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Breve resumen de una matanza cualquiera que ayuda a entender los motivos de la ‘radicalización’ mundial

La publicación del libro “Hit and run” por los periodistas neozelandeses, Nicky Hager y Jon Stephenson, que trata sobre la intervención de la unidad de las fuerzas especiales de su país en Afganistán, ha levantado una enorme polémica.

La SSA (Special Air Service) neozelandesa, la única unidad de élite de que dispone el ejército, fue enviada en 2010 a Afganistán y su contribución a la guerra contra los talibanes es el orgullo del país, ha sido varias veces condecorada…

Son las consecuencias de mantener ocioso a algo, unas tropas en este caso, que siempre tienen que estar activas porque lo que no se utiliza frecuentemente se oxida, sobre todo si se trata de algo “de élite”.

Los ejércitos imperialistas han entrenado para matar y tienen que matar. Si no hay guerra se la inventan y acuden en ayuda de sus jefes, en este caso Estados Unidos que con países como Nueva Zelanda reviste sus guerras con los andrajos de supuestas coaliciones “internacionales”.

El caso es que en agosto de 2010 un teniente de la unidad, Tim O’Donnell, murió como consecuencia de la explosión de un artefacto explosivo en Baghlan y los mercenarios neozelandeses salieron inmediatamente a la caza del afgano, a saciar su apetito de sangre y de venganza.

Su diana fueron un grupo de civiles afganos de lo más pacíficos que vivían tranquilamente en seis pequeñas poblaciones, entre ellas una niña de seis años. Todos fueron masacrados cobardemente por los criminales neozelandeses.

En su momento la matanza fue denunciada por Mohammad Ismail, jefe del distrito de Tala Wa Barfak, al que nadie prestó atención. Entonces habló de que 8 civiles habían sido asesinados en un ataque dirigido desde helicópteros estadounidenses.

En Wellington, la capital de Nueva Zelanda, lo desmintieron rápidamente y entre la palabra de un afgano y la de un neozelandés no cabe ningún tipo de dudas.

La versión que inventaron en Neva Zelanda fue la siguiente: nueve talibanes habían sido “neutralizados” en el curso de una misión heroica, otra más de nuestras SSA.

En ese tipo de matanzas simpre hay unos responsables directos, los mercenarios de aprietan el gatillo contra el primero que se pone por delante, aunque sea un niño, y los canallas se aplauden, los encubren y justifican desde los despachos, vestidos con un impecable traje.

La tarea de estos últimos es iniciar la saga de desmentidos, sembrar la confusión, dejar pistas falsas… En Nueva Zelanda la polémica está servida. Por un lado está la versión oficial y por la otra los conspiranoicos de siempre que ven fantasmas por todas partes.

García Oliver: impresiones del viaje de un anarquista por la URSS

[Oslo, 15 de setiembre de 1940] El cónsul de la Unión Soviética me indicó que mi solicitud de visado de tránsito no se tramitaba en el consulado, sino que la atendía personalmente la embajadora de los Soviets en Suecia, la camarada Alejandra Kollontai.

La embajada estaba en el mismo edificio, y se ascendía a ella por una amplia escalinata. Al final de la escalinata me estaba esperando una señora de porte distinguido y cabello canoso. Era Kollontai […]

Era una mujer inteligente, de sólida cultura. No hizo ninguna alusión a mi filiación anarquista. Solamente me dijo que le era muy grato saludar al que fue miembro del gobierno de la República española y al gran luchador revolucionario que yo había sido.

— Tengo el encargo –me dijo- de mi gobierno de saludarle y, por tratarse de un largo viaje a través de la Unión Soviética, expresarle la seguridad de que, en caso de cualquier situación conflictiva que se le pueda presentar los amigos estarán siempre dispuestos a ayudarle […]

Me pidió el pasaporte para ordenar que le extendieran el visado de tránsito. Como disponía del diplomático y del Främlingpass, le pregunté cuál sería preferible.

— Cualquiera de los dos; la Unión Soviética todavía reconoce a la República española. Sin embargo –dijo- acaso le convenga más el Främlingpass… Pero le visaremos los dos y usted use el que más le guste […]

— Vea usted camarada, tengo el encargo de interesarme por sus asuntos. Así que me dispensará si le pregunto cómo piensa salir de la Unión Soviética. En fin, para qué quiere usted el visado de tránsito.

— Tengo pensado ir a Vladivostock donde, al parecer, puede embarcarse para América.

— Ese es el asunto. Desde Vladivostock todos los que van a América, del norte o del sur, se dirigen al Japón, donde hay línea de vapores para todo el mundo. Pero usted camarada, creo que no debe correr el riesgo de ir al Japón, de donde podrían conceder su extradición a la España de Franco.

— Si no es por el Japón Fru Kollontai –le dije– ¿por dónde podría ir a América desde Vladivostock?

— Preste atención. El gobierno soviético tiene un contrato con algunos barcos de la Johnson’s Line, una compañía sueca […] Pero el contrato que tenemos con ella obliga a la Johnson’s Line a no admitir pasajeros, excepto los que autoriza el gobierno soviético […] Puede decirle usted que está autorizado por el gobierno soviético y que, en caso de duda, me hablen por teléfono.

— Veo que los amigos a que usted se refirió han pensado en todo. ¿Sabía usted que, en tanto que anarquista, me he opuesto a los comunistas en España?

— De usted, camarada Oliver, lo sabemos todo. Y es usted bienvenido entre nosotros. Que tenga buen viaje –me dijo al tiempo que me entregaba los dos pasaportes visados.

— Muchas gracias Fru Kollontai, a usted y al gobierno soviético […]

[Moscú, 19 de setiembre]

Desayuné y sali a la calle. Estuve tentado de preguntar si a un viajero en tránsito, como yo, le estaba permitido deambular por las calles. ¡Había oido y leído tanto sobre lo pemitido o no en la URSS! Me decidí a salir sin pedir la opinión de nadie.

Nadie me detuvo, nadie me preguntó a dónde iba, nadie me siguió. Estaba palpando cuán exageradas eran la noticias que circulaban sobre la vida en la Unión Soviética. El gobierno soviético sabía de mi llegada a Moscú y no me lo daba a entender. Ninguna insinuación de amistosa vigilancia ni de oficiosa benevolencia. Nada, como si yo no existiese. Los sovieticos sabían ser discretos.

Llegué a la Plaza Roja, con las murallas del Kremlin a la derecha, la tumba de Lenin casi en el centro y al fondo una bonita Iglesia de torres coronadas de cúpulas como cebollas.

La venstisca era molesta y no formé en la cola, ya larga, de visitantes de la tumba de Lenin. Anduve por varias calles y avenidas […]

— Me dijeron en Intourist que saldrían esta noche en el Transiberiano, rumbo a Vladivostock. Le deseo muy bien viaje. Ahora vamos por la calle Pedro Kropotkin un señor muy bueno para sus siervos, a los que repartió sus tierras antes de la revolución de octubre. Por eso se le recuerda con cariño […]

Pronto llegaron los otros pasajeros que ocuparían el compartimento. Eran tres militares, dos oficiales y un cabo. Después supe que pertenecían a la guarnición de Vladivostock. Cambiamos saludos y se sentaron. Se comportaban entre sí con verdadera camaradería. Sólo hablaban ruso: mi viaje prometía ser de lo más aburrido.

El tren se puso en marcha […] Sí pude observar que en cada estación se levanta sobre una base un busto de Stalin […]

[Vladivostock, 28 de setiembre]

Nos fuimos hacia el puerto. No pudimos penetrar en él. No era un puerto abierto y libre. Estaba amurallado, con muros de unos tres metros de altura. Donde llegamos había dos puertas, una muy grande y otra chiquita. Un papelito pegado decía en ruso: Prohibido pasar sin autorización de Inflota […]

No tenía más remedio que recurrir a las grandes resoluciones. Y me acordé de lo que dijera Kollontai: los amigos me ayudarían. Tenía que jugar aquella carta. No sabía a qué amigos se refería la camarada embajadora, ni cómo entrar en contacto con ellos. Pero seguro que existían. Kollontai no me lo dijo en respuesta a algo que yo le pidiera sino espontáneamente, como si se tratase de un ofrecimiento […]

Regresé aprisa al hotel, entré en la oficina de Intourist y al encargado de atender a los viajeros le dije:

— ¿Es usted el jefe de Intourist en Vladivostock?

— No, no lo soy, pero estoy facultado para atender a los viajeros

— Lo sé. Sin embargo, me urge muchísimo hablar con el jefe […]

Pasó como un cuarto de hora. El empleado me avisó de que el jefe me recibiría […]

Quería entrar en contacto con el capitán del buque antes de que zarpase.

— Comprendo muy bien su problema. Pero vea usted que no somos nosotros quienes lo hemos creado. Ni aquí ni en cualquier otra ciudad del mundo habría tiempo suficiente para resolverlo, de manera que usted, fulminantemente, lograse salir a las tres de la tarde.

Me miró como queriendo decir que nada especial podía hacer por mí. Insistí. Saqué del bolsillo el pasaporte diplomático de la República española, del que no había hecho todavía uso. Entregándoselo, le dije:

— Cuando en Estocolmo Alejandra Kollontai, la embajadora soviética, me lo entregó, me dijo que si me ocurriese cualquier contrariedad, podía estar seguro de que los amigos me ayudarían. Pues bien, eso es lo que deseo: que me ayuden los amigos.

Al escuchar el nombre de la señora Kollontai, el jefe de Intourist hizo una ligera inclinación de cabeza y se puso a leer el pasaporte. Cuando lo hubo hecho, me miró como si yo no fuese ya el viajero de Främlingpass, el apátrida.

— ¡Pasaporte diplomático de la República española! Me siento honrado de tenerle aquí. Espero que podamos resolver sus problemas.

Hizo por lo menos cinco llamadas telefónicas. Cuando terminó me dijo:

— Por nuestra parte todo resuelto favorablemente. Lo llevaremos enseguida con el capitán del barco para que pueda arreglarse con él. ¿Tiene usted el equipaje listo?

— Si, lo tengo listo. Se trata solamente de una maleta

— Tenemos dos automóviles para el servicio de los viajeros. Pero están fuera del hotel. Nos queda solamente un camión de carga ¿No tendrá inconveniente en ir montado junto al chófer?

— Ningún inconveniente.

— Pues recoja su equipaje. Lo acompañarán dos miembros de la seguridad. En mi nombre en el todas las autoridades de esta población, ¡que tenga usted buen viaje!

— Muchas gracias, a usted y a las autoridades soviéticas. Nunca olvidaré que, desde la camarada Alejandra Kollontai hasta usted, he gozado de la protección de los amigos […]

Llegamos a la puerta de entrada al puerto. El oficial de guardia no permitía que se diera un paso más adelante. Había recibido la orden de hacerse cargo de mí y de conducirme hasta el jefe de Inflota. Además, no quería permitir que me acopañasen los dos miembros de la seguridad. Era evidente que se trata de un problema de prerrogativas entre dos autoridades opuestas.

En Inflota me recibió el almirante en jefe del puerto militar de Vladivostock. Era la más perfecta estampa de oficial de la Marina que hubiesen deseado los productores cinematográficos norteamericanos. Cordialmente me estrechó la mano y me dijo en francés:

— He recibido órdenes de hacer todo lo posible para dejarle a bordo del barco sueco. He enviado a mi ayudante a buscar al capitán del Margaret Torden […]

La milicia del barco aseguró que velaría por mí hasta que zarpara el barco, y los miembros de la seguridad de Intourist y del puerto se fueron los cuatro, satisfechos de no tener responsabilidades.

Para mis adentros me dije que ni Stalin podría salir clandestinamente de la Unión Soviética. Tenía que reconocer que las autoridades soviéticas, los amigos, habían sabido hacer las cosas. No me perdieron de vista ni un minuto desde el aeropuerto de Vilna hasta Vladivostock. Sabían quién era yo y a dónde iba, pero nunca se mostraron. Nada pedí, nada me dieron. Pero cuando solicité su ayuda, fui tratado no como un ex ministro de la República española sino como un ministro en funciones. Comprendí que quedaba en deuda con aquellas gentes. También me di cuenta de la amenaza que se cernía sobre todo el país, apretado entre el Japón y Alemania como por un enorme cascanueces. Después me enteré de que no dejaban penetrar en el puerto a los viajeros: los llevaban fuera del puerto y eran conducidos en barca a los buques. Al permitirme entrar en el puerto y recorrerlo, me habían dado muestras de confianza que merecían defensa por mi parte cuando les alcanzase la tormenta.

Los muelles del puerto de Vladivostock estaban llenos de grandes cajas de madera con letras que indicaban que procedían de Estados Unidos. En una gran explanada del puerto se veían simétricamente alineados aviones de combate americanos, todavía con funda verde olivo que les serviría de protección. Maquinaria, equipos, aviones. Vi que la guerra se acercaba a la Unión Soviética. Estaba tan cerca que acaso me agarrase en el mar. Favor por favor. Si la URSS entraba en guerra, la defendería.

Juan García Oliver, El eco de los pasos, Ruedo Ibérico, Barcelona, 1978, pgs.537 y stes.

Las tropas de Estados Unidos cortan el paso del ejército sirio hacia Raqqa

El portavoz de las FDS/YPG anunció ayer el inicio de las operaciones militares conjuntas con las tropas de Estados Unidos para asaltar Raqqa. El plan consiste en comenzar por el aeropuerto de Tabaqa, que será acondicionado para que lo pueda utilizar la aviación de Estados Unidos.

Tabaqa es una localidad situada a 55 kilómetros al oeste de Raqqa, a lo que hay que añadir la llegada de 500 rangers a la misma localidad hace dos días. No es una sorpresa para el ejército sirio, al que le cortan su avance hacia Raqqa.

Hasta ahora las tropas de Estados Unidos y las FDS/YPG se habían situado en los frente del norte y el este, dejando al ejército sirio el oeste, por donde avanzaban desde Alepo.

El primero aviso se produjo el mes pasado, cuando la aviación de Estados Unidos bombardeó Tabaqa y Jarrah, en Alepo, en un claro mensaje dirigido a Damasco sobre los límites que no deben cruzar, dice el diario libanés Al-Ajbar.

Pero mientras no se aclare quién gana el golpe de Estado en Washington, las intenciones ultimas de Estados Unidos son cada día más confusas. El miércoles el secretario de Estado, Rex Tillerson, volvió a insisitir -una vez más- sobre la creación de “zonas de seguridad” en Siria en una conferencia en Washington en la que participaron 68 países.

En esa misma conferencia el general Joseph Scrocca aseguraba todo lo contrario: el Pantágono no ha recibido instrucciones para crear “zonas de seguridad” en Siria.

No obstante, si de las palabras pasamos a los hechos, la presencia de Estados Unidos en Tabaqa no deja lugar a dudas de su interés por impedir el paso al ejército sirio hacia el este, incluso más allá de de Raqqa, en la frontera de Siria con Irak, que sería una manera de impedir una futura alianza entre ambos países.

El plan de los imperialistas en Siria es el mismo que en Irak: impedir las alianzas y promover las divisiones. “Divide et impera”.

El euro ha llevado a Europa de la especulación a la depresion

Los primeros planes para la unión económica y monetaria de Europa los lanzaron los monopolistas en la cumbre de La Haya de 1969. Al año siguiente un grupo dirigido por Pierre Werner, Primer Ministro de Luxemburgo, presentó al Consejo y a la Comisión un informe que establecía las bases de la Unión Económica y Monetaria.

El documento era un proyecto, llamado Plan Werner, a diez años para promover la liberalización de los movimientos de capital, la convertibilidad irreversible de las monedas comunitarias, la fijación irrevocable de los tipos de cambio, la centralización de la política monetaria y crediticia y, finalmente, la puesta en circulación de una moneda común.

El colapso del sistema de Bretton Woods y la decisión del gobierno estadounidense de dejar flotar el dólar a mediados de 1971 frenó el Plan y, al mismo tiempo, provocó todo lo contrario a lo que se bucaba: la llamada “serpiente monetaria europea”, una ola de inestabilidad para las divisas que impidió fijar las paridades entre las divisas europeas.

En 1972 en la cumbre de París, la CEE intentó dar un nuevo impulso a la integración monetaria con la creación de la “serpiente en el túnel”. Era un mecanismo que permitía la flotación controlada de las monedas nacionales (la “serpiente”) dentro de unos márgenes estrechos de fluctuación frente al dólar (el “túnel”).

Con la crisis del petróleo, la debilidad del dólar y las diferencias de las políticas económicas, este sistema también fracasó y la “serpiente” perdió a la mayor parte de sus miembros en menos de dos años, quedando finalmente reducida a una “zona de influencia del marco alemán” que estaba formada por Alemania, los países del Benelux y Dinamarca.

El 27 de octubre de 1977 el Presidente de la Comisión Europea, el británico Roy Jenkins, propuso la creación de una moneda única para los 9 países que entonces componían la CEE basada en un presupuesto comunitario formado por el 19 por ciento del PIB de los países miembros.

Alemania rechazó el proyecto de plano porque hubiera supuesto la creación de un sistema de compensaciones parecido al que tiene España en su régimen autonómico, en favor de los países más desfavorecidos. De ahí que 15 años después el acta fundacional del euro insistiera en la noción de “responsabilidad presupuestaria individual” de cada país.

Al año siguiente se renovó el impulso para crear una zona de estabilidad monetaria con la cumbre de Bruselas y la creación del Sistema Monetario Europeo (SME), que se basaba en tipos de cambio fijos pero ajustables. Las monedas de todos los Estados miembros, excepto el Reino Unido, participaron en el mecanismo de tipos de cambio conocido como MTC I.

Los tipos de cambio se basaban en tipos centrales frente al ecu, la “unidad europea de cuenta”, que se calculaba sobre la base de una “cesta” con las divisas de los países miembros. Las fluctuaciones monetarias se debían contener de modo que no superasen un margen del 2,25 por ciento por encima o por debajo de los tipos bilaterales, a excepción de la lira italiana, cuyo margen era del 6 por ciento.

Durante diez años el SME funcionó bien, ayudando a mantener la estabilidad de los tipos de cambio. La revaluación del marco en 1979 no causó mayores problemas, pero cuando Miterrand llegó al poder en 1980, devaluó el franco tres veces seguidas, hasta que en París empezaron a someterse. A ello contribuyó Jacques Delors, socialista como Mitterand, que se colocó al frente de la Comisión Europea.

En esta etapa se incorporaron a la CEE los países del sur de Europa, entre ellos España. Eran los tiempos de Thatcher y Reagan, de la desindustrialización de las grandes potencias capitalistas y las reconversiones industriales, un proceso que luego se llamó “financiarización”, de los grandes movimientos de capitales y la explosion de la deuda pública de muchos países del Tercer Mundo.

En Europa la apertura de los mercados de capitales no rompió la estabilidad cambiaria hasta 1992, cuando se desata una fuerte especulación por el fracaso del referéndum danés sobre Europa. La lira italiana y la peseta se devaluaron y la libra esterlina abandonó el SME.

La especulación se reprodujo al año siguiente, agotando las reservas del Banco de Francia. Tuvieron que elevar los márgenes de fluctuación del 2,5 por ciento al 15 por ciento. En 1993 el SME había desaparecido de hecho.

Los monopolistas europeos no sólo achacaron el fracaso a la especulación sino que pusieron su remedio en la moneda única. Era la única garantía de estabilidad… para las potencias imperialistas europeas y los grandes monopolios, que cambiaron la especulación de divisas por la especulación de los tipos de interés. Es el imperio de lo que los economistas llaman la “prima de riesgo”.

Alemania empezó a tomar las riendas del asunto, para lo cual realizó previamente una profunda reestructuración de su economía. Desde la posguerra el capital monopolista alemán tiene un serio problema con el volumen de fuerza de trabajo, como consecuencia del hundimiento demográfico, al que luego se añadió su envejecimiento y la imperiosa necesidad de asegurar el futuro de las pensiones.

El rechazo del Plan Jenkins en 1977 procedía de esa necesidad de evitar las subvenciones a terceros países para capitalizar lo máximo posible. La situación se encuadra también en el marco de la desindustrialización y “financiarización” en la que también se vuelca la economía alemana.

Además, en 1990 cayó el bloque del este de Europa y Alemania logró imponer su reunificación, presentando como una “carga” económica y presupuestaria a la República Democrática Alemana. Es el mismo estilo que luego Helmut Kohl aplicó a toda la CEE: Alemania impone el Tratado de Maastricht como si abandonar el marco, una divisa fuerte, a cambio el euro, una incógnita, fuese la consecuencia de un “compromiso” con los demás “socios”.

Era puro teatro. La sentencia de 12 de octubre de 1993 del Tribunal Constitucional de Karlsruhe rememora la paranoia alemana por excelencia desde hace un siglo, la estabilidad monetaria, elevándola a principio fundamental de la Constitución (Grundgesetz) o, por decirlo más llanamente: Alemania no va a pagar las deudas de nadie, como volvió a recordar en setiembre de 2011 con motivo del rescate a Grecia. Podía haber añadido: directa o indirectamente, es decir, no va a admitir la emisión de eurobonos, o sea, la monetización de deuda.

Así, el Banco Central Europeo es un segundo Bundeskank. Su objetivo no es la igualdad (“convergencia”) ni el crecimiento sino la estabilidad. Gracias a Alemania, los demás países de Europa disfrutan de tipos de interés bajos que les permiten endeudarse para comprar mercancías… alemanas.

En fin, todo podía haber sido muy bonito de no ser por la crisis que a algunos países, como Grecia, les ha conducido al desastre. Alemania tuvo que salvar a sus bancos y Grecia no tenía nada que salvar.

La Unión Europea: un sueño nazi hecho realidad

Después de 60 años de la firma del Tratado de Roma –por fin– nos hubieran debido contar la verdad. Pero no ha sido así. Siguen con la cantinela de que la unidad europea se ideó después de la II Guerra Mundial y no antes. Dicen que la unidad europea se edificó para superar el nacionalismo y evitar guerras intestinas; que el nazismo había sido una experiencia funesta para Europa y que Europa debía ser lo contrario del nazismo. Siguen tratando de hacernos creer que las naciones conducen al nacionalismo, el cual es perverso por sí mismo porque, a su vez, conduce a la guerra. Quieren hacernos creer que el proyecto de integración europea nació después de la II Guerra Mundial como antídoto contra las rivalidades nacionalistas internas. Aseguran que durante ese conflicto el chovinismo había alcanzado sus mayores cotas y los europeos comprendieron repentinamente que sus pequeños estados respectivos debían quedar unidos por instituciones supranacionales para que la guerra no volviera a causar estragos en el viejo continente.

Sin embargo, es falso que la idea original de la unificación europea sea posterior a la II Guerra Mundial; es falso que esa idea fuera concebida en oposición a la rivalidad imperialista anterior. Por el contrario, no solo los nazis, sino los fascistas y los colaboracionistas de muchos países europeos utilizaron el europeísmo para justificar la agresión. Los nazis, los vichystas, los fascistas italianos y muchos otros pasaron muchos años antes y durante la guerra elaborando sofisticados programas de integración política y económica de Europa.


El modelo alemán

A mediados del siglo XIX Alemania no existía como Estado unificado. Por tanto, cuando estalla la I Guerra Mundial apenas hacía 50 años que Alemania había entrado en el concierto de los Estados europeos con una sola voz. Fue una loca carrera en la que pasaron velozmente de un situación casi feudal al capitalismo monopolista más salvaje, y de los problemas de construcción interna de un Estado federal al trampolín del control de su propia zona de influencia en el exterior. De vértigo. Una vez edificado su propio país, los imperialistas alemanes creyeron que su modelo federal era válido también para su entorno económico. Se convencieron ellos a sí mismos y se esforzaron en con-vencer a los demás. Su federalismo nacional lo convirtieron en un federalismo internacional, o por lo menos europeo. Surgió el pangermanismo porque fuera de las fronteras aún quedaban alemanes por unificar, desde el Báltico hasta el Mar Negro. Esos países que aún quedaban fuera, las reliquias del Imperio austro-húngaro o del zarista, diezmado por la Revolución bolchevique de 1917, estaban muy atrasados con respecto a la locomotora alemana. Incorporarse a Alemania era como incoporarse al siglo XXI partiendo del siglo XVII. Es bien sabido que los imperialistas alemanes, siempre generosos, se declararon dispuestos a compartir con los demás sus conquistas y sus progresos, antes y después de 1933.

Incluso sus planes de integración europea aseguraban que mantendrían intacta la soberanía nacional de los estados miembros de Europa. No se trataba de una incorporación sino de una integración. No podían presentar sus planes al exterior como una expansión imperialista sino como una integración europea. En la futura Europa nazi no habría amos ni siervos sino socios. Eso es lo que dijo su propaganda durante toda la II Guerra Mundial, consagrando enormes esfuerzos a convencer al resto de Europa de que los progresos económicos alemanes, la infraestructura de transporte y la economía en general eran mucho mejores que en el resto de Europa y que, en consecuencia, Europa debía integrarse según el modelo alemán. Más que los alemanes eran los propios europeos los que debían estar interesados en esa integración. El plan de Hitler de establecer una sola entidad política en toda Europa, su necesidad de buscar respaldo en los propios países ocupados, y muchos elementos centrales de la filosofía nazi, todo ello formaba parte de su pensamiento europeísta.

Los proyectos elaborados por los nazis proclamaban que los estados miembros de la futura “Confederación Europea” tenían que asegurar que en su territorio no se cometieran actos incompatibles con la solidaridad europea y las obligaciones europeas. En 1943 en una Nota sobre la fundación de una Confederación Europea, Cecile von Renthe-Fink, que ocupaba el rango diplomático de ministro con Hitler, sostenía que las naciones europeas tenían un desarrollo común; decía que Alemania deseaba unir a Europa sobre una base federal; proclamaba que no había intención de inmiscuirse en los asuntos internos de otros países: “Lo único que se requiere de los estados europeos es que sean miembros leales y proeuropeos de la comunidad y colaboren voluntariamente en sus tareas […] El objeto de la cooperación europea será promover la paz, la seguridad y el bienestar de todos los estados europeos y su población”. No se trataba de que un estado o grupo de estados dominara a otros sino de que se establecería una relación de alianza y lealtad mutua en vez de los métodos imperiales de la era anterior. En un tono similar, Werner Daitz declaraba que “Europa no se puede administrar de forma centralizada: se debe conducir de modo descentralizado”.

Una versión avanzada del plan nazi sobre la futura “Confederación Europea” volvían sobre el tema del federalismo con la esperanza de encontrar así una solución a la rivalidad entre las potencias imperialistas europeas. Argumentaban que el problema europeo era que una multiplicidad de pueblos tenía que vivir en una superficie relativamente reducida en una combinación de unidad e independencia:

“Su unidad debe ser tan firme como para que nunca más pueda haber guerra entre ellos y los intereses externos de Europa se puedan salvaguardar en su conjunto. Al mismo tiempo, los estados europeos deben conservar su libertad e independencia, para actuar de acuerdo con sus diferentes situaciones y misiones nacionales y cumplir su función particular dentro del marco más amplio, en un espíritu alegre y creativo. La fuerza y la seguridad de Europa no dependen de la subordinación impuesta o exigida por una potencia europea a la otra, sino de la unión de todos. El problema europeo solo se puede resolver sobre una base federal por la cual los estados europeos resuelvan por libre voluntad, basados en un reconocimiento de esta necesidad, unirse en una comunidad de estados soberanos. Esta comunidad se puede designar confederación europea”.

Hasta la hoy fracasada Constitución Europea es una iniciativa de los nazis. El borrador nazi de Constitución para la Nueva Europa proclamaba el derecho de cada país a organizar su vida nacional como considere adecuado, siempre que respete sus obligaciones hacia la comunidad europea. Otros documentos repetían la misma idea. La actual guerra es también una guerra por la unidad y libertad de Europa, escribió Renthe-Fink:

“Sus objetivos son crear y garantizar una paz duradera para los países europeos […] eliminar las causas de las guerras europeas, sobre todo el sistema de equilibrio de poder […] superar el particularismo europeo mediante la cooperación libre y pacífica entre los pueblos europeos. La lealtad a Europa no significa sujeción sino cooperación franca basada en igualdad de derechos. Cada pueblo europeo debe participar a su manera en la nueva Europa. El único requerimiento es que los estados europeos sean francamente leales a Europa, de la cual son miembros”.

Finalmente, Renthe-Fink añadía: “Cada estado continental debe permanecer consciente de su responsabilidad hacia la Comunidad Económica Europea”. El autor de los proyectos hitlerianos sostenía que no deseaba una burocracia supranacional, ni siquiera un sistema de conferencias intergubernamentales. Cualquier pretensión supranacional podía generar sospechas hacia las ambiciones imperialistas alemanas.

El europeísmo nazi

El europeísmo es, pues, un invento nazi; ellos fueron los primeros en elaborar planes (económicos y políticos) de integración europea. Si extractáramos algunos discursos de la época de Hitler, Goebbels, Ribbentrop y otros dirigentes nazis sin mencionar la fuente, muchos pensarían que son actuales y que se trata de parlamentarios de la eurocámara.

Mucho antes de llegar al poder, en 1932, el dirigente nazi Alfred Rosenberg ya asistió a un congreso de Europa en Roma. Luego Hitler y todos sus portavoces hicieron frecuentes referencias a Europa durante su época de dominación terrorista, incluso antes de la guerra. Hay varias compilaciones, entre ellas un libro profusamente ilustrado, titulado simplemente Europa, cuya introducción escribió Ribbentrop. En 1937, por ejemplo, declaró en el mitin del partido nazi en Nuremberg que “quizá estemos más interesados en Europa de lo que otros países necesitan estarlo. Nuestro país, nuestro pueblo, nuestra cultura y nuestra economía han surgido de condiciones europeas generales. En consecuencia, debemos ser enemigos de cualquier intento de introducir elementos de discordia y destrucción en esta familia europea de pueblos”.

Poco después, en 1938, Rudolf Hess organizó una presentación en el Congreso del partido Nazi, llamada La lucha por el destino de Europa en el Este, que explicaba por qué la colonización alemana de Rusia llevaría la civilización europea a los bárbaros eslavos.

En 1940 Joseph Goebbels dijo: “Estoy convencido de que dentro de cincuenta años la gente ya no pensará en términos de países”. El jefe nazi de propaganda creía que el federalismo alemán podía ser un modelo para Europa porque la absorción de los estados alemanes por parte del imperio alemán había funcionado. Así los estados europeos se podían integrar armónicamente sin atentar contra su identidad: “Si nosotros, con nuestra perspectiva de la Gran Alemania, no tenemos interés en atentar contra las peculiaridades económicas, culturales o sociales de, por ejemplo, los bávaros y los sajones, tampoco tenemos interés en atentar contra la individualidad económica, social o cultural de, por ejemplo, el pueblo checo”.

Los lacayos europeos de los nazis también aceptaban que Alemania era un modelo: Vidkun Quisling declaró que la Confederación Alemana podía servir como modelo para la cooperación con otros estados europeos. Goebbels aseguraba que “nunca hemos tenido la intención de imponer por la fuerza este nuevo orden o reorganización de Europa. De ningún modo debéis pensar que cuando los alemanes traemos un nuevo orden a Europa lo hacemos con el propósito de sofocar a otros pueblos”. Se explayaba sobre el carácter realista de la integración europea: “A mi juicio la concepción que una nación tiene respecto de su propia libertad se debe armonizar con los hechos actuales y las simples cuestiones de eficiencia y propósito. Así como ningún miembro de una familia tiene derecho a turbar la paz por motivos egoístas, no se puede permitir que ninguna nación europea se interponga en el camino de un proceso general de organización. En el mismo tono, un funcionario del ministerio nazi de Empleo declaró que Alemania podía afirmar que no estaba luchando por sí misma, sino por Europa. Una versión del proyecto nazi de Confederación Europea sostenía que el papel de Alemania en Europa consistía en reconciliar los intereses particulares de los estados europeos con los intereses de Europa en su conjunto. A esta aspiración se sumaba la opinión de que los intereses y necesidades de Alemania están esencial e inseparablemente ligados con los de Europa”.

Con frecuencia los nazis enfatizaban que los estados debían unirse voluntariamente a la nueva Europa. Liderazgo no significa dominación sino protección externa y responsabilidad interna, era su consigna. Hitler y Mussolini no querían sometimiento sino cooperación sincera: “Todos los pueblos europeos que se han probado históricamente son bienvenidos como miembros de la nueva Europa. Su desarrollo nacional y cultural en libertad e independencia está garantizado”. Cínicamente alegaban que los ejemplos de Finlandia, Hungría, Bulgaria, Rumanía, Croacia y Eslovaquia, países militarmente ocupados todos ellos, demostraban que no había intención de intervenir en los asuntos internos de otros estados: “Nuestro único requerimiento es que los estados europeos sean miembros sinceros y entusiastas de Europa”. Los imperialistas alemanes creyeron encontrar, por fin, un nuevo modo de dirigir Europa sin dominarla: “La idea del liderazgo, que será el concepto dominante de la nueva vida internacional de Europa, es la negación de los métodos imperialistas de una época pasada: significa reconocimiento de la confiada cooperación de estados menores e independientes para abordar las nuevas tareas comunales”.

De la misma manera, Arthur Seyss-Inquart escribió que nadie deseaba ver una Europa dominada por Alemania: “Nuestro único deseo es que surja una Europa que sea realmente europea y consciente de su misión europea”. Después de la invasión de la Unión Soviética, Signal, un periódico de circulación masiva en los tiempos gloriosos del III Reich, señaló también que no habría una Europa alemana: “En realidad los soldados del Reich no solo defienden la causa de su patria sino que protegen cada nación europea digna de ese nombre”. El problema estaba en quienes no eran dignos de ese nombre…

Una constante en la estrategia imperialista nazi consistía en hablar de sus socios y vecinos y pregonar la idea de que la búsqueda común de intereses compartidos había reemplazado a la rivalidad y la competencia capitalistas. Los hitlerianos también fueron pioneros de la globalización y dedicaron mucha atención a asuntos como el sentido europeo de comunidad. Anton Reithinger, gerente del monopolio I. G. Farben, en la conferencia de la Comunidad Económica Europea de 1942, habló del equilibrio entre los diversos intereses de los socios del espacio económico europeo, por una parte, y los intereses comunes de todos los pueblos europeos, por la otra: “Para poner estos intereses en práctica se requiere […] una creencia en la idea europea y en la misión europea de Alemania”.

Los arquitectos de la Nueva Europa

Pero las múltiples declaraciones nazis que se puedan aportar son muy poco comparadas con los planes concretos que dibujaron para la integración económica y política de Europa. No hablamos de que se parezcan a las que luego se pusieron en práctica tras la guerra; lo que estamos diciendo exactamente es que son las mismas, es decir, que la Unión Europea fue diseñada por los nazis.

Los planes nazis de integración europea eran tanto políticos como económicos. Como dijo Heinrich Hunke, se reconoce la necesidad de un orden político para la cooperación económica de los pueblos. Desde mediados de 1941 Goebbels comenzó a intervenir más en la cuestión europea y le dedicó numerosos discursos, mitines y artículos periodísticos. Llenó las páginas de su semanario Das Reich con consignas europeístas: La nueva Europa, El nuevo orden europeo, el Lebensraum de Europa o La visión de una nueva Europa. Entretanto, Ribbentrop señalaba que la lucha contra el bolchevismo, que unía a muchos pueblos del este de Europa, evidenciaba “una creciente unidad moral de Europa dentro del Nuevo Orden que nuestros grandes líderes han proclamado y preparado para el futuro de las naciones civilizadas. Aquí se encuentra el sentido profundo de la guerra contra el bolchevismo. Es signo de la regeneración espiritual de Europa”.

Dentro del Ministerio del Exterior, ese interés culminó con la creación de un comité de Europa en el otoño de 1942. Integraban el comité funcionarios del Ministerio del Exterior y expertos del Instituto para el Estudio de Países Extranjeros. Las luminarias eran Alfred Six, director del Instituto de Asuntos Exteriores -que organizó en 1941 una conferencia llamada La nueva Europa, para 303 estudiantes de 38 países- y Werner Daitz.

En marzo de 1943, se habían trazado planes muy avanzados para una confederación europea. Esos planes adoptaron la forma de constituciones y tratados que delineaban las competencias y la estructura de la futura confederación. El 21 de marzo de 1943 Ribbentrop escribió una nota que comienza así: “Soy de la opinión de que, como ya le he propuesto al Führer en mis actas anteriores, deberíamos proclamar cuanto antes, en cuanto hayamos alcanzado un éxito militar significativo, la Confederación Europea en forma muy específica”. Lo único que paralizó a los nazis en la proclamación oficial de su Confederación Europea fue que el éxito militar significativo que Ribbentrop esperaba no se produjo y las hordas hitlerianas fueron aplastadas en Stalingrado.

El plan de Ribbentrop proponía invitar a los jefes de los estados en cuestión (Alemania, Italia, Francia, Dinamarca, Noruega, Finlandia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Croacia, Serbia, Grecia y España) para firmar el instrumento que daría existencia a la Confederación. Junto al memorándum había un borrador que hablaba del destino común de los pueblos europeos y del objetivo de garantizar que nunca estallen guerras entre ellos. También preveía la abolición de barreras aduaneras entre los estados participantes.

En junio de 1943, un funcionario presentó los elementos básicos de un plan para la nueva Europa a un miembro del Comité de Europa. La sección titulada La organización económica de Europa anticipaba un comercio basado en el principio de la preferencia europea frente a los países no europeos, con el objetivo de llegar a una unión aduanera europea, un centro de clearing europeo y tipos de cambio estables en Europa, con miras a una unión monetaria europea; y la armonización de las condiciones laborales, lo que parece querer decir que todos los trabajadores europeos deberían ingresar en campos de concentración. El proyecto también anticipaba conferencias en cada especialidad (trabajo, agricultura y demás) para decidir las políticas aplicables a toda la Confederación.

Este documento fue seguido en agosto de 1943 por una Nota sobre la fundación de una Confederación Europea en la que Renthe-Fink escribió: “En la tremenda lucha por el futuro de Europa, los alemanes somos campeones de un nuevo y mejor orden donde todos los pueblos europeos hallarán un lugar legítimo y digno. Hasta ahora hemos evitado hacer una propuesta concreta en lo concerniente a la cuestión europea […] Si ahora presentáramos la idea de una solución confederada, basada en la libre cooperación entre naciones independientes, ella consolidaría la confianza de los pueblos europeos en nuestra política y aumentaría su voluntad de seguir nuestra guía y trabajar por nuestra victoria”.

Aunque los principios encarnados en el acto constitutivo de la Confederación Europea anexos al memorándum especificaban que la Confederación era una comunidad de estados soberanos que se garantizaban mutuamente la libertad y la independencia, está claro que, bajo la batuta hitleriana, la confederación ejercería un control casi total sobre los asuntos internos de sus estados miembros: “La economía europea será planificada conjuntamente por los estados miembros según sus intereses comunes y nacionales, decía el documento. El objetivo era incrementar la prosperidad material, la justicia social y la seguridad social en los estados individuales, y desarrollar los recursos materiales y laborales de Europa […] para proteger la economía europea de las crisis y las amenazas económicas externas. Sugería que las barreras aduaneras que impiden aumentar el comercio entre los miembros de la Confederación se eliminarán gradualmente y que el sistema intraeuropeo de comunicaciones por ferrocarril, autopistas y vías fluviales y aéreas se desarrollará de acuerdo con un plan unificado”.

El plan europeo de integración de Renthe-Fink preveía la necesidad de un Consejo Económico compuesto por representantes de los estados miembros, el cual se dividiría en comités destinados al comercio, la industria y la navegación, los asuntos de economía y moneda, las cuestiones laborales y sociales, la alimentación, la agricultura y los bosques. El documento repetía los objetivos definitivos de la Confederación:

“La solución de los problemas económicos, con miras a la inmunidad frente a un bloqueo; la regulación del comercio sobre la base de la preferencia por Europa frente al resto del mundo, con miras a una unión aduanera europea y un mercado libre europeo; un sistema central de clearing europeo y tasas de cambio estables en Europa, con miras a una unión monetaria europea. Los objetivos incluirían la estandarización y mejoramiento de las condiciones de empleo y seguridad social, así como la planificación de largo plazo de la producción industrial, agropecuaria y forestal”.

Como vemos, la producción agropecuaria ocupaba un ligar prominente en los documentos nazis sobre Europa. Era preciso que la agricultura europea fuera autosuficiente.

Los documentos nazis también manifestaban que la integración de Europa era inevitable a causa del desarrollo tecnológico. Solían sostener que la fragmentación de los recursos económicos de Europa era un grave obstáculo para la prosperidad y el progreso social de los diversos países. Se requería coordinación y planificación económica: Con el objeto de alentar el comercio mutuo y crear un gran mercado europeo, se eliminarán progresivamente las aduanas y otras barreras entre los países.

Otro proyecto nazi es lo que cincuenta años después los europeístas llamaron redes transeuropeas, una avanzadilla de la modernidad actual. Según Renthe-Fink, “la experiencia ha mostrado que el actual sistema de comunicaciones de Europa es inadecuado para el aumento de la demanda. La red interna de ferrocarriles, carreteras y líneas aéreas se desarrollará de acuerdo con un plan común”. También el ministro vichysta Jacques Benoist-Méchin, lamentaba la centralización del sistema de transporte francés, como si París fuera el único centro del mundo, y exigía nuevas arterias que se conectaran con las carreteras alemanas e italianas para dar a la infraestructura de transporte de Francia un carácter genuinamente europeo. Un orador de la conferencia sobre la Comunidad Económica Europea proclamó que “el futuro pertenece al transporte motorizado”.

Las sorpresas de los adelantos nazis no tienen fin. Otro ejemplo es el Tratado Europeo contra el terrorismo de 1977, que está literalmente extraído del Pacto entre Hitler y Mussolini, el llamado Pacto Antikomintern, el acuerdo contra los comunistas. Por eso cuando Rumanía se incorporó a la Unión Europea, emitió una declaración contra el comunismo y, al mismo tiempo, rehabilitó con todos los honores la figura de Antonescu, la versión local de Hitler, Mussolini y Franco.

Europa es justamente eso y nada más que eso.

Cerca de dos millones de niños pasan hambre en España en pleno siglo XXI

El hambre en España es una plaga. Para comprobarlo no hay más que acercarse a uno de los muchos comedores benéficos, donde uno se encuentra con historias como la de Herminia Navarro, panadera y en paro. Ella y sus hijos comen cada día gracias a uno de esos comedores.

El caso de Herminia se incluye entre los cerca de 50.000 que denunció el defensor del pueblo en Cataluña en un informe demoledor publicado en 2013.

Las cifras de hambre han aumentado en seis puntos respecto a 2008 en Cataluña, pero el mapa del hambre en España se extiende a todo el territorio. En Andalucía más de 140.000 niños pasan hambre a diario. En Canarias, la comunidad autónoma más pobre, hay 112.000 niños con problemas de malnutrición. En Castilla y León, casi 77.000 personas necesitan de los bancos de alimentos para poder comer. En Valencia 9.000 familias se ven afectadas por una dieta insuficiente.

En total, cerca de dos millones de niños en España pasan hambre.

Dolors Candells, pediatra, reconoce que “cada vez se ven más familias en las consultas que tienen problemas económicos y que tienen que contar con los servicios sociales y con la familia”.

La dieta de muchos tienen importantes carencias, principalmente de carne y de pescado y una alimentación deficiente de los más pequeños terminará afectando a su salud. Una mala nutrición puede derivar en enfermedades que antes tenían un menor número de niños y en problemas en el desarrollo a nivel físico e intelectual.

Las carencias en la alimentación, en ocasiones, conllevan problemas de atención en el colegio porque no se concentran y no obtienen buenos resultados académicos.

Antes y ahora la desnutrición infantil es consecuencia del capitalismo. No se puede acabar con ella sin acabar con el capitalismo.

http://www.lasexta.com/programas/mas-vale-tarde/noticias/cerca-dos-millones-ninos-pasan-hambre-espana_2013080757274b794beb28d44602d050.html

¿Por qué la OTAN desató la guerra contra Libia?

1

Para apoderarse del fondo soberano libio que tenía 150.000 millones de dólares invertidos en el exterior o depositados en bancos occidentales y, en buena parte, embargados a causa de las sanciones económicas

2

Con el dinero, Gadafi estaba a punto de crear un nuevo sistema bancario en África que iba a expulsar al Fondo Monetario Internacional, al Banco Mundial y a otros banqueros occidentales en el continente. Se acabaron los préstamos occidentales abusivos, utilizados para paralizar las economías africanas. En su lugar, un Banco de Inversiones Africano, creado con 29.000 millones de euros, se disponía a ofrecer importantes créditos con tasas de interés muy bajas o incluso sin intereses.

Libia había financiado importantes proyectos de infraestructuras en todo África, lo cual ha permitido empezar a conectar las economías africanas y a romper la sempiterna dependencia de las importaciones de los países occidentales.

3

Gadafi exigió a las multinacionales petroleras estadounidenses, que habían sido actores importantes en la industria petrolera del país, que pagaran a Libia decenas de miles de millones de dólares en concepto de compensación por los daños que habían causado a la economía libia las sanciones impuestas, a instancias de Estados Unidos, por el Consejo de Seguridad de la ONU tras el atentado de Lockerbie, a lo largo de los años 90 y la primera década del siglo XXI.

La CIA pagó millones de dólares a testigos en el juicio por el atentado de Lockerbie para que cambiaran sus confesiones e implicaran a Gadafi, lo cual fue utilizado como argumento para aprobar las sanciones de la ONU contra Libia. El gobierno de Estados Unidos mintió y perjudicó a Libia, así que las empresas petroleras norteamericanas iban a tener que pagar compensaciones por los daños causados.

4

Además del oro negro, Libia tenía oro blanco: agua, inmensas lagunas subterráneas que se extienden hasta Sudán. El gobierno de Gadafi había perforado 13.00 pozos en el desierto y construido acueductos para convertir 1.600 kilómetros cuadrados de desierto en cultivos fértiles.

5

Gadafi vinculó el futuro desarrollo económico de Libia y de África más a China y Rusia que a Occidente. Era solo cuestión de tiempo que los planes de la CIA para derrocar a Gadafi pasaran a un primer plano.

Poco antes de la agresión, el 14 de marzo de 2011, Gadafi prometió otorgar las concesiones petrolíferas que tenían las empresas estadounidenses y europeas a empresas rusas y chinas.

6

Los imperialistas querían dividir Libia, un país “inventado” por los colonialistas italianos, para crear gobiernos en Tripolitania, Cirenaica y Fezzan.

7

Para salir del aislamiento diplomático, Gadafi le financió las elecciones presidenciales a Nicolas Sarkozi en 2007, que le traicionó cuatro años después, convirtiendo a Francia en la máxima responsable de la guerra. Un espía francés fue quien asesinó materialmente a Gadafi cerca de Sirte, disparándole un tiro en la cabeza a quemarropa.

8

No sólo mataron a Gadafi. El antiguo ministro del Petróleo, Chukri Ghanem, apareció ahogado en el Danubio al año siguiente.

Voronenkov: retrato de un traidor que muere lejos

Voronenkov, el retrato de un traidor
Hasta octubre del año pasado Denis Voronenko era diputado de la Duma en Moscú por el KPRF, el partido de Ziuganov, que ostenta el título de “comunista”. Entonces huyó de Rusia y se refugió en las faldas de la Ucrania de Poroshenko y sus huestes fascistas, donde renunció a su nacionalidad, cambiándola por la ucraniana. A partir de entonces se dedicó a despotricar contra Rusia.

El jueves fue asesinado a tiros en plena calle de Kiev y su guardaespaldas resultó herido. La policía rusa le buscaba por fraude financiero y, naturalmente, quienes han disparado en su contra son los que cabe sospechar: agentes de Putin.

Pero Voronenkov tenía muchos enemigos. Tanto en Moscú como en Kiev era un miembro de los bajos fondos que no se separaba de su escolta ni un minuto.

Voronenkov había sido coronel en el ejército ruso y de 2004 a 2007 trabajó para la DEA rusa, el Servicio Federal de Control de Drogas, y luego acusó de narcotráfico al Servicio Federal de Seguridad de Rusia.

En abril de 2001 fue detenido por recibir un soborno de 10.000 dólares para presionar en favor de Yevgueni Trostentsov en la Duma. Cuando la policía rusa esperaba a que su inmunidad parlamentaria caducara en diciembre para detenerle, huyó a Ucrania.

Durante su “exilio” en Ucrania había divulgado una supuesta carta del antiguo Presidente ucraniano Yanukovich, despuesto tras el golpe de Maidan, dirigida a Putin en la que le pedía que enviara los tanques a Kiev. Un montaje muy burdo que sólo se creían en la televisión ucraniana.

Sus declaraciones en los medios rayaban a la misma altura, con frases muy apolilladas. En febrero de este año, en una entrevista con Radio Free Europe/Radio Liberty, comparó a la Rusia actual con la Alemania nazi. Es un Estado expansionista, se ha anexionado Crimea…

Es una pena que los debates parlamentarios conserven sus registros porque uno de los diputados rusos que en 2014 votó a favor de la anexión de Crimea fue… Voronenkov quien, además, escribió en su cuenta de Twitter a favor de ella.

En una entrevista realizada pocos días antes de su muerte preguntó: “Dicen que somos traidores a Rusia y yo digo: ¿A quién traicionamos?” Te contestamos nosotros con un poco de retraso: te has traicionado tí mismo y no sólo una vez, sino varias.

 Mensaje de Voronenkov a favor de la anexión de Crima por Rusia

La CIA elaboró planes para desatar una guerra contra Siria en 1983

Graham Fuller, la antena de la CIA en Estambul
En relación con el golpe de Estado en Turquía ya hemos aludido aquí varias veces a Graham Fuller, una de las antenas más importantes de la CIA en Oriente Medio (1). Sus vínculos con Siria son menos conocidos, a pesar de ser muy antiguos.

En un documento (que hoy es de acceso público) redactado el 14 de setiembre de 1983, Fuller informaba (2) a sus jefes en Langley de la importancia estratégica de Siria para Oriente Medio y de la necesidad de derrocar al gobierno del Baas, entonces dirigido por Hafez Al-Assad.

“Estados Unidos debe incremntar seriamente la presión sobre Assad dirigiendo ataques militares en secreto simultáneamente contra Siria a partir de tres países hostiles a Siria: Irak, Israel y Turquía”, escribía Fuller y después justificaba los motivos de elegir a esos tres países.

El caso de Irak también lo hemos mencionado aquí (2). Por su parte, Fuller proponía iniciar ataques aéreos desde el país vecino, entonces gobernado por Saddam Hussein, con con el único fin de abrir el gasoducto, del que también hablamos en otra entrada (3). Israel debía presionar militarmente en Libano, que entonces estaba ocupado por tropas sirias, mientras Turquía debía atacar a las bases (kurdas, armenias y comunistas) en el norte.

“Colocado ante tres frente hostiles, Assad probablemente estaría obligado a abandonar su política, que consiste en cerrar el gasoducto. Una conesión así aliviaría la presión económica que pesa sobre Irak y obligaría a Irán a poner fin a la guerra”, en referencia a la que los imperialistas habían provocado entre Irak e Irán.

Fuller consideraba que Siria se enfrentaba a Estados Unidos en dos puntos fundamentales. El primero era su negativa a retirar las tropas de Líbano, lo que perjudicaba a Israel. El segundo era el cierre del gasoducto irakí, que había puesto en dificultades a la economía del país vecino.

Irak era la pieza clave del ataque. En plena guerra contra Irán, el plan de Fuller consistía en trasladar la guerra de Irak a Siria, en la que Saddam Hussein contaría con el apoyo de los demás países árabes, con excepción de la Libia de Gadafi. La apertura del gasoducto permitiría a Irak financiar su guerra contra Irán.

En su informe, Fuller analiza la perspectiva de que Irak tuviera que combatir en dos frentes distintos: Irán en el este y Siria en el oeste. Esa situación podía conducir a Saddam Hussein a pensar que Estados Unidos le estaba tendiendo una trampa para debilitar al gobierno irakí. Para disipar las dudas, el dirigente irakí debía verse arropado por los ataques simultáneos de Israel y Turquía y, naturalmente, por el apoyo pleno del Pentágono, sobre todo el materia de inteligencia.

Al final del documento Fuller analiza el papel posible de la URSS, que en varias ocasiones había pedido a Al-Assad la apertura del gasoducto debido a sus buenas relaciones con Irak. Al enfrentar a dos de sus aliados (Irak y Siria) en una guerra mutua, la URSS tendría muchas dificultades en Oriente Medio.

El león del desierto

La película, estrenada en 1981, relata la biografía de Omar El-Mojtar, un anciano combatiente que se levanta en armas contra los colonialistas -y fascistas- italianos. El levantamiento fracasa y el anciano guerrillero, que interpreta con su habitual maestría Anthony Quinn, es capturado y ahorcado públicamente.

Hasta hace apenas 100 años, Libia era una parte del Imperio Otomano de la que se apoderó Italia. Desde el principio las diferentes tribus del norte de África se opusieron ferozmente a los nuevos amos. Los libios estaban organizados en cofradías o hermandades de tipo feudal, donde los religioso, lo político, lo militar y lo social se fundían.

Las guerras de Libia corrían paralelas a las del Rif, donde los colonialistas españoles enviaron a sus peores carniceros, los legionarios, encabezados por generales como Millán Astray o Franco. Los italianos enviaron en 1932 al general Rodolfo Graziani para aplastar el levantamiento armado de Omar El-Mojtar, “El jeque de los militantes” y “El león del desierto”.

Diez años después de llegar los fascistas al gobierno, Graziani logró capturar a El-Mojtar y lo encerró en el Palacio del Gobierno de Bengasi, a donde fue a visitarle. ¿Quién era aquel anciano indomable que durante años había mantenido la guerra de guerrillas contra el poderoso ejército colonial fascista?

El libro de memorias del general italiano, “Cirenaica pacificata”, escrito al año siguiente, rememora el encuentro. Describe al anciano como un viejo modesto, disminuido y con los pies deformados por la enfermdad de gota que padecía. A pesar de ello, los fascistas le mantenían esposado y encadenado. Cuando el general se acerca, el anciano le tiende la mano, que el otro rechaza. Los fascistas no admiten ninguna clase de treguas.

El colonialismo ejerció de juez y parte abriendo un consejo de guerra contra el guerrillero, que fue presidido por Graziani en persona. Fue la típica farsa que duró una hora y media. En el interrogatorio éste le dice que miles y miles de libios han muerto por su culpa. “¿Merecía la pena?”, le pregunta:

El-Mojtar: Han muerto al servicio de una buena causa. Están en el paraíso
Graziani: Eso es fanatismo religioso.
El-Mojtar: No, eso es fe.

En un momento dado del intercambio, el anciano se siente fatigado y le pide un asiento al general italiano, que accede:

Graziani: Siéntate y escucha. Aún puedes salvar tu vida. Con tu autoridad, ¿puedes lograr la sumisión de los rebeldes de Djebel?

El-Mojtar: Estando preso no puedo hacer nada y, por lo demás, jamás haría eso. Todos hemos jurado morir, uno tras otro, pero no someternos. Yo jamás me sometería por mi propia voluntad. Eso es seguro.

Al día siguiente, los italianos ahorcaron al anciano en el campo de concentración de Soluk ante una muchedumbre de 20.000 personas. Subió al cadalso sujetando sus gafas entre las manos, que se le deslizan de ellas tras el último aliento.

En la escena final de la película, un niño corre hacia el cadáver que cuelga de la soga para recuperarlas, una metáfora de la continuidad de la lucha contra el colonialismo -y el fascismo- en los tiempos que corren. Mueren los héroes ancianos, pero su lucha la continúan desde la infancia otros héroes.

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