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El fascismo futbolístico se exhibe

En su presentación como nuevo fichaje del Real Jaén el futbolista Nuno Silva lució una camiseta con el careto del criminal Franco. Tras el correspondiente revuelo, el futbolista se disculpó alegando una supina ignorancia sobre la historia de España. Es bastante normal que un futbolista carezca en la cabeza de la habilidad que muestra con los pies. También es normal que un fascista sea un ignorante, y a la inversa.

Si el fichaje se hubiera producido en Alemania y el individuo hubiera aparecido con una camiseta con la imagen de Hitler, la cosa no se hubiera podido saldar con unas disculpas, ni con una incultura galopante. Alguien le habría sacado de su tontería al futbolista para explicarle que mostrar en público la cara de un verdugo no es nada simpático.

Pero en España nadie advirtió al futbolista que no hiciera el gilipollas. En las clases de historia que aquí se imparten se pasa de puntillas sobre las décadas de sanguinaria dictadura para no herir la sensibilidad de los fascistas, que no se esconde en reivindicar un pasado de represión, crímenes y torturas porque se sabe impune ante las leyes.

Aquí el Código Penal no considera la apología del fascismo como un delito, mientras en Alemania el artículo 86 del Código Penal castiga la propaganda y exhibición de símbolos nazis. Levantar el brazo con un saludo fascista o ponerse una camiseta con la foto de Hitler está penado por la ley. Lo mismo sucede en los Códigos Penales de Francia o Italia.

En España han aprobado una ley mordaza para mantener a la gente con la boca cerrada ante la explotación y apelan a la libertad de expresión para quienes celebran la dictadura franquista y lucen sin pudor su simbología.

La deformación que se proporciona en las escuelas españolas sobre tantas cosas, incluido el fascismo, es una parte del problema. Pero es que las escuelas son parte del fascismo. ¿Qué se habían creído?

Franco, hijoputa

N.B.

Hay truco en el título. Contaremos una breve historia que bien puede pasar por historieta ya que se puede prestar a lo tragicómico siendo, como es, real y verídico lo que diremos a pesar de, como decimos, su trasfondo jocoserio.

¿Se han preguntado ustedes alguna vez por qué se conoce a los árbitros de fútbol españoles por sus dos apellidos? Eso sólo pasa aquí. El árbitro -murciano- Ángel Franco Martínez ya era uno de los más prestigiosos cuando una tarde, a principios de los años setenta del siglo pasado, le convocaron en el piso del canónigo de la catedral de Murcia. Debía asistir a una reunión sobre el partido Real Sociedad-Athletic de Bilbao que tenía que pitar ese fin de semana en el estadio de Atocha donde se jugaba el derby vasco. El trencilla -que diría Matías Prats Sr. o Miguel Ors- pensó que lo citaban para «comprarlo» o algo parecido (los árbitros en el Benito Villamarín, por ejemplo, cuando se iban a cambiar en el vestuario minutos antes del partido, se encontraban con un Rolex en el cajoncito de la mesa: lo podías coger o no, nadie te obligaba). Pero no. Ya en tierra vasca un sacerdote y el secretario del ministro de la Gobernación (hoy Interior), Tomás Garicano Goñi, le «sugirieron» que se pusiera enfermo. No entendía nada hasta que cayó en la cuenta de que en aquella época se estaba celebrando un consejo de guerra en Burgos contra varios miembros de ETA, el célebre «Proceso de Burgos» de 1970. El referé fingió lesionarse en un entrenamiento, «¿qué iba a hacer?», se preguntó.


Era imaginable, y no digamos en una final de Copa del Generalísimo con la asistencia del general Franco en el palco, que le dedicaran gritos desde las gradas, pero esta vez al árbitro Franco Martínez, de «Franco, hijoputa», «Franco, cabrón» -lo típico en cualquier partido con un público bravo y no de tenis, ¿no es cierto?- lo que llegaría a oídos del Caudillo. Eso no podía ser. A partir de entonces, a los trencillas había que conocerles por sus dos apellidos, como sucede en la actualidad con los Undiano Mallenco o antes con Díaz Vega, Iturralde González e incluso el difunto Guruceta Muro o el pizpireto Andújar Oliver. Antes se les conocía por su primer apellido citando, no siempre, pero sí con frecuencia, su nombre de pila: (Pedro) Escartín, por ejemplo, o (Juanito) Gardeazabal. La irrupción en los rotativos de un joven árbitro de apellido Franco podía prestarse a frases maledicentes y/o ambiguas en crónicas como «Franco (el árbitro) es muy malo», «Franco se cargó el partido», «Todos culpan a Franco» y sentencias similares que facilitaban las críticas veladas al dictador lo que motivó que, en adelante, se les llamara por sus dos apellidos, ya se dijo, y sin excepción.

España, el Estado español, es el único país donde a los árbitros de fútbol se les borra el nombre de pila y se les coloca el apellido paterno y materno. Franco tuvo la culpa, pero no el árbitro pimentonero, sino el Generalísimo: «cuando arbitraba en el extranjero, me llamaban simplemente Martínez», decía… Franco Martínez.

Suena a coña y chirigota, pero cosas veredes, oiga.

Una de depol-tes

Nicolás Bianchi

Buenas tardes, esto es el Telediario de las tres  y abrimos dando paso a nuestro corresponsal en Düsseldorf, Alemania, para que informe sobre la rabiosa actualidad, grrrr, que más acucia a los españoles de bien, a ver, Pepito Trola, enviado especial, ¿me recibes? Sí, ahora sí, puto retorno (off the record), dinos, ¿cuántas tuercas ha fabricado hoy el trabajador español Pepe Luis en la empresa Benz? ¡1.500 tuercas ! Extraordinario, de Guiness, eso demuestra que nuestros obreros son los mejores del mundo mundial haciendo tuercas, de nota y para sacar pecho con orgullo, bravura y reciedumbre. Y no como los baloncestistas españoles (catalanes, en realidad) que juegan en la NBA yanqui para forrarse y llevárselo crudo, vean a Marc Gasol que prefiere irse de vacaciones antes que defender los colores ¡¡¡de España, Arriba España!!

Conectamos ahora, cuando son las tres y pico, una hora menos en Canarias (se dice una hora antes porque, que sepamos, en Canarias no se viven 23 horas), con Finlandia porque queremos saber, y así lo demanda nuestra rabiosa, ggrrrr, audiencia, cuántos tornillos ha fabricado por hora durante ocho horas  (en Canarias serían siete, allí la gente se muere una hora antes, gente educada) nuestro compatriota Pepe Domingo, adelante, te escuchamos, alégranos el día, sorpréndenos y tal y tal… ¡¡Cómorrrrr!! ¡500 tornillos por hora! ¡Increíble! ¡Más que Stajanov, ese jodido comunista bolchevique!! Eso es hacer patria y españolear enseñoreándose por esos mundos de dios y muy señor mío, ele, arsa, ojú, arte, viva la madre que nos parió y lo demás es envidia puñetera, digooo, mande, pa sel-vile, a sus pies, señora, Egpaña y yo semos asín, mamuasel.

Pero no se crean, amigos televidentes, que nos olvidamos de nuestras fermosas hembras trabajadoras españolas, no somos machistas en este canal, ni castizos, aunque, a fuer de sinceros, tienen los mejores culos y tetas del orbe equinoccial y espectral y latitudinario, sin mencionar, somos gente modesta, virtud que nos adorna, que cuando una española besa, besa de cojones, o sea, de verdad, mirusté, ele, ala, ole, etc.

A ver, sí, te recibo, con alguna dificultad, pero te recibo, cuéntanos, ¿cuántos ladrillos ha puesto al minuto la albañil Felisa Pérez? ¿300 dices? Im-presionante, dicho en dos palabras, otro récord, estamos que nos salimos. ¡Eso es trabajar y españolear y no tocarse el chomino, dicho sea con perdón, pero, entiéndannos, la emoción nos embarga, permita el televidente esta licencia grosera que, seguro, nos exonerará el exabrupto contagiado de estos desmayos y deliquios transverberantes y sinalagmáticos (ala, al disionario, furros).

Son ya las tres y veinte y conectamos con Moenchengladbach según se mira a la izquierda y donde al fondo hay sitio siempre que no empujes, cuidao conmigo, chaval, ¿sí?, queríamos saber cuántas veces ha utilizado el productor u operario (los obreros ya no existen) Pepe Coitao la llave Alen, que se dice, y, ya puestos, si ha echado (del verbo «echar», sin hache, tirar, arrojar) mano de la broca del diez o, haciendo alarde como cumple en un gallardo español, de la llave estrella o el «nivel», estamos intrigados, la verdad… ¡Cómorrrrrrrr, qué me dices, finstrorrrrrr?!!!! ¿Qué se ha vestido de luces, de torero, de diestro, y, enfundándose la roja (la camiseta que han hurtado al seleccionado chileno), ha prescindido de esos utensilios y aparejos, herramientas y utillaje, y lo ha hecho todo a pelo, que se dice, y a martillazo limpio y cabezazos? Olé, olé y otra vez olé, olé tus cojones y Viva Franco y Arriba España Una y no 51 y vivan los cuatro puntos cardinales de mi Gpaña, cagondiós y tal y tal. ¡Rusia es culpable! ¡Gibraltar español, cohone!

Y, después de este desahogo patriótico que es fácil entender con estas sofoquinas y este caloret que diría una que yo me sé, experta en puertas giratorias, pasamos a lo que verdaderamente interesa a la chusma y el vulgo: los depol-tes. Pero, seamos sinceros, amigos, ¿a quién carajo le importan las hazañas de nuestros viriles deportistas en la NBA, los Gasol y cía, Nadales, ya acabado, Alonsos, más acabado todavía, o San Ikeres Casillas? Nosotros estamos con la clase obrera, creo que se nota en esta crónica de este informativo. Así son las cosas y así las hemos contado.

Buenas tardes y hasta mañana si dios quiere, no corran en la carretera, no se mueran que, si no, a ver quién cojones va a ver la publicidad. Alakubala.

¡Jodé, qué caló!

N.B.
O frío, como le comentaba a un colegui que, oye, estamos en invierno y, por lo tanto, tío, tiene que hacer frío, o sea, como filosofara Pero Grullo. Sucede que enciendes la radio medio adormilado y te abruman cada media hora con información sobre el “tiempo” y ello ¡como si fuera noticia! No sería noticia que el hombre muerda al perro, no, la noticia es que nieve ¡en invierno! O haga calor en verano. Y no al revés, esto es, que nieve en verano, que es lo que cumple en cualquier manual de Periodismo. O el gran scoop: ¡que nieve en el infierno! Y de Casillas, ¿qué? ¿ se va o no se va o qué ostias?

Que se informe de que tal o cual puerto de montaña está cerrado al tránsito o que es necesario el uso de cadenas está muy requetebién, pero es suficiente, salvo que se quiera rellenar minutaje de programa y de tiempo para echar un cigarrillo en la emisora. De un tiempo a esta parte se habla de “sensación térmica” dizque el mercurio marca equis grados pero, ah, la “sensación térmica” es otra. El otro día ví a una dama experta en la cosa meteorológica diciendo que la expresión “sensación térmica” (thermal sensation) es un “invento” (sic) de los weathermen norteamericanos, los “hombres del tiempo”(*) y marianomedinas (para los que sean ya carrocillas) de los canales televisivos (privados) gringos, a principios de los años ochenta del siglo pasado. Que le pregunten a una persona acostumbrada al cierzo lo que es la “sensación térmica”, concluía esta señora pelín molesta con tanta chorrada. En mi pueblo, cuando hacía frío, siempre decíamos esto so pena de pedestre: “hace un frío de cojones”. Todo el mundo lo entendía, barómetros (bares por metro cuadrado) aparte. Es posible que esté banalizando, lo admito.

Pero, ¿no habíamos quedado en que el planeta se calienta? ¿No se amedrenta el personal con el cacareado “cambio climático”? No bastan las “vacas locas” (ya ni dios se acuerda de ellas y la “encelopatía espongiforme”) en su día o las gripes aviares, el ébola y otros males apocalípticos, cual plagas bíblicas, para que dé hasta por saco, por no decir otra cosa, salir de casa a tomar unas cañas, o unos vinos, tranquilamente. Resulta que no sólo no hay “calentamiento global”, sino que en invierno…¡nieva! Cágate lorito…

Cambios climáticos ha habido toda la puta vida. A ver si lo que va a haber es lo contrario y nos están engañando: ¡enfriamiento global Algo que cierta agricultura agradece como el espárrago, al igual que el tomate precisa de calor en verano, al menos en las huertas naturales. Hace algunos años, no muchos, nevó en el desierto del Sahara argelino. ¿Increíble? No, por cierto. Pero sí noticiable, porque es más excepcional que habitual y, sin embargo, no se dijo apenas nada cuando, curiosamente, vendría -la noticia- de perlas a los defensores del terrorífico “cambio climático”. También nevó en 2005 en Melilla. Y en los valles de Kenia y no solamente en las montañas nevadas del Kilimanjaro . ¿Diremos que es la mano del hombre la que daña y destroza la Naturaleza? Para mí tengo que es la rapiña del capitalismo, fundamentalmente, básicamente, quien lo hace que, encima, nos quiere acojonar con inventos como el “cambio climático” mientras la crisis galopa y corta el viento…

(*) El interés por “el tiempo” (climático, no el filosófico) tiene un origen militar (como internet).

Lo que el viento se llevó

En un artículo publicado por el New York Post, el crítico de cine Lou Lamerick sostiene que la película “Lo que el viento se llevó” es racista y defiende la esclavitud. La referida película, a la que le dieron diez Óscar de Hollywood en 1940, se basa una novela de la escritora Margaret Mitchell y está considerada como uno de los pilares más importantes de la cultura cinematográfica.

La película se va a volver a proyectar el 4 de julio, la fiesta nacional estadounidense, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York para celebrar el 75 aniversario de la invención del tecnicolor en el cine.

Fue la película más cara y más larga de la historia. También fue la más rentable. La novela, publicada en 1936, también fue laureada con el Premio Pulitzer, por lo que en todo el mundo el mensaje racista se ha transmitido a un público muy amplio.

La trama de la película arranca con la guerra civil que se desencadenó en Estado Unidos en 1860 y que se suele resumir muy esquemáticamente como un enfrentamiento entre los Estados del norte (antiesclavistas) con los del sur (proesclavistas).

La película presenta la guerra civil como la presentan en España las plañideras de nuestra guerra civil de 1936-1939; un lamentable enfrentamiento fratricida, que causó muchos sufrimiento (a todos en general, a todos por igual), que se hubiera podido evitar…

Lo cierto es que el sufrimiento depende de las clases sociales, sobre todo si hablamos de la esclavitud y es difícil que los esclavos consideren como un “sufrimiento” la pérdida de su condición.

Por lo tanto, bajo la apariencia de una crítica a la guerra civil subayace una crítica a la abolición de la esclavitud. Pero, además, la “culpa” de la guerra fue de los nordistas. De ahí que la bandera confederada, símbolo de la supremacía blanca, aparezca continuamente en muchos planos de la película.

Las referencias racistas son sutiles. El Ku Klux Klan no aparece, ni tampoco las alusiones abiertamente despectivas hacia los negros (“niggers”) a los que se les llama “morenos” (“darkies”). Sin embargo, los personajes Rhett y Ashley acuden a una serie de mítines políticos, cuyo contenido se deja en el aire porque dichas reuniones no eran otras que las del Ku Klux Klan.

Según Lamerick la película falsea la historia cuando afirma que los sudistas acudieron en masa a la guerra para defender un modelo de Estado confederal y no el mantenimiento de la esclavitud.

El color es tan importante en la calle (color de la piel) como en el cine (tecnicolor). El racismo de la sociedad se expresa a la perfección en el racismo de la polícula. La actriz negra Hattie McDaniel obtuvo uno de los Óscar con los que fue galardonada. Era la primera vez que un negro recibía un premio de la Academia de Hollywood. Los negros demostraron entonces que podían representar papeles secundarios a la perfección. No necesitaban ser actores porque es el mismo papel que representan en la sociedad estadounidense.

Hollywood: la fábrica de las pesadillas

¡Qué grande es el cine! Es el Séptimo Arte, sinónimo de “glamur”. En un país como Estados Unidos donde el dinero es el rey, el arte nunca ha tenido sitio… salvo que se pueda convertir en dinero. El cine es el cine norteamericano y Hollywood es La Meca del cine, la Fábrica de los Sueños, un lugar donde los adolescentes creen que quieren ser “artistas”, cuando lo que quieren es sólo ser famosos. Quieren ser alguien distinto de ellos mismos. Adoran y les gustaría ser adorados. Son jóvenes, guapos y para “triunfar” en la gran pantalla no hace falta otra cosa.

Hollywood es un gran decorado donde todo es falso, todo es de cartón. Los focos apuntan hacia una esquina pero lo demás queda a oscuras. Nadie mira hacia ese lado… excepto un documental estrenado recientemente en Cannes que se titula “Un secreto abierto”. Hasta ahora cuando pensábamos en el lado oscuro de Hollywood, nos venía a la cabeza el alcohol, las drogas, las violaciones, la prostitución y el comercio de carne humana. Ahora este documental le añade la pedofilia.

La realizadora Amy Berg narra los abusos sexuales de cinco niños y adolescentes que llegaron a Hollywood seducidos por el dinero y la fama y acabaron atrapados en las redes de los representantes, productores y directores. Uno de ellos es Michael Egan que con 16 años soñaba con ser el nuevo Tom Cruise y alguien le ofrece la oportunidad de su vida, una de esas que no puedes dejar pasar, conocer a gente famosa, influyente, que te puede introducir… ¿Introducir qué?

Hace ahora casi 20 años se celebró una reunión en una de esas lujosas mansiones con piscina en lo alto de la colina, al aire libre. Allí estarán conocidos productores, como Marc Collins-Rector y Chad Shackley, que buscan caras nuevas. Ambos son socios y amantes embarcados en el nuevo negocio del vídeo en línea. No son los únicos que acuden a la reunión. También está Garth Ancier, el productor que lanzó Los Simpson, 21 Jump Street y Casados, dos hijos. También aparece por la mansión Bryan Singer, director de “Sospechosos habituales” y “El regreso de Supermán” que estaba a punto de rodar un taquillazo: X-Men.

La coartada es hablar sobre una empresa de vídeo digital, pero el relato de Michael Egan es muy confuso. Dice que le emborracharon, le drogaron y le violaron nada menos que durante dos años, en una especie orgía prolongada. Los acusados se defienden diciendo que era un chantaje, que Egan sólo quiere dinero. A pesar del tiempo transcurrido, no se ha cerrado el caso. La fiscalía se ha disculpado con Ancier porque la acusación es infundada. Por su parte, Singer niega la violación pero ha pagado 100.000 dólares para que le retiren la acusación.

Otro de los niños que aparece en el documental es Evan Henzi, quien relata las violaciones de que fue objeto de los 11 a los 17 años por parte de su representante. En 2011 publicó una grabación de audio en la que el responsable confiesa los abusos.

Aquel mismo año murió Corey Haim, una verdadera estrella de Hollywood desde su infancia. La autopsia determinó que lo que acabó con su vida fue una pulmonía, pero en su organismo había antidepresivos, ibuprofeno, relajantes, marihuana, remedios contra la tos… Compartió un programa de televisión con Corey Feldman, conocido por su participación en los Goonies y en Stand by me. Según su amigo, Haim se drogaba para olvidar las violaciones de que ambos fueron objeto por “la industria del espectáculo”.

El representante de ambos era el mismo. Mientras le violaba, cuenta Feldman al diario Sun, simulaba estar dormido… Por eso a Hollywood le llaman “la fábrica de los sueños”. Adormece.

Estamos convencidos de que a este documental nunca le darán un Óscar de la Academia.

El cine para imbéciles

David Torres

El cine es, sin duda alguna, el arte que ha degenerado más rápidamente. En poco más de un siglo, quizá en poco menos, ha pasado de fabricar maravillas como “Intolerancia”, “El acorazado Potemkin”, “Luces de la ciudad”, “Avaricia” o “El maquinista de la general”, a despachar chuminadas del calibre de “Transformers” o “Los vengadores”. La comparación, lo reconozco, es arbitraria, casi tanto como decir que la música popular ha caído en picado desde el tango hasta el reggaeton, pero basta ver el presupuesto alucinante de alguna de estas películas basadas en una marca de juguetes para comprender que hay algo profundamente podrido en las sentinas del séptimo arte.

En su ya célebre estudio sobre el Hollywood de los setenta, “Moteros tranquilos, toros salvajes”, Peter Biskind analiza el cambio de paradigma que supuso el descubrimiento del taquillazo, ese momento en que los productores advirtieron que podían ganar mucho más dinero con el cine que con cualquier otra cosa. De repente, con “El exorcista”, con “Tiburón” y, sobre todo, con “La guerra de las galaxias”, una sola película podía recaudar en un fin de semana lo mismo que el resto de las producciones del estudio en varios meses. Entonces el cine dejó de ser un arte más o menos complejo y pasó a convertirse exclusivamente en un negocio. El adverbio es fundamental: el cine siempre había sido un negocio, pero los viejos productores (los Selznick, Mayer, Goldwyn, etc.) siempre habían querido hacer arte, por mercachifles que fuesen. En los setenta, los estudios de mercado descubrieron que el público que mayoritariamente invadía las salas de cine eran los niños, quienes lógicamente arrastraban a sus padres hasta la pantalla. En los ochenta, gracias al naufragio de algunas producciones, los grandes estudios de Hollywood recuperaron el control que habían perdido durante la pasada década en favor de algunos grandes directores (Altman, Kubrick, Ashby, Coppola, Peckinpah, Friedkin, Bogdanovich, Scorsese). El modelo que prevaleció fue el de Lucas y Spielberg, dos cineastas con mentalidad infantil que conectaron de inmediato con la nueva era de Reagan y de Thatcher: robots, marcianitos, dinosaurios, maniqueísmo elemental. Lo que triunfó fue, en palabras de uno de los entrevistados por Biskind, “el cine para imbéciles”.

La verdad es que el cine para imbéciles siempre había estado ahí, pero nunca se le había hecho mucho caso. A lo largo del siglo XX, la gran pantalla había tenido que soportar musicales de tercera, westerns ridículos, romances de Doris Day, películas de Rin-Tin-Tin, Lassie y de la Mula Francis. El tono de comedia era casi obligado puesto que no había manera de tomarse aquello en serio. De hecho, una de las pocas cosas que salva la primera trilogía de Star Wars frente a la vacua pedantería de sus sucesoras es el sentido del humor, destilado principalmente a través de dos personajes: el robot C3PO, que hace el papel de bufón, y el cazarrecompensas Han Solo, que da la distancia irónica necesaria para que el público se tragara el bolo. Al fin y al cabo, Star Wars sólo trataba en tono de opereta galáctica dos de los temas más viejos del mundo: la búsqueda del padre y el rescate de una princesa.

Sin embargo, en el comienzo de la plúmbea “La amenaza fantasma”, uno de los jedis le decía al otro: “Controla tu ansiedad”, y ya sabíamos que el humor se había ido al garete, que allí había menos amenaza que fantasma. Frente a la presencia malévola e imponente de Darth Vader, ahora tenemos a un villano con la psicología y los diálogos de un pit-bull, y en lugar de la cháchara deliciosa de C3PO, las pedorretas de un tonto de carnaval. Para colmo, faltaba un Han Solo, es decir, un espectador escéptico con el que el verdadero espectador pudiera identificarse en medio de todo aquel tinglado esotérico en donde, para colmo de disparates, el toque espiritual de la Fuerza se reduce a una sobredosis de colesterol en sangre. Hasta luego, Lucas.

Otro tanto ocurre con el cine de superhéroes, un subgénero que se inició en la televisión de los sesenta, copiando a los tebeos con tal inocencia y descaro que hasta subtitulaban los golpes y puñetazos, como en las viñetas. En la tele Batman estaba un poco fondón pero Catwoman (Julie Newmar enfundada en un uniforme de dominatrix) destilaba un erotismo para quinceañeros que no ha vuelto a empapar a ninguna de sus sucesoras. El primer Superman (1978) de Richard Donner, con el malogrado Christopher Reeves, tenía un perfume de ingenuidad que nos hacía sonreír; era como si todos los actores nos guiñaran un ojo para que no nos tomáramos aquella tontería demasiado en serio. Reeves y Kidder interpretaban su primer encuentro amoroso en clave de vodevil, con los rayos X del superhombre atravesando la ropa de la periodista para adivinar el color de sus bragas. La escena cumbre entre Lex Luthor y su cómico ayudante explicando el megaterremoto que iba a desbaratar la costa oeste de los Estados Unidos resulta un inolvidable dúo cómico en manos de dos actores inmensos: Gene Hackman y Ned Beatty.

Ahora, en cambio, el cine de superhéroes carece de frescura, de ironía y de gracia. No hay más que ver diez minutos de “El caballero oscuro”, sin duda la mejor de la última trilogía de Batman, para comprender hasta qué punto Nolan se ha tomado el encargo en serio. Un millonario al servicio de los pobres, una policía que se declara impotente y lanza un mensaje de auxilio cuando se encuentra en apuros, un villano disfrazado de arlequín. Mientras que Christian Bale hace gárgaras con lejía para enronquecer la voz, Michael Keaton se ponía el disfraz de Batman como si se tomara unas vacaciones. Mientras que Heath Ledger incorpora al Joker los peores tics de Marlon Brando, Jack Nicholson hizo lo único que podía hacer para encarnar a semejante mamarracho: saltitos, muecas, histrionismo a la enésima potencia. Para dar más empaque a la cosa, Nolan incluye en el paquete a actores de renombre, nada menos que a Michael Caine de mayordomo, Gary Oldman de policía gafe y Morgan Freeman de Morgan Freeman. El resultado, igual que en Hulk, Iron Man y todas las ridículas franquicias de la Marvel, es un pedo en botijo.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/opiodelpueblo/2015/06/21/la-insoportable-seriedad-de-la-serie-b/522

Furbo femenino

N.B.
Ya el hecho de añadir a la palabra «Mundial» el epíteto «femenino» tiene alguna traza sexista, pero tal vez estoy apurando y rizando el rizo. Nunca hemos oído decir, por ejemplo, Mundial MASCULINO.

Pero voy a otra cosa. Echando un somero vistazo a la plantilla española, llama la atención, al menos a mí, los nombres de pila del combinado español (?), Veamos algunos nombres que pondré en cursiva. Elisabet (le faltaría una «hache» final para ser más british: Elisabeth, y quedar más «chic» y más «in», que se decía antes, a la jugadora bilbaina), Ruth, Virginia, Priscilla (¿será nieta de Priscilla Presley, la mujer de Elvis?), Vero, Vicky, Alexia (¿será descendiente de algún Romanov ruso?), Jennifer, Melanie (¿será hija de la Griffith y Don Johnson? Lo digo porque Banderas, el español Banderas, la hubiera puesto «Melania» o «Antonia», como debe ser), Erika (¿será su mamá vikinga?), Ivana, Sandra… Luego aparece una Leire y una Ainhoa vascas (por descontado damos por sentado que allá cada cual con los nombres que pone a sus vástagos).

No aparecen, porque ya no es moda, los horrorosos y estridentes Vanessas, Julias (pronunciado a la inglesa manera: Yulia, que ya es recochineo paleto de cojones) y más que me dejo y seguro se le ocurre al lector/a. ¡¡¡ Ni una españolísima y castiza Dulcinea (o Robustiana) que llevarse a la boca el españolismo cañí y cerril que oyen un, por ejemplo, Pep y les sale urticaria.

¡¡ Cuánto daño han hecho las estúpidas series de televisión gringas !! Por otra parte, muchas de estas jugadoras juegan en equipos extranjeros. El resto, o son mayormente del Barcelona, y en menor medida del Athletic de Bilbao, o tres del Atl. de Madrid y el Valencia y una (portera reserva) del Levante.

Por lo demás, que ganen, oiga.

Nota: Y también, por supuesto, los Jonathans y hasta algún William que he oído por ahí.

Y también dos huevos duros

Nicolás Bianchi

Le pedía insistentemente Chico Marx a Groucho en la famosa «escena del camarote» en Sopa de ganso. Comer, lo justo, igual que las tonterías: las justas. Nada en exceso, que diría el estoico Séneca quien, por cierto, estaba podrido de sestercios.

Hace unos años y navegando por ahí, me topé con un doctor brasileño de apellido vasco -Paulo Uribaran-, de Porto Alegre, que pule estas gemas antiparanoicas. Preguntado este friki genial sobre si es verdad que los ejercicios cardiovasculares prolongan la vida, responde así: el corazón está hecho para latir una cantidad de veces determinadas. No hay que desperdiciar -continúa- esos latidos en ejercicios. Acelerar su corazón no va a hacer que usted viva más. Es como decir que puedes prolongar la vida de tu coche corriendo más de prisa.Pues no. ¿Quieres vivir más? Échate la siesta, como hace Rajoy, que nos enterrará a todos este beduino.

Esto me recuerda a Mark Twain (el de «Tom Sawyer») y sus «sanos» amigos a los que enterró. Le preguntan a este santo iconoclasta -un oxímoron- si es más aconsejable comer más frutas y vegetales que carnes rojas, y el doctorcito nos sale con que, mire usted, milord, ¿qué comen las vacas?, coño, pues hierba y maíz y silo y esas cosas… ¿Y qué es eso? Joer, pues vegetales. Conclusión: un filete es el mecanismo más eficaz de colocar vegetales en su organismo. ¿Necesitas comer cereales? Pues come pollo.

¿Y qué pasa con el alcohol? ¿Hay que reducirlo? De ninguna manera, nos revela este clarividente a quien venero. El vino -dice- está hecho de fruta. La cerveza también está hecha de cereales (lúpulo). No limite demasiado su consumo. Pero -le preguntan con balín e insidiosamente a este prócer de la Humanidad-, ¿hacer ejercicio no estará mal, no? Nuestro admirado y admirable galeno no cae en esa «trampa saducea» y se pronuncia así: «mi filosofía es que si no tienes dolor, no hagas nada, estás bien». Un sabio, una especie que hay que proteger por estar en trance de extinguirse.

Insiste el meritorio becario plumilla en tratar de pillar al maestro esgrimiendo el pequeñoburgués argumento (me resisto a usar la horrible palabra «argumentario») de que la gimnasia ayuda a reducir la obesidad (ahora que empieza el estío y hay que cuidar el tipito y tal). Respuesta de un héroe homérico: «absolutamente no. Ejercitar un músculo lo único que hace es aumentar el tamaño del músculo». Acá lo coloqué en una «stuppa» budista y en el panteón romano.

Y ¿el chocolate hace daño, maestro?, le pregunta ya rendido el tribuletillo. No, responde nuestro gurú, es cacao, otro vegetal. Ayuda a ser feliz. La vida no es un viaje para la tumba donde llegar. En una mano la birra, y en la otra un bokata, cagondios! Gastar el cuerpo, y no des-gastarlo, concluye este filántropo aficionado al candomblé y no sé si la santería.

Corolario: si andar mucho fuera saludable, los carteros serían inmortales. Las tortugas no corren y viven 450 años. Y, como dijera Rogelio, un futbolista del Betis de los años setenta: «correr, míster, es de cobardes». Sólo los revolucionarios mueren -o los matan- pronto.

De esta me despiden del blog.

McDonalds vuelve a tratar implantarse en Bolivia

A pesar de una publicidad obsesiva, la cadena de restaurantes de comida basura sólo pudo permanecer 14 años en Bolivia, funcionando con pérdidas todos los años. Inútilmente la multinacional rebajó los precios para hundir a los restaurantes locales, pero no logró convencer a los bolivianos para que consumieran sus BigMacs, McNuggets o McRibs y demás porquerías. Los restaurantes tuvieron que cerrar uno tras otro, hasta desaparecer completamente en 2002.

Lamentablemente han vuelto a la carga en marzo de este año y esperamos que se vuelvan a arruinar de nuevo.

El fenómeno fue tan significativo que se rodó un documental titulado “¿Por qué McDonald quebró en Bolivia?”, presentando testimonios de cocineros, nutricionistas, educadores e historiadores expresando que para ellos la comida ofrecida por la multinacional y su proceso de elaboración eran repugnantes.

El rechazo no se basó en el sabor o el tipo de alimento, sino que más bien en el sistema mismo de comida basura. A diferencia de los españoles, los bolivianos valoran la calidad de los alimentos que ingieren. El tiempo de preparación de la comida basura sirve de advertencia para ellos. Prefieren la comida local y les gusta saber que se ha preparado adecuadamente.

La composición de los alimentos de las cadenas de comida basura siempre ha sido un secreto, hasta que el año pasado McDonalds los publicó y se supo que las tiras de bacon de las hamburguesas llevan “aromatizantes de humo”.

Las patatas fritas incluyen dextrosa, un tipo de azúcar, ácido sodio pirofosfato para mantener el color de las patatas, ácido cítrico como conservante y dimetilpolisiloxano, un derivado de la silicona que sirve de antiespumante.

El McRib se procesa con 70 ingredientes diferentes, que incluyen azodicarbonamida, la misma substancia para blanquear utilizada en la producción de espuma y plástico. McRib está constituido por mezclas de tripas, corazón y estómago. Las proteínas se extraen de la mezcla de esos componentes, con carne de cerdo, lo que facilita su moldeado en las fábricas. A pesar de que se vende como costilla, no hay nada de costillas en la repugnante mezcla.

Además llevan una combinación muy variada de aceites, como aceite de canola, elaborado a partir de semillas de colza modificadas genéticamente, de maíz, de cártamo o de soja hidrogenado con terc-butil-hidroquinona (TBHQ), una sustancia relacionada con enfermedades como el asma, trastornos cutáneos, hormonales, y, en estudios en animales a largo plazo, con ciertos tipos de cáncer y daños en el ADN, es decir, que los consumidores transmiten a las generaciones sucesivas.

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