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Los rusos reciben al general libio Haftar en el portaviones Almirante Kuznetsov

El general libio Jalifa Haftar
El dia 11 de este mes el general libio Jalifa Haftar, dirigente del Ejército Nacional Libio, fue recibido en el portaviones ruso Almirante Kuznetsov, donde se entrevistó por videoconferencia con el Ministro ruso de Defensa Serguei Choigu.

En diferentes ocasiones hemos glosado aquí la personalidad del renegado Haftar, un antiguo colaborador de la CIA contra Gadafi que ha vuelto a cambiar de bando, por enésima vez, aunque en esta ocasión el viraje es muy significativo de la marcha de los acontecimientos en el Mediterráneo, algo que acabará afectando a España en un futuro inmediato.

En la Guerra de Libia el general Haftar, que ahora se hace llamar “mariscal”, es un tercero en discordia que acaba de saltar al primer puesto de la clasificación general y tiene muy claro lo que necesita para consolidarse en ese puesto: tiene que situarse del lado de Rusia porque la oscilación que se está produciendo en el centro de gravedad que empieza en Afganistán, pasa por Oriente Medio y se desplaza del Mediterráneo oriental al occidental.

En noviembre Haftar volvió de Moscú con un regalo importante debajo del brazo, según comentó hace unos días al diario italiano Il Corriere della Sera en una entrevista. El Kremlin se ha comprometido a que la ONU levante el embargo de armas impuesto a Libia a fin de que Rusia se convierta en su suministrador.

La explicación de Haftar al diario no podía ser más realista: como Libia está en guerra, las cuestiones políticas pasan a un segundo plano. El general también envolvía esa guerra en el marco tan actual de la lucha contra el terrorismo, lo que no deja de ser un subterfugio por su parte que le permite, de momento, aparcar sus diferencias con el llamado gobierno “de unidad nacional” de Fayez Serraj. Primero hay que ganar la guerra y luego ya hablaremos de política, decía Haftar al Corriere della Sera.

Claro que, una vez ganada una guerra, no tiene mucho sentido hablar de negociaciones, por lo menos en una situación de paridad.

Libia es un país destruido por la OTAN desde 2011, a donde ha llevado la guerra civil y el terrorismo lo mismo que a otras regiones del mundo. En 2014 se celebraron unas elecciones generales cuyo resultado no fue admitido por el Parlamento, que dominaban los yihadistas. A partir de entonces se formaron dos bandos. Los yihadistas instalaron su gobierno en Trípoli y el nuevo Parlamento instaló el suyo en Tobruk con el apoyo de la ONU.

En medio de la batalla que empezó a librarse a partir de entonces, apareció el Califato Islámico, que se instaló en Sirte, de donde fueron desalojados el pasado año.

En medio de la guerra fue pasado a un primer plano el general Haftar quien, aparte de enfrentarse a los yihadistas, considera que en el gobierno de Tobruk los Hermanos Musulmanes, a los que califica como terroristas, es decir, al mismo nivel que el Califato Islámico, tienen un peso excesivo.

La Guerra de Libia amenaza con desestabilizar todo el norte de África. Incluso los Emiratos Árabes Unidos han instalado una base militar en Libia, aprovechando el caos. El desenlace de la misma es uno de las mayores preocupaciones para Egipto, que quiere barrer de Libia a los Hermanos Musulmanes, por lo que apoya a Haftar. De Libia la guerra ha llegado hasta Mali, un país invadido por los imperialistas franceses en el mismo corazón de África.

Libia también llama a las puertas del Kremlin

Ahmed Maiteeq
El gobierno de unidad nacional de Libia, reconocido por la ONU, ha lanzado un llamamiento a Rusia para acabar con la guerra civil que asola al país desde que fuera destruido por la OTAN en 2011, con la participación activa de España, que entonces encabezaba el gobierno del PSOE de Rodríguez Zapatero.

El viceprimer ministro libio, Ahmed Maiteeq, reconoce la impotencia de su gobierno y de la ONU para poner de acuerdo a todas las partes enfrentadas. Por el contrario, asegura, Rusia mantiene buenos contactos con todas ellas y tiene uns postura ponderada, por lo que el gobierno libio saludaría cualquier iniciativa para abrir un diálogo político.

El actual gobierno, llamado de unidad nacional, se formó en 2015 a instancias de la ONU, aunque no ha logrado superar la fragmentación política del país, especialmente la que enfrenta al gobierno de Trípoli, al oeste, con Tobruk, al este.

En declaraciones a la agencia Bloomberg, el viceministro ruso de Asuntos Exteriores, Guennadi Gatilov, ha propuesto la entrada del general Haftar en un nuevo gobierno, ya que es un personalidad política y militar de primer nivel en la Libia actual.

El diplomático ruso ha manifestado también que Rusia está dispuesta a mantener contactos con todas las partes enfrentadas en Libia, comprendido el gobierno de unidad nacional.

Parece que a Rusia le va a corresponder la tarea de reparar el desastre que la OTAN ha causado en Libia y que la ONU no ha sido incapaz de abordar, entre otras razones porque está entre los responsables del desastre.

Si no se soluciona, el caos de Libia se puede extender a los países vecinos, especialmente Argelia, y a todo el Mediterráneo.

Ahora bien, que a todos los países del mundo con problemas les haya dado por llamar a las puertas del Kremlin, pone de manifesto que la diplomacia de Estados Unidos está muy cerca del vacío más absoluto. Sobre todo en el mundo árabe.

En 2007 Gadafi visitó en Madrid al entonces presidente del gobierno Zapatero. Hacía tiempo que, viendo la que se le venía encima, el dirigente librio reculaba para ganarse las simpatías de quienes, como Zapatero, se disponían a darle una puñalada por la espalda.

Mientras tanto, Gadafi compraba todas las armas que podía y los sicarios de la OTAN, como Zapatero, se las servían en bandeja. Cuando había que vender armas nadie se acordaba de que Gadafi era un dictador.

Durante el primer semestre de 2010 España vendió componentes de aeronaves por valor de 3,5 millones de euros al gobierno libio. El PSOE esperaba facturar 1.500 millones en la venta de material bélico a Libia.

Al año siguiente la Primavera Árabe estropeó un buen negocio a las traficantes españoles de armas. Primero les vendimos las armas y poco después se las destruimos con los bombardeos.

¿Por qué Sarkozy se empleó tan a fondo contra Gadafi?

Darío Herchhoren

La caída de Muammar Gadafi a manos de la potencias democráticas (recuerdo a Trinidad Jimenez ministra de AAEE de España, escandalizada porque Gadafi atacaba a su «propio pueblo») significó un punto de inflexión en la larga historia de intervenciones en África, y especialmente de Francia.

Libia era en tiempos de Gadafi el país donde mejor se vivía de toda África, incluyendo a Sudáfrica. La mejor sanidad pública, educación gratuita, viviendas baratas para los trabajadores, obras públicas de importancia como el riego en zonas desérticas donde se recogían cosechas de trigo y frutales, y sobre todo una proyección de Libia en la política africana, que amenazaba la hegemonía francesa que controlaba- y controla- a través del mercado común de África del sudoeste y de su miserable moneda el franco CFA, a lo que fuera en su momento el África occidental francesa.

La cada vez mayor influencia que Gadafi y Libia tenían sobre la Unión Africana, estaba poniendo en peligro la propia existencia del franco CFA, o franco africano manejado desde el Elíseo en París y este es el motivo fundamental del por qué Sarkozy el entonces Presidente Emperador de la República Francesa pone tanto empeño en acabar con Gadafi.

Muammar Gadafi, a pesar de sus extravagancias y sus incoherencias en materia política, estaba preparando lo que sería un golpe mortal contra el mercado de África del sudoeste, que abarca 16 países con 250 millones de habitantes, con la creación de un nuevo mercado que iba a abarcar a los paises africanos del norte de África, y a los susaharianos, y que iba a tener una nueva moneda, que iba a ser el dinar africano, con respaldo de oro que iba a ser depositado en el Banco Nacional de Libia en Trípoli.

Si esos planes de Gadafi se hubieran llevado a la práctica hubiera significado el mayor golpe de la historia que hubiera recibido el imperialismo francés en África desde el siglo XVIII. Pero para eso los países africanos debían repatriar sus depósitos en divisas que estaban en el Banco Nacional de Francia, y esto el gobierno francés no podía tolerarlo, so pena de que temblaran los cimientos de la propia economía francesa.

Los países del mercado común africano tienen depositados en bancos franceses (BNP Banco Nacional de París y Banco Nacional de Francia) más de 600.000 millones de euros, provenientes de las exportaciones de materias primas como el petróleo, el gas, los diamantes, el coltan, el cobre, el oro, la bauxita, la plata, y materias primas como los anacardos, los mangos, los plátanos, el café y el cacao.

Todo ese inmenso comercio y el manejo de los capitales que este genera están en manos francesas, y si el proyecto de Gadafi prosperaba todo lo anteriormente expuesto pasaría a manos de los gobiernos africanos. Era demasiado para Francia y para Sarkozy. ¿Qué se creen esos negros?, ¿cómo se atreven a separarse de nosotros, con todo lo que hemos hecho por ellos?

Seguramente que esas son las preguntas que se hicieron los demócratas franceses. Es realmente enternecedor ver la preocupación que tienen los imperialistas cuando se trata de proteger los derechos humanos. Sobre todo cuando son los propios. Es un derecho humano explotar salvajemente a un continente entero; es un derecho humano el robar el dinero de los africanos y en fin es un derecho humano el someter durante siglos a los pueblos de Africa.

Todo ese andamiaje estaba en peligro si Gadafi conseguía sus fines. Para acabar con él, era necesario desacreditarlo aireando sus extravagancias tales como que vivía en una «jaima» aunque con aire acondicionado ( Ya se sabe que un africano no puede tener calor; está acostumbrado a él) su guardia de jóvenes y bellas mujeres; su afición a portar pistolas de oro del calibre 7.65; sus regalos de caballos árabes pura sangre.

Recordemos que el inefable Aznar recibió uno de ellos. Y luego de todo ello, había que denunciar la falta de libertades que había en Libia, las persecuciones, torturas, falta de democracia, la existencia de un partido único, luego de todo ello el coro de imbéciles que como hemos visto en Madrid pintaban en las paredes «Otan no, Gadafi tampoco». Y para rematar la faena fabricar una oposición democrática que se levanta en armas contra el tirano, y los infaltables bombardeos democráticos para acabar con él. Moraleja: la intervención de los demócratas de la Otan, y especialmente de la aviación francesa, han destruido Libia, han ocasionado la muerte de ms de 50.000 seres humanos, y la desmembración del país que hoy tiene dos «gobiernos»; uno en Trípoli y otro en Bengassi.

Hace pocos días fue liberado el hijo mayor de Gadafi Seis al Islam Gadafi, y parece que hay posibilidades de reunificar el país bajo el mando de militares gadafistas y del liberado Gadafi hijo. Veremos ahora lo que dirán los maravillosos tertulianos. Y que se preparen los de Elf Aquitaine y los de Total; las petroleras francesas.

En Libia también ha triunfado la estrategia mediterránea de Rusia y China

El general Jalifa Haftar
Así de claro lo admite el general del ejército francés Jean Bernard Pinatel en un reciente artículo (*). La Batalla de Alepo ha tapado los importantes cambios que se han producido en Libia en un año, donde los imperialistas han vuelto a fracasar estrepitosamente. Obama ha reconocido abiertamente que Libia ha sido el “mayor error” de sus ocho años de mandato. El acuerdo de Túnez firmado hace dos años bajo los auspicios de la ONU, es papel mojado. Pero esta vez los imperialistas no tienen nadie a quien echar las culpas.

En Libia, como en los demás países árabes a los que ha llegado la OTAN, el Califato Islámico intentó establecerse, e incluso estuvo a punto de hacerse con las riendas, aunque fracasó después de cuatro meses de dura batalla en Sirte, su feudo, con la milicia Misrata.

Aprovechando ese enfrentamiento, el general Haftar y sus aliados de la milicia Zintan se han apoderado del gas y el petróleo, lo que acabará poniendo a Misrata bajo la férula del general. Como estos milicianos son el apoyo más importante del gobierno de unidad nacional creado en 2014 en Túnez, lo que se ha arruinando es el propio acuerdo. El general Haftar está apoyado por Egipto, Rusia y China.

Para orientarse en el laberinto de destrucción que la OTAN ha dejado en Libia, hay que conocer a las fueras en presencia.

La primera de ellas es la milicia Misrata que, con 20.000 hombres, es la fuerza militar más importante, de la que tratan de apoderarse los Hermanos Musulmanes con el apoyo de la inteligencia militar turca, aunque el mismo tiempo también mantienen buenas relaciones con Italia, la antigua potencia colonial.

La segunda es la milicia Zintan, que controla el petróleo así como las fronteras y el gran sur desértico. Protege al hijo de Gadafi, Seif Al-Islam, al que se niega a entregar a los imperialistas para que organicen con él la correspondiente payasada de “juicio”.

La milicia del general Haftar, el Ejército Nacional Libio, reagrupa a los elementos de las antiguas fuerzas regulares que a lo largo del año ha logrado erradicar a los yihadistas de Bengasi y, de rebote, acabar con el gobierno de unidad nacional de Fayez Sarraj.

En Libia el Califato Islámico es un refrito de veteranos que han combatido en las guerra de Irak y Siria. Unos 2.000 ó 3.000 yihadistas se establecieron inicialmente en Derna en 2015 con el nombre de Wilaya Barqa, bajo el mando de Abu Al-Mughirah Al-Qahtani.

Los yihadistas locales, incluido Ansar Al-Sharia, la filial libia de Al-Qaeda, vieron a esta milicia como una fuerza “extranjera” y la expulsaron de Derna, desplazándose hacia Sirte. En el norte de África su influencia nunca ha sido la misma que en Irak o Siria.

En mayo los imperialistas desencadenaron la Operación Al-Bunyan Al-Marsus (Estructura Sólida) para desalojarles de Sirte, para lo cual contaron con Misrata, con algunas unidades bereberes, con la aviación estadounidense y los comandos especiales de Estados Unidos y Gran Bretaña.

Además de prolongada, la batalla de Sirte fue muy dura, palmo a palmo y una verdadera sangría para Misrata. Aprovechando su debilidad el general Haftar desata en setiembre una ofensiva en la que se apodera de los puertos de Ras Lanuf, Es Sider y Brega y, sobre todo, del petróleo.

De rebote el avance de Haftar es una derrota para el gobierno de unidad nacional, la apuesta de los imperialistas para Libia, huérfano de cualquier clase de apoyo porque las masas, cualquier que sea su origen tribal, repudian el imperialismo y los países que los representan. Consideran que el presidente de dicho gobierno, Fayez el-Sarraj, no es más que una marioneta cuya tarea es entregar el petróleo a las multinacionales del sector, incluidas las españolas, que son quienes le apoyan.

Como es tradicional en los últimos años, la ONU ha quedado en evidencia con sus condenas a Haftar, un viejo agente de la CIA que ahora a donde viaja es a Moscú y que ha cortado el suministro de gas que ENI llevaba a Italia.

En Libia quien tiene el fusil y tiene el petróleo, tiene también el poder, al que todos deben pleitesía, incluidas las milicias de Misrata, que han cambiado al gobierno de unidad por Haftar, arrastrando consigo a toda una coalición como Al Fajr Libya.

Como en todas las guerras emprendidas por el imperialismo en los últimos años, Libia es un país absolutamente arrasado. Desde 2011 no ha habido ni un minuto de paz, pero quien va ganando la guerra es quien ha roto todas las quinielas de las grandes potencias, el general Haftar, dos veces renegado. Primero traicionó a Gadafi por la CIA y ahora traiciona a la CIA por Moscú.

(*) http://www.geopolitique-geostrategie.fr/analyse-de-la-situation-en-libye-a-loree-de-2017-2017

El momento del giro en la política exterior de Rusia

Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores
Juan Manuel Olarieta
A la vista de la intervención de Rusia en la guerra desatada por los imperialistas contra Siria, son muchos los que se preguntan por qué no hizo lo mismo en Libia, por qué no trató de impedir la caída de Gadafi. El mero planteamiento de la duda es muy interesante y quizá se podría responder diciendo que el motivo es que Siria no es Libia o, quizá más exactamente, que Siria no representa para Rusia lo mismo que Libia. Siria es el corazón de Oriente Medio y está a una hora de vuelo desde Rusia: forma parte de su zona de seguridad.

Para no caer en simplificaciones, hay que recordar aspectos ilustrativos, como el hecho de que Rusia no interviene en Siria desde el principio y que si entendemos por intervención, la intervención militar, ésta sólo se produce después de cuatro años de guerra. Tanto la caída de Gadafi como la de Bashar Al-Assad se inician con la Primavera Árabe, por lo que forman parte del mismo proyecto imperialista y basta recordar las declaraciones de los dirigentes rusos en 2011 para darse cuenta de cuáles eran sus posiciones entonces: decían lo mismo que los estadounidenses, o los británicos, o los franceses. No es, pues, de extrañar que algunos metan en el mismo saco a Rusia que a Estados Unidos, o a Francia, o a Gran Bretaña.

Pongamos el ejemplo de Lavrov para ver el vuelco en la política exterior rusa. En una entrevista a la radio Ejo Moskvy, el 4 de marzo de 2011 el ministro ruso de Asuntos Exteriores calificó el levantamiento en Libia como una “explosión popular espontánea” causada por las condiciones económicas internas del país y un ejercicio autoritario del poder. Así se pueden poner numerosos ejemplos de otros países árabes víctimas de la Primavera y otros dirigentes rusos, cuyas declaraciones eran intercambiables con las estúpidas que escuchábamos por aquí.

Por lo tanto, es evidente que en cinco años ha habido un cambio muy radical en la política exterior rusa. Lo que no puedo admitir, ni como hipótesis, es que Rusia no supiera quiénes estaban cocinando realmente las Primaveras Árabes, por lo que concluyo que entonces su política era la de seguir haciendo concesiones, que es la política más vieja y errónea que se conoce ante el imperialismo: la del Pacto de Munich, la de la división de Checoslovaquia, la del Anchluss de Austria, la de la guerra civil española…

Hace décadas que Rusia lleva haciendo concesiones al imperialismo. Es la esencia de su política exterior desde 1956, desde los tiempos soviéticos, la principal de las cuales fue suponer que la voracidad de Estados Unidos se apagaría desmantelando la URSS y el Pacto de Varsovia, la máxima prueba de “buena voluntad” por parte del Kremlin. Esa política rusa (y soviética) no sólo no ha frenado al imperialismo, sino todo lo contrario, ha estimulado su agresividad.

Al mismo tiempo, la política de hacer concesiones demuestra un factor muy importante en la situación internacional: que Rusia ha estado y está a la defensiva, por lo que el ritmo de los acontecimientos lo marcan en Washington.

Pero si eso es importante hay algo que lo es aún más: el objetivo militar y estratégico de Estados Unidos no son los países secundarios del escenario mundial sino Rusia (y China). Durante años Rusia ha tenido sobradas muestras de que Estados Unidos no va a parar jamás hasta lograr su destrucción (y la de China), un objetivo que, como se está demostrando, es independiente del régimen social existente en ambos países.

Dice el refrán que “a la fuerza ahorcan” y Rusia no hubiera cambiado nunca su política de concesiones si los imperialistas no se hubieran plantado delante mismo de sus narices, sobre todo desde del golpe de Estado fascista en Ucrania en 2014. El máximo ejemplo de ese cambio fue la anexión de Crimea. Por fin, los rusos habían dicho “basta”.

Por lo tanto, la Guerra de Siria está relacionada estrechamente con la del Donbas. A partir de 2014 Rusia se dio cuenta de que lo que el imperialismo estaba discutiendo en Siria no era un asunto regional, propio de los países árabes y de Oriente Medio, sino internacional: en Siria se juega el futuro de la propia Rusia y en cuanto el Kremlin se ha plantado, fulminantemente, el imperialismo ha padecido una de sus más severas derrotas desde 1945, sólo comparable a la de Vietnam.

En Siria la guerra sigue y es muy posible que los imperialistas no dejen que nunca llegue la paz, pero sus planes ya han fracasado… en parte, porque realmente el verdadero plan del imperialismo es la guerra misma. Tal y como hoy lo conocemos, el imperialismo sólo se puede sostener por la guerra.

El coronel Gadafi fue asesinado por un espía francés

Hace cinco años, el 20 de octubre de 2011, el coronel Gadafi fue asesinado a sangre fría por un espía francés con la complicidad del gobierno sirio, según informó el diario italiano Il Corriere della Sera la semana pasada (*).

Gadafi amenazó con destapar la financiación de la campaña electoral del presidente francés Nicolás Sarkozi en 2007 y el gobierno sirio trataba de mejorar sus relaciones con Francia.

Fue el espía francés y no los yihadistas libios quienes dispararon a quemarropa un balazo en la cabeza del dirigente libio. El magnicidio se produjo cerca de Sirte, donde Gadafi se había refugiado de la agresión de la OTAN.

No es la primera vez que se desmiente la versión oficial que de los hechos lanzaron los imperialistas para encubrir su intervención en los asuntos internos del país africano. No obstante, ahora es el antiguo Primer Ministro del gobierno de transición, Mahmud Jibril, quien confirma que los imperialistas estuvieron al principio y al final de la agresión contra Libia.

Jibril se ha referido al autor del asesinato de Gadafi como “un agente extranjero infiltrado en las brigadas revolucionarias”. El antiguo Primer Ministro libio ha realizado estas declaraciones en una entrevista a la cadena de televisión egipcia Dream TV, en El Cairo, donde participaba en un debate sobre la Primavera Árabe.

Hasta ahora en los medios diplomáticos de Trípoli el crimen estaba ampliamente reconocido, pero siempre en conversaciones privadas y, la mayor parte de las veces, ponían a la inteligencia militar francesa en el primer plano. Que Francia había matado a Gadafi de la manera más cobarde era, pues, un secreto de polichinela. Que el artífice del crimen había sido el presidente Sarkozi, era otro de los rumores más extendidos.

Es menos conocida la complicidad del gobierno sirio de Bashar Al-Assad. El dirigente de la inteligencia libia durante la época del gobierno de transición, Rami El-Obeidi, ha manifestado que tras la caída de Trípoli, la OTAN localizó el escondite de Gadafi entre el 20 y el 23 de agosto de 2011.

“Al principio se pensaba que había huido al desierto”, dice El-Obeidi, en dirección a la frontera sur de Libia. En realidad se quedó en Sirte con su hijo Mutassim, que dirigía las últimas unidades que combatían contra los imperialistas y mercenarios.

Desde Sirte llamó por teléfono móvil vía satélite a los colaboradores más cercanos que se habían refugiado en Damasco. Entre ellos estaba Yussef Shakir, director de la televisión libia, quien le proporcionó el número de teléfono a Bashar Al-Assad para poder comunicarse, el cual a su vez se lo entregó a los servicios secretos franceses, según El-Obeidi.

A cambio de la traición, Francia prometió al gobierno de Damasco que suavizaría la presión internacional contra Siria. Si lo que dice El-Obeidi al periódico italiano es cierto, a lo largo de cinco años Al-Assad ha tenido la oportunidad de aprender que Roma no paga a traidores.

Gadafi había financiado la campaña electoral de Sarkozi con el mismo propósito, para que el imperialismo dejara “en paz” a Libia, y tampoco lo consiguió. Son cosas que no se ganan con dinero. Aprenderlo les ha costado otros cinco años de guerra.

(*) http://www.corriere.it/esteri/12_settembre_29/gheddafi-morte-servizi-segreti-francesi-libia_155ed6f2-0a07-11e2-a442-48fbd27c0e44.shtml

El coronel Faragalla se ha vuelto muy discreto

Nicolas Beau

El coronel Faragalla, casado con una francesa, fue uno de los hombres más desconocidos y poderosos de la Jamariya [el régimen libio en la época de Gadafi].

El coronel Yahia Abdsalam Faragalla, denominado “Yayia” familiarmente, fue sin duda uno de los hombres clave de la relación franco-libia bajo Gadafi. Mediante sus veinticinco sociedades de import-export, este oficial del ejército del Aire controlaba una gran parte del comercio de petróleo, de alimentos, de piezas de recambios, de neumáticos y también de material sanitario. Francia era uno de sus socios privilegiados, y con motivos, este fiel a Gadafi se había casado joven con una francesa del sudoeste.

Dominando el francés a la perfección, el coronel Faragalla conocía muy bien a parte de la clase política tricolor. Curiosamente, nadie se ha interesado nunca por su suerte, ahora que sus días discurren tranquilos entre Tobruk y El Cairo, dos ciudades con mucha presencia de seguidores del desaparecido jefe del estado libio. Se le ve menos en París, en donde tiene una vivienda y en Tarbes, de donde es originaria su esposa.

El coronel adquirió sus galones mediante una brillante carrera en el ejército del Aire de Gadafi, convirtiéndose en uno de sus jefes. Cercano hoy al general Haftar, a quien conoció desde los años 70, este nostálgico de la Jamariya se deja ver a veces en Tobruk, en donde cuenta con algunas relaciones sólidas. Muchos de los pilotos del ejército de Haftar han estado formado parte de unidades a su mando. 

Pero su influencia en el reino del Guía procede sobre todo del papel clave que jugó en el seno de las estructuras tribales. La longevidad en el poder del jefe de la Jamariya está en gran medida ligada a su ascendiente sobre las tribus libias. La principal, los Uarfalla siempre estuvo en la agenda de Gadafi, que sabía cultivar bien a sus protegidos. El coronel Faragalla fue el gran tesorero de esta tribu, y de ahí el número faraónico de mercados que controlaba, en nombre de todos.

Hasta los últimos días, el coronel Faragalla puso todo su empeño en la batalla de Trípoli. Apenas una semana antes de la caída de Gadafi en agosto de 2011, los restos de invitados extranjeros fieles a la Jamariya se refugiaban en el hotel Corinthia, una impresionante torre en donde hoy se encuentra la embajada de Qatar. Entre ellos se encontraba el príncipe de Borbón-Parma, el ensayista belga Michel Collon y un puñado de hombres de negocios franceses y belgas que tenían sus asuntos en Libia. Unos guías fieles y convencidos de la victoria final les llevaban a los lugares destruidos por la OTAN.

Algunos de estos simpatizantes fueron a expresar su indignación a las cuatro cadenas de televisión que se mantenían en Libia, y para cantar las alabanzas del régimen. Es lo que hizo de buen grado uno de ellos, especialista de import-export, que nos ha contado su aventura, deseando mantener el anonimato. “Mi paso por las televisiones libias fue algo formidable, dice riendo, se me reconocía por la calle, y las muchachas me pedían en matrimonio”.

Ante su proclamado compromiso con Gadafi, los emisarios del jefe del Estado le prometían algunas compensaciones constantes y sonantes. Se le presenta en el hall del hotel el coronel Faragalla, quien en un francés perfecto le invita a una de las oficinas de sus sociedades, “Al Madmon Oil Services”, en la calle Sralia, el corazón de Trípoli. Nuestro hombre de negocios aceptó gustosamente.

Pero el coronel Faragalla no le recibe solo. A su lado está el jefe del Banco Central libio, Farhat Omar Bengdara, también miembro de la poderosa tribu de los Uarfalla y hoy en día refugiado en Turquía. Comienza la conversación.

“¿Creen ustedes que Gadafi puede ganar? Esta solo frente a la OTAN”
– “Seguro, los rusos no nos dejarán caer”
, quieren creer los dos hombres

Se llega a los asuntos serios. El jefe del Banco Central propone un contrato de barriles de petróleo. El otro no conoce nada, y estará más interesado en la entrega de contenedores de alimentos. “¿Contenedores?”, replica el coronel Faragalla. “Pero usted bromea; trabajamos con barcos completos”. Se despiden en excelentes términos, acordando volver a verse en Francia, en la bonita ciudad de Tarbes donde el coronel Faragalla residía de cuando en cuando.

Tras la caída de Gadafi las visitas a Francia del militar se han hecho cada vez más raras. ¿Por qué tanta discreción?

Fuente: http://www.mondafrique.com/discret-intermediaire-regna-commerce-entre-kadhafi-france/

Los imperialistas se han llevado 70.000 millones de dólares de Libia

Shukri Ghanem
Ian Hamel

El grueso de la fortuna mantenida por el fondo soberano libio, la Libyan Investment Authority (LIA) nunca fue devuelto al país.

Shukri Ghanem, nacido en 1942 en Trípoli, era uno de los guardianes de los secretos del régimen libio en los tiempos de Gadafi. Consecutivamente ministro de Petróleo y presidente de la National Oil Corporation, desertó en junio de 2011, cuando la primavera árabe se precipita en Libia, refugiándose en Viena, capital que conocía bien por haber representado a Trípoli ante la OPEP.

Allí es donde trabó confianza con Saif al-Islam Gadafi, segundo hijo del “Guía”, estudiante entonces en la capital austriaca. En cuanto a las operaciones financieras, continuó efectuándolas a través de Suiza, principalmente por Ginebra y Bale, mediante su hijo, Mohamed Ghanem, actualmente directivo del banco bareiní First Energy Bank.

El 29 de abril de 2012, Shukri Ghanem tuvo la desgraciada idea de zambullirse en las aguas negras del Danubio vestido, cuando no sabía nadar. ¡Curiosamente, la justicia austriaca descartó rápidamente la pista criminal, acreditando la tesis de accidente! […] Las autoridades austríacas prefirieron cerrar los ojos, al estar Trípoli financiando desde antiguo una de las formaciones políticas locales. Más claramente, según el diario Die Presse, se trataba del Partido Austriaco de la Libertad, una organización de extrema derecha.

“Para mí no existe sombra de duda. Shukri Ghanem, a quien yo apreciaba mucho, fue asesinado. Pero los austríacos no han sido claros en esta sucia historia”, se lamenta el asesor Pierre Bonard, que viene trabajando desde hace tiempo con los cercanos a Gadafi, antes de establecer contacto con el gobierno de Tobruk.

Una historia de familia

Justo antes de la sospechosa muerte de Shukri Ghanem, la justicia suiza se puso sobre la pista de sus múltiples transacciones financieras. Una investigación sobre su hijo, Mohamed, fue abierta el 30 de marzo de 2012 por “blanqueo de dinero” y “corrupción de funcionario público”. Comenzó con el bloqueo de la cuenta en la entidad UBS de la sociedad Goldent Petal, domiciliada en las islas Vírgenes a nombre de Mohamed Ghanem. Suiza, en colaboración con Noruega, descubrió un número incalculable de posibles evaporaciones bancarias.

El pasado septiembre, el periodista del cantón de Tessin Federico Franchini, en el mensual suizo La Cité, enumeró minuciosamente en un espeso dossier, todas estas conexiones libias. Retengamos solamente que las transferencias de Mohamed Ghanem pasan por la sociedad neerlandesa Palladyne, implantada en Países Bajos y administrada por Ismael Abudher, marido de Ghada Ghanem, hermana de Mohamed. ¡Una historia familiar!

Ismael Abudher es también sospechoso de cobros ilegales de intereses cometidos durante la entrada de la Banca Central libia y la Libyan Investment Authority en el capital de sociedades italianas.

La estampida hacia los petrodólares

Si Shukri Ghanem y su familia parecer estar felizmente forrados, lo más grave no es eso. También los bancos y las multinacionales se han aprovechado de las gangas. Remontémonos a 2004. Muamar Gadafi, que había recuperado contactos con los norteamericanos y recibido a Jacques Chirac, abandona definitivamente su rol de terrorista. Libia interrumpe los contactos que había establecido con Pakistán, a través de intermediarios suizos para conseguir la bomba atómica.

El dictador libio es acogido con los brazos abiertos en la comunidad internacional, tanto más cuando puede invertir miles de millones de dólares. Este maná pasa por dos fondos, la Libyan Investment Authority, que dispone de 70.000 millones de dólares y, en menor medida, la Libyan Africa Portfolio (LAP), dotada con 8.000 millones de dólares. La LAP, con sede en Ginebra, es presidida por Bachir Saleh Bachir, nacido en 1946, jefe de gabinete de Gadafi. Este francófono, dueño de una villa justo al lado del aeropuerto de Ginebra pero en el lado francés de Prévessin-Möens, es el hombre clave de las relaciones franco-libias.

El problema es que el entorno de Gadafi, considerado como pestífero, no conocía nada de las finanzas internacionales. Y cuando se lanza brutalmente el agua en 2006 para invertir petrodólares, les tomaron el pelo.

Los millones en sobornos

Entre los bancos que ofrecen sus servicios tenemos a Goldman Sachs y la Societé Generale. En mayo de 2015, el corresponsal en Londres de Le Monde escribía que estos dos establecimientos financieros “vendieron a la LIA muchos miles de millones de dólares de productos financieros, recogiendo unas comisiones muy jugosas. Pero con la crisis financiera estas inversiones se revelaron catastróficas”. Más grave aún, en el caso de Goldman Sachs se habla de fiestas sofisticadas en Marruecos, a gastos pagados, destinadas “a convencer a los empleados libios del interés de los productos financieros propuestos”.

Un boletín de información, Maghreb Confidential, comenta también los “muchos millones de inversiones confiados a Goldman Sachs y a la Societé Generale entre 2007 y 2009, y que se volatilizaron. Anas Buhadi, antiguo “Senior Investment Office” del fondo soberano libio, sería uno de los beneficiarios de esos atractivos viajes a Marruecos.

El mundo es pequeño. El hermano limpio de Anas, Hassan Ahmed Buhadi, es el actual presidente del consejo de la LIA, nombrado por el gobierno de Tobruk. Esperemos que saque a su hermano de este mal paso.

El error de los occidentales

La Libyan Investment Authority (LAP) también invirtió en minas en Jordania, finanzas en Argelia, petroquímica en Egipto, inmobiliarias en Italia y en el Reino Unido, así como en multinacionales como Lafarge y Orange en Francia, Siemens y Allianz en Alemania, Unicredit, ENI y Finmeccanica en Italia. Son fondos bloqueados, lo cual es grave. Para deponer las armas, los combatientes de las múltiples milicias con que cuenta hoy el país exigen ser indemnizadas, algo que no puede hacer el (o los) gobierno(s) libio(s), a falta de fondos financieros.

Las víctimas de los bombardeos occidente no han sido compensadas, y no reclaman globalmente más que 4.000 millones de euros. Como resultado, “sin este dinero, los combates no cesaron después de la caída de Gadafi”, denuncia el consultor francés Pierre Bonard. Sin indemnización, cada uno ha buscado cobrarse “en especie”, esta vez acaparando los pozos de petróleo.

De repente, el caos libio tiene un brillante futuro por delante.

Fuente: http://www.mondafrique.com/70-milliards-de-dollars-loccident-na-rendus-a-libye/

El papel de Estados Unidos en el asesinato de Gadafi (4)

Robert M. Gates, ministro de la Guerra
Con anterioridad, el presidente Obama había declarado que el coronel Gadaffi había perdido su legitimidad y se tenía que ir. Pero el presidente era cuidadoso al señalar que esa era la posición política de su administración, no su objetivo militar. “No vamos a usar la violencia para ir más allá de una meta bien marcada, como es la protección de los civiles en Libia”, había dicho Obama. Clinton añadió cinco días después de ser adoptada la resolución del Consejo de Seguridad que “no hay nada en ella sobre librarnos de nadie”, en declaraciones a ABC News.

La cuestión es si Libia sería hoy mejor si la OTAN no hubiera liquidado a Gadaffi antes de que él hubiera masacrado a los ciudadanos que apoyaban la democracia. El error no estuvo en deponer a Gadaffi, sino en la ausencia de un plan para el día después. Las tropas norteamericanas debieran haber sido mantenidas en Libia para ayudar…

¿Por qué publicar estos artículos dos días antes del Super Tuesday? El “poder inteligente” no siempre funciona, y Hillary ha cometido errores estratégicos. El presidente llevó al Pentágono a usar sus especiales capacidades militares para detener la temida masacre y, en el plazo de 10 días, ceder la operación a los aliados europeos y árabes. Un anónimo consejero describió este enfoque como “dirigir desde atrás”, manteniendo con los oponentes republicanos del presidente un contacto duradero. Pero Obama estaba decidido a que Libia no se convirtiese en otra prolongada guerra norteamericana. De hecho, su limitado objetivo se alcanzó mucho más rápido de lo planeado. “Básicamente, destruimos las defensas aéreas de Gadaffi y detuvimos el avance de sus fuerzas en tres días”, recuerda Rhodes, el consejero nacional de seguridad.

Pero la misión rápidamente evolucionó desde la defensa de civiles en Bengazi hacia la defensa de civiles allá en donde estuvieran. A medida que la rebelión se incrementaba y los ajenos a ella se hacían combatientes, el fin del juego se hizo aún más nebuloso. Los Estados Unidos y sus aliados se ajustaban cada vez más a uno de los bandos en lucha, sin un debate respecto a lo que este desplazamiento presagiaba. “Yo no recuerdo ninguna decisión específica que dijera ‘bueno, vamos a quitarle’”, dice Gates. Públicamente, decía “se mantenía la ficción” de que el objetivo se limitaba a desactivar el mando y control de Gadaffi. De hecho, el anterior secretario de Defensa dijo que “Yo no creo que pasara día en que la gente esperara no verle al mando en alguno de los centros de control”.

Dos de los principales consejeros de Clinton dijeron en entrevistas que albergaban dudas sobre la intervención, precisamente debido a los temores de que la coalición no seria capaz de detener algún cambio de régimen, sin ninguna posibilidad de manejar los resultados. Uno era Gordon, secretario asistente. El otro era Jeremy Shapiro, que se encargaba de Libia en el equipo de planificación de Clinton. Shapiro expresó sus preocupaciones al principal consejero de Clinton, Sullivan. “Una vez que te metes en una pelea en donde esencialmente decimos que ‘tenemos que detener a un loco para que no mate a decenas de millares de personas en su país’ ¿Cuándo paras?”. “Al final, la lógica se convierte en algo así como, Díos mío, el régimen de Gadaffi es una amenaza para los civiles”, añade. “No se requiere mucho para ir contra esto. Lo difícil hubiera sido lo contrario”.

Consideraciones militares de tipo práctico complicaron también la estrategia de Obama. Aunque sus orientaciones fueron que los Estados Unidos proporcionaran solamente aquellas capacidades que los aliados no poseían, no fue exactamente así: un continuo suministro de municiones de precisión, de combate y de búsqueda, rescate y vigilancia, según Petraeus.

En abril, el presidente autorizó el uso de drones y según un jefe rebelde, agentes de la CIA visitaron los campamentos rebeldes, “proporcionándonos interceptores de los movimientos de tropa de Gadaffi”. La escalada iba en contra de los deseos de Obama, y lo admitió contra sus convicciones, según Ross, antiguo funcionario del Consejo Nacional de Seguridad. Según él, Clinton estaba menos preocupada por el hecho de que “cada paso nos llevaba más hacia una pendiente resbaladiza”. “Su opinión era que no podíamos fallar en esto. Una vez decidido no podemos fallar”.

Cuando Jibril y sus acompañantes libios aparecieron en Roma en mayo para entrevistarse con Clinton, esperaban un encuentro de 10 minutos. Por el contrario, hablaron durante una hora. Los líderes de la oposición la habían proporcionado un informe estableciendo un futuro espectacular. Los partidos políticos competirían en elecciones abiertas, unos medios informativos libres apoyarían a líderes presentables y se respetarían los derechos de la mujer.

Retrospectivamente, Jibril reconocería que en una entrevista que era una “idea utópica”, bastante alejada de la realidad libia. Pero Clinton se había mostrado entusiasta, según los presentes, y ahora quería hablar con mayor profundidad sobre como hacer realidad aquellas visiones. “Ella dijo, y lo recuerdo muy bien, ‘Hagamos una tormenta de ideas sobre Libia’”, decía Mahmud Shammam, el portavoz del consejo rebelde. Los líderes de la oposición querían algo más inmediato. Querían armas. Pese a centenares de ataques aéreos, la lucha estaba estancada. Siempre que los rebeldes ganaban algo de terreno, las fuerzas gubernamentales lo recuperaban. Los rebeldes parecían incapaces de superar Brega, un puerto petrolífero en el camino a Trípoli, y esperaban que armas más sofisticadas de los norteamericanos inclinarían el balance. La Secretaria de Estado les estuvo escuchando. “Fue “muy paciente, muy agradable”, dice Shammam. “Siempre tenía una sonrisa”. Al final, sin embargo, lo rechazó.

Pero de regreso a Washington, en donde se estaba creando un cierto pánico sobre la parálisis de la guerra, Clinton defendió la causa de los rebeldes, según tres funcionarios de la Casa Blanca y del departamento de Estado que intervinieron en el debate secreto. La implicación militar norteamericana que Clinton había esperado finalizar en diez días se extendía durante meses, y el apoyo político estaba desapareciendo. Algunos miembros del Congreso estaban indignados por no someterse a la aprobación después de 60 días, tal y como la War Powers Act parecía exigir. Algunos antiguos partidarios de la intervención, incluyendo a Laughter, antiguo director de planificación de la Secretaria, se habían ido desilusionando respecto a los abusos contra los derechos humanos de los rebeldes. “No intentamos proteger a los civiles partidarios de Gadaffi”, había dicho Slaughter, quien había propuesto un acuerdo en el cual el coronel Gadaffi hubiera cedido el poder a uno de sus hijos.

La coalición internacional que Hillary Clinton había reunido estaba también fragmentándose. Rusia acusó a los Estados Unidos y a sus aliados de timadores, y la Liga Árabe hizo un llamamiento a un alto el fuego y a un acuerdo. “El cambio de régimen no era asunto nuestro en absoluto”, dijo en una entrevista Amr Moussa, que encabezaba la organización en aquel tiempo.

“Hubo un momento, sobre junio o julio”, recuerda Shapiro, el consejero del Departamento de Estado, “en que la situación sobre el terreno parecía paralizarse, y no estábamos seguros de que fuéramos a ganar, o a ganar lo suficientemente rápido”. Además, la estrategia norteamericana de dejar a otros países armar a la oposición era contraproducente, creando un desequilibrio regional que dañaría a Libia si los rebeldes ganaban.

Durante la primavera, la Administración Obama había mirado para otro lado cuando Qatar y los Emiratos Árabes Unidos proporcionaron a los rebeldes material de guerra, según Gates y otros. Pero Clinton había ido aumentando su preocupación, porque especialmente Qatar enviaban armas solamente a algunas facciones rebeldes: las milicias del sur de Misurata y algunas brigadas Islamistas.

Difícilmente podía Clinton pedir a Qatar la suspensión del envío si los Estados Unidos no iban a proporcionar ayuda, dijo un consejero del Departamento de Estado, “porque su respuesta sería ‘bien, pues estos chicos necesitan ayuda, y ustedes no se la dan’ “El punto de vista de Hillary Clinton, frecuentemente comunicada a su equipo, era que para tener influencia entre las fracciones de la oposición y los aliados árabes, había que tener ‘la piel en el juego’”, decía Ross.

El antiguo presidente Bill Clinton había declarado públicamente en abril de 2011 que los Estados Unidos no debieran abandonar el armamento de la oposición, y en correos a Sullivan, su consejero, su esposa mencionaba a contratistas privados que pudieran hacer el trabajo. Ross, hablando en términos generales, comentaba que ella frecuentemente consultaba a su marido.

Ahora, Clinton adoptó lo que un alto consejero denominó “el lado activista” del debate, respecto a la oposición a que Qatar armase a los rebeldes. Recuerda Ross que sus argumentos eran que “si no lo hacemos, suceda lo que suceda, nuestras opciones se hundirían, nuestra influencia se hundiría, y por consiguiente nuestra capacidad de cambiar cosas se hundiría también”.

Pero otros funcionarios eran cautelosos. El mando supremo de la OTAN, almirante James G. Stavridis habló al Congreso de “indicios” de Al Qaeda en el interior de las fuerzas opositoras. Donilon, consejero nacional de seguridad de Obama, alegó que la administración no podía asegurar que armas destinadas a los “denominados buenos chicos”, como los llamó un funcionario del Departamento de Estado, no cayesen en manos de los islamistas extremistas.

De hecho, había razones para preocuparse. El mismo Jibril describió en una entrevista cómo un cargamento francés de misiles y cañones se habría desviado, y como en un encuentro en junio el presidente Sarkozy estuvo de acuerdo en “pedir a nuestros amigos árabes” proveer con armas al Consejo Nacional de Transición. Pero, como dijo, el que entonces fungía como ministro de defensa, los desvió a una milicia dirigida por Abdel Hakim Belhaj, militante islamista que en su tiempo estuvo prisionero en una cárcel secreta de la CIA.

Clinton conocía los riesgos, pero también sopesó los costes de no actuar, según dijeron los consejeros. Le describieron como “cómoda” actuando a su manera sin tener seguridad de los resultados.

Al final, Obama adoptó su posición favorable, según los funcionarios de la administración que describieron los debates. Tras firmar un documento secreto convocando un gabinete presidencial, se aprobó una operación encubierta, incluyendo una lista de armamento. Los envíos y barcos fletados por los Estados Unidos y otros países occidentales llegaron generalmente a través del puerto de Bengazi y de los aeropuertos en el este de Libia, declaró un comandante de los rebeldes.

“Llegamos a hablar de Humvees, radares antiartilleros y misiles antitanques” recuerda un funcionario del Departamento de estado. “Por fin les estábamos proporcionando armas. Cruzamos la línea”. En parte impulsado por la decisión de armar a los rebeldes, el departamento de Estado reconoció al Consejo Nacional de Transición “como la autoridad gubernativa legítima en Libia”. Clinton anunció esta decisión el 15 de julio en Estambul.

“Aquel mismo día, nuestras tropas comenzaron a entrar en Brega”, recuerda Shammam. “Se lo dijimos a Clinton, y dijo, sonriendo ‘¡Bien!, es el único lenguaje que entiende Gadaffi’”.

Un mes más tarde, la Secretaria Clinton aparecía en la Universidad de Defensa Nacional con Leon Panetta, que había reemplazado recientemente a Gates como Secretario de Defensa. Ella alabó la intervención como un ejemplo de “poder inteligente”. “Por primera vez, ha entrado en acción una alianza OTAN-árabe, llevando a cabo acciones de ataque”. “Esta es exactamente la clase de mundo que queremos ver, en donde los demás no están al margen, mientras los Estados Unidos cargan con los costes, mientras cargamos con los sacrificios”. Panetta habló de que “se notaba que los días de Gadaffi estaban contados”.

Seis días después, el 22 de agosto, los esfuerzos acumulativos de la coalición internacional dieron sus frutos cuando unos rebeldes entusiasmados irrumpieron en los dominios de Gadaffi en Trípoli. El dictador aún estaba libre, pero su reino había terminado.

El viejo amigo de Clinton y consejero político, Sidney Blumenthal, que regularmente le enviaba orientación política e informes de la inteligencia sobre Libia, la urgió a capitalizar la caída del dictador. “Brava”, exclamó Blumenthal. Como siempre, pensaba en las ambiciones presidenciales de Clinton. “Tienes que ponerte delante de la cámara. Tienes que figurar en el registro histórico de este momento”. Debía de sentirse segura al emplear la frase “estrategia exitosa”, escribió. “Estás vengada”.

Fuente: http://www.nytimes.com/2016/02/28/us/politics/hillary-clinton-libya.html

El papel de Estados Unidos en el asesinato de Gadafi (3)

Y luego estaba la Secretaria Clinton. A principios de la presidencia de Obama, trabajó duramente para ganarse la confianza del hombre que la había superado en las difíciles primarias de 2008, y a veces mostraba ansiedad por verse separada de su círculo cercano. (En un correo de 2009, preguntaba a los consejeros: “He oído en la radio que esta mañana hay una reunión del gabinete. ¿Está ahí? ¿Puedo asistir?”)

Clinton había cultivado una relación estrecha con Gates. Ambos tendían a ser más halcones que el presidente. Ambos demostraron preocupación respecto a lo rápido que Obama quería retirar las tropas de Afganistán. Más recientemente, argumentaron que Obama no debiera precipitarse en retirar el apoyo a Hosni Mubarak, el líder egipcio metido en dificultades, a quien Clinton conocía desde los tiempos en que era primera dama.

Pero perdieron ante los consejeros mas jóvenes (los “bankbenchers”, “los del banquillo”, les llamaba Gates), quien según Gates, en los choques de la primavera árabe, decían “Presidente, tiene que estar en el lado correcto de la historia”.


En Libia, Clinton tuvo una nueva oportunidad de apoyar el cambio histórico que acababa de barrer a los líderes de los vecinos Egipto y Túnez. Y Libia parecía una fácil tentación, con sólo seis millones de habitantes, sin divisiones sectarias y lleno de petróleo. Pero el debate estaba viciado por unos informes de inteligencia superficiales. Altos funcionarios del departamento de Estado se las vieron intentado evacuar la Embajada norteamericana, temiendo que el líder libio usara a los diplomáticos como rehenes. No existía ninguna información respecto a si Gadaffi podía llevar a cabo sus amenazas, o en qué grado. “Nosotros, los Estados Unidos, no teníamos un especialmente bueno manejo de lo que estaba pasando en Libia”, declaraba Derek Chollet, un consejero del Departamento de Estado que pasó al Consejo de Seguridad Nacional cuando comenzó el debate sobre Libia, apuntando que los funcionarios americanos se basaban principalmente en las noticias de los medios.

Human Right Watch contabilizaría 350 manifestantes muertos antes de la intervención, y no los millares descritos en algunos medios. Pero, dentro de la administración Obama, pocos dudaban de que Gadaffi efectuaría lo necesario para mantenerse en el poder. “Desde luego, habría alineado los tanques y los hubiera enviado contra la gente”, dijo David H. Petraeus, el general retirado y antiguo director de la CIA. El principal consejero de política exterior de Clinton, Jake Sullivan, actualmente en su campaña, dijo que la opinión de ella era que “tenemos que vivir en un mundo de riesgos”. Evaluando la situación en Libia, declaro que “ella no sabía entonces de manera cierta, y nosotros tampoco, qué sucedería; únicamente que se daba un nivel de riesgo que exigía que contempláramos una respuesta muy fuerte”.

De esta forma, y tras algunas dudas iniciales, Clinton discrepaba de los demás miembros veteranos de la administración. La comparación con Biden era reveladora. Para el vicepresidente (según Antony J. Blinken, entonces su consejero de seguridad nacional y ahora Secretario de Estado) la lección de Irak fue crucial: “Biden lo denominaba no ‘el día después’, sino la década después”. “¿Cuál es el plan?” continuaba Blinken. “Se va a dar alguna clase de vacío, y cómo se va a llenar y qué vamos a hacer para llenarlo”. El refrán del antiguo Secretario de Estado Colin Powell sobre Irak (“Si lo rompes, ya es tuyo”) estaba muy presente.

Más decisorios para Clinton fueron dos episodios sucedidos durante la presidencia de su marido: el fracaso norteamericano en evitar el genocidio ruandés en 1994, y el éxito aunque tardío en unir una coalición militar internacional para evitar un baño de sangre después que de 8.000 musulmanes fueran masacrados en Sbrenica durante la guerra de Bosnia.

“Lo importante de Ruanda es que demostró el coste de la pasividad”, declaraba James B. Steinberg, quien fue representante de Clinton en julio de 2011. “Pero yo pienso que la razón de que Bosnia y Kosovo sean tan importantes es que demostraron que había maneras de ser efectivos y dieron lecciones de lo que funcionaba y lo que no”.

La misma tarde marzo en que el embajador Rice estaba diciendo a su colega francés en las Naciones Unidas que se apartara, el presidente Obama y su gabinete de seguridad están sentados en la Casa Blanca. Hablando desde la pantalla de vídeo desde El Cairo estaba la Secretaria Clinton, recién llegada de París. El día anterior en un almuerzo con el presidente Sarkozy, se mostró “decidida, agresiva” respecto a la intervención en Libia, el “perfecto aliado” recordaban el consejero diplomático de Sarkozy, Jean-David Levitte.

Pero ahora Clinton ya no animaba directamente a Obama a intervenir en Libia; y tampoco realizó ningún apasionado alegato moral, según muchos presentes en la reunión. Por el contrario, describió a Jibril, el líder de la oposición como “razonable y notable”. Transmitió su sorpresa por el hecho de que los líderes árabes no solo apoyaban la acción militar, sino que en algunos casos, estaban decididos a participar. Pero, principalmente, avisó de que franceses y británico llevarían a cabo sus propios ataques aéreos, solicitando potencialmente participar a los Estados Unidos si las cosas fueran mal.

Dennis B. Ross, entonces experto sobre Medio Oriente en el Consejo Nacional de Seguridad, recordaba cómo pensaba mientras la escuchaba: “Si está abogando por algo, lo hace de una forma que describiría como muy inteligente”. Recuerda cómo ella decía que “no veis que lo importante está ahí, y como eso tiene siempre un momento clave. Y nos quedaremos al margen, y no seremos capaces de darlo forma”. La visión de Clinton sobre un frente unificado árabe-europeo tuvo su influencia sobre Obama. “Porque el presidente nunca hubiera hecho eso por si mismo” dice Benjamin J. Rhodes, consejero nacional de seguridad.

Gates, entre otros, pensaba que el apoyo de Clinton era decisivo. Obama le comentaría privadamente en el despacho oval que la decisión sobre Libia fue de “51 contra 49”. “Siempre consideré que el apoyo de Hillary a la misión en Libia colocó al presidente del lado de los 51, en un enfoque mas agresivo”. Dado que los secretarios de Estado y de Defensa se oponían a la guerra, la decisión presidencial hubiera sido políticamente imposible.

Habiendo decidido actuar, Obama preguntó a los dirigentes militares sobre la efectividad de una zona de exclusión aérea, la respuesta militar a la que se inclinaba Europa. Cuando le dijeron que no impediría una masacre, Obama orientó su equipo al diseño de una nueva resolución de las Naciones Unidas más dura.

Aquella noche, Araud se sorprendió de recibir una segunda llamada de Rice: los Estados Unidos no solo apoyarían la intervención, sino que querían el apoyo de las Naciones Unidas para algo más que una zona de exclusión aérea. Araud comentó que el giro le había sorprendido tanto a él como a su colega británico que al principio sospecharon que era un truco.

Aún quedaba un auténtico obstáculo. Rusia bloquearía una resolución del Consejo de Seguridad mediante el veto. Clinton se había esforzado en desarrollar una buena relación con el líder ruso, Vladimir Putin, escuchando sus historias de clasificación de osos polares y seguimiento de tigres siberianos. “Su teoría sobre Putin es que es un hombre con algunas pasiones. Si compartes esas pasiones, tu capacidad para tratar y acordar con el se ve mejorada”, dijo un consejero de Clinton.

Pero la relación siguió siendo difícil, y la Secretaria de Estado discutía constantemente con su contrario ruso, Sergey V. Lavrov, quien, según escribió Clinton en sus memorias “Hard Choices” estaba inicialmente “radicalmente en contra de una zona de exclusión aérea”. “No queremos otra guerra”, dijo a Lavrov, destacando que la misión se limitaba a proteger civiles. “Creo que ustedes no quieren otra guerra”, recuerda Hillary Clinton que respondió; “Pero eso no significaba que no vayan a encontrarse con una”. Finalmente, Clinton reconocería que el propio coronel Gadaffi le ayudó a vencer a los rusos, dando un orgulloso discurso precisamente antes de la votación del Consejo de Seguridad, denominando a sus oponentes “ratas” y manifestando su voluntad de buscarles “casa por casa, calle por calle”.

El 17 de marzo, diez miembros del Consejo de Seguridad votaron una resolución autorizando “todos los medios necesarios” para proteger a los civiles libios. Cinco países, incluyendo Rusia, se abstuvieron. Dos días más tarde, Sarkozy se entrevistó con Clinton y David Cameron, el primer ministro británico, en el palacio del Elíseo de Paris, a fin de discutir el próximo paso. El presidente francés destacó que en un día más o menos las tropas del coronel Gadaffi estarían dentro de Bengazi, mezclados con civiles, y dificultando e imposibilitando usar fuerza aérea contra ellos. Fue entonces cuando jugó sus cartas. Los aviones franceses estaban ya en el aire, dijo. Pero, añadió “esto es una decisión colectiva, y los diré que vuelvan si así lo quieren ustedes”, según declaró Levitte. La maniobra de Sarkozy había adelantado bruscamente el ritmo de la operación, y, para irritación de Clinton, ella no estaba preparada para objetar nada. “No voy a ser la que hizo volver a los aviones y produjo una masacre en Bengazi”, refunfuñó a un consejero. Y el bombardeo empezó.

Cuando dio inicio la campaña aérea, Charles R. Kubic, un contraalmirante retirado, recibió un mensaje de un alto militar libio, proponiendo unas negociaciones entre militares para un alto el fuego de 72 horas, que pudiera llevar a una salida pactada del coronel Gadaffi y su familia. Pero según dijo el contraalmirante, tras dirigirse al mando militar norteamericano para África se le indicó poner fin a las conversaciones. Las órdenes, le dijeron, “venían de fuera del Pentágono”, a pesar de los consejeros tanto de Obama como de Clinton manifestaron que la oferta nunca les había llegado. Quedó un tanto confuso por la falta de interés en explorar una opción que él consideraba que pudiera llevar a una transición menos sangrienta. “La pregunta que sigue en mi es por qué no se dio una oportunidad de paz durante 72 horas”.

La respuesta, al menos parcial, era que las dos partes habían partido de posiciones de mutua desconfianza. En las semanas previas a la intervención, los consejeros de Gadaffi habían contactado con potenciales intermediarios, incluyendo al general Wesley Clark, quien ejerció como mando de la OTAN durante el mandato del marido de Clinton y Tony Blair, antiguo primer ministro y antiguo amigo de Clinton. Diplomáticos representando a las Naciones Unidad, a la Unión Africana y una media docena de países discutieron las posibilidades, aún remotas, de un acuerdo político. Incluso el multimillonario ruso que dirigía la Federación Mundial de Ajedrez intervino. Hubo una “proliferación de diplomáticos”, declaraba Chollet, quien supervisaba las negociaciones desde el Consejo Nacional de Seguridad. Los norteamericanos no creían que los libios que representaban al líder pudieran proporcionar una transferencia de poder pacífica. Gadaffi, pensaban los norteamericanos, solamente usaría el alto el fuego como una oportunidad de reorganización.

“Mi opinión es que nunca hubo una oferta seria de Gadaffi de abandonar el poder”, dice Gene A. Cretz, quien precedió a Stevens como embajador norteamericano en Libia. “Creo firmemente que ninguna de las personas alrededor de él tenían el coraje para plantearle la cuestión personalmente”.

Para el líder libio y su círculo cercano, episodios como el que describe el almirante Kubic eran la prueba de que los norteamericanos no tenían intención de negociar, según indicaba Mohamed Ismail, alto consejero del hijo de Gadaffi, Seif, y frecuentemente diplomático en el exterior. “Simplemente querían librarse de Gadaffi”.

Los libios contemplaban la amenazadora intervención no como un acto salvador de vidas, tal y como Clinton lo presentaba, sino en términos mucho más negros. Al fin y al cabo, Gadaffi, temiendo el destino de Saddam Hussein, había abandonado su programa nuclear y estaba compartiendo información con la CIA en la lucha contra Al Qaeda. La misma Clinton había recibido a uno de los hijos del líder en el departamento de Estado, en 2009.

Ahora el coronel Gadaffi veía una profunda traición, ingratitud y venganza económica. Arengaba a todo el que quería oírle que Libia era el único baluarte contra el extremismo, y que sin él, el país se convertiria en un refugio de terroristas. Para mayor complicación, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas había acordado recientemente transferir los ataques contra las protestas a la Corte Penal Internacional, por lo que tanto el líder como su círculo cercano podrían enfrentarse a una acusación si dejaba el poder. “Estábamos abiertos a compartir el poder, pero en el momento en que sucedió era difícil ir mas allá”, decía Ismail. Un alto diplomático norteamericano estaba de acuerdo, indicando que la amenaza de una persecución “arrinconaba a Seif contra las cuerdas”.

A lo largo de los años, destacaba Ismail, Gadaffi había encontrado la forma de ofender prácticamente a todos los países que ahora se aliaban contra él. Había financiado a los opositores políticos y había sido acusado de conspirar para el asesinato del rey saudí. Y recientemente, había incumplido acuerdos sobre petróleo y armas con británicos y franceses.

Estaba también el Líbano, y el asunto del clérigo chiíta desaparecido. En 1978, un respetado imán libanés, Moussa al-Sadr, desapareció mientras visitaba Libia. Líbano sospechaba que se trataba de juego sucio, en el que probablemente intervenía el gobierno. Pero el misterio nunca quedó definitivamente resuelto. En una entrevista el Times, Ismail confirmaba las sospechas libanesas. “Dijimos que había ido hacia Italia”, Pero esto era mentira. “Fue asesinado”, declaraba Ismail, proporcionando una escalofriante y sucinta explicación “Tuvo una discusión con el líder”. Ismail dijo que se enteró de la suerte del clérigo mucho después de los hechos, y destacó que la familia de Gadaffi, incluyendo a su hijo ahora prisionero en Líbano, no tuvo ninguna relación ni conocimiento. Según manifestó, el cuerpo del clérigo fue arrojado al mar.

Fuente: http://www.nytimes.com/2016/02/28/us/politics/hillary-clinton-libya.html

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