La compañía ha alegado para justificar la decisión que su prioridad es la seguridad de los consumidores, pero los hechos muestran que no fueron su principal preocupación cuando decidió producir y lanzar al mercado un producto cuya validez no estaba suficientemente contrastada. Esta decisión fue inducida probablemente por la feroz competencia que obliga a comercializar periódicamente nuevos productos con el objeto de mantener ventas y cuota de mercado, y consiguientemente con los bonos de los directivos o los dividendos a sus accionistas. La mayoría de los nuevos artilugios que se comercializan no suelen aportan innovaciones sustanciales, pero incitan a los consumidores a tirar sus antiguos aparatos –a pesar de que continúan siendo perfectamente funcionales– y a comprar los nuevos. El fenómeno se conoce desde hace tiempo como obsolescencia programada y es uno de los múltiples gastos ocultos que genera el actual sistema capitalista en su afán por acrecentar el poder y los beneficios de una minoría. Esta vez el señuelo ha fallado estrepitosamente.
Mientras se concede el Nobel de Economía a aquellos que conciben sofisticados modelos que justifican las elevadas remuneraciones a los directivos de las grandes multinacionales, estos continúan pisando el acelerador de un sistema que corre a toda velocidad hacia ninguna parte.
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