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Los confinamientos y pasaportes sanitarios se imponen en varias regiones de Rusia

Tras el fin del confinamiento oficial, las regiones de Rusia lo han prolongado una semana más, imponiendo códigos QR en los transportes urbanos, condicionando en casi todos los casos el acceso a restaurantes, bares, tiendas, instalaciones deportivas y establecimientos públicos a un documento cuya duración se ha reducido a 6 meses. Casi todos… excepto la capital. Se alzan voces para dar la alarma, pero parece que el cable ha sido cortado.

Durante el confinamiento general de la primavera del año pasado en Rusia, todavía se podía pensar que las élites gobernantes creían realmente en ello, creían que la economía podría lograr por fin este milagro digital tan esperado, que los padres estarían contentos de quedarse en casa y trabajar sin tener que viajar, que los niños (a los que por definición no les gusta la escuela) se verían aliviados de esta carga. Pero la realidad ha superado la fantasía, la economía ha caído en picado, los trastornos mentales han aumentado y los niños -por un tiempo- han empezado a amar la escuela (que es el único efecto positivo).

El confinamieto sólo convence a los convencidos. El viceprimer ministro de Economía anunció de antemano que tendrá un coste para la economía, que ya lucha por recuperarse de dos años de experimentos sociales; los rusos no se manifiestan, pero ignoran esta dudosa legalidad a la que niegan toda legitimidad. La gran guerra sanitaria ha dado paso a una pobre batalla mundialista. La primera víctima de este campo de batalla es el Estado, al que tanto le costó reconstituirse tras los años noventa, y que vuelve a estar desacreditado, vuelve a ser disfuncional.

Al igual que en los noventa, cuando Rusia fue atacada ideológicamente por sus regiones, con la creación local de todas esas ONG y diversos programas internacionales para la defensa de los derechos humanos y la transformación de la sociedad, hoy son de nuevo las regiones las que se activan para poner al país de rodillas.

Moscú y San Petersburgo anunciaron inmediatamente que no prolongarían el confinamiento: el peso comercial es demasiado fuerte. Por otro lado, muchas regiones dudaron y finalmente prorrogaron el confinamiento una semana. Hay que recordar que durante estas “vacaciones” hay que pagar el salario y el empresario no debe cobrar, pero sus ingresos bajarán. Económicamente, esto es un suicidio colectivo.

Además, aunque los códigos QR, que no son nada populares, existen ahora en todas las regiones de Rusia, se refuerzan en algunas regiones, pero no en Moscú. La capital ya probó la operación este verano y el fulgurante fracaso de los códigos QR en bares y restaurantes duró sólo dos semanas. Sólo se mantendrán en los teatros y museos, que ahora ven caer su asistencia de forma dramática, pero la orientación progresista de su gestión permite esta toma de poder… por ahora.

Por otro lado, los códigos QR están apareciendo en la mayoría de las regiones, sine die, para bares, restaurantes, pabellones deportivos, tiendas e instalaciones públicas, lo que hace las delicias de la ministra de Sanidad, Tatiana Golikova, que aparece en la foto de portada con Putin. Así, por ejemplo, Tatarstán exige códigos QR en los centros comerciales, Primorsky (Extremo Oriente) en tiendas, instalaciones deportivas, establecimientos culturales, bares y restaurantes y SPA, la región de Rostov en peluquerías, tiendas, hoteles, salones de belleza y saunas, etc. Cabe destacar las regiones que exigen códigos QR para acceder a las tiendas de alimentación, como la de Smolensk, sin que ello plantee dudas en los organismos públicos federales. Por no hablar del aspecto moral, que obviamente ha desaparecido del discurso público dominante, ¿cómo va a sobrevivir la economía de estas regiones, que ya está en mal estado?

Yendo más allá, algunas regiones están imponiendo códigos QR en el transporte urbano; es cierto que el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, había dicho que esto no estaba previsto a escala federal, sino que era una cuestión de las autoridades locales. En Tatarstán, por ejemplo, los mayores de 18 años ya no podrán utilizar el transporte público sin un código QR o un certificado de anticuerpos. Esta medida ha sido adoptada por la región de Kamchatka y se está estudiando en Omsk. Mientras que la región de Altai ha abandonado finalmente la idea, Ufa, en Bashkiria, analiza la cuestión de forma bastante positiva.

Aunque muchas compañías aéreas se declaran partidarias de utilizar los códigos QR para comprar billetes o embarcar, incluso en los vuelos nacionales, dos regiones han impuesto los códigos QR para los vuelos nacionales en estas regiones (Khabarovsk y Kamchatka).

Estos experimentos sociales no son en absoluto del gusto de la población. La asociación de pasajeros se ha dirigido a la viceprimera ministra Golikova, que apoya activamente el desarrollo de los códigos QR en toda Rusia. Según su dirección, creen que esta medida provocará quiebras en serie de las empresas de transporte y un colapso de las operaciones de transporte urbano, mientras que los beneficios para la salud de la medida son muy cuestionables. Recordamos los llamamientos masivos e individuales de los ciudadanos a la Fiscalía exigiendo la cancelación de los códigos QR.

Por cierto, la validez de los códigos QR acaba de ser ampliada, obviamente, a 6 meses, lo que significa que deben ser revacunados dos veces al año.

Si el efecto sanitario de estas extrañas medidas progresivas es muy incierto, los efectos económicos, sociales y políticos son seguros. El declive económico resultante es visible en todos los países que los utilizan, así como el aumento del descontento social y el descrédito de los dirigentes. Rusia no es una excepción, y los índices de satisfacción de la política interior, social y económica lo demuestran perfectamente. Si uno quisiera hacer implosionar a Rusia, no lo haría de otra manera.

Karine Bechet-Golovko https://russiepolitics.blogspot.com/2021/11/russie-apres-le-lockdown-les-qr-codes.html

La pandemia ha conducido a Australia al terrorismo de Estado

El Primer Ministro del estado australiano de Victoria, Daniel Andrews, ha pasado los dos últimos años convirtiendo Victoria en un estado policial. El daño que ha hecho ha sido colosal económica, social e incluso médicamente. Miles de empresas se han arruinado y el Estado se ha endeudado: de 29.000 millones en 2019 a unos 155.000 millones en 2023. Los problemas de salud mental se han disparado debido a los dos años de contención y a muchos se les ha impedido recibir el tratamiento médico que necesitan debido a la atención exclusiva prestada al coronavirus.

En 2020, más de 650 personas murieron en los asilos de ancianos. Las investigaciones oficiales han señalado a los gobiernos federal y estatal y a la dirección de los hogares por negligencia y mala administración. De las 915 personas que murieron con el virus desde enero del año pasado hasta julio de este año, 820 estaban en el estado de Victoria.

Ahora Andrews sigue adelante con su desvarío. Acaba de llevar al parlamento una legislación que le permite convertirse en un estado policial, como el que ha venido imperando desde hace un año y medio. No hubo debate público, ya que no se supo nada de la legislación fuera del gobierno hasta el día anterior a la presentación del documento de 121 páginas en el parlamento.

El proyecto de ley de salud pública, bienestar y gestión de pandemias permite al Primer Ministro declarar una pandemia aunque no la haya. Sólo tiene que pensar que puede haber una. En tal situación puede asumir el control personal total del Estado y de su población. Puede aislar partes del territorio o en su totalidad e impedir que la población entre o salga del mismo. Puede ampliar los cierres sin límite.

La aplicación de la ley estará en manos de la policía y de los “agentes autorizados”, es decir, milicias auxiliares de matones. Las personas pueden ser detenidas hasta dos años y tendrán que pagar el coste de su propia detención en el gigantesco campo de internamiento que se ha construido en Mickleham, en las afueras de Melbourne. La legislación permite a la policía hacer un “uso razonable de la fuerza” para ayudar a los “matones” cuando los detengan.

El campo de Mickleham tiene capacidad para albergar a miles de personas. Las víctimas probables de este campo de concentración australiano serán los disidentes, políticos o sanitarios, por los supuestos peligros para la salud. Maltratados por los políticos y los comentaristas de los medios de comunicación, excluidos de muchas de las actividades normales de la vida cotidiana, los disidentes sanitarios se han convertido ya en parias sociales que los que obedecen las órdenes sin duda pensarán que merecen ser encerrados en algún recinto, como el de Mickleham.

La legislación prevé un sistema de puntos para castigar el mal comportamiento, como en el caso de las multas de tráfico. Los particulares y empresarios que no obedezcan a un matón autorizado perderán puntos si la infracción se considera grave.

Las personas pueden ser detenidas en función de sus características, atributos y circunstancias evaluadas por un “funcionario autorizado”, es decit, no por un juez. De esa manra es posible la detención de cualquier persona por cualquier motivo.

Se puede exigir a los detenidos que se sometan a pruebas médicas y se puede prolongar su detención si se niegan a aceptarlas. Si no pueden pagar el coste de su detención durante algún tiempo, serán multados. Todas las órdenes pueden ser ampliadas o modificadas sin límite por el Primer Ministro o el por ministro de Sanidad.

La policía también puede entrar en las viviendas o en cualquier clase de instalaciones sin orden judicial. Se puede extraer información de las personas detenidas, no sólo nombres y direcciones, sino “cualquier otra información” que necesite un “funcionario autorizado”. No se explica cómo podría hacerse si la persona detenida no quiere dar esta información… pero lo podemos imaginar

Las reuniones públicas y privadas pueden ser prohibidas y los negocios cerrados por decisión de un funcionario.

El Primer Ministro, Scott Morrison, aisló a Australia del mundo durante casi dos años. Sus ciudadanos no han podido regresar y deben solicitar una excedencia, de las que se conceden pocas. Sus derechos según el derecho internacional han sido completamente violados. Hay decenas de miles de ciudadanos australianos varados en fronteras, puertos y aeropuertos, donde no tienen acceso a los servicios públicos.

Las fronteras estatales siguen cerradas. Miles de habitantes de Victoria que viajaron al norte para escapar del invierno, llevan tres meses varados en Nueva Gales del Sur porque Andrews cerró la frontera en julio antes de que pudieran regresar. Sobreviven en caravanas y hoteles.

A los diputados que se negaron a vacunarse no se les permitió entrar en el edificio del Parlamento, lo que permitió a Andrews derrotar por poco un intento de abrir una investigación sobre su gestión de la pandemia.

La vicepresidenta de la Comisión de Trabajo fue suspendida de su cargo tras calificar la vacunación obligatoria de violación de la ética médica y del derecho internacional. Se le ha ordenado someterse a una “formación profesional” para que no repita su “error”. La vacunación obligatoria viola las normas deotológicas de la Asociación Médica Australiana, pero ese tipo de normas profesionales son papel mojado.

Los rusos se resisten a las vacunas, los pasaportes y las restricciones sanitarias

Mientras que el presidente del Tribunal Constitucional ruso da la voz de alarma sobre los riesgos de una limitación excesiva de los derechos y libertades constitucionales, especialmente en tiempos de pandemia, el portavoz del Kremlin corta incluso la posibilidad de reflexión al revestirlo como un peligro mortal. Esta retórica es habitual en los países atlantistas y, por tanto, se ha convertido en la norma del discurso interno ruso. Y la distancia entre la radicalización del discurso y su realización crece a cada paso. Para ello, basta con ver el número de establecimientos que permanecen abiertos a pesar de la obligación de cerrarlos. El fanatismo conduce al nihilismo, y Rusia lo está experimentando. Una vez más.

Un interesante intercambio de armas tuvo lugar con motivo del nuevo intento de confinar al país y a la gente “por su propio bien”, “por su propia vida”. No hay tiempo para la reflexión, las élites gobernantes se han lanzado a la oferta mundial y ya no se tolera ningún discurso discrepante, es decir, que plantee la cuestión de la proporcionalidad y la eficacia real de estas medidas para el fin anunciado.

El político comunista Rashkin, que lucha abiertamente contra estos experimentos, acaba de ser detenido por la presunta caza de especies protegidas sin autorización. Las cámaras ya estaban preparadas y las imágenes se difundían sin demora en los medios de comunicación, que repetían a placer. “Ahora ha perdido su reputación”. El Partido Comunista fue llamado a tratar el tema. Está claro que los buenos métodos antiguos no han perdido su brillo, simplemente son cada vez más difíciles de convencer.

El presidente del Tribunal Constitucional publicó un artículo en el que tuvo la temeridad de preocuparse por la desproporcionada vulneración de los derechos constitucionales y las libertades de los ciudadanos bajo la apariencia de una pandemia. Señala que el Estado en Rusia (y no es el único, como demuestra la experiencia) tiene esta penosa tendencia.

La respuesta sale de forma escalofriante y tajante de la boca del portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, mientras Putin promete lealtad covidiana al G20: las medidas liberticidas están justificadas por el peligro para la vida. Si es cierto, según Golikova, que la mortalidad es mayor este año que el anterior y el anterior que hace dos años, esto significa que las medidas adoptadas son, desde el punto de vista sanitario, como mínimo ineficaces, y en el peor de los casos peligrosas.

La radicalización del discurso interno, así como la repetición de las medidas restrictivas, ya no convencen a la población. Se puede obligar a la gente a vacunarse, pero sólo desarrollan más resentimiento contra las autoridades. Se está produciendo una peligrosa división.

Para ilustrar este punto, podemos citar al Defensor del Pueblo empresarial, Boris Titov, que apoya los códigos QR, obviamente por razones de salud, y que declara sin pestañear que ahora es una buena idea. Este verano, los códigos QR provocaron una pérdida del 80 por ciento a los negocios, pero ahora será diferente, porque hay más gente vacunada. Cree en él, lo quiere.

Estas élites no viven en el mundo real, viven en un mundo deseado.

Los teatros se ven obligados a cancelar funciones porque las entradas codificadas no se venden, y en general han informado de un aumento de las cancelaciones y una disminución de las ventas. En varias regiones de Rusia se están presentando miles de recursos individuales y colectivos ante la fiscalía contra los decretos locales que imponen los códigos QR; en San Petersburgo se están formando grupos de ciudadanos contra los códigos QR. Evidentemente, y en contra de la opinión de Titov, el porcentaje de personas vacunadas no es la razón del fracaso de los códigos QR este verano.

Por su parte, Rospotrebnadzor, que debe velar por el cierre de los establecimientos durante el confinamiento, no sabe a quién recurrir y se dedica a amenazar a los establecimientos con 3 meses de cierre por haber permanecido completamente abiertos, sin siquiera esconderse. En Moscú, se trata de salones de belleza, grandes cadenas de tiendas de cosmética, salones de telefonía móvil, grandes centros comerciales, tiendas de licores, tiendas de descuento, tiendas de herramientas, etc. Esto no ocurrió durante los últimos cierres.

Por no hablar del creciente número de establecimientos ilegales. Un ejemplo de San Petersburgo. Un colega magistrado llegó a un acto oficial el sábado por la mañana en tren nocturno y, obviamente, encontró todo cerrado. Pero tenía que comer. No muy lejos de la estación, encuentra un restaurante, oficialmente sólo para llevar, por supuesto. Cuando pregunta si puede comer dentro, el camarero duda, le mira, le prueba… le pregunta si puede pagar en efectivo. Cuando ella acepta, él abre una puerta que conduce a una habitación oculta… llena de gente comiendo. Asimismo, por la noche, en la avenida Nevsky, varias personas le ofrecen acceso a bares clandestinos abiertos hasta las 7 de la mañana. Si los establecimientos clandestinos siempre han funcionado durante las distintas restricciones, cada vez se presentan más abiertamente.

Este discurso radicalizado y la propaganda infantil sólo pueden convencer a los convencidos, lo que es extremadamente peligroso para la estabilidad del país. Es cierto que, formalmente, las medidas se adoptan a nivel local, pero el discurso tanto del presidente como de las élites gobernantes está tan radicalizado que les será casi imposible recuperar la confianza de la población, si en algún momento su instinto de supervivencia se despierta y deciden dar marcha atrás por completo. Además, al arremeter de forma tan ridícula contra un comunista elegido, en realidad están creando verdaderas figuras políticas alternativas, a diferencia de Navalny y compañía. Este confinamiento ha sido un paso más, que corre el riesgo de desacreditar profundamente a las autoridades.

Karine Bechet-Golovko https://russiepolitics.blogspot.com/2021/11/russie-le-confinement-de-trop.html

En Italia el coronavirus ha matado mucho menos que una simple gripe

En Italia el coronavirus ha matado mucho menos que una simple gripe, según el último informe oficial del ISS (Instituto Superior de Sanidad) sobre la mortalidad por covid que no se actualizaba desde julio.

El diario Il Tempo ha analizado las estadísticas de mortalidad publicadas por el INS (1). Los datos ponen de manifiesto la diferencia entre la “muerte por covid“ y la “muerte con covid”. La mayoría de las muertes ocurridas durante los dos últimos años de restricciones y privaciones se debieron principalmente al estado previo de los pacientes tuvierean o no tuvieran covid.

Sólo el 2,9 por cien de las muertes registradas desde finales de febrero de 2020 se cree que se deben al covid-19. De las 130.468 muertes registradas por las estadísticas oficiales en el momento de la elaboración del nuevo informe, sólo 3.783 se deberían al poder del propio virus.

Todos los demás italianos que murieron tenían entre una y cinco enfermedades que, según el SSI, les dejaban pocas esperanzas. Incluso el 67,7 por cien habría tenido más de tres enfermedades contemporáneas juntas, y el 18 por ciento al menos dos juntas.

El 65,8 por ciento de los italianos fallecidos tras infectarse con covid tenían la presión arterial alta. El 23,5 por ciento también sufría demencia, el 29,3 por ciento añadía la diabetes a sus dolencias, el 24,8 por ciento también tenía fibrilación auricular. El 17,4 por ciento ya tenía los pulmones afectados. El 16,3 por ciento había tenido cáncer en los últimos 5 años. El 15,7 por ciento padecía insuficiencia cardíaca. Más de uno de cada diez era obeso. Más de uno de cada diez había sufrido un ictus, y otros, aunque en menor proporción, tenían problemas hepáticos graves, diálisis y enfermedades autoinmunes.

Como la incidencia del covid en el total de fallecidos es inferior al 3 por ciento, “no se explica el alarmismo que ha llevado a una determinada línea política a impulsar con tanta insistencia la vacuna y las restricciones consideradas como prerrogativa para salir de la emergencia sanitaria”, comenta el diario Il Giornale d’Italia (2).

Las cifras no justifican el confinamiento, ni las restricciones, ni la campaña de vacunación, ni la obligatoriedad del pasaporte sanitario.

El ISS no había publicado ninguna actualización desde julio y los últimos acontecimientos sugieren el motivo. Justificar casi 24 meses de restricciones y un impulso draconiano hacia la exigencia de vacunas con un 2,9 por ciento es vergonzoso, dice el periódico.

“Es precisamente en el alarmismo sobre las muertes, y no sólo sobre los contagios, en lo que se han basado las autoridades para tomar decisiones que, en ocasiones, han llevado a la privación de la libertad individual”, añade. Muchas de ellas siguen vigentes hoy en día.

“Si la situación parece así menos alarmante de lo que a veces se describe, ¿cómo se pueden justificar las restricciones aún vigentes?”, se pregunta el periódico. “Para decirlo como Shakespeare, en muchos casos, en detrimento de la libertad de muchos, y contando con el destino (aunque trágico) de unos pocos, se ha hecho mucho ruido y pocas nueces”.

Como venimos diciendo aquí desde el comienzo de la pandemia, los toques de queda y las restricciones no se justifican con ningún dato sanitario. Son medidas políticas, económicas y sociales exclusivamente.

(1) https://www.iltempo.it/attualita/2021/10/21/news/rapporto-iss-morti-covid-malattie-patologie-come-influenza-pandemia-disastro-mortalita-bechis-29134543/
(2) https://www.ilgiornaleditalia.it/news/salute/302848/covid-l-ultimo-rapporto-dell-iss-fa-luce-sui-discutibili-allarmismi-i-morti-di-covid-sono-una-minoranza.html

Fascistas, negacionistas y antivacunas

Recientemente en Francia se produjo un acontecimiento que marca los ejes políticos sobre los que se ha construido la pandemia desde el primer minuto. El Partido Socialista presentó un proyecto de ley en el Senado para imponer la vacunación obligatoria en el país galo. Sólo votaron a favor sus propios senadores, por lo que el proyecto no fue aprobado… afortunadamente.

Los reformistas han sido la columna vertebral de las medidas de represión política que han venido adoptando las potencias capitalistas en sus propios países y en el mundo entero. Tras ellos han desfilado la corte de colectivos y medios políticos, sindicales y sociales que alardean de ser alternativos, antisistema e incluso “revolucionarios”, lo cual significa que estos últimos no son más que el brazo largo de los anteriores, es decir, que carecen de una política propia.

No obstante, a medida que con el tiempo los agujeros de la pandemia van saliendo a la luz, dichos colectivos se callan la boca, esperando que todo pase y quede convenientemente enterrado. Otros empiezan a asomar la oreja. Por ejemplo, el sindicato de enfermería SATSE coloca carteles en los hospitales donde se puede leer que para vacunar es necesaria la prescripción médica.

Lo dicen ahora, cuando ya han vacunado al 85 por ciento de los adultos, suponemos que sin la correspondiente prescripción médica, es decir, de manera ilegal, por lo que se mantiene el mismo tono desde el primer estado de alarma, que también fue ilegal.

Es la gran paradoja. Vivimos en un país donde las instituciones públicas se llenan la boca con el respeto a la ley… excepto cuando la ley no le interesa a nadie. En tal caso, no pasa nada. Da lo mismo y seguimos adelante con restricciones, mascarillas y vacunas. “Hicimos lo que teníamos que hacer”, dicen.

Nadie ha exigido responsabilidades al gobierno que impuso a toda la población una medida ilegal, ni a los gobiernos autonómicos, ni a los partidos que votaron a favor de las restricciones, porque llevamos un año y medio escuchando un único mensaje uniforme, sin fisuras por parte de nadie y eso siempre da una sensación de impunidad, de que “todo vale”, lo legal y lo ilegal.

Si al SATSE se le ha ocurrido ahora colocar un cartel disonante es porque le ven las orejas al lobo: en la medida en que las vacunas se están convirtiendo en una carnicería, con consecuencias lesivas que se prolongarán a lo largo del tiempo, van a aparecer cada vez más exigencias de responsabilidades por parte de las víctimas de la vacunación, que van a alcanzar a todos, empezando por los más inmediatos: los médicos y el personal sanitario.

La historia no olvida este tipo de responsabilidades, por más que, como en el caso de la colza, transcurran 40 años. Del mismo modo, en lo sucesivo y durante décadas, todas y cada una de las medidas políticas y sanitarias serán juzgadas muy severamente en todos los terrenos: político, médico y científico. Con ellas serán juzgados los colectivos y los medios que las han amparado o que se han callado.

Que a nadie le quepa ninguna duda: la mierda va a seguir saliendo, el torrente será cada vez mayor y dará lugar a enconadas controversias que van a dejar malparados, no sólo a los autores, sino también a los cómplices y encubridores, como se dice en el lenguaje jurídico, que afectará muy especialmente a los reformistas y a quienes les hacen el juego con una empalagosa retórica seudorrevolucionaria.

Como ocurrió durante la transición, la demagogia de la izquierda domesticada ha querido esconder sus propias responsabilidades atribuyendo etiquetas políticas a las diversas corrientes críticas hacia la pandemia, las restricciones o las vacunas, especialmente la de que no hay alternativa al mensaje dominante… excepto que se trata de la “extrema derecha” o que le hacen el juego.

Es justamente al revés: desde el gobierno, el reformismo ha pretendido arrojar a los críticos a los brazos de la reacción. El cambio de signo se ha producido cuando se han dado cuenta de que hay muchos más críticos de los que suponían y que en el futuro el número va a seguir aumentando.

A pesar de una campaña feroz de desprecio, el movimiento crítico con la pandemia no ha hecho más que crecer y acabará organizándose, por encima de su carácter heterogéneo porque, en efecto, la primera mentira empezó cuando le atribuyeron una naturaleza compacta de la que carece. Tanto desde el punto de vista político, como científico y médico, los críticos son una amalgama.

Pero es verdad, y a nadie le puede caber ninguna duda de que hay muchos reaccionarios y fascistas dentro de ese movimiento que intentan pescar en río revuelto, sobre todo aprovechando un gobierno, como el actual, del PSOE y Podemos. Es un terreno intimidante. Muchos empiezan a intuir que algo huele mal, pero no quieren ser tachados de “negacionistas” y se guardan sus reservas para que sean otros los que den la cara.

Hasta ahora la oposición a la pandemia ha sido diversa porque su origen es doctrinal y hay decenas de corrientes en materia de salud pública que llevan décadas estudiando este tipo de fenómenos, naturalmente silenciadas, cuando no aborrecidas.

El panorama cambiará en cuanto se formen colectivos de afectados por las vacunas, es decir, cuando ya no haya ningún remedio, salvo el de protestar, el de que indemnicen a las víctimas y atiendan sus lesiones, porque una vacunación indiscriminada de las proporciones que estamos conociendo, además de cadáveres, va a crear una sociedad de enfermos, de personas dependientes, necesitadas de un fármaco que les cure el daño que les ha causado el anterior.

Cuando ese momento llegue, el escenario se llenará de plañideras que se subirán al carro de los damnificados y sujetarán una pancarta en la calle. Entonces no podrán decir que son fascistas, negacionistas o antivacunas. Pero habrá que recordarles que no hicieron nada cuando podían hacerlo y que deben tomar nota para las sucesivas pandemias que nos aguardan.

Casi 6.000 manifestaciones en Italia contra las restricciones sanitarias

Las medidas tomadas por el gobierno italiano con el pretexto de la pandemia dieron lugar a 5.769 manifestaciones de protesta desde febrero de 2020, anunció este martes la ministra de Interior Luciana Lamorgese, al intervenir ante el Parlamento​​​.

“Desde febrero de 2020 hasta el 18 de octubre de 2021 hubo en toda Italia 5.769 manifestaciones de protesta contra las medidas gubernamentales para contener el virus”, declaró Lamorgese.

3.668 manifestaciones se celebraron durante este año. De ellas, 1.526 se produjeron entre el 22 de julio y el 18 de octubre de este año y fueron dirigidas contra el pasaporte sanitario.

El tema principal del discurso de la ministra fue la respuesta de las fuerzas del orden a los disturbios, que tuvieron lugar en Roma el pasado 9 de octubre, cuando los manifestantes devastaron la sede de la CGIL (Confederación General Italiana del Trabajo), por sus siglas en italiano) y trataron de tomar el Palacio Chigi, la sede del gobierno.

Lamorgese subrayó que en la manifestación era muy heterogénea. Participaron “exponentes de grupos y movimientos políticos, que pertenecen tanto a la derecha radical, como a la galaxia de la izquierda antagonista y a la componente anárquica”.

En cuanto a la incapacidad de la policía de contener los disturbios, que se saldaron con 41 heridos, la ministra la explicó que la afluencia efectiva alcanzó unas 3.000 ó 4.000 personas, mientras los organizadores de la manifestación habían indicado un millar de participantes.

Las mascarillas que se imponen a los niños están contaminadas por agentes patógenos peligrosos

Un laboratorio de la Universidad de Florida ha encontrado 11 peligrosos patógenos en las mascarillas que se imponen a los niños, entre los que se encuentran bacterias que causan difteria, neumonía y meningitis.

Los padres de Gainesville (Florida), preocupados por el peligro que supone para sus hijos el uso de mascarillas durante toda la jornada escolar con un clima de 32°C, enviaron seis mascarillas -cinco de ellas usadas por niños de 6 a 11 años durante 5 a 8 horas en la escuela, y una usada por un adulto- para que fueran analizadas en busca de contaminantes a la Universidad de Florida.

De las 6 mascarillas, 3 eran quirúrgicas, 2 de algodón y una era una polaina de poliéster. Como muestras de control para el análisis se utilizaron mascarillas que no se usaron y una camiseta usada en la escuela.

5 mascarillas estaban contaminadas con parásitos, hongos y bacterias. Uno de ellos contenía un virus que puede causar una enfermedad sistémica mortal en el ganado y los ciervos. También se detectaron otros patógenos menos peligrosos que pueden causar úlceras, acné y estreptococos en las cubiertas de la cara.

Las muestras tomadas de la parte superior e inferior de la camisa revelaron la presencia de proteínas que se encuentran habitualmente en la piel y el pelo, así como en la tierra.

Amanda Donoho, madre de tres hijos de la escuela primaria, se unió a otros padres para enviar las mascarillas al laboratorio porque sus hijos desarrollaron erupciones cutáneas, que según ella fueron causadas por el uso de las mascarillas durante largos períodos de tiempo.

“Nuestros hijos llevaban mascarillas todo el día, siete horas al día en la escuela”, dijo la madre el 17 de junio. “El único descanso que tienen es para comer o beber”.

Donoho dijo que si bien los estudiantes no tienen que usar mascarillas fuera de la escuela desde abril de este año, las mascarillas seguían siendo necesarias cuando se encontraban a una distancia de 1,8 a 2,4 metros. También se exige el uso de mascarillas en los autobuses escolares.

El director de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) dijo que los niños deben seguir usando mascarillas y mantenerse alejados de la sociedad hasta que puedan ser vacunados, a pesar de que los datos muestran que los niños están mínimamente afectados por el coronavirus.

El gobernador de Florida, el republicano Ron DeSantis, firmó el 3 de mayo una orden ejecutiva que suspende todas las restricciones de emergencia relacionadas con el coronavirus, incluido el uso de mascarillas. Sin embargo, algunos distritos escolares como ACPS obligaron a portar las mascarillas durante el resto del año escolar.

ACPS dice que las mascarillas serán opcionales para el año escolar 2021-22, pero seguirán siendo obligatorias en los autobuses escolares hasta mediados de septiembre, a menos que cambien las regulaciones federales de transporte.

—https://rationalground.com/dangerous-pathogens-found-on-childrens-face-masks/

En Japón no ha habido confinamiento ni tampoco pandemia

Las cifras demuestran que en el sudeste asiático tampoco ha habido pandemia. Incluso en países como Taiwán la mortalidad se redujo el año pasado. Los que esperaban otra cosa se estrujan los sesos para buscar explicaciones. Cualquier cosa antes que reconocer su error.

Como ya hemos expuesto en otras entradas anteriores, en Japón ha habido más muertes por suicidio que por coronavirus (18.000), especialmente preocupante ente los jóvenes, a causa del cierre de las escuelas y colegios.

La baja tasa de mortalidad de Japón sorprende a los “expertos” porque el gobierno de Tokio no adoptó prácticamente ninguna medida de restricción sanitaria, excepto el cierre de fronteras, que no explica nada porque, a pesar de tener a China muy cerca, los pocos casos reconocidos han tenido un origen interno.

Este verano pasado el país celebró los Juegos Olímpicos sin que se apreciara ningún cambio en el patrón de contagios, enfermedades o muertes. Los hospitales no se colapsaron, ni con los autóctonos ni con los foráneos.

También celebraron fiestas multitudinarias en la calle, como en marzo la de los cerezos en flor, que congrega a miles de personas en las calles.

El crucero Diamond Princess, del que ya nadie se acuerda, estaba atracado en el puerto de Yokohama al comienzo de la pandemia, es decir, que Japón tenía todos los ingredientes para haber padecido una pandemia de vastas proporciones… si la teoría fuera correcta.

Japón no ha conocido el confinamiento domiciliario y este año cerró durante 112 días los negocios. Por lo tanto, si la teoría del contagio fuera correcta, el año pasado las cifras de la pandemia se hubieran disparado. No fue así.

Japón tiene una de las poblaciones más envejecidas del mundo, sin que la pandemia haya tenido ningún efecto visible entre los ancianos.

La concentración de la población y el hacinamiento en grandes ciudades también es muy elevada en Japón.

Los japoneses tienen un elevado índice de consumo de tabaco, lo que no ha redundado en una enfermedad caracterizada como respiratoria.

La campaña de vacunación no era necesaria en absoluto.

Las explicaciones de los expertos de pacotilla son un chiste. Se han olvidado de que cuando los hechos no confirman una hipótesis, hay que descartarla y cambiarla por otra.

No se puede salir de casa

Porque en cuanto sales del zaguán o del dintel de la puerta, o ya estás en la calle, o en el pasto, la amenaza en forma de cualquier contratiempo, te acecha. No puede andar uno tranquilo por la vereda (la acera) sin correr algún peligro como que se le caiga una maceta del quinto piso, vaya por dios, o una cornisa del Palacio de Justicia, qué contrariedad, o que se le venga encima un suicida desde el séptimo, qué fatalidad, o un ángel caído, lo que me faltaba. Pero, convendrán conmigo, es improbable, seamos honestos.

No lo es tanto que crucemos con entes humanos, o que se parezcan, a juzgar por los bozales que llevan en la cara, que nos contagien un virus agresor al menor descuido. Hay que guardar la distancia social, pero ¿cómo hacerlo en el bus o metro camino del trabajo o de vuelta? Seguro que estoy contaminado, pero ¿cómo es posible si soy un asintomático? Es posible. De hecho, hay «expertos» que aseguran que de aquí a dos años no todos calvos, pero sí contagiados. Sus títulos los avalan.

También es verdad que ya resulta imposible ocultar los muertos tras recibir la pauta completa de las vacunas con distinta matrícula con lo que, si bien la mayoría de la gente se vacuna y se muestra obsecuente, cabe pensar que muchos de ellos se vacunan no pensando tanto en los beneficios sanitarios en los que en el fondo no creen como en la posibilidad de, vale decir, recomprar la libertad que le devuelva la normalidad anterior o, al menos, que se le parezca. Y ello a cambio de pagar el billete de la vacuna, pues, sin ella, somos prisioneros, no somos libres.

¿Cómo llamar entonces al pasaporte sanitario si no cómo una forma de comprar la libertad de poder viajar en avión o tren o entrar en un teatro o un restaurante a cambio de inyectarse una vacuna experimental creada casi de la nada en tiempo récord (salvo que ya estuviera creada con antelación)? ¿Cabe mayor coacción? Y ello sin hacer mención de la partición de la sociedad entre vacunados con pasaporte y no vacunados apestosos o la presión irracional ejercida sobre éstos para que se vacunen. Si te vacunas te salvas; si no, te condenas.

Incluso los «asintomáticos» pasarán a ser el mayor peligro de la humanidad por egoístas e irresponsables, cuando está demostrado que, aún vacunado, no estás exento de contagiar y ser contagiado, pero mejor buscar chivos expiatorios. El chantaje consiste en tener que vacunarse para poder hacerse la ilusión de recobrar (comprar) una libertad perdida que ha sido eliminada por los mismos causantes del liberticidio. Es como en la antigua Roma donde los esclavos podían liberarse si pagaban una determinada cantidad de sestercios a su amo. Y eso en caso de que el amo quisiera vender. El esclavo, «liberto» (así se llamaban), era libre pagando de su propio peculio al amo. Con las vacunas algo parecido. Te sometes al mismo que ha anulado tu libertad y, encima, con tu consentimiento previo lavado de cerebro mediático.

Yendo a otro plano se observa que el tratamiento informativo de la pandemia apenas cambia nada del reseteamiento dado a, por ejemplo, el volcán que ha entrado en erupción hace tres semanas en la isla canaria La Palma. Surgen vulcanólogos (o volcanólogos, que ambas valen) como setas «fichados» por las cadenas televisivas (como pasa con la pandemia, ahora en segundo plano, pero no olvidada) que hablan y no paran hasta llegar a niveles de saturación extenuante donde cada vez se les entiende menos espantando a la audiencia ya aburrida.

Aterrizan primeras espadas de dichos canales (un par de días, no más) en «donde está la noticia», y también personajes de medio pelaje buscando la desgracia, oliendo sangre e inspirando la lágrima, cuando no «fuerzan» la situación preguntando por víctimas de la desgracia «que necesito» para el programa, como le pillaron a una descerebrada de un programa rosa (Lydia Lozano) desenmascarando las verdaderas intenciones de los media: rellenar horas y horas de programación y espectacularizar las imágenes en aras del share.

Tampoco faltan uniformados «dirigiendo» (recuerde el lector la aparición de militares al principio de la pandemia) la cosa, paisanos desesperados y mucha lágrima. Un tratamiento, como decimos, de shock, de inseguridad, de enemigo invisible, inquietante, de gafas y mascarillas, de calibrar a diario la pureza del aire (como si no lo supieran los lugareños) y así día a día hasta que aparezca una invasión extraterrestre que requiera ser atendida para tenernos bien informados y si hay que ponerse mascarilla o no o hay que lavarse las manos de lo marranos que son. Como las películas de serie B gringas en plena guerra fría con terroríficos platillos volantes seguramente conducidos por el «peligro rojo» comunista.

Stay screen.

La nueva píldora contra el ‘covid’ fabricada por la farmacéutica Merck es mutagénica

Esta semana hemos asistido a una cobertura mediática sin precedentes del “molnupiravir”, un nuevo medicamento antiviral para el tratamiento del covid-19, promocionado por Merck (cuyas acciones se han disparado) en base a una nota de prensa.

El molnupiravir -que aún está en fase de investigación- puede inhibir la producción de virus de ARN como el SARS-CoV-2. Se administra al principio de la enfermedad en forma de píldora durante cinco días.

No hubo ningún documento revisado por pares sobre el estudio, ni se publicaron los datos en el registro de ensayos.

Sin embargo, el gobierno australiano ha asegurado la compra de 300.000 dosis de “molnupiravir” a Merck y el gobierno de Biden ha adquirido 1,7 millones. Si la FDA lo autoriza, será el primer fármaco antiviral oral para el covid-19 (se está preparando una formulación oral de remdesivir).

Merck comenzó a probar el molnupiravir para el covid-19. La empresa ya contaba con la ivermectina en su cuaderno de medicamentos, que también tiene propiedades antivirales y está aprobada por la FDA para el tratamiento de las lombrices. Pero cuando Merck desacreditó públicamente el uso de la ivermectina para el covid-19, a pesar de que algunos de los primeros ensayos demostraban su eficacia, muchos sugirieron que se trataba de un movimiento estratégico de la empresa para dejar de lado la ivermectina (que es barata y no está patentada), para dar paso a su nuevo y muy rentable medicamento.

El “molnupiravir” costará unos 700 dólares por tratamiento y se calcula que la empresa farmacéutica obtendrá hasta 7.000 millones de dólares a finales de este año.

Aunque Merck defiende que los efectos adversos no son importantes, un estudio reciente publicado en Nature afirmaba que el molnupiravir es “mutagénico”, es decir, que aumenta la frecuencia de las mutaciones del ARN viral y perjudica la replicación del SARS-CoV-2 en modelos animales y en humanos.

Hay que recordar que cuando el remdesivir fue probado por la OMS (ensayo Solidaridad) con la participación de 405 hospitales de 30 países, los resultados, publicados varios meses después, mostraron que no tenía ningún efecto sobre la mortalidad general, el inicio de la ventilación o la duración de la estancia hospitalaria. La OMS emitió una declaración en la que recomendaba no utilizar remdesivir; sin embargo, muchos médicos de hospital siguen utilizando el fármaco para tratar el covid-19.

El ensayo de Merck en fase 3 fue suspendido antes de tiempo. El análisis intermedio sólo incluía datos de 775 sujetos, a pesar de que habían reclutado el 90 por ciento del número total previsto (1.850 sujetos). Los datos de los sujetos restantes no se han publicado. Otro ensayo para investigar la eficacia del molnupiravir en personas hospitalizadas se dio por finalizado el 9 de septiembre de 2021, “por motivos comerciales”.

Uno de los investigadores que participó en la revelación del escándalo del tamiflú, el profesor Tom Jefferson, emprendió acciones legales contra Roche en Estados Unidos, alegando que la empresa defraudó al gobierno federal y a los gobiernos estatales al afirmar falsamente que podía ser una poderosa herramienta para mitigar una pandemia de gripe. La demanda solicitaba el reembolso de los fondos de los contribuyentes por valor de más de 4.500 millones de dólares por “conclusiones científicas falsificadas” y por montar “una campaña de marketing y de presión de gran potencia para engañar al gobierno sobre la eficacia del tamiflú para combatir una pandemia de gripe”.

¿Podría convertirse el molnupiravir en una secuela del tamiflú?

—https://maryannedemasi.com/blog/f/could-the-new-covid-pill-molnupiravir-be-another-tamiflu-saga

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