Hezbollah tras ocho años de intervención en la Guerra de Siria

Por muchas razones, Hezbollah es una de las organizaciones punteras en la lucha contra el imperialismo y el sionismo, lo que la convierte en un venero de enseñanzas, sobre todo para aquellos que adoran al becerro de oro kurdo. El contrapunto entre unos (libaneses) y otros (kurdos) es abrumador.

Hezbollah supo desde el primero minuto lo que se jugaba en la Guerra de Siria y no vaciló. En 2012 ya tenía a sus milicianos en primer línea del frente. Tampoco ha cambiado de trinchera y cuantitativamente su aportación ha sido mucho más importante y más significativa que la de los kurdos, por más que las cadenas de intoxicación lo oculten.

A diferencia de los kurdos, Hezbollah ha apoyado al gobierno de Damasco y ese apoyo no le ha debilitado sino que le ha fortalecido en todos los terrenos: político, militar, diplomático, estratégico…

En Líbano hace ya décadas que la columna vertebral de la resistencia contra el sionismo no es el ejército, ni los palestinos, sino Hezbollah, auténtica pesadilla para el gobierno de Tel Aviv.

Si en los años ochenta, Hezbolah ya fue capaz de derrotar al ejército israelí, ahora se ha convertido en un ejército temible, equipado, experimentado y con capacidad de dirigir batallas complejas.

Sus milicianos sabían combatir en una guerra de guerrillas urbana y ahora también son capaces de hacerlo en espacios abiertos, con intervención de la aviación o de drones, así como de otros ejércitos, como el iraní, el sirio, el irakí o el ruso, así como con milicias palestinas, afganas y pakistaníes.

Su equipamiento es equiparable al de cualquier ejército regular. Si antes disponía de 15.000 misiles, ahora tiene 130.000 capaces de destruir cualquier formación de tanques o aviones enemigos.

La Guerra de Siria le ha obligado a reforzar su filas, alcanzado en la actualidad 20.000 combatientes, a los que se pueden añadir reservistas y milicianos de otras formaciones y otros países.

Hezbolah está en Siria, pero también despliega su presencia militar en otros países. Desde 2014 tiene en Irak 500 especialistas adiestrando a Hashd Al-Chaabi, mientras políticamente desempeña un papel mediador entre las distintas facciones chiítas. A Yemen ha enviado un número desconocido de consejeros que entrenan a los combatientes huthíes.

En resumen, Hezbollah tampoco es ya sólo una milicia libanesa sino un importante protagonista regional, lo que le diferencia sustancialmente de los kurdos, que están aislados.

Este avance ha tenido un gran coste. El número de muertes ha sido muy elevado. Las estimaciones es que han perdido entre 1.000 y 2.000 combatientes en Siria, lo que supone 10 por ciento de sus efectivos, incluyendo estrategas militares y veteranos que lucharon en las guerras contra Israel.

Para separar a Hezbollah del gobierno de Damasco, desde 2013 los yihadistas atacaron sus bases en Líbano, así como a las zonas de población chiíta.

El crecimiento también ha tenido contrapartidas. Han tenido que hacer recortes en escuelas, hospitales y gastos asistenciales a la población para atender del pago de las pensiones a los huérfanos de la guerra.

Es la organización más fuerte en Líbano, y no sólo por razones militares. Sus aliados, incluido el presidente Michel Aoun, están en el poder, mientras que su viejo rival, la Alianza del 14 de marzo, se ha fracturado. A Saad Hariri su debilidad le ha conducido a romper con Arabia saudí y acercarse a Hezbollah.

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