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Autor: Kepa Tamames (página 1 de 1)

Apenas unas horas después de mi nacimiento (País Vasco), encontraron el cadáver de Marilyn Monroe (California). A pesar de la enorme distancia geográfica, siempre tuve la desagradable impresión de que ambos acontecimientos pudieran responder a una suerte de ‘causa efecto'. Cosas mías…

Huyo en general de idearios encasillados, aunque milito sin problemas y con plena satisfacción desde casi siempre en el animalismo, feo nombre para tan noble causa: defender a los más débiles.

Autor de Tú también eres un animal (primera guía argumental en español para la defensa teórica de los animales), y Estigma (colección de relatos de muy distinto pelaje). Asimismo, he participado en varios libros corales sobre mi tema de referencia.

De ratones y mujeres

Tengo una amiga con un ratón en casa. No es que haya acudido a mí histérica y me lo haya confesado pidiéndome solución rápida por ser yo defensor de los animales, ni por tanto pretende con ello que le solucione el «problema». Porque no hay tal. El roedor vive en su casa desde hace algo más de un año; emprende sus correrías cuando toca y se abastece de lo que pilla cuando procede. ¿Cómo consiguió el pequeño entrar en la vivienda de mi amiga?, se preguntarán ustedes. (Y si no lo hacen es lo mismo, porque lo voy a contar de igual manera). Pues por la puerta, el sitio más lógico incluso para un ratón. O no tanto. En realidad, nuestro amigo ingresó en su nuevo hogar en estado de semiinconsciencia, tendido cuan largo era sobre el fondo de una caja de zapatos, cubículo perfecto para su traslado desde la calle, donde no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir, menos si tenemos en cuenta que acababa de ser rescatado de las fauces de un gato callejero, quien, quizá sin mala intención, dio rienda suelta por un momento a su ancestral instinto. (Nadie le culpa por ello).

Imagino que durante los primeros días le invadiría el desconcierto ―al ratón, digo―, pero enseguida pareció amoldarse con pasmosa naturalidad a su nuevo hábitat. Bien es cierto que a ello ayudó el hecho de que mi amiga le procurase desde el inicio el condumio necesario en cantidad suficiente, y él lo agradece no dejando ni rastro de los presentes. Mi amiga no lo ve con frecuencia, pues es sabido que los ratones son grandes amantes de la discreción, pero escucha a diario sus patitas cuando al anochecer él despierta y se dispone a iniciar su particular jornada. Sabe que le espera su platito de cereales ―de los del desayuno de humanos, de marca, pues a lo bueno se acostumbra uno enseguida―, mas no es ésa su comida favorita, pues tal honor se lo lleva la harina integral: pasión es lo que tiene por ella. Porque en casa de mi amiga se hace pan a diario, con productos naturales y sin conservantes, con lo que es fácil adivinar de dónde le viene al muy pendenciero la salud de hierro de la que parece gozar hasta la fecha, por cuanto conviene aportar como dato adicional que nuestro protagonista pasó en pocas semanas de esmirriado a rollizo.

Durante meses el ratoncito confió en sus anfitriones, dado que estos nunca mostraron hacia él el menor atisbo de agresividad. Pero todo cambió el día en que trataron de capturarlo con el loable deseo de ofrecerle la libertad en el campo. El susto que se llevó el pequeñajo al verse acorralado en el pasillo por la pareja de grandullones hizo que a partir de entonces perdiera toda fe en los humanos, lo que en cierta forma refuerza la tesis de que los animales ―ratones incluidos― poseen una inteligencia bastante mayor que la que nuestro antropocentrismo les atribuye.

No será la primera vez que una visita advierte de repente la presencia del enano y pega un brinco en la silla, situación que mi amiga trata de reconducir con un lacónico “no te preocupes, es de casa”. La visita despeja entonces las exiguas dudas que albergaba sobre el equilibrio emocional de la dueña: piensa que está loca. Y algo de ello debe de haber, pues en una sociedad que masacra a inocentes animales en masa por los motivos más triviales, adoptar a un ratón como refugiado necesariamente tiene que suponer por fuerza algún tipo de síndrome ético no diagnosticado hasta la fecha.

A mi amiga le horroriza pensar que alguien pueda enterarse de su secreto fuera de su círculo más íntimo, y de hecho yo no creo estar desvelándolo si la mantengo a ella en el anonimato. A veces me cuenta entre cómplice y emocionada detalles de su convivencia diaria con un ser que tiene sus horarios, sus preferencias, e incluso sus manías. Me hace partícipe de su particular experiencia: compartir piso con un pequeño duende que con toda seguridad envejecerá con dignidad, a buen recaudo de los monstruos humanos que hemos endosado a los roedores la poco amigable etiqueta de “plaga a exterminar”, como si nosotros no fuéramos de hecho la peste más destructiva que el mundo haya conocido. Él acabará sus días sin haber sentido nunca los insoportables retortijones del veneno, sin haber sido perseguido por una horda de jovencitos con aviesas intenciones, sin haberse visto en la necesidad de vivir exiliado en el permanente destierro de las alcantarillas. Él es un ratón feliz, o al menos todo lo razonablemente feliz que pueda ser un ratón. Porque los ratones sienten, créanme. Eligen entre diferentes posibilidades si se les da la oportunidad. Y ―¿sorpresa?― optan por aquello que les ofrece sensaciones agradables, al tiempo que rechazan el dolor. Ser ratón no implica necesariamente ser imbécil, como ya habrán adivinado.

Apuesto a que pocos de ustedes conocen una historia como la de mi amiga y su ratón. Y de conocerla, hay muchos boletos para que esté protagonizada por una mujer. Porque es este un apartado especialmente significativo para quienes hemos estudiado en algún grado el fenómeno de nuestro comportamiento con los animales. Tal vez sea una chaladura de las mías, pero me dio por pensar que las mujeres han acabado desarrollando una especial empatía hacia los más débiles: las víctimas humanas y animales. Si algo de eso hay, tengo pocas dudas de que tal virtud les viene dada por conocer bien lo que significa ser pateada, golpeada, expulsada de casa; conocer lo que es verte sin hijos y sin futuro, ser paria entre las parias. Son muchos siglos de estigma de mujer, y eso pesa como una cruz de cemento. Pero sobre todo lo saben por la experiencia ancestral de haber cuidado de la prole, adquiriendo la habilidad de dar la teta al bebé, hacer la comida y mantener la choza en condiciones razonablemente dignas. Otro día hablamos de las habilidades masculinas, que también las hay. Pero hoy tocan las chicas.

Recuerdo haber asistido como público a una conferencia del cineasta Juanma Bajo Ulloa en Barcelona, hace de esto ya unos cuantos años. Confesaba Juanma en un momento dado que en las fiestas brutas de los pueblos donde se martirizan animales él solo veía hombres, que las gradas de las plazas de toros estaban ocupadas fundamentalmente por hombres, que quienes cazan animales por diversión son hombres en su práctica totalidad… y que en aquella sala veía sobre todo mujeres. Podría pensarse que el bueno de Juanma recurría por la siempre fructífera corrección política el aplauso fácil de la audiencia. Apenas le conozco en lo personal (cumplimos con el preceptivo interés mutuo por el otro al cruzarnos en el barrio), pero seguro estoy de que lo decía con absoluto convencimiento, y de que era su corazón quien hablaba por él.

Calentamiento global: mejor abríguense

Me topé recientemente con una de esas viñetas que captan tu atención de forma especial, pues explican mediante sencillas escenas realidades complejas. Se la explico. En una carrera de relevos, el COVID‑19 le pasa el testigo al globo terráqueo, que corre ufano enfundado en su sudadera, cuyo pecho reza: cambio climático.

No hace falta ser un cerebrito para comprender el mensaje. Decayendo ya el asustaviejas de la pandemia, toca sustituirlo por otro de similar pelaje que cumpla idéntica función: el acojono generalizado, y con ello la disposición general a lo que haga falta para quitarnos de encima a la nueva Hidra de Siete Cabezas. Ahora el apocalipsis que se cierne sobre la Humanidad es el calentamiento global, que lleva indefectiblemente al cambio climático, con la consiguiente subida del nivel del mar, desastres meteorológicos constantes, calor asfixiante, movimientos masivos de población, cosechas arruinadas, crisis alimentaria galopante… Vaya, un desastre que hará añorar a esta peste actual que ha puesto al mundo patas arriba, aun afectando a tan solo uno de cada cien humanos, de los cuales la inmensa mayoría o no tuvo síntoma alguno, o la cosa quedó en leves malestares. ¡Y con la gripe desaparecida del mapa! Pero pandemia decidieron bautizarla, y como pandemia quedará para los restos en los libros de texto.

Mas retomemos lo del calentamiento global, el tema que nos convoca. Solo de pensarlo, a uno le corre el sudor cogote abajo, y siente la taquicardia en el pecho. Pues bien… mejor abríguense, pues no pocos indicadores apuntan a que durante las próximas décadas ―al menos hasta mediados de siglo― se producirá un descenso paulatino de la temperatura media del planeta. No diré aquí que lo afirman «los científicos», por cuanto ello significaría que lo apuntan «todos los científicos que en el mundo son, sin fisuras ni menos aún discrepancias dignas de mención». En efecto, evitaré caer en el error [consciente, ergo mentira cochina] de los medios en general, que sueltan eso de «la comunidad científica» (cuando no el todavía más chusco «los expertos»), y se quedan tan anchos, sabiendo que tal grupo es heterogéneo hasta casi el infinito, y que habrá siempre alguien entre sus miembros que defienda con empeño justo lo contrario que otro, siendo ambos «científicos» stricto sensu. Elegir por defecto el discurso A y condenar al ostracismo el B no es desde luego virtuoso para la ya de por sí bastante devaluada profesión de periodista. Digamos que colocaría al interfecto entre el embuste pagado (mercenarismo mediático) y el sectarismo (puro trastorno mental en sus casos más severos).

¡Claro que existe el cambio climático! En algún punto, detalle o grado, el clima cambia de manera constante en cada rincón del mundo. Son tantos los parámetros que constituyen dicha realidad (herramienta humana, ojo, con el siempre loable objetivo de adelantarse a posibles catástrofes meteorológicas, y tratar así de minimizar sus efectos), que bien puede asegurarse que el clima de mi ciudad, donde tecleo este texto, será en algún ínfimo sentido diferente desde el amanecer a la anochecida.

Por otro lado, parecemos olvidar que los humanos estamos aquí gracias al cambio climático, porque hubo un periodo benigno que nos permitió habitar estos lares, en un tiempo presididos por la nieve y el hielo. En consecuencia, cuando menos, cabe subrayar que el cambio climático será bueno o malo según le vaya a cada cual en la feria. ¿O es que creen que tan “temida” subida de 2o C no va a beneficiar a multitud de especies (acaso también a la nuestra, con mayor superficie para cultivar alimentos), encantadas de la vida con algo más de calorcito? Bien puede rescatarse aquí el famoso aforismo del “nunca llueve a gusto de todos”, lo cual desde luego significa que la lluvia, el frío, el calor, o cualquier otro meteoro vendrá de perlas a alguien. Como ha pasado siempre.

Calla la caja tonta con el fresquito que a veces hace en pleno verano (tres meses dan para mucho), pero a la que despunta un poco el termómetro, ya empiezan los telediarios con el cansino calentamiento global y el cambio climático, fenómenos que valen lo mismo para justificar una inundación en Bélgica que un tifón en Bangladesh que unos incendios en Canadá que una granizada en Haro. ¡Todo es ahora achacable al cambio climático! ¿Les suena de algo?

Pues sí… algo huele a podrido en este desaguisado, que bien pudiera ser otro “guisado” a la carta de las élites globalistas, acostumbradas como están ya a jugar a ser dioses en la tierra, por tener tal cantidad de dinero que se muestran incapaces de gastarlo en cosas algo más racionales, y sobre todo fructíferas.

Llegamos al apartado de las preguntas. ¿Pidió alguien explicaciones al científico que allá por los pasados años setenta auguraba un Manhattan anegado bajo el agua para finales de siglo? Que yo sepa, la isla está como estaba, y el «experto» hipergalardonado. Otra. ¿Por qué los millonetis de turno siguen construyéndose sus mansiones en primera línea de costa, mientras apoyan en sus redes sociales la idea de la cercana inundación apocalíptica? ¿Qué fue, por cierto, de la capa de ozono, cuyo agujero nos iba a achicharrar la cocorota sí o sí? ¿Cómo es que los ayuntamientos del litoral no obligan desde ahora mismo a desalojar viviendas y chiringuitos de primera línea de playa, o al menos a negar la preceptiva concesión municipal de obras? Y como estas, miles.

Nos atemorizan con el famoso 1.5C de incremento medio de temperatura, que de producirse acarrearía al parecer consecuencias de pesadilla, algunas ya mencionadas. ¿Difícil imaginarse el panorama? Pues no tanto, la verdad, porque basta con preguntarle a un leridano capitalino cómo se siente, dado que allí en la última década ha aumentado la temperatura media en 1.79o C, y se han tenido que enterar (quienes se hayan enterado, que seguro no serán todos) por la prensa. Y tan pichis.

Un razonable cuidado del entorno lo venimos practicando algunos mucho antes de que colocaran el primer contenedor verde en el barrio. Que urge una desaceleración drástica y urgente  en nuestro estilo de vida (¿decrecimiento?) lo sospechamos algunos desde nuestra más tierna adolescencia, cuando todavía no proliferaban los gurús medioambientalistas de «consejos vendo y para mí no tengo». Que las fuentes de energías fósiles son finitas se nos antojó siempre a algunos de puro sentido común. Pero quizá todo ello no tenga apenas nada que ver con el nuevo Leviatán que nos anuncian, acaso por si tuviéramos la mala idea de rebajar un ápice el nivel de pavor generalizado al que nos hemos dejado llevar, como ingenuos ratoncitos tras el flautista.

Mientras tanto, mejor si nos vamos haciendo un fondo de armario con ropaje algo más contundente. Porque, según ciertos profesionales del ramo, insisto, vienen tiempos que nos dejarán helados. Entiéndase la afirmación en un sentido literal o metafórico, a gusto del lector.

El curiosísimo y decimonónico caso de la señora Kingsford

Aunque los menos, algunos activistas por los derechos animales han llegado a la agresión física de sus oponentes: por ejemplo, fueron objetivos diana los partidarios del uso de animales en experimentación (eso que aún se sigue denominando “vivisección”).

Médicos, farmacéuticos y hasta simples teóricos recibieron en sus buzones cartas amenazantes, e incluso descubrieron horrorizados bajo su automóvil paquetes, que dejaron de ser sospechosos para pasar a ser oficialmente bombas caseras. Los militantes más corajudos se la jugaron, pagaron por ello con la cárcel, y hasta alguno con la propia vida tras varias huelgas de hambre. A buen seguro que cualquiera de ellos daría gustoso sus dedos meñiques por conocer la fórmula secreta de la señora Kingsford, quien se llevó por delante con total impunidad a más de un afamado vivisector. O eso tienden a creer las mentes más fantasiosas.

Ya desde niña, la entonces Annie Bonus aprovechó la condescendencia de su padre, un próspero comerciante inglés, y comenzó a leer… ¡y a escribir! ―mediado el siglo XIX y con vagina de serie, sendas proezas―. La chica era más bien rarita, mas no por las aficiones relatadas, sino por la obsesión que acabó condicionando su vida. Dada al ocultismo, y por zanjar cuanto antes algo tan inevitable en la época como el matrimonio, contrajo nupcias con un clérigo (familiar cercano, por más señas), de quien tomó su definitivo apellido. La pareja consensuó desde el primer momento la absoluta independencia de cada cual, a tal punto que Anna se trasladó a París con la doble intención de estudiar Medicina y continuar con sus investigaciones esotéricas. No gozó de especial simpatía entre la comunidad universitaria, fuera por su convencido vegetarianismo, fuera por sus ideas en general radicales, o quizá debido a su férrea condena de la vivisección. Y sí: para la buena de Anna resultaba del todo compatible estudiar una ciencia empírica y comunicarse con genios y espíritus.

La señora Kingsford sentía verdadero odio hacia las prácticas que sus compañeros de estudios realizaban con toda suerte de animales, y solía retar a los profesores a que experimentaran con ella misma si tenían valor. Le eran insoportables los aullidos desesperados de las víctimas, y sobre ello escribió: “He hallado mi Infierno en esta Facultad; un Infierno más real y terrible que cualquiera que pueda encontrar en otra parte”. En cierta ocasión llegó a espetarle un contundente ¡Asesino! al mismísimo Claude Bernard ―entonces profesor suyo― en plena clase, cuando este explicaba cómo cocinó vivos a unos pobres animales para estudiar la cuestión del calor corporal. Con toda su rabia anheló que el profesor muriese esa misma tarde. Si bien no satisfizo su deseo al completo, apenas tuvo que esperar seis semanas, pues al poco del incidente en el aula Bernard cayó enfermo, y falleció mes y medio después sin diagnóstico médico.

Anna asumió con relativa naturalidad que había sido ella la inductora de la muerte del profesor Bernard, y se prometió en la intimidad de su dormitorio que a partir de entonces, en calidad de “ángel exterminador”, dedicaría parte de su energía a acabar con todo vivisector que se cruzara en su camino, convencida de que con ello no hacía sino impartir una especie de Justicia Divina para la que sin duda había sido elegida. Fijó su próximo objetivo en otro profesor: el Dr. Paul Bert. Tras graduarse con notable éxito, pasaría a la historia como la primera estudiante que objetaba a las horribles prácticas de vivisección. Pero ahora estaba centrada en su particular cruzada. Bert no tenía empacho alguno en dejar agonizando durante toda la noche a los animales objeto de sus experimentos, pavoroso escenario que hasta provocaba el insomnio en parte del barrio. El doctor expiró a finales de ese mismo año.

Si su primer “logro” la convenció de ciertos poderes sobrenaturales ―y hasta justicieros―, el segundo la animó aún más en su particular empresa. Metida en faena… ¿por qué no Louis Pasteur? Desdeñó la lenta y antropocéntrica mano de la Justicia, persuadida de que su método era mucho más eficiente, audaz y rápido. Pero la magia es ante todo caprichosa, y lo mismo te ofrece confianza que te da un disgusto de los gordos. Una tormenta, por ejemplo, al salir a hurtadillas del despacho de quien pretendía fuera su tercera víctima. De aquella incursión nocturna cogió una neumonía de las de hace siglo y cuarto, ninguna broma. Y de ahí a la neumonía y posterior tuberculosis, un paso. Mal asunto. Efectivamente, Anna murió en febrero de 1888. Según contaron quienes la acompañaron en el trance, la pobre pasó sus últimos meses atormentada por los gritos e imágenes de los animales en las mesas de prácticas.

Pasteur le sobrevivió siete años largos, con lo que quedaría en parte desmontada la supuesta habilidad mental de la señora Kingsford. O no. Porque en la época en que la mujer ejercía con todo ahínco su odio hacia el científico, este cayó gravemente enfermo, recobrando la salud al poco de que Anna abandonase este valle de lágrimas.

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