entender sus condiciones objetivas y subjetivas, cualesquiera que sean. “Entender” no significa aceptar, admitir o someterse a ellas, sino conocerlas, porque no se puede cambiar aquello que no se conoce.

Los inmigrantes ya están aquí y se van a quedar, como se han quedado siempre. Tengan o no tengan trabajo. Se trata de un fenómeno irreversible, objetivo e independiente de los gustos o preferencias, tanto de los autóctonos como de los propios inmigrantes. Si el capitalismo no puede asegurarles (ni a ellos ni a nadie) unas condiciones mínimas de trabajo y de vida, el proletariado no puede seguir el juego de la burguesía, cualquiera que sea, bajo ningún concepto. Lo que tiene que hacer es acabar con el capitalismo.

Además de fuerza de trabajo, los inmigrantes son una enorme fuerza ideológica, cultural e intelectual que pone al proletario en inmejorables condiciones para llevar a cabo sus tareas políticas, que no son sólo nacionales sino también internacionales.

Para emprender una tarea revolucionaria internacional, el proletariado de cualquier país se tiene que poner a la altura de los sectores más avanzados del mundo en el terreno ideológico, político y cultural, no al altura de las concepciones más miserables y mezquinas del racismo, el patrioterismo y la xenofobia. “Sólo una teoría de vanguardia permite al proletariado desempeñar su labor de vanguardia”, escribió Lenin.

El racismo tiene que ver con las clases sociales, no con el color de la piel

Juan Manuel Olarieta

En este tipo de debates siempre hay que empezar por el principio: la lucha de clases es el motor de la historia, a lo que yo añado que, en esencia, no hay más que dos clases sociales, la burguesía y el proletariado.

El racismo no es ninguna excepción. No es un problema antropológico, cultural, genético ni religioso sino algo relativo a las clases sociales o, dicho de otra manera: los inmigrantes forman parte de la clase obrera y quien se opone o desprecia a los inmigrantes se opone a la clase obrera. A toda ella, cabe añadir.

Digo esto porque en una charla en Gasteiz me advirtieron de que en mi exposición yo sólo había hablado de la clase obrera, pero que no hacía ninguna referencia a los problemas de la mujer o de los inmigrantes. Pero yo sólo hablo de la clase obrera y sólo hablo de los inmigrantes cuando forman parte de la clase obrera, bien porque trabajan o porque buscan trabajo.

Aunque ellos lo encubren, los racistas obran de la misma manera que yo. Dicen que se oponen a los extranjeros o a los inmigrantes porque no son autóctonos. O dicen que hay -o debe haber- una jerarquía en la que primero hay que poner a los de dentro y un poco más abajo, en la segunda división, a los de fuera.

Aparentemente los racistas (y los fascistas) son nacionalistas: separan lo propio, lo autóctono, de lo foráneo, lo exterior, de tal manera que hacen caer a los demás en esa misma trampa. Pero nadie hace esa separación por motivos nacionales o nacionalistas. No hay otra separación que la que opone a la burguesía con el proletariado.

Es posible encontrar muchos ejemplos de eso. En el fútbol los racistas no pretenden volver a la situación anterior a la ley Bosman para pedir que los equipos alineen únicamente -o preferentemente- a jugadores autóctonos. Los racistas no protestan porque Messi o Ronaldo quiten el puesto a canteranos como Pedro o Jesé. Cuando piensan en los inmigrantes, piensan en los obreros inmigrantes. Es a ellos a los que desprecian.

A los fascistas no les gusta que en Catalunya los letreros estén en catalán exclusivamente, pero no les importa que en Mallorca estén en alemán, a pesar de una diferencia muy importante para los racistas: los catalanes son españoles y los alemanes no lo son. ¿Por qué lo admiten?

A los xenófobos no les molestan los estudiantes que llegan a nuestras universidades procedentes del extranjero porque traen bajo el brazo una beca Erasmus, o sea, dinero. Les quitan el puesto a los nacionales, muchos de los cuales no pueden estudiar porque no tienen dinero para pagarse la matrícula. En el capitalismo todo tiene un precio y las subvenciones hacen que los racistas no se acuerden de protestar por esto como protestan por otros asuntos.

Cuando en Madrid un violador avasalló a varias jóvenes que eran extranjeras, los racistas no protestaron: el responsable de los crímenes era autóctono. Los fascistas identifican lo nacional con el autor de las agresiones. Pero, ¿qué hubiera ocurrido a la inversa, si el violador fuera un marroquí y las víctimas hispánicas? Pensadlo por un momento…

Los fascistas son tan miserables que no se sienten molestos con los turistas -que también son extranjeros- porque llegan con tarjeta de crédito y dinero para gastar. Lo único que les molesta son los que llegan sin un céntimo en el bolsillo. No acogemos a los extranjeros en función del color de su piel sino del saldo de su cuenta corriente. Todo lo demás es mentira.

Los xenófobos no tienen miedo al islam. La islamofobia europea es una comedia. Antes de que acabe el año el gobierno español le concederá una cadena de televisión a Al-Jazira, un medio wahabita que difunde la versión islámica más reaccionaria. ¿Se opondrán entonces los islamófobos a dicha concesión o se meterán la lengua en el culo a cambio de petrodólares? Una vez más lo que cuenta no es la religión sino el dinero.

Cuando los jeques del Golfo llegan a Puerto Banús en sus yates, los comercios de la Costa del Sol abren mañana y tarde, sábados y domingos para que sus múltiples esposas vayan de compras. Los fascistas están encantados porque les llenan los bolsillos, pero ¿qué ocurriría si en lugar de los jeques desembarcaran los dirigentes chiítas de Irán? Seguramente Marbella se llenaría de manifestaciones de feministas y defensores de los derechos humanos.

Nadie se queja cuando los árabes se adueñan de los equipos de fútbol, un deporte que -según la ley- es de interés “nacional” y en consecuencia debería quedar tan protegido, por lo menos, como el Museo del Prado o el Acueducto de Segovia. Pero ocurre al revés: la bancarrota económica de clubes, como el Valencia, hace que sus seguidores se entusiasmen cuando llega alguien de fuera a sacarlos del apuro.

Pero los extranjeros no se van a quedar sólo con los clubes: cuando Al-Jazira tenga su cadena de televisión en España, comprará los derechos de retransmisión de los partidos, como ya los tiene en otros países. Los residentes tendrán que pagar por algo que en Arabia es gratuito. Pero los xenófobos no protestarán por ello porque supone otra entrada más de divisas, que es lo realmente importante: que entren las divisas, no las personas.

Los racistas dicen que tienen miedo a perder la identidad nacional, e incluso la europea. Dicen que el islam es una religión oriental enfrentada a la cristiandad. Sin embargo, el islam nace justo en el mismo sitio que la cristiandad: en Oriente Medio. Ambas fueron exportadas a Europa, donde lo único realmente autóctono es el ateísmo. Si hay algo que nos diferencia es precisamente eso. Esa ha sido nuestra mayor aportación al pensamiento humano y eso es lo único que deberíamos defender.

La humanidad ha sido, es y será siempre nómada. Nadie es de acá o de allá. Es más nadie es, o sea, nadie tiene una identidad para la toda la vida, por más que nos obliguen a llevar un carnet con un número de identidad. Nacemos en un sitio, vivimos en otro y nos marchamos de vacaciones porque lo que realmente nos gusta es viajar, cuanto más lejos mejor. Afortunadamente no sólo perdemos nuestra identidad cuando vienen a visitarnos sino cuando nosotros nos vamos de visita: volvemos cambiados.

Tenemos la costumbre de decir “mi país” como si realmente fuera nuestro, pero para los trabajadores tampoco es ese el caso. Por no tener ni siquiera tenemos un país al que podamos considerar como realmente nuestro. Más bien hasta eso es de otros. No nos pueden quitar algo que no tenemos, decía Marx. Sólo podemos perder nuestras cadenas.

Alemania falsifica los papeles de los sin papeles

Cuando llegan a Europa, la mayor parte de los refugiados no tienen documentación que acredite su identidad y nacionalidad, bien porque nunca la tuvieron, bien porque la han perdido, o bien porque se han desprendido de ella para evitar la repatriación.

El desconocimiento de la nacionalidad es uno de los obstáculos más importantes con el que tropiezan las policías europeas para devolverles a su lugar de origen, porque no saben cuál es.

Hace años la policía alemana puso en marcha un sistema de audiencia de los refugiados por los funcionarios consulares de los países de los que dicen proceder, a fin de que acrediten la veracidad de sus afirmaciones.

Las audiencias sólo duran unos pocos minutos. Cuando terminan, los funcionarios del consulado deciden si el refugiado es o no nacional de su país. Si les corresponde, le proporcionan un pasaporte de sustitución y un certificado de viaje de urgencia, lo que abre la vía a la policía para su expulsión.

Antes de la audiencia la policía cachea a los refugiados y se apodera de sus pertenencias. Durante la misma no pueden ser asistidos por un abogado ni por un intérprete. Tampoco se levanta acta de la entrevista.

Al salir, el refugiado no sabe lo que puede pasar porque, según cuenta el semanario Freitag, el asunto está trucado: es la policía alemana la que paga los 250 ó 300 euros a los funcionarios consulares por cada una de las entrevistas que realizan. Hay otros 250 ó 300 euros suplementarios por cada identificación que se realice.

Para Alemania es más barato pagar esas cantidades que conceder una autorización provisional de estancia.

El que paga manda. El papel de los consulados no consiste en defender a los refugiados sino facilitar la tarea a la policía, falsificando los papeles de quienes no los tienen.

El semanario Freitag cuenta la experiencia de Joseph Koroma, un refugiado procedente de Sierra Leona que en 2006 huyó a Alemania, que rechazó su petición de asilo y en 2013 le expulsó a… Nigeria.

Algún funcionario del consulado de Nigeria quiso hacerse con un sobresueldo para pasar un buen fin de semana atribuyendo la nacionalidad de su país a mansalva.

Cuando legalmente un Estado soborna a otro para cometer un delito, como es la falsificación de un documento de identidad, ocurren estas cosas, típicas de los Estados de Desecho.

Masivo ataque neonazi contra refugiados africanos en Estocolmo

El viernes una multitud de cientos de neonazis enmascarados agredió a refugiados africanos y cualquiera que no tuviera rasgos étnicos caucásicos en la estación central de trenes de Estocolmo, la capital de Suecia.

Durante el fin de semana la policía sueca ha detenido a cuatro personas acusadas de la agresión.

Las agresiones, según un panfleto distribuido por el Movimiento de Resistencia Sueco (una organización de filiación neonazi centrada en proteger la pureza racial del país escandinavo) iban dirigidos especialmente contra los niños de origen africano.

Según el diario Aftonbladet, el panfleto se titula “¡Ya basta!” y amenaza con propinar “a los niños norteafricanos de la calle” el “castigo que se merecen”.

El texto no deja lugar a dudas, afirmando que el ataque pretendía “limpiar de inmigrantes criminales del norte de África asentados en el área alrededor de la Estación Central”.

El panfleto nazi también celebra la muerte de una trabajadora social que fue apuñalada hace unos días en un albergue para niños inmigrantes huérfanos.

En su comunicado los nazis añaden que durante mucho tiempo los emigrantes “han robado y molestado a los suecos. La policía ha mostrado claramente que le faltan los medios para mantener a raya sus crímenes, por lo que no vemos otra alternativa que darles nosotros mismos el castigo que merecen”.

Desde el año pasado Suecia ha recibido al menos a 160.000 refugiados.

Europa vive el ocaso de su civilización

La bandera argelina ondea en París
Con 5,4 millones de habitantes, a Eslovaquia la Unión Europea le impone una cuota para acoger a 2.300 refugiados.

El gobierno ha iniciado los trámites reglamentarios ante el Tribunal Europeo de Justicia para impugnar esa decisión.

Pero no se trata de que quieran acoger menos refugiados, sino de algo muy distinto. Nada menos que en “Pravo”, una revista checa “de izquierda”, el Primer Ministro eslovaco, Robert Fico, ha calificado la política migratoria de la Unión Europea como un “suicidio ritual”.

Los verdaderos motivos no son de índole económica, no es un asunto cuantitativo, de más o menos refugiados, sino racial. Fico habla de “zumo” para referirse a la llegada de refugiados, con sus “costumbres y religiones” diferentes a las “nuestras”.

Pero no aclara cuáles son las costumbres y las religiones típicamente europeas, las que debemos aceptar y las que debemos rechazar, aunque todo llegará. La Unión Europea quiere reeditar el Sacro Imperio Romano Germánico, una unidad no sólo económica y política, sino religiosa y racial.

Hungría ha hecho lo mismo que Eslovaquia y el Primer Ministro checo, Bohuslav Sobotka, ha convocado una cumbre extraordinaria del Grupo de Visegrad (Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia) para adoptar una postura común contra la entrada de refugiados en la Unión Europea.

La Unión Europea no tiene fronteras; lo que tiene son barricadas. Desde Bruselas, el periodista argelino Aziuz Mojtari escribió hace un par de días un severo artículo para “Le Soir d’Algérie” titulado “Hacia el final sin gloria de los valores europeos” (*).

Los argelinos ven las cosas de manera muy diferente a nosotros y tienen toda la razón. Absolutamente. No hace falta que Europa se suicide, como dice Fico, ni que los emigrantes acaben con nuestra “maravillosa civilización” porque en Europa hace tiempo que no existe ninguna clase de civilización. Si alguna vez Europa tuvo algo de lo que enorgullecerse, la ha perdido para siempre. Ahora no es más que un pozo de mierda que convendría limpiar lo más rápidamente posible.

No se libra ningún país, aunque Mojtari pone el acento en Francia, y vuelve a tener razón: el gobierno ha presentado un proyecto de ley para privar de la nacionalidad francesa a los emigrantes que tengan dos pasaportes y para lograrlo no le ha importado ni reformar la Constitución ni despedir a su flamante ministra de Justicia Christiane Taubira que, por lo que sugiere su nombre, es de religión cristiana; pero sobre todo es negra (cuando falla una cosa, falla la otra).

En el antiguo escenario de la Revolución de 1789, la palabra “emigrante” es sinónimo de magrebí y de argelino, y Francia no puede olvidar que en 1960 la independencia de Argelia humilló la “grandeza” gala para siempre.

Es una revancha. Ni los políticos ni los medios se libran de la pesadumbre de aquella derrota a manos de lo que creían (y creen) que eran una pandilla de salvajes.

El colonialismo se ha acabado pero Europa sigue viviendo del pasado, del recuerdo de lo que fue y ya no es. ¿Valores?, ¿qué valores?, pregunta Mojtari. ¿Derechos?, ¿qué derechos?. ¿Principios?, ¿qué principios?. ¿Ética?, ¿de qué me habla?

(*) http://www.lesoirdalgerie.com/articles/2016/01/27/print-26-190761.php

Los trabajadores inmigrantes están retrasando la quiebra del Estado español

España ha pasado de ser un país de emigrantes a convertirse en uno de inmigrantes. A principios de los noventa apenas había unos centenares de miles de trabajadores inmigrantes; hoy son 5,7 millones. El rápido incremento del tamaño de la mano de obra inmigrante se ha convertido en el caldo de cultivo perfecto para el fascismo y la xenofobia.
Los fascistas dicen que los trabajadores (a los que llaman “extranjeros”) perciben del llamado “Estado del Bienestar” más de lo que aportan. Dicen también que hacen un uso abusivo de los servicios sanitarios, farmacéuticos, educativos o de vivienda. Sin embargo, en 2011 un estudio sobre Inmigración y Estado de bienestar en España, de la Obra Social de La Caixa constató que, a pesar de la crisis económica, la propaganda fascista es mentira, como no podía ser de otra forma. El estudio fue elaborado por Francisco Javier Moreno, del Instituto de Políticas Públicas del CSIC, y por María Bruquetas, profesora de Ciencia Política de la Universidad de Amsterdam.
Según los investigadores, el balance, incluso en tiempos de crisis, es contundente: los trabajadores inmigrantes residentes en España aportan al llamado “Estado del Bienestar” mucho más de lo que reciben. Aunque los autores del informe no lo cuantifican, subrayan que los obreros inmigrantes aportan hasta tres veces más de lo que reciben: “Los argumentos de sobreutilización y abuso del sistema de protección social por parte de la población están injustificados. Los inmigrantes reciben menos del Estado de lo que aportan a la Hacienda pública”, sentencian los autores. El balance se ha mantenido incluso en los peores momentos de la crisis. Los autores no lo cuantifican pero subrayan que la fuerza de trabajo inmigrante inyecta a las cuentas públicas “dos o tres veces más” de lo que percibe en forma de prestaciones sociales de todo tipo.
Los datos oficiales sobre la aportación de los trabajadores inmigrantes a las arcas públicas han quedado obsoletos. La última cuantificación de los aportes y los gastos de los trabajadores inmigrantes es anterior de la crisis. La Oficina Económica del Gobierno presentó en 2006 un amplio estudio sobre la contribución económica de la fuerza de trabajo inmigrante. Las cifras no podían ser más favorables. Los trabajadores inmigrantes fueron los autores directos de la mitad del crecimiento del PIB español entre 2000 y 2005 (con un 3,6 por ciento de crecimiento medio anual) y su aportación a las arcas del Estado fue altamente positiva: absorbieron el 5,4 por ciento del gasto público, 18.600 millones, y aportaron el 6,6 por ciento de los ingresos totales, con 23.400 millones. El saldo neto de su contribución fue de casi 4.800 millones (la mitad del superávit de entonces del conjunto del sector público). Según el informe del gobierno no había, además, posibilidad alguna de que esa posición cambiara.
Actualmente las aportaciones de los trabajadores inmigrantes siguen siendo superiores a los costes que generan para las arcas públicas. El saldo de casi 5.000 millones que recogía el informe del gobierno de 2006 es lo suficientemente cuantioso como para que se mantenga incluso en tiempos de recesión. Por su parte, el informe de La Caixa constató que algunos de los factores que hacían que la contribución de la fuerza de trabajo inmigrante fuera positiva aún se mantienen.
La inmensa mayoría de la mano de obra inmigrante que han venido son jóvenes en edad de trabajar, y el número de personas dependientes (niños y ancianos) es muy bajo.
Según el estudio, incluso en tiempos de crisis y a pesar del paro, el porcentaje de trabajadores inmigrantes entre los afiliados a la Seguridad Social ha permanecido prácticamente estable, en el entorno del 10 por ciento, con 1,8 millones de trabajadores inmigrantes que pagan sus cotizaciones al sistema público.
Con sus cotizaciones los trabajadores inmigrantes han contribuido a elevar la proporción a 2,5 cotizantes por cada pensionista, y con ello han retrasado en casi cinco años la previsible entrada en déficit del sistema español de pensiones, de 2023 a 2028.
Los datos desmontan los estereotipos que trata de inculcar la propaganda fascista: no consumen más servicios sanitarios, copan menos gasto social que su peso demográfico y aplazan el déficit del sistema público de pensiones.
Lejos de abusar de los servicios sanitarios, los trabajadores inmigrantes hacen un uso muy inferior al que por su peso demográfico le correspondería: los extranjeros consultan un 7 por ciento menos al médico de cabecera que los españoles, y un 16,5 por ciento menos al médico especialista, según datos de la Encuesta Nacional de Salud.
En paralelo, tan sólo el 6,8 por ciento del total de las inversiones de los servicios sociales se dirigen a inmigrantes. Y de éstas, el 60 por ciento tiene por objeto informarles de sus derechos o derivarles a otras instituciones.
Los trabajadores inmigrantes sólo concentran el 11,2 por ciento de los receptores de rentas mínimas de inserción, por lo que el rango de cobertura es considerablemente inferior al que proporcionalmente le correspondería dado que los trabajadores inmigrantes están entre los más explotados de la clase obrera.
La presencia de la inmigración ha supuesto un revulsivo para la incorporación de la mujer española al mercado laboral. La concentración de mujeres inmigrantes en las labores domésticas y en el cuidado de niños y mayores ha facilitado la compatibilización de la vida laboral y familiar de las trabajadoras españolas, con el consiguiente impulso en términos laborales y fiscales para la economía española.
En enero del año pasado se publicaron más datos que desmienten el bulo xenófobo de que los trabajadores inmigrantes saturan el sistema público de salud, y que por tanto elevan el gasto sanitario y bloquean las consultas.
Mientras el 57,7 por ciento de la población española ha acudido al menos una vez al médico en el último año, sólo lo ha hecho el 12,7 por ciento de los trabajadores inmigrantes.
El 52,3 por ciento los españoles padecen enfermedades crónicas, frente a sólo el 27,5 por ciento los trabajadores inmigrantes.
El gasto farmacéutico por paciente es de 374 euros por cada español y sólo de 73,7 euros por cada extranjero.
El gasto público de la sanidad empleado en los trabajadores inmigrantes es sólo un 6,5 por ciento.
Menos del 1 por ciento de los beneficiarios de pensiones en España son extranjeros, y más de la mitad de éstos son ciudadanos de la Unión Europea.
Sin embargo, la propaganda fascista le ha dado la vuelta a la realidad, creando un rechazo irracional hacia los obreros inmigrantes. Según el informe Evolución del racismo y la xenofobia en España, elaborado por iniciativa del Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia (Oberaxe) a partir de encuestas del CIS, el 37 por ciento de los españoles se mostraba en 2009 reacio a los trabajadores inmigrantes, frente a un 33 por ciento de tolerantes y un 30 por ciento de ambivalentes ante el fenómeno.
Una vez más el fascismo está ganando la batalla propagandística. La mentira se impone sobre la realidad.

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