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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 39 de 60)

La era del vacío ideológico absoluto

Juan Manuel Olarieta
Uno de los aspectos más importantes de la crisis política actual no es el fin del bipartidismo sino el fin de los partidos, de todos ellos, incluso de los que se llaman como tales, y su consecuencia es la inexistencia de recambio. Como se comprobó durante la transición, desde 1939 el Estado español se lo ha jugado todo a una carta y espera que su apuesta le dure eternamente.

Esa es la verdadera esencia de la crisis política actual. La maquinaria del Estado parece haber adquirido vida propia y se niega en rotundo a cualquier (re)cambio, incluso el más insignificante.

A su vez, los viejos partidos políticos que aún subsisten (PSOE, PNV) y sus sucedáneos posmodernos (coaliciones, mareas), son un reflejo exacto de este Estado: están para impedir que cambie nada. Si esos partidos y sucedáneos políticos tienen algún plan es para cambiar de gobierno, no para cambiar de Estado. En la medida en que lo que ahora está en crisis no es el gobierno, como creen, sino el Estado, no hay ninguna alternativa sino una sucesión de elecciones y gobiernos que no van a salir de la crisis sino a profundizar en ella.

Los sucedáneos posmodernos de los partidos políticos, todos ellos, han hecho suyo aquel principio del socialdemócrata alemán Eduard Bernstein: “Los objetivos no son nada y el movimiento lo es todo”. Es el movimiento por el movimiento, marear la perdiz. A esa farsa, a la falta de un plan y de un programa político, es a lo que llaman hoy “democracia”.

No se trata de organizaciones no sepan lo que quieren sino de que no quieren nada y al decir esto me refiero -obviamente- a que no quieren “nada nuevo”. Se conforman con lo que hay.

En la literatura corriente esta situación se ha descrito de muchas maneras, por ejemplo, como desideologización, como que ya no hay derecha ni izquierda, etc. Esta semana la revista “Cambio 16” pregunta en su portada de manera retórica: “¿El espectáculo entierra las ideologías?” Comparen ahora este titular con el del libro de un ministro de Obras Públicas del franquismo, Fernández de la Mora, “El crepúsculo de las ideologías”, escrito hace 50 años.

Las mareas posmodernas han alcanzado la vieja aspiración franquista del vacío ideológico absoluto. Les falta de todo porque tratan de llegar a “todos”. Su clientela es indefinida, igual que los discursos de Franco, que también empezaban con aquel “Españoles todos”.

Por el contrario, los partidos políticos, como su propio nombre indica, representan sólo a una parte de la sociedad de manera explícita, indicándolo hasta en las siglas. Así mientras el viejo PSOE nació para ser un partido “socialista” y “obrero”, los posmodernos no quieren tener ningún contenido de clase, aunque lo tengan, naturalmente.

Como suele ocurrir, hay quien ha hecho de la necesidad virtud y aplaude este nuevo fenómeno político, el fin de los partidos políticos tradicionales y la aparición de sucedáneos “transversales”, “inclusivos”, “participativos”, “asamblearios”, que “cuentan con sus bases”, con “primarias”, etc.

Es el triunfo del menchevismo, que también tiene múltiples manifestaciones, que no son solamente orgánicas. Por ejemplo, por utilizar un concepto elaborado por Stalin, este tipo de nuevos sucedáneos políticos no sólo no tienen ideología sino que tampoco tienen estrategia porque para tenerla hay que pretender cambiar algo. Los que tengan alergia a Stalin pueden recurrir a la terminología anglosajona, que también diferencia entre “politics” y “policy”. Lo que los partidos y los medios llaman hoy “política” carece de “policy”, de dirección, de rumbo. Es como el burro dando vueltas en torno a la misma noria.

Las nuevas coaliciones no aspiran a cambiar nada porque el Estado se lo da todo (des)hecho. Son distintas variaciones de la misma partitura. Todos hablan de agrupar fuerzas, pero nadie dice para qué. Hace 20 años se burlaron de Anguita cuando exigía “programa, programa, programa”, algo que no tiene sentido en la era del pragmatismo, de la táctica sin estrategia, del salto de unas elecciones a las siguientes.

No se trata exactamente de que los nuevos sucedáneos políticos no tengan estrategia sino de que dan por buena la que ya hay establecida en el Estado. A falta de dirección propia, es el Estado el que lleva de la mano a los sucedáneos políticos, y no al revés. La falta de estrategia convierte a los nuevos sucedáneos políticos en las piezas sumisas que el Estado necesita. El seguidismo político es su razón de ser.

Por sí mismos, los movimientos sociales reivindicativos no dan más que sí de lo que hemos visto. Además de eso hace falta otra cosa: que tengan una dirección, un rumbo, un programa, algo que sólo un partido político revolucionario les puede dar.

La era del vacío ideológico absoluto, segunda parte
https://mpr21.info/2016/02/la-era-del-vacio-ideologico-absoluto-2.html

La era del vacío ideológico absoluto (3), ‘think tanks’
https://mpr21.info/2016/02/la-era-del-vacio-ideologico-absoluto-3.html

Los trabajadores inmigrantes forman parte de nuestra clase obrera

Juan Manuel Olarieta

Las sociedades humanas son esencialmente nómadas. Van y vienen de un lugar a otro desde hace miles de años. Lo realmente singular y reciente en el hombre es la vida sedentaria, a pesar de lo cual en el futuro los desplazamientos poblacionales irán en aumento.

En todos los países la acumulación originaria de capital ha supuesto un enorme flujo migratorio interno del campo a la ciudad. El campo se vacía y millones de personas se aglomeran en las grandes urbes.

Las condiciones de trabajo y de vida de los inmigrantes siempre han sido las peores. La política de la burguesía es igualar a ellas todas las condiciones de trabajo y de vida del conjunto de la clase obrera. La del proletariado es la opuesta: igualarlas por arriba.

Las guerras siempre han causado enormes desplazamientos de población, incluidas la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad las guerras son consecuencia del imperialismo y la mayor parte de los refugiados son mujeres y niños. En el futuro las guerras imperialistas también provocarán desplazamientos poblacionales masivos.

A lo largo de su historia el capitalismo nunca ha solucionado el problema de la vivienda para los obreros, que quedan hacinados en barrios y chabolas. Lo mismo ocurre con los emigrantes, que padecen el mismo problema en su versión más extrema.

Decía Lenin que el imperialismo invierte los flujos de emigración. Disminuye la que va de los países más desarrollados a los más atrasados y aumenta la que va en dirección contraria.

La capacidad de un país para absorber un determinado volumen de mano de obra inmigrante está determinada por su capital, una ley que Marx llamó “superpoblación relativa”.

“Divide y vencerás”. Todo sistema de dominación se apoya en la división de las fuerzas del enemigo. Para imponerse, el capitalismo también divide a la clase obrera y luego enfrenta a sus distintas partes entre sí.

La división entre los autóctonos y los emigrantes es una de ellas.

Otra es la división entre quienes tienen trabajo y quienes quedan en el paro o en condiciones precarias de empleo, que Marx calificó como “ejército industrial de reserva”.

La existencia de mano de obra inmigrante, activa o desempleada, es un fenómeno económico, social e histórico irreversible porque para el capital es tan importante la parte de la fuerza de trabajo activa como la que está en el paro.

En España uno de cada diez obreros activos aproximadamente es inmigrante. La proporción de parados es varias veces superior. En ningún país de Europa la burguesía va a repatriar jamás a los trabajadores inmigrantes, por más que se encuentren sin empleo. Siempre va a existir una parte de la fuerza de trabajo inmigrante en paro y en condiciones de trabajo precarias, sobre-explotada y sin ninguna clase de derechos laborales, sociales, educativos ni sanitarios.

La única forma de acabar con esta situación es acabar con el capitalismo, no con los inmigrantes.

El imperialismo, decía Lenin, es el capitalismo en descomposición, es decir, una época histórica caracterizada por la podredumbre. La burguesía está podrida y a su alrededor todo lo pudre y lo corrompe.

Una de las muestras de la decadencia actual del capitalismo en los países más desarrollados de Europa es su incapacidad para reproducir la fuerza de trabajo que el capital necesita y que se ve obligado a importar de otros países. Los países más desarrollados son viejos (en todos los sentidos de la palabra); los países más atrasados son jóvenes (ídem).

Otra de las muestras de la decadencia actual de la burguesía en Europa es el fascismo, el patrioterismo, el racismo, el parasitismo, el oportunismo, el fanatismo, los prejuicios y la ignorancia de que hacen gala abiertamente sus portavoces, incluso en los parlamentos, las universidades y los medios de comunicación.

En su degeneración, la burguesía corrompe a “las capas superiores del proletariado”, escribió Lenin, que quedan cautivas de los mismos prejuicios fascistas y racistas de la burguesía. Junto al fascismo surge el socialfascismo, que es la misma ideología burguesa podrida para consumo de los obreros y el lumpen.

Si la ideología de los obreros autóctonos está -en buena parte- supeditada a la de la burguesía, la de los inmigrantes, que proceden no sólo de países atrasados sino de sus regiones más rurales, es en ocasiones de tipo feudal.

El proletariado tiene sus propios principios, que no son ni burgueses ni feudales. Lucha por cambiar las convicciones subjetivas del conjunto de la clase enfrentándose a las objetivas.

Quien impulsa esa lucha son sus sectores más avanzados, los cuales se atienen a dos principios básicos, ambos opuestos a los de la burguesía. El primero es que, por principio, el proletariado se opone a todo intento de división de la clase obrera. El segundo es que los sectores más avanzados impulsan el desarrollo de los más atrasados, y no al revés.

Las convicciones subjetivas de cualquier trabajador, incluidos los inmigrantes, no son un obstáculo sino el objeto mismo del trabajo político de la vanguardia, que no se atiene a ellas, ni siquiera cuando son las más atrasadas, sino sobre todo a su condición de clase y a su práctica.

En algunos países de Europa, como Alemania, la vanguardia de la clase obrera ya son los inmigrantes, a causa del peso de la aristocracia obrera entre los autóctonos.

Por el contrario, la debilidad del capitalismo en España debilita también a la aristocracia obrera, manteniendo a los autóctonos al frente del proletariado, por lo que corresponde a ellos dirigir al conjunto de la clase.

Cuando la vanguardia del proletariado no presta la atención debida a los sectores más atrasados de su clase, la burguesía y las ONG ocupan su lugar, sustituyendo con la beneficencia el trabajo sindical y político.

Para que los sectores del proletariado más avanzados desarrollen su trabajo político entre los más rezagados, deben entender sus condiciones objetivas y subjetivas, cualesquiera que sean. “Entender” no significa aceptar, admitir o someterse a ellas, sino conocerlas, porque no se puede cambiar aquello que no se conoce.

Los inmigrantes ya están aquí y se van a quedar, como se han quedado siempre. Tengan o no tengan trabajo. Se trata de un fenómeno irreversible, objetivo e independiente de los gustos o preferencias, tanto de los autóctonos como de los propios inmigrantes. Si el capitalismo no puede asegurarles (ni a ellos ni a nadie) unas condiciones mínimas de trabajo y de vida, el proletariado no puede seguir el juego de la burguesía, cualquiera que sea, bajo ningún concepto. Lo que tiene que hacer es acabar con el capitalismo.

Además de fuerza de trabajo, los inmigrantes son una enorme fuerza ideológica, cultural e intelectual que pone al proletario en inmejorables condiciones para llevar a cabo sus tareas políticas, que no son sólo nacionales sino también internacionales.

Para emprender una tarea revolucionaria internacional, el proletariado de cualquier país se tiene que poner a la altura de los sectores más avanzados del mundo en el terreno ideológico, político y cultural, no al altura de las concepciones más miserables y mezquinas del racismo, el patrioterismo y la xenofobia. “Sólo una teoría de vanguardia permite al proletariado desempeñar su labor de vanguardia”, escribió Lenin.

El racismo tiene que ver con las clases sociales, no con el color de la piel

Juan Manuel Olarieta

En este tipo de debates siempre hay que empezar por el principio: la lucha de clases es el motor de la historia, a lo que yo añado que, en esencia, no hay más que dos clases sociales, la burguesía y el proletariado.

El racismo no es ninguna excepción. No es un problema antropológico, cultural, genético ni religioso sino algo relativo a las clases sociales o, dicho de otra manera: los inmigrantes forman parte de la clase obrera y quien se opone o desprecia a los inmigrantes se opone a la clase obrera. A toda ella, cabe añadir.

Digo esto porque en una charla en Gasteiz me advirtieron de que en mi exposición yo sólo había hablado de la clase obrera, pero que no hacía ninguna referencia a los problemas de la mujer o de los inmigrantes. Pero yo sólo hablo de la clase obrera y sólo hablo de los inmigrantes cuando forman parte de la clase obrera, bien porque trabajan o porque buscan trabajo.

Aunque ellos lo encubren, los racistas obran de la misma manera que yo. Dicen que se oponen a los extranjeros o a los inmigrantes porque no son autóctonos. O dicen que hay -o debe haber- una jerarquía en la que primero hay que poner a los de dentro y un poco más abajo, en la segunda división, a los de fuera.

Aparentemente los racistas (y los fascistas) son nacionalistas: separan lo propio, lo autóctono, de lo foráneo, lo exterior, de tal manera que hacen caer a los demás en esa misma trampa. Pero nadie hace esa separación por motivos nacionales o nacionalistas. No hay otra separación que la que opone a la burguesía con el proletariado.

Es posible encontrar muchos ejemplos de eso. En el fútbol los racistas no pretenden volver a la situación anterior a la ley Bosman para pedir que los equipos alineen únicamente -o preferentemente- a jugadores autóctonos. Los racistas no protestan porque Messi o Ronaldo quiten el puesto a canteranos como Pedro o Jesé. Cuando piensan en los inmigrantes, piensan en los obreros inmigrantes. Es a ellos a los que desprecian.

A los fascistas no les gusta que en Catalunya los letreros estén en catalán exclusivamente, pero no les importa que en Mallorca estén en alemán, a pesar de una diferencia muy importante para los racistas: los catalanes son españoles y los alemanes no lo son. ¿Por qué lo admiten?

A los xenófobos no les molestan los estudiantes que llegan a nuestras universidades procedentes del extranjero porque traen bajo el brazo una beca Erasmus, o sea, dinero. Les quitan el puesto a los nacionales, muchos de los cuales no pueden estudiar porque no tienen dinero para pagarse la matrícula. En el capitalismo todo tiene un precio y las subvenciones hacen que los racistas no se acuerden de protestar por esto como protestan por otros asuntos.

Cuando en Madrid un violador avasalló a varias jóvenes que eran extranjeras, los racistas no protestaron: el responsable de los crímenes era autóctono. Los fascistas identifican lo nacional con el autor de las agresiones. Pero, ¿qué hubiera ocurrido a la inversa, si el violador fuera un marroquí y las víctimas hispánicas? Pensadlo por un momento…

Los fascistas son tan miserables que no se sienten molestos con los turistas -que también son extranjeros- porque llegan con tarjeta de crédito y dinero para gastar. Lo único que les molesta son los que llegan sin un céntimo en el bolsillo. No acogemos a los extranjeros en función del color de su piel sino del saldo de su cuenta corriente. Todo lo demás es mentira.

Los xenófobos no tienen miedo al islam. La islamofobia europea es una comedia. Antes de que acabe el año el gobierno español le concederá una cadena de televisión a Al-Jazira, un medio wahabita que difunde la versión islámica más reaccionaria. ¿Se opondrán entonces los islamófobos a dicha concesión o se meterán la lengua en el culo a cambio de petrodólares? Una vez más lo que cuenta no es la religión sino el dinero.

Cuando los jeques del Golfo llegan a Puerto Banús en sus yates, los comercios de la Costa del Sol abren mañana y tarde, sábados y domingos para que sus múltiples esposas vayan de compras. Los fascistas están encantados porque les llenan los bolsillos, pero ¿qué ocurriría si en lugar de los jeques desembarcaran los dirigentes chiítas de Irán? Seguramente Marbella se llenaría de manifestaciones de feministas y defensores de los derechos humanos.

Nadie se queja cuando los árabes se adueñan de los equipos de fútbol, un deporte que -según la ley- es de interés “nacional” y en consecuencia debería quedar tan protegido, por lo menos, como el Museo del Prado o el Acueducto de Segovia. Pero ocurre al revés: la bancarrota económica de clubes, como el Valencia, hace que sus seguidores se entusiasmen cuando llega alguien de fuera a sacarlos del apuro.

Pero los extranjeros no se van a quedar sólo con los clubes: cuando Al-Jazira tenga su cadena de televisión en España, comprará los derechos de retransmisión de los partidos, como ya los tiene en otros países. Los residentes tendrán que pagar por algo que en Arabia es gratuito. Pero los xenófobos no protestarán por ello porque supone otra entrada más de divisas, que es lo realmente importante: que entren las divisas, no las personas.

Los racistas dicen que tienen miedo a perder la identidad nacional, e incluso la europea. Dicen que el islam es una religión oriental enfrentada a la cristiandad. Sin embargo, el islam nace justo en el mismo sitio que la cristiandad: en Oriente Medio. Ambas fueron exportadas a Europa, donde lo único realmente autóctono es el ateísmo. Si hay algo que nos diferencia es precisamente eso. Esa ha sido nuestra mayor aportación al pensamiento humano y eso es lo único que deberíamos defender.

La humanidad ha sido, es y será siempre nómada. Nadie es de acá o de allá. Es más nadie es, o sea, nadie tiene una identidad para la toda la vida, por más que nos obliguen a llevar un carnet con un número de identidad. Nacemos en un sitio, vivimos en otro y nos marchamos de vacaciones porque lo que realmente nos gusta es viajar, cuanto más lejos mejor. Afortunadamente no sólo perdemos nuestra identidad cuando vienen a visitarnos sino cuando nosotros nos vamos de visita: volvemos cambiados.

Tenemos la costumbre de decir “mi país” como si realmente fuera nuestro, pero para los trabajadores tampoco es ese el caso. Por no tener ni siquiera tenemos un país al que podamos considerar como realmente nuestro. Más bien hasta eso es de otros. No nos pueden quitar algo que no tenemos, decía Marx. Sólo podemos perder nuestras cadenas.

En los barrios rojos de Estambul (y 3)

Mahir Çayan, fundador del DHKP-C
Juan Manuel Olarieta

El barrio de Çayan debe su nombre a Mahir Çayan, fundador del DHKP-C, asesinado por la policía en 1972 cuando sólo contaba 26 años de edad. A pesar de su juventud, tradujo varias obras de Marx, Engels y Lenin al turco y junto con Ibrahim Kaypakkaya y Deniz Gezmiş constituyen las figuras más importante del comunismo turco y kurdo surgido a finales de los años sesenta.

Para asentarse en Çayan los revolucionarios tuvieron que hacer frente a lo que llaman “la mafia”, que son las inmobiliarias, que pretendían derribar las viviendas de los vecinos para construir grandes bloques de apartamentos y centros comerciales. Hablaron con los especuladores para convencerles de que abandonaran sus pretensiones, pero “la mafia” recurrió a lo que mejor sabe hacer: intimidar.

“Nos vimos obligados a sancionarles”, me dice un veterano del barrio. “¿Sancionarles?, ¿qué significa eso”, pregunto. “Ellos llamaron a sus matones y en dos ocasiones dispararon en plena calle a los jóvenes revolucionarios. A uno le hirieron en una rodilla”, me explica. Entonces las milicias mataron al propietario de la inmobiliaria. Esa fue la sanción impuesta a los mafiosos.

Las calles de Çayan son bulliciosas. Los peatones y vehículos se mezclan de manera caótica y los vendedores ambulantes ocupan las aceras. Casi en cada edificio la silueta de Mahir Çayan, acompañada de siglas y consignas, recuerda el comienzo de todo.

La Tayad, la asociación de familiares de los presos políticos, ocupa una de las casas bajas que hay en el centro del barrio. Las habitaciones y los pasillos están repletas hasta el techo de revistas que esperan a los distribuidores para que las hagan llegar a cada uno de los vecinos.

En Turquía todas las organizaciones revolucionarias se vuelcan por aquellos que han perdido a sus familiares en la lucha o los tienen encarcelados. Es más que una preocupación: es una dedicación permanente, un recuerdo constante. Las luchas de hoy se nutren de las de ayer.

Una mujer fuerte se sienta a hablar conmigo en medio de aquellos paquetes de propaganda. Es la madre de un preso político. Me cuenta el origen del movimiento a comienzos de los años ochenta, sus reuniones, sus discusiones, sus movilizaciones, sus reivindicaciones… Mientras sonríe y gesticula con las manos, habla suavemente pero con una convicción rotunda: “Nosotros empezamos defendiendo a nuestros hijos y ahora defendemos su causa”, asegura.

Se cumplen 15 años de la lucha de los presos políticos turcos contra el aislamiento penitenciario, una larga huelga de hambre en la que murieron 122 de ellos. Todo lo que me cuenta me suena familiar y cercano. Es como recordar a las madres de la AFAPP hace 30 años sujetando una pancarta en la calle, bajo un frío glacial o un sol tórrido. Es la eterna estampa de aquellas mujeres de pelo blanco a las puertas de cualquier cárcel remota, siempre cargando con las pesadas bolsas de comida, de ropa, de libros…

Las cárceles son siempre las mismas y a miles de kilómetros de distancia me siento partícipe del relato de aquella madre de gesto firme y trato cercano. Como los familiares de la AFAPP, también ella estuvo detenida y condenada a tres años de reclusión por defender a los presos políticos.

Ella percibe la cercanía igual que yo. “¿Existe algo parecido a Tayad en España?”, me pregunta. “Naturalmente”. Las cárceles son iguales en todas partes y los que están encerrados en ellas también son iguales, o muy parecidos: aislamiento, dispersión, organización, reunión, movilización…

“Pero a diferencia de Tayad, en España la AFAPP nunca ha sido legalizada”, le respondo, por buscar alguna diferencia. “Tres veces pidieron su legalización y nunca se la concedieron porque oficialmente en España no hay presos políticos y, por lo tanto, no puede una haber una asociación de presos políticos”.

No puedo evitar un chiste: “Tampoco existe dios y, sin embargo, hay cientos de asociaciones religiosas legalizadas”. Pero en España la autoridad competente sólo está para dos cosas: prohibir y poner una excusa para hacerlo. No se le puede pedir que, además, sea un poco más ingeniosa.

La madre se muestra interesada en las similitudes y diferencias que encuentro entre ambos países, así que me lanzo: “Como consecuencia de la total ausencia de derechos, en España la represión contra los presos políticos se extiende a sus familias, lo mismo que en Turquía”. Sólo los bocazas no entienden que la lucha de clases no es gratuita. Se paga con cárcel y con muerte. En Turquía no hay tanto bocazas porque la persecución política está generalizada, mientras que en España es discriminatoria. A algunos sí les sale gratis. El precio cero desvaloriza la lucha de clases; la convierte en “política”, un comercio propio de charlatanes y demagogos que harta a las masas.

Nos despedimos con un largo abrazo y al salir veo enfrente del portal una excavadora en un solar. Me cuentan que los vecinos acaban de derribar el centro social y están poniendo los cimientos de otro mejor, más amplio y más moderno.

Creo que es la mejor metáfora de la misma revolución. Hay quien cree que los vecinos del mundo no merecen más que este sucio y ruinoso Estado que hemos heredado del pasado. Por el contrario, los revolucionarios quieren lo mejor para ellos. Quieren poner la excavadora en funcionamiento, derribar el viejo Estado y construir otro, el que los obreros se merecen, mejor, más espacioso, más iluminado, más moderno, más confortable… No un Estado comprado en una inmobiliaria sino construido con sus propias manos.

En los barrios rojos de Estambul (2)


Juan Manuel Olarieta

En el parque de Gazi, otro de los barrios obreros de Estambul, los revolucionarios han asaltado el salón de bodas para crear un centro de atención a los drogodependientes. El carácter suntuario del lugar contrasta con sus ocupantes, entre ellos un anciano de barba blanca que camina lentamente y me saluda sonriente cuando me cruzo con él: ¡Merhaba! (¡Hola!). Tiene el rostro atravesado por los surcos del alcohol, una plaga desconocida hasta ahora en los países de cultura islámica.

El centro alberga a unos 20 toxicómanos, muy jóvenes la mayor parte de ellos. Cuentan con el apoyo de los revolucionarios, de las familias, de los vecinos y de los que han superado su adicción.

En los barrios de la metrópoli turca ha comenzado una guerra contra las drogas y los que trafican con ellas. La semana pasada las patrullas encontraron un enorme alijo junto a una comisaría, lo llevaron a la plaza del pueblo y llamaron a los vecinos para quemarla en su presencia.

Mientras la policía protege a los traficantes, las patrullas se encaran con ellos y les proponen acudir al centro de rehabilitación. Si no lo hacen, no pueden vender drogas en el barrio y tienen que marcharse.

El centro lleva dos años funcionando. “La puerta está abierta, tanto para entrar como para salir”, me dice Demir, el portavoz, un joven de unos 24 años, antiguo adicto que ahora se dedica a apoyar a otros.

“Aquí hacemos vida en común: comemos juntos, charlamos entre nosotros, limpiamos y nos ayudamos unos a otros”. A la mayor parte de ellos los han traído las patrullas. Les informan a las familias que los han localizado y hacen un trabajo político de propaganda y organización.

“El periodo de estancia es de un mes, pero pueden estar tanto tiempo como quieran”, me cuenta Demir. En los barrios populares apenas circula la cocaína y sus derivados, cuyo precio astronómico la reserva para los adinerados. Sobre todo circula el “bonsai” y la heroína.

Llaman “bonsai” a una hierba que se obtiene de la verónica. En los barrios se vende muy barata, el equivalente de un euro y medio, porque es una planta que prolifera en las regiones frías, donde sus infusiones siempre se emplearon con carácter medicinal.

“¿Con qué tipo de sustancias tratáis las crisis de abstinencia?, ¿con metadona?”, le pregunto a Demir. “Con cariño”, me responde. No se si he entendido bien, pero Demir insiste: “Nosotros no sustituimos unas drogas por otras”. En los momentos más agudos de crisis, le duchan al adicto con agua fría y le dan masajes.

¿Es una terapia exitosa? Rotundamente sí. “Las instituciones oficiales fracasan en un 97 por ciento de los tratamientos que emprenden; nosotros en un 30 por ciento solamente”, me asegura Demir.

Lo del cariño me ha dejado con la boca abierta, pero lo voy entendiendo a lo largo de la conversación. Es la confianza en la persona, en su capacidad de cambiar, de lograr todo aquello que se proponga con la ayuda de los que le acompañan. “Aquí no preguntamos a nadie por lo que ha sido sino por lo que quiere ser”.

De esta manera muchos antiguos toxicómanos se han incorporado a las filas revolucionarias, junto con sus familiares. Recientemente la policía mató a uno de ellos cuando denunciaba el tráfico de drogas en el barrio.

Cuando terminamos de hablar, atravieso una sala presidida por una larga mesa en la que los toxicómanos comen en compañía de los responsables del centro, de sus familiares, amigos y vecinos del barrio.

A la salida del centro hay un enorme edificio de varias plantas recién construido. Demir lo señala con el dedo: “Dentro de poco lo ocuparemos también. Tenemos intención de crear un conservatorio para que los vecinos aprendan música”. De momento el edificio está vacío. “¿Por qué no lo habéis ocupado ya?”, le pregunto. “Porque es tan grande que sería imposible amueblarlo”, me responde. “Estamos esperando a que lo llenen de muebles para apoderarnos de él”.

La justificación para construir un edifico público tan grande son los discapacitados, que jamás disfrutarán de sus instalaciones. El verdadero negocio está en su edificación. Lo que luego hagan con él no le importa a ningún organismo público. La única excepción es esa: que una organización revolucionaria lo ocupe para destinarla al disfrute de los vecinos. Entonces se rasgarán las vestiduras.

En los barrios rojos de Estambul

Dilek Dogan
Juan Manuel Olarieta

Con sus 20 millones de habitantes, Estambul es un territorio imposible de recorrer. Con un pie en Asia y otro en Europa, sus edificaciones se aplastan sobre un terreno sinuoso. Muchas de ellas, que cubren barrios enteros, recuerdan al viejo Pozo del Tío Raimundo de Madrid. A su lado se alzan suntuosos rascacielos.

Cuando era un solar, el barrio de Armutlu (“Los Perales”, en turco) fue enteramente ocupado para que los arquitectos e ingenieros vinculados al DHKP-C construyeran allí las viviendas que hoy ocupan los vecinos. Se levanta sobre una colina con una vista majestuosa del Bósforo, donde los barcos esperan su turno para llegar al Mar Negro.

Los autobuses se detienen a la entrada del barrio, sometido día y noche a la vigilancia de patrullas revolucionarias. No hay propaganda electoral. Sin embargo, casi en cada pared, los murales y pintadas homenajean a la revolución y a la lucha contra el imperialismo.

Tropas especiales de la policía derriban las barricadas para ejecutar operaciones fulgurantes de castigo contra la población de manera periódica. Cuando llego veo algunos restos de ellas a izquierda y derecha. “La policía ha estado aquí hace un hora”, me dicen en el centro social del barrio, una modesta casa baja en el que la juventud monta guardia y vigila. Para combatir el intenso frío, queman maderas en un viejo barril y cantan y bailan cogidos de la mano alrededor de la hoguera.

Lo que el barrio tiene no se lo ha regalado nadie, ni el Estado, ni el ayuntamiento. Es suyo. Lo han construido con sus propias manos. Al lado del centro, los vecinos levantan un centro deportivo para los niños y un generador eólico de electricidad para no depender de los enganches clandestinos.

Para tratar de cualquier asunto, los vecinos se reúnen en el centro social, cuyas paredes retratan a la clase trabajadora turca. Los carteles revolucionarios conviven con cuadros del profeta Alí armado de una temible espada, “la más importante del islam”, según dice una inscripción. En una religión alérgica a cualquier iconografía, sólo puede ser algo típico de los alevis, el equivalente turco y kurdo de los alauitas sirios y libaneses.

Pregunto a los vecinos por aquella extraña coexistencia de símbolos religiosos y ateos, que hoy parece tan singular. Me explican que el centro es de los vecinos y que cada uno de ellos quiere verse reconocido en el lugar. Los alevitas no se oponen a la revolución socialista, sino al contrario. Tienen creencias comunes a la humanidad, como son la igualdad y la lucha contra la injusticia.

Recuerdo que los católicos tienen una iconografía parecida en el Arcángel San Miguel, a quien también representan con la espada que empuñó para luchar contra el dragón, símbolo del Mal y del demonio.

También recuerdo que está muy próximo el 40 aniversario de la matanza de Vitoria, cuando cinco obreros fueron asesinados al atacar la policía la iglesia en la que se reunían. La mezcla de escenarios políticos y religiosos parece ser bastante común en casi todas partes.

Los murales del barrio recuerdan uno de los últimos crímenes de la policía: el asesinato a sangre fría de Dilek Dogan, una obrera volcada en las actividades políticas y sociales de los vecinos. La policía asaltó su casa de madrugada y ella salió a su encuentro en la puerta, diciéndoles que aquello no era una cuadra.

En las viviendas turcas es costumbre quitarse el calzado antes de entrar y Dilek les mostró a la policía que tenían las botas puestas. El oficial al mando sacó una pistola y, sin mediar palabra, disparó tres tiros. Me los muestra el padre de Dilek cuando voy a visitarle a su casa. Uno atravesó la puerta del servicio, otro se alojó entre los azulejos de la ducha y el tercero impactó mortalmente en el cuerpo de Dilek, privándonos de su sonrisa para siempre.

Cuando salgo de la vivienda me abrigo porque nieva copiosamente. Mientras me calzo, el asesinato de Dilek me parece ejecutado aún con más sangre fría; pero no es sólo por el viento que recorre la lengua de agua del estrecho…

A la mañana siguiente me informan de que después de marchar, la policía hostigó al barrio durante toda la noche. Su obsesión es derribar la carpa con la que los vecinos homenajean a Dilek. El mismo empeño ponen unos en ocultar el crimen como otros en mantener vivo el recuerdo de una vecina a la que todos apreciaban.

El debate de La Haine sobre la amnistía es el beso de Judas

Juan Manuel Olarieta
El “debate” abierto por La Haine en torno a la amnistía está agotado antes de empezar. De la propia lectura de los textos publicados se desprende que no es realmente un “debate” y que no puede haber nada parecido a un “debate” porque no hay nada que debatir.

No se puede hablar de si una reivindicación, como la amnistía, es “idónea” o no. Ese “debate” de salón lo tendrán quienes, como los administradores de La Haine o los que participan en él, se encuentran en la calle, pero en ningún caso los que están represaliados políticos, sus familias, los solidarios, los antifascistas y los abertzales.

Es como preguntarle a un obrero si un aumento salarial es “idóneo” en el “actual contexto” y abrir un “debate” en torno a ello. Como si hubiera alguna duda.

No hay “debate” porque la idoneidad de la lucha por la amnistía empieza al minuto siguiente de que alguien resulte encarcelado por su lucha política y sólo acaba cuando el último de ellos sale a la calle, es decir, cuando deja de haber presos políticos.

Todo lo demás es charlatanería.

El único verdadero debate es el siguiente: una parte de la izquierda abertzale se ha traicionado a sí misma abandonando los postulados que habían constituido sus señas de identidad desde más de 40 años, entre ellas la lucha por la amnistía.

Para que haya un “debate” tiene que haber un interlocutor, y en este caso no lo hay. Con los traidores, los renegados y los vendidos no se debate: se combate.

El “debate” de La Haine no sólo no trata sobre esto sino que pretende ocultarlo, es decir, hacer el juego a los traidores, que no han abandonado la lucha armada, como ellos insinúan; han abandonado la lucha.

Cuando los renegados de la izquierda abertzale hablan de que se presenta un “nuevo escenario político” se les olvida aclarar que lo único que ha cambiado en Euskal Herria es que ellos se han bajado los pantalones hasta los tobillos. No ha cambiado nada más.

Cuando púdicamente La Haine habla del “actual contexto” se refiere a lo mismo, porque en lo que a las cárceles respecta el contexto de represión no es actual sino muy viejo y no ha cambiado. En absoluto.

En el “debate” de La Haine se trata de hablar sobre la amnistía “en Euskal Herria”, que es como hablar del movimiento obrero relatando sólo las movilizaciones de una única fábrica.

La lucha por la amnistía no es una lucha sólo “del pueblo vasco” sino de todos los represaliados políticos, sus familiares y los solidarios con ellos, que son cada vez más y cada vez más duramente, dentro y fuera de Euskal Herria.

¿Acaso los renegados creen que ellos han patentado alguna lucha?, ¿quieren hacernos creer que realmente ellos van a seguir luchando?

Una parte de un determinado movimiento político que ha decidido abrirse las venas, ni puede decidir por los demás, ni comprometer a los demás, sino al contrario. Es un estímulo para continuar lo que ellos han abandonado. Un estorbo menos. Nos aligeran el equipaje.

Es cierto lo que dice La Haine en su presentación de este falso “debate”, acudiendo a una expresión de Brouard: durante muchos años la izquierda abertzale ha sido una punta de lanza contra el régimen remozado durante la transición.

Sería bueno subrayar eso de “hace muchos años” porque ahora mismo lo que fue punta de lanza se ha convertido en el culo del mundo.

¿Por que no abrimos un debate sobre eso?

Fuente: http://amnistiapresos.blogspot.com.es/2016/01/el-debate-de-la-haine-sobre-la-amnistia.html

El arte de la conjetura

Andrei N. Kolmogorov
Juan Manuel Olarieta
En 2013 se cumplieron tres siglos de la publicación del “Arte de la conjetura” del matemático suizo Jacobo Bernoulli, que apareció después de su muerte. La obra fue una de las primeras investigaciones matemáticas sobre el azar, las probabilidades y la estadística, un tema que siempre desata ríos de discusiones.

Llamo la atención sobre la calificación de una parte de la matemática como “arte”, que tiene que sorprender a quienes tienen una imagen errónea de esa disciplina científica, asociada a la exactitud y contrapuesta precisamente a lo artesanal y a la artesanía en muchos sentidos.

Por una tradición clásica de origen griego, en un mal sentido se llamaba “arte” a algo de inferior categoría, una especie de ciencia de segunda división que se relacionaba con algo inútil, con entretenimientos como el juego de naipes o de dados.

En este sentido, lo que sólo era un “arte” adquirió mayoría de edad cuando en 1927 el matemático soviético Andrei N. Kolmogorov, uno de los más grandes del siglo pasado, axiomatizó el cálculo de probabilidades en la manera en que hoy se explica en cualquier manual de estadística. Le llamaron “el zar del azar”.

Pero las nociones relacionadas con la “artesanía” invocan a algo que se hace con las manos, lo mismo que los derivados de “khir” (mano, en griego) en la medicina (quirófano, cirujano), es decir, lo que los marxistas calificamos como “práctica” y ponemos en el origen de cualquier teoría, por abstracta que sea.

El origen de la teoría matemática del azar no es, pues, otro que la práctica y no precisamente un entretenimiento lúdico, como el juego de dados, sino negocios tan prosaicos como el aseguramiento de la carga de un buque mercante, algo considerado tan aleatorio como cualquier apuesta.

En referencia al azar, como en cualquier otro debate, el marxismo defiende la ciencia y, en este caso, el cálculo de probabilidades y la estadística que son lo que su nombre indica: una forma de cálculo y, por lo tanto, de transformación de lo cualitativo (azar) en cuantitativo (probabilidad), una operación llamada “variable aleatoria”.

El azar, pues, no es nada misterioso sino algo tan corriente que se puede medir, y de hecho se mide (mejor o peor) en función de algo en lo que la dialéctica materialista insiste: la experiencia, que es la progenitoria de la práctica.

A pesar de ello, el azar sigue ocasionando vacilaciones. Algunos califican al marxismo como determinista, como si eso fuera un reproche. Otros, como Einstein, dicen que “dios no juega a los dados”.

Estas discusiones proceden de una concepción mecanicista del azar, muy arraigada, en la que los sucesos inexorables se contraponen a los aleatorios; los primeros serían propios de la física y los otros de la sociedad. Sin embargo, el cálculo de probabilidades es siempre el mismo, es decir, no diferencia entre la naturaleza y la sociedad.

Pero esa contraposición es errónea: la probabilidad es la unidad dialéctica del azar y de la necesidad, de una cosa y de su contraria. Una acontecimiento es imposible cuando su probabilidad es igual a cero; por el contrario, es inexorable cuando su probabilidad es igual a uno; es probable en cualquier situación intermedia entre ambos opuestos (cero y uno).

La unidad de contrarios se pone de manifiesto por el hecho de que la suma de las probabilidades todos los acontecimientos posibles es igual a uno.

No es la única oposición de contrarios sobre la que está construido el cálculo de probabilidades. Si atendemos al término “conjetura” que está en la obra de Bernoulli, nos damos cuenta de que la estadística también tiene un carácter prospectivo, ya que trata de predecir el futuro.

Es el caso de las encuestas electorales, que proporcionan instrumentos estadísticos para poder adivinar el número de votos que va obtener una determinada candidatura. En este sentido, el cálculo de probabilidades es la unión dialéctica de lo real y lo posible.

Lo mismo que la matemática, el marxismo no se conforma sólo con lo real. El conformismo (“es lo que hay”) es antimarxista siempre. Además hay que indagar en lo que está por llegar, en el socialismo, que tarde o temprano será una realidad, por lo que sólo cabe discutir la manera de hacerlo conscientemente, con “conocimiento de causa” que se suele decir.

Los catedráticos de in-cultura científica exhiben sus desvergüenzas

El blog de la cátedra de “Cultura Científica” de la Universidad del País Vasco ilustra un artículo titulado “La ciencia bajo el totalitarismo” con un montaje que asocia en la misma foto a Stalin con Hitler (1), lo cual es indicativo del infame estilo intelectual de esos catedráticos.

Ya es toda una aberración iniciar un artículo en nombre de la ciencia (y la cultura científica) con un montaje fotográfico, es decir, con una falsificación. Quizá es porque dichos catedráticos asocian estrechamente la ciencia a la mentira, por lo que sus alumnos deberían estar sobre aviso respecto al tipo de enseñanzas que imparten, dentro y fuera de las aulas.

Pero junto al engaño está la tendenciosidad, que posiblemente esos universitarios también asocien a la ciencia. Quizá sea esa su manera de entenderla. Los catedráticos muestran bajo un mismo rótulo ideológico (“totalitarismo”) lo que la historia no sólo presenta separado sino brutalmente enfrentado en la Segunda Guerra Mundial: el III Reich y la URSS.

Naturalmente que sus comentarios nada tienen que ver con la ciencia, por más que ellos la vistan como tal. Es otra de sus muchas tergiversaciones. La ciencia es otra cosa distinta. Quizá la ciencia no nos pueda ofrecer “la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”, pero no cabe duda que se esfuerza por buscarla. Lo que nunca se puede tomar por ciencia es la chabacanería, la falta de rigor y de probidad.

Lo de los catedráticos es, pues, ideología, la típica manera de proceder de la burguesía, que ellos proyectan sobre sus adversarios, los comunistas. Como ellos son así de cutres, creen que los demás nos queremos poner a su misma altura, o sea, a ras de suelo.

Pero una ideología, incluida la burguesa, la suya, puede ser como cualquier otra. En su caso el problema añadido es lo que un idealista calificaría como falta de “conciencia de sí”. Estos catedráticos son como Monsieur Jourdain: ni siquiera saben que hablan en prosa, ni siquiera saben que lo suyo es sólo ideología, ni siquiera saben lo que es una ideología, como el “totalitarismo”. Hablan sin saber lo que dicen.

En cualquier comentario tan difícil es acertar siempre como fallar siempre, pero estos catedráticos lo han logrado: no aciertan nunca. Hay que felicitarles por ello. Para muestra sirve un botón. Dicen que para nosotros, los comunistas, “la ciencia sería la criada de la teología secular del marxismo” (2), por lo que de nuevo ponen los opuestos uno (el marxismo, que es una ideología atea) al lado del otro (teología, el estudio de dios), mientras que la ciencia, la pobrecilla ciencia, queda plenamente subordinada, como una humilde sirvienta.

Ese es el estilo de los catedráticos. A ellos la ciencia les importa un bledo. No se refieren a ella, ni tampoco a su progreso real en la URSS, algo que ignoran por completo; la manipulan, se aprovechan de ella, hablan en su nombre para atacar al marxismo, a Stalin y a cualquier cosa, real o imaginaria, que tenga relación con ello. Su tarea es exclusivamente política. Son ellos, y sólo ellos, los que instrumentalizan la ciencia de mala manera, con una habilidad muy escasa porque no dan para más.

Son tan torpes que sostienen que la URSS “rechazaba la física cuántica porque negaba la lucha de clases y la materialidad de la naturaleza”. Entonces deberían explicar algunos hechos elementales, como los motivos por los cuales buena parte de los primeros físicos especializados en dicha disciplina eran soviéticos, por qué en 1957 construyeron el acelerador de partículas más potente, por qué publicaron los primeros manuales sobre la materia, abrieron las primeras cátedras… ¿A eso le llaman rechazo?

Estos catedráticos de la Universidad del País Vasco son penosos. Se dedican a proyectar sobre los demás lo que no son más que sus propias miserias intelectuales.

(1) http://culturacientifica.com/2014/09/04/la-ciencia-bajo-el-totalitarismo/
(2) http://culturacientifica.com/2015/12/29/anticiencia-ii-nazismo-y-comunismo/

La ‘desputinización’ conduce a la polítiquería moderna

Juan Manuel Olarieta

El domingo el Presidente del Parlamento Europeo, el alemán Martin Shulz, acusó al gobierno de Polonia de “putinizar” la política europea. Se refería a que, tras las elecciones de octubre del pasado año, el partido vencedor estaba subordinando el Estado a su programa político.

Me parece toda una declaración de largo alcance por parte de Schulz. Le faltó añadir: como en los viejos tiempos, en la época socialista de Polonia, en donde lo criticable no es que hubiera un “partido único” (porque había varios) sino que hubiera partidos políticos de verdad.

Según Schulz lo que debe prevalecer en un Estado moderno (capitalismo monopolista de Estado) es lo contrario: la inexistencia de partidos de verdad y la subordinación de los que se llaman como tales al Estado. El Presidente del Parlamento Europeo quiere Estados apolíticos.

En su declaración Schulz propone vaciar las elecciones de significado, porque la mera pretensión de que un partido recién llegado al gobierno cumpla con su programa electoral se considera como una aberración, que en Bruselas llaman “putinismo” en referencia al ogro del Kremlin.

Se pone así de manifiesto un viraje cardinal de la modernidad fascista, que es la conversión de los partidos políticos, que antes formaban parte de la sociedad civil, en parte del mismo aparato del Estado. Dicho con otras palabras: cuando los partidos políticos se subordinan al Estado, y no al revés, es la sociedad entera la que queda sometida a lo que Marx y Engels califican como “el consejo de administración de los negocios comunes de la burguesía”. La sumisión de los partidos al Estado es la sumisión a la burguesía y, en la época moderna, a la burguesía monopolista.

Lo hemos escuchado mil veces cuando un candidato sale elegido: aunque procede de las listas de un partido político, promete gobernar “para todos”, sin incurrir en “partidismos”, que es como un gran vicio repudiable.

Pero es mentira. Todos esos que hablan de “la ciudadanía”, “la gente”, “los contribuyentes” y cosas parecidas son un hatajo de farsantes. Es imposible gobernar al gusto de “todos”, de los acreedores y los deudores, los propietarios y los inquilinos, los presos y los carceleros y, naturalmente, la burguesía y el proletariado.

Hay asuntos que la modernidad fascista ha puesto por encima de los partidos políticos, asuntos intocables, eso que aquí suelen llamar “cuestiones de Estado”, esas de las que no se habla nunca, por más noticiarios y tertulias que uno escuche cada día en los medios de comunicación.

Un partido que quiera “hacer política” no sólo no puede tocar ninguno de esos pilares sino que no puede hablar de ellos, porque eso supone convertirlos en lo que son exactamente, algo discutible. La política real, la de verdad, es la que versa sobre eso de lo que nadie quiere ni hablar y que acaba cayendo en las cloacas de los “secretos de Estado”, de los fondos reservados y de los manejos turbios.

Cuando en un Estado algo es indiscutible hay que empezar a hacerse muchas preguntas, la primera de las cuales es quién las está imponiendo como tales y por qué todos los demás no se atreven a discutirlas.

Luego hay otro tipo de dudas, como en dónde queda el famoso “pluralismo político” y cómo su cada vez más reducido ámbito de actuación no es otra cosa que el monopolismo trasladado al ámbito de las luchas políticas. El monopolismo moderno también acaba con la competencia en el ámbito político. La falta de pluralismo es la superestructura política del monopolismo contemporáneo.

Si se analiza en concreto, con un mínimo detalle, hasta dónde alcanza el radio de acción del pluralismo en cada país, como España sin ir más lejos, se observará que las “cuestiones de Estado” no sólo lo forman un puñado de pilares básicos (propiedad privada, integración en la Unión Europea, integración en la OTAN, unidad de España, monarquía) sino otro tipo de cuestiones, tales como el reconocimiento de la República saharahui, por poner un ejemplo del que nadie habla y que nadie pondrá en cuestión, ni siquiera si tiene la oportunidad de tomar las riendas del gobierno alguna vez.

En España incluso algo tan elemental como eso, el reconocimiento de la República saharaui, no es un asunto que se pueda resolver por la vía electoral sino que deberá esperar a un cambio revolucionario, por lo que los independentistas deberían empezar a preguntarse: si la España actual no es capaz de reconocer la independencia del Sáhara, ¿cómo vamos a esperar a que reconozca la de Galicia, Euskadi o Catalunya?

Una vez eliminado el pluralismo, la política se ha convertido en politiquería, en algo despreciable, una colección de banalidades, esa morralla que escuchamos cada día en las noticias, que aburre porque son siempre los mismos asuntos repetidos hasta la saciedad, una y otra vez, para ofrecer una falsa sensación de lo que no hay: de pluralismo.

Aún peor que la inexistencia de pluralismo es la criminalización de quienes hacen gala de él, de quienes expresan opiniones diferentes y dan con sus huesos en la cárcel, otro asunto del que nadie habla y del que nadie quiere que se hable. Nadie quiere ni oír hablar de derogar leyes fascistas, como la ley de partidos, o de disolver tribunales fascistas, como la Audiencia Nacional.

Un país, como España, en el que progresivamente se van dejando al margen cada vez más “cuestiones de Estado”, acerca la mecha al polvorín de la revolución. Está abocado a una revolución violenta porque hasta los asuntos más insignificantes se convierten en revolucionarios, es decir, que necesitan de una revolución para solucionarlos.

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