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Categoría: Guerra psicológica (página 45 de 45)

El imperialismo sigue lanzado por la vía de la provocación

El éxito cosechado por Charlie Hebdo ha creado escuela. Una revista sin gracia alguna que estaba a punto de cerrar, ha sido relanzada a los cuatro vientos con siete millones de ventas en la edición de la semana pasada y dinero sin límite para seguir con más de lo mismo: la provocación.

Al imperialismo le ha dado por los chistes. Ahora le toca el turno a otra revista, Fluido Glacial, que también hace gala de muy malos humores hacia el “peligro amarillo”, como se titula su última portada, en la que aparece un francés con traje tirando de una bici-taxi en la que van cómodamente sentados un chino junto a una rubia.

Los imperialistas de traje y corbata han nacido para dominar, para sentarse y que sean los “amarillos” los que tengan que sudar empujando la bici.

El diario Global Times, una marca británica del monopolio chino de prensa Renmin Ribao, ha protestado en un editorial calificando la caricatura de “indecencia”, por lo que hay que esperar reacciones por parte del gobierno chino, que no tiene el mismo sentido del humor que los imperialistas franceses y al que este tipo de “indecencias” no le gustan nada. “No todos tienen buen carácter”, avisa el Global Times.

Los chinos tratan de calmarse. En otro editorial el diario chino Huanqiu Shibao minimiza la ofensa. Concede la palabra a Hu Ronghua, subdirector del Centro de Investigaciones sobre cuestiones europeas de la Universidad de Fudan, en Shanghai: “Esta representación de los chinos considerados como el ‘peligro amarillo’ es muy desagradable, pero no representa el punto de vista de los franceses”. El profesor universitario confía en que los chinos reaccionen con calma a esta nueva provocación.

La postura de Huanqiu Shibao, un diario nacionalista muy agresivo, es un indicio de que por esta vez al menos China quiere reconducir el ataque por las vías subterráneas y diplomáticas que acostumbra. Veremos lo que les dura su proverbial paciencia.

Tintín en el país de los soviets

El autor de la serie de ilustraciones juveniles Tintín, Georges Prosper Remi, alias Hergé, nació en Bruselas en una familia burguesa católica ultramontana. En 1918 se afilió al movimiento reaccionario scout.

Empezó a publicar sus primeras historietas en la revista “Le Boy-Scout Belge”. En vísperas de las elecciones de 1929 realizó una historieta de una página para el diario reaccionario “Le Sifflet”, propiedad del Partido Católico, donde simbolizaba al socialismo en la figura de Émile Vandervelde, presidente del Partido Obrero Belga, en la que aparecía realizando equilibrismos andando sobre una cuerda que le lleva a una bolsa de dinero mientras saluda a la izquierda y a la derecha, así como a los capitalistas y la iglesia.

Durante la ocupación nazi de Bélgica, Hergé se incorporó a un diario colaboracionista, “Le Soir”, controlado por los ocupantes nazis, financiado por el gobierno belga y dirigido por un fascista reconocido y seguidor de Mussolini, Raymond De Becker, con el que Hergé trabó amistad en 1929 al comenzar a colaborar en “L’Effort”, y al que ya había ilustrado algunos de sus libros, además de haber trabajado para otro periódico suyo, “L’Ouest”.

Su trabajo más conocido fue en “Le XXème Siècle, diario católico nacional de doctrina e información” dirigido por el padre Norbert Wallez, otro fascista admirador de Mussolini. Por encargo del cura, Hergé puso en marcha el suplemento infantil del periódico, “Le Petit Vingtième”, que apareció el 1 de noviembre de 1928.

En el diario el dibujante se hizo amigo de Léon Degrelle, creador y dirigente del partido fascista belga (rexista), para quien diseño las portadas e ilustró varios de sus libros.

La publicación de Las Aventuras de Tíntin se inició en 1929 con un viaje al país de los soviets por órdenes de Wallez para contrarrestar el apoyo masivo que el comunismo estaba adquiriendo entre la clase obrera de Bélgica.

Con un aire infensivo, el proyecto Tintín trataba de lavar el cerebro de los niños desde su infancia. El cura quiso empezar denunciando las atrocidades de los bolcheviques con unos dibujos que entonces eran sólo en blanco y negro.

Tintín representa a un reportero del propio periódico al que, durante su viaje en el tren, le explota una bomba colocada por un agente ruso del servicio secreto. A Tintín le acusan del atentado terrorista y le envían a prisión, pero consigue escabullirse y, después de muchas peripecias, llega a Moscú. Mientras los bolcheviques muestran a la prensa extranjera una imagen idealizada del país, la realidad es muy distinta. Tintín descubre horrorizado que los soviets:

— obligan a la gente a votar apuntándoles con armas
— las fábricas más productivas son en realidad edificios vacíos empleados para engañar a los visitantes
— los soviets solamente dan de comer a los jóvenes si aceptan llamarse comunistas
— la población tiene hambre porque los alimentos se envían al exterior para su utilización propagandística por parte de los malvados comunistas

Rusia es el país del cuchillo entre los dientes, de las iglesias o sinagogas convertidas en establos o almacenes y, sobre todo, de la GPU, una policía secreta sanguinaria y omnipresente.

Cuando el gobierno soviético se dispone a robar alimentos en las granjas, Tintín se pone del lado de los campesinos y les avisa del avance de las hordas rojas. Los ogros de la GPU le detienen pero consigue escapar de nuevo y en su marcha por las desiertas y gélidas estepas encuentra el escondite secreto que oculta las riquezas que Lenin y Stalin habían robado al pueblo ruso (incluyendo un copioso almacén de trigo).

Sabedor del secreto, Tintín logra llegar hasta Berlín donde vuelve a encontrarse con agentes soviéticos, de los que escapa para regresar a Bruselas donde una multitud enfervorecida lo espera aclamándolo.

El gran éxito que tuvieron las entregas semanales de “Tintín en el país de los soviets” y las grandes posibilidades propagandísticas y económicas de estas publicaciones llevaron al cura Wallez a encargar a Hergé una nueva aventura, esta vez en el Congo “belga”. Entonces al anticomunismo se le sumó el racismo, la apología del colonialismo y de los crímenes cometidos por el rey Lepoldo II en el país africano.

El fascista Hergé murió en 1983, pero los ecos de su lavado de cerebro no acabaron entonces. En 2011 el diario oficial del Vaticano, “L’Osservatore Romano”, calificó a Tintín como “Un héroe católico”.

En 2007 un ciudadano congoleño, Bienvenu Mbutu, inició un proceso legal para que la segunda entrega de Hergé sobre el viaje de Tintín al Congo fuera catalogado como racista, algo que los tribunales belgas rechazaron. Pero la cosa no quedó ahí: los tribunales denegaron incluso que en las ediciones se pusiera una advertencia a los lectores sobre el contenido racista de la ilustración.

Una verdadera basura ideológica aprobada por los tribunales belgas. Cuando alguien pregunta por qué tanta gente es anticomunista o por qué defiende el racismo, aquí puede encontrar alguna de las muchas explicaciones: porque desde su infancia han sido adoctrinados en el fascismo más brutal vestido con los ropajes más inocentes, bajo la excusa del entretenimiento y de unas aventuras divertidas. Pero no hacen ninguna gracia.

La táctica imperialista de la provocación

Para desatar una guerra contra España, en 1898 la marina de Estados Unidos hundió el acorazado USS Maine en el puerto de La Habana, matando a 260 de sus propios soldados, de los que sólo dos eran oficiales. La prensa gringa desató la correspondiente campaña sensacionalista “exigiendo” al gobierno la entrada en la guerra.

Para justificar el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial, en 1939 un grupo de soldados hitlerianos vestidos con uniforme polaco asaltaron una estación de radio desde la que emitieron un mensaje antialemán en polaco para justificar así la posterior invasión.

Para justificar su entrada en la Segunda Guerra Mundial, en 1941 Estados Unidos permitió que Japón atacara la base naval de Pearl Harbour y matara a 2.300 soldados de sus propias tropas. Previamente habían sacado del puerto a los portaviones para que no sufrieran daños.

Para justificar un ataque contra Cuba, en 1960 el Pentágono aprobó la Operación Northwoods para desencadenar actos de terrorismo en suelo estadounidense capaces de conmover a la opinión pública para que diera su apoyo a la agresión. El plan incluía población civil estadounidense acribillada a tiros en las calles, navíos con refugiados de Cuba hundidos en alta mar, personas acusadas de atentados que no cometieron y el secuestro de aviones comerciales. Uno de los planes era un accidente en el que un avión cubano atacaba y derribaba a un avión lleno de estudiantes universitarios norteamericanos. Kennedy rechazó el plan, por lo que sumó puntos para ser asesinado.

Para justificar la agresión contra Vietnam, en 1964 Estados Unidos simuló un ataque contra el destructor USS Maddox en el Golfo de Tonkín ampliamente divulgado por la prensa de todo el mundo. Medio siglo después se desclasificaron los documentos confidenciales en los que se detallaba la preparación del simulacro.

Para justificar el golpe de Estado en Indonesia, en 1965 la CIA y el ejército local inventaron otro golpe de Estado previo dirigido por el Partido Comunista. Los comunistas no fueron los victimarios sino las víctimas: un millón de ellos fueron asesinados.

Para justificar el golpe de Estado de Pinochet, en 1973 la CIA y los fascistas chilenos inventaron el Plan Zeta por el que el gobierno de Allende se disponía a dar un autogolpe de Estado. En 1999 los archivos desclasificados de la CIA demostraron que tal Plan jamás existió y que su divulgación a los medios fue una operación de guerra psicológica.

Para justificar el rearme de los talibanes en Afganistán y Pakistán, en 1979 la CIA esparció a través de los medios la infamia de una supuesta ‘invasión’ de Afganistán por el ejército soviético. La URSS fue el primer país del mundo en firmar en 1923 un tratado por el que se reconocía a Afganistán en un plano de igualdad y su ejército siempre estuvo presente allá a petición del propio gobierno porque, al formar parte de los no alineados, no recibía ayuda militar de Estados Unidos.

Para justificar la agresión a Irak, en 1990 una supuesta enfermera de Kuwait compareció ante el Congreso (y la prensa) estadounidense para denunciar, en medio de un mar de lágrimas, que el ejército iraquí había entrado en su hospital, sacando a los niños de las incubadoras para arrojarlos al suelo y dejarlos morir allí. En todo el mundo se desató una ola de indignación. La enfermera no vivía en Kuwait en el momento de los hechos. Era hija del embajador de Kuwait en Washington y pertenecía a la familia real kuwaití.

Para justificar los bombardeos sobre Yugoslavia y la Guerra de Kosovo, en 1999 la OTAN inventó la masacre de Raçak en la cual la policía había asesinado a 46 civiles. Era mentira. De ellos 37 eran mercenarios kosovares de la UÇK que tenían restos de pólvora en las manos, es decir, que habían disparado armas de fuego, y todos los cadáveres habían recibido los disparos a distancia, esto es, en combate.

A partir de 1980 la CIA financió de manera encubierta la contrarrevolución en Nicaragua y otros países latinoamericanos con la venta masiva de drogas en Los Ángeles y otras ciudades de Estados Unidos, para lo cual apoyó a los cárteles colombianos de la cocaína y sembró Afganistán de opio.

Para justificar la invasión de Afganistán, en 2001 Estados Unidos simuló un ataque de varios aviones comerciales dirigidos por fundamentalistas árabes contra tres edificios en Nueva York, así como contra el Pentágono, en los que miles de sus propios ciudadanos fueron asesinados.

Para justificar la invasión de Irak, en 2003 el general Colin Powell presentó en la ONU las “pruebas” del programa de armas de destrucción masiva de Irak, acusando a Sadam Hussein de comprar uranio en Níger y albergar a terroristas de Al Qaeda. Absolutamente todo era falso.

Para justificar una agresión contra Siria, los imperialistas atacaron la ciudad siria de Ghuta con armas químicas, asesinando a 1.300 personas. Las ONU calificó los hechos como un “crimen de guerra” que la prensa mundial, Human Rights Watch, las ONG, los “defensores de los derechos humanos” y los pacifistas aprovecharon para desencadenar la correspondiente campaña de intoxicación responsabilizando al gobierno de Siria. Las propias milicias opositoras confesaron luego a la agencia Associated Press que ellos eran los responsables del crimen, aunque lo atribuyeron a un accidente. También reconocieron que las armas procedían de Arabia saudí.

La telaraña desinformativa de la CIA

Los espías de la CIA se han enfadado mucho al enterarse de que están perdiendo la guerra de la propaganda. El canal internacional de noticias de 24 horas de Russia Today ha superado a la CNN en visionados en YouTube. El canal ruso llega a unos 100 países con una audiencia potencial de 644 millones de personas. En Reino Unido es la tercera cadena extranjera de mayor audiencia, con 2,5 millones de espectadores, solo después de la BBC Sky News.

A veces no se tiene en cuenta que la CIA no sólo quiere obtener información sino que quiere difundir información, y lo que es más importante: quiere ser la única fuente de información. Es un órgano de propaganda porque la propaganda forma parte de la guerra y la CIA es un instrumento de guerra. La central de espionaje nació en 1948 como una agencia de intoxicación y (des)información durante la guerra fría contra la URSS, y esa ha sido siempre su tarea primordial. En todo el mundo es la CIA la que crea opinión, así como el lenguaje, las palabras, las fotos e incluso los gestos que la acompañan. Cuando escuchas a un periodista o lees el artículo de un “experto” (normalmente un profesor universitario) sobre asuntos tales como la URSS antiguamente o el terrorismo hoy, no te quepa duda: habla la CIA.

Por eso la diferencia entre un periodista y un espía (o un policía) es cada vez menor. Los periodistas informan a los espías (o a los policías) y los espías (o los policías) informan a los periodistas. No hay más que encender la tele para observar que los espías, policías, guardias civiles e incluso la policía local no sólo se dedican a buscar información, que es su trabajo, sino a crear (des)información. Cada vez más. La policía española está al nivel de Belén Esteban, Paquirrín y Jesulín de Ubrique. Ellos saturan la pantalla de noticias; son la fuente de la que manan las noticias.

El enfado de la CIA les ha lanzado a la desesperada a tratar de desmontar el andamiaje propagandístico de los rusos fuera de Rusia, aunque no dicen nada del suyo. Esa parte se la callan. También se callan que el mundo está harto de 70 años de embustes y mentiras de sus sicarios (periodistas, profesores universitarios, tertulianos, columnistas), por lo que buscan otras fuentes de información, que es la base de una opinión libre.

Gracias a la CIA nos hemos enterado de que Russia Today tiene 2.500 periodistas en su nómina y que, además, sus emisiones han convertido a Putin en un tipo “muy popular”, con porcentajes que alcanzan ya al 87 por ciento de los espectadores, algo que contrasta poderosamente con el descrédito de la totalidad de los políticos en Estados Unidos y en toda la Unión Europea.

Desde 1948 nadie ha hecho más por la (des)información que la CIA: por la novela, la pintura, el teatro, la historia, la sociología, el cine… Ha creado periódicos, radios, agencias de corresponsales, editoriales, bibliotecas, universidades… una infatigable labor esparcida por todo el mundo que llega hasta la actualidad: desde hace 70 años seguimos respirando los malos humos de la CIA.

Para desestabilizar, crear descontento social y dar el golpe de Estado en Irán en 1953, una de sus primeras faenas, la CIA entregó sistemáticamente noticias y fotos a la prensa iraní, publicó cuatro libros de lujo sobre temas históricos, políticos o de ficción, con una tirada de diez mil ejemplares cada uno, fundó una revista mensual en farsí destinada a campesinos y personas de bajo nivel cultural, creó 20 bibliotecas móviles e inundó de libros las ya existentes, envió sistemáticamente revistas como Time, Life, Newsweek y Reader’s Digest a los consejos de redacción, a intelectuales, a escritores…

Tras la Operación Mockingbird la CIA puso a todos los medios de comunicación de Estados Unidos a su servicio. Los artífices de aquel Operativo fueron Allen Dulles (creador de la CIA), Richard Helms (periodista y director de la CIA), Philip Graham (editor del Washington Post, el del Watergate) y Frank Wisner, que fue quien puso en marcha el dispositivo. En 1951 se incorporó al programa Cord Meyer, quien llegó a convertirse en su coordinador principal.

A principios de 1950 ya trabajaban para Wisner periodistas en el New York Times, Newsweek y CBS. Entre los nombres de importantes periodistas fichados para la Operación Mockingbird y que, por consiguiente, recibían dinero por cumplir sus indicaciones, estaban periodistas muy conocidos de Estados Unidos, como Joseph Alsop, Steward Alsop (New York Herald Tribune), Ben Bradlee (Newsweek), James Reston (New York Times), Chales Douglas Jackson (Time Magazine), Walter Pincus (Washington Post) y William Baggs (Miami News).

En 1953 la operación ya permitía influir sobre 25 periódicos y agencias de todo el país, entre ellas Time Magazine, dirigida por Henry Luce. En su libro “Mockingbird: The Subversion of the Free Press By the CIA”, Alex Constantine escribió que en los años cincuenta “más de 3.000 personas contratadas por la CIA se vinculaban a este tipo de propaganda”.

Lo que la CIA lamenta de Russia Today es cierto, pero lo que oculta de sí misma también es cierto. Lo más interesante es que, después de 70 años de escuchar las mismas cosas, estamos saturados de sus embustes y nos gusta leer otras noticias diferentes… aunque también sean mentira.

Teoría de la conspiración

Después de un año del hipócrita escándalo del espionaje masivo en internet, me quedo con las palabras de Obama ante el Senado: «Os aseguro que nadie está escuchando vuestras conversaciones». Muchos creyeron que Obama mentía, como acostumbran a hacer de manera sistemática los presidentes de Estados Unidos, pero no se trataba de eso, como aclaró Dianne Feinstein, presidenta del Comité de Inteligencia del Senado: los espías no vigilaban el contenido de las conversaciones sino «sólo» los metadatos. Le faltó añadir lo que todo buen sofista y jurista diría en un caso así: para eso no hace falta autorización judicial.

Ojo al dato: quienes nos espían no tienen los mismos gustos que nosotros, que sólo prestamos atención al contenido de nuestras conversaciones. Ellos prefieren los metadatos a los datos. Es como si en una carta no les interesara el contenido de la misma sino «sólo» el sobre que la contiene, el sello, el remitente, el lugar de franqueo, la saliva con la que se pega la solapa… Sin embargo, las personas funcionamos al revés: cuando recibimos una carta solemos tirar el sobre a la papelera. Eso es lo que no nos interesa. Sólo queremos saber el contenido, no el continente.

Un marxista petardo vería aquí otra de esas famosas y maravillosas unidades dialécticas: la carta y el sobre, contenido y continente, datos y metadatos. Pero las cosas no funcionan así, no hay tal unidad: a unos les interesa una parte del asunto (el dato) y a los otros la otra (el metadato). Sin embargo, en cualquier discusión siempre hay alguien que dice que se atiene a los hechos o a la realidad, o sea, al dato. Pero ¿de qué realidad habla?, ¿qué parte de la realidad le interesa?, ¿los datos o los metadatos?

De eso se trata: ¿en qué nos fijamos?, ¿a qué parte de la realidad le prestamos atención?, ¿qué es lo que nos atrae de los muchos acontecimientos de la realidad? Nada menos que en «El Capital» el mismísimo Marx aborda este asunto cuando se refiere al fetichismo de las mercancías, de las cuales dice que ocultan bastante más (metadatos) de los (datos) que aparentemente vemos. Resulta que las mercancías, como los sobres, guardan un secreto en su interior: donde los demás no veían más que cosas, Marx dice que también hay «relaciones de producción», o sea, relaciones entre personas, obreros y capitalistas, trabajo, plusvalía…

Sin embargo, la ideología burguesa es tan sumamente superficial que se apoya en lemas tales como «no hay más cera que la que arde», «esto es lo que hay» o «no hay buscarle tres pies al gato». Los marxistas vemos fantasmas por todas partes que los demás no ven, no quieren ver o no son capaces de ver. Así funciona la ideología. Cuando alquien saca una carta del buzón caben dos posibilidades. La primera es que no sea capaz de ver nada más que un sobre que, además, no le interesa porque cree que no hay nada dentro. Por el contrario, si no está abducido por la ideología burguesa, supondrá que algo tiene que haber en su interior, tendrá curiosidad y lo abrirá.

Eso debería ser lo más normal, sobre todo sabiendo -como sabemos- que la burguesía vende gato por liebre. Entonces, ¿por qué nos resignamos con lo que hay? ¿Por qué admitimos que nos den gato por liebre? Antes se solía hablar de la «cruda realidad», es decir, de una realidad sin cocinar. Pero ahora vivimos en tiempos de envoltorios, de metadatos, que crean muchos aspectos diversos de la realidad, y eso nos confunde (nos confundimos y nos confunden). Una actitud científica (y por lo tanto marxista) ante la realidad debería tener en cuenta la mayor parte de sus aspectos, tanto si son explícitos como si van disimulados en el interior de un sobre. Esta actitud es fundamental en la lucha de clases contemporánea ya que la política, igual que la mermelada de frambuesa en los supermercados, va dentro de recipientes opacos.

La politiquería institucional es la única política que algunos tienen en cuenta como realidad, a pesar de que sabemos que es justamente la parte más superficial de la política: partidos, elecciones, parlamento… Hasta el más incauto se habrá dado cuenta de que toda esa politiquería está dominada por los portavoces, las ruedas de prensa y los gabinetes de imagen, es decir, por técnicos que la envuelven exteriormente ante los medios de comunicación. Son ellos los que elaboran toda la parafernalia oficial, empezando por el lenguaje, la puesta en escena y el protocolo. Es lo más parecido al teatro. La politiquería burguesa es el fetiche, el sobre que disimula un contenido algo diferente, que es el que un científico (y un marxista) debería tratar de averiguar.

Alguien diría que «las apariencias engañan», pero tampoco es eso: nos dejamos llevar por ellas. Para evitarlo hay que mirar detrás del telón de este ridículo teatro de la política burguesa para ver qué realidad es la que se oculta detrás. Todo el esfuerzo de la burguesía, por el contrario, se encamina a saciar nuestra curiosidad con «la más completa información», pero siempre ocurre lo mismo: lo único que sabemos con certeza es que la versión oficial es mentira. A partir de ahí hay que empezar a buscar la verdad.

El objetivo de la «versión oficial» es impedir que asomes el ojo por detrás del telón. Si te empeñas en fisgar te llaman «conspiranoico» cuando ellos pasan las 24 de horas del día conspirando contra nosotros, como el caso Snowden demostró el pasado año.

El mundo no sólo se divide entre espías y espiados sino entre conspiradores y conspiranoicos. Una de dos: o formas parte de la conspiración, o te esfuerzas por descubrirla.

El extraño caso del avión desaparecido

La cortina de humo es una de las tácticas militares más antiguas y gastadas, pero no falla nunca. Hoy se acompaña con la intoxicación informativa y el bombardeo mediático, al que es imposible sustraerse. El objetivo del diluvio de noticias es que nadie entienda nada.

La reciente desaparición del Boeing 777 de las líneas aéreas malayas recuerda a los aviones chocando contra las Torres Gemelas el 11 de setiembre de 2001. Es “uno de los más grandes misterios en la historia de la aviación”, dice la CNN.

¿Cayó al mar y se hundió? De haber sido así, ¿cómo es posible que no haya aparecido ni un solo resto? ¿Cómo puede esfumarse un avión de los radares? ¿Terroristas chinos? ¿Secuestrado? ¿Destruido por un misil? Tampoco podía faltar una pista iraní, a pesar de la reciente luna de miel del régimen de los ayatolás con la Casa Blanca. “Tal vez aterrizó en una remota cadena de islas del Océano Índico”, dice la CNN.

Los aviones llevan transpondedores, unos dispositivos electrónicos utilizados en las comunicaciones inalámbricas para transmitir y responder a las señales con los controladores de tierra. Se pueden desactivar desde el interior de la aeronave, pero eso en ningún caso impide el rastreo, ni por los radares de la aviación civil, ni mucho menos por los radares militares. Sin embargo, el comandante de la Séptima Flota de Estados Unidos, William Marks, dice que está colaborando en la búsqueda. Mentira.

A un avión, incluso a un Jumbo volando a gran altura, se le puede hacer desaparecer “desde fuera”, mediante aviones Awacs, según una noticia del diario “India Today” de 1986 (1) que los calificaba como “un peligro en los cielos”. Sin duda, es lo que ha sucedido. Lo han hecho desaparecer, es decir, lo han secuestrado.

¿Por qué? Posiblemente la respuesta hay que buscarla en un despacho de la agencia Reuters de hace unos pocos días (2): por la presencia entre los más de 200 pasajeros de ingenieros de la empresa de alta tecnología militar “Freescale Semiconductor”, especializada en guerra electrónica. Los especialistas viajaban a China para participar en una reunión.

Los fanáticos de la teoría de la conspiración se van a morir de gusto cuando se enteren de que, además, esos ingenieros no figuraban en la lista de pasajeros, que es pública y accesible en internet (3).

Tampoco es ninguna casualidad que las últimas señales del avión se emitieran cuando el aparato sobrevolaba el Estrecho de Malaca. Hoy el Mar de China Meridional es como los Balcanes hace cien años: el nudo de todas las contradicciones al que nadie presta atención.

La desaparición del Boeing 777 corre en paralelo con el sabotaje que padecieron ayer los satélites espaciales rusos (4) que, entre otras cosas, les ha impedido a los ucranianos ver la televisión rusa. El diluvio informativo puede ser copioso, pero siempre hay algo que guardar bajo el felpudo.

El ataque forma parte de una cadena de agresiones iniciada el día anterior en las que inutilizaron hasta los servicios informáticos del Kremlin (5). La desinformación lo atribuye a unos piratas informáticos ucranianos, cuando se trata de otro trabajo del espionaje electrónico de Estados Unidos.

Cuando leemos muchas noticias es todo mentira, pero cuando leemos muchísimas es porque ya estamos en guerra.

(1) Awacs: Danger in the skies, 30 de noviembre de 1986, http://indiatoday.intoday.in/story/india-expresses-serious-concern-over-pakistan-getting-awacs-from-us/1/349048.html

(2) Loss of employees on Malaysia flight a blow, U.S. chipmaker says, Reuters, 9 de marzo de 2014, http://www.reuters.com/article/2014/03/09/us-malaysia-airlines-freescale-idUSBREA280T020140309

(3) http://truthnewsinternational.files.wordpress.com/2014/03/malaysia-airlines-flight-mh-370-passenger-manifest_nationality.pdf

(4) Almanar, Les satellites spatiaux russes attaqués par l’Ukraine, http://www.almanar.com.lb/french/adetails.php

(5) Rbth, Hackers atacan numerosas páginas de instituciones rusas, 14 de marzo de 2014, http://es.rbth.com/cultura/technologias/2014/03/14/hackers_atacan_numerosas_paginas_de_instituciones_rusas_38317.html

Colorín colorado este cuento no se acaba nunca

Con la caída del Telón de Acero en 1990 se acabó la guerra fría y empezó la guerra tibia. Quedó claro que al imperialismo no le bastaba con acabar con el socialismo, ni tampoco con trocear a los antiguos países socialistas, sino que necesitaban entrometerse hasta en los detalles más insignificantes de cada país. Lo curioso es que a eso, a la contrarrevolución, le llamaron revolución, aunque a la expresión le privaron de sus terribles connotaciones peyorativas. Eran revoluciones de guante blanco, de terciopelo, como la checoslovaca de 1989, una transición pacífica del socialismo al capitalismo.

Fueron las revoluciones de colorines en Serbia (2000), Georgia (2003), Ucrania (2004) y Kirguistán (2005), unas experiencias exitosas que a partir de 2011 el imperialismo reprodujo con las Primaveras Árabes, es decir, con países que no tenían nada que ver con el socialismo.

Las revoluciones de colorines se ensayaron por primera vez en Myanmar, la antigua Birmania, a mediados de los noventa, un verdadero campo de pruebas para los ejercicios “no violentos” del imperialismo cuyas constantes se repetirán después y, por ejemplo, en España se manifestaron bajo las denominaciones de 15-M, Democracia Real Ya y demás.

Hasta los años ochenta en las contrarrevoluciones sólo aparecía el Pentágono, los marines y la CIA, es decir, la fuerza bruta, que siempre suscita rechazo y descrédito internacional, y a veces incluso fracasa. Por ejemplo, el golpe de Estado a la antigua usanza contra Chavez en 2002 fue un estrepitoso fracaso. Ahora el Pentágono ha quedado en un segundo plano porque para las maniobras de desestabilización las ONG son mejores que las lanchas de desembarco anfibio. Lo que vemos son instituciones benevolentes como la United States Agency for International Development, la National Endowment for Democracy, la Freedom House o la Open Society Institute de Soros. Las modernas revoluciones de colorines ya no son invasiones externas; ni siquiera tienen un contenido político sino que parecen surgidas de las mismas entrañas de la sociedad civil, de movimientos aparentemente espontáneos, al margen de “la política” y que tienen en común tópicos manoseados, como la democracia o los derechos humanos, que nadie puede dejar de suscribir.

Los medios que hacen de portavoces de la reacción y el imperialismo se encargan de elevar a la categoría de personajes mitológicos a monigotes como la cubana Yoani Sánchez, a la que el New York Times calificó como “la cubana más famosa que no se apellida Castro”. Hacen la contrarrevolución adheridos al ordenador, los blogs y las redes sociales. Pero ni por asomo Sánchez tiene el pedigrí de Suu Kyi, Premio Nobel de la Paz en 1991 e icono de la lucha contra la Junta Militar Birmana. Naturalmente que tales luchas no son sólo “sociales”. Suu Kyi es presidenta de un partido que se llama Liga Nacional por la Democracia y su padre es el general Aung San, fundador de “Tatmadaw”, el todopoderoso ejército birmano contra el que lucha la hija, que es diputada desde 2012 y siempre ha manifestado su ambición de convertirse en presidenta de su país, lo que puede suceder el año que viene.

Hoy para poner a un pelele en un pedestal es necesario -entre otras cosas- internet. Un ejemplo fue la entrevista del periódico gratuito “20 minutos” a Isaac Mao, calificado como “el primer bloguero chino y uno de los mayores activistas contra la censura en internet”, que en 2011 se paseaba de gira por el mundo pronunciando conferencias en defensa de la libertad de expresión. Como reconoció Hilary Clinton, los imperialistas han convertido a internet en el “espacio público del siglo XXI”. Es la vía de penetración que necesitan mantener abierta para presionar a determinados países. Para preparar la Primavera Árabe, desde comienzos de 2011 Obama empezó a defender la libertad de acceso a la red, advirtiendo a los Estados árabes que no interrumpieran el funcionamiento de Facebook, Twitter, YouTube, Skype, Whatsapp y otros recursos digitales a través de los cuales imperialismo intoxica y difunde sus consignas.

Aunque internet debía permanecer abierto, en febrero de 2009 se produjo el mayor apagón que ha registrado desde el comienzo de la era digital. Durante 15 días afectó a la totalidad de Oriente Medio, incluyendo Pakistán e India, pero especialmente a Irán, cuyas comunicaciones digitales fueron interrumpidas completamente. Fue un simulacro de guerra. Los imperialistas cortaron simultáneamente los siguientes cables submarinos de fibra óptica: el Seamewe-4 que va de Europa occidental a Oriente Medio y el Sudeste Asiático se cortó cerca de Penang en Malasia; también se cortó en otro punto cerca de Alejandría frente a las costas de Egipto; el Flag que une a Europa con Asia se cortó en dos lugares de forma simultánea: cerca de Alejandría y frente a la costa de Dubai; finalmente el Falcon se cortó cerca de Bandar Abbas, en Irán.

Los imperialistas encienden y apagan las comunicaciones digitales como si fuera el interruptor de la luz de su casa. Aquel mismo año 2009, unos meses después, cuando se celebraban elecciones en Irán, se produjo la situación contraria: el Departamento de Estado exigió a Twitter que mantuviera el servicio a fin de que la oposición al gobierno pudiera hacer uso de la red social en su campaña.

Cuando en enero de 2011 el movimiento del 6 de abril convocó en Egipto un “Día de la Rabia”, el gobierno de Mubarak bloqueó internet y los móviles funcionaron con muchas dificultades. “El arma es la red”, titulaba el diario El País al mes siguiente. Lo que no concreta es quién tiene ese arma en la mano. Más de un incauto cree que la tiene él y que el teclado de su ordenador es el gatillo.

En Egipto el movimiento 6 de abril nació en 2008 “el Día de la Rabia” como un grupo de Facebook que pronto logró 90.000 seguidores, entre ellos Margaret Scobey, la embajadora de Estados Unidos en El Cairo. Dos cables de Wikileaks fechados en noviembre de 2008 y enero de 2010 pusieron al descubierto el papel de la fundadora del movimiento, la bloguera Israa Abdel Fattah, a la que mencionan expresamente como integrante de un programa (llamado “New Generation”) organizado en Washington por el Departamento de Estado para formar nuevos cuadros políticos y sociales al servicio del imperialismo. En mayo de 2008 la bloguera se entrevistó con Condoleeza Rice y al año siguiente con Hillary Clinton.

Desde Birmania a Egipto (o Siria, o Ucrania, o España) el montaje imperialista es idéntico; es el mismo montaje. Por ejemplo, Ahmed Maher, otro de los fundadores del movimiento 6 de abril, declaró al periódico “Los Angeles Times” que admiraba la Revolución Naranja en Ucrania así como a los serbios que derrocaron a Milosevic en 2000. La admiración es tan grande que el movimiento 6 de abril adoptó el logotipo de Otpor (que significa “resistencia” en serbio) y, a medida que uno se adentra en los diversos montajes de colorines, van apareciendo los mismos farsantes.

Otro ejemplo. En una entrevista concedida a la cadena de televisión Al Jazira (9 de febrero de 2011), el portavoz del movimiento 6 de abril, Adel Mohamed, confesó que en el verano de 2009, antes de organizar el montaje de la Plaza Tahrir, en El Cairo, también había asistido a cursillos organizados por Canvas (Center for Applied Non Violent Action and Strategies), que es lo mismo que Otpor. Dijo que le habían adiestrado en técnicas de manipulación de masas y que, a su vez, se había convertido en un formador en los mismos procedimientos de desestabilización política.

Sigamos conociendo personajes, como Wael Ghonim, otro bloguero muy famoso en Egipto porque la policía de Mubarak le detuvo 12 días antes de hundirse, convirtiéndole en un icono. En medio de un baño de lágrimas, contó su vida a la cadena de televisión egipcia Dream 2. Los datos más relevantes que Ghonim desveló es que había estudiado en la universidad americana de El Cairo, vivía en Dubai y trabajaba como jefe de márketing de Google para Oriente Medio. Cuando el locutor le pregunta cómo es posible que un movimiento que presume de no violencia hubiera causado 300 muertos, le responde que la culpa es del gobierno.

El tinglado es una verdadera internacional de las farsas sociales. En un artículo publicado en 2011 en el diario vienés “Presse”, el escritor británico David Vaughan Icke escribió que a través del dirigente de Otpor Iván Marovic, la CIA también organizó el movimiento Ocuppy Walt Street.

El dirigente de Otpor y Canvas es Srdja Popovic, que a su vez sigue el guión demagógico escrito por Gene Sharp (Fundación Albert Einstein), un apóstol de la “no violencia”, y su más estrecho colaborador el coronel Robert Helvey, un veterano de la guerra de Vietnam, agregado militar de la embajada de Estados Unidos en la capital birmana entre 1983 y 1985, donde en 2007 orquestaron la “revolución azafrán”, otra de colorines.

Chavez ya desenmascaró la “no violencia” de Sharp cuando le denunció como uno de los inspiradores de la desestabilización de Venezuela y el golpe de Estado de 2002. Al año siguiente Otpor organizó un levantamiento en Georgia de la mano de Kmara, un movimiento juvenil a 700 de cuyos militantes entrenó en Belgrado. Al año siguiente Otpor trasladó su centro de operaciones a Ucrania, donde adiestraron al movimiento “Porá” que desencadenó la Revolución Naranja, por la que cobraron 60 millones de dólares de Estados Unidos. Finalmente pasaron a Kirguistán, Líbano y otros países árabes.

Los papeles de Wikileaks muestran que a través de Stratfor, una empresa de seguridad de la CIA, Otpor suministra al espionaje imperialista la información que le proporcionan sus redes en varios países, especialmente Venezuela, Egipto y Georgia. El dirigente de Otpor Srdja Popovic trabajó como consejero de Stratfor y preparó para ella un golpe blando para derrocar a Chávez. Desde 2006 Stratfor y Canvas dirigen los pasos de la oposición venezolana. Al año siguiente crearon un movimiento juvenil que ayudó a la oposición a ganar el referéndum convocado por el gobierno para reformar la Constitución de 1999 y luego diseñaron la campaña electoral de la oposición para 2010.

El problema de los movimientos sociales es cuando pasan al desnudo integral; entonces los “pacifistas” dejan su reguero de sangre. En Birmania el levantamiento “no violento” de 1988 dejó cerca de 3.000 cadáveres en las calles.

Con el destape a los “apolíticos” se les ve el plumero. En Egipto el antiguo director de la Agencia Internacional de Energía Atómica, Mohamed el Baradei, un sicario del imperialismo, mostró su apoyo al movimiento 6 de abril y, a su vez, este movimiento le devolvió el apoyó prestado. Los cables de Wikileaks indican que en julio de 2009 la embajada de Estados Unidos en El Cairo se reunió con un dirigente del movimiento, Ahmed Saleh, quien les informó de que una purga interna había acabado con los nasseristas e islamistas para preservar “la orientación laica y occidental” del movimiento, o sea, su sumisión plena a los dictados del imperialismo.

Ahora bien, hasta aquí no aparece más que la mitad del problema. La otra parte es que en todos los países del mundo hay una profunda crisis que, además de económica, es política e internacional, es decir, una crisis del imperialismo provocada por el reparto de las esferas de influencia que conduce directamente a la guerra imperialista.

En un país estratégico como Egipto las masas, especialmente la clase obrera, vienen saliendo desde 2006 a la calle espontáneamente en una lucha polarizada sobre tres ejes: la carestía de la vida, la quiebra del Estado y la solidaridad con el pueblo palestino. Los montajes del imperialismo demuestran que ante la imposibilidad de contener ese movimiento, dejan a la deriva a sus viejos pilares (Mubarak) y tratan de desviar la atención de la clase obrera (y del mundo) con un relevo de los figurantes.

Por más farsas que los imperialistas organicen, no cabe duda de que también en el mundo árabe la clase obrera ha salido a la calle y que el problema -como casi siempre- no es otro que la dirección de ese movimiento.

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