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Un pacto de sangre y silencio

Estela Martínez y López Rega
Dario Herchhoren

Esto es lo que había entre los militares y civiles que promovieron el golpe contra el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón el día 24 de marzo de 1976.

María Estela asumió la presidencia de la República Argentina a la muerte del General Perón en 1974, rodeada de auténticos delincuentes y criminales, que integraban el «staff» más cercano a la nueva mandataria. Uno de ellos era el ministro de Bienestar Social José López Rega; y el otro era el coronel Jorge Osinde, Secretario de Deportes.

López Rega había sido cabo de la Policía Federal, y aficionado a los esoterismos, y gran maestro de una logia llamada «Anael», donde era conocido como el «hermano Daniel», y esa logia estaba a su vez integrada dentro de otra más conocida que era la P2, o Propaganda Due, que lideraba el mafioso italiano Licio Gelli, muy ligado al Banco Ambrosiano, a Roberto Calvi y a Michele Sindona, todos estos personajes miembros de la mafia italiana.

Tiempo antes de la muerte de Perón ya había aparecido en las calles de Argentina en forma sangrienta la organización terrorista Triple A (Alianza anticomunista Argentina), que comenzó a acosar y a matar a los intelectuales de izquierda dentro del peronismo, y a todo aquel que pudiera pensar desde la izquierda una salida institucional para la Argentina, comenzando una verdadera cacería contra esas personas. La  muerte de Perón aceleró esas  persecuciones, que se hicieron cotidianas. No había día en que no se reportaran muertos o heridos graves en las calles.

Es así como perdieron la vida diputados como Bettanin y toda su familia, o como Rodolfo Ortega Peña, ambos integrantes de la Juventud Peronista, y claramente alineados con la izquierda latinoamericana. Es necesario destacar que la triple A, que se declaraba anticomunista no tenía como fin aniquilar a los comunistas, ya que estos eran muy pocos en Argentina, y además carecían de toda influencia.

En realidad eran parte de los manejos de la CIA, y de los militares que habían estado en la Escuela de las Américas en Panamá , y de los militares franceses que asesoraban a los argentinos sobre la lucha antisubversiva. En ese tiempo en el Ministerio de Guerra en Buenos Aires, los militares franceses, al mando del coronel Beaufré, ocupaban una planta entera, donde impartía sus «enseñanzas» en Vietnam y en Argelia, y donde los generales franceses Massu y Salan hacían visitas protocolarias; ambos expertos torturadores en Argelia.

Comienza así una de las etapas más nefastas de la historia argentina donde se desata la más cruel represión de que se tenga memoria en el país. Esto ha dejado en la sociedad argentina una huella imborrable, y cuyos ecos aún resuenan en los oídos de los argentinos, y donde se celebran juicios contra los represores al día de la fecha.

Al día de hoy, los represores Videla, Massra y Agosti que son los golpistas de 1976, ya han muerto luego de ser condenados a gravísimas penas de prisión perpetua. Los generales Viola, Menendez, Riveros, los coroneles Camps, Roualdés, Rico, Seineldín ya habían sido condenados por crímenes contra la humanidad. La lista es larguísima y seguramente se ampliará porque están al caer nuevas sentencias condenatorias; pero lo que en realidad llama la atención es el pacto de sangre y silencio que existió y existe entre los represores; porque en ningún momento han mostrado el menor arrepentimiento por lo que hicieron, y nunca dijeron que fué de los desaparecidos, ni donde están enterrados. Quizá la única excepción fue el aviador naval Adolfo Scilingo, que se entregó a la justicia española y reconoció sus crímenes en los famosos vuelos de la muerte, donde se arrojaban al mar a los prisioneros aún vivos y una vez drogados. Scilingo ha cumplido 22 años de prisión y ha salido en libertad de la cárcel de Alcalá Meco, y ha sido acogido en una institución religiosa.

Estas fieras no deberían salir nunca en libertad. Su lugar es la cárcel hasta que mueran.

El kirchnerismo no vio en 2015 lo que sigue sin querer ver en 2020

Fernández, cuando era anti kirchnerista

Diego Herchhoren

Nos ha llegado un comentario de Conrado Ugarte, en nombre del colectivo de información alternativa RedCom, criticando duramente el artículo titulado «El nuevo gobierno argentino pretende ser equidistante entre Venezuela y los EEUU«, donde se nos reprocha, en esencia, que el llamado Grupo de Puebla no tiene las características que describíamos en él y que nuestro análisis bascula entre la «extrema derecha recalcitrante» y el «trotskysmo«.

Más allá del comentario, plagado de presunciones y algún que otro gazapo (Fernando Lugo, ex Presidente de Paraguay, fue depuesto por un Golpe de Estado judicial, denunciado en su día por el gobierno argentino como tal) viene a negar el distanciamiento del kirchnerismo del gobierno de Venezuela, obviando los durísimos dichos del actual presidente argentino calificando al gobierno de Nicolás Maduro como «régimen«, término habitual utilizado contra gobiernos díscolos por la derecha mundial, porque para Fernández los venezolanos no tienen gobierno, tienen un «régimen«.
Ese discurso justificador de todo aquello que aparente progresista ni es nuevo ni será la última vez que termine dando dolores de cabeza a los pueblos latinoamericanos.

Dilma Roussef fue destituida mediante un golpe parlamentario plagado de irregularidades y que dirigía…su vicepresidente Michel Temer. A Lugo, de Paraguay, le pasó tres cuartos de lo mismo. Y a Rafael Correa lo traiciona su propio vicepresidente, y es quien promueve su persecución tras asumir la Presidencia de Ecuador.

Hoy la cancillería argentina la ocupa Felipe Solá -portavoz de las bravuconadas del Ejecutivo de Fernández contra el gobierno de Venezuela-, que es uno de los responsables políticos del asesinato en 2002 de los militantes sociales Maximiliano Kostequi y Darío Santillán. Y el propio Alberto Fernández ha sido uno de los principales detractores de las medidas estrella e incluso reconoció que desde 2008 trabajó como lobbysta para la entonces española Repsol-YPF.

Si bien las cosas pueden cambiar, y el ritmo de los acontecimientos pueden dar lugar a giros inesperados en la política latinoamericana, lo cierto es que el kirchnerismo no aprende nunca.

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