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El Estado no tiene padres (reconocidos)

Nicolás Bianchi

Y por ello ni es huérfano ni está por encima de las clases sociales. Los recientes autos de la Audiencia Nazional han desestimado las indemnizaciones solicitadas por las víctimas de familiares de ETA ocasionadas por los grupos paramilitares, especialmente los GAL, es decir, lo que se conoce en cualquier manual de Derecho Político como «terrorismo de Estado». La tesis es que «la única violencia ejercida es la de ETA». Y a tomar por saco, que diría un castizo.

Hace ya bastantes años, por 1991, la Audiencia Nazional sentenció que los GAL no constituyeron un grupo paralelo de poder inserto en los aparatos del Estado. El fallo indicaba que no fue posible determinar la estructura interna, ni la escala jerárquica de los GAL, ni sus fuentes de financiación, con lo lo que quedaba en la oscuridad la famosa X del por entonces juez-estrella Garzón. Se condenaba a los policías Amedo y Domínguez por asociación ilícita y no por pertenencia a banda armada. La absolución del Estado como responsable civil presuponía que los condenados actuaron como particulares e impidió que se investigase por la financiación pública -a través de los fondos reservados del Estado- de los atentados de los GAL. Como dijo un portavoz del PNV de entonces, «por la sentencia pareciera que Amedo y Domínguez fueran empleados de una empresa de seguridad y no funcionarios de la Seguridad del Estado». O sea, que actuaban a título individual contratando a amigos matones para ejecutar sus acciones criminales. Y no como «chivos expiatorios» con el fin de evitar sentar en el banquillo al, a la sazón, Gobierno del PSOE y a altos responsables de los aparatos del Estado. Julio Anguita, por ejemplo, entonces coordinador general de Izquierda Unida, manifestó estar en «profundo desacuerdo», o algo así, con la sentencia, pero dijo «acatarla». Un primor el Califa…

Años más tarde, un instructor del Tribunal Supremo notificó un auto de procesamiento contra José Barrionuevo, primer ministro del Interior del presidente Felipe González, y Rafael Vera, exsecretario de Estado para la Seguridad, estableciendo que consintieron la organización de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL) y se integraron en esta banda armada en «funciones directivas». La resolución decreta -decretaba- el procesamiento de Barrionuevo por detención ilegal (secuestro de Segundo Marey el 4 de diciembre de 1983), malversación y relación con banda armada, delito este que se atribuye, también, a Vera, que era quien manejaba los fondos reservados, uno para ti, dos para mí, y patada a seguir. Aquí tenemos que el juez ya identifica a Barrionuevo y Vera con las personas «presuntamente integradas o relacionadas con bandas armadas que planeen, organicen, ejecuten, cooperen o inciten» de modo directo a la realización, entre otros delitos, de detenciones ilegales bajo cualquier condición.

Sea lo que fuere o dijeran distintos tribunales, el quid de la cuestión está en que el Estado (fascista) no reconocerá asociación ilícita y no digamos «pertenencia a banda armada» a nadie -aunque sea funcionario como Amedo o el paripé de Barrionuevo y Vera a las puertas de la prisión de Guadalajara con el caluroso abrazo del prestidigitador González, «el cuervo», como le llamara el recién desaparecido Javier Krahe- que se le relacione con los aparatos del Estado y, en consecuencia, con el «terrorismo de Estado» (si acaso el «monopolio de la violencia» de Max Weber). Y siendo esto así, y es así porque me sale de los willies, ¿cómo indemnizar a quienes se reclaman víctimas de este supuesto terrorismo si no lo hay? Sería tanto como reconocer que, efectivamente, lo hubo y, por lo tanto, es legítimo y están en su derecho estas víctimas de los GAL en pedir justicia. Sería admitir que los GAL son tan banda armada como la banda armada ETA. Y no, va a ser que no, a pesar de la instantánea que se pudo ver de Barrionuevo y Vera entrando en la prisión de Guadalajara. Sólo existe una «banda armada» y terrorista: ETA. Las indemnizaciones a sus víctimas (que buen negocio hacen con este chollo que les ha caído del cielo, nomás y como quien dice). Los GAL pasaban por ahí y mataban gente por deporte no constituyendo «banda armada», sino vulgares malhechores, así que el Estado no se siente en la obligación de nada, y menos de familiares de «terroristas», que estos sí constituyen «banda armada» y seguro que comulgan con sus ideas disolventes y subversivas.

No se entiende bien la actitud de estos familiares, que no van por dinero, a diferencia de las otras «víctimas» con sus excepciones, claro es, sino porque se les reconozca como víctimas… ¿de quién? ¿Del Estado español fascista? Si es esto, ¿cómo esperar algo? Y si no lo es, si resulta que es un Estado de Derecho, como les gusta fardar, y sucede que tampoco reconocen más víctimas que las del «terrorismo de ETA», entonces, ¿qué es? ¿Qué es esto? ¿Un acertijo? ¿Todavía andamos así?

El pueblo sabe perfectamente quienes son los terroristas y no hace falta ir a ningún recurso y menos a tribunales dependientes de la mayor banda armada y organizada: el Estado español fascista.

Los capos del PSOE-GAL se despiden a las puertas de la cárcel de Guadalajara

Rehenes políticos

Nicolás Bianchi

La lucha armada de ETA -antes de su final- y, por extensión, la del segmento más concienciado políticamente del pueblo vasco, no ha sido tanto -a mi juicio- la pelea por la liberación nacional, que también, puesto que Euskal Herria nunca ha sido una colonia de la «metrópolis» española, como la permanente denuncia, empleando vías armadas o pacíficas, de una nación sin Estado que grita su derecho a la autodeterminación y, en su caso, la independencia y, por ende, a formar un Estado. El carácter que adopte este futuro Estado ya es otro cantar que sólo la lucha de clases, en primer término, aparte otros factores, decantará (más que una «sociedad» indiscernible o un «pueblo» vagaroso y vagoroso).

En Euskadi no se han enfrentado, militarmente hablando, dos ejércitos. Si así fuera, los militantes de ETA habrían ido uniformados (como las FARC, por ejemplo, o el IRA) para enfrentarse a un enemigo que sí va uniformado, como las FSE. He aquí una diferencia. Otra es que un voluntario de una organización armada que aspira a la independencia de su pueblo -ahora sí cabe hablar de liberación nacional o MLNV, expresión que hasta Aznar empleó trastabillándose, eso sí, la falta de costumbre- o la revolución política (que implica la social), está dispuesto a matar y morir por su causa, que no es cualquier causa, sino la más democrática de todas, a saber, el derecho a decidir de la población de un territorio geográfico y un marco político concreto y no otro, mientras el ocupante, el invasor, el que oprime nacionalmente a un pueblo determinado, quien va uniformado, quien representa una autoridad «políticamente» ilegítima por antidemocrática y fascista, está dispuesto a matar, pero no a morir, ah, esto no, que no va en el guión, y me habían contado otra película. Y ello porque no tiene ninguna causa que defender, salvo la de una soldada, esto es, un interés particular frente a una causa desinteresada exceptuando unos objetivos políticos por los que se juega la vida. Otra diferencia, como ya dijimos.

En conclusión: el carácter político del enfrentamiento armado lo da el enemigo que disimula tal carácter llamando «terrorista» a quienes se resisten a la opresión. Esto ha pasado toda la puta vida y no decimos nada nuevo. Para ello, como es sabido, cuentan con la maquinaria propagandística (ya no hay medios de comunicación, sino de propaganda) para cloroformar y lobotomizar, somatizar y sodomizar, a eso que llaman la «opinión pública».

Conviene recordar estas cosas pinten bastos o la ocasión la pinten calva, salvo que estemos hablando de otra cosa. Como también conviene no olvidar -otra diferencia- que ETA (o los GRAPO en su momento) no es un ejército uniformado, no hace prisioneros uniformados del enemigo ergo: no tortura, ni tiene cárceles ni territorios «liberados», no es, no era, una guerra convencional (hoy ninguna lo es).

Pues bien, si es verdad, como se viene diciendo, que vivimos nuevos tiempos dylanianos de cambio de ciclo, es preciso poner en primer lugar y no posponer la lucha por la excarcelación de todos los presos políticos vascos y no vascos. Especialmente los más chantajeados, o sea, los que están gravemente enfermos o han cumplido sobradamente su condena. Ellos son la verdadera memoria histórica de los pueblos. Y las auténticas víctimas directas de la opresión terrorista del Estado fascista.

Supongo que este «discurso» le aburre a un posmoderno como «El Coletas» -dicho «sin acritud», como decía su alter ego Felipe González- escrito por un «cenizo» con «cultura de derrota» (esta es nueva, siempre se aprende algo de estos chicos). Hala, a triunfar, que son dos días: carpe diem. Y, cuando vengan mal dadas, a dar conferencias y escribir una «Memorias» para Planeta.

La pitada

Nicolás Bianchi

Esta vez no han podido «invisibilizar» la, como ellos mismos titulan, «monumental pitada» (xiulada, en catalán; txistu egin, en euskera) al himno español en la final de Copa disputada en el Nou Camp de FC Barcelona (con Franco había que decir «CF» igual que «Atlético» y no Athletic de Bilbao) y es que, en los últimos siete años ha habido tres finales de Copa entre bilbaínos y barceloneses, un mal trago, sin duda, para los españolazos que, nomás abren el pico, generan más independentistas («separatistas», en su jerga) a mogollón. Hasta los telediarios de TVE abren con esta noticia para, a continuación, decir que la Comisión Antiviolencia (¿qué será eso?) va a estudiar «la cosa» y poner sanciones económicas… ¿a quién? ¿al club? ¿a las aficiones vasca y catalana? Como dice Artur Mas, nacionalista burgués a quien el nacionalismo español más burro, lerdo y montaraz,  le convierte casi en un burgués revolucionario de la época de la Revolución francesa, «ridículo», algo que sólo consigue el efecto bumerán (boomerang), es decir, escupir al aire para que te caiga encima el esputo, el lapo.

Y es que no espabilan, no aprenden, son como niños malcriados en las ubres del franquismo, como Esperanza Aguirre, que decía Manuela Carmena sin mucho entusiasmo, la verdad, esta menchevique conciliadora, pero apuntó bien, vaya, que no se diga de nosotros que tenemos cartolas y orejeras. Toda la prensa generalista y deportiva, emisoras de radio, «progres» o fachas o mediopensionistas, han coincidido en decir que la pitada, el pitadón monumental, ha sido «una falta de respeto», una falta de educación al himno español, a la «Marcha Real» propia de los Borbones, que no del pueblo español, que esto bien que se lo callan, como también callan, igual ni lo saben, otra pitada que hubo ¡en 1925!, en plena Dictadura de Primo de Rivera contra ese himno en Las Corts, como se llamaba entonces el estadio del Barcelona (situado en otro sitio que el actual).

Como no pueden meter en el trullo a todos los «pitantes», que es lo que les gustaría, han decidido ponerse estupendos y decidir que los que pitan son gente maleducada que no sabe respetar un himno «de todos los españoles», o sea, una cuestión de pedagogía y didascalia (si no meto un palabro raro, reviento), de gente con mal carácter y nada fina cuando no de mal vino, y no como ellos, gente con talante, sportsman, de estirpe, buena y alta cuna y… demócratas. Gente de clase, vaya. Y no la chusma de las gradas del estadio culé. Pedir que se pregunten por qué se pita, ¡¡tres veces en siete años!!, repito, el himno antiespañol, que sería lo más apropiado decir, sería, dirían estos delincuentes del periodismo, mezclar «deporte y política». No es que sean incapaces de analizar las cosas -bueno, algún Roncero desbocado y bocazas sí habrá- o no ver el por qué de lo que pasa y el por qué de las pitadas, simplemente ocultan la raíz del problema, lo silencian, o, si resulta ya problemático, manipulan y deciden que es una cuestión de educación, o sea, de parvulitos, de que la plebe no saca buenas notas, o sea, para septiembre. Son, ya lo dije, delincuentes porque mienten a sabiendas. Y fatxas porque ya están pensando en sanciones, que es lo único que saben hacer como solicita el exdirigente de Fuerza Nueva Tebas que dirige la Liga de Fútbol Profesional. Pitadas elocuentes que dicen más que todo el discurso dominante de estas gentecillas que sólo saben robar y darse la gran vida hasta el día menos pensado…

Ni independentzia ni sozialismoa

Juan Manuel Olarieta

Desde hace medio siglo el binomio independencia y socialismo ha sido una constante, tanto de las organizaciones como de las movilizaciones en Euskal Herria, una consigna tan sencilla que parece esculpida en la misma piedra. Constituye la seña de identidad de todo un movimiento popular, la izquierda abertzale, que con ello se quiere diferenciar de los españolistas porque quiere la independencia y del PNV porque quiere el socialismo.

Sin embargo, a pesar de la importancia que tiene para sus propias aspiraciones, dicho movimiento apenas ha sido capaz de avanzar más allá de la expresión de sus propios deseos. No hay una línea política que conduzca hacia dicho objetivo porque, a pesar de su sencillez, una consigna tan elemental envuelve una explicación compleja.

La independencia y el socialismo son dos batallas cuya naturaleza social y política es diferente. Los problemas no derivan, pues, de la consigna en sí sino de las explicaciones que se han tratado de articular en torno a ella, en su mayor parte (por no decir completamente) erróneas. No me refiero ahora a que (en Euskal Herria y fuera de allá) hay quien no sabe lo que es el socialismo. Tampoco me refiero a que (en Euskal Herria y fuera de allá) hay quien no sabe lo que es la independencia. Lo que trato de decir es que, además, hay quien no es capaz de articular un movimiento con otro, y un ejemplo de ello lo constituyen quienes afirman que se trata del mismo movimiento.

Por lo tanto, en lo que sigue daré por sentadas dos tesis: que la independencia y el socialismo expresan reivindicaciones diferentes y que el problema es la articulación de ambas en una única línea política, algo que históricamente siempre se ha planteado mal, de forma metafísica, como si fuera un asunto temporal del tipo “primero habrá una revolución socialista (en España) y luego, gracias a ello, las nacionalidades podrán decidir”; o bien “primero Euskal Herria logrará su independencia y luego será más fácil luchar por el el socialismo”. Ciertamente también hay quienes quieren que ambos procesos sean simultáneos y no estarían dispuestos a aceptar a uno sin el otro.

Cualquiera de esos planteamientos es más de lo mismo: una expresión subjetiva de los buenos deseos y las aspiraciones de cada cual. A lo máximo son hipótesis, más o menos descabelladas, que no tienen en cuenta ni la experiencia internacional ni la interna, es decir, quimeras y castillos de naipes.

Como cualquier otro fenómeno social, su explicación tiene que ser, a la vez, científica e histórica y hay que buscarla, pues, en el materialismo histórico. No es algo característico exclusivamente del movimiento en Euskal Herria, sino de algo más general que surge dentro del movimiento obrero desde los mismos orígenes del marxismo: a diferencia de la lucha de clases, la lucha contra la opresión nacional es de naturaleza democrática, se lleva a cabo en nombre de la democracia y su protagonista es toda una nación y, consiguientemente, tanto el proletariado como la burguesía, la grande y la pequeña. De ahí que la lucha contra la opresión nacional sea algo mucho más amplio que la lucha de clases. De ahí también que en este terreno el proletariado tenga exactamente los mismos derechos que la burguesía, y a la inversa: la burguesía tantos derechos como el proletariado.

Desde su mismo origen, hace ya más de un siglo, la línea política bolchevique, a diferencia de la menchevique, afirma que el proletariado debe asumir la dirección de toda lucha por las libertades democráticas y, por consiguiente, también la lucha por la liberación nacional. La entrada del capitalismo en su fase imperialista agudizó, si cabe, esa necesidad. El desarrollo del capitalismo en todo el mundo ha forzado, además, a que con el paso del tiempo ese protagonismo de la clase obrera en cualquier tipo de lucha sea creciente, incluida la lucha contra la opresión nacional.

Eso tiene múltiples consecuencias. El proletariado no sólo es una parte integrante de todo tipo de luchas, al lado de otros sectores sociales. Tampoco es una clase que por su cuantía resulte mayoritaria dentro de la nación y de las reivindicaciones nacionales. Lo que estoy afirmando es que la clase obrera debe dirigir todas y cada una de las luchas contra la opresión y, por lo tanto, también contra la opresión nacional y que en ninguna parte del mundo dichas luchas triunfarán si no están dirigidas por la clase obrera.

Llegados a este punto tocaría explicar lo que los leninistas entienden por “dirigir”, que no tiene nada que ver con lo que entienden otros y, en especial, con esa otra quimera a la que en Euskal Herria es corriente calificar de “vanguardia”. No obstante, creo que bastará con dejar un par de apuntes. El primero es el más importante: la clase obrera dirige todos los movimientos sobre la base de sus propios principios, de su propio partido y de su línea política, que nada tienen que ver con los de la burguesía. El segundo deriva del anterior: una clase social como el proletariado está en condiciones de dirigir todo un movimiento, como es el movimiento nacional, cuando no se confunde con él.

Por cualquier recorrido realmente científico que se pretenda plantear, la conclusión es siempre la misma: la liberación nacional no es posible si no está dirigida por la clase obrera y la clase obrera no puede dirigirla si se confunde con el propio movimiento, que es lo que ocurre en Euskal Herria con esa abigarrada demagogia que se arrastra desde hace tanto tiempo en torno a los famosos “frentes” y al no menos famoso “pueblo trabajador vasco” que no son sino otras tantas distracciones ideológicas y políticas.

La propia naturaleza heterogénea de un movimiento nacional conduce a la dispersión que, a falta de una verdadera vanguardia, se transforma rápidamente en degeneración, algunos de cuyos rasgos ya están presentes en Euskal Herria. Para el proletariado es imposible dirigir sin combatir de la manera más estricta esa tendencia de los movimientos nacionales a la dispersión (ideológica y política) porque es un rasgo típico de la burguesía que conduce a la capitulación, y en la medida en que la burguesía cree representar a la nación en su conjunto, considera que ese combate del proletariado, la lucha por la hegemonía, está enfilado no en su contra, en contra de la burguesía, sino en contra de toda la nación.

Uno de los rasgos que en el futuro diferenciará cada vez más a la clase obrera -y a su partido- en Euskal Herria, de la burguesía (grande y pequeña) es que deberá poner al desnudo todas sus viejas y conocidas artimañas (ideológicas y políticas). El objetivo de esa permanente batalla no es alejar a la burguesía del movimiento nacional, sino todo lo contrario, acercarla a él, lo cual significa poner a la burguesía bajo la dirección del proletariado, y no al revés, como ha ocurrido hasta ahora. De lo contrario, no habrá ni independencia ni socialismo.

El derecho a existir es previo al derecho a decidir

Juan Manuel Olarieta
Una de las grandes adquisiciones de cualquier ciencia son los conceptos. Son su quintaesencia y se obtienen después de años de desarrollo del conocimiento. Expresan la esencia de algo, lo que ese algo es. En ese momento de madurez del saber siempre hay alguien capaz de dar una definición suficientemente precisa del concepto.

Los conceptos y las categorías científicas, decía Lenin, ayudan a “conocer y dirigir” la naturaleza, la historia y la sociedad. Pero no se pueden tomar de una manera arbitraria ni mecánica, añade, sino que hay que  “deducirlas” partiendo de lo más simple, de lo fundamental.

Son tan importantes que, como escribió también Lenin, forman parte de las “categorías” sin las cuales la ciencia deja de ser un conocimiento articulado y preciso deducido del mundo real.

Por tratarse de descripciones, las definiciones son siempre un acercamiento a la realidad, algo aproximado, que es imposible de agotar. Es lo que le ocurre al concepto de “nación”, que es fundamental en el materialismo histórico.

Las naciones surgen con el capitalismo y, consecuentemente, es la burguesía quien formula su concepto. Por lo tanto, como cualquier otra categoría científica es algo acotado históricamente, es decir, ha tenido un principio y tendrá un final posteriormente. Por lo tanto, es absurdo hablar de naciones sin relacionar su surgimiento con el capitalismo. No hay naciones antes del surgimiento capitalismo. A diferencia del vino, las naciones no son añejas. Una nación tampoco es más nación que otra por el hecho de que tenga una historia anterior, porque tenga precedentes o una historia más dilatada en el tiempo.

Por situarlo históricamente, el concepto de nación surge en 1800 cuando la burguesía era una clase revolucionaria, en su época de ascenso. Como consecuencia del diferente desarrollo del capitalismo en cada país, la burguesía no dio uno único concepto de nación sino dos muy diferentes que son los que llegan hasta la actualidad.

Hay un concepto “alemán” de nación que surge del idealismo clásico y del romanticismo. Es el que hoy está más extendido y describe las naciones por sus rasgos culturales, antropológicos o su idioma. Se trata de una consecuencia del atraso y de la división política de Alemania en aquella época y lo que pretende es buscar la identidad de la nación alemana por encima de su división política.

Hay un concepto “francés” de nación que surge como consecuencia de las revoluciones burguesas triunfantes, especialmente de la francesa y se caracteriza por su carácter político. Es el único concepto científico de nación. No hay otro. Ello es consecuencia del diferente grado de desarrollo en Alemania y Francia. Sólo un país que había llevado a cabo una revolución, como Francia, podía tener un concepto científico de esta naturaleza.

A pesar de su origen alemán, Marx y Engels tienen ese concepto “francés” de nación, el más avanzado, que toman directamente de la burguesía francesa. Ese concepto lo definió Stalin años después y es el que utiliza el movimiento comunista internacional. En esencia ese concepto de nación afirma dos cosas.

Primero, que las naciones son homogéneas, es decir, forman una unidad que es la misma en todas partes; lo que confiere unidad a una nación es el capitalismo, una economía basada en el mercado y en el intercambio que rompe la fragmentación interna propia del feudalismo y logra que los pueblos tengan identidad propia y característica y, en definitiva, se reconozcan a sí mismos como iguales

Segundo, que la naciones se diferencian unas frente a otras como tales unidades compactas y, por lo tanto, titulares de los mismos derechos.

Ahora bien, como suele ocurrir frecuentemente, una cosa es que alguien tenga derechos y otra distinta es que (los demás) se los reconozcan. Es la esencia de la opresión nacional planteada jurídicamente, donde lo fundamental no es el derecho a decidir sino el derecho a existir (como tal nación). Para que una nación pueda ejercitar sus derechos (decidir) antes debe existir y debe ser reconocida como tal.

Para mantener la opresión nacional, durante la transición los fascistas aparentaron burdamente que se pasaban de frenada e impusieron el “café para todos”, de tal modo que La Rioja se equiparó a naciones como Galicia, Catalunya o Euskal Herria. El estilo fascista ha tenido un éxito rotundo entre la pequeña burguesía, que ha inventado “naciones” por todas partes, surgidas como los caracoles tras al aguacero de los setenta. El “Estado de las Autonomías“, pues, se edificó para distraer la atención y perpetuar la opresión nacional, no para acabar con ella. Aquellas poblaciones que no forman naciones, no tienen derechos nacionales. Tendrán otro tipo de derechos, pero no esos.

Aquí y ahora la esencia de la opresión nacional es bien concreta: ¿reconoce el Estado español que Euskal Herria es una nación?, ¿lo ha reconocido alguna vez? Para que los vascos no se enfaden diré que esa pregunta hay que hacérsela también al Estado francés. Pero en ambos casos la pregunta no cambia la esencia del planteamiento: no se trata de si reconocen que Euskal Herria es una nación oprimida, sino algo mucho más simple aún: si reconocen que es una nación. El hecho de que la respuesta sea obviamente negativa es el fundamento de la opresión nacional. Esa opresión no es de naturaleza cultural, ni lingüística, sino política porque deriva de la naturaleza política de un Estado, por más que tenga manifestaciones de opresión cultural y de otro tipo que, no obstante, son siempre consecuencia de una opresión política.

Siguiendo con el planteamiento jurídico, hoy la lucha contra la opresión nacional está encaminada a conquistar el derecho a existir, el reconocimiento de Euskal Herria como nación, del que deriva el derecho a decidir de manera necesaria. Esa lucha no se dirige, pues, contra otra nación sino contra un Estado y tiene todas las connotaciones políticas propias del mismo, es decir, depende de la naturaleza política del Estado opresor y de la clase que lo regenta.

Las consecuencias de este planteamiento me parecen obvias: un movimiento (nacional o de cualquier otro tipo) que no sabe contra quién lucha está condenado al fracaso y, a la inversa, un movimiento que a cada paso fracasa de manera repetitiva es consecuencia de que no sabe contra quién se enfrenta, quién es su enemigo. Es infantilismo; le ocurre como los niños: no sabe lo que quiere. De ahí deriva esa frustración típica de una permanente inmadurez. Son movimientos frustrados que generan frustración a su alrededor.

Dada la confusión imperante creo necesario recordar otra obviedad: la lucha contra la opresión que llevan a cabo hoy las naciones oprimidas, es una parte, una de las varias luchas existentes, por lo que contra el Estado convergen numerosos movimientos que, además, son de diferente tipo. Lo que facilita la tarea de lucha contra la opresión nacional es eso precisamente: convergen en lo mismo a pesar de ser diferentes, y más aún, convergen a pesar de que hay quien pretende aprovechar esa diferencia para impedir la convergencia, es decir, para impedir que la convergencia se lleve a cabo de manera consciente y organizada y se convierta en toda una estrategia.

Cualquier línea política diferente a la que acabo de exponer está condenada al fracaso irremediablemente. Esa es justamente la experiencia de 2007. ¿A qué fracaso me refiero? Al del propio movimiento de liberación nacional, que no dará ni un sólo paso hacia adelante mientras no reconozca que sus enemigos no están sólo fuera, sino también dentro de sus filas. Esos enemigos se oponen a aquello por lo que dicen estar luchando. Son enemigos declarados de la independencia y el socialismo por más que se llenen la boca con ese tipo de consignas.

La teoría del marco autónomo de la lucha de clases

Juan Manuel Olarieta

A lo largo de su historia los movimientos populares y revolucionarios en Euskal Herria han padecido dos golpes bajos que han condicionado su evolución y la siguen condicionando a fecha de hoy. El primero es el más importante y surge con la guerra civil, que alguno allá califica como “española”, es decir, ajena a la propia Euskal Herria, y consiste en que los comunistas (PCE) cedieron la dirección de la lucha contra el fascismo a los nacionalistas (PNV), lo que condujo al rápido hundimiento del “frente norte”.

El segundo es consecuencia del primero y, como era de esperar, conduce a otro fracaso. Se trata de que en 2007 la izquierda abertzale traiciona sus propios postulados y vuelve a rendir el “frente norte”. En el medio siglo de confusa historia de la izquiera abertzale lo extraño, casi imposible de hacer comprensible fuera de allá, es precisamente que durante esos 50 años mantuviera en alto la bandera, lo cual demuestra que, por encima de la extraordinaria debilidad subjetiva, de las erróneas teorías en boga, en Euskal Herria existen factores objetivos (económicos, sociales, nacionales, culturales) muy favorables para el movimiento revolucionario o, como dicen por allá, para la independencia y el socialismo.

En descargo de los vascos hay que decir que no es la primera vez que las luchas nacionales se enredan en la confusión y la perplejidad con la lucha de clases. Más bien casi siempre ha sucedido de esa manera y, sin embargo, da la impresión de que es la primera vez que ocurre, como si cada nación tuviera algo peculiar que la diferencia absolutamente de todas las demás. Allá a ese espejismo lo califican como el “marco autónomo de la lucha de clases”, no precisamente para aclarar nada sino para confundir toda vía más.

En cuanto nación, Euskal Herria es como cualquier otra nación; en cuanto oprimida, Euskal Herria también es igual que cualquier otra nación oprimida y debo añadir, además, que la opresión nacional no es algo que acabemos de descubrir ahora sino que tiene una historia bastante larga y que de ella ya escribieron algo Marx, Engels, Lenin y otros.

Al esforzarse en buscar singularidades, los partidarios del “marco autónomo” pasan por alto las regularidades y, por lo tanto, lo experiencia histórica, por lo que así es muy difícil avanzar ni un solo paso.

Pero a “los otros” les pasa lo mismo: se aferran a las regularidades para pasar por alto las singularidades y no hacen más que repetir las frases trilladas, el copia y pega de los escritos de Marx y Engels que, al proceder de obras muy “completas”, lo dejaron ya todo resuelto.

Una de las singularidades que no suele concurrir en otras naciones oprimidas es que Euskal Herria siempre ha sido un área en la que el capitalismo ha estado más desarrollado, por lo que tiene un proletariado muy fuerte y con una enorme experiencia de lucha, es decir, que tiene unas condiciones inmejorables para la revolución y esa situación objetiva explica que, a pesar de la absoluta ineptitud de las organizaciones que hablan en su nombre, haya logrado llegar hasta donde está ahora mismo.

Si a ese componente le añadimos que las consignas de independencia y socialismo están al cabo de la calle, parece que ya se ha avanzado una buena parte del recorrido. Pero no es así porque los comunistas, o sea, la vanguardia, aún no han superado el seguidismo de 1936, lo cual significa que no son tal vanguardia ni lo serán nunca (a este paso). La existencia de una vanguardia en Euskal Herria significa que el proletariado debe asumir en sus manos la dirección del movimiento. Pero, ¿de qué movimiento estamos hablando? Naturalmente que se trata del movimiento obrero, de la lucha de clases, pero se trata exactamente igual de asumir la dirección del movimiento nacional, es decir, de la lucha contra la opresión nacional. En Euskal Herria jamás se conseguirá nada no sólo sin la participación del proletariado, sino sin su dirección. Absolutamente nada.

No pretendo aclarar ahora lo que significa “dirigir”, algo que está mucho menos claro de lo que parece. Me limitaré a afirmar que el proletariado dirige con su propio partido, sus propios métodos, su propia estrategia y su propia ideología, que no sólo no tienen nada que ver con los de las demás clases sociales sino que están enfrentados a ellas. Cuando en ciertos medios en Euskal Herria prolifera con abundancia una terminología característica, opuesta al socialismo científico, es porque la burguesía (la grande y la pequeña) siguen pretendiendo mantener la dirección del movimiento para conducirlo a un tercer fracaso que “demuestre” de forma irrefutable que las pretensiones de la clase obrera son irrealizables. La expresión “marco autónomo” forma parte de esa verborrea burguesa, pero en Euskal Herria abundan otras expresiones de ese tipo, o muy parecidas.

A lo largo de su historia Euskal Herria jamás ha sido ningún “marco autónomo” o, en todo caso, habría dos, uno en el norte y otro en el sur que poco tienen en común entre sí, fuera del hecho de formar parte de una misma nación, hasta tal punto que durante años la resistencia luchaba en el sur contra un Estado fascista y se refugiaba en el norte en un Estado democrático. La teoría del “marco autónomo” es fruto de la esquizofrenia de quienes hacen una cosa y dicen la contraria. Sin embargo, para poder dirigir hay que disponer de una teoría que sea plenamente científica, es decir, que no se contradiga con los hechos más obvios que pretende explicar.

Si algo caracteriza a la lucha de clases es que carece de ningún “marco”, incluso de un marco circunscrito a un determinado Estado, porque es esencialmente internacional y lo es en todos los sentidos posibles de esa palabra, pero especialmente en uno característico: además de sus propios intereses como clase social, el proletariado está en contra de cualquier forma de opresión, sea la que sea. En la actual época imperialista, la clase obrera no sólo debe, pues, participar en la lucha contra la opresión, en general, sino que debe asumir su dirección.

La naturaleza internacional del proletariado tiene un aspecto que a la burguesía (grande y pequeña) le resulta extraordinariamente sorprendente: allá donde haya un proletario y un partido proletario se distinguirá de cualquier otro porque reconocerá inmediatamente la condición de Euskal Herria como nación oprimida y, consecuentemente, asumirá como propia dicha lucha, sobre todo frente a la nación opresora. El marxismo no sólo ha explicado esto de todas las formas posibles, sino que lo ha puesto en práctica desde el primer momento.

Traídos esos principios básicos a lo más concreto, significa que la liberación nacional de Euskal Herria no sólo incumbe a la clase obrera vasca, ni tampoco incumbe sólo a toda la nación vasca, sino que es parte integrante del programa del proletariado español y de quienes se consideran como su vanguardia. ¿No solemos repetir como loros que un pueblo no puede ser libre si oprime a otro? Pues apliquémonos el cuento y luchemos contra la opresión nacional de Euskal Herria también en Trujillo, Sigüenza y Aranda de Duero. Lo que diferencia a un comunista de cualquier otro es que no habla de la independencia de Euskal Herria en Arrasate sino en lugares así.

Se puede explicar lo mismo de muchas maneras diferentes, todas las cuales resultarán estériles para una clase social, la burguesía, que no es capaz de ver más allá de su “marco nacional” pero que es necesario que el proletariado lo tenga muy presente. No tiene nada que ver con las famosas y fantasmagóricas “alianzas” con las que la burguesía se llena la boca, especialmente cuando es tan pequeña que las alianzas le resultan imprescindibles. Lo que estoy diciendo es que el proletariado español es el mayor valedor de los derechos de Euskal Herria como nación oprimida, es decir, que dicha lucha corresponde a la clase obrera española como cosa propia. Por eso -afortunadamente- la lucha de Euskal Herria no tiene ningún “marco” y por eso la verborrea burguesa (dentro y fuera de Euskal Herria) se concentra en encerrarla dentro de un “marco” para que no salga de ahí.

Más de uno estará pensando ahora en que eso es una mera declaración de buenas intenciones y que -fuera de Euskal Herria- las cosas son muy diferentes. Tampoco es así: las cosas están igual de confusas dentro que fuera de Euskal Herria y para ello no es necesario hacer sociología de campo y preguntar por las calles. Estoy hablando de los principios fundamentales del marxismo y lo realmente preocupante no es lo que un sondeo por la calle pueda poner de manifiesto sino la evidencia de que quienes se creen paladines del proletariado siguen aferrados a sus viejos errores como si en ellos les fuera la vida. No me cabe duda de que si demuestran tanto cariño a sus teorías es porque son las que corresponden a su clase social, que no es el proletariado precisamente.

El PNV quiere integrar a Ertzaintza y Mossos dentro de la Inteligencia Contraterrorista

En el Parlamento europeo la eurodiputada del PNV Izaskun Bilbao Barandika ha lamentado «la negativa del Gobierno español a permitir acceso directo» de la Ertzaintza y Mossos d’Esquadra a las bases de datos del sistema Schengen.

La eurodiputada nacionalista asegura que Europa destaca «la coordinación como base de la respuesta europea contra el terrorismo internacional» y considera que esta decisión priva a la inteligencia europea «de oídos y ojos en esos territorios porque España prioriza su concepto de Estado y seguridad nacional antiguo y trasnochado sobre la coordinación».

En alusión a ETA, Bilbao ha afirmado que la negativa del Gobierno español «entorpeció la lucha contra otro terrorismo afortunadamente desaparecido y se ha empleado para limitar la operatividad y desacreditar el trabajo de las fuerzas policiales marginadas por esta decisión».

En su intervención, la eurodiputada del PNV ha recordado que las Policías vasca y catalana «tienen asignada la seguridad de diez millones de europeos». «Mossos de Esquadra y Ertzaintza son los ojos y los oídos de la inteligencia europea en esos territorios y quieren aportar y recibir datos».

Bilbao ha anunciado más iniciativas en el Parlamento Europeo para conseguir que el Estado español «sea coherente con las bases que las instituciones comunitarias consideran necesarias para construir una verdadera inteligencia europea».

En esa línea ha informado que el pasado 23 de abril, al día siguiente de que se produjese en sede parlamentaria la negativa de Rajoy, informó de esta actitud a la Comisión Europea, «destacando que levanta obstáculos artificiales que ralentizan la comunicación de informaciones vitales y propicia que puedan administrarse desde el Gobierno estatal datos básicos para la seguridad de los agentes y su eficacia en el trabajo de protección de la ciudadanía que tienen legalmente asignado».

Asimismo, cree que «perjudica la aportación por parte de estas Policías de datos de interés para estos archivos europeos por motivos que topan frontalmente con el carácter global, general y permanente de la amenaza que plantea el terrorismo internacional».

Por ello el PNV quiere saber si Bruselas considera «coherente esta negativa con las propuestas de mayor y mejor coordinación entre todas las policías con competencias en materia de investigación criminal aparecen en todas las conclusiones sobre la respuesta que debe ofrecer Europa a la amenaza del terrorismo internacional».

Los nacionalistas aluden a «los problemas que en el pasado ha generado esta decisión en la lucha contra ETA y preguntan sobre los mecanismos a que pueden recurrir a nivel europeo las organizaciones marginadas por estas decisiones para mejorar su eficacia».

Arana, un melancólico

Nicolás Bianchi

Las humoradas de algunos españolazos retornan a la astracanada y la gracieta cachazuda. Para denigrar e insultar a Sabino Arana, fundador del Partido Nacionalista Vasco (PNV), recurren a su expediente académico en Barcelona. Escribe Sabino: «quiso mi madre (doña Pascuala, que así se llamaba esta señora) que me pusiera a estudiar (en 1883, con 18 años y en Barcelona) lo que a mí menos me gustaba: la carrera de leyes». O sea, pashaba del Derecho y los exámenes, al igual que su conocida fobia al baile «agarrao» en un hombre que, cuando se casó, se fue de luna de miel a Lourdes.

Zarandear a Sabino Arana (1865-1903) viene bien para, en realidad, darle una patada en el trasero al pueblo vasco que, por descontado, no era ni remotamente sabiniano. Y para ello nada mejor que echar mano del socorrido racismo aranista. ¿Fue racista Arana? El aranismo moderno, si se puede hablar así, entiende que no, pero admiten (J. C. Larronde) que sí era xenófobo e hispanófobo (sic). Si Sabino no fue racista fue porque no se entrenó más. Lo que sí es claro y meridiano es su feroz odio cerval a España (apenas usaba la expresión «Estado español»). Para él, su antiespañolismo y antimaketismo no son sino el resultado de la invasión española (primeras oleadas de inmigrantes con el desarrollo siderometalúrgico del País Vasco).

Ítem más: maketo no es igual a extranjero: maketos son todos los españoles y sólo los españoles. Un belga, pongamos por caso, o un inglés, no serían maketos, sino extranjeros. El concepto que el Aguilucho de Abando tiene de «raza» es telúrico, tectónico, terrenal. Sólo Dios es lo más (Juramento de Larrazábal, una cervecería en Begoña, un barrio de Bilbao, cerca de la Basílica de Begoña). La raza es para Arana el elemento definidor de la nación. Una raza definida por los apellidos (de aquí lo de «ocho apellidos vascos», como en la película taquillera). Si desaparece la raza vasca apaga y vámonos, ergo: desaparece la nación vasca. La raza es la «sustancia» mientras que la lengua, las instituciones y el carácter y las costumbres son «accidentes», dicho sea a la aristotélica manera. Su idea de nación es metafísica: cree que las naciones han existido desde siempre, desde toda la puta vida (como el españolismo rampante cree que Pelayo era «español» o Trajano, en fin… ), desde el tubalismo (Túbal, mítico nieto del no menos legendario Noé). La esencia de lo vasco sería, como para Larramendi (un sacerdote hugonote del siglo XVIII de la parte francesa de Euskadi), el baserritarra (el campesino), la anteiglesia (preurbana), el municipio… Ruralismo preindustrial, foral, ultramontano, melancólico. Lo que no quitó ni obstó a que jugara en Bolsa y comprara minas (su padre fue un armador naval semiarruinado al irrumpir los barcos con planchas metálicas y no de madera como los que hacía él).

Desconozco si es porque estas rotundeces sabinianas son inasumibles por el «posmoderno» aranismo de hoy, pero es la cosa que circula -a guisa de exculpación- la tesis marxista -involuntaria por parte de sus promotores, claro- de que Sabino era «hijo de su tiempo». De una época que justificaría sus abundosidades. Y es verdad.

Pero ocurre que también, por ejemplo, Tomás Meabe era hijo de aquellas témporas y de mendigoizale («montañeros», «alpinistas» guardianes de la pureza aranista) se pasó a las filas del socialismo bien que semimístico. Determinismo, pues, pero hasta cierto punto.

Vemos, pues, al chovinismo granespañol sacando pecho echando mano de lo peor del antimaketismo excluyente y reaccionario de Arana para alimentar, de paso, la «fractura social» de la que se hablaba en Euskal Herria a principios de 2000, lo mismo el PSOE que el PP.

¿Tienen sed los peces? (1)

Nicolás Bianchi

Cuando Aznar metió a España de hoz y coz en la guerra de Irak en 2003 -la famosa foto de «las Azores» con Bush y Blair-, una guerra que ni le iba ni le venía al pueblo español, lo hizo -dijo- «para sacar a España del rincón de la Historia» en que, por lo visto, estaba fané y descangallada desde el desastre de Cuba y Filipinas (y Puerto Rico y las islas Guam, que estas nunca salen). Ya era hora de ser alguien en el concierto de las naciones, como se decía antiguamente en el Derecho Internacional (hoy pura fosfatina).

«España» -y no nos mueve ningún impulso atrabiliario o interés nacionalista pequeñoburgués, y nacimos en una nación sin Estado- no existe, es solo una locución nominalista, un semantema, un signo arbitrario con un sentido difuso. El historiador Américo Castro dejó escrito que los moradores de las tierras peninsulares «eran gallegos (y también lusitanos como peninsulares son los portugueses, N.B.), leoneses, castellanos, navarros, aragoneses o catalanes». Añade que el nombre «español» que los unificó a todos se originó en Provenza por motivos comerciales o por cualquier otra razón de carácter práctico. Es como si Marco Polo, cuando arribó a China y para no volverse loco con las diferentes etnias y pueblos que había allí, dijo que, alejop, todos chinos como patrón de medida y asunto resuelto y, por lo tanto, los mercaderes venecianos harían en adelante sus negocios con chinos y punto y no con la etnia tal o cual y es que los mercados incipientes unifican y derriban barreras (comerciales) mucho.

No existe lo que se dio en llamar un «problema vasco»; lo que hubo -y hay- es un «problema español», como veremos en la próxima (y última) entrega. Se habla de España, no ya como tema, sino como género. Al lado de los clásicos géneros literarios habría que ubicar el «género España». Este género crea a sus escritores -y no al revés como sería lo lógico- que escriben monotemáticamente sobre algo que sospechan que no es y tratan de que sea recurriendo a la mística o a la magia o a, como dijera Manuel Vázquez Montalbán, la Liga de fútbol que une mucho. Algo parecido a las lucubraciones y pajeos mentales metafísicos de Heidegger entre «existencia» y ec-sistencia (no hay errata), el «ser» y el «ente». Parece como si el solo hecho de invocar el nombre «España» les otorgara automáticamente el numen, el hálito, el alma, el espíritu del Ser y del ser no solamente algo, sino españoles, casi ná. Se pronuncia la palabra «España» como una especie de conjuro contra el fantasma de una identidad históricamente falsa y por ello se recurre al casticismo más garbancero, que es la España de pandereta de Rajoy (véase el funeral de la Fitz-Roy Duquesa de Alba) y el caciquismo finisecular. Y no la «España política», como la entendemos algunos y en la que nos movemos y hablamos para entendernos políticamente, ya lo hemos dicho. Estamos siempre delante de una latente y manifiesta falta de seguridad en sí mismo pues las palabras se ajan de tanto manosearlas como el gallo de pelea del coronel (no tiene quién le escriba) de García Márquez, recién fallecido, que se desgastaba con las miradas de la chiquillería.

Si todo estuviera tan claro, si no hiciera falta recordar a cada rato en qué país vive uno, sobrarían esas muletillas y latiguillos redundantes del tenor de «en este país llamado España» o «el presidente del gobierno de la nación». Si ya sabe uno que está (serlo es otra cosa) en España, en Spain o Hispanistán, deberían a continuación añadir aquello de… «perdón por la redundancia», porque cuando se comete redundancia se pide perdón y no se dice «valga» (la redundancia).

Sería como decir que la «lluvia llueve» cuando, en realidad, moja. Disculpen el exceso cursi pedagógico.

Allegro ma non troppo

N. Bianchi

El Partido Nacionalista Vasco no tiene prisa. El PNV juega siempre a largo. El PNV no acepta el dilema de Estatuto o soberanía. El PNV es mesocrático. El PNV, partido burgués, clerical y de orden, es sensato, cuerdo, y se sitúa en la equidistancia y equipolencia entre el inmovilismo criminal y desaprensivo del Gobierno español y las supuestas prisas de la izquierda abertzale (cada vez más abertzale y menos izquierda). El PNV tiene táctica, pero no estrategia salvo cuando convoca a la grey en el anual Alderdi Eguna (Día del Partido, en las campas alavesas de Salburua) donde aparentan inflamarse de cara a la parroquia. El PNV no se decide por ser Aquiles o la tortuga, siempre en aguardo, al acecho, ojo avizor, y entonces ya se verá y según y cómo o cómo me la maravillaría yo. El PNV no es chicha ni limoná ni todo lo contrario y se la pasa, como dice la canción, caracoleando, caramba, al precio de nuestra dignidad. El PNV es la ambigüedad calculada y la indefinición estudiada.

El PNV a veces quiere dar la sensación de correr de prisa pero no demasiado (allegro ma non troppo). El PNV habla de “modos y ritmos” pero dice vísteme despacio que tengo prisa. El PNV mira al cielo, se cae a un pozo (como Tales de Mileto que no era, afortunadamente, del PNV) y se saca del mismo tirándose de su coleta (como el Barón de Münchausen). El PNV es alotrópico y un día se levanta levógiro y otro se acuesta dextrógiro. O al revés, berdin da (es igual). El PNV dice apostar –costumbre muy vasca tratándose de juegos- a largo mientras pone palos a las ruedas a corto. El PNV es un partido eleático y elástico y piensa que el movimiento no se demuestra andando, sino en círculos (viciosos). El PNV, además, cree en la cuadratura del círculo y que el camello –ionizado dizque derretido en partículas subatómicas- pase por el ojo de una aguja (de coser). El PNV, la burguesía nacional, tiene en sus manos el proceso, se lo recuerda constantemente la reformista izquieda abertzale que se pone a rebufo de buen grado, y los dedos se le hacen huéspedes. El PNV sabe que Euskal Herria –o Euskadi- es una nación, pero ellos son una fracción de la oligarquía nacional española dominante. El PNV se hizo nacionalista con el incipiente capitalismo español y se hará separatista en una España roja. El PNV no se decide en si llevarnos al huerto o romper amarras.

De momento, como siempre, a verlas venir… en Catalunya. Y la izquierda abertzale lo mismo.

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