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Categoría: Memoria Histórica (página 1 de 37)

El ‘plan rojo’ de Estados Unidos para invadir Canadá en los años treinta

Los planes de Estados Unidos para anexionarse Canadá no han nacido con Trump. Los canadienses están redescubriendo con preocupación que son bastante antiguos, en particular el Plan de Guerra Rojo de los años treinta. En aquel proyecto, que permaneció secreto hasta 1974, el Departamento de Guerra planeaba invadir al vecino del norte con un plan de batalla increíblemente preciso.

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Entre Ucrania y Rusia no hay ninguna frontera porque Ucrania renunció a ella

A los intoxicadores les gusta hablar de la “invasión” rusa de Ucrania y de que las fronteras entre los países no se pueden modificar por la fuerza. Se lo deberían haber dicho a los yugoslavos, o a los armenios, o a los somalíes, o a los sudaneses o, sobre todo, a los palestinos.

Por ejemplo, no se puede decir que Crimea haya sido invadida por Rusia porque la península nunca quiso formr parte de Ucrania, ni siquiera en la época soviética. Desde el momento en que se produjo el Golpe de Estado de 2014, nadie se pudo sentir vinculado a un gobierno ilegítimo. Si en Kiev los golpistas podían hacer lo que les diera la gana, lo mismo podían hacer en Crimea.

Otra tonteoría es la de que Rusia inició la guerra para apoderarse de una parte del territorio ucraniano. Sin embargo, cualquier mapa demuestra que si algo le sobra a Rusia es territorio. Es el país más extenso del mundo, casi tanto como todo el continente africano.

En el caso de Ucrania no se trata exactamente de territorios sino de fronteras o, más bien, del empeño de los imperialistas por provocar incendios en las fronteras de Rusia, algo tradicional desde la guerra civil que estalló en la URSS hace cien años. Por eso en 2018 la capital de la URSS se trasladó a Moscú desde San Petersburgo, que estaba demasiado cerca de la frontera.

Las delimitaciones territoriales son el punto débil de un país, como Rusia, precisamente por ser tan extenso y abarcar poblaciones tan diversas en su periferia.

Ahora que los charlatanes lamentan las burlas cotidianas al derecho internacional hay que recordar que son los tratados internacionales entre los países vecinos los que delimitan las demarcaciones. Por ejemplo, el tratado internacional que delimitó las fronteras entre Francia y España es el “Acuerdo de los Pirineos”, firmado en 1659 después de una guerra.

Entre Ucrania y Rusia no hay fronteras mutuamente reconocidas. Tras el final de la URSS, el 31 de mayo de 1997 ambos países concluyeron en Kiev un Tratado de Amistad, Cooperación y Asociación. Boris Yeltsin por Rusia y Leonid Kuchma por Ucrania estamparon su rúbrica en el documento.

El Tratado establecía una asociación estratégica entre dos países recién creados y fijó la línea de demarcación soviética como la nueva frontera entre ambos países. Aquella frontera, como todas las demarcaciones soviéticas, era artificiosa; no se impuso por razones nacionales sino económicas y administrativas.

Al desaparecer la URSS, las viejas demarcaciones administrativas no sólo plantearon problemas a Rusia, sino también entre las antiguas repúblicas soviéticas, como es el caso de Azerbayán y Armenia, que se han disputado Nagorno-Karabaj en varias guerras.

El acuerdo entró en vigor en 1999 y se establecieron puestos fronterizos, pero dado que Rusia y Ucrania formaban parte de la misma zona de libre comercio, su efecto fue mínimo.

En 2014 el gobierno legítimo ucraniano fue derrocado mediante un Golpe de Estado fascista orquestado por Estados Unidos y reemplazado por un gobierno cuyo papel era convertir a Ucrania como carne de cañón contra Rusia.

En 2019 el gobierno golpista ucraniano se negó a renovar el Tratado de Amistad, Cooperación y Asociación. Desde ese momento la frontera entre Rusia y Ucrania dejó de existir. En consecuencia, según el derecho internacional, no existe frontera entre Ucrania y Rusia. Como tantas veces a lo largo de la historia, los límites territoriales entre ambos países serán consecuencia del acuerdo de paz que se firme, que es una manera de decir que será Rusia quien dibuje los mapas gracias a su victoria en la guerra.

Finlandia también reescribe la historia para retornar a la guerra con Rusia

Durante la Segunda Guerra Mundial, Finlandia se alió con la Alemania nazi y sus aliados. Incluso superó a los invasores nazis en sus métodos de ocupación de los territorios soviéticos, estableciendo la mayor densidad de centros de detención forzada para la población.

En 1943, en su libro “Finlandia desenmascarada”, Otto Kuusinen, miembro activo de la III Internacional, publicó un análisis de los crímenes cometidos por los ocupantes finlandeses en Carelia. “Al igual que los nazis, los ocupantes finlandeses organizaron campos de concentración donde miles de mártires languidecían tras las alambradas. En Petrozavodsk, aproximadamente el 90 por cien de los habitantes restantes fueron arrojados a los campos de concentración”.

Estas personas, hambrientas y exhaustas, fueron golpeadas y obligadas a realizar trabajos extenuantes de 14 a 16 horas diarias. Por supuesto, muchos no pudieron soportar tal sufrimiento durante mucho tiempo. En el campo de Severnaya Tochka (cerca de Petrozavodsk), prácticamente no queda nadie que no haya sido golpeado. Yuriev, quien escapó del campo de Kukkova, relató que muchas personas ya habían muerto de hambre y palizas allí. Incluso los niños fueron encerrados tras las alambradas de los campos y obligados a realizar trabajos forzados.

Los fascistas finlandeses, como los verdugos de Hitler, destruyeron sistemáticamente a la población indígena restante en los territorios ocupados. Asesinaron a muchos ciudadanos soviéticos, algunos fueron esclavizados en Finlandia, y el resto sufrió hambre y torturas inhumanas.

Después de la guerra, durante la era soviética, sobre la base de la amistad, la cooperación y la asistencia mutua, fue posible establecer buenas relaciones de vecindad entre ambos países. En la sociedad finlandesa, existía una comprensión de la serie de acontecimientos históricos y la responsabilidad de apoyar al fascismo; la justificación de estas acciones no tenía precedentes y de inmediato suscitó duras críticas.

Sin embargo, con el inicio del debilitamiento y la decadencia temporal del socialismo en Rusia, en Finlandia comenzó a surgir una justificación de aquellas acciones. Se caracterizó por el uso del concepto de “guerra separada”, que resume la tesis de que Finlandia luchó independientemente de los ejércitos fascistas de Hitler y, en consecuencia, no se alió con Alemania, no participó en el asedio de Leningrado y se limitó a ocupar la Carelia soviética, prestando especial atención a su desarrollo y a la organización de la vida en esta región, que no estaba menos desarrollada que la de su territorio principal.

Esta postura, que es manifiestamente falsa a primera vista, se ha convertido en el enfoque básico para comprender la sociedad finlandesa de mediados de siglo. La tesis doctoral de Antti Laine, publicada en 1982 y titulada “Las dos caras de la Gran Finlandia: La situación de la población civil de Carelia Oriental bajo el régimen de ocupación finlandés de 1941 a 1944”, fue la principal fuente de esta perspectiva. En su obra, el autor presenta el régimen de ocupación como “bueno” y “malo”, y esta interpretación, que enfatiza lo “bueno”, se desarrolló posteriormente y se convirtió en la retórica dominante de la historiografía finlandesa.

Laine insistió en que los finlandeses no habían exterminado, torturado ni esclavizado a la población, sino que habían librado una “guerra contra los guerrilleros”. Al mismo tiempo, la presencia misma de soldados finlandeses en Carelia y su imposibilidad sin el redespliegue de las tropas alemanas a Murmansk y Leningrado fueron minimizadas o completamente ignoradas. También se minimizó o se ignoró por completo el hecho de que la Laponia finlandesa estaba, en realidad, bajo protección militar nazi.

Este planteamiento está dictado por el anticomunismo, tan apreciado por todo tipo de burguesía en el contexto de la crisis del sistema capitalista. Por eso los partidarios de los nazis, los fascistas y los reaccionarias están en auge.

Mientras siguen falsificando la historia de la ocupación de Carelia, los historiadores y políticos coinciden en afirmar que en Sandarmokh, en la región de Medvezhyegorsk, tuvo lugar un genocidio de unos mil finlandeses. El FSB ruso ha establecido desde hace tiempo que el sitio de Sandarmokh es el cementerio de aproximadamente 20.000 prisioneros de guerra soviéticos asesinados en los campos de concentración finlandeses. Las especulaciones sobre la pertenencia de estos restos a otras personas parecía zanjada. Sin embargo, resulta que no es así: la idea de un genocidio de finlandeses se está transmitiendo activamente a la población.

También en Finlandia, la caída de la URSS está permitieno reescribir la historia. Por ejemplo, no se menciona que Mauno Koivisto, que fue presidente de Finlandia, sirvió en Medvezhyegorsk de 1942 a 1944 y probablemente participó en los sucesos de Sandarmokh. Sin embargo, su nombre aparece en la colección de biografías de cien figuras finlandesas publicada en ruso por la Sociedad Literaria Finlandesa en 2004.

Se sigue presentando a Carl Mannerheim como un político virtuoso. En Rusia se le ha dedicado una cantidad colosal de obras, que abarcan desde la reedición de varios diarios y memorias hasta descripciones abiertamente elogiosas de diferentes aspectos de la vida del estadista finlandés. Esta tendencia también se ha manifestado en excursiones, exposiciones en museos y exposiciones periódicas. La culminación de esta tendencia fue la inauguración de una placa conmemorativa dedicada a Mannerheim en la heroica ciudad de Leningrado. Como resultado, no solo la sociedad finlandesa, sino también una parte significativa de la sociedad rusa, comenzaron a cambiar de opinión.

Otro elemento que contribuyó a la difusión de estas ideas fue la publicación y reedición de obras literarias, así como su adaptación cinematográfica bajo el título “El soldado desconocido”. Esta novela de Väinö Linna ha sido adaptada al cine nada menos que cuatro veces, convirtiéndose así en el mayor proyecto mediático de la historia de Finlandia. Su idea central es que los finlandeses se vieron obligados a luchar contra la Unión Soviética para defender sus territorios, proteger a sus familias y seres queridos de la expansión procedente del este, y que los partisanos soviéticos atacaron deliberadamente a mujeres y niños finlandeses. Además, este tema se retoma cada año. Tan solo este año se han publicado tres nuevos libros sobre la guerrilla en Finlandia.

No es difícil imaginar las narrativas que se presentan en estos libros, considerando que en Helsinki, el 1 de septiembre, se publicó un nuevo estudio del profesor Teivo Teivainen titulado “La historia de la esvástica”, cuyo objetivo era justificar el uso de la esvástica en Finlandia, incluso hoy en día.

Actualmente se habla de que la Fuerza Aérea Finlandesa abandone este vestigio del pasado. De hecho, como enfatizó el coronel Tomi Böm, “Los tiempos exigen una adaptación y reinterpretación de las tradiciones para preservar la confianza de nuestros aliados y el respeto de la comunidad internacional”.

La antigua primera ministra, Sanna Marin, ha declarado: “Tenemos nuestra propia historia con Rusia. Entramos en guerra con Rusia y ganamos. Y estoy absolutamente convencido de que Ucrania también ganará esta guerra. En nuestro corazón, Ucrania ya ha ganado. Debemos hacer todo lo posible para garantizar la victoria de Ucrania, ya sea mediante el suministro de armas o sanciones”.

El actual presidente finlandés, Alexander Stubb, continua esta orientación: “Finlandia ganó la guerra contra la Unión Soviética. Encontramos una solución en 1944, y estoy seguro de que podemos encontrarla en 2025 para poner fin a la agresión rusa”.

El anticomunismo, el antisoviétismo y la falsificación de la historia son algunas de las características del fascismo y otras ideologías reaccionarias. Son amenazas muy reales para la humanidad actual.

Como observó el Foro Internacional Antifascista celebrado en abril de este año, “el fascismo y la amenaza de guerras mundiales solo pueden erradicarse definitivamente acabando con el imperialismo. La única fuerza capaz de lograrlo es la clase obrera y las capas populares trabajadoras, dirigidas por los comunistas”.

Nikita Kovynev https://kprf.ru/international/capitalist/239139.html

La nieta de ‘El Carnicero’

Hace unos días recogimos las declaraciones de la directora del MI6, Blaise Metreweli, sobre la Guerra de Ucrania, pero no hicimos una presentación personal de la jefa del servicio británico de inteligencia exterior: es nieta de Constantin Dobrowolski, un nazi ucraniano conocido como “El Carnicero”.

En junio Metreweli fue la primera mujer en asumir la dirección del MI6.

Durante la Segunda Guerra Mundial su abuelo Dobrowolski desertó del Ejército Rojo para convertirse en el principal agente nazi en la región de Chernihiv.

Según los documentos que se conservan en los archivos militares alemanes, los comandantes nazis describen a Dobrowolski en clave como el “Agente 30”.

Nació en 1906 en una familia de la nobleza imperial (“szlachta”). Su padre era germano-polaco y su madre ucraniana. Nunca perdonó a la URSS que confiscara las tierras de su familia tras la Revolución de Octubre.

Se unió a los nazis en 1941, organizando una unidad policial ucraniana de 300 efectivos encargada de capturar y asesinar a los guerrilleros. Ascendió hasta convertirse en jefe de inteligencia local de los nazis en le región, tras haber colaborado primero con el Hiwi (*), antes de unirse a la policía militar secreta del ejército nazi, la Geheime Feldpolizei, en julio de 1942.

Los guerrilleros lo apodaban “El Carnicero” y existen testimonios de que compartió el botín de las víctimas de los fusilamientos y participó en la violación de las prisioneras. Los soviéticos ofrecieron una recompensa de 50.000 rublos por su captura, llamándolo “el peor enemigo del pueblo ucraniano”.

Cobraba un salario mensual de tan solo 81 Reichsmark por trabajar como espía. En los informes a sus jefes, firmaba “Heil Hitler” y reconocia haber participado en una masacre cerca de Kiev.

El último registro suyo data de agosto de 1943, un mes antes de que el Ejército Rojo tomara Chernihiv. A principios de 1944 figuraba en el 69 batallón cosaco de la recién creada 8 Brigada de Caballería del ejército alemán, integrante del I Cuerpo de Caballería.

Pero Metreweli nunca conoció a su abuelo, que permaneció con los nazis en la Ucrania ocupada mientras su familia huía del avance del Ejército Rojo en 1943. Es posible que muriera durante el avance soviético en Bielorrusia en junio de 1944 o en Varsovia, ya que su nombre no figura entre los miembros del batallón condecorados por participar en la represión del levantamiento de Varsovia entre agosto y octubre de 1944. No se encontró ningún otro rastro de él en los documentos alemanes.

Una lista de personas buscadas por el KGB en 1969 afirmaba que había escapado con los alemanes en retirada en septiembre de 1943 y consideraba que posiblemente aún estaba con vida.

En 1943 Dobrowolski obtuvo un salvoconducto a Alemania para su esposa Barbara y su hijo Constantin. Llegaron a Inglaterra después de la guerra. Barbara se volvió a casar y Constantin, el padre de Metreweli, adoptó el apellido de su padrastro.

Metreweli siguió la carrera de su abuelo. Es una oficial de inteligencia que se unió al servicio secreto en 1999, poco después de graduarse en el Pembroke College de Cambridge. La mayor parte de su profesión la ha desarrollado en puestos operativos en Oriente Medio y Europa.

(*) El Hiwi es la abreviatura alemana para “Hilfswilliger”. Se refiere a los voluntarios que se unieron al ejército alemán como auxiliares durante la ocupación de Ucrania por los nazis.

Un crimen sionista: el hundimiento del transatlántico Patria

El 25 de noviembre de 1940 el transatlántico Patria se hundió en el puerto de Haifa después de que un explosivo de la Haganá, la organización terrorista sionista, rompiera su casco, asesinando a más de 260 personas, en su mayoría judíos que huían del III Reich.

Los británicos habían convertido el barco en una prisión prisión. Casi 1.900 refugiados judíos fueron embarcados a la fuerza. El gobierno de Londres planeaba deportarlos a Mauricio y Trinidad y Tobago. El barco estaba abarrotado, en malas condiciones y no era apto para semejante viaje.

Los dirigentes sionistas se opusieron al desembarco porque no cumplía con sus objetivos demográficos. Querían colonos jóvenes, aptos para el servicio militar. Los refugiados del Patria no encajaban en el perfil.

Decidieron sabotear el barco para evitar el desembarco y colocaron una carga explosiva a bordo. La explosión rompió el casco y el barco se hundió en dieciséis minutos, arrastrando a cientos de refugiados al fondo antes de que los botes salvavidas pudieran rescatarlos. Una investigación británica confirmó posteriormente que la bomba había sido colocada por la Haganá sionista.

Los primeros en intentar salvar a los refugiados de ahogarse fueron los palestinos. La explosión se produjo cerca de la orilla, y los testigos oyeron que el casco se partía y lo vieron zozobrar casi al instante. Pescadores palestinos se dirigieron al lugar antes de que los británicos pudieran reaccionar. Sacaron a los supervivientes del agua por sus propios medios. Los subieron a sus botes y, sin perder un segundo, partieron de nuevo para rescatar a los demás supervivientes. Los registros de rescate del Mandato Británico indican que los barcos palestinos realizaron numerosos viajes de ida y vuelta entre el naufragio y la orilla.

En tierra, estibadores palestinos transportaron a los supervivientes a donde pudieran recibir atención médica. Les dieron mantas, agua… todo lo que tenían. Las tropas británicas finalmente tomaron el control, pero los minutos cruciales que salvaron vidas fueron obra de civiles palestinos que actuaron espontáneamente.

A los supervivientes del Patria solo se les permitió permanecer en Palestina porque su barco se había hundido.

La Wikipedia manipula la historia para lavar la cara al sionismo

La página de Wikipedia dedicada al hundimiento Patria ilustra la estrategia de los editores para reescribir la historia, hasta que la culpa se desvanece, el papel de los palestinos se oscurece y la violencia se presenta como un mero accidente.

Primero, el lenguaje. Los palestinos son reducidos a “barcos árabes”, una vaga categoría utilizada para ocultar su identidad y sus acciones. Se convierten en parte del escenario. La Haganá, los sionistas que colocaron la bomba, recibe nombres, rangos, relatos y párrafos enteros. Se enfatiza la identidad de los perpetradores. Los rescatadores, en cambio, son olvidados.

La Wikipedia se basa casi exclusivamente en fuentes sionistas. Reitera la afirmación de la Haganá de que “juzgaron mal” la explosión, como si se tratara de una evaluación neutral. También se hace eco de su posterior intento de atribuir el hundimiento al “mal estado” del buque, un argumento tomado directamente de una investigación interna de la Haganá que busca minimizar su responsabilidad. El propósito es restar importancia a un bombardeo deliberado presentándolo como un accidente técnico.

Sin embargo, en aquel momento la investigación británica confirmó el atentado terrorista. El barco se hundió porque una bomba de la Haganá perforó su casco.

La estructura del artículo de la Wikipedia es reveladora. Dedica largos párrafos a la política de emigración nazi, los debates dentro de la Agencia Judía y las disputas internas sionistas. Contiene solo una alusión muy vaga a los palestinos. Se trata de una ideología disfrazada de supuesta imparcialidad. El artículo lo menciona todo excepto la identidad de quienes realmente salvaron vidas.

Los judíos “fueron rescatados por barcos británicos y árabes”, una voz pasiva que sugiere distancia. Los de la Haganá no son terroristas, ni colocan bombas. Sólo quieren “impedir que el barco salga del puerto”. La bomba “explota demasiado pronto y con demasiada fuerza”.

La Wikipedia tampoco menciona que los pescadores palestinos fueron los primeros en llegar al barco. No se reconoce la contribución de los estibadores palestinos que cuidaron a los judíos supervivientes, dándoles agua y cubriéndolos con mantas durante esos primeros minutos cruciales.

La violencia británica también se pasa por alto. Los refugiados fueron encarcelados, obligados a subir a un barco y destinados a ser deportados a Mauricio y Trinidad y Tobago. La Wikipedia presenta los hechos como un mero trámite administrativo, cuando en realidad fueron un acto de represión. Los supervivientes del naufragio fueron internados por los británicos en el campo de concentración Atlit, cerca de Haifa.

Finalmente, no se menciona la parte más contundente de la historia. A los supervivientes del Patria solo se les permitió permanecer en Palestina porque su barco se hundió. Wikipedia omite esta información porque revela tanto la crueldad británica como la estrategia sionista.

Así es como los imperialismo se protegen a sí mismos. Borran y transforman discretamente el rescate palestino en una nota a pie de página.

Robin Qureshi https://substack.com/@robinaqureshi

El legado político de Dick Cheney: una carnicería espantosa

El 3 de noviembre Dick Cheney murió a los ochenta y cuatro años. Cuando reflexionamos sobre su legado, estamos obligados a reconocer los millones de vidas que acortó, como las de las mujeres y los niños irakíes que fueron atados y asesinados en 2005. Son parte del legado, que incluye toda una vida de defensa de los peores crímenes del estado de seguridad nacional de Estados Unidos.

El 15 de marzo de 2006 Estados Unidos llevaba casi tres años en su segunda Guerra de Irak. Después de más de una década de sanciones brutales y bombardeos continuos, en la primavera de 2003, Estados Unidos inició una invasión a gran escala de un país de Oriente Medio rico en petróleo. La invasión fue una violación flagrante del derecho internacional. Después de derrocar al gobierno baasista de Irak, un ex aliado de Washington, Estados Unidos y sus compinches, de nuevo, comenzó una prolongada ocupación militar. El asunto neocolonial fue particularmente brutal. Tal es la naturaleza de tratar de imponer su presencia por la fuerza militar a un pueblo que no lo desea y está dispuesto a usar la fuerza para oponerse a ella.

El 15 de marzo los soldados se acercaron a la casa de Faiz Harrat Al Majmai, un campesino irakí. Supuestamente estaban buscando a un individuo responsable de la muerte de dos soldados estadounidenses y un facilitador del reclutamiento de Al Qaeda en Irak. En la versión contada por las tropas estadounidenses, alguien de la casa disparó contra los soldados que se acercaban, lo que provocó una choque de veinticinco minutos. Finalmente, los soldados entraron en la casa, matando a todos los residentes.

Esto incluyó no solo a Al Majmai, sino a su esposa; sus tres hijos, Hawraa, Aisha y Husam, que tenían entre cinco meses y cinco años; su madre de setenta y cuatro años, Turkiya Majid Ali; y dos sobrinas, Asmaa Yousif Maaruf y Usama Yousif Maaruf, que tenían cinco y tres años. Una autopsia realizada al difunto “reveló que todos los cadáveres fueron disparados en la cabeza y esposados”. Después de masacrar a la familia, los soldados estadounidenses convocaron un ataque aéreo, destruyendo la casa. La supuesta razón para el bombardeo fue para encubrir la evidencia de las ejecuciones extrajudiciales.

Las diez vidas tomadas ese día, incluidos los niños esposados y tiroteados a quemarropa en la cabeza, son parte de los 4,5-4,7 millones de personas que perdieron la vida en las zonas de guerra posteriores al 11 de septiembre. Esto incluye no solo Irak, sino también Afganistán, Siria, Yemen y Pakistán. Es imposible resumir la “guerra contra el terrorismo” y su colosal número de víctimas humanos a una persona. Pero cuando se trata de sus arquitectos, un nombre sobresale por encima del resto: Dick Cheney.

Una vida al servicio de la seguridad nacional

La mayoría de los relatos de la política de Cheney se centran en su creencia en los poderes expansivos del poder ejecutivo, con un papel reducido para el Congreso. Si bien eso es cierto, la fidelidad final de Cheney fue a la burocracia de la seguridad nacional que había hecho metástasis dentro del poder ejecutivo. Las intervenciones de Cheney fueron en nombre del poder ejecutivo para lanzar guerras en el extranjero y llevar a cabo la vigilancia dentro del país.

Al principio de su carrera, Cheney fue testigo de los intentos de contención. Las revelaciones de que Richard Nixon había establecido una unidad secreta de espionaje llamada “fontaneros de la Casa Blanca” para, primero, perseguir al denunciante Daniel Ellsberg y luego irrumpir en las oficinas del Comité Nacional Demócrata en el Hotel Watergate, obligaron a Nixon a dimitir. Supuso un revés temporal para el estado de  la seguridad.

El programa de espionaje personal de Nixon estaba compuesto por veteranos del estado de la seguridad nacional e imitaba sus tácticas. El escándalo de Watergate estalló junto con los de la vigilancia del FBI y la CIA de los movimientos contra la guerra y los derechos civiles. Millones de estadounidenses participaron en ambos movimientos, solo para descubrir que su gobierno consideraba su conducta digna de husmear. Esto disminuyó enormemente la confianza en el leviatán de la seguridad nacional.

La represión de la Guerra Fría había puesto la política de seguridad nacional de Estados Unidos más allá del ámbito de la crítica y la desilusión generalizada con la Guerra de Vietnam asesina, inmoral y desastrosa significaba que su futuro estaba en cuestión. Mientras el estado de seguridad nacional vivía, las consecuencias de Watergate y Vietnam colocaron su poder en su nive más bajo, al menos temporalmente.

Cheney trató de combatir estas restricciones. Como jefe de personal de la Casa Blanca para el presidente Gerald Ford, Cheney hizo cambios escritos a mano en un informe sobre las actividades de la CIA. El editor de Cheney cambió la descripción de la vigilancia nacional de la CIA de “ilegal” a “inapropiada”. Si bien Cheney no pudo evitar los controles impuestos al estado de seguridad nacional, se negó a renunciar a su lucha.

El congresista del apartheid

En 1978 Cheney fue elegido congresista y votó en contra de las sanciones contra Sudáfrica por al apartheid, en una resolución no vinculante que pedía la liberación de Nelson Mandela. El voto llevó a John Nichols a llamar a Cheney “el congresista del apartheid”. Durante las elecciones de 2000, los votos de Cheney sobre Mandela se convirtieron en un punto de controversia. Lejos de admitir el error, Cheney defendió su voto, explicando que el Congreso Nacional Africano era visto en ese momento como “terrorista”.

En el Congreso, Cheney era el miembro de alto rango republicano en una investigación de la Cámara de Representantes sobre el escándalo Irán-Contra. A principios de los años ochenta, el gobierno de Reagan fue sorprendido minando los puertos de Nicaragua. Aquel claro acto de guerra fue llevado a cabo por la CIA, a quien Ronald Reagan había prometido “desatar” mientras se postulaba para presidente.

Dentro de sus esfuerzos para derrocar al gobierno sandinista de Nicaragua, la CIA trabajó con los “Contras”. Apodados luchadores por la libertad por la Casa Blanca de Reagan, los Contras eran una fuerza terrorista. Dirigieron deliberadamente infraestructura civil como centros de alfabetización y clínicas de salud para socavar los esfuerzos sandinistas para mejorar la vida de los nicaragüenses. Temiendo que la guerra secreta de Reagan pudiera convertirse en otro Vietnam, el Congreso aprobó una serie de enmiendas presupuestarias conocidas como “enmienda Boland” para impidedir el envío de armas a la Contra con el fin de derrocar al régimen nicaragüense. Se hicieron varios esfuerzos para continuar el suministro de armas a la Contra, incluso a través de redes de financiación privadas, ignorando el narcotráfico de la Contra.

Pero el gobierno de Reagan casi implosiona cuando dirigentes clave fueron sorprendidos vendiendo armas a Irán y utilizando los ingresos para financiar los Contras en violación de la “enmienda Boland”. En el informe de Cheney, los proscritos no eran quienes habían armado la campaña terrorista de los Contras, sino el Congreso, que había tratado de limitar la guerra encubierta del gobierno de Reagan.

Cheney dejó el Congreso para servir como secretario de Defensa de Geoge H. W.Bush. En ese cargo, Cheney supervisó la invasión estadounidense de Panamá, completamente ilegal, violando tanto el derecho internacional como la Constitución de Estados Unidos. Mató a 3.500 panameños. El pretexto oficial era que Estados Unidos había acusado al dirigente de Panamá, Manuel Noriega, por tráfico de drogas e invadió el país para secuestrarlo y llevarlo a una sala de audiencias de Miami. Noriega era un antiguo sicario de la CIA. Y no era el único ex aliado estadounidense con el que Cheney tendría que luchar como secretario de defensa.

La Guerra de Irak

A lo largo de los años ochenta, Estados Unidos armó a Saddam Hussein contra Irán, incluso cuando utilizaba armas químicas. En 1990 Saddam volvió a la guerra con uno de sus vecinos, esta vez Kuwait. Hay evidencia que sugiere que erróneamente el dirigente irakí creía que Estados Unidos haría la vista gorda de la agresión. Pero Kuwait, a diferencia de Irán, era un aliado de Estados Unidos que, pasando por encima del Consejo de Seguridad de la ONU, lanzó una guerra contra Irak.

Estados Unidos fue mucho más allá de expulsar a Irak de Kuwait. Participó en un bombardeo masivo de Irak, claramente dirigido a la infraestructura civil. La ONU describió el bombardeo como “cercano al apocalipsis”. Con Irak incapaz de purificar el agua, procesar aguas residuales o regar cultivos, la ONU descubrió que el bombardeo había reducido el país a una “edad preindustrial”.

Durante la guerra, Estados Unidos lanzó dos bombas de “precisión” de dos mil libras en el refugio de Amiriyah. Este ataque contra un refugio aéreo civil sin uso militar causó la muerte de 408 civiles que se habían refugiado del bombardeo apocalíptico de su país. Cuando los soldados irakíes se retiraron de Kuwait, Estados Unidos los bombardeó en lo que se conoció como la “Carretera de la Muerte”. Las imágenes de humanos carbonizados se convirtieron en algunos de los más impactantes de la guerra. Como secretario de Defensa, Cheney fue responsable de estos crímenes.

Con una carrera tan ignominiosa como la de Cheney, es imposible no pasar por alto algunas atrocidades. Pero vale la pena mencionar un último momento durante su mandato como secretario de Defensa que se omite con demasiada frecuencia. Durante mucho tiempo acusaron a Estados Unidos de entrenar a los militares y escuadrones de la muerte latinoamericanos en tortura y otras violaciones de los derechos humanos. Las acusaciones provocaron una investigación oficial. Un informe clasificado, titulado como “Material Inapropiado en los Manuales de Entrenamiento de Inteligencia en Español”, confirmó que los materiales de adiestramiento de Estados Unidos instruyeron violaciones claras de la ley.

El informe fue entregado al secretario de Defensa, Cheney. Una copia obtenida por el Archivo de Seguridad Nacional contiene el sello “SECDEF HA VISTO”. No sería el último escándalo de tortura en el que jugaría un papel.

El hombre que dirigía el espectáculo

Después de su mandato como secretario de Defensa, Cheney pasó el resto de los años noventa fuera de los cargos públicos. Pero dos aspectos de su carrera durante este tiempo serían premonitorios. Se convirtió en director de Halliburton, una empresa de servicios petroleros que más tarde recibiría una serie de contratos relacionados con la Guerra de Irak cuando Cheney era vicepresidente.

También sería uno de los fundadores del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano. El grupo de expertos presionó por la promoción agresiva de la hegemonía estadounidense y la acumulación de fuerza militar. El Proyecto lamentaba que muchos de sus objetivos llevarían mucho tiempo lograrlos en “ausencia de algún evento catastrófico y catalizador, como un nuevo Pearl Harbor”. Mientras que el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano abogó por una visión agresiva de la política exterior de Estados Unidos, centró su atención en un país en particular: Irak.

Irak se convertiría en el foco central del gobierno de George W. Bush. Un mes después de que los manifestantes gritaran “Salve al ladrón”, arrojaron huevos contra la limusina de Bush, que expandió dramáticamente el bombardeo estadounidense de Irak. La escalada de la guerra aérea más larga de Estados Unidos desde Vietnam ocurrió dos años completos antes del inicio oficial de la guerra de Irak y siete meses antes de los ataques del 11 de septiembre.

El 11 de setiembre

Mientras Irak estaba claramente en la mira del gobierno de Bush, ocurrió el asesinato de casi tres mil estadounidenses el 11 de septiembre de 2001, lo que allanaría el camino para la guerra más grande y largamente buscada. Cheney jugó un papel importante. Había sido recuperado por Bush para ayudarlo a seleccionar a un compañero de carrera y terminó convirtiéndose en el candidato a la vicepresidencia. Después de unas elecciones que casi con seguridad fueron manipuladas, Bush y Cheney llegaron a la Casa Blanca rechazados por la mayoría de los estadounidenses en las urnas.

El 11 de setiembre Bush estaba en Florida para una sesión de fotos. Después de que un segundo avión golpeara el World Trade Center, fue llevado en el Air Force One. Con el comandante en jefe volando alrededor del espacio aéreo estadounidense, Cheney dio la orden de derribar el vuelo 93 de United Airlines, uno de los aviones secuestrados restantes. En el momento en que se dio la orden, los pasajeros ya se habían rebelado, tratando de tomar el avión de los secuestradores con la intención de usarlo como un arma. Como resultado de este heroísmo, el avión se estrelló, matando a todos a bordo, antes de que pudiera usarse para atacar a otro objetivo.

Si bien la orden de derribo de Cheney fue en última instancia innecesaria, es indicativo de su papel inusual en la guerra contra el terrorismo. Por lo general, el vicepresidente no toma tales decisiones militares. Pero después de los ataques, Cheney se convertiría en el vicepresidente más poderoso de la historia. Cheney usó ese poder para presionar en favor de la guerra contra Irak, que se basó en dos grandes mentiras, que Cheney promovió. Primero, que Irak poseía armas de destrucción masiva. En segundo lugar, que Irak estuvo involucrado en los ataques del 11 de septiembre. La segunda mentira fue particularmente absurda. El gobierno baasista de Saddam, aunque brutal, no tenía nada en común con los yihadistas de Al Qaeda, responsables de los ataques asesinos. Si algún gobierno había ayudado a Al Qaeda, era Arabia Saudí.

Sin embargo, Arabia Saudí era un aliado estadounidense principal y socio comercial de la familia Bush. Al mismo tiempo que se fabricaba evidencia sobre Irak, el gobierno de Bush estaba bloqueando cualquier investigación sobre el posible papel saudí.

La expansión del poder ejecutivo

La guerra de Irak se lanzó con una horrible campaña de bombardeos aéreos, conocida como “Shock and Awe”, y continuó con una ocupación sangrienta y prolongada. Pero Irak no fue el único crimen de Cheney después del 11 de septiembre. Cheney había adoptado durante mucho tiempo una teoría expansiva del poder ejecutivo. Y después del 11 de septiembre, explotó la tragedia para tratar de promulgar las teorías que había discutido durante mucho tiempo. Cheney fue fundamental para impulsar las afirmaciones de que, como comandante en jefe, el presidente de Estados Unidos podría detener a cualquier persona, incluidos los ciudadanos estadounidenses, sin ninguna autorización judicial. Apoyó un programa de la CIA de desapariciones forzadas y torturas que recuerdan el terror de Estado de las dictaduras fascistas o militares.

Además de tener el poder de la guerra para secuestrar y detener a cualquiera, Cheney también creía que la autoridad del comandante en jefe del ejecutivo le daba el poder de espiar a cualquiera. A raíz de Watergate y las revelaciones sobre el espionaje a Martin Luther King y otros militantes, hubo un intento serio de limitar la vigilancia de la seguridad nacional. Para lograr este fin, el Congreso aprobó la Ley de Vigilancia de Inteligencia Extranjera (FISA). La ley no defendía las libertades civiles; permitía a un tribunal secreto autorizar la escucha electrónica de los estadounidenses. Pero para Cheney y otros halcones de la seguridad nacional de línea dura, fue una afrenta intolerable colocar límites a la autoridad del presidente para llevar a cabo escuchas telefónicas de seguridad nacional.

Al mismo tiempo, el gobierno de Bush estaba haciendo que el Congreso enmendara la FISA para permitir una mayor vigilancia. En secreto estaban elaborando un programa de espionaje completamente fuera de la FISA. La FISA, cabe señalar, no era una mera sugerencia; creó prohibiciones penales de las escuchas telefónicas sin orden judicial. Este régimen de vigilancia penal fue apodado el Programa de Vigilancia del Presidente, pero podría haber sido el Programa de Vigilancia del Vicepresidente.

El programa fue una creación de Cheney, su jefe de personal, David Addington, y el director de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) Michael Hayden. La versión firmada por Bush fue redactada principalmente por Addington. Aunque el programa es infame por permitir que la NSA intercepte sin autorización a los estadounidenses comunicaciones en el extranjero, según lo diseñado por Addington, originalmente permitía la intervención de llamadas puramente domésticas. Incluso el halcón de la vigilancia Hayden pensó que eso era demasiado lejano y se negó a implementar esa parte. Se eliminó de las reautorizaciones posteriores.

A lo largo de los años, el programa se ha justificado de numerosas maneras mediante argumentos legales, pero la justificación inicial y más radical provino directamente del plan de Cheney. Las escuchas telefónicas se justificaban por el poder del presidente como comandante en jefe. El hecho de que la FISA las hubiera criminalizado era irrelevante; la verdadera violación de la ley fue el intento de la FISA de controlar al presidente. Esto reflejaba la lógica que Cheney esgrimió durante el caso Irán-Contra como miembro del Congreso.

Además de las guerras de agresión, los encarcelamientos indefinidos y las torturas, la “guerra contra el terrorismo” también normalizó los asesinatos. Técnicamente están prohibidos por decreto, aunque el decreto no define los asesinatos, y debido a un razonamiento jurídico enrevesado y a un juego de palabras, se ha vuelto redundante en la práctica, aunque sigue vigente en teoría. Esta medida refleja el programa de asesinatos de Israel, eufemísticamente denominado “asesinatos selectivos”, en parte para eludir las prohibiciones internacionales sobre las ejecuciones extrajudiciales.

Es difícil de imaginar hoy, pero antes del 11-S, el gobierno de Bush se opuso inicialmente a los asesinatos de dirigentes palestinos por parte de Israel. Hubo un disidente. Cheney rompió públicamente con la postura oficial del gobierno, respaldando los asesinatos israelíes. Durante la “guerra contra el terrorismo”, el gobierno de Bush, con la ayuda de la experiencia técnica y los argumentos legales israelíes, apoyó oficialmente los asesinatos selectivos. Ya fueran perpetrados por fuerzas especiales o drones mecanizados, los asesinatos se convertirían en el sello distintivo de la “guerra contra el terrorismo” eencabezada por Estados Unidos.

Cheney dejó tras de sí la carnicería y la muerte

La última aparición pública de Cheney fue quizás la más extraña. Surgió como un oponente de Trump y llegó a respaldar la fallida candidatura presidencial de Kamala Harris. En una de las maniobras más torpes en la historia de las elecciones, la campaña de Harris promocionó abiertamente el apoyo de Cheney y otros republicanos de la línea dura. Si bien la campaña de Harris tuvo dificultades para ganarse el apoyo de votantes clave debido a su negativa a romper con el apoyo de Biden al genocidio israelí, buscó superar a Trump en su postura agresiva.

La oposición de Cheney a Trump ha permitido a algunos tratar de rehabilitarlo de manera reprensiva como defensor de la democracia. Nada podría estar más lejos de la verdad. Cheney ascendió a vicepresidente como resultado de unas elecciones fraudulentas. Una vez en el poder, sus ataques a la democracia solo empeoraron. Explotando la tragedia del 11 de septiembre, rompió casi todas las normas democráticas para promulgar un régimen de políticas autoritarias y asesinas. No solo fue la figura más destructiva para la democracia estadounidense en el siglo XXI: dejó atrás la carnicería humana y la muerte en todo el mundo.

No solo es responsable de sus ataques a la democracia, sino que hay líneas sólidas entre él y Trump. La primera campaña de Trump estuvo marcada por llamamientos a la vigilancia de las mezquitas, el apoyo a la tortura, la escalada de las guerras aéreas en Oriente Medio y el asesinato de represalias de las familias “terroristas”. ¿Puede alguien argumentar seriamente que estas no son las extensiones lógicas de la guerra de Cheney contra el terrorismo?

En el segundo mandato de Trump, ha reclamado el derecho a bombardear países sin autorización del Congreso, ha etiquetado como “terroristas” a los opositores autóctonos para aprovechar el vasto aparato de vigilancia antiterrorista de la nación, ha llevado a cabo asesinatos de presuntos traficantes de drogas y claramente está buscando un cambio de régimen contra el gobierno de Venezuela. Estas son las políticas que Cheney pasó su vida defendiendo. Trump incluso logró el sueño a largo plazo de Cheney de bombardear Irán.

El mayor peligro de Trump para nuestra democracia proviene del poder ejecutivo descontrolado acumulado en el estado de seguridad nacional que Cheney pasó su vida construyendo. Según Cheney, el gobierno de Estados Unidos no solo podría detener a un ciudadano estadounidense sin una orden judicial, sino también sin recurrir a los tribunales o una posible intervención del Congreso. Al igual que Cheney, es casi seguro que Trump saliva ante la idea de llevar a cabo tales políticas.

Si bien es discutible el papel que jugaron las falsas posturas antibélicistas de Trump o la cinica manipulación del respaldo de Cheney a Harris en su victoria electoral del año pasado, no hay duda de que la victoria electoral de Barack Obama en 2008 fue en gran parte un rechazo a la guerra de Cheney contra las políticas terroristas. Sin embargo, a pesar de llevar esta indignación popular a la Casa Blanca, Obama cimentó y expandió muchas de estas políticas, incluida la vigilancia sin orden judicial de la NSA y los asesinatos mundiales.

Que los presidentes continúen las políticas más oscuras de Cheney habla quizás de su legado más preocupante: es en gran medida el mundo que Dick Cheney hizo que sigamos viviendo.

Chip Gibbons https://jacobin.com/2025/11/cheney-war-terror-iraq-trump

La fiscalía de Milán abre una investigación por los ‘safaris humanos’ de Sarajevo

La semana pasada la fiscalía de Milán abrió una investigación sobre los “safaris humanos” para multimillonarios organizados durante la Guerra de los Balcanes. Fueron verdaderas excursiones turísticas para francotiradores aficionados. Algunos adinerados pagaron grandes sumas de dinero por disparar contra la población civil en Sarajevo desde las colinas circundantes (1).

La fiscalía belga podría abrir otra causa criminal, según el ex juez Chris Van den Wyngaert.

La investigación italiana se abre tras una denuncia presentada por el periodista y escritor Ezio Gavazzeni, quien investigó los hechos.

Varios ciudadanos italianos viajaron en los noventa a la capital bosnia durante el asedio para unirse a unidades de francotiradores serbios y disparar contra civiles para entretenerse. Los multimillonarios pagaban entre 80.000 y 100.000 euros por participar en las cacerías.

Las expediciones fueron organizadas por la CIA a través de un agente local, Jovica Stanisic, infiltrado en el espionaje serbio (2). Según el diario La Repubblica, no se trataba de soldados, sino de “turistas de guerra de extrema derecha”.

El juez Van den Wyngaert, que durante años ejerció como juez del Tribunal Penal Internacional y del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, dijo que nunca estuvo al tanto de tales prácticas durante su mandato. “Pasé siete años en el Tribunal y nunca había oído hablar de él hasta ahora. Los rumores circulan desde hace mucho tiempo, pero aún no se han encontrado pruebas”, añadió.

Van den Wyngaert subrayó que si los belgas estuvieran involucrados en los crímenes, no podrían ser juzgados por el Tribunal Penal Internacional, ya que todavía no existía en ese momento. Sin embargo, la fiscalía belga aún podría abrir su propia investigación.

Siendo los presuntos autores civiles, los actos no estarían comprendidos en el derecho de la guerra. “Si se trata de asesinatos, los delitos pueden prescribir, pero también pueden considerarse crímenes de lesa humanidad, y esos no han prescrito”, explicó.

Traidor, criminal de guerra y agente de la CIA

En los años noventa, el organizador de las cacerías, Stanisic, era el jefe de la Dirección de Seguridad del Estado (SDB) de Serbia y fue condenado en 2023 a 15 años de prisión por los crímenes cometidos en siete municipios de Bosnia-Herzegovina.

Es el ejemplo perfecto de traidor y agente doble. Era el principal contacto de la CIA en Belgrado. Compartió información sobre el funcionamiento interno del gobierno de Milosevic y ayudó a que la central estableciera una red de bases secretas en Bosnia (3).

Aunque ya era ampliamente conocido, en 2021 la CIA reconoció el papel de infiltrado de Stanisic ante el Tribunal de La Haya para evitar que fuera condenado como criminal de guerra. No lo lograron, aunque su condena se redujo de cadena perpetua a 15 años de cárcel.

El juicio contra Stanisic fue el más largo en la historia del Tribunal. Se prolongó durante 18 años. En una de sus sesiones el abogado repitió que Stanisic no pertenecía a una organización criminal sino a la CIA.

Durante el asedio de Sarajevo, que duró tres años y medio, las fuerzas serbias cometieron numerosos crímenes, pero también las bosnias de Alija Izetbegovic, que dispararon indiscriminadamente contra los habitantes de los barrios serbios de la ciudad, sin que jamás se haya hablado de ello.

Al final de la guerra, más de 100.000 personas habían muerto y unos dos millones se habían visto obligados a huir de sus hogares. Sólo en la capital murieron más de 11.500 civiles, entre ellos 1.601 niños.

En marzo el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, prometió su apoyo “inquebrantable” a la integridad territorial de Bosnia (4). Es el precio a pagar por las masacres de los años noventa.

(1) https://www.telegraph.co.uk/world-news/2025/11/11/italy-investigation-siege-of-sarajevo-bosnian-war/
(2) https://mondo.rs/Info/Drustvo/a1459315/jovica-stanisic-agent-cia-ratni-zlocini-sudjenje-haski-tribunal.html
(3) https://www.latimes.com/archives/la-xpm-2009-mar-01-fg-serbia-spy-cia1-story.html
(4) https://apnews.com/article/bosnia-nato-separatist-serbs-dodik-rutte-b1e5aff3cd0237715aff787eaf0f9ccf

Una proeza de la ingeniería soviética: los submarinos de titanio

La Guerra Fría también llegó a las profundidades de los océanos, donde una parte significativa de la disuasión nuclear se lograba mediante submarinos. Pero hubo diferencias. Mientras el ejército estadounidense siguió construyendo submarinos de acero, Moscú, fiel a su tradición de ingeniería de vanguardia, tomó otro camino: diseñar sus propios submarinos utilizando el titanio, un material que ninguna otro país se había atrevido a emplear.

En comparación con el acero, el titanio presenta ventajas significativas: es mucho más ligero, resistente a la corrosión del agua de mar altamente salina y no magnético. Por lo tanto, los submarinos rusos (la clase Alfa y sus sucesores, la clase Sierra) eran indetectables para el sonar occidental. Perfectos para aproximarse sigilosamente a las costas enemigas, podían alcanzar profundidades de hasta mil metros, inaccesible para los torpedos adversarios.

La joya de la corona fue la Clase Alfa. Introducidos en los años setenta, los Alfa estaban diseñados para destruir portaaviones. Su casco albergaba un reactor de plomo-bismuto que les permitía alcanzar velocidades submarinas de más de 76 kilómetros por hora. Eran increíblemente rápidos, profundos y maniobrables. Para la OTAN, un Alfa era una pesadilla: podía evadir un ataque, sumergirse a profundidades seguras y contraatacar con una velocidad devastadora.

La ingeniería soviética forzó a la Marina estadounidense a desarrollar nuevas armas antisubmarinas, como el torpedo Mark 48.

Los submarinos de titanio soviéticos formaban parte integral del arsenal nuclear de la URSS. La mayor parte de ellos tenían armas nucleares tácticas. Estaban diseñados para llevar torpedos con cabezas nucleares. El objetivo no era un ataque estratégico a tierra, sino batallas navales. Un torpedo nuclear, detonado cerca de un grupo de portaaviones estadounidense, podría destruir múltiples barcos de una vez, una misión perfecta para un cazador veloz y profundo como los de la clase Alfa.

Algunas clases más grandes y especializadas de submarinos de titanio estaban armadas con misiles de crucero con carga nuclear para ataques a tierra. El ejemplo más notable es el de clase Papa (Proyecto 661 Anchar), el primer submarino de titanio, apodado “El Pez de Oro”, un submarino experimental armado con 10 misiles de crucero P-70 Ametist, cada uno de los cuales podía llevar una ojiva nuclear convencional o una nuclear.

Pero el titanio no es un material fácil de trabajar. Solo se funde a temperaturas muy altas (1668°C, en comparación con los aproximadamente 1370°C del acero) y se oxida inmediatamente al contacto con el oxígeno.

La fabricación de los cascos requería talleres completamente herméticos para su soldadura, una infraestructura excepcional, fábricas presurizadas y personal altamente cualificado. Su soldadura requería atmósferas controladas de argón y el proceso de construcción era lento y complejo.

La URSS lenvantó talleres completamente herméticos en Severodvinsk, diseñados específicamente para soldar titanio. Eran los únicos en el mundo capaces de fabricar cascos de submarinos con dicho material.

Estados Unidos, por su parte, nunca se atrevió a dar el paso. Si bien la Armada estadounidense evaluó el titanio a finales de la década de los sesenta, lo consideraron demasiado caro y complejo de trabajar. Los ingenieros estadounidenses, por lo tanto, prefirieron seguir utilizando cascos de acero de alta resistencia, que eran más sencillos de producir y mantener.

El otro gran problema del titanio es que es prácticamente imposible de reparar. Aunque soporta mejor las altas presiones, una simple grieta en el casco bastaba para enviar el submarino de vuelta a la fábrica. En tiempos de guerra, esto era un lujo que el Pentágono no podía permitirse.

Rusia fabricó todos sus submarinos en titanio hasta principios de los noventa, justo antes del colapso de la Unión Soviética, que puso fin al programa. Hoy en día, ningún submarino ruso se construye en titanio. Las clases Yasen, Borei y Lada, que conforman el núcleo de la flota actual del país, fueron diseñadas en acero de alta resistencia.

La era de los submarinos de titanio parece haber terminado, pero la URSS fue el único páis capaz de construirlos, buscando defenderse de Estados Unidos mediante el avance tecnológico.

El submarino nuclear K-278 Komsomolets

El submarino nuclear K-278 Komsomolets no era uno cualquiera; era la única unidad de la clase Mike, una maravilla tecnológica soviética con un casco de titanio que le permitía alcanzar profundidades récord. Se impulsaba mediante un reactor nuclear y portaba dos torpedos con cabezas nucleares.

Se hundió en el Mar de Noruega en 1989 debido a un incendio que se inició en un compartimiento de la popa y que, tras provocar una cadena de fallos, hizo imposible salvar la nave.

Mientras navegaba sumergido a unos 335 metros de profundidad, un cortocircuito en la sala de mandos auxiliar de popa provocó un incendio. Las llamas, alimentadas por el sistema de aire comprimido y posiblemente por fluidos hidráulicos inflamables, se propagaron rápidamente a través de las penetraciones de los cables.

El fuego causó múltiples fallos eléctricos y el reactor nuclear se apagó automáticamente, lo que dejó al submarino sin propulsión. La tripulación realizó una emergencia de soplado de los tanques de lastre, logrando que el submarino emergiera 11 minutos después de iniciado el incendio. Se enviaron señales de socorro y la mayoría de la tripulación pudo abandonar la nave.

El incendio continuó alimentándose del aire comprimido y causó daños estructurales irreparables. Aproximadamente cinco horas después de haber salido a la superficie, el Komsomolets se hundió en las aguas del Mar de Barents, a una profundidad de 1.680 metros.

Ahora yace en el lecho marino.

‘La venganza debe ser equivalente a la matanza’ (el plan para asesinar a seis millones de alemanes)

Tras la Segunda Guerra Mundial, la OTAN impulsó el terrorismo en Europa a través de las redes Gladio. Pero ninguno de los planes criminales de Gladio llegó a la altura de Nakam, un grupo creado después de la guerra por el lituano Abba Kovner, un sionista superviviente del gueto de Vilna. En la foto de portada aparece junto a su compañera Vitka Kempner.

La palabra Nakam deriva de Nokmim, que significa “venganza” en hebreo. El colectivo, integrado por unos 50 miembros, principalmente jóvenes de Europa oriental, nació en la primavera de 1945 en Bucarest, donde Kovner y otros sionistas decidieron buscar venganza ante la decepción por los juicios de la posguerra contra los criminales de guerra nazis.

Los sionistas querían organizar su propio “holocausto”. Ojo por ojo y diente por diente. La venganza sionista debía ser equivalente a la matanza. Si los alemanes habían matado a seis millones de judíos, había que matar a seis millones de alemanes, aunque no hubieran sido nazis. El castigo debía ser colectivo e indiscriminado.

El “Plan A“ de Kovner pretendía envenenar el suministro de agua de las principales ciudades alemanas: Munich, Berlín, Weimar, Nuremberg y Hamburgo. Los comandos planeaban infiltrarse en las plantas de tratamiento de agua e introducir contaminantes letales sin previo aviso, asegurando así un impacto masivo en la población alemana.

Kovner recibió la aprobación para la operación de Chaim Weizmann, dirigente sionista, bioquímico y futuro primer presidente de Israel. Logró obtener el veneno de Ephraim Katzir, otro químico y también futuro presidente israelí.

El plan fracasó en 1946 cuando Kovner fue detenido en alta mar mientras se dirigía a Europa, después de arrojar por la borda 1,5 kilos de trióxido de arsénico. Le encarcelaron en El Cairo.

Los terroristas pasaron al “Plan B”: infiltrarse en un campo de prisioneros de guerra alemán cerca de Nuremberg para envenenar el pan con arsénico. Unos diez miembros de Nakam, utilizando identidades falsas como trabajadores de una panadería, se infiltraron en una instalación estadounidense que suministraba pan al Stalag XIII-D, un campo que albergaba entre 12.000 y 15.000 prisioneros de guerra alemanes.

Los terroristas contaminaron unos 3.000 panes mezclándolos con trióxido de arsénico obtenido de fuentes locales, añadiendo el veneno durante la preparación de la masa para asegurar una distribución uniforme. El pan envenenado se distribuyó entre los prisioneros durante varios días. Los informes del ejército de Estados Unidos documentaron alrededor de 200 fallecimientos y hasta 2300 casos de enfermedad entre los receptores, muchos de los cuales se mitigaron gracias a la intervención médica con fluidos intravenosos y antídotos.

Varios de los terroristas de Nakam, incluidos los de la célula de Núremberg, fueron detenidos brevemente por las autoridades aliadas, pero los soltaron sin cargos. El atentado permaneció en secreto hasta su desclasificación en la década de los ochenta del pasado siglo.

Detenido en un campo de internamiento británico en Egipto hasta mediados de 1946, Kovner se enteró del éxito parcial de la operación tras su liberación. Entonces se trasladó a Palestina, donde colaboró con el movimiento Berihah para trasladar a 100.000 colonos judíos de Europa oriental, lo que vulneraba las cuotas de inmigración británicas impuestas por el Libro Blanco de 1939, que restringía la emigración judía.

En 1946 el terrorista se integró en el Yishuv y luego en la Haganah, el grupo que estaba apoyado por los colonialistas británicos en Palestina. Luego llegó a ser capitán del ejército israelí, participando en la guerra contra los países árabes de 1948.

Así es como se forjó un nuevo Estado en Oriente Medio, reclutando sus tropas entre los peores terroristas europeos.

El mito ‘judeo-bolchevique’

La expresión “judeo-bolchevique” se acuñó durante la Revolución de 1917, recuperando doctrinas reaccionarias anteriores que acusaban a los judíos de ser la causa de las movlizaciones sociales. La Revolución de Octubre había sido un golpe de Estado obra del judaísmo, dos corrientes que compartían el mismo sesgo internacionalista. Por el contrario, los reaccionarios presumían de patrioterismo.

Tras la revolución bolchevique la reacción política adoptó formas fascistas que presumían de resumir el verdadero “espíritu nacional” que, por lo demás, asimila la religión dominante y desconfía de las demás por ser “extranjeras”. En la España franquista esta amalgama se autodenominó “nacional-catolicismo”. Los judíos no eran “nacionales” y los ateos tampoco.

Tras la correspondiente metamorfosis la mitología sigue activa en la actualidad. En los viejos imperios feudales, la dominación política no era diferente de la religiosa y se fundamentaba en el principio “Cuius regio eius religio”: la religión de un país la impone el emperador. De ahi surgen expresiones como el “Sacro imperio Romano Germánico”, que expresaban la confesionalidad del Estado. En el feudalismo la política nunca estuvo separada de la religión. En un cierto territorio la población tenía una misma religión, que proporcionaba su identidad, y el rey era quien decidía esa religión. Las demás quedaban fuera y con ellas debían marcharse los que profesaban otro tipo de religiones, que es a política seguida por los “Reyes Católicos” al expulsar a los judios y los musulmanes, además de los gitanos, que tampoco eran considerados como autóctonos.

Lo mismo ocurrió en el Imperio ruso, donde se produjeron olas de pogromos o persecuciones contra los judíos entre 1881 y 1884 tras el asesinato del zar Alejandro II, del que fueron acusados, aunque en realidad el magnicidio fue cometido por los eseristas o socialistas revolucionarios (populistas, Narodnaya Volya). Sin embargo, daba lo mismo porque los marxistas empezaban a ser asociados al judaísmo, como el propio Marx.

Las brutales persecuciones no fueron espontáneas, sino que las fabricaron y divulgaron los dirigentes zaristas y el servicio secreto (Ojrana), con la siempre inestimable colaboración de la prensa.

Tras el atentado, los elementos más reaccionarios del zarismo intentaron impedir cualquier reforma política y, ese contexto, entre 1897 y 1901, Matvei Golovinsky, un agente del servicio secreto ruso, escribió el folleto de propaganda antisemita más famoso: Los Protocolos de los Sabios de Sión. La obra coincide del Primer Congreso Sionista en Basilea en 1897.

El texto plagia en gran medida un documento francés, el “Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu”, de Maurice Joly, un panfleto satírico y antimonárquico de 1864 que describía un plan ficticio de dominación mundial de Napoleón III. También incorpora una serie de otros panfletos antisemitas, y sus capítulos son reproducidos por el periódico reaccionario ruso Znamya, que en 1905 se reagruparon de nuevo bajo el nombre de “Centurias Negras”.

Estos movimientos se producen en el contexto del caso Dreyfus en Francia que recupera los ancestrales prejuicios de la población europea contra los judíos, sugiriendo que los revolucionarios forman parte de una “conspiración judía internacional”. La derrota de Rusia en la guerra ruso-japonesa de 1905 fue utilizada por el zarismoo para tapar su decadencia: la derrota era consecuencia de un sabotaje interno, lo que desató una segunda ola de pogromos.

En el contexto de esta oleada, las poblaciones de religión judías insistieron con más razón en los cambios políticos, participando en la Revolución rusa de 1905 y en la lucha por la independencia de Polonia. Los judíos pasaron a formar parte de los principales movimientos políticos y sociales de Europea oriental, así como de los sindicatos, las cooperativas y la prensa.

La Revolución de Octubre

Tras la Revolución de 1917, Lenin proclamó los fundamentos de la política soviética de protección de los judíos y las minorías religiosas. Los judíos no son los enemigos de los trabajadores, sino todo lo contrario: en contra de una leyenda ampliamente difundida, la mayor parte de los judíos son trabajadores. “Son nuestros hermanos, que, como nosotros, están oprimidos por el capital; son nuestros camaradas en la lucha por el socialismo”, escribió en 1919.

Asi se forjó la asociación “judeo-bolchevique” entre lo más negro de la reacción política occidental. El partido bolchevique estaba dirigido por judíos. En Reino Unido Churchill publicó un artículo en 1920 titulado “Sionismo vs. Bolchevismo” en el que deliraba sobre una “conspiración mundial para derrocar la civilización”, encabezada en Rusia por “terroristas judíos”.

La solución, decía Churchill, era el sionismo, que “en oposición al comunismo internacional, presenta al judío una idea nacional imponente“. Este “movimiento inspirador” está “en armonía con los verdaderos intereses del Imperio Británico”. Instaba a todos los judíos a unirse a aquel movimiento político.

En Estados Unidos el magnate Henry Ford reimprimió los Procolos de Sión en su periódico entre 1920 y 1922. Sus artículos se recopilaron en cuatro folletos titulados “El judío internacional”, de los que se distribuyeron cientos de miles de ejemplares. En Alemania, tuvieron un profundo impacto en el naciente movimiento nazi, hasta el punto de que Hitler citó a Ford como inspiración en Mein Kampf. Fue Alfred Rosenberg, un germanobáltico que huyó de Rusia en 1918, quien introdujo la noción de judeobolchevismo a Hitler, convirtiéndose posteriormente en el teórico más importante de los nazis.

La combinación de antisemitismo y anticomunismo se convertiría en el pilar ideológico de la reacción europea. En la posguerra, a pesar de la derrota fascista, el mito judeo-bolchevique siguió vigente. En Estados Unidos el senador McCarthy asimiló a los judíos con los comunistas. Hoover, el director del FBI de 1924 a 1972, también fue antisemita.

Entonces un gran número de criminales de guerra nazis (Reinhard Gehlen, Klaus Barbie, Otto von Bolschwing) fueran reclutados por los servicios de inteligencia estadounidenses para la guerra contra el comunismo, a pesar de su responsabilidad directa en las matanzas de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el concepto de judeo-bolchevismo quedó en un segundo plano, como seña de identidad de los fascistas y tuvo que reciclarse a sí misma.

Reapareció bajo las formas del colonialismo, el racismo y la xenofobia. La inmigración árabe y africana estaría orquestada por “los judíos mundialistas” y los grupos de presión. La reacción invoca regularmente “el gran reemplazo”, organizado por los “marxistas”.

La expresión ha evolucionado tanto que, en su defensa de Palestina, los progresistas se han convertido en su contrario: ahora son antisemitas porque defienden la causa palestina.

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