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Coco Chanel: espía nazi

N.B.

Ya lo sospechábamos, pero investigadores franceses afirman haber encontrado evidencia indiscutible de que la reina del diseño en la alta costura, Coco Chanel, trabajó como espía para los alemanes durante la II Guerra Mundial.

Hace escasas fechas, la televisión francesa -el canal estatal Francia 3 en L’Ombre d’un Doute (La Sombra de una Duda)- hizo público un registro escrito donde se prueba que la difunta diseñadora (1883-1971) de modas era miembro de la Abwehr, la Agencia de Inteligencia Militar alemana. Tampoco se libran otras celebridades -algo ya sabido pero no reconocido oficialmente por las autoridades y gobiernos franceses- durante la II GM como los cantantes Edith Piaf -musa francesa de la posguerra-, Maurice Chevalier y el dramaturgo Sacha Guitry.

Según el documental, la complicidad de Chanel con los nazis comenzó en el momento en que se derrumbó el Ejército francés en 1940. Ella volvió a París poco después y se instaló en el Hotel Ritz -o sea, un chamizo- que, además de ser hotel, servía como cuartel general de la Luftwaffe en la Francia ocupada. Allí tuvo un romance con un oficial de la Gestapo llamado Hans Gunther von Dincklage y llegó a ser tan conocida en las altas esferas -casi como el «Pequeño Nicolás» nativo de acá- alemanas que fue enviada a Madrid en 1943 donde ella -se dice- aprovechó su pasada amistad con Winston Churchill para tratar de intentar una tregua con los oficiales ingleses de la embajada británica en Madrid. Churchill no la hizo ni puto caso (vería en ella una megalomaníaca como dicen que es «Nicolasín», tokayo mío).

Ya aprovechando que el Sena pasa por París, la Chanel -según el documental auspiciado por el historiador Franck Ferrand- utilizó su influencia con los nazis para tratar de recuperar un negocio de perfumería que ella le vendió a una familia judía en 1924. Ferrand decía que la diseñadora de modas tenía la esperanza de que las reglas alemanas que prohibieron que los judíos fueran propietarios de empresas, pudiera conducir a que la compañía fuera confiscada y le fuera devuelta por la puta cara, pero no pudo ser: la familia judía ya había vendido el negocio a un empresario alemán.

Finaliza el documental afirmando que estos tres personajes se vincularon a los nazis ocupantes más por interés de lanzar sus propias carreras «artísticas» -o sea, no por razones ideológicas sino oportunistas y rastreras (Nota mía, NB)- que por otra cosa. De hecho, la Piaf actuó dos veces en funciones privadas para los nazis alemanes, como Juanito Valderrama -había que comer- actuaba en los cortijos de los señoritos andaluces en plena posguerra española.

Rosón: el azote fascista de Galicia

Solidaridad Obrera

Los herederos de la familia de ese fascista que fue Juan José Rosón, militante falangista de pro, Gobernador Civil de Madrid de 1976 a 1980 y Ministro del Interior de 1980 a 1982, se han especializado en perseguir a todos aquellos que aireen su pasado de criminales fascistas.

En esta situación se encuentra ahora el compañero Alfredo Grimaldos por su libro «La sombra de Franco en la Transición», que desde este sindicato hemos recomendado a nuestros afiliados y a todos los trabajadores.

En 1978, la revista Interviú publicó el reportaje titulado, “Los Rosón, azote de Galicia”, en el que se relataban las hazañas de Antonio Rosón Pérez, durante los meses inmediatamente posteriores al golpe de Estado fascista del 18 de julio de 1936. Como alférez de complemento, actuó de jefe militar de los sublevados en la zona de Becerreá, en Lugo, a lo largo de ese periodo crítico.

Antonio Rosón se convirtió, muy poco después, en el primer presidente de la Xunta de Galicia y su hermano Juan José Rosón era gobernador civil de Madrid en el momento que Interviú publicó el reportaje.

Los Rosón utilizaron entonces todos sus recursos políticos para conseguir que se secuestrara la revista en dos ocasiones.

Pues bien, treinta años después, los Rosón atacan de nuevo, en esta ocasión los herederos de Antonio y Juan José Rosón Pérez, fallecidos ambos en 1986. Han presentado una demanda de protección al derecho al honor por las alusiones que se hace a este clan caciquil lucense en un capítulo del libro de Alfredo Grimaldos.

Están empeñados en que no se conozca la historia de su familia.

Entonces, en 1978, el pleito judicial se resolvió, en primera instancia, con una sentencia favorable a Interviú dictada por la Audiencia Provincial de Barcelona, pero luego, en casación, un Tribunal Supremo cuajado de jueces franquistas y del que formaba parte incluso un cuñado de los Rosón, revocó la sentencia dándoles la razón a ellos.

Ahora quieren callar a Alfredo Grimaldos. La base de la investigación sobre Antonio Rosón incluida en su libro son artículos laudatorios hacia él publicados en el diario El Progreso, de Lugo, entre julio y septiembre de 1936.

Es lo que decían los propios fascistas de la actividad represiva del mayor de los Rosón. En Lugo no hubo guerra civil, se produjeron escasos focos de resistencia a favor de la legalidad republicana, aplastados por las tropas franquistas, que avanzaron con facilidad y, en pocos días, controlaron toda la región. Los asesinatos en las cunetas y las condenas a muerte dictadas por los tribunales militares tuvieron como víctimas a republicanos que defendían la constitución vigente y que, en su mayoría, no habían tenido siquiera la posibilidad de participar en ningún hecho de armas.

Antonio Rosón encabezó la “limpieza” de la zona de Becerreá, durante los primeros meses posteriores al alzamiento militar, según publica El Progreso en varias notas. Por ejemplo, en el ejemplar del 23 de agosto de 1936, se puede leer: “Es de señalar la labor altamente patriótica que están desarrollando los señores D. Antonio Rosón, jefe militar en esta villa; don Fermín Pérez Rosón, médico de Los Nogales y jefe de Falange; D. Luis Rosón y D. Manuel Pérez Rosón, jefes locales en Becerreá y Cervantes, respectivamente, quienes, con su alma de gigantes, están haciendo una labor magnífica en defensa de la Patria. Con su gran olfato policiaco, van directamente a las madrigueras en donde se esconden los huidos, causando verdadero terror entre estos”.

En el libro no se afirma que Antonio Rosón participara personalmente en ningún asesinato, no hay pruebas de eso, pero sí en la persecución y el encarcelamiento de antifascistas, como parece obvio. Algo que él mismo reconoce, quitándole hierro, por supuesto, en unas declaraciones a la revista Cambio 16 publicadas el 7 de mayo de 1978:

“Al llegar a Lugo se me comisionó para que fuera con la Guardia Civil a mi pueblo, y con otros grupos de gente armada que había en los cuarteles de San Fernando, con objeto de que desaparecieran las barricadas y los registros domiciliarios.
Volvimos produciendo un poco de ruido, para que la gente se marchara, ¿comprende?”

Sólo un poco de ruido, en días de fusilamientos indiscriminados y criminales ajustes de cuentas.

Está claro que él era quien mandaba en la zona, como vuelve a señalar El Progreso del 19 de septiembre de 1936: “Debido a la actividad del jefe militar en esta villa, el alférez de complemento D. Antonio Rosón, son muchas las armas recogidas en este partido judicial, calculándose en más de cien las armas largas y aproximadamente las cortas en unas cincuenta, muchas de ellas tan antiguas que ni las marcas se les conoce”.

Mientras tanto, empiezan a publicarse a diario, en el mismo periódico, los nombres de los que son “pasados por las armas” después de consejos de guerra sumarísimos sin las más mínimas garantías jurídicas.

Aún no se sabe donde están enterrados los cadáveres de la mayoría de esos antifascistas asesinados por los hombres que estaban bajo el mando de Antonio Rosón.

A partir de octubre de 1936, el hermano mayor de este clan caciquil participa en las farsas judiciales franquistas en su calidad de abogado y militar. A los detenidos se les acusa de un delito de “rebelión”, por haberse mantenido fieles a la legalidad. El día 7 de octubre, El Progreso se encarga de despedirle y de recordar sus méritos: “Fue destinado a Lugo el distinguido abogado, alférez de complemento, D. Antonio Rosón. Hasta la fecha prestó los servicios militares en esta villa, en donde actuó como comandante militar desde el principio del Movimiento, desempeñando su cometido con gran acierto. Sentimos la marcha de tan buen amigo”.

Juan José Rosón, por su parte, después de desarrollar una larga carrera política durante el franquismo, vistiendo la camisa azul con el yugo y las flechas, fue el responsable de numerosos asesinatos de militantes antifranquistas en la calle a manos de las fuerzas policiales que él mandaba. Y llegó al Ministerio del Interior en 1980, el año más sangriento de la Transición, en el que la extrema derecha y los grupos parapoliciales provocaron dos docenas de asesinatos.

Casi setenta años después del parte oficial de guerra del 1 de abril de 1939, todavía sigue siendo muy difícil indagar en la represión franquista de la guerra y la posguerra. Esa es una consecuencia de la pervivencia del Estado franquista a lo largo de la Transición, un periodo que también estuvo marcado por una fuerte actividad represiva del poder contra los movimientos populares. Los enjuagues de la Transición están en el origen de los problemas que seguimos teniendo ahora para recuperar nuestra memoria histórica.

No sólo se miente sobre lo que sucedió entre 1936 y 1939 y, después, durante toda la dictadura franquista. También sobre hechos mucho más recientes. La imagen oficial de la Transición se ha construido sobre el silencio, la ocultación, el olvido y la falsificación del pasado. No se ha purgado el franquismo en esta sociedad. Los asesinos que aún viven, y sus herederos, están crecidos. Se revuelven como fieras ante cualquier indagación sobre el pasado.

Las dificultades que tenemos todavía son consecuencias de la Transición, en la que se pactó la amnesia colectiva. Una sumisión al franquismo que supuso un nuevo crimen contra las víctimas de ese régimen de terror.

Hay que recordar que más de 100 antifascistas perdieron la vida en las calles, entre 1976 y 1980, a manos de las fuerzas policiales mandadas por Martín Villa y Rosón. Y en atentados de la extrema derecha instrumentalizada desde el poder. La mayoría de ellos tenía alrededor de 20 años. La historia oficial se ha olvidado deliberadamente de todos ellos. Hay que reivindicar permanentemente su memoria.

La Transición supuso una Ley de Punto Final del Franquismo, nos dejó al Borbón en el trono, muchos muertos sin rehabilitar y a los asesinos sin condenar. Los tribunales de justicia aún se siguen oponiendo a la revisión de los consejos de guerra franquistas, auténticas aberraciones jurídicas.

Aquí no ha habido ninguna reconciliación: han querido imponernos la rendición de la memoria. Pero a pesar de las demandas de protección del derecho al honor de los verdugos, no vamos a renunciar a nuestra propia historia. Es fundamental seguir trabajando para romper la barrera tejida por la intoxicación, la mentira y el olvido.

La saga de los Rosón, sus herederos y las reclamaciones judiciales
El Solidario, Solidaridad Obrera, pgs.48 y 49
www.solidaridadobrera.org/downloads/solidario/el_solidario13.pdf

El calvario del periodista Alfredo Grimaldos comenzó en 2004 con la publicación del libro «La sombra de Franco en la Transición» y en 2012, ocho años después, continuó con la condena por parte del Tribunal Supremo por atentar contra el honor del clan Rosón.

Pues bien, señores del Tribunal Supremo: ese mismo año en el que Ustedes dictan su sentencia inquisitorial, el clan familiar cuyo honor defienden seguía haciendo de las suyas y la policía detuvo a Javier Eduardo Rosón Boix, involucrado en la Operación Emperador que desarticuló la mafia china de Gao Ping.

Rosón Boix trabajaba en una sucursal de Madrid del Banco Sabadell como abogado especialista en el lavado de dinero negro y la evasión fiscal. Había organizado su propia red con la ayuda de Frederic François Mentha, un gestor de la banca suiza. La policía registró dos domicilios ligados a él e intervino su vehículo, un Mercedes SL500. Le relacionan con una española de origen israelí, Malka Mamman Levy, alias La Sobrina, auténtica cerebro de la banda criminal de blanqueo de dinero.

Es el hijo pequeño de Juan José Rosón, antiguo cacique gallego, antiguo gobernador civil de Madrid, antiguo ministro del Interior en los tiempos de UCD…

Este es el «honor de la familia Rosón» que defienden los jueces españoles.

Para descargar el libro ‘La sombra de Franco en la Transición’ de Alfredo Grimaldos:

¿Tienen sed los peces? (1)

Nicolás Bianchi

Cuando Aznar metió a España de hoz y coz en la guerra de Irak en 2003 -la famosa foto de «las Azores» con Bush y Blair-, una guerra que ni le iba ni le venía al pueblo español, lo hizo -dijo- «para sacar a España del rincón de la Historia» en que, por lo visto, estaba fané y descangallada desde el desastre de Cuba y Filipinas (y Puerto Rico y las islas Guam, que estas nunca salen). Ya era hora de ser alguien en el concierto de las naciones, como se decía antiguamente en el Derecho Internacional (hoy pura fosfatina).

«España» -y no nos mueve ningún impulso atrabiliario o interés nacionalista pequeñoburgués, y nacimos en una nación sin Estado- no existe, es solo una locución nominalista, un semantema, un signo arbitrario con un sentido difuso. El historiador Américo Castro dejó escrito que los moradores de las tierras peninsulares «eran gallegos (y también lusitanos como peninsulares son los portugueses, N.B.), leoneses, castellanos, navarros, aragoneses o catalanes». Añade que el nombre «español» que los unificó a todos se originó en Provenza por motivos comerciales o por cualquier otra razón de carácter práctico. Es como si Marco Polo, cuando arribó a China y para no volverse loco con las diferentes etnias y pueblos que había allí, dijo que, alejop, todos chinos como patrón de medida y asunto resuelto y, por lo tanto, los mercaderes venecianos harían en adelante sus negocios con chinos y punto y no con la etnia tal o cual y es que los mercados incipientes unifican y derriban barreras (comerciales) mucho.

No existe lo que se dio en llamar un «problema vasco»; lo que hubo -y hay- es un «problema español», como veremos en la próxima (y última) entrega. Se habla de España, no ya como tema, sino como género. Al lado de los clásicos géneros literarios habría que ubicar el «género España». Este género crea a sus escritores -y no al revés como sería lo lógico- que escriben monotemáticamente sobre algo que sospechan que no es y tratan de que sea recurriendo a la mística o a la magia o a, como dijera Manuel Vázquez Montalbán, la Liga de fútbol que une mucho. Algo parecido a las lucubraciones y pajeos mentales metafísicos de Heidegger entre «existencia» y ec-sistencia (no hay errata), el «ser» y el «ente». Parece como si el solo hecho de invocar el nombre «España» les otorgara automáticamente el numen, el hálito, el alma, el espíritu del Ser y del ser no solamente algo, sino españoles, casi ná. Se pronuncia la palabra «España» como una especie de conjuro contra el fantasma de una identidad históricamente falsa y por ello se recurre al casticismo más garbancero, que es la España de pandereta de Rajoy (véase el funeral de la Fitz-Roy Duquesa de Alba) y el caciquismo finisecular. Y no la «España política», como la entendemos algunos y en la que nos movemos y hablamos para entendernos políticamente, ya lo hemos dicho. Estamos siempre delante de una latente y manifiesta falta de seguridad en sí mismo pues las palabras se ajan de tanto manosearlas como el gallo de pelea del coronel (no tiene quién le escriba) de García Márquez, recién fallecido, que se desgastaba con las miradas de la chiquillería.

Si todo estuviera tan claro, si no hiciera falta recordar a cada rato en qué país vive uno, sobrarían esas muletillas y latiguillos redundantes del tenor de «en este país llamado España» o «el presidente del gobierno de la nación». Si ya sabe uno que está (serlo es otra cosa) en España, en Spain o Hispanistán, deberían a continuación añadir aquello de… «perdón por la redundancia», porque cuando se comete redundancia se pide perdón y no se dice «valga» (la redundancia).

Sería como decir que la «lluvia llueve» cuando, en realidad, moja. Disculpen el exceso cursi pedagógico.

Churchill propuso lanzar bombas atómicas contra la URSS

Hace dos años se desclasificaron documentos del Archivo de Seguridad
Nacional según los cuales hasta 1968 Estados Unidos mantuvo en
vigor un plan de ataque nuclear simultáneo contra la URSS y China (1).

En clave secreta el plan se llamó “Furtherance”
(Fomento) y no se revisó hasta 1968, cuando el gobierno de Johnson
mandó preparar una reacción a un ataque más adecuada y evitar una
confrontación nuclear desastrosa durante la Guerra Fría.

La
información desclasificada en 2012 se refería a una reunión que mantuvo
el presidente Johnson con su equipo de seguridad nacional en octubre de
1968, en la que tanto los asesores militares como civiles se
pronunciaron a favor de revisar el Plan Fomento a fin de reducir las
posibilidades de una confrontación nuclear.

Si cualquier parte del territorio de Estados Unidos era hostigado o si al presidente le sucedía cualquier cosa, se lanzarían bombas atómicas, con independencia de que el ataque fuera un mero accidente o del tipo de armas que usara el enemigo.

Los
consejeros de Johnson le recomendaron lanzar un ataque
nuclear solo contra un Estado que agrediera a Estados Unidos, promover
la política de “no usar primero” y responder a un ataque convencional con armas convencionales.

Se aprobó en paralelo con el Plan Dropshot de 1949, que preveía el lanzamiento de 300 bombas atómicas y 250.000 toneladas de explosivos convencionales sobre la URSS (2).

Según otro informe de un agente del FBI recientemente desclasificado, el primer ministro británico en la época de la Segunda Guerra Mundial,
Winston Churchill, pidió reiteradamente a Estados Unidos que
desencadenara un ataque nuclear contra la URSS para detener el avance
del movimiento obrero en occidente y ganar la guerra fría.

La
información se ha revelado en el libro ‘When Lions Roar: The
Churchills And The Kennedys’ (‘Cuando los leones rugen: Los Churchill y
los Kennedy’), escrito por el galardonado periodista de investigación
Thomas Maier – See more at:
http://percy-francisco.blogspot.com.es/2014/11/churchill-persuadio-eeuu-para-ataque.html#sthash.6FZr7GEz.dpuf

La información aparece en el libro «When Lions Roar: The Churchills And The Kennedys» (Cuando los leones rugen: Los Churchill y los Kennedy’), escrito por el periodista de investigación Thomas Maier. El periódico Daily Mail ha publicado alguos extractos del documento recientemente (3).

Churchill pidió con insistencia al senador republicano  Styles Bridges que persuadiera al presidente de Estados Unidos Harry Truman que llevara a cabo un ataque nuclear para «arrasar al Kremlin de la superficie de la Tierra» y transformar a la Unión Soviética en un «problema insignificante».

Según el agente del FBI, el primer ministro británico también anunció en su mensaje que «Rusia atacaría a Estados Unidos en dos o tres años, después de obtener su bomba atómica, y entonces, la civilización desaparecería o retrocedería muchos años atrás».

Daily Mail indica que Churchill estaba tan preocupado por la actividad de la Unión Soviética que estuvo dispuesto a sacrificar a miles de ciudadanos soviéticos «para proteger la civilización de la amenaza que emana de la Unión soviética y obtener la victoria en la guerra fría».

(1) http://www.gwu.edu/~nsarchiv/nukevault/ebb406/docs/Doc%205A%20Furtherance%20document%20Oct%201968.pdf

(2) Truman determinó la fecha para el lanzamiento de 300 bombas en la Unión Soviética, Cultura Proletaria, http://culturaproletaria.wordpress.com/2014/02/26/truman-determino-la-fecha-para-el-lanzamiento-de-300-bombas-en-la-union-sovietica/
(3) http://www.dailymail.co.uk/news/article-2826980/Winston-Churchill-s-bid-nuke-Russia-win-Cold-War-uncovered-secret-FBI-files.html

Una policía paralela para acabar con los comunistas

El Plan Cloven (2)

Decíamos ayer que la CIA había creado en París un equipo de trabajo clandestino dirigido por un prefecto de policía, Jean Baylot, que en la posguerra era el que manejaba los hilos del anticomunismo. Se reunían regularmente, analizaban la situación y vigilaban el cumplimiento de los planes. Incluso se conserva el acta de una reunión celebrada el 13 de enero de 1953, que versaba sobre la marcha de los sindicatos «independientes» o sea, anticomunistas, sobre la necesidad de que la patronal incrementara la financiación que les concedía, sobre acabar con los parásitos que vivían de los fondos secretos de la CIA, así como de contar con nuevos sindicalistas reciclados entre los renegados del PCF, como Sulpice Dewez o André Parsal.

El prefecto de policía, Jean Baylot era miembro de «Paz y Libertad» que, como decíamos ayer, lo creó la CIA para contrarrestar el empuje del verdadero Movimiento por la Paz, creado por la Kominform. Tenía ramificationsdans por toda Europa occidental, así como Australia, Vietnam y Turquía. Su máximo dirigente, Jean-Paul David, era el secretario general de RGR (Agrupación de la Izquierda Republicana), un conglomerado electoral del que participaban, entre otros, el Partido Radical, la Unión Democrática y Socialista de la República, el Partido Democrático y una galaxia de pequeñas formaciones.

En septiembre de 1950 el presidente del gobierno, René Pleven, convocó a los principales dirigentes de la «Tercera Fuerza», un gobierno de coalición para luchar contra «la quinta columna comunista». Acordaron que el movimiento sería políticamente neutral, dirigido exclusivamente contra «la amenaza soviética», sin que nadie pudiera beneficiarse de la coalición. Estaban todos: la SFIO (socialdemocracia), el RGR, el MRP, los gaullistas, furibundos anticomunistas. De esa manera David consiguió que cada una de los partidos le encargara el control del tinglado «Paz y Libertad» para hace frente al comunismo.

Según un informe de 1995 sobre Gladio del Parlamento italiano, «Paz y Libertad» estaba directamente bajo las órdenes de la OTAN. Como es obvio, no defendía el desarme, ni luchaba contra las guerras, ni contra el holocausto nuclear. Era más de lo mismo: propaganda antisoviética cuyo lema central era que la URSS suponía un peligro para la paz mundial. Para responder a los comunistas, en el otoño de 1950 el socialista Jules Moch, ministro de Defensa, ordenó en secreto imprimir 200.000 carteles, lo que se llevó a cabo por la noche en la Escuela de suboficiales del ejército. «Paz y Libertad» sólo le puso la firma a los carteles, que se pegaron por toda Francia.

Para el Congreso Mundial de partidarios de la Paz que se celebró en París en abril de 1949, el poeta y novelista Louis Aragon habían elegido la Paloma de la Paz de Picasso como emblema del movimiento, que luego se ha mantenido hasta la actualidad. El cartel del Ministerio francés de Defensa parodiaba a la Paloma de la Paz con el lema «la paloma que hace bum». La CIA no fue capaz de buscar ninguna alternativa; solo se burlaba y jugaba en el filo de la navaja con el sacrificio de millones de personas.

El brazo derecho de David era Pierre Rostini, periodista encargado de las imprentas y de pegar los carteles por las calles. Para ello creó una sociedad de publicidad IGEP que, además, facilitaba los movimientos de fondos de la CIA.

La filial italiana de «Paz y Libertad» se fundó en 1953, encargádose de ella Edgardo Sogno, director del Planning Coordination Group de la OTAN desde 1951 y miembro de la Logia P2. Estuvo involucrado en el fallido golpe de Estado fascista del príncipe Borghese. La actividad principal de «Pace e Libertà» era la de espiar a los trabajadores de la fabrica de automóviles Fiat que simpatizaban con los comunistas.

En su historia de la influencia de Estados Unidos en Francia después de la guerra, Irwin Wall afirma que, junto a Fuerza Obrera, «Paz y la Libertad fue el principal ejemplo de una organización anticomunista popular promovida por la CIA en Francia en los años cincuenta» (1).

A pesar de su nombre «Paz y Libertad» era una maquinaria de guerra sucia. Encubría las actividades clandestinas de la red Dides, una policía paralela. De 1937 a 1944 Jean Dides había formado parte de los Renseignements Généraux, la policía de información bajo la ocupación nazi de Francia. Gracias a su colaboración con la Gestapo en 1942 le ascendieron a inspector jefe de la sección responsable del control de los enemigos interiores, los disidentes, los presos fugados, los judíos y los que se oponían al trabajo obligatorio en favor de la Alemania nazi. Tras la guerra mundial la OSS le respaldó. Fue depurado durante un breve lapso de tiempo pero recuperó sus galones de policía. Le nombraron jefe de la Séptima Sección de los Renseignements Généraux, un destacamento de lucha contra el comunismo.

También se afilió a la RPF, para la que redactó un folleto titulado «La lucha por el poder», en el que escribió: «Queremos considerar que el PCF, un peligro nacional, se debe destruir. Queremos reventar su aparato, sus medios y, si es posible, a sus jefes».

En 1951 a través de Baylot y Dides, ambos miembros de «Paz y Libertad», la CIA controlaba la represión anticomunista en París. Para ilegalizar al PCF formaron un Estado dentro de otro Estado. Dides estaba en contacto permanente, tanto con el FBI como con la embajada de Estados Unidos.

Dentro el movimiento obrero Dides tenía dos infiltrados que le ayudan a rellenar los ficheros de datos y buscar las pruebas, o fabricarlas: Andre Baranes y Alfred Delarue. El primero había sido militante del PCF, luego se puso al servicio del prefecto de policía Jean Baylot. Delarue había sido miembro de las Brigadas Especiales durante la ocupación, tras la Liberación le condenaron, pero se escapó y volvió a trabajar para los Renseignements Généraux.

Aunque se trataba de ilegalizar en la red de Dides la legalidad y el manoseado «Estado de Derecho» no importaban absolutamente nada. Todo era ilegal, empezando por la estrecha vigilancia al primer partido político del país, un partido legal con representación parlamentaria. Por eso el dinero no llegaba de los presupuestos públicos sino que la CIA tenía que aportarlos a través de «Paz y Libertad».

La policía paralela de Dides formaba parte del Plan Cloven, que desencadenó una importante ofensiva represiva contra el PCF, tanto abierta como encubierta. A principios de 1949 un cable de la embajada de los Estados Unidos en París al Departamento de Estado mostraba su satisfacción por los progresos realizado en la «lucha contra la amenaza comunista. Francia ha organizado unas pocas pero efectivas células de la policía […] Italia también está creando los escuadrones de policía anticomunistas bajo el control del ministro del Interior Mario Scelba, haciendo uso de los cuadros de la antigua policía fascista» (2).

El 24 de enero de 1951 la policía bloqueó las puertas de acceso a París y detuvo junto al Hotel Astoria, donde se alojaba el general Eisenhower, a 3.267 personas. La redada al más puro estilo fascista no pudo evitar que las calles se llenaran de manifestantes procedentes de los suburbios que luchaban contra el imperialismo, en defensa de la paz mundial.

Durante el verano de 1951 una serie de atentados con explosivos en París destruyeron varios locales comunistas. En agosto, tres librerías fueron arrasadas, una de ellas la de la Asociación Francia-URSS, así como el Centro de Difusión del Libro y la Prensa. En el lugar de una de las explosiones la policía encontró entre los escombros una granada fabricada en Estados Unidos.

El 5 de septiembre volaron el Banco Comercial soviético para el norte de Europa. Entre los escombros la policía encontró una tarjeta de visita de «Paz y la Libertad».

El 6 de marzo de 1952 nombran presidente del Gobierno a Pinay, al fascista, al antiguo miembro del Consejo Nacional de Vichy. Su plan es el mismo de la CIA: aplastar al PCF.

El diario comunista L’Humanité estimó que en sólo seis meses, del 1 de enero al 30 de junio de 1952, 80 militantes fueron perseguidos por pegar las páginas del periódico por las calles.

Llegaron a utilizar procedimientos ridículos. Detuvieron a Jacques Duclos, Vicesecretario General del PCF y al registrar su vehículo la policía encontró una pistola de calibre 7,65 y un palo, por lo que le encarcelaron, acusado de un delito contra la seguridad del Estado. También encontraron dos palomas, lo cual dio lugar a un fantástico complot en el que cabían toda clase de conjeturas. Según el ministro del Interior, Duclos las utilizaba para llevar mensajes secretos a Moscú…

Le encerraron en la cárcel durante una temporada; al poco tiempo de salir trataron de asesinarle…

(1) The United States and the Making of Postwar France. 1945–1954, Cambridge University Press, Cambridge, 1991, pg.150.

La CIA utilizó a los secuaces de Tito para luchar contra los comunistas

Juan Manuel Olarieta

En inglés «cloven» se puede traducir como escindir y en 1952 la CIA aprobó el Plan Cloven para introducir una cuña dentro del Partido Comunista Francés, para dividirlo. No obstante, la dirección del proyecto no estuvo directamente en manos de la CIA sino del embajador de Estados Unidos en París, David Bruce, miembro de la OSS, porque al gobierno francés de la época (Pleven, Faure, Pinay) le correspondía un papel muy activo.

El Plan se ejecutaba en paralelo a otro, el Demagnetize, del cual el gobierno francés nunca tuvo conocimiento. Aunque en el Plan el objetivo último no es explícito, parece que se trataba de prohibir al PCF, lo mismo que al KPD en Alemania: una vez escindido el Partido, mientras los comunistas serían ilegalizados, los domesticados podrían continuar la actividad política. En aquellla época el barómetro que utilizaba la CIA para poner una frontera entre unos y otros (los buenos y los malos comunistas) era la URSS, es decir, que quedarían fuera de la ley quienes defendieran a la Kominform o a los países socialistas.

La ilegalización explica el motivo por el cual la CIA introdujo dentro del Plan al gobierno francés, a quien correspondería poner en marcha la maquinaria policial y judicial que debía conducir a un proceso judicial espectacular, unido a una campaña de prensa de las mismas dimensiones. Por eso la CIA creó dos equipos de trabajo, uno en Washington y otro en París.

Como punto de partida inicial la CIA se apoyó en los estudios de Charles A. Micaud, un profesor universitario de ciencias políticas que había estudiado las interioridades del PCF, sobre el que en 1963 escribiría un libro: «Communism and the French Left». El plan de Micaud se basaba en utilizar a los renegados, a todos aquellos que había sido expulsados del PCF en distintas épocas, así como en explotar las disensiones internas que existían y crear otras nuevas.

En aquella época el trotskismo en Francia estaba muy desprestigiado, entre otras cosas por su colaboración con el fascismo durante la ocupación nazi, mientras que el titismo acababa de explotar y, además, tenía el respaldo de la embajada de Yugoeslavia en París.

En Francia el revisionismo titista se había agrupado en un reducido círculo en torno a la revista «Unir». La CIA hizo lo mismo que antes ya habían hecho otras agencias de inteligencia imperialistas con el trotskismo: inflar el fenómeno, dotarle de medios, financiarle e incluso incorporar algunas marionetas a sus filas.

En Washington un equipo de trabajo fue el que redactó el Plan Cloven. Se trata del Psychological Strategy Board, un organismo de la CIA creado especialmente por Truman y dirigido por Charles R. Norberg, un abogado de Harvard implicado en algunos de los proyectos más sucios del imperialismo, como MK-Ultra y métodos de interrogatorio bajo torturas.

Por su parte, el gobierno francés creó una oficina secreta dirigida por el prefecto de policía de París Jean Baylot, miembro de la SFIO, es decir, socialdemócrata.

Hay que destacar tres notas fundamentales en el equipo formado por la CIA en París, aunque sea muy brevemente. La primera es que, además de policía y socialista, Baylot era miembro de la masonería, lo cual es un detalle importante a tener en cuenta tras la experiencia italiana, en donde se ha sabido que la CIA, Gladio y la Logia P2 eran las tres piernas de un único proyecto anticomunista.

La segunda es que en su lucha contra el comunismo, la CIA no se apoyaba sólo en grupos políticos burgueses sino en los más próximos al comunismo. No es casualidad que un socialista, un viejo sindicalista como Baylot, estuviera al frente del equipo de París. «No hay peor cuña que la de la propia manera», dice el refrán. El imperialismo se apoya en los renegados, los desertores y todos aquellos que se oponen al comunismo en nombre del verdadero comunismo, del auténtico, como Boris Souvarine, uno de tantos intelectuales trotskistas que empezó a trabajar para la CIA desde su fundación. Otro renegado que cambió de bando para integrarse en el Plan Cloven fue Henri Barbé, un antiguo militante del PCF que se hizo colaboracionista bajo la ocupción nazi y luego fue reciclado para la CIA a cambio de un sueldo importante.

La tercera nota a destacar es una obviedad: este tipo de organismos clandestinos del Estado suele reunir en su seno a la peor escoria de la política burguesa, personajes siniestros como George Albertini, viejo fascista y director de Beipi, una una revista financiada por la CIA.

Otra pieza de las cloacas era Antoine Pinay, otro fascista, antiguo miembro del Consejo Nacional de Vichy que se encargó de la coordinación del Plan Cloven con el gobierno francés y acabó como presidente del propio gobierno.

Otra pieza de aquel inframundo fue Jean Paul David, dirigente del movimiento denominado «Paz y Libertad», creado en 1950 por la CIA y la OTAN para contrarrestar al Movimiento por la Paz, creado por la Kominform.

En 1951 Baylot, Albertini y Barbé ya utilizaban a los disidentes para atacar al PCF en su propio terreno, desmoralizar, confundir y lograr que los militantes desertaran. Clandestinamente la policía francesa estaba apoyando a los que difundían La Lucha, un periódico creado en 1949 por un renegado, el antiguo diputado comunista Darius Le Corre. Después de abandonar el PCF Le Corre fue reciclado por la SFIO, la socialdemocracia francesa, para trabajar en el equipo de Albertini como portavoz de un autodenominado «Movimiento Comunista Independiente» cuyo sustento no eran los militantes sino el dinero que llegaba de la CIA, unas cifras tan astronómicas que La Lucha imprimía su portada en color, algo inverosímil en aquella época.

Cuando los partidarios de Tito fueron expulsados del PCF, la CIA los condujo a aquel fantasmagórico «Movimiento Comunista Independiente». En las elecciones legislativas de junio de 1951 trataron de captar los votos del PCF presentando una lista que fracasó estrepitosamente al no lograr presentarse en más de dos circunscripciones ni reunir más de 7.000 votos.

Tras el fracaso por medio de Albertini la CIA se concentró en el periódico titista «Unir», dirigido por Jacques Courtois, cuyo verdadero nombre era Fernand Tocco, que ya entonces era un confidente de la policía francesa. En cumplimiento del Plan Cloven fue Barbé quien empezó a dirigir los pasos de Tocco, una manipulación que se prolongará hasta 1974, es decir, durante más de 20 años.

Al grupo «Unir» se le fueron sumando luego algunos trotskistas, convirtiéndose en el refugio de todos los desertores del PCF, el lugar en el que podían explayarse contra el comunismo, contra Stalin y contra la URSS, contar las interioridades, airear los trapos sucios, en fin, esparcir el morbo anticomunista. Ahora es mucho más común, pero en aquella época «Unir» fue una de las primeras experiencias en las que al reformismo derechista de Tito se le unió la histeria de los izquierdistas.

La revista comunista «France Nouvelle» ya destapó aquella trama en febrero de 1959 con un artículo que dio en el clavo con una precisión sorprendente, aunque entonces nadie le dio ninguna importancia, considerando que se trataba de las típicas imputaciones «stalinistas» carentes de todo fundamento. «Unir es un boletín policiaco por sus orígenes, por la persona que lo dirige, por sus patrocinadores, por sus fuentes de información y por sus métodos», dijo el PCF.

Los vigilados también vigilan y quien estaba mejor informado de las andanzas de Tocco era el PCF. El semanario comunista hacía un preciso retrato biográfico suyo. Había sido expulsado antes de la guerra de las juventudes comunistas. Entre 1941 y 1943 había trabajado para la Gestapo y los Renseignements Généraux, una especie de comisaría de información de la policía francesa. Luego, con el nombre de Jacques Gabin, se había incorporado a la legión SPER y al SNKK, dos comandos nazis de choque a los que Tocco siguió hasta Italia con Darnand, el jefe de las milicias fascistas.

No era la primera vez que Tocco quedaba desenmascarado. Bajo el nombre de Nollot en 1946 Tocco publicó en Perreux el primer número del boletín «Unir», antes de irse a Niza, donde fue nuevamente desenmascarado en 1951 con el nombre de Jean d’Érèbe. De vuelta a París Tocco se puso en contacto con Pierre Rostini, uno de los dirigentes de Paz y la Libertad, que pondrá a su secretaria a trabajar para Tocco en «Unir».

Los comunistas sólo cometieron un error: Tocco no estaba bajo las órdenes de Rostini sino de las de Barbé. Por lo demás, la revista comunista exponía detalles sorprendentes del grado de manipulación de los grupos oportunistas que hicieron de la lucha contra el «stalinismo» una manera de vivir holgadamente.

El boletín «Unir» se publicó por primera vez en Toulon en una imprenta socialista, y luego en Arras, la ciudad bastión de Guy Mollet, el jefe de la socialdemocracia francesa, mientras que la correspondencia que le dirigían los lectores pasaba antes por las manos de un policía marítimo jubilado, militante de los socialistas y secretario del ayuntamiento de un pequeño pueblo que servía como apartado de correos para borrar las pistas.

Entonces nadie hizo caso a los comunistas. Era la típica acusación «stalinista», fraguada sin pruebas para desacreditar a un luchador tan conocido como Tocco, que pudo seguir embaucando a la gente durante 20 años más, hasta que fue desenmascarado por tercera y última vez en 1974, fecha en la que huyó a Estados Unidos. El provocador desaparece y con él «Unir» desaparece también.

Fue el colmo de la sutileza lingüística, además de política: la CIA había creado «Unir» para dividir.

25 años de la caída del Muro de Berlín

Hoy se conmemora el 25 aniversario de la demolición del muro de Berlín, construido en 1961 por el gobierno de la República Democrática Alemana. El muro dividió la ciudad de Berlín en dos mitades, una capitalista de otra socialista, y la intoxicación imperialista siempre dijo que lo hicieron para impedir que los alemanes que vivían en la parte oriental escaparan a Berlín occidental y conquistaran así la libertad.

Es una verdadera estupidez. Antes de levantar el muro, miles de alemanes del este viajaban todos los días a la parte oriental para trabajar y por la noche volvían al este. ¿Por que no se quedaron en el oeste cuando pudieron hacerlo?

El muro fue construido por dos razones principales. La primera es que la parte occidental empezó a contratar en masa a los trabajadores altamente calificados de Alemania oriental, que se habían formado a expensas del presupuesto público de un país socialista. Esto se tradujo en una grave crisis de trabajo y producción en la parte oriental. El 27 de junio de 1963 el New York Times escribió que «a causa del muro, Berlín occidental ha sufrido económicamente la pérdida de cerca de 60.000 trabajadores cualificados que, cada día, dejaban su casa en Berlín oriental para llegar a su trabajo en Berlín occidental»(1).

La segunda es la Operación Splinter Factor, ideada por Allen W. Dulles, uno de los principales dirigentes de la CIA en Europa y, más tarde, su director. Se trataba de una violenta campaña de sabotaje y subversión desatada por la CIA contra todos los paises del este, pero especialmente contra Alemania oriental para contrarrestar la situación económica y administrativa en la parte occidental. Contando las redes nazis de un lado y otro del muro, la CIA dirigió tanto grupos terroristas como delincuentes al por menor para hacer la vida imposible a los ciudadanos del este y socavar su apoyo al gobierno socialista.

La CIA colocó explosivos y provocó incendios para destruir las fábricas, plantas de energía, astilleros, canales, muelles, edificios públicos y puentes. Descarrilaron un tren de carga, hiriendo gravemente a los trabajadores ferroviarios, prendieron fuego a doce vagones de otro convoy de carga, sabotearon las turbinas de una central de energía, que tuvo que cerrar, incendiaron una fábrica textil, envenenaron a 7.000 vacas de una cooperativa lechera, arrojaron jabón a la leche en polvo destinada a las escuelas infantiles…

Cuando detuvieron a un grupo terrorista, le ocuparon grandes cantidades de cantaridina, un veneno con el que querían envenenar los cigarrillos y causar estragos en las reuniones políticas. Trataron de interrumpir el Festival Mundial de la Juventud en Berlín oriental enviando invitaciones falsas, promesas de alojamiento y comida gratis, seguidas de un aviso de cancelación del acto, etc. Al fracasar el sabotaje atacaron a los participantes del festival con explosivos, bombas incendiarias y pinchando los neumáticos de los coches.

Falsificaron cartillas de racionamiento para crear confusión y descontento entre la población a causa de la escasez. Enviaron cartas falsas reclamando impuestos y falsificaron muchos documentos más del Estado para fomentar el caos y la huida.

La lista está muy lejos de ser completa. A lo largo de los años cincuenta, la República Democrática Alemana pusieron un sinnúmero de quejas, especialmente en la ONU, contra las potencias imperialistas por el espionaje y los sabotajes. Pidieron el cierre de los organismos de la parte occidental que eran responsables de dichas acciones criminales, incluso poniendo nombres y direcciones. Todas estas denuncias quedaron en letra muerta.

Al gobierno de Alemania del este no le quedó más remedio que controlar muy estrictmente las entradas en el país desde el otro lado.

El 11 de octubre de 1999 el diario USA Today escribió: «Cuando cayó el Muro de Berlín, los alemanes orientales imaginaron una vida en libertad donde los bienes de consumo serían abundantes y el malestar desaparecería. Diez años más tarde, sorprendentemente, el 51 por ciento de ellos dijo que eran más felices bajo el comunismo».

Fuente: William Blum: Killing Hope. U.S. Military and CIA Interventions Since World War II, 2004, pgs.57 y stes.

Kamo, el brazo armado del partido bolchevique

Juan Manuel Olarieta

Como Stalin, el bolchevique Simon Aryakovich Ter-Petrosian nació en Gori, Georgia, aunque era tres años más joven. Pero a diferencia de Stalin, Ter-Petrosian era de origen armenio. Ambos se conocieron cuando Stalin trabajaba en el Observatorio de Tiflis y Ter-Petrosian sólo tenía 19 años. Stalin le prestó la novela «Germinal» de Zola para que la leyera y, cuando su padre murió, ocupó su lugar: «el camarada Stalin es mi tutor», solía decir. Formaban parte de la brigada de hierro bolchevique en el Cáucaso, donde sus camaradas le conocían por el apodo de «Kamo».

Padeció su primera detención en 1903, aunque logró escapar de la cárcel al año siguiente, reincorporándose al Partido inmediatamente, como miembro de los comandos armados que dirigía Leonid Krasin, un ingeniero que fabricaba los explosivos en un laboratorio clandestino en Finlandia. «Kamo» se encargó de la compra de armas por toda Europa, así como de su transporte e introducción en el interior de Rusia.

En diciembre de 1905 resultó herido en un enfrentamiento armado con los cosacos. Le encerraron en el castillo de Metej, en Tiflis, donde fue torturado y obligado a cavar su propia tumba. Le llevaron dos veces al pie de la horca, antes de que se escapara de nuevo.

Al año siguiente se trasladó a Finlandia disfrazado de oficial del ejército, donde conoció a Lenin. En compañía de Krasin y vestidos ambos con uniforme del ejército ecuatoriano, compraron un cargamento de armas en Hamburgo que Ter-Petrosian trasladó al Cáucaso junto con un alijo de explosivos fabricados por Krasin. En el Cáucaso Ter-Petrosian dirigió varios asaltos a armerías y bancos, alguno de los cuales resultó fallido y estuvo apunto de perder su ojo izquierdo por la explosión imprevista de una de las bombas que portaba.

Los bolcheviques no sólo mantenían en secreto su actividad armada ante la policía zarista, sino también ante los mencheviques. Estaba a punto de celebrarse el Congreso de Londres, otro intento de unidad entre ambos grupos, y los mencheviques se oponían frontalmente a la lucha armada, especialmente las expropiaciones bancarias, que practicaban los bolcheviques.

Las acciones armadas no sólo salpicaban a los mencheviques sino a la propia socialdemocracia alemana. En un registro la policía descubrió en Berlín el almacén de papel que utilizaban los bolcheviques para falsificar dinero. Detuvieron a varios militantes y la prensa dijo que una parte de aquel alijo de papel se utilizaba para imprimir el periódico «Vorwärts» de la socialdemocracia alemana. Al unísono los reformistas, alemanes y rusos, respondieron insultando a los bolcheviques de la manera que hoy conocemos de sobra en España: anarquismo, terrorismo individual, delincuentes comunes…

En el mes de abril la dirección bolchevique (Lenin, Stalin, Krasin, Bogdanov y Litvinov) se reunió en Berlín para preparar el asalto al furgón blindado de Tiflis, la capital de Georgia. La información del traslado de fondos la llevaba Stalin. Se la había proporcionado Gigo Kasradze, un empleado del Banco del Estado, y Voznesensky, que trabajaba en la oficina de correos. Éste conocía la fecha exacta de un gigantesco movimiento secreto de dinero en efectivo previsto para el 13 de junio de 1907.

Al mes siguiente se celebró en Londres el congreso de unidad de la socialdemocracia rusa. Los mencheviques siguieron con su chantaje. No podían cambiar la línea política de los bolcheviques pero, al menos, podían impedir sus espectaculares golpes de mano. Al fin y al cabo las acciones armadas también les comprometían a ellos, que aún formaban parte del mismo Partido. Para ellos era una fuente de disgustos. A cambio de preservar una cierta unidad, lograron que los bolcheviques se comprometieran a abandonar la lucha armada y disolver los comandos guerrilleros.

Pero para los bolcheviques la lucha guerrillera aseguraba su supervivencia a largo plazo casi tanto como su programa. El asalto al furgón blindado de Tiflis era un operativo que, si salía bien, les podía asegurar las finanzas durante un buen periodo de tiempo. Pero exigía un despliege importante por parte de la «brigada de hierro» del Cáucaso y, por lo tanto, un enorme riesgo. De madrugada «Kamo» había llegado a Tiflis en una carroza, disfrazado de oficial del ejército zarista. En un bar de la capital georgiana llamado Tiliputchuri reune a un equipo de 20 bolcheviques armados con bombas y revólveres para enfrentarse a dos diligencias escoltadas por la caballería zarista.

Mientras algunos se distribuyen por la Plaza de Erevan, hoy llamada Plaza de la Libertad, para esperar la llegada del convoy, otros vigilan desde los tejados. Precedidas por el ruido de los cascos de los caballos, las dos diligencias entran en la Plaza procedentes de la oficina de correos. En la que va el dinero viajan también el cajero y el contable junto con dos escoltas armados. La otra está repleta de policías.

El asalto se inicia con el resplandor de una bomba que estalla, seguida por una potente detonación y luego otras nueve más que se escuchan en toda la ciudad. Las cristaleras de los escaparates y las viviendas caen en pedazos. Con los policías y militares el comando bolchevique emprende un frenético tiroteo. Uno de los bolcheviques intenta entrar en el furgón del dinero. En ese momento uno de los caballos se espanta, arrastrando al furgón, hasta que Kupriashvili, otro de los miembros del comando, le lanza una granada que le detiene.

Entonces «Kamo» se acerca con su carroza y otro miembro del comando, Chibriashvili, introduce en ella las sacas con el dinero, llevándose 341.000 rublos. Quedan dentro otros 20.000 rublos, de los que se apodera uno de los conductores del furgón, que luego será detenido por el robo. En su huida «Kamo» se cruza con un vehículo de la policía, que se detiene para advertirle de que tenga cuidado porque acaba de producirse un ataque armado.

Nunca se había producido una acción armada de semejante envegadura. Fue la portada de toda la prensa del mundo. El zarismo alertó a la policía y a los militares. Se produjeron redadas por todo el país, pero el comando logró romper el cerco.

El problema fue el botín. Del total, unos 90.000 rublos eran billetes pequeños, fáciles de poner en circulación. Pero el grueso estaba en billetes de 500 rublos y la policía disponía del número de serie. Guardaron los sacos en casa de unos amigos de Stalin, donde los camuflaron dentro de colchones para no levantar sospechas. «Kamo» logró sacar una parte a Finlandia, donde entonces vivía Lenin. Con otra estuvo comprando armas y explosivos por Bulgaria, Francia y Bélgica. Pero la policía zarista logró encontrar su pista y cuando se desplazó a Berlín, le detuvieron. Al registrar su maleta le encontraron armas y explosivos.

La caza a los bolcheviques se extendió por toda Europa. Varios militantes fueron detenidos cuando cambiaban los billetes de 500 rublos en Estocolmo, Munich y Ginebra. Lenin tuvo que abandonar Finlandia para trasladarse a Suiza. En París a Litvinov le sorprendió la policía con 12 billetes robados. Krasin y Bogdanov lograron enviar una parte a Estados Unidos. Lenin ordenó quemar el resto.

Los mencheviques montaron en cólera. Se sienten traicionados e insultan públicamente a los bolcheviques en la prensa: criminales, bandidos, terroristas… El escándalo trasciende a la II Internacional y al conjunto del movimiento obrero internacional. Chicherin, que luego fue ministro de Asuntos Exteriores de la URSS, abrió una investigación interna, de la que se desprendía que «Kamo» se disponía a colocar varios explosivos en la sede central de la banca Mendelssohn en Berlín.

Por consejo de Krasin, en la cárcel de Berlín «Kamo» simuló que estaba loco, por lo que después de un año y medio le extraditaron a Rusia, donde le volvieron a encerrar en el castillo de Metej, desde donde le llevaron a un siquiátrico del que volvió a escapar. Huyó a Alemania y luego escondido en un barco llegó hasta Paris, donde volvió a encontrarse con Lenin y con un panaroma muy desagradable: el partido bolchevique se había escindido. Lenin se fue por un lado y Bogdanov y Krasin por el otro. En lo personal fue una dura situación porque el georgiano se sentía «ardientemente ligado» a los tres, según escribió Krupskaia, la mujer de Lenin.

Pero había que continuar la tarea de comprar armas, así que «Kamo» se desplazó a Estambul donde fue detenido y casi inmediatamente logró ser liberado. De ahí pasó a Bulgaria, donde le ocurrió lo mismo: le volvieron a detener comprando armas pero Dimitri Blagoev, el fundador del comunismo ruso y búlgaro, volvió a lograr que le pusieran en libertad. Finalmente, le detienen en Tiflis en 1912 en un intento de expropiación de una sucursal bancaria. Le condenan a muerte pero, a última hora, le conmutan la pena por la cadena perpetua.

Ya no lograría volverse a fugar de la cárcel. No salió en libertad hasta la Revolución de Febrero de 1917. Cuando tras el triunfo de Octubre estalló la guerra civil, Ter-Petrosian se encargó de organizar la guerra de guerrillas en la retaguardia de los ejércitos blancos. Luego estudió en la Academia Militar de Moscú. En 1922 murió en Tiflis en un accidente de circulación cuando conducía una bicicleta por la calle.

En sus memorias Krupskaia le definió así: audaz sin límites, ingenuo como un niño y de corazón ardiente.

Dos líneas sobre el ‘integrismo’

N. Bianchi

Términos que forman ya parte del léxico y el diccionario político internacional son de sabor y cuño inequívocamente español como, por ejemplo, «liberal», «guerrilla», «pronunciamiento» o «quinta columna», casi todos de la España decimonónica. También «integrismo», vocablo que acuñó Ramón Nocedal (no confundir con Cándido, su padre) cuando, hacia el año 1888, fundó el Partido Integrista que, desgajado del carlismo, dejó a este escindido en dos facciones. El programa, diríamos hoy, del integrismo se basaba en el absoluto imperio de la fe católica «íntegra», condena del liberalismo (el de entonces de, por ejemplo, Stuart Mill, y no la ficción actual que funge de tal) como pecaminoso, vaticanismo a ultranza, negación de «los horrendos delirios que con nombre de libertad de conciencia, de culto, de pensamiento y de imprenta abrieron las puertas a todas las herejías y a todos los absurdos extranjeros».

Lo que de hecho propugnaban los nocedalistas era un Estado teocrático, inquisitorial (sic), republicano (o sea, que decirte «republicano» no te convierte automáticamente en «progresista»; también los falangistas lo eran y lo siguen siendo) y enteramente sometido a las consignas religiosas y temporales de Roma. Nocedal le rebasaba al propio Carlos VII, jefe de los carlistas, por la extrema derecha y en quien, incluso, advertía veleidades liberaloides.

Pero con los términos políticos acontece que su abuso no sólo los desgasta, sino que los generaliza y, así, «integrista» (o «radical») se puede confundir con islamismo o… comunismo.

Por cierto, el periódico de Ramón Nocedal desde donde vociferaba sus diatribas, se llamaba sintomáticamente, no sabemos si tautológica o como oxímoron, «El Siglo Futuro».

El vocabulario político internacional haciendo suyos españolísimas voces políticas y aquí hablando de «trending topics». De risa, por no llorar.

¡No me cuentes historias!

Nicolás Bianchi

Así, con esa expresión, suele despacharse a quien parece estar contándote una película, una mentira, una “historia”. La historia, con minúscula, como milonga. Tampoco el teatro se libra de estos desdoros. En las gradas de un campo de fútbol no es infrecuente oír, cuando un futbolista simula tirarse dentro de área rival para provocar un penalti inexistente, que ese jugador “ha hecho teatro”, o sea, no es real lo que hemos visto, aunque, a favor del teatro, diremos que la intención es engañar no tanto al espectador como al árbitro que es, realmente, quien “pica” (o no) y/o decide. Y, sin embargo, algo de teatro sí hay en estos lances. Está el público-espectador que juzga pero no decide, y los actores dizque el jugador que interpreta un “papel” con el fin de que otro actor, el árbitro, sea engañado. En cualquier caso, todos los personajes representan unos roles y cada quien “en su papel”.

Sucede parecido cuando se habla de “memoria histórica” o, como decía Maurice Halbswachs allá por 1920, ”memoria colectiva” o, como propusieron Fentress y Wickman, ”memoria social”. Están los historiadores como actores –y guionistas- de la función, luego el público que somos nosotros y, al final, o desde el principio, el árbitro como juez y parte. Por ejemplo, Garzón, juez estrella hoy estrellado, ese “Roy Bean”, como prohombre justiciero que levanta fosas y cunetas para hacer justicia a las víctimas de la guerra civil del bando republicano y antifascista. En Chile se le adora, en Euskal Herria se le odia y, en el Estado español, para la “izquierda” apesebrada y de pacotilla, de mentirijillas, los de la ceja, pasa por un héroe quien no va a hacer otra cosa que dar la última paletada de tierra a los muertos por la causa popular. Quien usurpa el papel de juez y árbitro al pueblo, que es soberano. Los papeles están cambiados.

La Historia, ahora con mayúsculas, son dos cosas, al menos: lo sucedido en el tiempo (los hechos acaecidos) y el relato de lo sucedido, o sea, cómose cuenta lo acaecido. Y quién lo cuenta. La historiografía se divide en dos hogaño y hodierno: la académica, otrosí profesional, que inaugurara Ranke, para quien “hecho histórico” y “verdad” son la misma cosa, como buen positivista finisecular (los “Annales” y el marxismo hablarían de la “historia condicionada” ergo la “verdad”), y la “historiografía mediática” vulgo historietas que contaba la periodista (¿) Victoria Prego en TVE “narrándonos” la Transición (modélica y exportable) en Hispanistán. La que vale es esta última contada deshistorizadamente y au dessus de la mèlee. La clave de bóveda fue este arquitrabe: callar lo realmente ocurrido (lo histórico) para no reabrir heridas (históricas) en pro de la reconciliación (lucha de clases abolida) de las “dos Españas”. Y que se piense –que se no piense- que Merlín fue un personaje real y Líster un futbolista. Lo nodal es la equidistancia, es decir, todos fueron culpables (en la guerra). Ambos bandos cometieron atrocidades. En los folletines había maniqueísmo, buenos y malos, igual que nos enseñaban los curas en el nacional-catolicismo. Hoy, no: todos fueron unos mal bichos. Conclusión: borrón y cuenta nueva, aquí paz y después gloria hasta que dure este tinglado de la antigua farsa.

¿Llamarán “terroristas” a los voluntarios de ETA en la historia de Euskal Herria dentro de veinte años? Menos mal que ya estaré picha arriba.

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