Reino Unido es un país de la OTAN dotado de armas nucleares y, por lo tanto, no debería depender de la disuasión del Pentágono. Sin embargo, no es así. Su disuasión está estrechamente vinculada al programa nuclear estadounidense. Los misiles se fabrican en Estados Unidos y el mantenimiento del sistema también se lleva a cabo al otro lado del Atlántico.
Además, el programa nuclear Trident es otro derroche que absorbe aproximadamente el 6 por cien del presupuesto de defensa de Reino Unido, aunque los cambios en la clasificación de los gastos nucleares por parte de la Defensa británica en 2023 dificultan estimar su verdadero costo anual.
Las estrategias alternativas de disuasión nuclear, como una asociación con Francia o un dispositivo europeo más amplio, plantean sus propios desafíos. El gobierno británico se enfrenta, pues, a una elección difícil.
El Trident se compone de cuatro submarinos nucleares británicos de clase Vanguard, con propulsión y armamento nucleares. La Marina británica despliega uno de estos submarinos de forma permanente, conforme a su política CASD (disuasión continua en el mar).
Los submarinos están basados en Faslane, cerca de Glasgow, y actualmente están siendo reemplazados por nuevos submarinos Dreadnought, en construcción en Barrow-in-Furness, en Cumbria.
Es cierto que el Primer Ministro británico puede lanzar los misiles sin ninguna intervención exterior. Sin embargo, la independencia de Trident es ficticia. El gobierno de Londres compró los misiles a Estados Unidos según los términos del contrato de venta Polaris modificado, actualizado en 1982 para incluir también a Trident.
El mantenimiento de los misiles lo realiza la empresa Lockheed Martin, su fabricante, en Estados Unidos. Cada dos o tres años los misiles deben viajar hasta Estados Unidos para someterse a una revisión. Reino Unido también compra a Estados Unidos los proyectiles aerodinámicos necesarios para la producción de ojivas nucleares.
El acuerdo de defensa mutua entre Estados Unidos y Reino Unido que subyace a esta cooperación, incluido el mantenimiento de los misiles, fue prorrogado indefinidamente el año pasado y tiene cláusulas que dificultan la rescisión. Sin embargo, persiste el riesgo de que Estados Unidos decida ignorar el acuerdo o amenace con hacerlo para presionar.
Reino Unido dispone de tres opciones para reducir su dependencia de Estados Unidos en materia de disuasión nuclear.
La primera consistiría en desarrollar una capacidad industrial propia de producción de misiles balísticos mar-tierra (MSBS) destinados a reemplazar al Trident. Sería un proyecto largo y costoso. El acuerdo actual con Estados Unidos es más rentable, ya que estos últimos se benefician de economías de escala en materia de diseño, producción y mantenimiento, que no serían realizables en el marco de un programa británico de MSBS.
Otra opción sería una colaboración técnica con Francia, la otra potencia nuclear de la OTAN después de Estados Unidos. Francia utiliza un submarino nuclear estratégico similar al de Reino Unido, y actualmente está reemplazando su sistema actual.
Esta opción no es posible porque los dos sistemas se basan en fundamentos técnicos diferentes. Sin embargo, la adquisición de misiles franceses podría resultar más rápida que el desarrollo de una tecnología propia, siempre que puedan ser integrados en los submarinos británicos.
Este planteamiento implicaría siempre apoyarse en un aliado. Si por ahora Francia y Reino Unido están alineados en las cuestiones de seguridad europea, la cooperación no está garantizada. Por ejemplo, Marine Le Pen se opone. Está en contra de compartir la disuasión nuclear y probablemente rechazaría compartir el armamento si llegara a la Presidencia, que es lo que han tratado de evitar ahora con su inhabilitación por la vía judicial.
Una tercera opción consistiría en repartir los gastos del armamento nuclear entre los aliados europeos. Podría hacerse dentro de la OTAN, con Reino Unido y Francia recibiendo una compensación económica.
Esta posibilidad plantea preguntas más amplias sobre la eficacia de los sistemas de armas nucleares. Si Reino Unido sólo utiliza el armamento nuclear en escenarios extremos, su eficacia como medio de disuasión es ambigua. Las armas nucleares podrían disuadir un ataque nuclear, pero su papel en la disuasión de una agresión convencional es menos claro.
Reino Unido y Francia deberían considerar la reintroducción de armas nucleares de menor potencia para ampliar sus opciones. Eso incluiría el retorno a una capacidad de lanzamiento aéreo táctico, de la que ambos países disponían durante la Guerra Fría, pero que decidieron desmantelar en favor de una capacidad exclusivamente estratégica.
Sin embargo, teniendo en cuenta el costo exorbitante asociado al desarrollo de una nueva fuerza nuclear, las grandes dificultades para controlar la escalada y las graves consecuencias de su uso, sería preferible asegurarse de que las fuerzas nucleares existentes permanezcan operativas antes de invertir en feurzas adicionales. Una atención particular debería ser otorgada a las inversiones en las infraestructuras portuarias necesarias para el mantenimiento y la reparación de los submarinos.
En lugar de invertir en nuevas capacidades nucleares, Reino Unido y Europa pueden demostrar mejor su capacidad para responder a las amenazas creando unas fuerzas de defensa convencionales más fiables, que ahora no tienen.
Reino Unido debe elegir a sus aliados
En el corazón del problema británico se encuentran las tensiones inherentes al intento de compartir la fuerza militar con terceros. No hay más que recordar el Brexit para darse cuenta de que las relaciones entre los aliados son poco fiables, mientras que las tecnologías militares sofisticadas, en particular las nucleares, son costosas, y los países necesitan compartir los gastos.
Reino Unido debe, por lo tanto, determinar con qué aliados sus intereses son más propensos a converger a largo plazo. Si los intereses de seguridad británicos y franceses están actualmente en gran medida alineados, nada garantiza que siempre sea así.
Pero seguir contando con Estados Unidos para su disuasión parece arriesgado. La política exterior estadounidense se prepara para cambios muy profundos y duraderos.
Por el momento, a Reino Unido le conviene mantener relaciones estrechas con Estados Unidos y esforzarse por mantener el compromiso de Washington con la OTAN, pero el siguiente paso lógico es explorar otras opciones, que van a resultar mucho más caras.
Por resumir, los países europeos no tienen ni armas ni soldados. Sólo tienen planes militares y muy poco dinero para cumplirlos.
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