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A la ‘mano invisible’ de Adam Smith se le ve el plumero

Adam Smith (1723-1790)
Cualquiera puede imaginarse que si no sabe la causa de un problema, difícilmente le podrá encontrar la solución.

En el caso del capitalismo, los economistas se han enterado -por fin- de que hay una crisis mundial, pero no saben la causa. No se esperaban una crisis; les ha pillado por sorpresa.

Entonces es posible suponer que si los economistas no saben la causa, tampoco encontrarán remedio a los males del capitalismo: paro, miseria, vivienda, guerra…

Pero no es exactamente así: aunque supieran la causa, tampoco le podrían poner remedio por un razón bien simple: porque no la hay. Los males del capitalismo no tienen remedio… dentro del propio capitalismo que los causa.

Sin embargo, los capitalistas nunca dirán que la causa de la crisis es el capitalismo. Por ejemplo, el Banco de Pagos Internacionales -conocido como el banco central de los bancos centrales- ha vuelto a advertir recientemente que sobre el capitalismo se “avecina una tormenta” de alcance mundial.

En realidad, la tormenta no se avecina sino que ya ha llegado. Pero eso no es lo más importante, sino el diagnóstico. Según dicho Banco, la causa de la “tormenta” son los gobiernos de todo el mundo que están implementando políticas monetarias equivocadas.

Es lo que oímos a diario en las tertulias de los periodistas con los partidos políticos: la causa de la crisis son políticas económicas erróneas. Si las cambiamos es posible salir de la crisis.

Como las políticas económicas las implementan instituciones políticas, tales como gobiernos o bancos centrales, lo que se debe hacer es cambiar de gobierno o al personal que está al frente de la gestión pública.

Es el típico análisis burgués, subjetivo e individualista, que habla de las erróneas decisiones de alguien, aunque sea de la “mano invisible” de Adam Smith.

Si alguien no se hubiera equivocado, no habría crisis. Entonces se trata de buscar a los “culpables”, a los cuales se les pone nombre y apellidos para personalizar: Lehman Brothers, ladrillo, burbuja, especulación…

Para salir de la crisis hay que relevar a las personas que se han equivocado al tomar las decisiones y poner a otros en su lugar. En última instancia, como a las personas que toman las decisiones las ha elegido Usted con su voto, no le quepa duda: Usted tiene la culpa de la crisis mundial del capitalismo.

Por sí mismo, sin decisiones equivocadas, el capitalismo sería un paraíso. No hay más que leer los manuales de economía que imparten en las facultades universitarias, que ignoran hasta la palabra crisis.

Por el contrario, Marx construyó la ciencia de la economía política (que es economía tanto como política) sobre la crisis del capitalismo, sobre leyes tales como la “caída de la tasa de ganancia”, es decir, sobre algo que no crece indefinidamente sino que tiene una tendencia a hundirse.

La crisis es internacional, se han equivocado todos, al mismo tiempo y en todo el mundo. Por lo tanto, lo que es un “error” es el capitalismo.
Pero eso mismo se debería decir de otra manera: en realidad, el capitalismo no está en crisis, es decir, en una etapa mala, pasajera, a la que seguirá otra de abundancia. El estado natural del capitalismo es la crisis. Ambos son consustanciales, por lo que no se puede “salir” de la crisis más que saliendo del capitalismo.
Eso, lo más básico, es lo que no vamos a poder escuchar en ninguna tertulia ni en ningún debate electoral.

Nuevo contingente de mercenarios desembarca en Yemen

El primer grupo de mercenarios de la empresa militar privada norteamericana DynCorp ha llegado al sur de Yemen, como refuerzo a la ofensiva que lleva a cabo Arabia saudí.

Según informa la agencia de prensa yemenita Jabar Agency, los mercenarios han sido enviados a Yemen con un contrato de 3.000 millones de dólares firmado entre Emiratos Árabes Unidos y la empresa DynCorp.

Un funcionario del Ministerio de Defensa de Yemen, citado por Jabar Agency, explicó que la misión de los mercenarios norteamericanos consistía en apoyar el ejército de los Emiratos, uno de los principales aliados del régimen saudí en la guerra contra el ejército yemenita y el movimiento popular Ansarolá.

Este nuevo contingente, que incluye fuerzas navales especiales, ha entrado por el puerto de Ras Omran, en el sudoeste de Adén. Los miembros de DynCorp acuden para sustituir a los de Academi, otra empresa militar estadounidense, más conocida por su antiguo nombre de Blackwater. Academi decidió retirarse de Yemen, tras haber sufrido fuertes pérdidas en sus enfrentamientos contra las fuerzas yemenitas.

El pasado 8 de febrero, la agencia de prensa de Yemen Saba News informó de la muerte de siete mercenarios extranjeros que trabajaban para Academi, en el transcurso de tiroteos con el ejército yemenita en la provincia de Taiz, en el sudoeste del país.

Desde el 26 de marzo de 2015, Yemen es el escenario de una agresión saudí que, según los datos difundidos por la ONU, ha provocado ya la muerte de 32.000 personas, en su mayoría civiles.

Líneas rojas

Bianchi

Como ese ridículo spray con que los árbitros de fútbol marcan sobre el terreno de juego la línea que el lanzador de la falta no puede sobrepasar, en el ruedo ibérico valleinclanesco nacional no se oye hablar, de un tiempo a esta parte, de otra cosa que de «líneas rojas» que, se viene a decir, no se pueden traspasar. Y no se puede porque, caso de cometer esa temeridad, se incurre poco menos que en sacrilegio que atenta a los pilares del programa de un partido político concreto en esta corte de los milagros española. Pero si sólo fuera eso -que afecte a un partido-, no sería tan grave la cosa, ya saben: si no le gustan estos principios, tengo otros, grouchomarxistamente hablando, como sí lo sería atentar contra los sagrados principios de la Patria (española, por supuesto) que, como los (diez) mandamientos, se resumen en dos: la sagrada unidad de España y la obediencia ciega y sorda a la Constitución. Lo primero, igual que con Franco («antes roja que rota»), y lo segundo una transmutación de las Leyes Orgánicas franquistas, tan papel mojado como la Constitución española que consagra la unidad de la nación española (art.2) y su tutela por el Ejército (art.octavo). ¡Toma Constitución democrática! Justo las dos piedras de toque que definirían, denotarían y connotarían, si estamos ante una verdadera Constitución democrática (burguesa pues reconoce la sacrosanta propiedad privada y el no derecho a la autodeterminación) o ante un burdo remedo de Constitución hecha aprisa y corriendo, de manera apurada, y… «otorgada», como si se tratase de una «Carta Puebla» medieval que los reyes y señores feudales «otorgaban» a sus vasallos para que arreglasen sus tierras y fundos (hoy las autonomías o «café para todos» para diluir las verdaderas naciones oprimidas por esa cárcel de pueblos que dan en llamar «España»).

También hay otra clase de «líneas», las que se esnifan.

¿Líneas rojas? Yo soy daltónico.

Buenos días.

El papel de Estados Unidos en el asesinato de Gadafi (4)

Robert M. Gates, ministro de la Guerra
Con anterioridad, el presidente Obama había declarado que el coronel Gadaffi había perdido su legitimidad y se tenía que ir. Pero el presidente era cuidadoso al señalar que esa era la posición política de su administración, no su objetivo militar. “No vamos a usar la violencia para ir más allá de una meta bien marcada, como es la protección de los civiles en Libia”, había dicho Obama. Clinton añadió cinco días después de ser adoptada la resolución del Consejo de Seguridad que “no hay nada en ella sobre librarnos de nadie”, en declaraciones a ABC News.

La cuestión es si Libia sería hoy mejor si la OTAN no hubiera liquidado a Gadaffi antes de que él hubiera masacrado a los ciudadanos que apoyaban la democracia. El error no estuvo en deponer a Gadaffi, sino en la ausencia de un plan para el día después. Las tropas norteamericanas debieran haber sido mantenidas en Libia para ayudar…

¿Por qué publicar estos artículos dos días antes del Super Tuesday? El “poder inteligente” no siempre funciona, y Hillary ha cometido errores estratégicos. El presidente llevó al Pentágono a usar sus especiales capacidades militares para detener la temida masacre y, en el plazo de 10 días, ceder la operación a los aliados europeos y árabes. Un anónimo consejero describió este enfoque como “dirigir desde atrás”, manteniendo con los oponentes republicanos del presidente un contacto duradero. Pero Obama estaba decidido a que Libia no se convirtiese en otra prolongada guerra norteamericana. De hecho, su limitado objetivo se alcanzó mucho más rápido de lo planeado. “Básicamente, destruimos las defensas aéreas de Gadaffi y detuvimos el avance de sus fuerzas en tres días”, recuerda Rhodes, el consejero nacional de seguridad.

Pero la misión rápidamente evolucionó desde la defensa de civiles en Bengazi hacia la defensa de civiles allá en donde estuvieran. A medida que la rebelión se incrementaba y los ajenos a ella se hacían combatientes, el fin del juego se hizo aún más nebuloso. Los Estados Unidos y sus aliados se ajustaban cada vez más a uno de los bandos en lucha, sin un debate respecto a lo que este desplazamiento presagiaba. “Yo no recuerdo ninguna decisión específica que dijera ‘bueno, vamos a quitarle’”, dice Gates. Públicamente, decía “se mantenía la ficción” de que el objetivo se limitaba a desactivar el mando y control de Gadaffi. De hecho, el anterior secretario de Defensa dijo que “Yo no creo que pasara día en que la gente esperara no verle al mando en alguno de los centros de control”.

Dos de los principales consejeros de Clinton dijeron en entrevistas que albergaban dudas sobre la intervención, precisamente debido a los temores de que la coalición no seria capaz de detener algún cambio de régimen, sin ninguna posibilidad de manejar los resultados. Uno era Gordon, secretario asistente. El otro era Jeremy Shapiro, que se encargaba de Libia en el equipo de planificación de Clinton. Shapiro expresó sus preocupaciones al principal consejero de Clinton, Sullivan. “Una vez que te metes en una pelea en donde esencialmente decimos que ‘tenemos que detener a un loco para que no mate a decenas de millares de personas en su país’ ¿Cuándo paras?”. “Al final, la lógica se convierte en algo así como, Díos mío, el régimen de Gadaffi es una amenaza para los civiles”, añade. “No se requiere mucho para ir contra esto. Lo difícil hubiera sido lo contrario”.

Consideraciones militares de tipo práctico complicaron también la estrategia de Obama. Aunque sus orientaciones fueron que los Estados Unidos proporcionaran solamente aquellas capacidades que los aliados no poseían, no fue exactamente así: un continuo suministro de municiones de precisión, de combate y de búsqueda, rescate y vigilancia, según Petraeus.

En abril, el presidente autorizó el uso de drones y según un jefe rebelde, agentes de la CIA visitaron los campamentos rebeldes, “proporcionándonos interceptores de los movimientos de tropa de Gadaffi”. La escalada iba en contra de los deseos de Obama, y lo admitió contra sus convicciones, según Ross, antiguo funcionario del Consejo Nacional de Seguridad. Según él, Clinton estaba menos preocupada por el hecho de que “cada paso nos llevaba más hacia una pendiente resbaladiza”. “Su opinión era que no podíamos fallar en esto. Una vez decidido no podemos fallar”.

Cuando Jibril y sus acompañantes libios aparecieron en Roma en mayo para entrevistarse con Clinton, esperaban un encuentro de 10 minutos. Por el contrario, hablaron durante una hora. Los líderes de la oposición la habían proporcionado un informe estableciendo un futuro espectacular. Los partidos políticos competirían en elecciones abiertas, unos medios informativos libres apoyarían a líderes presentables y se respetarían los derechos de la mujer.

Retrospectivamente, Jibril reconocería que en una entrevista que era una “idea utópica”, bastante alejada de la realidad libia. Pero Clinton se había mostrado entusiasta, según los presentes, y ahora quería hablar con mayor profundidad sobre como hacer realidad aquellas visiones. “Ella dijo, y lo recuerdo muy bien, ‘Hagamos una tormenta de ideas sobre Libia’”, decía Mahmud Shammam, el portavoz del consejo rebelde. Los líderes de la oposición querían algo más inmediato. Querían armas. Pese a centenares de ataques aéreos, la lucha estaba estancada. Siempre que los rebeldes ganaban algo de terreno, las fuerzas gubernamentales lo recuperaban. Los rebeldes parecían incapaces de superar Brega, un puerto petrolífero en el camino a Trípoli, y esperaban que armas más sofisticadas de los norteamericanos inclinarían el balance. La Secretaria de Estado les estuvo escuchando. “Fue “muy paciente, muy agradable”, dice Shammam. “Siempre tenía una sonrisa”. Al final, sin embargo, lo rechazó.

Pero de regreso a Washington, en donde se estaba creando un cierto pánico sobre la parálisis de la guerra, Clinton defendió la causa de los rebeldes, según tres funcionarios de la Casa Blanca y del departamento de Estado que intervinieron en el debate secreto. La implicación militar norteamericana que Clinton había esperado finalizar en diez días se extendía durante meses, y el apoyo político estaba desapareciendo. Algunos miembros del Congreso estaban indignados por no someterse a la aprobación después de 60 días, tal y como la War Powers Act parecía exigir. Algunos antiguos partidarios de la intervención, incluyendo a Laughter, antiguo director de planificación de la Secretaria, se habían ido desilusionando respecto a los abusos contra los derechos humanos de los rebeldes. “No intentamos proteger a los civiles partidarios de Gadaffi”, había dicho Slaughter, quien había propuesto un acuerdo en el cual el coronel Gadaffi hubiera cedido el poder a uno de sus hijos.

La coalición internacional que Hillary Clinton había reunido estaba también fragmentándose. Rusia acusó a los Estados Unidos y a sus aliados de timadores, y la Liga Árabe hizo un llamamiento a un alto el fuego y a un acuerdo. “El cambio de régimen no era asunto nuestro en absoluto”, dijo en una entrevista Amr Moussa, que encabezaba la organización en aquel tiempo.

“Hubo un momento, sobre junio o julio”, recuerda Shapiro, el consejero del Departamento de Estado, “en que la situación sobre el terreno parecía paralizarse, y no estábamos seguros de que fuéramos a ganar, o a ganar lo suficientemente rápido”. Además, la estrategia norteamericana de dejar a otros países armar a la oposición era contraproducente, creando un desequilibrio regional que dañaría a Libia si los rebeldes ganaban.

Durante la primavera, la Administración Obama había mirado para otro lado cuando Qatar y los Emiratos Árabes Unidos proporcionaron a los rebeldes material de guerra, según Gates y otros. Pero Clinton había ido aumentando su preocupación, porque especialmente Qatar enviaban armas solamente a algunas facciones rebeldes: las milicias del sur de Misurata y algunas brigadas Islamistas.

Difícilmente podía Clinton pedir a Qatar la suspensión del envío si los Estados Unidos no iban a proporcionar ayuda, dijo un consejero del Departamento de Estado, “porque su respuesta sería ‘bien, pues estos chicos necesitan ayuda, y ustedes no se la dan’ “El punto de vista de Hillary Clinton, frecuentemente comunicada a su equipo, era que para tener influencia entre las fracciones de la oposición y los aliados árabes, había que tener ‘la piel en el juego’”, decía Ross.

El antiguo presidente Bill Clinton había declarado públicamente en abril de 2011 que los Estados Unidos no debieran abandonar el armamento de la oposición, y en correos a Sullivan, su consejero, su esposa mencionaba a contratistas privados que pudieran hacer el trabajo. Ross, hablando en términos generales, comentaba que ella frecuentemente consultaba a su marido.

Ahora, Clinton adoptó lo que un alto consejero denominó “el lado activista” del debate, respecto a la oposición a que Qatar armase a los rebeldes. Recuerda Ross que sus argumentos eran que “si no lo hacemos, suceda lo que suceda, nuestras opciones se hundirían, nuestra influencia se hundiría, y por consiguiente nuestra capacidad de cambiar cosas se hundiría también”.

Pero otros funcionarios eran cautelosos. El mando supremo de la OTAN, almirante James G. Stavridis habló al Congreso de “indicios” de Al Qaeda en el interior de las fuerzas opositoras. Donilon, consejero nacional de seguridad de Obama, alegó que la administración no podía asegurar que armas destinadas a los “denominados buenos chicos”, como los llamó un funcionario del Departamento de Estado, no cayesen en manos de los islamistas extremistas.

De hecho, había razones para preocuparse. El mismo Jibril describió en una entrevista cómo un cargamento francés de misiles y cañones se habría desviado, y como en un encuentro en junio el presidente Sarkozy estuvo de acuerdo en “pedir a nuestros amigos árabes” proveer con armas al Consejo Nacional de Transición. Pero, como dijo, el que entonces fungía como ministro de defensa, los desvió a una milicia dirigida por Abdel Hakim Belhaj, militante islamista que en su tiempo estuvo prisionero en una cárcel secreta de la CIA.

Clinton conocía los riesgos, pero también sopesó los costes de no actuar, según dijeron los consejeros. Le describieron como “cómoda” actuando a su manera sin tener seguridad de los resultados.

Al final, Obama adoptó su posición favorable, según los funcionarios de la administración que describieron los debates. Tras firmar un documento secreto convocando un gabinete presidencial, se aprobó una operación encubierta, incluyendo una lista de armamento. Los envíos y barcos fletados por los Estados Unidos y otros países occidentales llegaron generalmente a través del puerto de Bengazi y de los aeropuertos en el este de Libia, declaró un comandante de los rebeldes.

“Llegamos a hablar de Humvees, radares antiartilleros y misiles antitanques” recuerda un funcionario del Departamento de estado. “Por fin les estábamos proporcionando armas. Cruzamos la línea”. En parte impulsado por la decisión de armar a los rebeldes, el departamento de Estado reconoció al Consejo Nacional de Transición “como la autoridad gubernativa legítima en Libia”. Clinton anunció esta decisión el 15 de julio en Estambul.

“Aquel mismo día, nuestras tropas comenzaron a entrar en Brega”, recuerda Shammam. “Se lo dijimos a Clinton, y dijo, sonriendo ‘¡Bien!, es el único lenguaje que entiende Gadaffi’”.

Un mes más tarde, la Secretaria Clinton aparecía en la Universidad de Defensa Nacional con Leon Panetta, que había reemplazado recientemente a Gates como Secretario de Defensa. Ella alabó la intervención como un ejemplo de “poder inteligente”. “Por primera vez, ha entrado en acción una alianza OTAN-árabe, llevando a cabo acciones de ataque”. “Esta es exactamente la clase de mundo que queremos ver, en donde los demás no están al margen, mientras los Estados Unidos cargan con los costes, mientras cargamos con los sacrificios”. Panetta habló de que “se notaba que los días de Gadaffi estaban contados”.

Seis días después, el 22 de agosto, los esfuerzos acumulativos de la coalición internacional dieron sus frutos cuando unos rebeldes entusiasmados irrumpieron en los dominios de Gadaffi en Trípoli. El dictador aún estaba libre, pero su reino había terminado.

El viejo amigo de Clinton y consejero político, Sidney Blumenthal, que regularmente le enviaba orientación política e informes de la inteligencia sobre Libia, la urgió a capitalizar la caída del dictador. “Brava”, exclamó Blumenthal. Como siempre, pensaba en las ambiciones presidenciales de Clinton. “Tienes que ponerte delante de la cámara. Tienes que figurar en el registro histórico de este momento”. Debía de sentirse segura al emplear la frase “estrategia exitosa”, escribió. “Estás vengada”.

Fuente: http://www.nytimes.com/2016/02/28/us/politics/hillary-clinton-libya.html

El papel de Estados Unidos en el asesinato de Gadafi (3)

Y luego estaba la Secretaria Clinton. A principios de la presidencia de Obama, trabajó duramente para ganarse la confianza del hombre que la había superado en las difíciles primarias de 2008, y a veces mostraba ansiedad por verse separada de su círculo cercano. (En un correo de 2009, preguntaba a los consejeros: “He oído en la radio que esta mañana hay una reunión del gabinete. ¿Está ahí? ¿Puedo asistir?”)

Clinton había cultivado una relación estrecha con Gates. Ambos tendían a ser más halcones que el presidente. Ambos demostraron preocupación respecto a lo rápido que Obama quería retirar las tropas de Afganistán. Más recientemente, argumentaron que Obama no debiera precipitarse en retirar el apoyo a Hosni Mubarak, el líder egipcio metido en dificultades, a quien Clinton conocía desde los tiempos en que era primera dama.

Pero perdieron ante los consejeros mas jóvenes (los “bankbenchers”, “los del banquillo”, les llamaba Gates), quien según Gates, en los choques de la primavera árabe, decían “Presidente, tiene que estar en el lado correcto de la historia”.


En Libia, Clinton tuvo una nueva oportunidad de apoyar el cambio histórico que acababa de barrer a los líderes de los vecinos Egipto y Túnez. Y Libia parecía una fácil tentación, con sólo seis millones de habitantes, sin divisiones sectarias y lleno de petróleo. Pero el debate estaba viciado por unos informes de inteligencia superficiales. Altos funcionarios del departamento de Estado se las vieron intentado evacuar la Embajada norteamericana, temiendo que el líder libio usara a los diplomáticos como rehenes. No existía ninguna información respecto a si Gadaffi podía llevar a cabo sus amenazas, o en qué grado. “Nosotros, los Estados Unidos, no teníamos un especialmente bueno manejo de lo que estaba pasando en Libia”, declaraba Derek Chollet, un consejero del Departamento de Estado que pasó al Consejo de Seguridad Nacional cuando comenzó el debate sobre Libia, apuntando que los funcionarios americanos se basaban principalmente en las noticias de los medios.

Human Right Watch contabilizaría 350 manifestantes muertos antes de la intervención, y no los millares descritos en algunos medios. Pero, dentro de la administración Obama, pocos dudaban de que Gadaffi efectuaría lo necesario para mantenerse en el poder. “Desde luego, habría alineado los tanques y los hubiera enviado contra la gente”, dijo David H. Petraeus, el general retirado y antiguo director de la CIA. El principal consejero de política exterior de Clinton, Jake Sullivan, actualmente en su campaña, dijo que la opinión de ella era que “tenemos que vivir en un mundo de riesgos”. Evaluando la situación en Libia, declaro que “ella no sabía entonces de manera cierta, y nosotros tampoco, qué sucedería; únicamente que se daba un nivel de riesgo que exigía que contempláramos una respuesta muy fuerte”.

De esta forma, y tras algunas dudas iniciales, Clinton discrepaba de los demás miembros veteranos de la administración. La comparación con Biden era reveladora. Para el vicepresidente (según Antony J. Blinken, entonces su consejero de seguridad nacional y ahora Secretario de Estado) la lección de Irak fue crucial: “Biden lo denominaba no ‘el día después’, sino la década después”. “¿Cuál es el plan?” continuaba Blinken. “Se va a dar alguna clase de vacío, y cómo se va a llenar y qué vamos a hacer para llenarlo”. El refrán del antiguo Secretario de Estado Colin Powell sobre Irak (“Si lo rompes, ya es tuyo”) estaba muy presente.

Más decisorios para Clinton fueron dos episodios sucedidos durante la presidencia de su marido: el fracaso norteamericano en evitar el genocidio ruandés en 1994, y el éxito aunque tardío en unir una coalición militar internacional para evitar un baño de sangre después que de 8.000 musulmanes fueran masacrados en Sbrenica durante la guerra de Bosnia.

“Lo importante de Ruanda es que demostró el coste de la pasividad”, declaraba James B. Steinberg, quien fue representante de Clinton en julio de 2011. “Pero yo pienso que la razón de que Bosnia y Kosovo sean tan importantes es que demostraron que había maneras de ser efectivos y dieron lecciones de lo que funcionaba y lo que no”.

La misma tarde marzo en que el embajador Rice estaba diciendo a su colega francés en las Naciones Unidas que se apartara, el presidente Obama y su gabinete de seguridad están sentados en la Casa Blanca. Hablando desde la pantalla de vídeo desde El Cairo estaba la Secretaria Clinton, recién llegada de París. El día anterior en un almuerzo con el presidente Sarkozy, se mostró “decidida, agresiva” respecto a la intervención en Libia, el “perfecto aliado” recordaban el consejero diplomático de Sarkozy, Jean-David Levitte.

Pero ahora Clinton ya no animaba directamente a Obama a intervenir en Libia; y tampoco realizó ningún apasionado alegato moral, según muchos presentes en la reunión. Por el contrario, describió a Jibril, el líder de la oposición como “razonable y notable”. Transmitió su sorpresa por el hecho de que los líderes árabes no solo apoyaban la acción militar, sino que en algunos casos, estaban decididos a participar. Pero, principalmente, avisó de que franceses y británico llevarían a cabo sus propios ataques aéreos, solicitando potencialmente participar a los Estados Unidos si las cosas fueran mal.

Dennis B. Ross, entonces experto sobre Medio Oriente en el Consejo Nacional de Seguridad, recordaba cómo pensaba mientras la escuchaba: “Si está abogando por algo, lo hace de una forma que describiría como muy inteligente”. Recuerda cómo ella decía que “no veis que lo importante está ahí, y como eso tiene siempre un momento clave. Y nos quedaremos al margen, y no seremos capaces de darlo forma”. La visión de Clinton sobre un frente unificado árabe-europeo tuvo su influencia sobre Obama. “Porque el presidente nunca hubiera hecho eso por si mismo” dice Benjamin J. Rhodes, consejero nacional de seguridad.

Gates, entre otros, pensaba que el apoyo de Clinton era decisivo. Obama le comentaría privadamente en el despacho oval que la decisión sobre Libia fue de “51 contra 49”. “Siempre consideré que el apoyo de Hillary a la misión en Libia colocó al presidente del lado de los 51, en un enfoque mas agresivo”. Dado que los secretarios de Estado y de Defensa se oponían a la guerra, la decisión presidencial hubiera sido políticamente imposible.

Habiendo decidido actuar, Obama preguntó a los dirigentes militares sobre la efectividad de una zona de exclusión aérea, la respuesta militar a la que se inclinaba Europa. Cuando le dijeron que no impediría una masacre, Obama orientó su equipo al diseño de una nueva resolución de las Naciones Unidas más dura.

Aquella noche, Araud se sorprendió de recibir una segunda llamada de Rice: los Estados Unidos no solo apoyarían la intervención, sino que querían el apoyo de las Naciones Unidas para algo más que una zona de exclusión aérea. Araud comentó que el giro le había sorprendido tanto a él como a su colega británico que al principio sospecharon que era un truco.

Aún quedaba un auténtico obstáculo. Rusia bloquearía una resolución del Consejo de Seguridad mediante el veto. Clinton se había esforzado en desarrollar una buena relación con el líder ruso, Vladimir Putin, escuchando sus historias de clasificación de osos polares y seguimiento de tigres siberianos. “Su teoría sobre Putin es que es un hombre con algunas pasiones. Si compartes esas pasiones, tu capacidad para tratar y acordar con el se ve mejorada”, dijo un consejero de Clinton.

Pero la relación siguió siendo difícil, y la Secretaria de Estado discutía constantemente con su contrario ruso, Sergey V. Lavrov, quien, según escribió Clinton en sus memorias “Hard Choices” estaba inicialmente “radicalmente en contra de una zona de exclusión aérea”. “No queremos otra guerra”, dijo a Lavrov, destacando que la misión se limitaba a proteger civiles. “Creo que ustedes no quieren otra guerra”, recuerda Hillary Clinton que respondió; “Pero eso no significaba que no vayan a encontrarse con una”. Finalmente, Clinton reconocería que el propio coronel Gadaffi le ayudó a vencer a los rusos, dando un orgulloso discurso precisamente antes de la votación del Consejo de Seguridad, denominando a sus oponentes “ratas” y manifestando su voluntad de buscarles “casa por casa, calle por calle”.

El 17 de marzo, diez miembros del Consejo de Seguridad votaron una resolución autorizando “todos los medios necesarios” para proteger a los civiles libios. Cinco países, incluyendo Rusia, se abstuvieron. Dos días más tarde, Sarkozy se entrevistó con Clinton y David Cameron, el primer ministro británico, en el palacio del Elíseo de Paris, a fin de discutir el próximo paso. El presidente francés destacó que en un día más o menos las tropas del coronel Gadaffi estarían dentro de Bengazi, mezclados con civiles, y dificultando e imposibilitando usar fuerza aérea contra ellos. Fue entonces cuando jugó sus cartas. Los aviones franceses estaban ya en el aire, dijo. Pero, añadió “esto es una decisión colectiva, y los diré que vuelvan si así lo quieren ustedes”, según declaró Levitte. La maniobra de Sarkozy había adelantado bruscamente el ritmo de la operación, y, para irritación de Clinton, ella no estaba preparada para objetar nada. “No voy a ser la que hizo volver a los aviones y produjo una masacre en Bengazi”, refunfuñó a un consejero. Y el bombardeo empezó.

Cuando dio inicio la campaña aérea, Charles R. Kubic, un contraalmirante retirado, recibió un mensaje de un alto militar libio, proponiendo unas negociaciones entre militares para un alto el fuego de 72 horas, que pudiera llevar a una salida pactada del coronel Gadaffi y su familia. Pero según dijo el contraalmirante, tras dirigirse al mando militar norteamericano para África se le indicó poner fin a las conversaciones. Las órdenes, le dijeron, “venían de fuera del Pentágono”, a pesar de los consejeros tanto de Obama como de Clinton manifestaron que la oferta nunca les había llegado. Quedó un tanto confuso por la falta de interés en explorar una opción que él consideraba que pudiera llevar a una transición menos sangrienta. “La pregunta que sigue en mi es por qué no se dio una oportunidad de paz durante 72 horas”.

La respuesta, al menos parcial, era que las dos partes habían partido de posiciones de mutua desconfianza. En las semanas previas a la intervención, los consejeros de Gadaffi habían contactado con potenciales intermediarios, incluyendo al general Wesley Clark, quien ejerció como mando de la OTAN durante el mandato del marido de Clinton y Tony Blair, antiguo primer ministro y antiguo amigo de Clinton. Diplomáticos representando a las Naciones Unidad, a la Unión Africana y una media docena de países discutieron las posibilidades, aún remotas, de un acuerdo político. Incluso el multimillonario ruso que dirigía la Federación Mundial de Ajedrez intervino. Hubo una “proliferación de diplomáticos”, declaraba Chollet, quien supervisaba las negociaciones desde el Consejo Nacional de Seguridad. Los norteamericanos no creían que los libios que representaban al líder pudieran proporcionar una transferencia de poder pacífica. Gadaffi, pensaban los norteamericanos, solamente usaría el alto el fuego como una oportunidad de reorganización.

“Mi opinión es que nunca hubo una oferta seria de Gadaffi de abandonar el poder”, dice Gene A. Cretz, quien precedió a Stevens como embajador norteamericano en Libia. “Creo firmemente que ninguna de las personas alrededor de él tenían el coraje para plantearle la cuestión personalmente”.

Para el líder libio y su círculo cercano, episodios como el que describe el almirante Kubic eran la prueba de que los norteamericanos no tenían intención de negociar, según indicaba Mohamed Ismail, alto consejero del hijo de Gadaffi, Seif, y frecuentemente diplomático en el exterior. “Simplemente querían librarse de Gadaffi”.

Los libios contemplaban la amenazadora intervención no como un acto salvador de vidas, tal y como Clinton lo presentaba, sino en términos mucho más negros. Al fin y al cabo, Gadaffi, temiendo el destino de Saddam Hussein, había abandonado su programa nuclear y estaba compartiendo información con la CIA en la lucha contra Al Qaeda. La misma Clinton había recibido a uno de los hijos del líder en el departamento de Estado, en 2009.

Ahora el coronel Gadaffi veía una profunda traición, ingratitud y venganza económica. Arengaba a todo el que quería oírle que Libia era el único baluarte contra el extremismo, y que sin él, el país se convertiria en un refugio de terroristas. Para mayor complicación, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas había acordado recientemente transferir los ataques contra las protestas a la Corte Penal Internacional, por lo que tanto el líder como su círculo cercano podrían enfrentarse a una acusación si dejaba el poder. “Estábamos abiertos a compartir el poder, pero en el momento en que sucedió era difícil ir mas allá”, decía Ismail. Un alto diplomático norteamericano estaba de acuerdo, indicando que la amenaza de una persecución “arrinconaba a Seif contra las cuerdas”.

A lo largo de los años, destacaba Ismail, Gadaffi había encontrado la forma de ofender prácticamente a todos los países que ahora se aliaban contra él. Había financiado a los opositores políticos y había sido acusado de conspirar para el asesinato del rey saudí. Y recientemente, había incumplido acuerdos sobre petróleo y armas con británicos y franceses.

Estaba también el Líbano, y el asunto del clérigo chiíta desaparecido. En 1978, un respetado imán libanés, Moussa al-Sadr, desapareció mientras visitaba Libia. Líbano sospechaba que se trataba de juego sucio, en el que probablemente intervenía el gobierno. Pero el misterio nunca quedó definitivamente resuelto. En una entrevista el Times, Ismail confirmaba las sospechas libanesas. “Dijimos que había ido hacia Italia”, Pero esto era mentira. “Fue asesinado”, declaraba Ismail, proporcionando una escalofriante y sucinta explicación “Tuvo una discusión con el líder”. Ismail dijo que se enteró de la suerte del clérigo mucho después de los hechos, y destacó que la familia de Gadaffi, incluyendo a su hijo ahora prisionero en Líbano, no tuvo ninguna relación ni conocimiento. Según manifestó, el cuerpo del clérigo fue arrojado al mar.

Fuente: http://www.nytimes.com/2016/02/28/us/politics/hillary-clinton-libya.html

El papel de Estados Unidos en el asesinato de Gadafi (2)

Para cuando Mahmoud Jibril pasó la aduana en el aeropuerto de Le Bourget y tomó la carretera de París, la Secretaria de Estado norteamericana llevaba ya esperando horas. Pero era una cita que Hillary Clinton no podía cancelar. Su entrevista decidiría si los EE.UU. iban de nuevo a la guerra.

En los últimos momentos de la Primavera Árabe, el coronel Muammar el-Gadaffi se enfrentaba a una furiosa revuelta de los libios decididos a poner fin a su quijotesco período de poder de cuarenta y dos años. Las fuerzas del dictador se acercaban a Bengazi, centro neurálgico de la rebelión, amenazando con un baño de sangre. Francia e Inglaterra estaban apremiando a los Estados Unidos a unirse a su campaña militar para detener a las tropas de Gadaffi, y ahora también la Liga Árabe estaba llamando a la acción.

El presidente Obama era profundamente cauteloso respecto a otra aventura militar en un país musulmán. La mayoría de sus consejeros veteranos le estaban diciendo que se quedara al margen. A pesar de ello, envió a la señora Clinton a sondear a Jibril, líder de la oposición libia. Su encuentro, a últimas horas de la noche del día 14 de marzo de 2011, sería la primera oportunidad para un funcionario norteamericano de alto nivel de tener una impresión de para quien exactamente se pedía el apoyo de los Estados Unidos.

En su suite del hotel Westin, Clinton y Jibril, un político y científico doctorado por la Universidad de Pittsburgh, hablaron largamente sobre la dinámica situación militar en Libia. Pero Clinton también estaba pensando en Irak, y las duras lecciones que supuso para la intervención norteamericana.

¿Representaba el opositor Consejo Nacional de Transición la totalidad de un país profundamente dividido, o solamente una región del mismo? Si el coronel Gadaffi, dimitía, huía o era asesinado ¿disponían de un plan para lo que viniera?

“Ella preguntó todo lo imaginable”, recuerda Jibril, y conquistó a la Secretaria de Estado. Los líderes de la oposición “dijeron todas las cosas convenientes sobre apoyar a la democracia y a la no discriminación, sobre construir instituciones libias, y compartiendo alguna esperanza de que nosotros pudiéramos dar un empujón”, dijo Philip H. Gordon, uno de sus secretarios asistentes. “Nos dieron lo que queríamos escuchar. Y lo que queríamos creer”.

El convencimiento de Clinton sería esencial para persuadir a Obama de unirse a los aliados en los bombardeos de las fuerzas del coronel Gadaffi. De hecho, el Secretario de Defensa de Obama, Robert M. Gates, diría posteriormente que fue el apoyo de Clinton el que marcó la decisión de Obama.

Las consecuencias irían mucho mas allá de lo que nadie hubiera imaginado, convirtiendo a Libia en un Estado fracasado, y en un refugio de terroristas. Un lugar en donde las más desastrosas respuestas a las preguntas que hizo Clinton se han hecho realidad.

Es la historia de cómo una mujer, a la que su voto en el Senado a favor de la guerra en Irak condenó su primera campaña presidencial, repite sin embargo la jugada, e impulsa otra acción bélica en otro país musulmán. Ya que ahora persigue de nuevo ocupar la Casa Blanca, haciendo campaña en parte basándose en su experiencia como la jefa de la diplomacia del país, un examen de las intervenciones que patrocinó la exhibe en lo que tal vez fuera su momento de máxima influencia como Secretaria de Estado. Es un útil retrato, que prueba qué clase de presidenta pudiera llegar a ser, especialmente en lo que se refiere a la principal adivinanza de la política exterior de hoy: cuándo, cómo y si los Estados Unidos aplicarán su poder militar en Siria o en otro lugar del Medio Oriente.

Desde el inicio del debate sobre Libia, Clinton era una estudiante diligente, una implacable inquisidora, absorbiendo gruesos libros de informes, provocando puntos de vista diferentes de sus subordinados, estudiando a sus colegas extranjeros para aprender como vencerlos. Era pragmática, con voluntad de improvisación, de probar soluciones por carambola. Pero sobre todo, en opinión de aquellos más cercanos, su actuación en Libia ilustra cómo, ante disyuntivas sobre seguridad nacional o política exterior, estaba inclinada a la acción, en marcado contraste con los enfoques más reticentes de Obama.

Anne-Marie Slaughter, su directora de planificación política en el Departamento de Estado, destaca que en sus recuerdos y conversaciones Clinton siempre hablaba de querer ser cogida “con las manos en la masa”. En otras palabras, prefería ser criticada por lo que hiciera que por no haber hecho nada. “Es muy cuidadosa y reflexiva”, declaraba Slaughter. “Pero cuando la elección es entre la acción y la pasividad, con riesgos en los dos casos, lo que sucede a menudo, ella prefiere estar con las manos en la masa”.

El examen del New York Times sobre la intervención nos ofrece un detallado relato de como la profunda confianza de Clinton sobre el poder de los EE.UU. para beneficiar al mundo se aplicó en un país tribal, sin un gobierno efectivo, con facciones rivales y una cantidad de armas abrumadora. El Times entrevistó a mas de 50 funcionarios norteamericanos, libios y europeos, incluyendo a muchos de los principales actores. Prácticamente todos aceptaron comentar la cuestión, manifestando su pesar, frustración y en algunos casos su confusión sobre lo que falló y lo que se hubiera podido hacer de diferente manera.

¿Fue un error la decisión de intervenir en primera fila, o bien fue demasiado lenta la misión de proteger a los civiles en el desalojo de un dictador, o el fracaso en el envío de una fuerza de paz tras el desastre?

Hillary Clinton declinó la entrevista. Pero en público, afirma que “es pronto para hablar” sobre como las cosas resultaron en Libia, llamando así a un enfoque más intervencionista en Siria.

La caída de Libia en el caos comenzó con una precipitada decisión de ir a la guerra, realizada en lo que un alto funcionario denominó “sombra de incertidumbre” respecto a las intenciones del coronel Gadaffi. La misión se fue desarrollando inexorablemente incluso cuando Clinton pudo prever algunos de los riesgos de derribar otro dirigente. Presionó a favor de un programa secreto de suministro de armas a las milicias rebeldes, un esfuerzo que nunca antes se había confirmado.

Solo después de la caída de Gadaffi y de que se desaparecieran lo que un diplomático estadounidense denominó “las endorfinas de la revolución”, se hizo claro que los nuevos líderes libios no estaban de acuerdo en la tarea de unificar el país, y de que las elecciones que tanto Clinton como Obama señalaban como una prueba del éxito únicamente profundizaban las divisiones en Libia.

Ahora Libia, con una población menor que la de Tennessee, plantea una enorme amenaza en la zona y mas allá de ella, planteando la cuestión de si la intervención evitó una catástrofe humanitaria o simplemente contribuyó a crear una de otro tipo. El saqueo de los grandes arsenales del coronel Gadaffi durante la intervención alimentó la guerra en Siria, fortaleciendo a los grupos terroristas y criminales desde Nigeria hasta el Sinaí, desestabilizando Mali, en donde los islamistas atacaron un hotel de la cadena Radisson en noviembre pasado, matando a veinte personas.

Un creciente tráfico de personas ha enviado aun cuarto de millón de refugiados hacia el norte, a través del Mediterráneo, con cientos de ahogados en el camino. La guerra civil en Libia ha dejado dos gobiernos rivales en el país, ciudades en ruinas y más de 4.000 muertos.

Entre toda esta lucha, el Estado Islámico ha construido su más importante puesto avanzado en Libia, un reducto en el que refugiarse cuando está siendo bombardeado en Siria y en Irak. Mientras el Pentágono afirma que la fuerza del Estado Islámico, en rápido aumento, ahora cuenta entre 5.000 y 6.500 efectivos, algunos de los más altos consejeros de Obama en seguridad presionan para una segunda intervención militar en Libia. El 19 de febrero, aviones militares persiguiendo a un militante tunecino bombardearon un campo de entrenamiento del Estado Islámico en el oeste de Libia, matando al menos a 41 personas.

“Tuvimos un sueño”, afirmaba Jibril, quien ejerció de primer ministro de Libia. “Y para ser sincero, tuvimos una oportunidad de oro para volver a la vida este país. Desgraciadamente, este sueño quedó hecho añicos”.

En el marco de la campaña, y en incesantes investigaciones congresuales, los críticos republicanos han utilizado un especial episodio trágico. El 11 de septiembre de 2012, unos terroristas atacaron un complejo diplomático estadounidense en Bengazi, matando al embajador J. Christopher Stevens y a otros tres norteamericanos, un golpe para el anterior Secretario de Estado. Y en tanto que los intentos de culpabilizar a Clinton han quedado frustrados, su rival a la nominación presidencial demócrata, el senador Bernie Sanders de Vermont, se ha centrado en el papel desempeñado por aquella en el contexto de la intervención en Libia; durante un reciente debate afirmo que la “Secretaria Clinton está muy implicada en el cambio de régimen”.

El presidente Obama ha denominado al fracaso en no poder hacer más en Libia su “mayor lección de política exterior”. Y Gerard Araud, el embajador francés de Naciones Unidas durante la revolución, está profundamente consternado por los resultados de la intervención en 2011: el Estado Islámico a sólo “300 millas de Europa”, una crisis de refugiados que es “una tragedia humana y política”, y la desestabilización de gran parte del oeste africano. “Hay que hacer una elección moral: o un baño de sangre en Bengazi y mantener a Gadaffi en el poder, o lo que ahora está sucediendo”, ha declarado Araud. “Es una cuestión difícil, porque ahora los intereses de las naciones occidentales se ven mucho mas afectados por lo que está sucediendo en Libia”.

Eran las últimas horas del 15 de marzo de 2011, y Araud abandonaba su oficina cuando sonó el teléfono. Era su colega norteamericana, Susan E. Rice, con un serio mensaje. Francia y Gran Bretaña estaban presionando para un voto en el Consejo de Seguridad sobre una resolución declarando una zona de exclusión aérea que impidiera al coronel Gadaffi masacrar a sus oponentes. Rice llamaba para rechazarlo, con un característico lenguaje.

“Dijo, y cito literalmente ‘No nos vais a meter en vuestra guerra de mierda’”, dijo Araud, en la actualidad embajador de Francia en Washington. “Nos dijo ‘Estaremos obligados a seguiros y apoyaros, y no queremos hacerlo’. La conversación se hizo tensa. Le respondí ‘Francia no es un instrumento de los EE.UU.’ La política de Obama en aquella época se basaba en evitar una nueva guerra en el mundo árabe”.

En las semanas precedentes, una serie de encuentros de alto nivel se habían mezclado con una rebelión en aumento, y algunos jóvenes consejeros de la Casa Blanca consideraban que el presidente debiera unirse al esfuerzo internacional.

Pero una fuerza mucho mayor se había declarado contra un compromiso de los EE.UU., incluyendo al vicepresidente Joseph R. Biden Jr., Tom Donilon, consejero de seguridad nacional, y Gates, el Secretario de defensa, que no querían desviar el potencial aéreo norteamericano ni la atención de Afganistán y de Irak. Si a los europeos les preocupaba tanto Libia, argumentaban, que se hagan responsables de su futuro.

“Yo creo que un cierto momento dije ‘¿Puedo acabar las dos guerras en las que estoy antes de que busquéis una tercera?’”, recuerda Gates. El coronel Gadaffi, dijo, “no suponía ninguna amenaza para nosotros. Era una amenaza para los suyos, y nada mas”.

Algunos funcionarios de inteligencia veteranos tenían profundos recelos lo que pudiera suceder si Gadaffi perdía el control. En los últimos años, el dictador libio había comenzado a ayudar a los Estados Unidos en la lucha contra Al Qaeda en África del Norte. “Era un matón en un entorno peligroso”, dice Michael T. Flynn, un teniente general retirado que dirigió la Defense Intelligence Agency en aquel tiempo. “Pero mantenía el orden”.

El papel de Estados Unidos en el asesinato de Gadafi (1)

A partir de mañana iniciaremos la publicación de un largo artículo que hemos traducido del diario New York Times (*) sobre el papel de Estados Unidos en el asesinato que se llevó a cabo en 2011 de Gadafi y la agresión contra el pueblo de Libia.
Pero queríamos hacer algunas precisiones a nuestros lectores sobre el mismo.

El reportaje del New York Times es una mezcla de muchas cosas. Se basa en entrevistas con más de 50 funcionarios, en
activo y retirados, del gobierno de Obama y con otras personas. Aunque no dice nada nuevo, detalla algunas piezas del montaje de la Primavera Árabe, fraguada por los imperialistas para desestabilizar el Magreb y Oriente Medio.

También expresa la profunda división en los círculos imperialistas de Washington y personaliza en Hillary Clinton, por encima de cualquier otro miembro del gobierno de Obama, la iniciativa del golpe contra Gadafi y la posterior destrucción del país africano.

No obstante, es posible que esa división sea consecuencia sólo de las próximas elecciones presidenciales y que después todo vuelva a su cauce. De cualquier manera, lo que para el New York Times es una buena prueba del valor de Hillary Clinton, para otros es detestable. En cualquier caso, la personalización del periódico es lo que permite que los políticos como Clinton tan pronto sean ensalzados como vituperados y, por ello mismo, piezas intercambiables de un engranaje, que es el que nunca puede fallar.

Para ensalzar a Clinton el periódico destaca el carácter “humanitario” de la intervención imperialista. Una vez más queda clara la preocupación de las grandes potencias por la vida y el bienestar de las masas en los países del Tercer Mundo.

Gracias a la humanidad de los imperialistas, Gadafi no pudo bombardear a los insurrectos, lo cual habría ocasionado una masacre. Según el New York Times, para evitar una masacre posible se organizó una masacre cierta.

Las masacres reales son preferibles a las virtuales porque éstas, aunque nunca han existido, hubieran sido mucho peores. Por eso las han impedido. Lo que Clinton hizo fue organizar una masacre para impedir otra aún peor, o dicho de otro modo, antes de que Gadafi mate a su pueblo, vamos a matarles nosotros.

Luego hay que tener en cuenta que bajo la verborrea del New York Times, lo que llaman “pueblo” son las fuerzas de Al-Qaeda en Libia, capitaneadas por Abdelhakim Belhadj, a quien los imperialistas conocían muy bien porque fue uno de sus presos.


En Libia se vuelve a demostrar que la Primera Árabe tuvo muy poco de espontánea y muy poco de interna. En febrero de 2011 las acciones de los manifestantes en Bengasi estaban coordinadas por comandos franceses y los imperialistas jamás improvisan ese tipo de operativos.
(*) http://www.nytimes.com/2016/02/28/us/politics/hillary-clinton-libya.html

Un cura católico aficionado a la cocaína y los símbolos nazis

El Padre Cocaína
En un vídeo que está dando la vuelta al mundo, un sacerdote católico de Irlanda del norte, Stephen Crossan, aparece esnifando cocaína con un billete de 10 libras y rodeado de parafernalia nazi durante una juerga celebrada en la parroquia.

El vídeo, que ha sido difundido por el diario The Sun y ha sido reconocido como real por el propio sacerdote, ha escandalizado a la parroquia de Banbridge, un pueblo de 15.000 habitantes a 40 kilómetros de Belfast. “No debería”, se le escucha decir al cura, de 37 años de edad, ya conocido como el Padre Cocaína.

La juerga, que se prolongó durante dos días, se celebró en julio de 2015 en los bajos de la Iglesia de San Patricio de Banbridge.

Uno de los compañeros de juerga del sacerdote aseguró a The Sun que conocieron al cura en un bar y que se hizo pasar por un trabajador social y que no descubrieron la verdad hasta que los invitó a su casa, en los bajos de la parroquia.

Los testigos de la fiesta dijeron al periódico: “Nos sorprendió ver las cosas nazis. Estaban por toda la casa”. Los objetos incluían banderas, sombreros y un águila con una esvástica en un pedestal.

“Estuvo tomando Jack Daniels y cerveza con nosotros, y también metiéndose cocaína. Luego, cuando nos llevó al apartamento en la iglesia, lo que más nos sorprendió fue la parafernalia nazi: banderas, chapitas, gorras… En un momento se puso incluso una gorra e hizo el saludo nazi, aunque era de broma”.

Tras el escándalo, el Padre Cocaína se ha visto obligado a pedir una licencia del sacerdocio. El arzobispado local ha anunciado que investigará y tomará medidas en el asunto.

Podemos defiende a la banca en el ayuntamiento de Madrid

A primeros de mes la Plataforma de Afectados por la Hipoteca de Madrid protestó contra los nuevos concejales del ayuntamiento, afirmando que trabajan para los intereses de los banqueros y no de los desahuciados.

El colectivo popular pidió a la alcaldesa Manuela Carmena el cierre de la recién creada Oficina de Intermediación Hipotecaria.

Luis Chamarra, coordinador de la PAH Madrid, aseguró que la Oficina de Intermediación Hipotecaria presta servicios en favor de los bancos. “Esperábamos más de Carmena. Decían que eran un Gobierno amigo, pero se reunieron antes con los bancos que con nosotros”, dijo.

El sábado presentaron un escrito al ayuntamiento que no ha recibido respuesta, aunque los portavoces municipales declaran que son “conscientes” de que la Oficina de Intermediación Hipotecaria “no soluciona todos los problemas de vivienda”.

“El Ayuntamiento consigue paralizar cerca de tres desahucios al día”, señalan dichas fuentes, que no indican el número de los que no logran paralizar.

Para aparentar alguna actividad, los nuevos concejales de Podemos (Ahora Madrid) tejen y destejen organismos, comisiones y tinglados para mantener entretenido al personal. El último es un Grupo de Trabajo Mixto con la presencia de la PAH, el Ayuntamiento y los bancos para afrontar de manera “más efectiva” el problema de la vivienda y de los desahucios en Madrid.

En resumen: no han hecho nada, pero tienen el firme propósito de hacer algo algún día de estos.

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