La web más censurada en internet

Etiqueta: Historia obrera (página 4 de 13)

Olga Benario, la vida heroica de una militante comunista

Olga Benario nació en Munich en 1908. Era hija de un abogado judío Leo Benario y de Eugénie Gutmann. Cuando tenía quince años ingresó en las Juventudes Comunistas y más tarde vivió en Berlín con Otto Braun, un escritor y militante comunista experimentado.

Ambos se destacaron en las luchas contra las bandas nazis de matones, hasta que fueron detenidos en 1927. Aunque ella fue liberada, Braun no, siendo acusado de «traición a la patria».

Un años después participó en el asalto a la prisión de Moabit, en pleno centro de Berlín, a punta de pistola, logrando liberar a Braun. Los persiguieron, las fotos de ambos circularon por toda la prensa alemana, se ofrecieron recompensas por pistas sobre su paradero, pero lograron fugarse a la Unión Soviética.

En 1931 se separó de Braun y se unió por un tiempo al oficial soviético B. P. Nikitin.

En la URSS se convirtió en oficial del Ejercito Rojo y recibió entrenamiento militar y político impartido por la Escuela Lenin en Moscú.

Participó activamente en la movilización de los sindicatos por el cumplimiento de los planes quinquenales.

En 1934 fue enviada desde Leningrado a Brasil por encargo de la Internacional Comunista, para apoyar la preparación de la insurrección. Viajó en compañía del dirigente comunista brasileño Luis Carlos Prestes, a quien el novelista Jorge Amado llama “El Cavaleiro da Esperança” en la extraordinaria novela “Los subterráneos de la libertad”.

Después se convirtió en su compañera y tuvo con él una hija, llamada Anita Leocadia.

En Brasil fundó la Alianza Nacional Libertadora, movimiento creado para preparar la insurrección contra el gobierno de Getulio Vargas. Fue un error. Ni Prestes ni la Internacional Comunista comprendieron el carácter nacionalista y progresista de aquel gobierno, y en 1935 promovieron la llamada “intentona comunista”.

El gobierno logró sofocarla y tanto Olga Benario como Prestes fueron detenidos. Pero Olga estaba embarazada y, poco después, fue entregada por el régimen de Getulio Vargas a la Alemania nazi.

Fue encarcelada primero por la Gestapo en la prisión de mujeres de Barnimstrasse, donde nació su hija, que por ser considerada brasileña, pudo ser reclamada por su abuela Leocadia. Con el avance del III Reich en Europa y el temor a que Anita volviera a caer en manos de los alemanes, Leocadia acompañada de su hija Ligia deciden trasladarse a México. Olga fue transferida al campo de concentración de Lichtenburg y luego al de Ravensbruck.

En la última carta que Olga le escribió a Carlos Prestes y a su hija se despide de ellos, con la certeza de que le quedaba poco tiempo de vida: «He luchado por lo justo, por lo bueno y por lo mejor del mundo… Quiero que me entiendan bien: prepararme para la muerte no significa que me rinda, sino saber hacerle frente cuando llegue».

En febrero de 1942, un poco antes de cumplir los 34 años, fue enviada al campo de exterminio de Bernburg, en donde fue asesinada en una cámara de gas.

Tanto en la antigua República Democrática Alemana como en el Brasil actual, muchas plazas y calles llevan su nombre. Fernando Morais escribió en portugués una biografía anovelada sobre la vida de Olga, llevada al cine en 2004.

Un diputado ruso quiere impedir el retorno del ‘stalinismo’

En Rusia los sondeos de opinión muestran que, a pesar de décadas de propaganda negra, Stalin sigue siendo el dirigente histórico más apreciado por la población, y lo que es peor: la popularidad de Stalin en las encuestas crece con el transcurso del tiempo.

Para conjurar este “peligro” el diputado de la Cámara Alta (Consejo de la Federación), Konstantin Dobrinin, propuso en setiembre del pasado año un proyecto de ley contra la rehabilitación de Stalin y de su actividad política al frente de la URSS.

Es bastante frecuente en todos los países: los parlamentarios niegan lo que las personas más desean. La Rusia actual no sólo mantiene bastantes referencias de la desaparecida URSS, sino que ha creado incluso algunos nuevos. Por ejemplo, a un reciente rompehielos lo ha bautizado con el nombre de “Lenin”. Pero el límite al que no puede llegar es Stalin. El georgiano resulta realmente indigesto.

El proyecto de ley del diputado Dobrinin se dirige “contra la rehabilitación de los crímenes del régimen totalitario de Stalin (estalinismo)”. Pretende que las informaciones justifiquen la represión estalinista se consideren extremistas y se prohíba su difusión.

Si no se combate el “stalinismo” la sociedad rusa corre el riesgo de padecer serios reveses. Para ello hay que continuar con el lavado de cerebro de los rusos, que últimamente estaba un poco descuidado. Dobrinin quiere que las instituciones públicas desplieguen más actividades en el seno de la sociedad para borrar el recuerdo de Stalin y crear una imagen diferente de la que los rusos conservan.

Para que vean cómo funcionan las cosas en la Rusia actual: el diputado se ha negado a conceder entrevistas a la prensa de su país para explicar los motivos de su propuesta. Sin embargo, el proyecto de ley va acompañado de una breve explicación que conviene conocer.

Según Dobrinin en los últimos años viene proliferando una propaganda cada vez más amplia que niega o justifica la “represión masiva” de la época de Stalin, lo cual contribuye a popularizar a los movimientos radicales que, a su vez, pueden “desestabilizar” la situación del país y favorecer el acceso al poder de fuerzas proclives a la represión masiva.

Un proyecto de ley de estas características no puede resultar más contradictorio porque, por un lado, dice que los “crímenes stalinistas” tuvieron una amplitud sin precedentes y marcaron a la sociedad soviética en su conjunto. Pero si eso sucedió tal y como lo describe Dobrinin y la historiografía burguesa del mundo entero, la sociedad rusa actual tendría una opinión muy negativa sobre Stalin que no sería necesario cambiar sino, en todo caso, ratificar.

El proyecto de ley de Dobrinin sobra porque tras el desmantelamiento de la URSS en 1990, es decir, hace 25 años, ya se aprobaron las leyes según las cuales hay que escribir la historia en la Rusia actual. Por supuesto, aquellas leyes fueron canónicas, es decir, repitieron el conocido reparto de papeles entre el verdugo (Stalin) y las víctimas (todos los demás) y, además, rehabilitaron a éstas.

Pero si la ley y la historia están tan claras en Rusia, ¿por qué aprobar una nueva? Porque a pesar de ellas la población rusa sigue llevando flores a la tumba de Stalin todos los días, porque su casa natal es el destino turístico más frecuentado de Georgia, porque en las bodas los convidados siguen cantando alabanzas a Stalin entre trago y trago… en definitiva porque no hay manera de erradicar la memoria de Stalin en la conciencia de las masas, ni en Rusia ni en ningún país del mundo.

La burguesía no se puede resignar ante esta realidad, ni tampoco ante la historia; le desagrada profundamente; quiere que todo ocurra de otra manera y sólo puede cambiar el pasado y el presente con un simulacro: aprobando leyes en un parlamento. No puede hacer otra cosa más que esa: aprobar nuevas leyes y esperar que se produzca el milagro.

El sucio historial de la CIA en Guatemala

Efráin Bámaca, guerrillero
La CIA tiene un largo y sangriento historial en Guatemala, como en el resto de América Latina. Pero fue en este país centroamericano donde la agencia empezó sus trabajos sucios en el extranjero, derrocando en 1954 el gobierno más democrático que Guatemala ha tenido en su historia. Muchos guatemaltecos se refieren aún a los gobiernos de Juan José Arévalo y de Jacobo Arbenz de 1944 a 1954 como los «diez años de primavera», porque durante aquella década gozaron por primera vez de educación pública, de salud y de derechos laborales.

Desde que la CIA derrocó al gobierno de Arbenz, ha tenido en su plantilla a algunos de los criminales guatemaltecos más notorios, muchos de ellos ubicados en las estructuras de la inteligencia militar, la G2. Asesores norteamericanos ha apoyado a la G2 en los interrogatorios, procesamiento de datos y el seguimiento de personas y vehículos.

Además, la CIA siempre ha trabajado muy de cerca con la inteligencia guatemalteca, acompañando a agentes de la G2 en operaciones de secuestro, tortura y asesinato.

Desde siempre existió una amplia evidencia del trabajo sucio de la CIA en Guatemala y de sus vínculos con la inteligencia militar. Pero el 22 de marzo de 1995 se destapó la caja de los truenos en Washington y de inmediato, en Guatemala.

Aquel día el congresista estadounidense Robert Torricelli vinculó al coronel guatemalteco Julio Alpírez con el asesinato del dirigente guerrillero Efraín Bámaca, naturalmente actuando al servicio de la CIA.

Conocido en la clandestinidad como Comandante Everardo, Bámaca era un campesino analfabeto que se incorporó a la ORPA (Organización Revolucionaria del Pueblo en Armas), pasando 17 años de su vida en la clandestinidad. Fue detenido el 12 de marzo de 1992 durante un enfrentamiento con el ejército.

El coronel Julio Alpírez se encargó de su interrogatorio y de sus torturas, ayudado por dos miembros de la G2. Le asesinaron y luego le sepultaron clandestinamente.

El 30 de agosto de 1996 se presentó una denuncia ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos acusando a Guatemala de la desaparición, tortura y ejecución extrajudicial de Bámaca. La denuncia se resolvió el 25 de noviembre de 2000, condenando a Guatemala a reparar los daños causados.

50 años del golpe de Estado que masacró a un millón de comunistas en Indonesia

En la noche del 30 de setiembre de 1965 los imperialistas desencadenaron un golpe de Estado militar en Indonesia que derrocó al gobierno e impuso una dictadura militar que asesinó a un millón de militantes del Partido Comunista de Indonesia.

Indonesia, el país musulmán más poblado del planeta, era una colonia holandesa que conquistó su independencia tras la Segunda Guerra Mundial, después de cuatro años de guerra contra los imperialistas británicos y holandeses.

Bajo la presidencia de Ahmed Sukarno, el país pasó a formar parte del bloque de países no alineados, estableciendo estrechas relaciones con los países socialistas. Ante una situación muy comprometida, Estados Unidos inició planes de desestabilización, especialmente dirigidos contra el Partido Comunista que, con sus 3,5 millones de militantes, era uno de los mayores del mundo.

Así lo demuestra la directiva 171/1 del Consejo de Seguridad Nacional de 1953, que era relativamente novedosa en las técnicas de los golpes de Estado contrarrevolucionarios. Se trataba de mantener una presión sostenida contra el gobierno de Sukarno y, al mismo tiempo, estrechar relaciones con el ejército.

En el terreno político, Washington nombra como nuevo embajador en Yakarta a Hugh S. Cumming y comienza a entregar grandes cantidades de dinero a partidos políticos, como el socialista y el Masjumi. Se trataba de segar el inmenso terreno sembrado por los comunistas entre las masas: los sindicatos, los campesinos, las cooperativas, los jóvenes, los estudiantes, las mujeres, la cultura… Aproximadamente las organizaciones de masas dirigidas por los comunistas encuadraban a unos 15 millones de personas.

En noviembre de 1957 los esbirros de la CIA tratan de asesinar a Cikini, un conocido dirigente político progresista. Al tiempo que asesina a unos, el imperialismo apoya a otros y promueve los movimientos independentistas. John Foster Dulles le indica a su nuevo embajador que no se debe atener de manera irrevocable a una política de preservación de unidad de Indonesia y arma al movimiento guerrillero PRRI-Permesta que asola Sulawesi y el oeste de Sumatra. Para reprimir los levantamientos armados, el gobierno de Sukarno tiene que apoyarse cada vez más en el ejército, convertido en un coto de colaboradores de la CIA. El 14 de marzo de 1957 se declara la ley marcial.

A partir del año siguiente, Estados Unidos aprueba un programa extraordinario de financiación y rearme del ejército indonesio, a cambio de promocionar en el escalafón militar a gorilas como el general Nasution que había dirigido la represión en 1948 contra los comunistas en Madiun. Fue la primera vez que se ensayó la técnica del contragolpe de Estado fascista, ya conocida en la guerra civil española y que luego se pondría en práctica en Chile en 1973: los militares dan un golpe de Estado para evitar que el golpe lo den los comunistas, salvando así al país. Es la justificación perfecta. La represión de Madiun también se basó en una provocación previa de los militares, que luego justificación de ese modo el baño de sangre subsiguiente.

La técnica del contragolpe de Estado va acompañada de una amplia campaña de propaganda sobre el inminente “peligro comunista” para mantener alerta permanentemente a la población. En esta función los periodistas y los universitarios juegan un papel importante, ya que son quienes tienen que escribir en los periódicos o hablar en la radio. También el Partido Socialista desempeña a la perfección el papel socialfascista que ya había ensayado en Europa anteriormente. Los partidos reformistas engañan con sus etiquetas “de izquierda” y sus “reivindicaciones”. Con excepción de algún exaltado, nadie podría decir que, en realidad, son cómplices de la peor reacción, de los militares y de los fascistas. Nadie sabe tampoco que se trata de organizaciones creadas y financiadas por la CIA.

En Indonesia el papel de la intelectualidad reaccionaria la cumplen Joop Beek, un jesuita anticomunista holandés, que explota las contradicciones entre una minoría dirigente cristiana y una mayoría musulmana explotada, así como Guy Pauker, profesor de la Universidad de Berkeley y consultor de la Rand, que desempeña el papel de enlace entre los socialistas y los golpistas emboscados dentro del ejército.

Con el creciente protagonismo militar, los altos oficiales asociados a la CIA acaparan los cargos de los aparatos del Estado. Entre ellos destaca también el general Mohammed Suharto, cuya “formación” procede de las academias militares imperialistas, quien emprende una profunda reforma de los órganos de dirección del ejército indonesio, así como de la escuela, donde se impone una nueva doctrina estratégica llamada “guerra territorial” elaborada por Pauker que pone la lucha contrainsurgente en el centro de las tareas militares, especialmente la destrucción del Partido Comunista.

Además los imperialistas implementan un vasto programa de “ayuda cívica” del ejército para edificar una infraestructura política capaz de erosionar el terreno de los comunistas entre las masas, tanto en las ciudades como en el campo.

Para poner en marcha el programa, en 1962 se instala en Yakarta una unidad del Miltag (Military Training Advisory Group) para adiestrar a las milicias civiles que servirían de unidades de apoyo al ejército en los barrios y aldeas, e incluso entre los funcionarios. Se trataba de crear un Estado paralelo al estilo de lo que Gladio estaba haciendo en Europa.

El general Suharto era un viejo renegado. Es lo que le había permitido trepar en la burocracia militar, a pesar de su condición de musulmán. Durante la Segunda Guerra Mundial ya había colaborado con el imperialismo japonés. Sabía luchar contra los suyos. Aunque nunca siguió cursos de formación en Estados Unidos, implementó eficazmente el programa de “guerra territorial” entre los oficiales del ejército afiliados al Partido Socialista.

El Estado paralelo que estaba forjando Estados Unidos en torno al ejército era imprescindible para aislar a los comunistas y, por lo tanto, para exterminarlos. También era imprescindible para segar la hierba bajo los pies del presidente Sukarno y sus apoyos más seguros dentro de los cuarteles, en especial del general Yani, jefe del Estado Mayor.

La culminación de los años de paciente trabajo de zapa del imperialismo culmina en la noche del 30 de setiembre de hace 50 años con un falso golpe de Estado llamado “Gestapu” que tenía por objeto impedir un golpe de Estado contra Sukarno. Los golpistas secuestraron a Aidit, secretario general del Partido Comunista para “salvar su vida”.

El 3 de octubre, con la misma excusa de impedir el golpe de Estado, el ejército inicia una agresiva campaña anticomunista atribuyendo la responsabilidad del mismo al Partido Comunista. Dos días después los primeros militantes comunistas empiezan a caer asesinados en las calles de la capital.

Siempre con la misma excusa de impedir el golpe, son asesinados seis generales a quienes también se les imputa la intentona.

No hay nada más confuso que un contragolpe de Estado, un golpe dentro de otro o dar un golpe de Estado para impedir otro. Hay un golpe ficticio y otro real. Se da un golpe Estado para sostener al mismo Estado, todo ello dentro de una maraña de conspiraciones clandestinas, que en España ya conocimos el 23 de febrero de 1981.

El portavoz de “Gestapu” fue el teniente coronel Untung, quien al día siguiente del golpe declara que el presidente Sukarno está a salvo bajo su protección, que han logrado salvar su vida y la de los seis general que iban a ser asesinados. También dice que habían evitado que el 5 de octubre un grupo de generales diera un golpe de Estado. Aquel día estaba previsto un desfile militar por las calles de Yakarta y el golpe real se anticipa a un golpe ficticio.

El contragolpe de Estado es una típica técnica fascista dirigida contra las organizaciones de la clase obrera y, principalmente, contra los partidos comunistas. Al mismo tiempo, la excusa de impedir el asalto al poder de los comunistas facilita la represión contra las masas, como se demostró tras la guerra civil española. El comunismo no es más que la excusa para desmantelar a los sindicatos y las organizaciones de masas.

Una de las tareas de Cumming en la embajada de Yakarta fue la elaboración de listados de ejecuciones masivas, que comprendían millones de personas. A pesar de la amplitud, lo mismo que en España o en Chile, la represión no fue indiscriminada, sino extremadamente selectiva. No se puede frenar un movimiento popular sin liquidar a las organizaciones que lo dirigen. Había que descabezar al movimiento organizado.

Naturalmente, el golpe siempre quedó en medio de la neblina típica sembrada por la intoxicación, las mentiras de la prensa y el ocultamiento, especialmente de los responsables últimos del baño de sangre que, como cabía esperar, no eran otros que los imperialistas. En 1990 el Washington Post recogió unas declaraciones de Robert J. Martens, antiguo miembro de la sección política de la embajada de Estados Unidos en Yakarta, el equipo de funcionarios y agentes de la CIA que durante dos años se encargó de elaborar la minuciosa lista de la masacre. Nada se dejó a la improvisación.

Las cifras de asesinados no se conocen, ni siquiera de una manera aproximada. De madrugada los ríos aparecieron literalmente cubiertos de cadáveres que flotaban sobre las aguas. En 1983 la CIA reconoció 250.000 asesinatos, pero Ralph McGehee, antiguo responsable del espionaje imperialista en Yakarta, ha elevado las estimaciones a una franja entre los 500.000 y el millón de asesinatos. Dos generales indonesios, como Sodomo y Sarwo Edhie, cercanos al golpista Suharto, dan cifras comprendidas entre los 500.000 y los dos millones.

Tampoco se conoce el número de encarcelados, aunque las cifras son del orden de un millón de comunistas, encarcelados sin juicio previo y deportados a la isla de Buru durante periodos que oscilaron entre los 10 y los 15 años.

No hay palabras para describir la ola de horror. Las mujeres comunistas fueron vejadas y violadas, muchos revolucionarios y sindicalistas murieron en el potro de la tortura, descuartizados, decapitados, despellejados en vida.

Lo mismo que en la guerra civil española, los comunistas no fueron los únicos represaliados. También lo fueron sus familiares, despedidos de sus trabajos, de sus viviendas e incluso de su nacionalidad, sometidos a una vigilancia permanente y obligados a subsistir como verdaderos parias. Utilizar expresiones como “clase obrera” en un artículo estaba penado con 12 años de cárcel por incitación a la “propaganda comunista”.

En 2000 el general Latief, comandante de una brigada de infantería en Yakarta, que fue encarcelado en 1965 y liberado 34 años después, confesó que Suharto conocía la conspiración contra el Presidente Sukarno, que siete generales fueron secuestrados la noche del golpe y luego asesinados y que la provocación no era más que un medio de aislar al Presidente e iniciar la caza de los comunistas.

Neville Maxwell, miembro del Instituto de Estudios Commonwealth, dio a conocer una carta dirigida a Bhutto, que entonces era ministro de Asuntos Extranjeros de Pakistán, por uno de sus embajadores en Europa en el narraba una conversación entre un responsable de la inteligencia militar holandesa y un miembro de la OTAN en la que aquel indicaba que Indonesia iba a caer “en el saco de Occidente como una pera podrida” como consecuencia de un golpe de Estado organizado por “los servicios de información occidentales”. La carta estaba fechada en diciembre de 1964, antes del golpe, y era bastante detallada. Consignaba también la técnica de la provocación con la que los medios de comunicación justificarían el baño de sangre, para lo cual se inventaría un golpe previo organizado por los comunistas.

La matanza la ejecutaron de manera metódica las milicias entrenadas por la CIA, la mayor parte de cuyos integrantes eran musulmanes. Se pareció también a la guerra civil española en que los verdugos estaban fanatizados por una concepción religiosa de “Cruzada”. Más que una lucha política, se presentó como la eliminación de los ateos.

La intoxicación le dio la vuelta a los acontecimientos, en la prensa, en la radio y en los libros de texto. Todavía hoy en las escuelas de Indonesia a los niños se les proyecta un documental imputando a los comunistas la responsabilidad del golpe. El embajador estadounidenses acuñó la expresión “carnicería comunista”, que ahora todos repiten para referirse al golpe de 1965. Lo mismo dicen los “historiadores” de casi todas las universidades del mundo entero. Las masacres subsiguientes fueron consecuencia de la ira espontánea de la población contra los comunistas.

La represión nunca es un acto único, sino una campaña de exterminio planificada y llevada a término a lo largo del tiempo. En Indonesia se prolongó durante más de 30 años. Desde la clandestinidad, el Partido Comunista continuó la lucha revolucionaria, lo cual acarreó represalias contra los presos políticos, que el régimen utilizó como rehenes. Entre 1985 y 1990 el general Suharto mató a 22 dirigentes del Partido Comunista que estaban encarcelados desde el golpe de Estado.

Después de la guerra civil española, el exterminio de los comunistas en Indonesia es la mayor masacre política de la historia, en proporción a la población. Los imperialistas nunca ocultaron su alegría. El embajador británico Andrew Gilchrist escribió a su Ministerio en Londres: “Jamás he ocultado que opino que algunos pelotones de ejecución en Indonesia son un preliminar indispensable para cualquier cambio efectivo”. Un año después, el embajador estadounidense le declara su apoyo al general Suharto: “Estados Unidos ve con buenos ojos y admira lo que hace el ejército”.

Los imperialistas lo celebraron por todo lo alto. El primer ministro australiano Harold Holt calificó la matanza como “una reorientación política”, y lo mismo escribió el New York Times. La revista Time escribió: “Es la mejor noticia que ha habido en Asia desde hace años”. Para News & World Report, Indonesia traía esperanza de Asia, un continente en el que la habían perdido. Bajo las botas del general Suharto, Indonesia se convirtió en un puntal del imperialismo en Asia. Margaret Thatcher escribió sobre su peón: “Uno de nuestros mejores y más preciados amigos”.

Una vez exterminados los comunistas, en noviembre de 1967 los monopolios internacionales se reunieron en Ginebra para repartirse el bocado de Indonesia: General Motors, Imperial Chemical Industries, British Leyland, British-American Tobacco, American Express, Siemens, Goodyear, International Paper Corporation, US Steel…

¿Quién llevó a Hitler al poder en Alemania?

Hitler en 1919, cuando era cabo
Desde 1945 muchos se han preguntado los motivos por los cuales Hitler, un oscuro cabo del ejército, pudo hacerse con las riendas de un país como Alemania. Para la historiografía burguesa Hitler es un personaje desconectado de la situación política y social en Alemania, de la crisis del capitalismo y de la clase social de la fue un fiel servidor.

Hurgan en la biografía para eludir la historia, pero ni siquiera así llegan a las claves del fascismo y la transición de la República de Weimar al III Reich. En mayo de 1919, Alemania había perdido la Primera Guerra Mundial y entre las filas de los derrotados estaba el capitán Karl Mayr, que dirigía la sección de inteligencia del ejército bávaro.

La derrota alemana coincidió con la Revolución de Octubre y el desarrollo incontenible del movimiento obrero, que obtuvo una victoria efímera en Munich emulando a los soviets durante algunas semanas. No es ninguna casualidad que Munich sea el centro del movimiento obrero y, al mismo tiempo, el lugar de nacimiento del partido nazi. En la lucha de clases, la revolución y la contrarrevolución ocupan el mismo lugar.

En medio de aquella refriega el capitán Mayr reclutaba agentes fiables para luchar contra el bolchevismo, es decir, tanto contra el poder soviético como contra la clase obrera local. Uno de sus primeros agentes fue Hitler, entonces un cabo del ejército de 30 años de edad.

Por lo tanto, desde el principio de la biografía de Hitler aparecen varias de las claves de lo que ocurriría después: Hitler formaba parte del aparato del Estado; era un militar reclutado para trabajar clandestinamente contra el movimiento revolucionario.

Había sido elegido representante adjunto de su Regimiento, por lo que era conocido dentro de los cuarteles y trabajaba en el contraespionaje. Investigaba la actuación de las tropas durante la etapa del gobierno revolucionario de 1919 a fin de proceder a una depuración de las tropas de elementos proclives al movimiento obrero. El Estado alemán trataba de impedir que se produjera una confluencia de los trabajadores con las tropas, como había ocurrido en Rusia en 1917.

Como decía Mayr, era un perro fiel, donde tan importante como lo de perro era lo de fiel. Sabía servir a sus jefes en el cuartel, que le enviaron durante una semana a la Universidad de Munich para hacer un cursillo de “instrucción antibolchevique”. Allí le dio clases un oscuro economista, Gottfried Feder, cuyos conocimientos no iban más allá de criticar al capital improductivo de los negocios judíos. Luego Feder siguió los pasos de su antiguo alumno y se convirtió en uno de los economistas del partido nazi.

Tras el cursillo, el capitán Mayr le envía al cabo Hitler para que espiara a los antiguos prisioneros de guerra, considerados como poco fiables. La operación se lleva a cabo en forma de un curso de instrucción política del ejército. Hitler convierte las lecciones en otras tantas arengas patrioteras y demagógicas que luego le hicieron famoso.

El cabo se convierte en un perrito faldero del capitán Mayr, que en setiembre de 1919 le envía a vigilar a uno de tantos partidos ultrapatrioteros que tanto abundaban entonces en Alemania: el Partido Obrero Alemán. Pero, como siempre en el mundillo del espionaje, tras el encargo había una segunda intención bajo cuerda. Se trataba de financiar secretamente con fondos del gobierno a dicho partido para desconcertar al movimiento obrero con una organización que se presentaba como “proletaria”, convirtiéndola en una fuerza de choque dirigida en contra de los propios trabajadores.

Hitler llevó a cabo tan puntualmente su tarea que, posteriormente, pasó a dirigir dicho Partido, convirtiéndolo en el embrión del NSDAP, el partido nazi. Por lo tanto, las organizaciones nazis no son nada diferentes de los aparatos del estado y, en particular, de sus más sucias cloacas, como el espionaje militar. Luego no se puede luchar contra un perro, los grupos fascistas, sin lugar al mismo tiempo contra el amo que sujeta las riendas, el Estado burgués.

Dentro de un partido “obrero” Hitler comienza como infiltrado del servicio de inteligencia del ejército, permaneciendo durante seis meses, hasta marzo de 1920. Entonces comienza a ser conocido en las tabernas de Munich, donde lanza sus fantasmales discursos antibolcheviques.

Pero a Hitler le faltaban más apoyos para llegar a la cumbre. Sin ellos se hubiera quedado relegado a la condición de espía cuartelero. El primero de ellos es el de la burguesía monopolista, que es muy selectiva y nunca hubiera admitido la presencia de un cabo mediocre sin la intervención de influyentes padrinos. Uno de los primeros padrinos fue el poeta reaccionario y antisemita Dietrich Eckart que, además de escribir, era un monopolista con un periódico a su disposición. No fue el único.

En aquellos primeros años de la carrera de Hitler desempeñó un papel fundamental Ernst Röhm, el jefe de los escuadrones SA del partido nazi. Röhm era un antiguo oficial del ejército que hacía de matón para la patronal en las manifestaciones obreras de Munich. Dirigía y pagaba a la escoria de mamporreros que boicoteaba las movilizaciones revolucionarias.

Lo mismo que Hitler y todas las bandas fascistas, Röhm no trabajaba por su cuenta. También tenía una doble condición: era un agente del ejército alemán que es quien pone el dinero para que Hitler compre su primer periódico. Con tan sólidos apoyos en la burguesía y el ejército, en 1923 el partido nazi llega a los 50.000 militantes, la mayor parte de ellos en Baviera.

Toda va viento en popa para aquellos primeros nazis y la euforia les hace cometer un error de cálculo: el intento de golpe de Estado de 9 de noviembre de 1923, del que aún no se ha relatado la parte fundamental, a saber, que dicho golpe no era responsabilidad de los nazis sino del ejército. Los primeros no eran otra cosa que la tapadera de los segundos. Los hilos fascistas se mueven siempre entre bastidores.

En el intento de golpe murieron 20 personas, entre ellos 4 policías. En cualesquiera otras circunstancias, un delito de esa naturaleza les hubiera costado a los autores una condena de por vida, pero lo mismo que el espionaje, la justicia burguesa tiene una doble vara de medir y el juicio se convirtió en una farsa. Hitler tenía el apoyo de una parte del Tribunal Supremo de Bavaria, que estaban de acuerdo con el golpe de Estado y trataron de ocultar a los verdaderos responsables en el ejército.

En tales circunstancias, la sentencia fue la que cabía esperar: sólo cinco años de cárcel para 20 muertos más un intento de golpe de Estado. Más allá de los papeles judiciales, la realidad fue aún más cruda: Hitler sólo estuvo 13 meses en la cárcel.

En tiempos de crisis el tiempo pasa tan rápido que el salir a la calle, nadie se acordaba ya de Hitler y nadie le necesitaba. En 1928 del partido nazi era marginal; sólo obtuvo el 2,6 por ciento de los votos.

La crisis del año siguiente les puso otra vez en la primera línea. La burguesía volvía a necesitar a su punta de lanza: los nazis. En 1930 los votos suben al 18,3 por ciento y dos años más tarde es el primer partido parlamentario con el 37,4 por ciento de los sufragios. Pero Hindenburg no quiere nombrar a Hitler al frente de la cancillería y a partir de ahí el partido nazi empieza a declinar. En 1932 pierde dos millones de votos.

El Führer todavía necesita de un último empujón por parte de la gran burguesía. En aquel delicado momento su padrino será el aristócrata Franz von Papen, que convence a Hindenburg para que entregue a Hitler las riendas del gobierno. No hay que tenerle miedo, le dice Von Papen a Hindenburg: “Lo tenemos bajo nuestro control”.

También para la gran burguesía, Hitler no era más que eso: otro perro fiel.

Entre el 27 de setiembre y el 1 de octubre

Hace 40 años, el 27 de setiembre de 1975, el fascismo llevó a cabo los fusilamientos de cinco militantes de ETA y el FRAP: Humberto Baena, Sánchez Bravo, Otaegi, Txiki y Ramón García Sanz. Fue la culminación de un verano de terror, de represión abierta que supuso una verdadera prueba de fuerza entre el régimen y las masas populares, especialmente, la clase obrera.

La calle estaba en plena ebullición. En junio la clase obrera había asestado el primer golpe serio a la política “democratizadora” del franquismo con el boicot a las elecciones del sindicato oficial. El régimen se sentía completamente acorralado y abocado a un colapso total, de ahí que intentara tomar la iniciativa antes de verse desbordado; y a tal fin lanza la cruzada terrorista del verano para intimidar a las masas y sacar a delante sus planes “democratizadores” a costa de la sangre y la muerte de los antifascistas.

Durante los meses de julio y agosto se produjeron detenciones masivas en las principales ciudades del país. La policía salió a la calle haciendo grandes alardes de fuerza, se produjeron tiroteos en Madrid y Barcelona donde fueron detenidos varios militantes de ETA y, en Ferrol, Moncho Reboiras cayó asesinado por los disparos la policía.

Complementando esta ofensiva terrorista del Gobierno, la prensa y la radio, puestas enteramente a su servicio, desataron una frenética campaña propagandística, del más puro estilo nazi, jaleando esta oleada de detenciones y de terror, al objeto de sembrar el pánico entre las masas trabajadoras para paralizarlas.

Pero también el régimen sufre las consecuencias de estos actos represivos siendo tiroteados varios policías y guardias civiles por los grupos armados revolucionarios y patriotas. Sin embargo, el gobierno no abandona por eso su política de terror.

El 22 de agosto de aquel año en el Consejo de Ministros celebrado en La Coruña presidido por Franco, el gobierno promulga un decreto antiterrorista que supone un estado de excepción en toda España y la sentencia de muerte de numerosos antifascistas. Así el régimen espera asegurar su continuidad por medio del terror sistemático, ejercido contra las masas y lanza a todas sus fuerzas represivas a la calle.

Aunque los medios de comunicación y los oportunistas a su servicio se afanan en decir que el 27 de setiembre de 1975 se produjeron los “últimos” fusilamientos del franquismo, en realidad, luego han seguido fusilando a los antifascistas de diversas maneras, una legales y otras ilegales. Entre 1975 y 1985 murieron unos 600 antifascistas de diversas organizaciones por disparos de la policía y otras acciones represivas.

En parte los franquistas lograron intimidar a los revisionistas y demás grupos oportunistas de izquierda. Hasta aquel verano habían convocado huelgas cada dos por tres para la reconciliación con los explotadores y criminales, pero entonces desaparecieron de la escena asustados.

Con la concentración fascista del 1 de octubre en la Plaza de Oriente, en Madrid, el régimen quería salir al paso de la oleada de protestas populares que a raíz de los fusilamientos, sacudió a toda Europa en solidaridad con la lucha antifascista y proseguir luego tranquilamente con su política. Pero ese mismo día, en las mismas calles de Madrid en las que querían celebrar los asesinatos, los GRAPO abatieron a tiros a cuatro policías.

El régimen quería golpear y resultó golpeado. Cuando le dieron la noticia de la acción, Franco no pudo terminar su discurso –que sería el último- y rompió a llorar en balcón del Palacio Real. Fue uno de los golpes más duro de su sanguinaria historia, declarándose desde ese momento en completa bancarrota, pues uno de sus principales objetivos, mantenerse mediante la política de terror, quedó claro que no se iba a conseguir y que, en lugar de aplastar al movimiento de resistencia con dicha política, éste se incrementaba y tomaba más fuerza.

Donde hay opresión siempre hay resistencia. Aquel verano de 1975 los GRAPO realizaron su primera acción armada, directamente dirigida contra la represión policial. Fue una de las acciones de mayor envergadura desde la desaparición de la guerrilla antifascista. Los GRAPO no reivindicaron entonces aquellas primeras actuaciones. No difunden su primer comunicado hasta el 18 de julio de 1976, casi un año más tarde, tras la explosión en todo el país de unas cuarenta bombas contra monumentos e instituciones fascistas.

La campaña desatada por el fascismo no fue una prueba de su fortaleza, sino un claro síntoma de su extrema debilidad. Bastaba con enfrentarla resueltamente para que se viniera abajo. Había, pues, que enfrentarla y fue enfrentada de la forma más valerosa. Nada más comenzar esta campaña terrorista del Gobierno, el 21 de agosto habían caído acribillados a balazos dos guardias civiles en las cercanías del Canódromo madrileño, en el barrio de Carabanchel. Ninguna organización reivindicó entonces este hecho.

La ofensiva terrorista del régimen alcanza su techo con los fusilamientos del 27 de septiembre, y es entonces, después de la tempestad desatada en toda Europa y en el momento mismo en que las huestes fascistas celebran la matanza del 27 de septiembre ante su Caudillo, cuando cuatro comandos actúan simultáneamente en distintos puntos de Madrid y abaten a tiros a otros tantos policías.

La sorpresa en las esferas oficiales ante esta cadena de acciones armadas es total, y no pueden disimular el pánico que les infunde. Evidentemente, el gobierno había fracasado en su intento de frenar mediante el terror y los fusilamientos la oleada de lucha popular que empieza a desbordarlo. Se vinieron abajo los últimos intentos de la oligarquía española destinados a mantener intacto para después de la muerte de Franco el régimen creado por él. Este régimen no sólo no era ya capaz de contener con los viejos métodos fascistas las grandes oleadas de la lucha obrera y popular, sino que, además, se mostraba muy vulnerable. Acosado por todas partes, corroído por sus propias contradicciones internas, con la perspectiva de una mayor agravación de la crisis económica y con un fuerte movimiento huelguístico de tipo revolucionario respaldado por todo tipo de acciones armadas, la política “aperturista” preconizada por Arias Navarro se vino abajo como un castillo de naipes.

El régimen se vio obligado a parar en seco su política represiva. Se anulan los procesos militares pendientes y se aceleran las negociaciones con la oposición domesticada para perfilar un nuevo marco político, con el objeto de romper su aislamiento y, sobre todo, hacer frente al movimiento antifascista.

La muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975 y la entronización inmediata de la monarquía borbónica arrastró consigo al gobierno Arias y su política aperturista, meses antes incluso de su dimisión formal en julio de 1976. Se derrumban los proyectos continuistas del franquismo, por lo que la oligarquía se ve obligada a retroceder, y ello en medio de la más aguda crisis de su régimen, de agravación de todas sus contradicciones internas y de una gran ofensiva de la lucha de masas acompañadas de acciones armadas guerrilleras.

Antes de desmoronarse definitivamente, el policía Arias formó un nuevo gobierno en el que incluía a personajes tan destacados en la represión y la demagogia del período anterior como Fraga, Areilza y Adolfo Suárez. Este nuevo gobierno hará algunas promesas de cambio y abundante demagogia. Trataron de continuar aplicando una nueva política. En el verano de 1975 los fascistas entendieron que no se podían mantener en el poder sólo con la represión y los fusilamientos; necesitaban algo más: la complicidad de los revisionistas, de los reformistas y los oportunistas de todos los pelajes.

Franco llorando el 1 de octubre de 1975

Billy El Niño, el feo rostro de la tortura

Llevaba años escondiendo su rostro porque tenía mucho que ocultar. Pero ahora le han cazado. Es Antonio González Pacheco, ‘Billy El Niño’, policía y uno de los torturadores más sanguinarios del franquismo y luego de la transición.

La última vez que un fotógrafo lo tuvo a tiro -de su cámara, se entiende- fue en 1979.
Este torturador nació el 6 de octubre de 1946 en la localidad
cacereña de Aldea del Cano y está casado con María Puerto Márquez Ramos,
de 55 años. Del matrimonio han nacido dos hijas: Teresa María González
Márquez, juez titular del juzgado de instrucción número 8 de Gavá
en Barcelona y de Silvia María González
Márquez, también licenciada en Derecho.

Como ven, los cargos franquistas pasan de generación en generación. La policía franquista no sólo se sucedió a sí misma, sino en el aparato judicial. El año pasado la jueza de la Audiencia Nacional que le tomó declaración a Billy a petición de Argentina no fue otra que Concepción Espejel, alias ‘Conchi’ para su amiga Cospedal, la compañera de pupitre que estudió Derecho con Rajoy, la del PP, la misma que quiere intervenir en el caso Gurtel a toda costa… Son siempre los mismos, antes y ahora.

El torturador está
en busca y captura internacional, ya que España sigue siendo, como
siempre, el paraíso de la impunidad. La orden la ha tenido que dar la
jueza argentina María Servini de Cubrín.

No fue un torturador del franquismo exclusivamente, como quieren aparentar ahora, sino también de la transición ya que permaneció en activo en la policía hasta 1984, cuando le contrataron como jefe de seguridad de la antigua fábrica de Barreiros en Villaverde, un barrio obrero de Madrid.

En 1996 fundó la empresa ‘Spas Consultores’, radicada en su
domicilio particular. Es una empresa de ‘servicios de prevención de
atentados y secuestros’ que fundó con otro sujeto parecido a él mismo: su antiguo jefe y comisario de policía Jesús
Martínez Torres. Ambos participaron activamente en la guerra sucia contra el movimiento antifascista.

Para los fascistas Billy es un héroe. En julio de 1979, días antes de que tuviera que declarar como testigo por
los asesinatos de Atocha,
un centenar de policías le arroparon con una
cena de homenaje.
En junio de 1977 el ministro de Gobernación (Interior), Rodolfo Martín Villa, le
otorgó  la Medalla al Mérito Policial con distintivo
blanco. La transición le ascendió y le aseguró una jubilación tranquila. 

100 años de la Conferencia de Zimmerwald

Karl Liebknecht
Este mes se cumplen 100 años de la Conferencia de Zimmerwald, que se se celebró entre el 5 y el 8 de septiembre de 1915 en Zimmerwald, un pueblo cercano a Berna, en Suiza, donde se reunieron 38 militantes de diversas organizaciones obreras de 12 países distintos, que se hicieron pasar por ornitólogos.

Era la primera que tenía lugar desde el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Cuando Karl Liebknecht se enteró de la convocatoria, envió desde la cárcel en Alemania una carta de saludo a la conferencia:

“No puedo estar allí porque me encuentro encarcelado y encadenado por el militarismo. Aún así, mi corazón, mi mente y todo mi espíritu están con ustedes.

Tienen dos tareas solemnes ante ustedes, una se desprende del deber y la otra desde el sagrado entusiasmo y la esperanza:
 

Un ajuste de cuentas inexorable con los desertores y traidores de la Internacional en Alemania, Gran Bretaña, Francia, y el resto del mundo.

Comprensión mutua, aliento y el estímulo para aquellos que son fieles a su bandera y han decidido no ceder una pulgada al imperialismo internacional, aun al precio de ser suprimidos. Y orden en las filas de quienes que estén decididos a aferrarse, mantenerse firmes y luchar con los pies firmemente plantados sobre las bases del socialismo internacional.

Los principios de nuestra actitud hacia la guerra mundial se pueden explicar brevemente como un caso especial de nuestra visión del orden social capitalista. En pocas palabras, espero que todos nosotros estemos unidos en esto.

La tarea es, sobre todo, establecer las conclusiones prácticas que se derivan de estos principios, y hacerlo sin vacilaciones en todos los países.

¡No a la paz civil! ¡Sí a la guerra civil!”

La idea de la reunión partió de los socialistas italianos, que no habían logrado reunir a la Segunda Internacional para que condenara la guerra como un choque entre los propios imperialistas.

La Segunda Internacional traicionó al movimiento obrero y tomó partido por la burguesía, el imperialismo y la guerra. Falló en el momento decisivo y el hilo de la continuidad revolucionaria con Marx y Engels quedó cortado. Había muerto, aunque nadie extendiera un certificado de defunción.

Frente a ella, en Zimmerwald no se logró una postura unitaria, abriéndose dos posturas. La mayoritaria es la típica de los reformistas que se niegan a romper con el imperialismo y quieren cambiar las cosas “desde dentro”. Eran pacifistas que querían resucitar la Internacional para lograr la paz.

La minoritaria eran los “derrotistas”, encabezados por Lenin, que consideraban que la Internacional estaba agotada y querían crear una nueva, enfrentada a la guerra y que llamara a reconvertirla en una guerra revolucionaria contra la burguesía.

Zimmerwald fue la primera repuesta de amplitud internacional del proletariado ante la matanza de los campos de batalla, ante la inmunda carnicería en la que el capital obligaba a participar a las masas de toda Europa.

Mientras el reformismo colaboraba con la burguesía en la gran matanza, el movimiento obrero empezó a levantarse. En Gran Bretaña, en febrero de 1915, comienzan las primeras grandes huelgas de la guerra. Al mismo tiempo estallan en Alemania los primeros motines contra el hambre, organizados por mujeres obreras que protestan contra el racionamiento.

La conferencia de Zimmerwald está llena de enseñanzas para la actualidad. La única diferencia es que la guerra imperialista aún no ha alcanzado a quienes duermen un sueño profundo y quieren adormecer a los demás. Son parecidos a aquellos reformistas que no se atreven a romper y que, finalmente, querrán llevar a las masas a nueva carnicería en nombre de la patria y de su defensa.

El franquismo esclavizó a la clase obrera

Pedro Serrano Solana
Víctor Peñalver eligió el pantano del Cenajo como objeto de la Tesina de Licenciatura que ha presentado en la Universidad de Murcia, y que le ha valido una calificación de Matrícula de Honor. Uno de los motivos por los que este joven investigador nacido en Cehegín se fijó en la gran obra hidráulica de los años 50, es el hecho de que el Noroeste murciano sea la única zona de la Región en la que no existe un monográfico dedicado a la represión franquista.

“El arranque de la investigación consistió en recabar testimonios orales, que son los que conservan la memoria colectiva de los hechos históricos, pero al mismo tiempo comencé a recopilar documentación de diferentes archivos”, cuenta Peñalver. Pronto constató que “las resonancias que el Cenajo había dejado en el recuerdo de los habitantes del lugar y los hechos que relataban estas personas, no casaban con lo que plasman los documentos oficialistas”. Mientras se encoge de hombros, reconoce que es algo “normal”: “Fueron las mismas autoridades del Régimen las que generaron esos documentos, así que…”

También se dio cuenta de la impronta que había dejado una fecha en el recuerdo de los murcianos: el 6 de junio de 1963. Aquel día Francisco Franco pasó rutilante por la Región de Murcia con su enorme séquito y sus fuertes medidas de seguridad para inaugurar el pantano del Cenajo. También acudieron las cámaras del NO-DO, que grabaron a las muchas autoridades civiles, militares y religiosas, y a los lugareños venidos de diferentes partes de la provincia con pancartas de apoyo y agradecimiento al Caudillo.

Hubo nervios, explica Peñalver, pero mucho más serios que los propios de un gran evento: los nervios de los técnicos responsables del pantano, porque era la primera vez que se accionaba la maquinaria de la presa. Ni siquiera se habían hecho pruebas de funcionamiento. Fieles al simbolismo y al ceremonial de la dictadura –hasta tal punto insensata-, debía ser el mismo Franco el que pulsara el botón por primera vez. Por fortuna todo salió bien y el Generalísimo pudo subirse de nuevo en su coche y marcharse entre vítores.

Cenajo: obra hidráulica y ‘experimento social’

Tanto en aquellos que lo vivieron como en los que lo han estudiado después, es conocida la política de grandes obras hidráulicas del Régimen y la figura de Franco inaugurando pantanos. Y de entre todos los que se construyeron en la época, el del Cenajo es especialmente importante: “Lo es por la magnitud de la obra y por la cantidad de personas que trabajaron en su construcción; fue la presa más grande de la época”, cuenta el historiador. “Lo que no se menciona tanto son los trabajos forzados”, añade.

El historiador destaca dos años: 1938 y 1944. En 1938 se creó el Patronato de Redención de Penas por Trabajo a iniciativa de un jesuita, lo que según Peñalver, supuso “la legalización de la esclavitud”. “Por un lado se trataba de un proyecto económico para rehabilitar la España destruida en guerra, y por otro era un experimento social como parte de un plan para implantar el ‘chip’ del movimiento”, analiza, e insiste en subrayar el concepto de “ingeniería social”, del que formaba parte capital la iglesia que se construía junto a los pabellones de los reclusos obreros. Del ‘tajo’ a la misa hasta cumplir la condena, o en el peor de los casos, hasta morir en la obra.

En cuanto a 1944, ese año fue cuando se revocó la condición de ‘condenado político’, de modo que todos los reclusos pasaron a ser considerados ‘presos comunes’. No se trataba a todos por igual, remarca Víctor, pero unos y otros podían integrar los llamados Destacamentos Penales al objeto de cambiar días de condena por días de trabajo: “Entre 1952 y 1957, por cada dos días de trabajo se restaban tres días de condena”, relata el investigador, “aunque al final la decisión dependía del director de la prisión”.

Por otro lado, se les pagaba un salario, aunque es necesario matizar: “En los documentos de 1957 consta que el sueldo era de siete pesetas, pero no lo recibían íntegro; se les descontaba la ropa, la alimentación, la sanidad que llamaban ‘socorro’ y ‘auxilio’…”. Para ponernos en situación, Peñalver cita el trabajo de la catedrática de la UMU Encarna Nicolás en el que se recoge que el sueldo de un trabajador del campo en torno a 1941, era de entre nueve y 14 pesetas.

Víctor Peñalver explica que apenas hay documentación de la primera parte del proyecto del Cenajo: “Hablamos de los años comprendidos entre 1943 y 1952, cuando se preparó el terreno y se construyó el pabellón obrero con la cárcel, el cuartel de la Guardia Civil y la iglesia; de todo eso ya no queda nada en pie, sólo tenemos las fotos de los archivos de la Confederación Hidrográfica del Segura”. En aquel tiempo, hasta 350 presos de distintos Destacamentos Penales y cárceles cercanas trabajaron en el lugar -y se infectaron de paludismo-, algunos de ellos desplazados de la Prisión Provincial de Hellín o del destacamento del Coto Minero de la pedanía hellinera de Las Minas, por ejemplo.

Rastrear a los presos políticos ha sido una tarea compleja, reconoce el historiador, básicamente por la ocultación de datos en la época y porque a efectos legales, cuando la obra entró en su fase más intensa, ya se había igualado la condición de preso político y de preso común. Eso sí, revisando los archivos se demuestra la magnitud de la obra del Cenajo: “En mayo de 1953, el 17,47% de todos los presos que integraban los quince Destacamentos Penales franquistas se encontraban trabajando en el pantano: 123 de 704”. “La presencia de reclusos en el Cenajo es siempre superior a la media nacional, año a año, más incluso que en el Valle de los Caídos durante los años cincuenta”, afirma Víctor mientras enseña unos gráficos que ha elaborado él mismo.

En la década de los 50, además, el Régimen trataba de lavar su imagen y de borrar sus conexiones con el bando perdedor de la Segunda Guerra Mundial, con el objetivo primordial de integrarse de un modo suave en los organismos internacionales surgidos tras el conflicto. De hecho, España superó los controles de la Comisión Internacional contra el Régimen Concentracionario: “Vino un grupo de estadounidenses en 1952 y dieron su visto bueno, aunque no sabemos si fue porque lo que realmente les interesaba era la base de Rota…”, añade escéptico.

‘La Tumba siempre estaba abierta’

Peñalver explica que su intento de identificar a todos los presos y de conocer sus historias particulares ha sido imposible a pesar de haber buscado y cotejado muchos documentos. Sin embargo, sí que ha podido recoger dos casos concretos cuyos hechos y palabras ayudan a entender lo que significó el Cenajo: “una obra peligrosa, sin medidas de seguridad, donde se usaba dinamita y donde las tareas más difíciles y arriesgadas se reservaban a los presos, y en especial, a los anarquistas”, profundiza.

“Francisco de la Rosa nació en Calasparra. Era sindicalista de la CNT y preso político. Fue condenado a muerte y posteriormente se le conmutó la pena a treinta años y un día. No era obrero libre. Lo llevaron de un sitio a otro recorriendo penales de toda España, hasta que finalmente lo destinaron a trabajar en el Cenajo. Fue torturado y mutilado y se le condenó a destierro, de manera que no podía acercarse a menos de 20 kilómetros de su pueblo. En 1948 se suicidó. No soportó su condición de preso ni los trabajos forzados en el Cenajo. Seis años después de muerto, lo indultaron”, narra Víctor de corrido, para interpretar que “de ese modo es como el Régimen aumentaba su cifra de indultos y lavaba su imagen”. Durante el proceso de investigación tuvo la oportunidad de hablar con algunos de sus familiares y contarles lo que había encontrado en los archivos sobre Francisco.

El investigador pudo identificar a otro preso con mejor suerte: se trata de José Vicente Ortuño, que tras trabajar nueve meses en el Cenajo, en el año 1954, de cumplir condena y de conseguir pasar a Francia, publicó en el país vecino un valioso libro titulado “Raíces amargas”, en el que dedicó un capítulo entero a relatar su estancia en las obras del pantano.

Según explica Peñalver, cuando Ortuño llegó al Cenajo, el procedimiento ya estaba establecido. El mismo exrecluso lo relató de este modo: “Por la mañana, en la plaza, los cadáveres mutilados por las balas y las dentelladas de los perros que usaba la Guardia Civil le dieron la razón a mi compañero. Todos los prisioneros tuvieron que desfilar ante los cuerpos, sobre los que ya empezaban a revolotear unas moscas verdes. Por la tarde, un equipo los tiró a la caja de un tractor y los llevó al muro. La tumba estaba siempre abierta”.

“La Tumba, como llamaban a la presa, funcionó como enterramiento colectivo similar a las fosas comunes, dentro del modus operandi represivo franquista de ocultar la principal prueba del delito, el cadáver, y claro, de todo esto no hay documento probatorio porque las fuentes oficiales nunca lo reflejan”, añade Víctor Peñalver. “Había diferencias de trato entre presos políticos y comunes, y también se diferenciaba entre obreros reclusos y obreros libres”, prosigue. El historiador muestra una escueta noticia del diario ABC del año 1954, en la que se informaba del fallecimiento de tres obreros en el Cenajo: “De las muertes de los obreros reclusos no se daba publicidad”.

‘El arte de construir presas’

En la investigación, Peñalver se tropezó con importantes empresas constructoras, algunas de las cuales siguen operando en la actualidad tras pasar por fusiones, compras y ventas: “Si los organismos oficiales ocultan esta historia, las empresas también”, proclama, remitiendo a trabajos como los de Antonio Maestre e Isaías La Fuente, ‘Franquismo S.A.’ y ‘Esclavos por la patria’. “Hay que destacar el papel de estas grandes empresas que se aprovecharon de la situación y usaron mano de obra reclusa”, enfatiza Víctor Peñalver, para luego citar algunos ejemplos.

“En el Cenajo participó COVILES, Construcciones Civiles, que luego se convirtió en OBRASCON y más tarde pasó a formar parte del grupo OHL, también formada por la empresa Huarte y Laín, encargada de la construcción del Valle de los Caídos”, relata el historiador: “Contacté con ellos y les pregunté sobre este asunto, pero no colaboraron”. “En el Cenajo hubo otras empresas, como Destajista San Román, Obras y Servicios Públicos… Tapan su historia porque esa es la herencia del franquismo”, insiste. Después, muestra el lema de la empresa COVILES ‘El arte de construir presas’… “Ya ves, calificar estos procesos de construcción con la palabra ‘arte’”, lamenta el historiador.

Lugares de memoria

Hace pocas semanas se reinauguró el hotel Cenajo, un edificio de estética noble y enclavado en un paraje de singular belleza en las inmediaciones del pantano. “Allí es donde residió el equipo de arquitectos durante los 20 años que duró la obra”, explica Víctor Peñalver. “Mientras, los obreros reclusos vivían en su pabellón, y al igual que sucedió en el Valle de los Caídos, los familiares de los presos que recibían permiso para visitarles, podían alojarse durante unos días en unas casas-cueva con aspecto de chabolas que se construían en un lugar próximo, y de las que sólo quedan las ruinas”, relata.

En la reapertura del hotel, Víctor Peñalver ha echado en falta una mención o recuerdo a lo que sucedió durante la construcción del pantano, lo que le hace volver sobre las dificultades de encontrar documentos en los archivos –durante el último año ha visitado el Archivo Histórico Provincial de Murcia, el Archivo General de Alcalá de Henares y los archivos de los ministerios de Justicia y de Interior-: “En ellos sí se refleja la presencia de reclusos y la instalación de un destacamento penal en el Cenajo. Sin embargo, en los escritos oficiales de la Confederación Hidrográfica sobre el Cenajo, no se reconocen los trabajos forzados, tan sólo en uno de ellos se dice que puede ser que los hubiera, pero nada más”, afirma Peñalver.

“Los efectos de la propaganda franquista siguen en vigor con palabras que se usan mucho hoy, como sensatez, estabilidad, orden… Las ganas de obtener democracia a cambio de impunidad siguen vigentes”, reflexiona. A su juicio, “no es por ignorancia mantener la confusión sobre los trabajos forzados en el Cenajo, no existen las casualidades ni el azar en este asunto. Y por aquí han pasado también alcaldes socialistas y no se ha hecho nada”. “Contra el franquismo también hace falta terapia de choque”, afirma en referencia a la aplicación de la Ley de Memoria Histórica, aunque luego reconoce que “simplemente con quitar placas, sin divulgación, no se soluciona nada”.

“Para nosotros el Cenajo ha sido siempre un sitio de referencia del ocio y de la naturaleza, pero cuando íbamos, no sabíamos qué había pasado porque nadie nos lo contaba, y allí sigue la placa de la inauguración del pantano. Sin embargo, no sirve de nada que la quiten si no dicen qué fue lo que pasó realmente”, admite este investigador, para quien una buena opción sería mantener la placa de la dictadura y añadir otra al lado “que cuente la historia de verdad, la historia con mayúsculas, y que denuncie la propaganda”.

“Es necesario crear ‘Lugares de Memoria’ en estos espacios para combatir la impunidad y para acabar con las teorías negacionistas”, insiste el historiador. Antes de acabar, Víctor Peñalver pone más ejemplos de obras en las que se hizo uso del trabajo de los presos en la propia Región de Murcia: “La rehabilitación del convento de Adoratrices de Cartagena, y las explotaciones mineras del Llano del Beal y de La Unión. Estos enclaves de trabajo no han sido investigados en profundidad hasta la fecha”.


Fuente: http://www.eldiario.es/murcia/reportajes/Cenajo-herida-abierta-pantano_0_417508781.html

Periko Solabarria

El recientemente fallecido, Periko Solabarria, con 85 años, histórico militante de la izquierda abertzale y también del movimiento obrero en los años sesenta del siglo pasado, sobre todo en la margen izquierda del Nervión, fue de los primeros, por no decir el primero, cura-obrero que cambió la sotana por el buzo.

Un hombre entregado a una causa y a una «famélica legión», como pocos, como muy pocos. Ya en Triano, un barrio minero de La Arboleda, donde «La Pasionaria», antes de que la llamaran así, era cantinera de los mineros, le llamaban «santo» a Solabarria donde entonces fungía de párroco antes de «des-sotanarse» viendo en qué miserables condiciones se trabajaba.

En 1982, año del triunfo electoral del venal y felón Felipe González, elecciones en las que Periko salió parlamentario por Herri Batasuna a las Cortes españolas, dijo en un mitin en San Sebastián: «Que me oigan bien: quienes secuestran a los Lipperheide, Ybarra (*), etc., están limpiando de maleantes e indeseables, no sólo las tierras de Euskadi, sino también las de Andalucía. Gora ETA militarra!»

Le metieron a juicio, uno más.
Un imprescindible, que diría Brecht.

(*) Oligarcas vascos.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies