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Categoría: Memoria Histórica (página 3 de 37)

Crimen y castigo: la persecución de los colaboracionistas ucranianos en la URSS

En la mañana del 22 de marzo de 1943, el Batallón Schutzmannschaft número 118 en la región de Minsk, Bielorrusia soviética, fue emboscado por la brigada partisana “Tío Vasya” dirigida por Vasily Voronyansky. En la refriega murieron varios soldados, incluido el soldado favorito de Hitler, Hans Welke, quien fue campeón de lanzamiento de peso en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936.

Los partisanos fueron perseguidos hasta la aldea de Jatyn por miembros del batallón, guiados por los rastreadores ucranianos, y acompañados por el infame Batallón SS Dirlewanger, conocido por su brutalidad. Después de un breve tiroteo, la aldea tuvo que ser abandonada, y poco después fue sitiada por las tropas alemanas.

Los habitantes fueron expulsados de sus casas y encerrados en un granero. Cuando la milicia ucraniana incendió el techo de paja, se desató el pánico. La gente gritaba, lloraba, suplicaba piedad y trataba de romper la puerta cerrada.

Finalmente lograron abrir la puerta y escapar del granero en llamas, pero fueron recibidos por las ráfagas de disparos indiscriminados de una ametralladora. “Mi hijo de 15 años, Adam, y yo estábamos cerca de la pared, los cuerpos de las personas que habían sido asesinadas caían sobre mí, mientras que los que aún estaban vivos corrían como una corriente. La sangre fluía abundantemente de los cuerpos de los heridos y los muertos”, recordó Josef Kaminsky.

“Entonces el techo que ya estaba en llamas se derrumbó, y los gritos salvajes y horribles se hicieron aún más fuertes”. Las personas que estaban debajo se quemaron vivas, gritaban y sus cuerpos se convulsionaban.

A pesar de sufrir quemaduras graves, Kaminsky sobrevivió milagrosamente, pero perdió a su hijo en la masacre. 149 personas fueron quemadas vivas en un granero cerrado en la aldea de Jatyn, incluidos 75 niños. El más joven de ellos era Tolik Yaskevich, que tenía solo siete semanas.

Después de matar a los habitantes de Jatyn, las tropas alemanas y ucranianas saquearon e incendiaron la aldea.

Uno de los carniceros: Vasily Meleshko

Tras la derrota nazi en 1945, muchos colaboradores ucranianos de los nazis destruyeron documentos y adoptaron identidades soviéticas falsas, aprovechando el colapso de los registros civiles en zonas devastadas por la guerra.

Algunos huyeron con ayuda de antiguos camaradas o familiares que les ocultaron. También existían redes clandestinas que facilitaban la huida hacia zonas rurales remotas o incluso fuera de la URSS.

Inicialmente el KGB priorizó la captura de los criminales de alto rango, como oficiales de las SS o dirigentes de los campos de concentración. La reconstrucción del país ralentizó la búsqueda de cómplices de menor perfil, como los policías auxiliares ucranianos.

Es el caso de Vasily Meleshko, un ucraniano colaboracionista. Sirvió como policía auxiliar en las fuerzas de ocupación alemanas y participó activamente en la represión, incluyendo ejecuciones masivas de civiles, quemando aldeas y persiguiendo a guerrilleros y sus familias en la región de Briansk y otras zonas bajo la ocupación alemana.

Participó en operaciones de castigo contra la población de aldeas sospechosas de apoyar a los guerrilleros soviéticos. Formó parte de las unidades que fusilaban a civiles, incluyendo ancianos y niños, en represalias por actividades partisanas. En algunas operaciones, se le vinculó directamente en la caza y tortura de guerrilleros, así como en la deportación de sus familiares a campos de concentración. También intervino en la quema de pueblos enteros, como el caso de Jatyn.

Fue detenido en 1950 tras la victoria de la URSS en la Segunda Guerra Mundial, después de que el KGB descubriera su paradero. Su detención coincide con una segunda ola de purgas contra colaboradores nazis en la URSS, cuando el KGB intensificó la caza de criminales de guerra menores.

A diferencia de criminales nazis que escaparon a Sudamérica con redes como la Odessa, muchos colaboradores locales, como Meleshko, carecían de contactos o recursos para huir. Le juzgaron en 1952 en un tribunal militar soviético. En su juicio algunos testigos declararon que Meleshko personalmente golpeaba y ejecutaba a los prisioneros.

Fue condenado a muerte y ejecutado.

El jefe del batallón de castigo: Grigory Vasyura

El jefe del Batallón que dirigió la matanza de Jatyn fue Grigory Vasyura. Era otro oficial de la policía auxiliar ucraniana que colaboró con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Su caso es recordado como uno de los ejemplos más brutales de colaboracionismo durante la ocupación nazi de la Ucrania soviética.

Vasyura sirvió como jefe de policía en la región de Kiev y fue responsable directo de numerosos asesinatos y crímenes de guerra. Después de la guerra, logró esconder su pasado y vivió bajo una identidad falsa en la URSS.

Con millones de muertos y desplazados, era difícil verificar el historial de cada persona en la URSS. Vasyura logró ocultar su pasado y se estableció en Ucrania, trabajando como ingeniero agrícola. Se presentó como un soldado del Ejército Rojo, prisionero de guerra.

En las décadas posteriores, el KGB revisó archivos y testimonios para detener a los criminales de guerra que aún no habían sido localizados. Vasyura fue descubierto en 1985, juzgado al año siguiente, condenado a muerte y ejecutado en 1987.

La matanza de Jatyn inspiró una de las películas más aterradoras de la Segunda Guerra Mundial jamás realizadas, “Ven y mira”, estrenada en 1985 por el director soviético Elem Klimov.

El Escuadrón Normandía-Niemen renace sus cenizas

En una declaración a la agencia de noticias Tass, el miércoles Putin aseguró que “los ciudadanos franceses están luchando en el frente junto a Rusia” en una unidad llamada “Normandía-Niemen”. Acogiendo con satisfacción el compromiso de los ciudadanos europeos con Rusia, añadió que “siempre ha habido gente en Francia que comparte los valores de Rusia” y se mostró satisfecho de que “tales ciudadanos todavía existan hoy”.

El nombre “Normandía-Niemen” alude a un escuadrón de pilotos franceses enviados por De Gaulle al frente oriental de la Segunda Guerra Mundial para luchar contra los nazis junto al Ejército Rojo.

Originalmente nació del coronel Luguet, agregado militar en la embajada de Francia en Moscú, y del capitán Mirlesse, piloto de origen ruso comprometido con la Fuerza Aérea Francesa Libre (FAFL). Ambos convencieron al general De Gaulle de enviar pilotos a la URSS para luchar contra los nazis.

62 voluntarios franceses (incluidos 14 pilotos) se unieron al Ejército Rojo para entrenarse con aviones rusos y aprender el idioma. Compartieron la vida de los soviéticos e intercambiaron técnicas y costumbres militares.

Después de tres campañas junto a las tropas soviéticas para liberar Europa, el Escuadrón Normandía-Niemen totalizó 273 victorias aéreas oficiales y más de 4.354 horas de vuelo, convirtiendo a la unidad en una leyenda de la Segunda Guerra Mundial.

Tras el final de la guerra, el Escuadrón siguió en activo en la segunda mitad del siglo XX, dentro del ejército francés. La Guerra Fría acabó por disolverlo.

El nombre del legendario Escuadrón reapareció el año pasado cuando el ucraniano Serguei Munier publicó un vídeo en las redes sociales para anunciar su renacimiento. Armado y acompañado de dos soldados enmascarados, presentó al nuevo Regimiento en varios idiomas. Francia debía unirse a Rusia en nombre de los “valores europeos comunes” y en contra de Estados Unidos.

El vídeo mostraba decenas de ataques con drones contra soldados del ejército ucraniano.

Nacido en Lugansk, Munier se trasladó a Francia a una edad muy temprana en compañía de su madre, antes de servir varios años en el ejército francés. Regresó a Ucrania en 2014, en el momento del Golpe de Estado fascista en Kiev y la Guerra del Donbas. Se unió entonces a las fuerzas antifascistas que hicieron frente a los golpistas.

A partir de 2023, se entrenó junto a otros soldados rusos en el manejo de drones y mantiene el nombre y el escudo del antiguo Escuadrón, que reúne a un contingente de varias decenas de franceses, a menudo militares de carrera.

Los cementerios de los niños que mataron los nazis

En la Segunda Guerra Mundial fueron deportados a Alemania entre 5,5 y 7,5 millones de adolescentes soviéticos y polacos. Los cautivos se vieron obligados a trabajar en la fábrica de armas de Rheinmetall y en la fábrica de automóviles Volkswagen. Otros fueron esclavizados para servir como jornaleros o servicio doméstico de familias alemanas.

La mayoría de ellos tenían entre 17 y 20 años. Las niñas fueron violadas y, a su vez, dieron a luz a bebés en plena gierra. Los nazis separaron a los recién nacidos de sus madres para que pudieran seguir trabajando.

Fueron enviados a orfanatos. En esas instituciones, los niños enfermos y sanos se hacinaron juntos. No había agua corriente ni electricidad. Los bebés vivían en condiciones insalubres. Por la noche, eran abandonados a su suerte.

La mayoría murió de disentería y hambre. Se estima que unos 100.000 niños murieron en estas instituciones durante los años de guerra. Fueron arrojados en masa a fosas comunes.

Después de la guerra, descubrieron los enterramientos y levantaron lápidas en su memoria, aunque hasta la década de los ochenta fueron completamente ignoradas en Alemania.

Hay docenas de cementerios infantiles en Düsseldorf, Hamburgo-Ohlsdorf, Berlín… Uno de los más conocidos es el de Brunswick, donde yacen 360 cadáveres de recién nacidos. Está ubicado en Hamburger Straße, cerca de donde estuvo el campo de trabajos forzados.

Los niños eran prisioneros del campo de concentración de Arbeitsdorf y otros campos satélites, como el campo de la empresa Büssing-NAG en la ciudad. Algunas lápidas llevan el nombre y la edad: Piotr 3 meses, Olia 19 días, Marysia 17 días… No obstante, muchos cadáveres permanecen sin identificar.

Volkswagen y Rheinmetall nunca han rconocido sus crímenes. Sólo un hombre, el médico jefe de Volkswagen, fue ejecutado por los británicos por los asesinatos en masa.

Los experimentos de los médicos japoneses durante la ocupación de Manchuria

A finales del año pasado, el Servicio Federal de Seguridad de Rusia (FSB) desclasificó los archivos sobre los crímenes cometidos por los militares y científicos japoneses en los años cuarenta, durante la ocupación de China.

Los documentos revelan detalles espeluznantes de los experimentos realizados por militares y científicos japoneses con seres humanos, especialmente la Unidad 731, una división secreta del Ejército de Kwantung de Japón, que durante la Segunda Guerra Mundial elaboró armas biológicas.

Los militares japoneses realizaron experimentos inhumanos con prisioneros de guerra soviéticos, chinos, coreanos y otros civiles. En los laboratorios de la Unidad 731, los prisioneros eran infectados con peste, cólera, ántrax, viruela y gangrena gaseosa para estudiar el desarrollo de las enfermedades y la efectividad de las armas biológicas.

Además de los experimentos con patógenos, se llevaron a cabo pruebas de resistencia: las personas eran sometidas a temperaturas extremas (congelamiento de extremidades y posterior reanimación), radiación, deshidratación y hambre. También realizaron cirugías sin anestesia: para estudiar el funcionamiento de los órganos internos en vivo y experimentaron con sustancias químicas y tóxicos, incluyendo gas mostaza y fosgeno.

Al menos 3.000 personas murieron en aquellos experimentos, aunque la cifra real podría ser mucho mayor, ya que muchos documentos fueron destruidos por los japoneses antes de su rendición en 1945.

El FSB ha hecho públicos los interrogatorios a los antiguos miembros de la Unidad 731, capturados por el Ejército Rojo después de la guerra. En sus respuestas admitieron que a las víctimas las llamaban “troncos” para distanciarse sicológicamente de ellas.

También se han publicado los testimonios de prisioneros supervivientes, informes médicos y fotografías que confirman las atrocidades. Uno de los documentos describe cómo los médicos japoneses diseccionaban personas vivas para estudiar el avance de las infecciones en tiempo real.

Ante el avance soviético, en agosto de 1945 el mando de la Unidad 731 ordenó destruir todas las pruebas. Los laboratorios fueron dinamitados, la mayoría de los prisioneros fusilados y los archivos quemados. Sin embargo, algunos documentos cayeron en manos del Ejército Rojo y permanecieron en archivos secretos.

Después de la guerra, tanto Estados Unidos como la URSS accedieron a datos sobre los programas biológicos japoneses. Se sabe que Estados Unidos otorgó inmunidad a algunos miembros de la Unidad 731 a cambio de sus investigaciones.

La publicación de estos archivos forma parte de los esfuerzos de Rusia para combatir la distorsión de la historia de la Segunda Guerra Mundial. En los últimos años, Japón y algunos países occidentales han intentado minimizar la responsabilidad del militarismo japones en los crímenes de guerra.

Los rusos subrayan que los crímenes contra la humanidad no prescriben y que la memoria de las víctimas debe preservarse. Anteriormente, China también desclasificó documentos sobre las unidades biológicas japonesas que operaban en su territorio.

Los materiales publicados por el FSB demuestran la escala monstruosa de los crímenes de los médicos militares japoneses. Estos datos son cruciales no solo para los historiadores, sino también para evitar que atrocidades similares se repitan en el futuro. Rusia planea seguir desclasificando archivos relacionados con los crímenes de guerra del siglo pasado.

La verdadera historia de un perro rabioso: Joschka Fischer

El antiguo ministro alemán de Asuntos Exteriores, Joschka Fischer, quiere “ayudar” a Zelensky. Es normal porque Alemania siempre ha sido el buen samaritano de Europa. A Berlín le gusta “ayudar” a los demás. Durante la guerra civil rusa ayudó a los zaristas a combatir la Revolución de Octubre y en 1941 repitió la experiencia. Es posible que crea que a la tercera va la vencida.

Hubo un tiempo en el que Fischer, que durante siete años dirigió la diplomacia del gobierno de Berlín, fue el político más famoso de Alemania como cabeza visible de los Verdes. Pero su trayectoria comenzó bastante antes, en los convulsos años sesenta, cuando todo el mundo, sobre todo los estudiantes, se colocaba etiquetas feroces en la solapa. Entonces Fischer se oponía la OTAN, defendía a la URSS y a los trabajadores… a su manera.

Pertenecía a Revolutionärer Kamp (Lucha Revolucioniaria), uno de aquellos grupos estrafalarios del momento. Un fotoperiodista le inmortalizó golpeando a un policía con una porra en una de las movilizaciones de entonces. En otro lugar del mundo, eso bastaría para acabar con la carrera política de cualquiera… excepto de Fischer.

Con el paso de los años, sus discursos se suavizaron y se convirtió en una pieza del engranaje. En 1985 el Parlamento de Wiesbaden le nombró ministro de Medio Ambiente y Energía. No obstante, el gran salto llegó cuando la socialdemocracia necesitó apoyos parlamentarios y, con sólo un 7 por cien de los votos, los Verdes fueron la mejor muleta.

Los Verdes, que hasta entonces se consideraban como un “partido antipartido”, eran como todos los demás partidos. En 1998, en plena Guerra de los Balcanes, un “ecopacifista” como Fischer, opuesto a la OTAN, se convirtió en su contrario. El “partido antiguerra” era la expresión de las peores formas de guerra.

Por primera vez desde 1945, era posible oír a un dirigente alemán decir que había que sacar al ejército alemán de sus cuarteles para enviarlos a una Yugoslavia destrozada y troceada. Los alemanes volvían a los Balcanes, donde ya estuvieron con el III Reich. El “ecopacifista” decía que las tropas alemanas debían impedir un genocidio, el de los musulmanes, y lo que hicieron fue organizar otro.

La coartada de la OTAN no se sostenía: sus bombardeos mataron a más musulmanes que las milicias serbias.

En el Congreso del partido Verde en Bielefeld en 1999, le tiraron bolsas de pintura por enviar soldados alemanes a la Guerra de los Balcanes. En 2021 un comunista alemán, Gerd Schumann, publicó una biografía sobre su carrera política, titulada “¿Me quieren a mí o a sus sueños?”, concluyendo que Fischer era el típico político europeo al que habría que sentar ante un tribunal internacional por crímenes de guerra (*).

Al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, Fischer abrió las puertas a los primeros ucranianos, que empezaron a llegar a Alemania por cientos de miles. Aún estaba en el Ministerio cuando en 2004 estalló la “revolución naranja”, un aperitivo de lo que diez años después, sería el Golpe de Estado de Maidán, la Guerra del Donbás y su posterior extensión a Ucrania.

Hoy en Europa están muy preocupados por eso que llaman “la extrema derecha”. Es una manera de no preocuparse por organizaciones como los Verdes o por políticos como Fischer que sí tienen una práctica política, que cargan sobre sus mochilas historias muy sucias y que no necesitan invocar a Hitler para hacer lo mismo que él cincuenta años después, tanto en Yugoslavia como en Ucrania.

Si realmente estás contra la guerra, no te fíes de los “ecopacifistas” como Fisher.

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Las últimas pistas sobre el asesinato de Kennedy conducen hasta… Israel

Durante décadas los historiadores creyeron que los archivos sobre el asesinato de John F. Kennedy en 1963 estaban censurados porque escondían a los responsables del magnicidio. Cuando se abrieran, todo quedaría aclarado. Es el cebo que ha alimentado la gigantesca literatura producida sobre el crimen de Dallas.

Cuando el 18 de marzo Trump ordenó la apertura de los últimos archivos, 64.000 documentos, han aparecido pocas pistas que arrojen algo más de luz, lo cual es insólito en un país que tiene las mayores legiones de policías del mundo. Pero es otra ingenuidad: el papel de la policía no es sólo investigar, sino también lanzar cortinas de humo.

Uno de los aspectos más novedosos de la desclasificación de la masa documental es que la “hipótesis Piper”, o sea, la intervención del Mosad en el asesinato, se refuerza. La pista israelí la abrió en los años noventa Michael Collins Piper y en su momento fue calificada como “conspiranoica” (1) porque ponía en primer plano el programa nuclear israelí, llamado “proyecto Dimona”.

Al mismo tiempo, la participación de la CIA en el crimen se disuelve, a pesar de que el papel estelar de uno de sus dirigentes de la época, James J. Angleton (2), se realza. No obstante, Angleton no intervino respaldado por la central de inteligencia estadounidense, sino en su condición de agente doble del Mosad.

Los conspiranoicos como Piper tienen razón. La CIA siempre había ocultado los vínculos entre Angleton y los servicios de inteligencia israelíes, algo que ya no tiene sentido. Uno de los documentos menciona que Angleton gestionaba “varios servicios de inteligencia, muchos de ellos con [el Servicio de Inteligencia israelí]”. Las palabras entre corchetes habían sido censuradas hasta ahora.

El director del Mosad, Meir Amit, había calificado a Angleton como “el mayor sionista de todos”, pero la condición de Angleton como espía doble no se conoció hasta 2017, cuando Jefferson Morley publicó su biografía (3). Por eso en Estados Unidos cada vez más le califican de “traidor”, precisamente a un espía como él que durante le Guerra Fría fue un paranoico de las traiciones y los dobles juegos.

Pero el problema de quienes destapan algo es que ocultan el resto y Morley lo que ocultó en su obra fue la participación de Angleton en el asesinato.

Kennedy se oponía a que Israel se dotara de armas nucleares y había puesto a John McCone al frente de la CIA porque también se oponía al “proyecto Dimona”, mientras Angleton, al menos en este punto, se enfrentó a su jefe en Langley y siguió las instrucciones que le llegaron desde Tel Aviv.

Como había hecho antes con Eisenhower, McCone recomendó a Kennedy que impusiera sanciones económicas contra Israel.

La oposición de Kennedy al armamento nuclear israelí creó una crisis diplomática entre Estados Unidos e Israel que a duras penas se pudo mantener en secreto. Los israelíes se negaron a someterse a las garantías internacionales prescritas por la Agencia Internacional de Energía Atómica y McCone temía que el proyecto Dimona “desencadenara graves disturbios en Oriente Medio”.

La “hipótesis Piper” conduce a decir que no tiene sentido incriminar a la CIA, en bloque, en el asesinato de Kennedy. El asunto es aún más turbio y lo importante sería identificar a los dirigentes de la central que, como Angleton, pudieron estar implicados, sin el conocimiento del máximo responsable de la central.

Cuando Angleton murió en 1987, un artículo del Washington Post destacó los homenajes que le rindieron en Israel. “Angleton es conocido por haber ayudado a Israel a obtener datos técnicos nucleares”, dijo el periódico. Era algo mucho más grave. El “traidor” encubrió el robo y contrabando de materiales destinados al reactor nuclear de Dimona.

Angleton visitaba con frecuencia la sede del Mosad en Tel Aviv, donde era recibido por Efraim Halevy, el agente de enlace con la estación de la CIA en Tel Aviv. Hoy no es ningún secreto que Halevy acompañaba a Angleton en sus giras y registraba sus encuentros con los dirigentes israelíes.

Uno de aquellos viajes fue en junio de 1963, cuando dimitió David Ben Gurión, uno de los fundadores del Estado de Israel en 1948, a quien conocía desde hacía muchos años. Se reunieron en la vivienda privada de Ben Gurión en el Neguev. Ben Gurión dejó su cargo como Primer Ministro el día de la recepción de la última carta de Kennedy amenazando a Israel con sanciones en caso de negativa a una inspección de Dimona.

La hipótesis indica que Ben Gurión dimitió al no haber logrado que Kennedy cediera y decidió ocuparse de él de otra manera. Es probable que recurriera a los antiguos del Irgún y del Lehi, organizaciones terroristas especializadas en asesinatos políticos y operaciones bajo bandera falsa, en particular Menahem Begin e Isaak Shamir, quienes posteriormente se convertirían en primeros ministros de Israel.

El refuerzo de la hipótesis de Piper gana credibilidad al tener en cuenta que la pista de Jack Ruby, el asesino del “asesino”, así como la mafia conducen directamente al Irgún. Las raíces de Jack Ruby no estaban en Sicilia; su verdadero nombre era Jacob Rubinstein.

Otra pieza del rompecabezas que va encajando es la de Lyndon B.Johnson, el sucesor de Kennedy, reconocido como el presidente de Estados Unidos más favorable Israel desde los tiempos de Truman. Los historiadores que apuntaban a Johnson como el cerebro del asesinato, como Roger Stone (4), ya no pasan por alto la intervención de Israel.

(1) Fallecido en 2015, Piper escribió en 1993 un libro titulado “El juicio final: el eslabón perdido en la conspiración para el asesinato de JFK”, que fue calificado de negacionista y antisemita.
(2) Angleton fue director de contraespionaje de la CIA desde 1954 hasta 1975 y fue el que más empeño puso siempre en tapar a los autores del magnicidio porque él y sus jefes del Mosad estaban entre los asesinos.
(3) Antiguo periodista del Washington Post, en 2017 Morley escribió “El Fantasma: la vida secreta del maestro del espionaje de la CIA James Jesus Angleton”.
(4) En 2013 Stone escribió “El hombre que mató a Kennedy: el caso contra LBJ”, donde califica al vicepresidente de amoral, sicópata, borracho, vicioso, cruel y vengativo, entre otras cosas.

El nazi que cuidaba sus colmenas en Canadá

Vladimir Katriuk fue un colaborador ucraniano de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. En 1942 se unió al Batallón Schutzmannschaft 118, una unidad auxiliar de policía compuesta por colaboradores ucranianos dirigidos por mandos alemanes. Estas unidades participaban en operaciones antiguerrilleras y masacres de civiles, especialmente en Bielorrusia.

Katriuk fue acusado de participar en una de las peores masacres de la ocupación nazi de la URSS. El 22 de marzo de 1943 el Batallón 118, junto con las tropas alemanas, arrasó la aldea bielorrusa de Jatyn, que no hay que confundir con Katyn. Los nazis encerraron a 149 civiles, incluyendo 75 niños, en un granero y los quemaron vivos.

Katriuk estaba presente y portaba una ametralladora, según testimonios y documentos soviéticos. Su tarea consistía en disparar sobre los que intentaban escapar de ser quemados vivos. Una mujer trató de huir y Katriuk la acribilló a tiros. Luego le robó el reloj y la pulsera.

En 1945 logró escapar a Europa occidental y la URSS le incluyó en las listas de criminales de guerra buscados y lo condenó a muerte en ausencia.

Como tantos otros nazis, Katriuk logró huir y se instaló en París, donde se casó. Dirigió un negocio de empaque de productos cárnicos y se unió a la Legión Extranjera para evitar la deportación a la URSS. En 1951 desertó y con su esposa francesa emigró a Canadá usando el nombre de su cuñado.

En Canadá ocultó su pasado y en 1958 obtuvo la ciudadanía canadiense. Se estableció como apicultor en Quebec, llevando una vida discreta.

No obstante, su tapadera quedó al descubierto en 1999 gracias a una investigación periodística de The Globe and Mail que expuso sus antecedentes como criminal de guerra.

Un tribunal federal concluyó que, para obtener la ciudadanía canadiense, Katriuk había mentido sobre su pasado como voluntario en el ejército alemán. El tribunal le retiró el pasaporte por haber formado parte de un batallón nazi involucrado en varias masacres.

Pero el gobierno canadiense siguió apoyándole. En 2007 revocó por “falta de pruebas claras” la decisión que le había despojado de la ciudadanía e ignoró las solicitudes de extradición.

El nazi no era el criminal sino la víctima. A pesar de que en 2012 un informe de la CSIS, la inteligencia canadiense, informó que “probablemente” había cometido crímenes de guerra, el gobierno canadiense le dio una vuelta completa a la historia, presentando a Katriuk como una de las “víctimas del comunismo”.

Unos países persiguen a los criminales y otros les protegen. A pesar de haber logrado su independencia, Ucrania nunca se interesó por la captura de Katriuk, a diferencia de Bielorrusia y Rusia, que en 2012 volvieron a presionar para su lograr sentarle en el banquillo.

El nazi murió en 2015 a los 93 años edad antes de que se resolviera su caso. Murió aliviado. Desde el Golpe de Estado fascista en Ucrania, Katriuk supo que tenía garantizada su impunidad. Los suyos habían ganado la partida que iniciaron en 1933.

El peligro marrón

El 21 de febrero el futuro canciller alemán, Friedrich Merz, propuso negociar con París y Londres la extensión del “paraguas nuclear” a Alemania, lo que no es nada reciente. La propuesta se remonta a finales de la década de los sesenta por iniciativa de un partido alemán, el NPD (Partido Nacional Democrático), que entonces disfrutaba de cierto éxito electoral en varios estados alemanes.

No hay nada nuevo bajo sol, por más que los charlatanes se empeñen en ello: el NPD era uno de esos partidos que hoy llamarían “de extrema derecha”. Su máximo dirigente entre 1967 y 1971, Adolf von Thadden, tenía una biografía que no dejaba lugar a dudas: en 1939 se unió al partido nazi y sirvió como teniente en la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial, donde sufrió heridas en combate.

Tras la guerra, formó parte de varios partidos y fue uno de los miembros más jóvenes del Bundestag entre 1949 y 1953, formando parte de organizaciones nazis que entonces se empezaban a camuflar como “extrema derecha”, refundiéndose en 1964 en las siglas NPD.

El NPD se caracterizó por exigir la salida de Alemania de la OTAN y Von Thadden lamentó que el gobierno federal no participara en la financiación ni en el desarrollo de infraestructuras económicas para la “defensa europea”, ni solicitara la transformación del “paraguas nuclear” francés en una fuerza nuclear europea independiente de los dos bloques de la Guerra Fría.

En 1969 el NPD estaba en su apogeo, tras sus éxitos en las elecciones estatales de 1966 y 1968, donde obtuvo representación en siete parlamentos locales, con casi el 10 por cien de los votos en Baden-Württemberg. Von Thadden estaba a punto de alcanzar el 5 por cien, que le hubieran vuelto a abrir las puertas del Bundestag en las elecciones, pero la OTAN pegó un sonoro pucherazo para impedirlo.

El NPD se quedó con un 4,31 de las papeletas, gracias a la intoxicación mediática, la manipulación de las urnas y la anulación y falsificación de los votos. Desde principios de 1969, la OTAN movilizó a los más importantes medios alemanes (Der Spiegel, Die Zeit y Frankfurter Allgemeine Zeitung), para desatar una campaña que, por lo demás, era muy lógica: Von Thadden era un nazi.

En agosto de 1969 el periódico Die Zeit publicó un editorial advirtiendo que el NPD amenazaba la estabilidad democrática. En abril Der Spiegel publicó otro, que acabó siendo emblemático de aquella campaña. Se titulaba “Die braune Gefahr” (“El peligro marrón”). Los grupos reformistas, e incluso poderosas organizaciones como la DGB (Confederación Alemana de Sindicatos), colaboraron con la OTAN para amplificar advertencias sobre “el peligro marrón”.

Entonces aún no se conocía la Operación Gladio, ni la complicidad de la OTAN en los crímenes que los nazis estaban cometiendo en varios países europeos. La OTAN jugaba con dos barajas. La de Gladio era una de ellas y demostraba su complicidad con el terrorismo nazi en Europa.

Pero había otro tipo de nazis que la OTAN no admitía: la de aquellos que querían su desaparición. En esos casos, la OTAN jugaban la carta de la posguerra: la Alianza había surgido para acabar con los “nacionalismos” en general, que en Europa eran sinónimo de divisiones y guerras. A través de sus sicarios, la OTAN aplastó al NPD con el pretexto de su “lucha contra los nazis“, es decir, que alardeaba de ser una organización “antifascista”.

A finales de los años sesenta del pasado siglo, la OTAN aún no había logrado crear un apoyo tan unánime a su alrededor, como ahora, ni siquiera entre la reacción. Si recordamos al general Charles De Gaulle, el caso Von Thadden no resulta tan extraño. Por aquellas mismas fechas, a De Gaulle le levantaron el movimiento del “mayo francés” y le acabaron sacando de la Presidencia de la República.

Los motivos son conocidos: De Gaulle expulsó a la OTAN de la sede que tenía en París, sacó al ejército francés de la estructura militar y nuclearizó al país (civil y militarmente). Para conocer la evolución de los alineamientos franceses, no hay más que comparar a De Gaulle con un papanatas de la OTAN, como Macron.

Gladio es una extensión de los servicios españoles

El mercenario francés Jean Pierre Cherid decía “Madrid nos paga y pone las siglas”. Era un miembro de la OAS (Organisation de l’Armée Secrète) que se había iniciado en el terrorismo de estado francés contra el FLN (Frente de Liberación Nacional) argelino en su lucha por la independencia del país africano y que acabó exiliado en España.

Poco tiempo después de pronunciar esta frase, una bomba que iba destinada a colocarse cerca de donde se iban a reunir varios miembros de ETA le estallaba en las manos. Entonces formaba parte del GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación) creados por el gobierno del PSOE con el apoyo de la Policía y la Guardia Civil, pero ya había participado en otros atentados anteriores contra miembros de los grupos antifascistas tanto en España como en Francia. Entre sus pertenencias se le encontró un carne del Servicio de Información de la Guardia Civil. Según Teresa Rilo -su mujer- fue asesinado por “incómodo”.

Desde los años sesenta, España se convirtió en una colonia de vacaciones donde se entrenaban los escuadrones de las organizaciones fascistas europeas y latinoamericanas con el apoyo del franquismo y la embajada norteamericana. En mayo de 1961 el diario francés “L’Express” publica un artículo del periodista Claude Krief donde refiere que el 12 de abril de 1961, días antes que la OAS realizase un golpe de estado contra el general De Gaulle, se reunieron en Madrid varios miembros de la OAS con la presencia de “varios agentes extranjeros, incluyendo miembros de la CIA”.

En el artículo anterior se comentaba de forma somera la llegada de mercenarios italianos a España. Valerio Borghese, Stefano Della Chiae… Junto con la ayuda del exilio nazi en la Costa del Sol, amparado y protegido por Franco y los norteamericanos. Otto Skorzeny o Leon Degrelle fueron las figuras que más protección dieron a estos individuos. Formalmente, el objetivo de Gladio era prevenir una hipotética invasión del Ejército Rojo en Europa. En la práctica se dedicó a la eliminación física de dirigentes de la izquierda, sindicalistas, comunistas, estudiantes, etc.

La CIA dirige la transición española

Las protestas estudiantiles de finales de los sesenta en las universidades españolas y el surgimiento de un amplio movimiento antifascista fueron un buen entrenamiento para los futuros miembros de los grupos de choque del franquismo que actuaban en plena connivencia con la Policía, la Guardia Civil, el Ejército y la Judicatura. El recién creado SECED (Servicio Central de Documentación) de Carrero Blanco cuenta ya con numerosos contactos entre los miembros del SEU, Fuerza Nueva y Defensa Universitaria que se encargan de hacer aquello que oficialmente no se puede hacer. Se trata de redes que, con la muerte de Franco y en democracia, no sólo no se cortan sino que se amplían.

Los estertores de la muerte de Franco son agónicos para la élite que ha amasado grandes fortunas porque después de 40 años de seguridad y tranquilidad, viene un escenario que aparentemente es incierto. Pero desde varios años atrás, el SECED y la CIA con Carrero Blanco y Vernon Walters a la cabeza respectivamente, llevan preparando los escenarios posibles para llevar la Transición por donde tiene que ir. Walters ya se había entrevistado, por orden de Reagan, con Franco para consultarle qué pasaría después de su muerte pero el franquismo ya estaba haciendo los deberes: “Todo queda atado y bien atado”, diría Franco.

Aparte, surgía la incógnita de qué iba a pasar con las bases españolas que, para entonces, se tenía que renovar el convenio de cooperación entre España y Estados Unidos. El agente Fernández Monzón relata un encuentro en el Pentágono en el que un oficial le coloca un mapamundi y señalandólo le pregunta:

— ¿Qué ve ahí?
— Un mapamundi.
— Pero, ¿que hay en el centro?
— En el centro está España.
— Por eso está usted aquí.

Para ello, es necesario apartar a los elementos díscolos de este plan y la eliminación física de aquellos que estén dispuestos a combatirlo hasta sus últimas consecuencias. Para los primeros es necesaria la persuasión, para los segundos es necesaria la “mano dura”: es necesario un Gladio.

La CIA y el SECED dentro de los movimientos antifascistas españoles

El imperialismo norteamericano coloca ojos en todas partes, incluso en las organizaciones armadas. En septiembre de 1976, el diario comunista italiano L’Unitá publica un artículo pidiendo la libertad de un preso español que está en la prisión de Nápoles, con el curioso nombre de José Antonio Velasco Primo de Rivera, y afirmaba haber participado en el atentado contra Carrero Blanco reclamado por ETA. El coronel italiano Alberto Volo afirmó en una entrevista concedida a El País en 1990 que colaboró en la detención de este individuo junto con dos agentes españoles. Nunca más se supo de este individuo.

Pero más extraño es el caso del miembro de ETA Iñaki Pérez (alias “Wilson”), quien recibió la información para el atentado contra Carrero Blanco (y participó en él) de alguien que nunca supo -o quiso- confirmar en el Hotel Mindanao de Madrid. De hecho, parece que Carrero (a pesar de su anticomunismo) no estaba muy a favor de la supeditación española a Estados Unidos. Él pretendía hablar de igual a igual con Estados Unidos. El atentado se produjo con explosivos norteamericanos C-4. Wilson fue detenido en el verano de 1975 junto a su compañero de militancia “Txiki”. A él se le imputaba el magnicidio y la preparación de varios atracos en Barcelona. Txiki fue fusilado el 27 de septiembre y Wilson no fue juzgado. Al aplicársele la Ley de Amnistía fue puesto en libertad.

El caso de José Luis Espinosa: una carrera desde el franquismo a la ‘democracia’

En 1978, el dirigente del MPAIAC (Movimiento por la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario) Antonio Cubillo sufrió un atentado en su exilio en Argel, por parte de dos individuos a los que había conocido previamente. Unos días después, Cubillo iba a presentar en la ONU un informe sobre la descolonización de Canarias. Estos individuos se habían presentado como refugiados españoles. Quien le asestó las puñaladas a Cubillo se presentó como militante del FRAP donde había estado militando en Francia, aunque en realidad era un soldado de la BRIPAC (Brigada Paracaidista). Recibía órdenes de José Luis Espinosa, quien estaba bajo el mando del comisario Roberto Conesa y bajo órdenes del Ministro de Interior Martín Villa.

José Luis Espinosa era hijo de exiliados republicanos en Argelia. Gracias a ello, conoció a Cubillo en 1964 bajo el seudónimo de “Gustavo”. Desde entonces pasaba información sobre los movimientos de los antifascistas afincados en Argelia a la DGS (Dirección General de Seguridad) en Madrid. Es un personaje lúgubre. Gracias a su ascendencia de republicanos exiliados en Argelia, consigue introducirse en el PSOE y la UGT informando en todo momento de sus movimientos.

Espinosa llega al Congreso del PSOE de Suresnes -como representante de los socialistas murcianos- donde tiene la orden de descabezar al PSOE histórico de Rodolfo Llopis; y votar por un joven candidato que se hace llamar “Isidoro” (Felipe González) al que habían aupado desde el SECED y había atravesado la frontera francesa gracias al pasaporte que el agente español Fernández Monzón le había facilitado. En el documental “Cubillo, historia de un crimen de Estado”, Espinosa se quejaba de que nadie le había pagado por los servicios prestados. Tal vez haya que recordar esa frase que le dijeron los pretorianos romanos a los asesinos de Viriato : “Roma no paga a traidores”. Lo que sí consiguió fue “colocar” a su hijo como técnico de radio en el programa de deportes de la Cadena SER con el locutor José María García.

Y es que efectivamente Espinosa tenía varios “honores” a sus hombros. El 24 de enero de 1977, los GRAPO (Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre) secuestran a Antonio María de Oriol -Presidente del Consejo de Estado y Procurador en las Cortes franquistas- y al teniente general Villaescusa.

La acción era una respuesta al asesinato del estudiante Arturo Ruíz en una manifestación por la amnistía, por parte de Juan Ignacio Fernández Guaza (quien pudo escapar tranquilamente y en 2023 se le ha localizado en Buenos Aires en un cómodo exilio) y Jorge Cesarsky, un mercenario argentino afincado en España. Ambos dispararon desde donde se encontraba la Policía. José Luis Espinosa desvela que la cúpula del PCE(r) se encuentra en Alicante, a lo que sigue una enorme redada, detenciones y torturas a sus miembros.

Poco tiempo después, eran asesinados en París los miembros de los GRAPO Francisco Javier Eizaguirre y Aurelio Fernández Cario. Quienes, según el escritor Federico Utrera (autor de “Canarias, secreto de Estado”), habían estado en contacto previamente con Espinosa.

La modélica transición española avanzaba seduciendo a aquellos que apostaban por un entendimiento con los franquistas y eliminando a aquellos que apostaban por una ruptura total con el franquismo.

La Guerra Civil en Grecia o el triunfo de la tragedia

Situada en la encrucijada de Europa, Asia y África, Grecia siempre ha tenido importancia estratégica para el imperialismo. Durante la Segunda Guerra Mundial, el país sufrió varias ocupaciones brutales sucesivas. La Italia fascista invadió Grecia en octubre de 1940, pero fue repelida con éxito por el ejército griego. La intervención del III Reich en abril de 1941 fue la segunda ocupación del país.

Grecia quedó dividida entre Italia, Alemania y Bulgaria, y rápidamente surgió la resistencia guerrillera. Entre las principales fuerzas de la resistencia estaban el el Partido Comunista, el EAM (Frente de Liberación Nacional) y su brazo armado, el ELAS.

La población griega sufrió enormemente durante la ocupación nazi. Millones de personas murieron de hambre, especialmente durante el invierno de 1941-42, cuando los nazis se apoderaron de los suministros de alimentos. Al mismo tiempo, la resistencia antifascista organizó sabotajes, huelgas e insurrecciones locales contra los ocupantes, obteniendo un amplio apoyo popular.

El ELAS no era sólo un ejército guerrillero: era un movimiento de resistencia popular que transformó la sociedad griega durante la ocupación. En las aldeas liberadas establecieron asambleas populares democráticas donde, por primera vez, las mujeres podían votar y participar en las decisiones políticas. La guerrilla organizó escuelas, hospitales y tribunales, creando una especie de gobierno paralelo.

Militarmente, el ELAS llevó a cabo operaciones de guerrilla y sabotaje que infligieron grandes pérdidas a las fuerzas del Eje. En 1943, el general alemán Speidel intentó movilizar a los griegos para realizar trabajos forzados, pero el EAM respondió con una huelga general y un levantamiento popular, obligando a los nazis a retirar la orden.

Tras la retirada del ejército alemán en octubre de 1944, Grecia se enfrentó a una tercera guerra: la lucha entre la resistencia antifascista y las fuerzas monárquicas apoyadas por los imperialistas británicos.

Para Winston Churchill, el control de Grecia era una prioridad absoluta, ya que su posición geográfica garantizaba el acceso a las rutas marítimas del Mediterráneo oriental, el Canal de Suez y la India. La política exterior británica estaba guiada por la necesidad de mantener un poder naval preponderante. Para Churchill, el Mediterráneo representaba el punto más vulnerable de Europa y Grecia era un nudo estratégico crucial.

Aunque el gobierno británico proclamó que quería liberar al país de los nazis, su objetivo político estaba claro: evitar que los antifascistas y comunistas tomaran el poder. Churchill estaba dispuesto a apoyar a la reacción monárquica, incluso a costa de sostener a los colaboracionistas que habían apoyado la ocupación nazi. Eso condujo a la tercera intervención militar sobre Grecia en 1944, con órdenes de neutralizar al ELAS.

La resistencia griega había estado excesivamente focalizada en la resistencia contra el III Reich y cometió un error estratégico: acordó no ocupar Atenas y permitir el desembarco británico, una decisión que Churchill aprovechó para consolidar el control británico sobre el país.

La intervención británica en Grecia estuvo marcada por una brutalidad sin precedentes. Causó estragos aún peores que los nazis. Las instrucciones de Churchill al general Ronald Scobie fueron inequívocas: “Tratar a Atenas como una ciudad colonial y aplastar a la oposición comunista”. La estrategia preveía el uso de tropas británicas para consolidar el poder de la monarquía griega, exiliada durante la ocupación nazi, y desarmar a la resistencia.

Las tropas británicas y las fuerzas monárquicas griegas, a menudo integradas por antiguos colaboradores nazis, llevaron a cabo una feroz represión contra el ELAS y sus partidarios. En varias ciudades exhibieron en plazas públicas las cabezas decapitadas de simpatizantes como advertencia a la población. La embajada británica justificó estas prácticas como “tradiciones locales”, pero constituían una política terrorista característica del colonialismo británico.

En Atenas, las tropas británicas atacaron a manifestantes desarmados y mataron a cientos. La violencia alcanzó su punto máximo durante los 33 días de combates entre el ELAS y las fuerzas británicas, convirtiendo Atenas en un campo de batalla. El ELAS se vio obligado a retirarse, pero la guerra civil que siguió devastó aún más el país.

El nacimiento de la Doctrina Truman

Aunque estaba al corriente de las atrocidades británicas, Estados Unidos apoyó a Churchill, considerando a Grecia como un frente estratégico contra el comunismo.

El relato oficial presentó la intervención militar imperialista como una lucha por la democracia contra el comunismo. Marcó el inicio de un largo período de terror. La Guerra Civil Griega (1946-1949) fue uno de las primeras de la Guerra Fría y surgió la Doctrina Truman: Estados Unidos tuvo que reemplazar a los británicos en el apoyo a las fuerzas reaccionarias. La victoria de los monárquicos condujo a décadas de represión contra los miembros de la resistencia, que culminaron con el Golpe de los Coroneles de 1967.

La tragedia griega de los años cuarenta sigue siendo una herida abierta. Los documentos desclasificados muestran que Churchill consideraba a Grecia como una “propiedad imperial”.

En 1986 un documental de la televisión británica, The Hidden War (*), dio lugar a una de las mayores polémicas en la historia periodística de Reino Unido porque destapó el papel de los imperialistas en la feroz represión. Lo prohibieron, destruyeron todas las copias menos una y durante meses los principales periódicos tuvieron que publicar artículos para lavar la cara del imperialismo británico.

Los guerrilleros griegos entrevistados describieron la intervención británica como una traición. Los relatos de los civiles describen la brutalidad de la represión política, con episodios, como el asedio de Atenas, que permanecen grabados en la memoria colectiva.

Es una de las páginas más oscuras de la historia europea. La intervención británica exterminó a un movimiento de liberación popular para preservar la dominación imperialista en el Mediterráneo.

El acontecimiento no sólo devastó a Grecia, sino que marcó el inicio de la Guerra Fría, que no fue más que una extensión de la Doctrina Truman al resto del mundo. Se empezaba a demostrar que en los países occidentales la libertad es pura retórica para justificar la represión política más brutal.

(*) https://www.youtube.com/watch?v=yehd3tVkJNI

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