El papel de Estados Unidos en el asesinato de Gadafi (3)

Y luego estaba la Secretaria Clinton. A principios de la presidencia de Obama, trabajó duramente para ganarse la confianza del hombre que la había superado en las difíciles primarias de 2008, y a veces mostraba ansiedad por verse separada de su círculo cercano. (En un correo de 2009, preguntaba a los consejeros: “He oído en la radio que esta mañana hay una reunión del gabinete. ¿Está ahí? ¿Puedo asistir?”)

Clinton había cultivado una relación estrecha con Gates. Ambos tendían a ser más halcones que el presidente. Ambos demostraron preocupación respecto a lo rápido que Obama quería retirar las tropas de Afganistán. Más recientemente, argumentaron que Obama no debiera precipitarse en retirar el apoyo a Hosni Mubarak, el líder egipcio metido en dificultades, a quien Clinton conocía desde los tiempos en que era primera dama.

Pero perdieron ante los consejeros mas jóvenes (los “bankbenchers”, “los del banquillo”, les llamaba Gates), quien según Gates, en los choques de la primavera árabe, decían “Presidente, tiene que estar en el lado correcto de la historia”.


En Libia, Clinton tuvo una nueva oportunidad de apoyar el cambio histórico que acababa de barrer a los líderes de los vecinos Egipto y Túnez. Y Libia parecía una fácil tentación, con sólo seis millones de habitantes, sin divisiones sectarias y lleno de petróleo. Pero el debate estaba viciado por unos informes de inteligencia superficiales. Altos funcionarios del departamento de Estado se las vieron intentado evacuar la Embajada norteamericana, temiendo que el líder libio usara a los diplomáticos como rehenes. No existía ninguna información respecto a si Gadaffi podía llevar a cabo sus amenazas, o en qué grado. “Nosotros, los Estados Unidos, no teníamos un especialmente bueno manejo de lo que estaba pasando en Libia”, declaraba Derek Chollet, un consejero del Departamento de Estado que pasó al Consejo de Seguridad Nacional cuando comenzó el debate sobre Libia, apuntando que los funcionarios americanos se basaban principalmente en las noticias de los medios.

Human Right Watch contabilizaría 350 manifestantes muertos antes de la intervención, y no los millares descritos en algunos medios. Pero, dentro de la administración Obama, pocos dudaban de que Gadaffi efectuaría lo necesario para mantenerse en el poder. “Desde luego, habría alineado los tanques y los hubiera enviado contra la gente”, dijo David H. Petraeus, el general retirado y antiguo director de la CIA. El principal consejero de política exterior de Clinton, Jake Sullivan, actualmente en su campaña, dijo que la opinión de ella era que “tenemos que vivir en un mundo de riesgos”. Evaluando la situación en Libia, declaro que “ella no sabía entonces de manera cierta, y nosotros tampoco, qué sucedería; únicamente que se daba un nivel de riesgo que exigía que contempláramos una respuesta muy fuerte”.

De esta forma, y tras algunas dudas iniciales, Clinton discrepaba de los demás miembros veteranos de la administración. La comparación con Biden era reveladora. Para el vicepresidente (según Antony J. Blinken, entonces su consejero de seguridad nacional y ahora Secretario de Estado) la lección de Irak fue crucial: “Biden lo denominaba no ‘el día después’, sino la década después”. “¿Cuál es el plan?” continuaba Blinken. “Se va a dar alguna clase de vacío, y cómo se va a llenar y qué vamos a hacer para llenarlo”. El refrán del antiguo Secretario de Estado Colin Powell sobre Irak (“Si lo rompes, ya es tuyo”) estaba muy presente.

Más decisorios para Clinton fueron dos episodios sucedidos durante la presidencia de su marido: el fracaso norteamericano en evitar el genocidio ruandés en 1994, y el éxito aunque tardío en unir una coalición militar internacional para evitar un baño de sangre después que de 8.000 musulmanes fueran masacrados en Sbrenica durante la guerra de Bosnia.

“Lo importante de Ruanda es que demostró el coste de la pasividad”, declaraba James B. Steinberg, quien fue representante de Clinton en julio de 2011. “Pero yo pienso que la razón de que Bosnia y Kosovo sean tan importantes es que demostraron que había maneras de ser efectivos y dieron lecciones de lo que funcionaba y lo que no”.

La misma tarde marzo en que el embajador Rice estaba diciendo a su colega francés en las Naciones Unidas que se apartara, el presidente Obama y su gabinete de seguridad están sentados en la Casa Blanca. Hablando desde la pantalla de vídeo desde El Cairo estaba la Secretaria Clinton, recién llegada de París. El día anterior en un almuerzo con el presidente Sarkozy, se mostró “decidida, agresiva” respecto a la intervención en Libia, el “perfecto aliado” recordaban el consejero diplomático de Sarkozy, Jean-David Levitte.

Pero ahora Clinton ya no animaba directamente a Obama a intervenir en Libia; y tampoco realizó ningún apasionado alegato moral, según muchos presentes en la reunión. Por el contrario, describió a Jibril, el líder de la oposición como “razonable y notable”. Transmitió su sorpresa por el hecho de que los líderes árabes no solo apoyaban la acción militar, sino que en algunos casos, estaban decididos a participar. Pero, principalmente, avisó de que franceses y británico llevarían a cabo sus propios ataques aéreos, solicitando potencialmente participar a los Estados Unidos si las cosas fueran mal.

Dennis B. Ross, entonces experto sobre Medio Oriente en el Consejo Nacional de Seguridad, recordaba cómo pensaba mientras la escuchaba: “Si está abogando por algo, lo hace de una forma que describiría como muy inteligente”. Recuerda cómo ella decía que “no veis que lo importante está ahí, y como eso tiene siempre un momento clave. Y nos quedaremos al margen, y no seremos capaces de darlo forma”. La visión de Clinton sobre un frente unificado árabe-europeo tuvo su influencia sobre Obama. “Porque el presidente nunca hubiera hecho eso por si mismo” dice Benjamin J. Rhodes, consejero nacional de seguridad.

Gates, entre otros, pensaba que el apoyo de Clinton era decisivo. Obama le comentaría privadamente en el despacho oval que la decisión sobre Libia fue de “51 contra 49”. “Siempre consideré que el apoyo de Hillary a la misión en Libia colocó al presidente del lado de los 51, en un enfoque mas agresivo”. Dado que los secretarios de Estado y de Defensa se oponían a la guerra, la decisión presidencial hubiera sido políticamente imposible.

Habiendo decidido actuar, Obama preguntó a los dirigentes militares sobre la efectividad de una zona de exclusión aérea, la respuesta militar a la que se inclinaba Europa. Cuando le dijeron que no impediría una masacre, Obama orientó su equipo al diseño de una nueva resolución de las Naciones Unidas más dura.

Aquella noche, Araud se sorprendió de recibir una segunda llamada de Rice: los Estados Unidos no solo apoyarían la intervención, sino que querían el apoyo de las Naciones Unidas para algo más que una zona de exclusión aérea. Araud comentó que el giro le había sorprendido tanto a él como a su colega británico que al principio sospecharon que era un truco.

Aún quedaba un auténtico obstáculo. Rusia bloquearía una resolución del Consejo de Seguridad mediante el veto. Clinton se había esforzado en desarrollar una buena relación con el líder ruso, Vladimir Putin, escuchando sus historias de clasificación de osos polares y seguimiento de tigres siberianos. “Su teoría sobre Putin es que es un hombre con algunas pasiones. Si compartes esas pasiones, tu capacidad para tratar y acordar con el se ve mejorada”, dijo un consejero de Clinton.

Pero la relación siguió siendo difícil, y la Secretaria de Estado discutía constantemente con su contrario ruso, Sergey V. Lavrov, quien, según escribió Clinton en sus memorias “Hard Choices” estaba inicialmente “radicalmente en contra de una zona de exclusión aérea”. “No queremos otra guerra”, dijo a Lavrov, destacando que la misión se limitaba a proteger civiles. “Creo que ustedes no quieren otra guerra”, recuerda Hillary Clinton que respondió; “Pero eso no significaba que no vayan a encontrarse con una”. Finalmente, Clinton reconocería que el propio coronel Gadaffi le ayudó a vencer a los rusos, dando un orgulloso discurso precisamente antes de la votación del Consejo de Seguridad, denominando a sus oponentes “ratas” y manifestando su voluntad de buscarles “casa por casa, calle por calle”.

El 17 de marzo, diez miembros del Consejo de Seguridad votaron una resolución autorizando “todos los medios necesarios” para proteger a los civiles libios. Cinco países, incluyendo Rusia, se abstuvieron. Dos días más tarde, Sarkozy se entrevistó con Clinton y David Cameron, el primer ministro británico, en el palacio del Elíseo de Paris, a fin de discutir el próximo paso. El presidente francés destacó que en un día más o menos las tropas del coronel Gadaffi estarían dentro de Bengazi, mezclados con civiles, y dificultando e imposibilitando usar fuerza aérea contra ellos. Fue entonces cuando jugó sus cartas. Los aviones franceses estaban ya en el aire, dijo. Pero, añadió “esto es una decisión colectiva, y los diré que vuelvan si así lo quieren ustedes”, según declaró Levitte. La maniobra de Sarkozy había adelantado bruscamente el ritmo de la operación, y, para irritación de Clinton, ella no estaba preparada para objetar nada. “No voy a ser la que hizo volver a los aviones y produjo una masacre en Bengazi”, refunfuñó a un consejero. Y el bombardeo empezó.

Cuando dio inicio la campaña aérea, Charles R. Kubic, un contraalmirante retirado, recibió un mensaje de un alto militar libio, proponiendo unas negociaciones entre militares para un alto el fuego de 72 horas, que pudiera llevar a una salida pactada del coronel Gadaffi y su familia. Pero según dijo el contraalmirante, tras dirigirse al mando militar norteamericano para África se le indicó poner fin a las conversaciones. Las órdenes, le dijeron, “venían de fuera del Pentágono”, a pesar de los consejeros tanto de Obama como de Clinton manifestaron que la oferta nunca les había llegado. Quedó un tanto confuso por la falta de interés en explorar una opción que él consideraba que pudiera llevar a una transición menos sangrienta. “La pregunta que sigue en mi es por qué no se dio una oportunidad de paz durante 72 horas”.

La respuesta, al menos parcial, era que las dos partes habían partido de posiciones de mutua desconfianza. En las semanas previas a la intervención, los consejeros de Gadaffi habían contactado con potenciales intermediarios, incluyendo al general Wesley Clark, quien ejerció como mando de la OTAN durante el mandato del marido de Clinton y Tony Blair, antiguo primer ministro y antiguo amigo de Clinton. Diplomáticos representando a las Naciones Unidad, a la Unión Africana y una media docena de países discutieron las posibilidades, aún remotas, de un acuerdo político. Incluso el multimillonario ruso que dirigía la Federación Mundial de Ajedrez intervino. Hubo una “proliferación de diplomáticos”, declaraba Chollet, quien supervisaba las negociaciones desde el Consejo Nacional de Seguridad. Los norteamericanos no creían que los libios que representaban al líder pudieran proporcionar una transferencia de poder pacífica. Gadaffi, pensaban los norteamericanos, solamente usaría el alto el fuego como una oportunidad de reorganización.

“Mi opinión es que nunca hubo una oferta seria de Gadaffi de abandonar el poder”, dice Gene A. Cretz, quien precedió a Stevens como embajador norteamericano en Libia. “Creo firmemente que ninguna de las personas alrededor de él tenían el coraje para plantearle la cuestión personalmente”.

Para el líder libio y su círculo cercano, episodios como el que describe el almirante Kubic eran la prueba de que los norteamericanos no tenían intención de negociar, según indicaba Mohamed Ismail, alto consejero del hijo de Gadaffi, Seif, y frecuentemente diplomático en el exterior. “Simplemente querían librarse de Gadaffi”.

Los libios contemplaban la amenazadora intervención no como un acto salvador de vidas, tal y como Clinton lo presentaba, sino en términos mucho más negros. Al fin y al cabo, Gadaffi, temiendo el destino de Saddam Hussein, había abandonado su programa nuclear y estaba compartiendo información con la CIA en la lucha contra Al Qaeda. La misma Clinton había recibido a uno de los hijos del líder en el departamento de Estado, en 2009.

Ahora el coronel Gadaffi veía una profunda traición, ingratitud y venganza económica. Arengaba a todo el que quería oírle que Libia era el único baluarte contra el extremismo, y que sin él, el país se convertiria en un refugio de terroristas. Para mayor complicación, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas había acordado recientemente transferir los ataques contra las protestas a la Corte Penal Internacional, por lo que tanto el líder como su círculo cercano podrían enfrentarse a una acusación si dejaba el poder. “Estábamos abiertos a compartir el poder, pero en el momento en que sucedió era difícil ir mas allá”, decía Ismail. Un alto diplomático norteamericano estaba de acuerdo, indicando que la amenaza de una persecución “arrinconaba a Seif contra las cuerdas”.

A lo largo de los años, destacaba Ismail, Gadaffi había encontrado la forma de ofender prácticamente a todos los países que ahora se aliaban contra él. Había financiado a los opositores políticos y había sido acusado de conspirar para el asesinato del rey saudí. Y recientemente, había incumplido acuerdos sobre petróleo y armas con británicos y franceses.

Estaba también el Líbano, y el asunto del clérigo chiíta desaparecido. En 1978, un respetado imán libanés, Moussa al-Sadr, desapareció mientras visitaba Libia. Líbano sospechaba que se trataba de juego sucio, en el que probablemente intervenía el gobierno. Pero el misterio nunca quedó definitivamente resuelto. En una entrevista el Times, Ismail confirmaba las sospechas libanesas. “Dijimos que había ido hacia Italia”, Pero esto era mentira. “Fue asesinado”, declaraba Ismail, proporcionando una escalofriante y sucinta explicación “Tuvo una discusión con el líder”. Ismail dijo que se enteró de la suerte del clérigo mucho después de los hechos, y destacó que la familia de Gadaffi, incluyendo a su hijo ahora prisionero en Líbano, no tuvo ninguna relación ni conocimiento. Según manifestó, el cuerpo del clérigo fue arrojado al mar.

Fuente: http://www.nytimes.com/2016/02/28/us/politics/hillary-clinton-libya.html

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