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Cuando dejó de llover, el dinosaurio seguía allí (pildorilla)

B.

Madrid. 11 horas. Calle Velázquez 16. Felipe González (el dinosaurio) está esperando una visita (ya no está tan tripudo ni adiposo, pero sigue igual de mofletudo, se conoce que le aconsejaron si iba a salir por televisión o se iba a Caracas a exportar democracia y libertades: había que cuidar la imagen, la estética, es sabido…). De pronto suena el timbre y él mismo abre la puerta. Su invitado le sonríe y le abraza. Es Pedro Sánchez.

La suerte está echada. Se cruzó el Rubicón (hoy lo llaman «líneas rojas»): gobernará Rajoy (la lista más votada) con la abstención del PsoE que hará de leal oposición oficial en el Congreso de los Diputados, mientras los de «Podemos» harán aspavientos, ulularán grititos y acusarán a algún conmilitón de guindarle la pelota en el recreo y por eso no le «ajunta», o sea, oposición «extraoficial» y, lo más grave, sin ser el referente de la «izquierda» en el templo de la democracia sito en la Carrera de San Gerónimo. Puede que alguno pierda los estribos y se ponga histérico. También nos queda por saber si el líder se soltará o no la coleta. O cuál es su «techo electoral».

Hubo un precedente (de soltarse la coleta): fue cuando le exhortó a Sánchez desde su banco en el Congreso que no hiciera caso a gente (por González) con las manos manchadas de «cal viva» que hizo torcer el gesto con mohines de escolar empollón al anticomunista Errejón que estaba sentado a su vera.

A la vera de Iglesias en la única intervención en que estuvo decente y fetén. Será recordado por ello, por decir, tal vez, la única verdad de su vida (política), quizá en un momento de trastorno mental transitorio.

Buenas noches.

Brexit: el análisis del análisis más analítico

Con el Brexit ocurre como con las más recientes elecciones: lo más interesante de analizar no son las elecciones en sí mismas, sino las conclusiones a las que llegan los analistas, es decir, convertir a los sujetos analizadores en objetos del análisis para hacer una síntesis.

Se puede analizar cualquier análisis porque casi todos dicen las mismas vaciedades. Si se analiza, por ejemplo, el análisis que Rodas Vargas publica en La Haine (1), sacamos la impresión de que no sólo expresa un punto de vista de clase erróneo, sino un punto de vista nacional que es el propio de un español, es decir, un país marginal dentro de Europa y dentro del mundo.

El artículo empieza explicando los antecedentes de la situación, lo cual es correcto. Sin embargo, esos antecedentes ni son todos los antecedentes ni son suficientemente antecedentes, ya que no van más allá de las promesas electorales de Cameron de celebrar el referéndum.

Esa explicación es superficial: da por explicado lo que hay que explicar, que son -al menos- dos premisas. La primera es por qué Cameron convoca un referéndum y la segunda es por qué lo hace ahora.

En realidad deberíamos hacer muchas más preguntas y poner muchos más antecedentes encima de la mesa. Como en el caso de Grecia, habría que preguntar por qué entró Reino Unido en 1973 en lo que entonces se conocía como “Mercado Común Europeo”.

¿Por que Reino Unido pidió su incorporación a la Unión Europea en 1963?, ¿por qué la Francia de De Gaulle impuso su veto por dos veces, paralizando la integración durante 10 años?

Para contestar esas preguntas hay que llegar a saber qué es la Unión Europea, por qué surge, cuál ha sido su trayectoria y por qué lo que hasta la fecha era una “vaca sagrada” de los medios de comunicación se ha convertido en el saco de todos los golpes.

Sería bueno que los analistas fueran a las hemerotecas y leyeran lo que los medios de comunicación de toda Europa escribían en 1999, hace sólo 17 años, cuando se creó el euro como un símbolo de una era de prosperidad que nos prometieron que sería eterna. ¿Por qué entonces todos querían entrar y ahora todos quieren salir?

A falta de un análisis de clase, las explicaciones hacen recaer las decisiones en ese “factotum” llamado “la gente” que ha votado esto o lo otro. No sólo da la impresión de que son las votaciones las que resuelven (o empeoran) los problemas sino, además, que lo hace esa “gente”, los votantes.

A partir de entonces el análisis se vuelve sicológico, una especie de catarsis o trance típico de santería que se disimula con aderezos de que si la extrema derecha crece, de que si la xenofobia, el “miedo” a la inmigración, el auge del racismo, del nacionalismo…

Otros le dan la vuelta a esa sicología de pacotilla y pasan la antorcha a “la izquierda”, el descontento por la política de recortes, el neoliberalismo, la era thatcherista y todo el estúpido discurso que venimos leyendo desde hace más de 20 años sobre la troika y demás entelequias.

Los analistas son más bien “analistos”; nos desprecian. La culpa la tenemos “la gente” porque votamos esto o lo otro. “La gente vota a los delincuentes”, ha dicho Mónica Oltra en referencia al triunfo del PP en España. No somos capaces de votar la opción correcta, que es la de votar a Mónica Oltra y gente parecida, que no son delincuentes.

El verdadero voto de castigo es el de los analistos: “tenéis lo que os merecéis”, nos han vuelto a repetir otra vez. En fin, el análisis nunca va más allá de las votaciones y de contar votos. Analizan un partido, un grupo o un grupúsculo para pasar luego a otro, hablando de todo un poco, excepto de lo que se debe poner encima de la mesa, es decir, callando u ocultando siempre lo esencial.

Hay otro aspecto que los analistos añaden al repaso de grupos, grupillos y grupúsculos, que es el análisis de las políticas, de las que exigen que deben ser “viables” (nada de utopías) y que Alejandro Nadal resume en eso que llama “neoliberalismo”(2), tanto el de la Thatcher en Londres, como el de la Merkel en Bruselas.

Pero Londres, Berlín o Bruselas ¿pueden implementar otras políticas diferentes a las que han implementado hasta hoy?, ¿keynesianas quizás?, ¿de aumento del gasto social?

Sobre todo: si la política económica de Londres, la de Berlín y la de Bruselas son idénticas, ¿por qué el Reino Unido abandona la Unión Europea? La explicación tiene que estar en otra parte.

Los “progres” y los analistos no son capaces de ir más allá de la banalidad, repitiendo que a partir de ahora el mapa de Europa va a cambiar, que los escoceses serán convocados a otro referéndum para salir del Reino Unido y entrar en el Reino Europeo… Veamos señores: saquen del cajón un mapa de Europa de 1990. ¿No empezó a cambiar a partir de entonces?, ¿ya no se acuerdan de la guerra de los Balcanes ni de la desaparición de Yugoeslavia?, ¿no es el Brexit una continuación de aquello mismo?

Si eso es así, como parece, ¿por qué no mencionan ni una sola vez la palabra “imperialismo”?, ¿acaso no saben lo que es?, ¿no saben de qué se trata?

(1) http://www.lahaine.org/mm_ss_mundo.php/reino-unido-sale-de-la
(2) http://www.lahaine.org/mundo.php/brexit-el-naufragio-del-neoliberalismo

Cara de funeral o miserere

Bianchi

La que se le quedó a Pablo Iglesias y sus «cheerleaders» vistos los resultados electorales que no respondieron a las expectativas, encuestas mediante, de dar un «sorpasso» al PsoE. Porque este era su objetivo inconfeso y no ganar y derribar al PP y a Rajoy, como había que decir cara a la galería y al tendido de sombra.

Si no me he percatado mal, no se dijo esa noche triste o de ahuehuete (un frondoso árbol mejicano) a lo Hernán Cortés nada, ni una palabra, sobre su victoria en su Otumba particular, esto es, en el País Vasco y, de forma más diluida, en Catalunya, precisamente las dos naciones más díscolas e irredentas (en Galicia ganó el PP). Deberían alegrarse aunque sólo fuera como paliativo al tortazo a nivel «nacional», pero no, caras largas de funeral y rostros como un poema, como una endecha. Y eso que en Euskadi también había truco, pues la plancha «podemita» se presentó aduciendo que su objetivo era «ganar al PNV», lo que consiguieron, pero, en realidad, lo que realmente perseguían era quedar por encima de EHBildu, la izquierda abertzale, su auténtico rival, por no decir «enemigo», a pesar de los guiños de esta última a «Podemos» por aquello de que son -o van- de «izquierdas», de «progres», etc.

Sus verdaderos objetivos eran, como decimos, adelantar (eso es el «sorpasso») al PsoE,  engullirlo (como antes a IU, una sigla literalmente vendida por Judas Garzón por un par de escaños y seguir en el machito y en los sets de televisión), y quedar como único referente de la «izquierda» en España. No lo han conseguido. ¿Por qué? Según Echenique ni ellos mismos lo saben. Una posible causa, apuntamos, se nos ocurre, podría ser la deriva camaleónica (ahora se dice «transversal») de su líder Iglesias cuya penúltima joya fue declararse «patriota» como pocos, incluido ese Pelayo reconquistador redivivo que es Sergio Ramos con los ojos en blanco cuando suena -sonaba porque ya les han dado matarile- el himno (sin letra) de «La Roja», defraudando -o abriendo los ojos- a sus caladeros naturales esta vez, sí, de izquierda no comunista (anticomunistas son sus líderes), incluidos los votantes de Izquierda Unida que ven a Garzón como un felón traidor al que no pueden ni ver (Cayo Lara dijo votar la alianza Unidos-Podemos con una pinza en la nariz) en lo que no sido más que sexo sin amor (hace exactamente un año Iglesias puso a parir a IU, esa «gente aburrida», «perdedora», y nosotros -ellos- «salimos a ganar», porque somos chupiguays y tal y tal…). No es que nos alegremos por su batacazo, esa emoción no va con nosotros porque las elecciones generales no nos conciernen, nos abstenemos; la alegría, malsana, se la dejamos al facherío de la caverna y al «tea-party» español, o sea, que no nos confundan. Han visto su vertiginosa dejación de unos principios que regalaban determinados oídos y no les han votado, ni a ellos ni posiblemente a nadie.

Ha sido en Euskal Herria donde han ganado, pero engañando en el slogan, como dijimos, pero poco contento y satisfacción les supone eso en una plaza, por lo visto, secundaria, al menos visto desde Madrid. De lo que sí pueden alardear es de que ya son un partido al uso de esta «democracia» de pantalón corto y de tres centavos como la española, y así ya tenemos «pablistas», «errejonianos», «garzonitas», etc. Ya están bautizados, ya se han hecho «mayores». Sin tocar poder y ya empiezan a mentir. Al menos un tipo viscoso y mendaz como Felipe González esperó a llegar a la Moncloa para empezar a engañar a todo dios -creyendo que el pueblo español eran todos chinos- y, de paso, medrar y forrarse.

Buenas tardes.

Alemania amenaza a las ratas que abandonan el barco de la Unión Europa

Wolfgang Schäuble, ministro de Finanzas
El gobierno alemán tenía un plan preparado para el Brexit. El diario económico Handelsblatt asegura (*) que tiene una copia de dicho plan. Se trata de un informe de ocho páginas elaborado por el Ministerio alemán de Finanzas de Wolfgang Schäuble que establece la estrategia alemana para el futuro, el suyo y el de la Unión Europea.

En esencia, consiste en utilizar la salida del Reino Unido para “dar ejemplo” o, aún mejor, para “dar un escarmiento” a quienes quieran seguir su ejemplo, entre ellos Francia, donde las últimas encuestas muestran que más de la mitad del electorado es partidario de abandonar la Unión Europea.

Sin embargo, lo más significativo del plan es que Alemania ya no quiere “profundizar” en una mayor integración europea, ni en más “solidaridad financiera”. Que cada cual se las apañe como pueda.

Tampoco es ninguna novedad; lo dijo la propia Merkel en un discurso pronunciado el viernes: el Brexit significa una ruptura de la integración europea.

Alemania abrirá con Londres “negociaciones constructivas” con el objetivo de lograr un “acuerdo de asociación” con el Reino Unido, parecido al que hay con Noruega, Islandia o Liechtenstein, aunque se parecerá más al que hay firmado con Suiza o Ucrania.

El Reino Unido tendrá un “acceso limitado” al mercado común porque “no se debe ofrecer un acceso automático al mercado único”, dice el documento. Las relaciones entre ambas partes serán libres, siempre que encuentren un interés compartido, de tal manera que Londres no pueda “elegir” su acceso.

El objetivo es impedir el efecto contagioso de la salida de la Unión Europea en terceros países. La imitación será proporcional al trato que a partir de ahora reciba el Reino Unido por parte de Bruselas. No se puede admitir una salida cómoda.

El contagio tiene nombres y apellidos. Se trata de advertir a Francia, Austria, Finlandia, Holanda y Hungría, aunque falta un dato importante: en el caso de una nueva crisis financiera, por ejemplo en Italia, ¿mantendrá Berlín su postura?

El plan se concentra sobre los futuros planes de reforma de la Unión Europea. Los sicarios de Schäuble ponen en guardia contra el riesgo de que Francia e Italia utilicen el Brexit para sembrar incertidumbre y exigir más “solidaridad financiera”, es decir, que Alemania siga sufragando las próximas quiebras.

Si todo sigue como hasta ahora, en la zona euro no habrá más “socialización de las deudas”, es decir, garantías para los depósitos bancarios, ni para las acciones, ni para los préstamos.

Pero Schäuble no cierra todas las puertas sino que impone condiciones para una mayor integración económica; quiere un control mayor sobre la política presupuestaria de cada país y quiere, además, ponerlo por escrito es decir, cambios en los tratados constitutivos de la Unión Europea.

Como eso es prácticamente imposible, Alemania cerrará el grifo del dinero y no se esforzará en una batalla perdida de antemano. La Unión Europea ha tocado techo; a partir de ahora empieza la caída, es decir, empezarán a caer los países más débiles y España está en la primera línea de salida.

Ahora es el momento de ver en acción a esos fantoches que hablan de la salida del euro y de la Unión Europea.

(*) http://www.handelsblatt.com/politik/international/brexit-referendum/brexit-news/eu-ohne-grossbritannien-der-brexit-wird-fuer-deutschland-teuer/13783492-2.html

Merkel anuncia un rearme militar a gran escala

Alemania prepara un refuerzo sin precedentes de su ejército, según se desprende del discurso que pronunció Merkel el martes de la semana pasada en el Seminario de Economía de la CDU celebrado en Berlín. “Nos enfrentamos a conflictos asimétricos de una amplitud desconocida hasta la fecha”, dijo Merkel dirigiéndose a los principales representantes de los monopolistas alemanes. “La capacidad de defensa” de la Unión Europea, “no está adaptada por sí misma para garantizar la seguridad de nuestra región”, añadió la canciller alemana.

Para pedir una escalada armamentista en Europa, Merkel comparó en su discurso el porcentaje de gasto militar de Alemania (1,2 por ciento del PIB) con el de Estados Unidos (3,4 por ciento) porque a la larga no se puede encomendar a terceros que se encarguen de la defensa propia.

Vuelve, pues, el militarismo alemán, como reconoce la prensa, que se une al viraje en la política exterior anunciado en la Conferencia sobre Seguridad celebrada en Munich en 2014 por el presidente Joachim Gauck, el ministro de Asuntos Exteriores Frank-Walter Steinmeier y la ministra de Defensa Ursula Von der Leyen.

Como suele suceder en Alemania, lo mejor es la reacción de la prensa. El periódico económico Handelsblatt habla de “viraje histórico”. En los últimos 25 años, dice Handelsblatt, todos los partidos parlamentarios han hablado de paz y, sobre todo, de los beneficios que ha traído a Alemania porque se ha logrado gracias a una reducción al límite de los presupuestos militares.

La nueva era no es consecuencia del azar, dice Handelsblatt, sino de que el terrorismo y la guerra de Ucrania han alarmado a Berlín, imponiendo nuevas exigencias al Bundeswehr (ejército federal) en proyectos de disuasión de la OTAN dirigidos contra Rusia.

La explicación del Handelsblatt es el chocolate del loro. Como suele ocurrir cuando se trata de un periódico económico, la verdadera explicación del rearme viene un poco después: la explicación de la modernización militar es la adquisición de materias primas y nuevos mercados para una industria alemana necesitada de exportaciones.

A comienzos de 2013 el mismo diario ya publicó un editorial titulado “Expedición materias primas: el nuevo curso de Alemania” en el que destacaba que “las anteriores medidas políticas adoptadas para garantizar las materias primas han alcanzado sus límites” y que el gobierno debía estar dispuesto a la guerra para asegurarse los recursos que necesita.

En un largo artículo dedicado al Brexit, la revista Der Spiegel pone otro factor encima de la mesa. No sólo previene acerca de la posible desintegración de la Unión Europea sino de que eso puede romper la alianza con Estados Unidos. En tal caso, como mayor potencia europea central, Alemania estaría obligada a “desempeñar un papel dirigente”.

Otro artículo significativo es el escrito por Steinmeier, el ministro alemán de Asuntos Exteriores, para la revista Foreign Affairs con el título “El nuevo papel mundial de Alemania” en el que destaca el distanciamiento creciente entre Alemania y Estados Unidos y la reivindicación del papel de superpotencia mundial que corresponde a Alemania, que está obligada a “reinterpretar” los principios que guían su política exterior desde hace medio siglo.

Hablando de Alemania, para que no falte de nada, Handelsblatt reconoce que Alemania tiene una dilatada experiencia. Los mismos monopolistas (“gigantes de la industria”) que rearmaron la Wehrmacht en tiempos de III Reich diseñan ahora nuevos carros de combate para el nuevo ejército federal. Empresas como Krauss-Maffei Wegman (KMW) y Rheinmetall excavan un depósito secreto para recuperar viejos tanques comprados a Austria y Suecia. En total, la industria de guerra ya ha comprado 100 carros de combate Leopard 2 para ser reutilizados por el Bundeswehr.

El gobierno ha elaborado un informe con un total de 20 nuevos proyectos militares presupuestados en 60.000 millones de euros. Además de carros de combate, el rearme comprende helicópteros de apoyo Tigre, un avión de transporte A400M, varios Eurofighter, misiles Iris-T y buques de guerra Meteor, entre ellos fragatas, corbetas, un navío de combate multimisión 180 y un sistema de defensa aérea táctico.

¿Por qué el marxismo no es ninguna teoría?

Juan Manuel Olarieta

En la actualidad cada vez más escritos aluden a la teoría marxista del valor, o a la filosofía marxista, o a la teoría marxista de la historia, o a la crítica de la sociología. Como poco, es una manera errónea de expresarse y conduce a equívocos aún más importantes.

El marxismo no es una teoría y, aunque lo fuera, nunca sería una teoría como la de la relatividad, por ejemplo. Cuando Lenin dice que sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionaria, no se refiere a cualquier clase de teoría. Una teoría revolucionaria es lo menos parecido a una teoría corriente.

Entre los marxistas es un tópico hablar de la unión entre la teoría y la práctica, una dualidad que sirve precisamente para justificar una teoría y para aseverar, además, que la veracidad de tal teoría se demuestra en la práctica.

Es pura retórica. Cuando alguien termina de leer ese tipo de “teorías marxistas” es imposible entender a qué conducen, dónde está la práctica en medio de ese fárrago de escritos. No me refiero sólo a una práctica de carácter revolucionario, sino a la práctica sin más.

Ese “marxismo” es preocupante no sólo porque a cualquier cosa le llame teoría sino, además, porque a cualquier cosa le llama práctica. En sus documentos se critican muchas teorías pero jamás se critican las prácticas (cuando existen).

Es cierto que hablan de la práctica, pero lo hacen de manera ritual porque la han convertido en otra teoría más. Son teorías construidas sobre otras teorías que acercan al marxismo al kantismo, al sicoanálisis o al keynesianismo.

Si fuera una teoría, el marxismo estaría al lado de otras teorías o en oposición a ellas, al modo “crítico” que algunos catedráticos pretenden, esto es, transformando al marxismo en una “filosofía crítica” o en una “economía crítica” y cosas parecidas. No es nada por sí mismo sino una ideología parásita que vive de la  “crítica” de las demás.

Eso que califican como “crítica” se presenta también como “lucha ideológica” en la que el marxismo aparece en medio de una ensalada de doctrinas, corrientes y opiniones aparecidas a lo largo y ancho de la historia del pensamiento humano.

El colmo del marxismo es el de quienes, precisamente para oponerse al marxismo como teoría, recuerdan aquello de que no es para tanto: “sólo” es una “guía” para la acción.

En 150 años el marxismo ha tenido un vuelco importante. En su época a Marx y Engels nadie les consideraba como unos “teóricos”. Muy pocas de sus obras se publicaron; muy pocos las leyeron y casi no se tradujeron a otros idiomas.

Lo que dio aire a la “teoría marxista” fue la práctica: la Revolución de Octubre. Sin ella nadie se acordaría hoy de Marx y Engels.

Los fundadores del marxismo no tuvieron que vivir toda su vida en el exilio por sus escritos. La policía prusiana no les persiguió por ello sino porque eran “peligrosos agitadores”, como se decía entonces, que es como hoy decir que eran “terroristas”.

Desde entonces, desde 1917 la burguesía está intentando que el marxismo deje de ser lo que es para convertirlo en una teoría que, como cualquier otra, tiene sus seguidores, sus maestros, su enseñanza, su cuerpo de doctrinas… y sus detractores, naturalmente.

La burguesía ha incorporado el marxismo a la manera que dice el refrán: si no puedes derrotar a tu enemigo, únete a él. Si hoy un profesor de instituto tiene que explicar el marxismo, cosa extraña, te enseña con toda naturalidad lo que es la alienación, pero no te habla del hambre, o del desempleo, o de la guerra, ni de sus causas, ni de cómo acabar con situaciones así.

Las diversas “teorías marxistas” han acabado convertidas en nuevas formas de socialismo utópico, de esa sociedad idílica que nunca ha existido, ni existirá. Lo que dicen es que la teoría está bien pero la práctica, la Revolución de Octubre y la construcción del socialismo en la URSS, han sido frustrantes, por no decir contraproducentes.

Justamente cuando llega la práctica, esos “marxistas” se muestran siempre tal y como son. Es una actitud que no se limita sólo a cierta intelectualidad exquisita sino que está mucho más extendida de lo que cabe imaginar. Las teorías se concentran siempre en los objetivos, cuanto más alejados mejor, pero no hablan nunca de la manera de conseguirlos, de la organización, del trabajo político, de la agitación, de las manifestaciones ni de pintar murales.

Las teorías deslumbran. Son propias de grandes intelectuales, mientras que el esfuerzo cotidiano es propio de masas anónimas, sin diplomas, que no escriben y cuya huella, por lo tanto, no es de tipo intelectual. Sin embargo, su obra es la única que pasa a la historia. Nunca hay que olvidar que el motor de los acontecimientos no son los escritos de nadie sino las acciones de las masas.

Si el marxismo no es una teoría, ¿qué es exactamente? Pues es como la música en vivo y en directo, cuya huella tampoco es sólo intelectual. Tan erróneo es creer que en un concierto no hay partitura, que todo se improvisa, como confundir la música con las notas de un pentagrama, ni mucho menos con la crónica que escribe un crítico musical.

Los marxistas no son críticos musicales sino músicos que actúan en vivo y en directo, y quiero hacer hincapié en el significado del término “actuar”. Tienen su orquesta, que es colectiva, su partitura, ensayan una y otra vez, afinan los instrumentos, prueban el sonido, suenan armónicamente y en cada concierto de manera diferente, improvisan, se emocionan y emocionan al público… y muchas cosas más que no están en el manual de ningún crítico musical.

La abstención más alta de la historia

La abstención en las últimas elecciones generales ha sido la más alta desde la transición. La participación no ha llegado al 70 por ciento y bajará todavía más cuando se escrute el voto de los residentes en el extranjero.

Por lo tanto, los “análisis” de los “expertos” son un chiste, que tiene su explicación: la abstención no reparte prebendas y por eso nadie se preocupa de ella o, para decirlo de tal manera que no nos critiquen nuestros lectores: se preocupa mucho menos que de los votantes.

Como cada voto es una parte del aparato del Estado burgués, los “analistas” sólo se preocupan de él, y lo que es aún peor: sólo de ciertos votos, en concreto de los que conceden escaños, por lo que el “análisis” de las elecciones se suele restringir aún más. Basta escuchar cualquier tertulia para darse cuenta de que lo realmente importante ni siquiera son los votos sino más bien los escaños.

A diferencia de los demás países europeos, en España la abstención procede de los sectores más avanzados y progresistas de la sociedad que, cuando padecen algún tipo de flaqueza momentánea, se ponen a votar a las distintas variedades reformistas, que antiguamente era la bazofia de Izquierda Hundida.

Casi una tercera parte de los electores no votamos y, si las cosas siguen igual, no votaremos nunca. Somos la mayoría absoluta y si alguien tuviera en cuenta a las personas y no a los escaños, se preocuparía un poco más por nosotros que por las distintas formas de repartirse el pastel.

En un país realmente democrático alguien se debería interesar por el hecho de que un porcentaje tan grande de electores no vote. Si las elecciones son tan importantes para las personas, ¿cómo es posible que no lo hagan?, ¿quizá porque se han dado cuenta de que son irrelevantes?, ¿saben que nada va a cambiar con un voto u otro?

Al menos algunos de los que no votamos no lo hacemos porque subestimemos las elecciones diciendo que son una porquería inmunda, sino todo lo contrario: nos parecen tan importantes que no podemos participar en tamaña farsa.

No es que estemos con unos y no con otros: estamos en contra de todos ellos, de quienes participan y de quienes nos llaman a participar. Son unos mentirosos compulsivos.

No votamos porque no queremos un cambio de gobierno sino un cambio de Estado. No nos gusta el capitalismo, ni la monarquía, ni la sacrosanta unidad de la patria, ni la bandera… Francamente, no nos gusta casi nada.

Tampoco votamos porque en las condiciones actuales no es así como se va a cambiar nada.

Pero si estamos equivocados sería bueno que alguien se preocupara por nosotros y nos convenciera de nuestro error. Lo que ocurre es que los equivocados son ellos.

La Unión Europea no rescatará a la banca italiana de su quiebra

El gobierno italiano plantea inyectar hasta 40.000 millones de euros a los bancos más próximos a la catástrofe. En los test de estrés que hizo el Banco Central Europeo en octubre de 2014, de los 25 suspensos, 9 fueron para bancos italianos.

Los problemas son los mismos que el resto del capital financiero mundial: endeudamiento y recesión que, aunque se llame “alta morosidad”, es sinónimo de quiebra. Los bancos no están cobrando los préstamos que concedieron.

A diferencia de España, la banca italiana no sólo está cautiva de activos tóxicos procedentes del sector inmobiliario, sino de toda la economía. Otra diferencia es que el capital financiero italiano presume de lo que carece, de fortaleza, y no se reconoce en crisis. A lo máximo reconoce que son sólo algunos bancos los que tienen problemas.

La ceguera no puede ser mayor: mientras el nivel de morosidad -el reconocido de puertas afuera- en España es del 10 por ciento, en Italia es del 18 por ciento.

Como consecuencia de la quiebra, las acciones de los bancos italianos han caído más de un 20 por ciento de media desde principios de este año, hasta el punto de que Monte dei Paschi di Siena, el tercer banco del país, ha llegado a perder más de la mitad de su valor en bolsa.

A mediados de este mes la Bolsa de Milán tuvo que suspender la contratación de algunos de los mayores bancos del país a causa del desplome de sus cotizaciones.

El gobierno italiano ha gastado en sus bancos mucho menos que el español, apenas 3.600 millones de euros entregados a cuatro pequeños bancos regionales y otro poco más al Monte dei Paschi. No pasa nada. Son maestros en el arte del disimulo, aunque ahora piensen recapitalizar a otros.

Pero el verdadero problema es que, lo mismo que los bancos, el Estado también tiene la caja vacía. La  deuda pública es la segunda más alta de la Unión Europea, sólo por detrás de Grecia: el 132 por ciento del PIB.

Después del rescate a Grecia y España, a Alemania, o sea, a la Unión Europea, ya no le quedan ganas de seguir poniendo dinero encima de la mesa. El 1 de enero entraron en vigor las nuevas normas de Bruselas sobre crisis bancarias, que ponen fin a la era de los rescates con dinero público. En adelante serán los accionistas, los acreedores y los depositantes los que se hundan junto con sus bancos.

Naturalmente que no todos se hundirán al mismo tiempo y en la misma medida. Los primeros en pagar la factura serán los pequeños ahorradores, esos ingenuos que, el estilo de los preferentistas en España, creen que el capitalismo es eterno y siguen guardando su dinero en un sitio “seguro”.

Además del empobrecimiento brutal de las masas, un verdadero atraco a mano armada, la segunda consecuencia será el fin del minifundismo bancario en Italia, la desaparición de las pequeñas cajas de ahorro y montes de piedad y la concenrtación nacional e internacional del capital financiero.

El lado más ocuro de la ideología burguesa

Kevin Costner en Waterworld
Juan Manuel Olarieta

Como escribió Stalin, una ciencia es diferente de una ideología. Cabe añadir, sin embargo, que ambas están tan íntimamente adheridas una a otra que no es fácil separarlas. Desde luego que los científicos han demostrado que son los menos capaces de hacer esa separación, es decir, de ser conscientes de ella, de apercibirse dónde acaba la ciencia y empieza la ideología.

Siguiendo el mismo argumento, se podría decir lo mismo de una ingeniería, como la informática, que debiera estar aún más claramente delimitada de las ideologías. Basta recorrer las numerosísimas páginas de internet dedicadas a la informática para comprobar que no es así.

También es obvio recordar que la ciencia es algo diferente de la ciencia-ficción, pero los científicos son muy aficionados a ese tipo de novelas porque en ellas creen encontrar ciencia, aunque se trate de la basura escrita por Isaac Asimov.

A eso añadiría por mi cuenta que es fácil encontrar también mucha ciencia-ficción en la ciencia. No hay más que leer las previsiones futuras que para la humanidad nos tiene reservado el calentamiento planetario.

Cualquier diccionario de informática expone conceptos básicos de la ciencia que siempre han sido muy discutidos. Se trata de términos tales como “inteligencia” (“inteligencia artificial”) o “memoria”. Lo mismo que la mayor parte de los conceptos científicos, se definen de una manera simplona, dogmática y acrítica, pasando por alto todas las discusiones habidas acerca de ellos a lo largo de la historia del pensamiento humano.

En otras ocasiones, tanto los científicos como los ingenieros eluden simplemente las definiciones, utilizando expresiones que no saben lo que significan, algo que es bastante característico del positivismo: hablar del funcionamiento de las cosas sin saber lo que son.

Es más, no importa saber lo que son las cosas sino cómo funcionan. Es la actitud de la mayor parte de los usuarios hacia su ordenador o su móvil. El positivismo, que es una ideología -y de las más cutres- tiene una estrecha relación con el utilitarismo: lo que nos importa de las cosas no es lo que son sino su funcionamiento, para qué sirven, lo que esperamos de ellas.

Este tipo de concepciones ideológicas acerca la ciencia-ficción a la ciencia, de manera que no resulta fácil separar a una de otra. Lo mismo que la religión, la ciencia actual se ha llenado de profecías, aunque ahora las llaman de otra manera: pronósticos o previsiones. A los científicos no les basta con explicar lo que pasa sino que se esfuerzan por explicar lo que va a pasar.

Sin embargo, en la etapa actual del capitalismo, dominado por la decadencia y la degeneración, la ciencia-ficción presenta dos características importantes respecto a sus precedentes:

a) su marcado sesgo distópico, pesimista y oscurantista, rasgos que definen al pensamiento burgués actual

b) desde los tiempos de Platón hasta ahora la ficción había venido siendo claramente política: frente a la sociedad existente, el escritor de ficción buscaba algo mejor. Por el contrario, ahora la novela de ficción se disfraza de ciencia y asegura que en el futuro todo será mucho peor.

Lo que la ciencia-ficción esconde ahí es un afán de dominio, exactamente el mismo que en la utopía de Platón de hace dos mil años: si éste quiso un mundo dirigido por filósofos, los distopistas de hoy quieren un mundo dirigido por científicos, si bien hoy a cualquier idiota le califican como “científico”, lo cual es muy peligroso.

La conclusión “científica” de la burguesía es la siguiente: mejor no cambiar nada porque no va a mejorar lo que ya tenemos. Insisto en que esa conclusión no la presenta la burguesía de un modo político sino científico. Lo que nos quiere transmitir no es una opinión; no es lo que le gustaría que sucediera sino lo que sucederá de una manera inexorable.

No hay más que leer uno de esos infames artículos seudocientíficos en los que algún cretino lleva a cabo en nombre de la “ecología” una de esas simulaciones informáticas para demostrar que el nivel de las aguas oceánicas seguirá subiendo y que todo va a acabar en un desastre como el de la película “Waterworld”.

A pesar de que la ficción es pura imaginación, fuera de los países socialistas, no conozco relatos acerca de un mundo mejor, sin miseria, sin desempleo, sin ignorancia, sin opresión… La ciencia-ficción no proyecta hacia el futuro un mundo distinto sino el mismo capitalismo con todas sus lacras multiplicadas hasta el infinito, como en la película “Atmósfera cero”.

Hoy la ciencia lleva a cabo una parte de sus experimentos en los ordenadores, no en la naturaleza ni en los laboratorios. Son simulaciones informáticas, a pesar de lo cual se publican en las revistas científicas como si tuvieran tal naturaleza científica. A ese tipo de diversiones algunos le dan un carácter demostrativo, por lo que de ahí deduzco otras dos conclusiones, a cada cual más absurda:

a) que la manera de confirmar o refutar una hipótesis científica no se lleva a cabo en el mundo real sino en el virtual, que se confunden cada vez más confusamente, al más puro estilo Matrix

b) que lo que tratan de demostrar no es un fenómeno que existe o ha existido en el pasado sino de algo que existirá en el futuro o que posiblemente no exista nunca

Para la burguesía el futuro no depende de las clases sociales sino de la ciencia. Es otro legado del positivismo infiltrado para no parecer lo que es: pura ideología.

En la medida en que la ciencia actual está cada vez más mediatizada por un instrumental (aceleradores, telescopios, ordenadores) cada vez más grande, tiene un componente técnico cada vez mayor, por lo que la técnica suplanta a la ciencia cada vez más, de manera que se han empezado a otorgar Premios Nóbel de ciencia a los ingenieros, es decir, no por descubrir cosas nuevas sino por nuevas aplicaciones de algo ya conocido.

A la confusión de lo real con lo virtual la burguesía le añade una segunda confusión, la del hombre con la máquina. Es la ideología del robot, que diluye las diferencias entre ambos al estilo Blade Runner. Si el hombre es un autómata, las máquinas tienen propiedades síquicas típicas de los seres humanos.

Este hilo ideológico se puede estirar cuanto sea necesario porque, como muestran los tópicos de la ficción moderna, los ordenadores tienen vida propia. Las máquinas son una proyección del ser humano tal y como la burguesía lo ve en la actualidad: como un ser malvado, hasta tal punto de que su maldad mecánica se vuelve contra el ser humano que lo ha creado. Es el caso de Hal, el ordenador de la película “2001, una odisea del espacio”, Skynet, el ordenador de Terminator o Joshua, el de “Juegos de guerra”.

Los relatos de ciencia-ficción son una religión moderna y, por lo tanto, ideológicos. Repiten el mito del Génesis en versión informática. Del mismo que en el Paraíso los hombres, criaturas de Dios, se volvieron contra su creador, los ordenadores se han vuelto contra los hombres que los crearon.

El carácter de la moderna ideología burguesa se podría expresar de una manera aún más cruda: ha olvidado para siempre el principio de las cosas, el paraíso, y sólo se acuerda del final, el apocalipsis. Se ha introducido a fondo en su lado más oscuro. Tenebroso, diría.

El delirio militarista se apodera del Departamento de Estado

En el curso de las pasadas décadas, el Departamento de Estado de Estados Unidos ha sufrido un deterioro, pasando de ser una sede profesional de diplomacia y realismo a ser una guarida de guerreros de sofá, poseídos de delirios imperiales, un fenómeno peligroso subrayado por el reciente “desacuerdo” masivo a favor de eliminar a más gente en Siria.

Cincuenta y un “diplomáticos” del Departamento de Estado firmaron un memorándum distribuido a través del canal oficial “discrepante”, pidiendo golpes militares contra el gobierno sirio de Bashar Al-Assad, cuyas fuerzas dirigen la contraofensiva contra los extremistas islamistas que persiguen el control de esta importante nación de Oriente Medio.

El hecho de que un contingente tan amplio de funcionarios del Departamento de Estado abogue abiertamente por una guerra expansiva, en línea con los planes de los neoconservadores (planes que colocan a Siria en una lista de objetivos desde hace dos décadas), es un símbolo revelador de la locura que afecta al Departamento de Estado.

Este Departamento parece ahora una combinación de convencidos neocons e intervencionistas liberales, junto a algunos “trepas” que comprueban que lo inteligente es comportarse con el resto del mundo como procónsules mundiales, dictando soluciones o buscando “cambios de régimen”, en vez de comportarse como diplomáticos que tratan a los extranjeros respetuosamente en busca de compromisos sinceros.

Incluso algunos funcionarios que conozco personalmente y que no son “per se” halcones neoliberales, actúan como si hubieran bebido algún brebaje. Hablan con dureza y se comportan de forma arrogante hacia los habitantes de países bajo su supervisión. Los extranjeros son tratados como objetos estúpidos que pueden ser coaccionados o sobornados.

Por ello, no es del todo sorprendente que bastantes docenas de “diplomáticos” de Estados Unidos ataquen la posición más templada del presidente Obama sobre Siria, mientras se colocan a sí mismos y toman posiciones proclives, anticipándose a un gobierno bajo Hillary Clinton, de la que se espera que autorice una invasión ilegal de Siria, bajo la tapadera de establecer “zonas de exclusión aérea” y “zonas de seguridad”, lo que significa la masacre de jóvenes soldados sirios. Los “diplomáticos” muestran su disposición al “uso de armas aéreas y de largo alcance”.

El deseo de estos halcones de nuevas guerras es tan intenso que no calculan el riesgo de un conflicto directo con Rusia, quitando levemente importancia a esta posibilidad de choque con una potencia nuclear diciendo que “no son partidarios de una pendiente resbaladiza que acabe en un enfrentamiento militar con Rusia”. Algo que reconforta de veras…

Abrir el camino a una victoria yihadista

Existe también el peligro de que una intervención directa norteamericana colapse al Ejército sirio, despejando el camino a una victoria del Frente Al-Nosra, de Al-Qaeda, o del Califato Islámico. El memorándum no clarifica el delicado equilibrio entre hacer a Siria el daño suficiente, evitar una victoria total de los yihadistas y evitar un choque con Rusia.

Presumiblemente, cualesquiera que sean los líos producidos, el ejército estadounidense se quedaría solo para arreglarlos, asumiendo que abatir algunos aviones de guerra rusos y matar a personal militar ruso no supondría una escalada hacia una conflagración termonuclear.

En resumen, parece que el Departamento de Estado se ha convertido en un manicomio colectivo dirigido por sus internos. Pero esta locura no es una aberración a corto plazo que pueda ser fácilmente revertida. Lleva en marcha largo tiempo, y podría requerir una limpieza desde los cimientos hasta el tejado del cuerpo “diplomático” para restaurar al Departamento de Estado a su papel tradicional de evitar guerras en vez de exigirlas.

Aunque siempre han existido locos en el Departamento de Estado, normalmente entre las filas de los más veteranos, el fenómeno de una locura institucional ha tenido lugar en las últimas décadas. Y yo he visto ese cambio.

He cubierto la política exterior estadounidense desde los últimos 70, cuando había mucha más cordura en el cuerpo diplomático. Había gente como Robert White y Patricia Derian (ambos ya fallecidos), que luchaban por la justicia y los derechos humanos, representando a lo mejor de Estados Unidos.

Pero el descenso del Departamento a ser un núcleo de poco más que bien vestidos y bien hablados matones, que apoyan la hegemonía USA, comenzó con el gobierno de Reagan. El presidente Ronald Reagan y su equipo tenían un odio patológico hacia los movimientos sociales de los países centroamericanos que buscaban la libertad de sus opresivas oligarquías y sus brutales fuerzas de seguridad.

Durante la década de los años 80, los diplomáticos norteamericanos con integridad fueron marginados de forma sistemática, acosados o destituidos. La coordinadora de Derechos Humanos Derian cesó al final del gobierno de Carter y fue sustituida por el neoconservador Elliot Abrams; White fue despedido del puesto de embajador norteamericano en El Salvador, explicando que “rechacé una petición del secretario de Estado Alexander M. Haig Jr. para que yo usara los canales oficiales para tapar la responsabilidad del ejército salvadoreño en los asesinatos de las cuatro monjas norteamericanas”.

El ascenso de los neoconservadores

A medida que los profesionales de la vieja guardia iban abandonando, una nueva camada de neoconservadores agresivos entró, como Paul Wolfowitz, Robert McFarlane, Robert Kagan y Abrams. Tras ocho años de Reagan y cuatro años de George H.W. Bush, el Departamento de Estado fue reformado en un hogar de neocons, pero algunos rasgos de profesionalidad aún aguantaban los ataques.

Aunque se pudiera haber esperado que los demócratas del gobierno Clinton hubieran revertido estas tendencias, no lo hicieron. Por el contrario, la “triangulación” de Bill Clinton se aplicó a la política exterior estadounidense tanto como a los programas interiores. Siempre se buscaba el “medio” políticamente seguro.

A medida que avanzaban los 90, la aniquilación de expertos en política exterior del tipo de White y Derian dejó a muy pocos en el bando demócrata que tuvieran la suficiente valentía y habilidades para desafiar a los neocons atrincherados. Muchos demócratas de la era de Clinton se acomodaron al dominio neocon reinventándose a sí mismos como “intervencionistas liberales”, compartiendo el amor de los neocons por la fuerza militar, pero justificando las matanzas en motivos “humanitarios”.

Este enfoque era la forma de los “liberales” de protegerse a sí mismos contra acusaciones de la derecha de “debilidad”, una acusación que ha marcado profundamente a los demócratas durante los años de Reagan y Bush, pero esta postura de “chicos duros” marginó a los diplomáticos serios que favorecían el tradicional toma y daca con los dirigentes extranjeros y sus pueblos.

Así teníamos a demócratas como la entonces embajadora en las Naciones Unidas (y más tarde secretaria de Estado) Madeleine Albright justificando las brutales sanciones de Bill Clinton contra Irak, a las que las Naciones Unidas culparon de la muerte de 500.000 niños iraquíes, y considerando que “fue una elección muy difícil, pero pensamos que el precio valió la pena”.

Los ocho años de “triangulación” de Clinton que incluyó la brutal guerra aérea contra Serbia, fue continuada por ocho años de George W. Bush que acomodaron aún más a los neocons en el entorno de la política exterior estadounidense. Por entonces, lo que quedaba de los viejos republicanos “realistas”, como Henry Kissinger y Brent Scowcroft, estaban envejecidos o estaban tan íntimamente comprometidos que los neocons no tuvieron una oposición significante dentro de los círculos republicanos. Los funcionarios demócratas en política exterior se han hecho indistinguibles de los neocons, excepto en su uso de argumentos “humanitarios” para justificar guerras de agresión.

La capitulación de los medios de comunicación

Antes de la invasión de Irak por parte de Bush, gran parte del “establishment” de los medios liberales (desde el New York Times al New Yorker) se puso de forma unánime del lado de la guerra, planteando pocas cuestiones difíciles y no presentando casi ningún obstáculo. “Favorecer” la guerra se convirtió en la postura cómoda.

Pero emergió un naciente movimiento antiguerra entre los demócratas de base, impulsando a Barack Obama, un demócrata contrario a la guerra de Irak, a la nominación presidencial en 2008, por encima de una Hillary Clinton que apoyaba la guerra. Pero estos sentimientos pacíficos sobre la “base” demócrata no alcanzaron de forma intensa a los expertos demócratas en política exterior.

Cuando Obama entra en la Casa Blanca, se encuentra con un difícil desafío. El Departamento de Estado necesita una profunda purga de neocons y halcones liberales, pero había pocos expertos demócratas que no se hubieran pasado a los neocons. Toda una generación de políticos demócratas se había educado en un mundo controlado por los neocons en seminarios, reuniones, cumbres y “think tanks”, en donde un estilo verbal duro sonaba bien, mientras que el que hablaba de la diplomacia tradicional sonaba blando.

Por el contrario, la mayoría del ejército e incluso la CIA favorecían enfoques mundiales menos beligerantes, en parte porque habían combatido una “guerra mundial contra el terror”, de Bush, sin ningún futuro. Pero unos altos mandos elegidos por Bush y proclives a los neocons, como el general David Petraeus, seguían en su sitio e impulsaban las guerras tanto en Irak como en Afganistán.

Obama hizo entonces una de las más funestas decisiones de su presidencia. En vez de limpiar la casa en el Pentágono y el Departamento de Estado, escuchó a algunos consejeros, y mantuvo en su sitio a los dirigentes militares de Bush, incluyendo a Robert Gates como Secretario de Defensa, y llegó a nombrar a la agresiva Hillary Clinton como Secretaria de Estado. En otras palabras, Obama no solo no tomó el control del aparato de política exterior, sino que reforzó el poder de los neocons y de los halcones liberales. Dejó a ese poderoso bloque de Clinton-Gates-Petraeus conducirle a un temerario brote de “contrainsurgencia” en Afganistán, que lo único que consiguió fue más de 1.000 muertos entre los soldados norteamericanos junto a muchos más afganos.

También permitió a Clinton sabotear su intento de compromiso con Irán en 2010, que buscaba limitaciones a su programa nuclear, y también sucumbió a su presión en 2011 para invadir Libia, bajo el falso pretexto de establecer una zona de exclusión aérea para proteger civiles, que se convirtió en un desastroso “cambio de régimen”, calificado por Obama como su mayor error de política exterior.

La guerra contra Siria

Obama resistió a los llamamientos de Clinton a favor de otra intervención militar en Siria, aunque autorizó algún apoyo militar limitado a los supuestamente “moderados” rebeldes, y permitió a Arabia saudí, Qatar y Turquía dar mucho más apoyo a los yihadistas relacionados con Al-Qaeda e incluso con el Califato Islámico.

Bajo la secretaria Clinton, el bloque neocon-liberal consolidó su control del cuerpo diplomático en el Departamento de Estado. Bajo la dominación neocon, el Departamento de Estado se movía desde un “grupo de pensamiento” a otro. Sin aprender nada de la guerra de Irak, la conformidad se siguió aplicando hacia Libia, Siria Afganistán, Ucrania, Rusia, China, Venezuela, etc., etc.

En todos los lugares la meta era la misma: imponer la hegemonía USA para obligar a los dirigentes locales a plegarse a los dictados estadounidenses, llevándoles hacia las soluciones propias del “libre mercado” neoliberal, que fueron asimiladas con “democracia” aunque la mayoría de la población de los países afectados estaba en desacuerdo.

La ambigüedad en el lenguaje y en el pensamiento reemplazó a las políticas realistas. “Las comunicaciones estratégicas”, es decir, el uso agresivo de la propaganda para impulsar los intereses norteamericanos, era la consigna. “El poder inteligente”, la aplicación de sanciones financieras, amenaza de detenciones, golpes militares de corto alcance y otras formas de intimidación, fue otra.

Cada episodio de propaganda, tales como el ataque con gas sarín en Siria en 2013, o el derribo del Vuelo 17 de Malaysia Airlines sobre el este de Ucrania, fueron manipulados a fondo para poner a los adversarios a la defensiva, aunque los análisis de la inteligencia norteamericana dudaron de que las pruebas apoyaran las acusaciones.

La mentira en los más altos niveles del gobierno, pero especialmente entre los funcionarios veteranos del Departamento de Estado, se hizo epidémico. Tal vez algo peor, los “diplomáticos” parecían creerse su propia propaganda. Mientras, el grueso de los medios informativos estadounidenses experimentaban una caída en la órbita de la dominación neocon y el “trepe” en lo profesional, eliminando importantes noticias que controvertían las falsedades oficiales.

Victoria Nulland: ha nacido una estrella

La nueva estrella del Departamento de Estado, a la que se supone un apoyo de alto nivel por parte del presidente Clinton, es la neocon asistente a la Secretaría de Estado para Asuntos Europeos, Victoria Nulland, quien organizó el golpe de 2014 en Ucrania, derribando a un presidente electo con simpatías en Rusia y reemplazándole con un nacionalista de la línea dura, que lanzó violentos ataques militares contra la etnia rusa en el este que se resistió al golpe.

Cuando Rusia vino en ayuda de estos ciudadanos ucranianos enfrentados, lo que incluía aceptar la petición de Crimea para volver a Rusia, el Departamento de Estado y los mass media norteamericanos hablaron con una sola voz, lamentando la “invasión rusa”, y apoyando las maniobras militares de la OTAN en las mismísimas fronteras rusas para detener la “agresión rusa”.

Cualquiera que ose cuestionar este enfoque, que hunde al mundo en una peligrosa nueva Guerra Fría, se ve calificado como “apologista del Kremlin” o como “secuaz de Moscú”, lo mismo que los escépticos sobre la guerra de Irak eran despreciados como “apologistas de Saddam”. Virtualmente todas las figuras importantes del Washington oficial marchan en formación cerrada hacia guerras y más guerras (Victoria Nulland está casada con Robert Kagan, lo que les hace una de las parejas del poder supremo en Washington).

Este es el contexto de la última rebelión del Departamento de Estado contra las políticas más templadas de Obama en Siria. Con vistas a una probable presidencia de Hillary Clinton, estos 51 “diplomáticos” han firmado una “disconformidad”, que aboga por bombardear al ejército sirio para proteger a los rebeldes “moderados” que, en la medida en que existen, luchan principalmente bajo el paraguas del Frente Al Nosra de Al Qaeda, y sus cercanos aliados, Ahrar Al Sham.

El embrollo de esta “discrepancia” es que bombardeando al ejército sirio, el gobierno de Estados Unidos puede aumentar el poder de los rebeldes, y supuestamente obligar a Assad a negociar su propia sustitución. Pero no hay motivos para pensar que este plan pudiera funcionar.

A principios de 2014, cuando los rebeldes ostentaban una posición relativamente fuerte, Estados Unidos organizó una conferencia de paz dominada por los rebeldes que hicieron de la marcha de Assad una precondición y excluía la presencia de los aliados iraníes de Siria. No sorprendentemente, los representantes de Assad se fueron a casa y las conversaciones fracasaron. Ahora, mientras Assad mantiene una postura relativamente fuerte, respaldada por la potencia aérea de Rusia y las fuerzas de tierra iraníes, los diplomáticos “discrepantes” dicen que la paz es imposible, porque los rebeldes no están en condiciones de producir la salida de Assad. De esta forma, los “discrepantes” recomiendan que Estados Unidos aumente su papel en la guerra para aupar de nuevo a los rebeldes, pero esto solo significaría más exigencias maximalistas de los rebeldes.

La locura continuará y se hará aún más peligrosa

Esta proposición de una guerra más amplia acarrearía algunos graves riesgos, incluyendo la posibilidad de que el ejército sirio colapsara, abriendo las puertas de Damasco al Frente Al-Nosra de Al Qaeda y a sus aliados, o al Califato Islámico, un escenario que, como indica el New York Times, “el escrito no trata”.

Actualmente, el Califato Islámico, y en menor grado el Frente Al-Nosra, están en retirada, atacados por el ejército sirio y la fuerza aérea rusa, y por algunas fuerzas kurdas con apoyo norteamericano. Pero estas ganancias pueden ser fácilmente perdidas. También existe el riesgo de encender una guerra más amplia con Irán y/o Rusia.

Pero tales riesgos no son nuevos para los halcones neocons y liberales. Tienen esquemas ideados que pueden sonar bien en la conferencia de un think tank o en un artículo, pero fracasan ante la cruda verdad cuando normalmente los soldados norteamericanos se suponen que van a arreglar los problemas.

Hemos visto salir mal a las buenas intenciones en Irak, Afganistán, Libia, Ucrania e incluso en Siria, en donde la aquiescencia de Obama en proporcionar armas y entrenar a los denominados “unicornios”, los difíciles de detectar rebeldes “moderados”, contempló a esos combatientes y a sus armas absorbidos en las filas de Al Qaeda o del Califato Islámico.

Sin embargo, los halcones que controlan el Departamento de Estado, y que persiguen activamente la presidencia de Hillary Clinton nunca abandonarán estas locas ideas hasta que se haga un esfuerzo concertado que evalúe todos los fracasos que han causado a la política exterior de Estados Unidos.

Mientras esa evaluación no se haga, mientras el presidente de Estados Unidos no domine a estos belicistas, la locura continuará y se hará aún más peligrosa.

Robert Parry https://consortiumnews.com/2016/06/17/the-state-departments-collective-madness/

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