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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 28 de 60)

Aquí no hay una falta de libertad de expresión sino un exceso de fascismo

Juan Manuel Olarieta

No hay ningún pedante al que le falte en la boca esa conocida frase de que el arte es “transgresor” por antonomasia. Basta que a un artista le pongas algún límite para que trate de saltar por encima.

“El rap es una modalidad musical provocadora”, dice el diccionario de la Academia de la Lengua y, como estamos comprobando, en ningún otro país como en España la provocación ha alcanzado un éxito tan arrollador.

A pesar de ello, todo el discurso oficialista, empezando por el jurídico y el periodístico, se preocupa por lo contrario: por los límites de la libertad de expresión. “¿Dónde están los límites a la libertad de expresión?”, preguntan.

La Plataforma en Defensa del Derecho a la Libertad de Información acaba de publicar una “Guía de emergencia sobre los límites a la libertad de expresión”(1).

Una crónica de “Cuarto Poder” sobre el acto celebrado en Madrid el 18 de marzo en Lavapiés comenzaba así: “Más de una veintena de colectivos, que van desde los Encausados por la Operación Araña hasta Anticapitalistas Madrid, han llenado la sala del Teatro del Barrio para charlar sobre una cuestión que levanta preocupación social: los límites a la libertad de expresión”(2).

¿Realmente la preocupación social es por los límites a la libertad de expresión o por la libertad de expresión misma?

La impresión que transmiten es la de un “buffet libre”: nos pasamos con la comida, comemos en exceso porque es gratis. Abusamos de nuestros de derechos porque el ejercicio de los mismos no tiene consecuencias.

Uno de los límites que siempre han querido imponer al arte es “el buen gusto”, aunque en realidad hay muchos más. Cuando en febrero retiraron las fotos de Santiago Sierra sobre los presos políticos de la exposición Arco, el ministro de Cultura y portavoz del Gobierno, Méndez de Vigo, confesó en los desayunos de RTVE que le gusta la libertad de expresión, pero que hay que “hacer crítica política sin ofender”(3).

Poner límites a todo es imprescindible en un país -como el nuestro- que es excesivamente democrático; hay demasiada libertad y, en consecuencia, esto “se nos va de las manos”.

Este tipo de planteamientos, que han calado en ciertos medios, ignoran la memoria histórica de los 40 años de represión política posteriores a la Constitución de 1978. Se creen que el problema con la libertad de expresión ha surgido ahora mismo.

De cualquier manera, es interesante analizar los famosos límites a la libertad de expresión porque es dialéctica pura, como mirar el anverso y el reverso de la realidad, al estilo de los antiguos negativos de las fotografías.

Veamos: un ejemplo de límite es el artículo 12 del Fuero de los Españoles aprobado durante el franquismo: “Todo español podrá expresar libremente sus ideas mientras no atenten a los principios fundamentales del Estado”.

La conclusón es obvia para los que hablan de límites: desde 1945 en España siempre hemos disfrutado de libertad de expresión, naturalmente limitada. ¿Es eso lo que hay que explicar?, ¿así es como hay que entender un derecho fundamental?

Si es así, la conclusión es que en el franquismo también había libertad de expresión, como ahora, a pesar de que miles de personas fueron detenidas y condenadas por propaganda ilegal, un delito donde lo importante no era la propaganda sino su ilegalidad, es decir, el mismo pretexto que ahora: bajo el franquismo quien iba a la cárcel no era por sus opiniones políticas sino por infringir el Código Penal.

En el franquismo, pues, también había libertad pero rodeada por demasiadas restricciones. Había que ampliarlas. Por ejemplo, en 1966 la ley de prensa eliminó la censura previa que se había impuesto en 1938; entonces en el franquismo hubo más libertad, se amplió su radio de acción.

La libertad es como la cotización de la bolsa, un asunto de más o menos.

Los que hacen este tipo de planteamientos, como Amnistía Internacional, es por una razón: ellos no son los que padecen el castigo, ni lo han padecido nunca: nunca han sido detenidos por hablar, por cantar o por publicar.

Es lo mismo que ocurre con todos esos que niegan que España sea un Estado fascista: no les han dado ningún palo en las costillas. ¿Qué van a decir?

El debate del momento trata exactamente de eso: en España no hay ningún problema con la libertad de expresión; el problema es con el fascismo.

Notas:

(1) http://libertadinformacion.cc/wp-content/uploads/2018/05/Gu%C3%ADa-de-emergencia-Valtonyc-LIBERTAD-DE-EXPRESI%C3%93N-240518.pdf
(2) https://www.cuartopoder.es/espana/2018/03/19/el-rapero-valtonyc-en-un-acto-sobre-la-libertad-de-expresion-solo-los-pobres-entramos-en-la-carcel/
(3) http://www.elmundo.es/cultura/2018/02/22/5a8e8bb4e5fdea3e2c8b4639.html

Valtònyc anuncia que no se va a rendir en la vigilia de su entrada en prisión

“Mañana es el día. Mañana van a tumbar la puerta de mi casa para meterme en la cárcel. Por unas canciones”. El rapero Josep Miquel Arenas, Valtònyc, ha recordado en un mensaje en la red social Twitter que este jueves vences el plazo que le dio la Audiencia Nacional para ingresar en una cárcel por la condena de tres años y medio de cárcel por los delitos de amenazas, injurias a la Corona y enaltecimiento del terrorismo por el contenido de sus canciones.

Su defensa avanzó que el rapero esperaría hasta el último día del plazo para el ingreso en prisión. Para evitarlo, su abogado, Juan Manuel Olarieta, anunció la presentación de un escrito ante el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos. No obstante, si Estrasburgo no resuelve su petición antes del jueves, el rapero tendrá que esperar su respuesta en prisión.

Sin embargo, Valtònyc ha asegurado en Twitter que se resistirá a su encarcelamiento: “No se lo voy a poner tan fácil, desobedecer es legítimo y obligación ante este estado fascista”. “Aquí no se rinde nadie”, ha agregado el rapero mallorquín.

La pasada semana se dio a conocer que internautas anónimos estaban comprando billetes a nombre de Josep Miquel Arenas con el objetivo de “trolear” a la policía, en palabras del rapero, después de una orden policial para identificarle si sale en avión de la isla. “Mañana España va a hacer el ridículo, una vez más”, termina Valtonyc.

http://www.lavanguardia.com/politica/20180523/443783290719/valtonyc-no-rendir-entrada-prision.html

La justificación histórica del nacionalismo burgués en la lucha contra el imperialismo

Juan Manuel Olarieta

Es una concepción muy extendida que, como los archivos de un ordenador, la historia también se puede borrar. Pero por extendida que esté, es errónea. Es absolutamente imposible. La historia es una evolución, un desarrollo y una metamorfosis, un cambio en la forma, una transformación de un acontecimiento en otro.

Si, es cierto, el feudalismo desapareció para dejar paso al capitalismo, pero aún subsisten instituciones feudales, como las monarquías dentro de los Estados burgueses más avanzados.

En los países con una trayectoria más dilatada en el tiempo, el pasado no ha esfumado, incluso el más remoto; está enterrado. Cualquier arqueólogo sabe que basta excavar un poco para adentrarse miles de años en la historia.

El materialismo histórico no se llama de esa manera sólo porque tenga en cuenta la historia, sino porque, además, considera que la historia está presente, según la gráfica expresión de Marx: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”(1).

Si, es cierto, la URSS también desapareció, pero su peso en la historia del siglo pasado ha sido tan gigantesco que sus efectos se siguen haciendo sentir, dentro y fuera de Rusia. La URSS llegó a la historia para quedarse de manera definitiva. Como el Cid Campeador, sigue ganando batallas después de desaparecida.

Cuando se han cumplido 100 años de la Revolución de Octubre es importante recordarlo e insistir en ello: la URSS cambió de manera radical y definitiva las relaciones internacionales, a costa de un sacrificio gigantesco, con millones de muertos. No fue sólo porque el proletariado, que es una clase esencialmente internacional, mantiene una concepción distinta a la burguesía también sobre ese aspecto, sino por algo mucho más acuciante: los imperialistas nunca admitieron la existencia de la URSS como Estado.

A la URSS los más fuertes no le regalaron su derecho a permanecer en la historia, bien entendido que los soviets nunca trataron de estar ahí de cualquier manera, sino con una personalidad propia, con sus propios principios y sus propias reglas, empezando por las que deben regir en las relaciones entre distintos países, naciones y Estados.

Por eso el primer decreto que aprobó el gobierno soviético fue el Decreto sobre la Paz que, como la propia Revolución de Octubre, cambió el mundo para siempre, de manera irreversible. Hasta entonces el derecho internacional era el derecho de la guerra; desde entonces es un derecho para impedirla. Hoy hasta las guerras se hacen por la paz, en su nombre, naturalmente prostituyéndola.

Hasta 1917 las guerras eran choques militares entre un puñado de grandes potencias donde el resto del planeta era “tierra de nadie” con la que podían disponer como les diera la gana. Las conquistas y las anexiones de esas tierras no eran verdaderas guerras porque los “salvajes” estaban fuera de la civilización y de las normas por las que se rige.

La descolonización, el acceso de la independencia de los pueblos del Tercer Mundo y el movimiento de los países no alineados fueron consecuencia del papel activo de la URSS en el mundo y, principalmente, de la victoria frente al fascismo en la Segunda Guerra Mundial. En la Carta de la ONU, aprobada en 1945, la URSS impuso nuevos principios fundamentales sobre las relaciones entre los países que hoy nadie se atreve a discutir siquiera.

En pleno siglo XXI esa “pesadilla” que se llamó la URSS sigue “oprimiendo” el cerebro de la burguesía, a la que le gustaría desembarazarse de tales fantasmas “del pasado” y con ellos de algunas de las materializaciones que subsisten, que son bien reales, entre ellas los pueblos, las naciones y los Estados surgidos de la descolonización del Tercer Mundo.

A diferencia del pasado, de hace 100 años, hoy el imperialismo no puede imponerse sin someter a esos países, confirmando así el pronóstico leninista de que en esta etapa superior del capitalismo se intensificará “el yugo nacional” (2), como así ocurre hoy por doquier, sumando -e incluso fusionando hasta cierto punto- las contradicciones de clase con las aspiraciones de poblaciones enteras a su liberación. En el futuro, vaticinó Lenin, “la revolución socialista no será única ni principalmente una lucha de los proletarios revolucionarios de cada país contra su burguesía; no, será un lucha de todas las colonias y de todos los países oprimidos por el imperialismo, de todos los países dependientes, contra el imperialismo internacional”(3).

La política de los imperialistas es justamente la contraria, como cabe esperar. Ha consistido siempre en romper los lazos de unión de los países socialistas y el movimiento obrero con el los países del Tercer Mundo con múltiples subterfugios y la colaboración de los grupos oportunistas, como la Guerra de Siria está poniendo de manifiesto con absoluta claridad.

La Revolución de Octubre acabó con el papel pasivo que el Tercer Mundo había jugado hasta entonces en la historia: “En la revolución actual empieza un periodo en el que todos los pueblos orientales participarán en la decision de los destinos del mundo”, escribió Lenin. Esta revolución -advirtió- durará “muchos años y exigirá muchos esfuerzos” y se trata, además, de una tarea cuya solución nadie va a encontrar en “ningún libro comunista” porque no se trata de “luchar contra el capital sino contra las superviviencias del medievo”.

Lo que si es seguro es que en los países avanzados la vanguardia no puede llevar a cabo el paso al comunismo por sus propias fuerzas. Necesita apoyarse en la lucha de las naciones y los países dependientes y oprimidos. Los comunistas, concluye Lenin, “tendrán que apoyarse en el nacionalismo burgués que despierta en estos pueblos, nacionalismo que no puede menos que despertar y que tiene su justificación histórica”(4).

Los oportunistas de pacotilla deberían reflexionar un poco sobre el significado de esas palabras de Lenin, pensando en los nacionalistas burgueses que les rodean, tanto en Catalunya como en Siria, y que están haciendo por la revolución proletaria y la lucha contra el imperialismo mucho más de lo que ellos serán nunca capaces de reconocer.

(1) Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pg.11.
(2) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, Pekín, 1972, pg.142.
(3) Lenin, II Congreso de las organizaciones comunistas de los pueblos Oriente, Obras Completas, tomo 39, pg.338.
(4) Lenin, idem, pg.342.

Calentamiento climático: dónde está lo verdadero, lo falso y lo incierto

Juan Manuel Olarieta

No es tan obvio -como parece- decir que hay buenos y malos científicos como hay buenos y malos arquitectos, camareros o políticos. Es aún mucho menos obvio decir que la inteligencia no está bien repartida entre las distintas profesiones, incluida la científica. Que alguien se dedique profesionalmente a la ciencia no significa que sea inteligente. Que alguien acumule muchos conocimientos tampoco demuestra nada, salvo que tiene buena memoria.

Por eso resulta sorprende cuando se leen obras que no sólo se salen del canon sino que lo combaten, tanto en las batallas políticas, como en las filosóficas y, naturalmente, también en las científicas porque en la ciencia las concepciones gregarias están tan extendidas como en los demás terrenos y a veces se disfrazan de “consenso científico”.

También en la ciencia es muy grato tropezarse con quienes combaten el gregarismo y, además, se rodean de magníficos argumentos, como ocurre con la obra publicada en diciembre por el suizo Jean Claude Pont, profesor de la Universidad de Ginebra, de la que me encanta hasta su título, a medio camino entre Descartes y el cineasta italiano Sergio Leone: “Lo verdadero, lo falso y lo incierto en las tesis del calentamiento climático”.

En su obra Pont dice cosas como que, en su estado actual, la ciencia no está en condiciones de predecir ninguna catástrofe climática, ni el estado de los glaciares dentro de 50 años, ni el nivel de los mares.

En materia climática el canon viene impuesto contra viento y marea por organismos internacionales, como el GIEC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre la Evolución del Clima), al que Pont califica de “secta” y “grupo de presión”. Incluso algunos científicos que han formado parte del mismo, se han quejado de la manipulación de sus aportaciones. Sobre ese tipo de tinglados sólo pueden recaer sospechas por su afición al dopaje, las subvenciones y otras manipulaciones de la alta política internacional que -no hace falta recordarlo- viene impuesta por Estados Unidos.

Según Pont, no existe consenso científico, lo cual es una obviedad que no sólo concierne a este tema sino que es consustancial a la ciencia a lo largo de toda su historia. La ciencia es dialéctica y, por ello mismo, avanza en medio de controversias y polémicas.

Ni el GIEC ni ningún científico sabe cuál será el nivel de los mares, ni el estado de los glaciares, ni de la temperatura del planeta dentro de 50 años porque hoy no hay un método fiable para realizar ese tipo de cálculos, concluye Pont.

La lucha contra el CO2 es absurda y contraproducente porque es un gas que no contamina, ni aumenta tampoco la temperatura del planeta. A pesar del aumento de las emisiones, desde 1998 la temperatura se encuentra estancada.

La reducción de los glaciares del monte Kilimanjaro no se debe a la subida de la temperatura sino a un cambio en el régimen de precipitaciones, lo cual es otra obviedad: a menos lluvias, menos hielo.

Por lo demás, asegura Pont, un aumento de la temperatura de 0,7 grados en el plazo de un siglo es un margen despreciable desde el punto de vista estadístico.

Lo mismo cabe decir del incremento del nivel de los océanos, que es del orden de un milímetro por decenio, según el marégrafo de Brest; actualmente no hay ningún sensor lo suficientemente fiable como para predecir ni un aumento ni una regresión de ese nivel.

No hay delitos de odio sino crímenes fascistas

Juan Manuel Olarieta

Aquí y en casi todo el mundo son muchos los que se lamentan, una y otra vez, del retroceso de las fuerzas revolucionarias, de la falta de conciencia y del auge de la “ultraderecha” cuando ellos mismos son expresión de ese retroceso y contribuyen a alimentarlo a cada paso.

Recientemente uno de los sitios progresistas más característicos, el Salto Diario, recordaba los 25 años del asesinato de Guillem Agulló, lo que calificaba como uno de esos “delitos de odio” (1) que han hecho famosos últimamente (2) y que, como tantas otras frases vacías, lo mismo sirve para un roto que para un descosido.

El secuestro de la conciencia empieza por el secuestro del lenguaje. Hay que llamar a las cosas por su nombre: el asesinato de Guillen Agulló fue un crimen fascista, uno de tantos.

Como en todos los demás crímenes de la misma naturaleza, a la sangre le siguió otro fenómeno del que todos se lamentan, la impunidad de los criminales, algo sobre lo que nadie repara con el detenimiento que merece.

Sabemos que podemos culpar de un asesinato a personas y grupos a los que también calificamos de manera ambigua y confusa, recurriendo siempre a eufemismos, como “ultras”, por ejemplo, que es otra manera de no decir nada, es decir, que sirve para encubrir la realidad, sobre todo si nos hemos creído que esos grupos son dispersos, locales o autónomos.

La pregunta interesante es: ¿quién es responsable de la impunidad de los crímenes fascistas? Sólo cabe una respuesta: el Estado. No se trata de la protección de unos u otros fascistas. Da lo mismo que el crimen se cometa en Valencia, o en Madrid, o en Barcelona. En pleno siglo XXI los crímenes fascistas quedan impunes porque todos ellos tienen un poderoso cómplice: el Estado.

Cuando el Estado asegura la impunidad de un cierto tipo de delitos es porque quiere promocionarlos y controlarlos. Por lo tanto, el fascismo no son grupos, colectivos, partidos o minorías violentas, sino la instrumentalización política que el Estado hace de sus actividades criminales. Una cosa (los fascistas) no se puede separar de la otra (el Estado). Ambos son igualmente fascistas, pero especialmente el segundo, el Estado.

Esta mañana el titular de un periódico mexicano expone una alarma hipócritca, típica de la manera en que la burguesía encubre este tipo de fenómenos: “Alertan sobre avance de ultraderecha”(3). Otro titular de hace unos días es también característico: “Ultraderecha cobra auge en Europa Central y Oriental” (4).

En un caso la noticia se refiere a Latinoamérica; en el otro a Europa. Blanco y en botella: el fascismo está en auge en todas partes y nadie hace nada por impedirlo, en especial el Estado, que es a quien corresponde perseguir los crímenes fascistas.

No es nada nuevo respecto a los años treinta, la época en la que surgió el fascismo, un movimiento que ascendió en medio de un ola de crímenes, todos los cuales fueron apoyados y sostenidos por los respectivos Estados en los que se cometieron.

Nos suelen acusar de que calificamos a todo como “fascista”. En realidad, son ellos los que reducen el fascismo a las personas y grupos que se reconocen como tales. El Estado no tiene nada que ver con eso, dicen. Incluso el Estado es neutral, lo cual se compadece muy mal con la impunidad de la que ha hecho gala hasta ahora, tanto en lo que se refiere a la memoria histórica como a los crímenes cometidos tras la transición.

Ese ha sido el argumento de un juez de Madrid para sacar a la División Azul de la ley de memoria histórica y mantener el nombre de una calle de la capital dedicada a una unidad que luchó codo con codo en las filas del ejército hitleriano. Para el juez la División Azul no era de color azul.

Es más, los propios jueces no son fascistas, sino independientes; están sometidos a la ley, que tampoco es fascista.

La Iglesia católica en España tampoco es fascista, ni lo fue nunca, a pesar de que una de las denominaciones tradicionales del franquismo fuera el de “nacionalcatolicismo”.

Después los oportunistas sacan a relucir el catálogo de postmoderneces para difuminar al fascismo en un archipiélago característico: machismo, xenofobia, antisemitismo, islamofobia, homofobia… Todas ellas son ajenas al fascismo, a las clases sociales, al imperialismo… El racismo no tiene que nada que ver con eso; son cosas diferentes. Se puede ser racista sin ser fascista. Todos debemos respetar las etiquetas con las que cada cual se define a sí mismo: conservadores, nacionalistas, derechistas, cristianos, identitarios… Lo que nadie se detiene a explicar son las razones por las que todas esas etiquetas, tan diferentes, confluyen en las mismas personas y partidos políticos.

Cuando la burguesía no quiere ver el fascismo en ninguna parte, es porque ya se ha impuesto por doquier.

(1) https://www.elsaltodiario.com/crimenes-de-odio/25-anos-asesinato-neonazi-guillem-agullo
(2) http://crimenesdeodio.info/
(3) http://almomento.mx/alertan-sobre-avance-de-ultraderecha/
(4) http://www.ntrguadalajara.com/post.php?id_nota=96024

Operación Cadera: Catalunya, kale borroka, comandos Y, todo es CDR…

El caso de Catalunya demuestra por enésima vez que aunque los pacifistas se empeñen en poner de manifiesto su condición a cada momento, el esfuerzo no les rinde nada. Una persona o un colectivo no es violento por autodefinición sino porque el Estado (la policía, los fiscales, los jueces, los periodistas) así lo deciden.

El violento es el hereje de la Inquisición y el terrorista de la Audiencia Nacional: alguien le pone una etiqueta colgada del pescuezo en la que él mismo no se reconoce. En tales casos el violento patalea y protesta para defender su propia identidad, mientras el juez exhibe un sonrisa burlona porque cree que a él no le puede engañar nadie. ¿Acaso los pacifistas se creen que el juez es tonto o qué?

Las cosas no son, pues, como uno mismo dice o como uno mismo cree sino como otros “demuestran” con papeles en los juicios por medio de una nube de informes, registros, escuchas, peritos… “Dos forman la unidad”, decía Mao para explicar la dialéctica, algo que la fiscalía de la Audiencia Nacional califica como “doctrina del desdoblamiento”.

El diario Egunkaria nunca fue otra cosa que eso, el periódico de ETA en euskara, lo mismo que las “herriko tabernas”, las ikastolas y las peñas de San Fermín. “Las ‘embajadas’ de ETA”, titulaba El País un artículo hace diez años para referirse a una redada contra miembros de Askapena.

El PCE(r) no es tal sino una parte de un iceberg mucho más grande que los incautos no ven, pero la Audiencia Nacional sí: es “el brazo político” de los GRAPO (o el revés, que tanto da) porque las sentencias han demostrado que hay una gran superestructura denominada PCE(r)-GRAPO en la que cabe de todo, es decir, además de los militantes, los familiares, los amigos, los abogados, los periodistas…

Ahora la Audiencia Nacional va a crear otro tinglado para uso y consumo de Catalunya, los CDR, una organización única, férreamente dirigida en la que poco a poco tendrán cabida todos… Absolutamente todos. Lo vamos a ver muy pronto. ¿Acaso alguien creyó por un momento que todo se reducía a Puigdemont, Junqueras, los Jordis, Marta Rovira y unos pocos más? Se equivocan.

Ya ha empezado la típica operación de la Guardia Civil, denominada “Cadera” con la detención ayer de una mujer y esos famosos registros en los que no hay nada de nada, aunque se oculta con la coletilla gacetillera de la “abundante documentación”, a saber, ordenadores, móviles, memorias USB, papeles, carteles…

Si alguien mira ahora a su habitación verá eso mismo que aparece en los registros que se han hecho en Catalunya: móviles, ordenadores, memorias…

Aunque no hay armas, ni explosivos, la acusación es siempre la misma: “rebelión” y “terrorismo”. Hemos regresado a 1939 cuando los franquistas condenaron a los republicanos por rebelarse contra la República y luego por “terrorismo”.

Para crear este tipo de montajes hay que recurrir a la jurisprudencia del III Reich, a la responsabilidad colectiva. Por eso ya no hay detenciones sino redadas que no se acaban nunca: “la operación sigue abierta”, “no se descartan nuevas detenciones”…

Como su propio nombre indica, las redadas se justifican por la existencia de redes y organizaciones más o menos ocultas, clandestinas, en las que no es posible identificar el principio ni el final. Depende de lo que a la Audiencia Nacional le interese “demostrar”.

A su vez, las redadas configuran “macrosumarios” y “macrojuicios” en los que ni siquiera los propios acusados se enteran de nada. Para Catalunya ya tienen preparado un montaje contra nada menos que 390 CDR cuyo criminal objetivo es “imponer la independencia mediante el uso de la fuerza”, dicen los periódicos fascistas.

Esto funciona así: aquí cualquier lucha dirigida contra el fascismo la consideran como violencia, rebelión y terrorismo.

Stalin, Churchill y el mundo que se repartieron en Yalta (una fantasía histórica)

El 9 de octubre de 1944 Churchill llegó a Moscú para reunirse con Stalin. A causa de las elecciones presidenciales estadounidenses, la conferencia tripartita con Roosevelt se había aplazado temporalmente y Churchill mostraba mucha prisa. Estuvo pidiendo la entrevista con Stalin desde finales de septiembre.

La delegación soviética estaba “con la mosca detrás de la oreja”. La insistencia de Churchill por viajar a Moscú les desconcertaba. ¿Qué pretendían los británicos?, ¿por qué querían reunirse con ellos sin la presencia de Roosvelt?

De la primera conversación entre ambos conocemos la versión falsaria de Churchill que aparece en sus Memorias. Es el famoso reparto porcentual de influencias en los Balcanes, donde los británicos se quedaban con el 90 por ciento de Grecia y concedían el 75 de Bulgaria y el 90 por ciento de Rumanía a los soviéticos, mientras Yugoslavia y Hungría se las repartían al 50 por ciento.

Como es evidente, los países interesados no pintaban nada, los grandes se reparten el mundo a costa de los pequeños, los soviéticos son igual de imperialistas que los británicos, los soviéticos también se repartieron Polonia en 1939 con los nazis (Pacto Molotov-Von Ribbentrop), después se repartirían el mundo en Yalta con la complicidad de Roosvelt…

No hay cretino que no haya repetido estas gilipolleces una y mil veces. No hay más que recurrir a un buscador para convencerse de ello. Es increíble que alguien pueda dar algún significado al hecho de que dos países se repartan en porcentajes cuantitativos algo tan sutil como la “influencia” sobre un país soberano. Pero tratándose de Stalin o de la URSS cualquier cosa es posible (sobre todo si procede de un farsante como Churchill).

Cuando se celebra la reunión de Moscú, el Ejército Rojo ya llevaba un mes en Rumanía y Bulgaria, por lo que Churchill no podía ceder ni negociar nada. Había quedado completamente fuera de juego, lo mismo que Estados Unidos.

Es cierto que los británicos pataleaban a causa de ello y se quejaban de que la URSS había actuado unilateralmente durante la ocupación militar de ambos países. Pero exactamente eso es lo que ellos habían hecho en Italia, a donde llegaron en el verano de 1943. En la Italia ocupada Estados Unidos y Gran Bretaña hacían y deshacían sin contar con la URSS para nada y dejando en el poder a la mayor parte de los cuadros del régimen fascista de Mussolini.

Aparte de mentir, en sus Memorias Churchill concede a la entrevista de Moscú una importancia que no tiene, en absoluto, porque en Moscú no estaban dispuestos a hablar de nada con él sin que Estados Unidos estuviera delante. Para ellos se trataba de una mera preparación de la reunión de Yalta, en la que Roosevelt sí estaría presente.

Al no estar presente, la URSS se negó a adoptar ningún acuerdo unilateral con Churchill, y mucho menos un reparto del mundo.

Casi todo lo que dice Churchill en sus Memorias sobre aquella reunión es falso. Incluso el orden del día fue muy distinto del que describe. La primera cuestión que trató con Stalin fue la de las futuras fronteras polacas y, en cuanto a los Balcanes, no llegaron a ningún acuerdo.

Al día siguiente las conversaciones no mejoraron, a pesar de los intentos de Anthony Eden, también presente, por regatear con Molotov. Ni siquiera coincidían en las preferencias. A uno (Eden) le interesaba hablar de los Balcanes; al otro (Molotov) de Polonia. En otras palabras: los británicos querían chantajear a Stalin con Polonia para llegar a un acuerdo sobre los Balcanes.

Pero Churchill volvió de Moscú con los bolsillos vacíos. Absolutamente vacíos; no hubo acuerdo, no hubo reparto… Nada de nada.

Ahora bien, el falso relato que hizo Churchill de su entrevista con Stalin tiene varias secuelas históricas. Una de ellas es el Tratado de Yalta, que no sería otra cosa que la formalización del reparto por escrito, según los estafadores.

Es una calumnia idéntica a la anterior: en Yalta nadie se repartió nada porque no había nada que repartir.

La otra secuela es el fracaso de la revolución en Grecia, uno de los tópicos favoritos del trotskismo desde hace 70 años. La explicación es que Stalin debía y podía ayudar a la revolución en Grecia en 1945 y no lo hizo por el reparto del pastel que había llevado a cabo con Churchill previamente.

Más concretamente, a Stalin se le imputa su pasividad ante la masacre cometida contra los antifascistas y comunistas griegos en diciembre de 1944 en Atenas.

Explicar aquel acontecimiento es complejo, como es complejo todo lo que concierne a los Balcanes. A mediados de septiembre, el Ejército Rojo estaba en Bulgaria, en la frontera con Grecia. Las tropas alemanas corrían el riesgo de quedar cercadas. Sólo podían huir a través de Yugoslavia.

Entonces, según otras memorias, las del nazi Albert Speer, el general Alfred Jödl pactó con los británicos. Los alemanes mantendrían el puerto de Salónica frente al Ejército Rojo para dar tiempo a los británicos a desembarcar en el sur de Grecia y ocupar la península. Los británicos se comprometían a no atacar a los alemanes
para que pudieran retirarse ordenadamente. Los nazis solo debían preocuparse del Ejército Rojo y de la guerrilla.

Gracias al acuerdo, los británicos pudieron desembarcar sin oposición, relevar a los ocupantes nazis y aplastar a la guerrilla. Para ser más exactos, la matanza de Atenas fue cometida por tropas británicas transportadas en barcos estadounidenses desde Italia, donde los aliados dejaron de combatir a los nazis para atacar a los antifascistas griegos.

La estrategia militar del Ejército Rojo era muy diferente a la del británico. Consistía en aplastar a los nazis. Por eso, desde Bulgaria no se dirigió hacia Grecia sino hacia Yugoslavia, donde unió sus fuerzas a la guerrilla antifascista.

Desde el siglo XIX Grecia era un punto estratégico de gran importancia para el Imperio Británico. Durante toda la guerra Churchill había insistido en desembarcar en el Mediterráneo y, más concretamente, en los Balcanes.

Al fracasar sus planes, desde mayo de 1944 venía realizando enormes esfuerzos diplomáticos para que le dejaran las manos libres en Grecia, lo que dio lugar a un cruce de cartas entre los tres dirigentes (Churchill, Roosverlt, Stalin) durante más de dos meses, de las que no se desprende ningún tipo de acuerdo.

Es posible que Churchill interpretara el silencio de los otros dos (Roosvelt y Stalin) como una aceptación tácita de los planes que perseguía desde setiembre de 1943. Pero, lo mismo en Grecia que en Italia, tras de sí la guerra imponía los hechos consumados: en los territorios ocupados mandaba el primero en llegar.Sobre Grecia Churchill no alcanzó, pues, ningún acuerdo con Stalin. Con quien pactó fue con el III Reich. Él pensaba en la posguerra más que en la propia guerra. El verdadero enemigo no era el III Reich sino los comunistas griegos. Para implementar su política, en Londres volvían al punto de partida: había que romper la alianza y buscar una paz por separado con los alemanes, sin la presencia de la URSS.El relato de Churchill ha servido, además, para eximir de responsabilidad al único responsable de la masacre de los antifascstas en Atenas en diciembre de 1944: él mismo, con la complicidad de Roosvelt.

Al imperialismo le interesa mucho controlar ‘el opio del pueblo’

Nadie como Marx disfrutaría hoy más leyendo los nuevos ecos de cierto renacer religioso en el mundo, a diferencia de sus discípulos, que presumen de ateísmo para evadirse de uno de los recursos a los que siempre ha echado mano el imperialismo. Al fin y al cabo la inmensa mayoría de la población mundial es religiosa y para manipularla hay que manipular su religión, y lo mismo le ocurre a los que pretenden exactamente lo contrario.

La evolución del Opus Dei es simétrica al Concilio Vaticano II, los curas obreros y la teología de la liberación. Por lo tanto, en el mundo no hay una religión sino muchas, muy diferentes, que desempeñan funciones sociales, políticas e ideológicas también diferentes según los fieles a los que va dirigida.

Eso le ocurre incluso una religión centralizada, como el catolicismo, que es diferente en Europa, Latinoamérica o África. Con mucha más razón al islam, que es un opio distinto, mucho más diverso.

A primera hora esta mañana desayunamos con el siguiente titular en la boca: “La mezquita de París sigue en manos de los servicios argelinos”, en referencia al espionaje argelino (1). Al mismo tiempo sabemos que la de Munich está desde hace décadas en manos de la CIA (2), la de Ripoll (Girona) en las del CNI y así sucesivamente podríamos seguir a lo largo del muchos países del mundo.

¿Qué intereses tiene el espionaje imperialista para dedicar sus energías a las mezquitas?

El número dos de la de París, Mohamed Lawanughi, es un agente del antiguo DRS, el servicio secreto argelino, y trata de imponer su sello al islam en Francia a través de un centro de culto que sirve de escaparate para los musulmanes de las antiguas colonias francesas, especialmente del norte de África.

A la mezquita de París no sólo van los fieles a ponerse de rodillas sobre una alfombra, sino que es una escuela de futuros imanes. Actualmente unos 140 “dirigentes del culto islámico” están bajo el control de la mezquita de París, o sea, del gobierno argelino y, seguramente, del francés.

Lawanughi es un sargento del ejército argelino al que desmovilizaron hace 20 años para trasladarlo a los “servicios especiales” de la capital francesa donde el coronel Alí Benguedda, apodado “El Pequeño Smain”, le colocó de guardaespaldas en un lugar discreto a la sombra del rector de la mezquita, Dallil Bubakeur.

Lo mismo que muchos oficiales del espionaje argelino, “El Sargento”, como se le conoce, veranea en Benidorm, donde tiene un chalet en una urbanizaciones de lujo.

En País ejerce una doble función. No sólo espía a los exiliados argelinos de la guerra de hace 20 años contra el fundamentalismo, sino que tiene la pretensión de reformar el “islam francés” de la mano de Macron, el Presidente de una República que alardea de “laicismo” cuando le conviene.

La semana pasada Bubakeur se trasladó a Argel para explicar en la orilla africana del Mediterráneo lo que debe ser el islam en la orilla europea. La conferencia estaba patrocinada, entre otros, por el embajador francés en Argel porque a las dos orillas les interesa mucho el islam (el control político del islam).

Unos, los argelinos, aún viven con el susto de perder unas elecciones ante los islamistas hace dos décadas, que tuvieron que superar recurriendo a una guerra devastadora y a muchos crímenes.

Los otros, los franceses, necesitan controlar a los emigrantes, que son una parte cada vez más importante de la fuerza de trabajo en Francia. Para la otra ya tienen a los sindicatos, los reformistas, las ONG, la prensa y demás.

Hace poco, cuenta Mondafrique, “El Sargento” le pegó una paliza a Abdelmalek Djebbar, su adjunto en la inspección de imanes, que tuvo que ser ingresado en el hospital. Le denunció a la policía Abderrahman Dahman, un antiguo asesor de la Presidencia de la República en tiempos de Sarkozy. A la denuncia Dahman añadió que en una ocasión “El Sargento” le había amenazado de muerte a él personalmente.

El viejo sargento tiene mano de hierro. Una mujer de origen marroquí también le denunció por haberla golpeado. Lawanughi confunde la mezquita con el cuartel.

(1) https://mondafrique.com/mosquee-de-paris-toujours-controle-services-algeriens/
(2) https://mpr21.info/2014/08/juan-manuel-olarieta-el-terrorismo.html

Más información:

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— Nazis en Ucrania, fundamentalistas en Chechenia
— Los ataques terroristas chechenos llevan el sello ‘made in USA’
— En Ucrania algunos perros de la guerra son islamistas

Reprimir bien es lo contrario de reprimir mucho

Juan Manuel Olarieta

La semana pasada se cumplieron 42 años de la matanza de cinco obreros en Gasteiz (Vitoria), uno de los acontecimientos más crudos que retratan lo que fue la llamada “transición política” que -según se dice- fue el cambio del régimen franquista a la democracia.

Masacres como la de Vitoria muestran, sin embargo, el verdadero rostro de aquel cambio, que en diez años costó la vida a casi 600 personas que murieron a causa de disparos de la policía, de crímenes fascistas, de torturas y de la represión política, en definitiva.

Tras la matanza de Vitoria, Fraga Iribarne, ministro encargado entonces de la Gobernación (Interior), acudió a la capital alavesa a pronunciar un discurso, del que el diario ABC resaltó en titulares dos frases muy significativas:

a) “Que este triste ejemplo sirva de lección a todo el país”

b) “La responsabilidad [de los crímenes] le corresponde íntegra a los que siguen echando a la gente a la calle”

En esas palabras está la esencia de lo que es la represión política:

a) Fraga invertía la responsabilidad de la matanza: no era ni de la policía que dispara, ni del ministro que les ordena disparar: la responsabilidad es de quien sale a la calle a protestar

b) Una matanza como aquella era un “ejemplo” y una “lección” dirigida “a todo el país”

Esas declaraciones constituyen lo que técnicamente los expertos llaman “prevención general”, que es un rasgo fundamental de las nuevas políticas punitivas en los países más avanzados: el paso de la represión a la prevención. En términos más corrientes, la “prevención general” es una intimidación masiva, el terror, en definitiva, que es la manera en que Dimitrov definió el fascismo como “la dictadura terrorista del gran capital”.

El miedo es el objetivo central de la represión política

El miedo es el objetivo central de la represión política y es especialmente grave porque significa que los partidos políticos, los sindicatos o los colectivos, no hacen lo que deben sino lo que otros les dejan, o lo que pueden, o lo que les permite la ley.

Es una perversión de la democracia, entendida como participación política, que atraviesa tres fases sucesivas:

1) Los movimientos sociales comienzan a funcionar bajo la amenaza del castigo. La legislación represiva del Estado condiciona la actividad política de los grupos mediante el miedo: a la detención, a una multa, a la cárcel…

2) Los grupos interiorizan y asimilan el castigo como una parte importante de su actividad.

3) En lugar de difundir el manifiesto político de la protesta, lo que hacen es difundir manuales jurídicos de asesoramiento para casos de detención. Como en el 15-M, cada vez que se convoca una huelga o una manifestación, con ayuda de los abogados, los convocantes crean equipos de apoyo y asistencia técnica porque saben que habrá represalias.

En esta tercera fase el propio movimiento se ha convertido en un propagandista del miedo y, por lo tanto, cómplice del Estado. Transmite el miedo a la represión.

El miedo y la libertad

El miedo es la antítesis de la libertad. Donde hay libertad no hay miedo y donde hay miedo no hay libertad. Un país donde la población vive bajo el miedo, no es un país libre.

Si un jubilado no vota aquello en lo que cree, sino por miedo a perder
su pensión, no vota libremente. Tampoco vive en un país libre. Tiene
miedo. Luego las elecciones no son libres.

Un país y unas personas libres son aquellas que hacen lo que deben hacer, que actúan conforme a su conciencia. La conciencia es aquello que guía los actos de cada cual. No sólo dicta lo que alguien debe hacer sino también lo que debe decir, lo que debe cantar, lo que debe escribir, lo que debe pintar…

La conciencia es una pieza fundamental de las luchas políticas, de las luchas colectivas y de las huelgas, donde incluso algunos como Marx y Engels hablaban de conciencia “de clase”.

Se suele decir que cuando alguien actúa conforme a su conciencia, no se le puede exigir nada más. La conciencia puede llegar a ser incluso una causa de justificación que exime de responsabilidad criminal. Se llama “objeción de conciencia” y pone de manifiesto que la conciencia está por encima de la ley, al menos en determinados casos.

Ha habido importantes ejemplos de este tipo de luchas, como el movimiento de insumisión, de negativa a prestar el servicio militar obligatorio por razones de conciencia, que logró suspenderlo temporalmente.

A la hora de decidir lo que debe hacer, cuando alguien (una persona, un votante, un partido político) no pregunta a su conciencia sino a su abogado, es síntoma de que algo no marcha como debiera, lo cual es harto frecuente y denota miedo, que no hay libertad.

Por ejemplo, hay libertad de expresión cuando uno dice lo que piensa, no lo que otros le permiten decir y, por el contrario, engaña a su auditorio si no transmite libremente su opinión.

La represión invisible

El miedo no es lo que le está ocurriendo a un represaliado, a un preso, a un torturado o a un detenido, sino lo que le puede ocurrir a cualquiera. Así pues en el iceberg de la represión política hay dos tipos de “clientes”:

a) uno es visible, el represaliado, ese que, en términos corrientes, calificamos como chivo expiatorio o cabeza de turco

b) el otro es invisible, como esos 3.000 tuiteros amenazados por la Operación Araña. ¿Quién estára entre ellos?, ¿a quién le tocará esa “lotería”?

La duda puede llegar a ser insorportable para muchas personas. Les cambia su comportamiento sin necesidad de ejercer el castigo. Crea una represión invisible, la “espada de Damocles”.

El mejor ejemplo de represión invisible es la autocensura. No necesita un verdugo que ejerza la represión; no es necesario que nadie te censure; es uno mismo el que se pone la soga al cuello.

Es la represión perfecta, el ideal de represión: sin rastro, sin sangre, sin heridos… Reprimir bien es lo contrario de reprimir mucho. Un parte de la represión política tiene que ser invisible, y para quienes practican la “política del avestruz”, lo invisible no existe y de lo que no existe no se habla ni se discute.

La represión perfecta consigue algo fundamental: guardar las apariencias. Es imprescindible para vestir de democracia a un Estado moderno.

Los que practican la “política del avestruz” afirman que, a diferencia del régimen fascista anterior, que reprimía mucho, España es hoy un país democrático porque reprime poco o reprime menos que antes; si no te fijas bien, casi ni se ve. Apenas hay represión, según ellos.

Es como cualquier otro truco: basta invisibilizar una parte de la represión para hacerla digerible. No siempre necesita adquirir vastas proporciones, sino todo lo contrario. Luego sólo queda que los famosos partidos de “izquierda” nos hagan mirar para otro lado. Visto y no visto. Pura magia.

Para guardar las apariencias la represión tiene que ser, pues, selectiva y discriminatoria. Es el caso de la reciente sentencia del Tribunal Supremo que castiga los retuits, mientras los tuits resultan impunes. Pura magia.

En el derecho penal militar existía el diezmo: ante un levantamiento popular, el ejército fusilaba aleatoriamente a uno de cada diez vecinos. Utilizaba a unos pocos para dar un “escarmiento” a todos los demás.

La política del palo y la zanahoria

La naturaleza discriminatoria de la represión no es más que la vieja “política del palo y la zanahoria”: castiga a unos y deja campo libre a otros.

Al final esos “otros” acaban convirtiéndose en cómplices del Estado y de su represión. Es una ley que se cumple siempre, inexorablemente.

El miedo hace gobernables las sociedades. Permite al Estado condicionar el comportamiento de todas los movimientos políticos y sociales. El castigo de unos condiciona la actuación de los otros, como ha ocurrido durante 40 años en Euskadi.

Crea conductas adaptativas, dóciles, sumisas a “lo que hay”, a lo posible, lo legal, lo pacífico… Reduce la lucha política a eso que llaman “la política”, o sea, elecciones periódicas y relevos en el gobierno. Mientras la lucha política está en la calle, “la política” se desliza por los pasillos. Cada vez hay menos lucha política y más “política”. Ya casi nada se concibe como una lucha o un enfrentamiento. No hay nada que no se pueda negociar, discutir y acordar sentados delante de una mesa.

Esas conductas políticas son previsibles y manejables. Por eso el Estado se rodea de organizaciones cuya oposición es, a lo máximo, literaria, retórica. Este tipo de organizaciones, además, visten con las mejores galas de la democracia a cualquier Estado que las consiente, e incluso las magnifica porque sabe que son inofensivas.

El problema para el Estado son aquellas personas que no tienen miedo o que lo han perdido; quien no tiene miedo es imprevisible: de él podemos esperar cualquier cosa.

Las 6 manipulaciones imprescindibles para convertir el rap en un delito

Juan Manuel Olarieta

Un rap no puede ser delito porque es una canción, música. A partir de aquí, cualquier otra explicación sobra. Para justificar la represión política los jueces y la prensa encubren ese hecho elemental y hacen una primera mutilación: sólo hablan de las letras. Lo que es delito no es la canción sino la letra, dicen.

Cualquier crítico musical, literario o artístico pondría el grito en el cielo por una manipulación de ese calibre que ni se ha hecho ni se hace jamás con ninguna obra artística. A nadie se le ocurre juzgar la ópera Nabucco de Verdi por su letra, escrita por Temistocle Solera, un llamamiento panfletario a la lucha por la liberación de los esclavos, que reclaman una canción de “crudo lamento que infunda valor a nuestro padecimiento”.

Si la canción de Verdi no fuera “cruda” no expresaría el horror de la esclavitud, del que son víctimas los esclavos, ya que los negreros no tienen ninguna clase de padecimiento por ello, es decir, que se trata de una diferencia de clase.

2 La segunda manipulación es que una canción es un conjunto de sonidos armónicos que entran en nuestra cabeza y en nuestro corazón por el oído, la mayor parte de las veces durante un concierto en directo, donde el sonido se vincula a una imagen en movimiento y a un ambiente en el que participan muchas personas.

El rap no es un artículo periodístico, no es un ensayo, ni una tesis doctoral, ni un libro, ni un mitin, ni una conferencia. No se dirige a la cabeza sino a las tripas. Como cualquier obra de arte, su tarea fundamental no es explicar nada, ni argumentar, ni razonar. Expresa y transmite un estado de ánimo compartido por los explotados y oprimidos: cabreo, rabia, mala hostia…

3 La tercera manipulación es tan grave como las dos anteriores: la letra de un rap se compone de varios versos, no de prosa. Convertir al verso en prosa, romper la rima y el ritmo y lo transforma en un texto plano, como si fuera la lección magistral de una catedrático de obstetricia.

Esta manipulación conduce a una paradoja: todos hablan del derecho a la libertad de expresión, pero nadie cae en la cuenta de que el rap no sólo es eso sino mucho más, una creación artística y, por lo tanto, lo que ahora está en juego es el rap mismo, un estilo musical cuya supervivencia pende de un hilo a causa de la censura y con la complicidad de los músicos domesticados que nunca levantan la voz.

4 La cuarta manipulación deriva de la anterior: cuando un cretino que -lamentablemente- tiene la sartén por el mango convierte un verso en un texto que se lee sobre el papel, vuelven a ocurrir otras dos cosas paradójicas: o bien el cretino hace una interpretación literal del texto, o si eso no le resulta favorable, entonces hace una interpretación indirecta o metafórica.

El caso es que el resultado tiene que ser el esperado: el rap es delito. Para ello podemos interpretar los textos de tal manera que ocurra así siempre.

Una de las grandes virtudes del rap es que ha reverdecido el viejo arte de la retórica, una disciplina apolillada desde hace dos siglos que enseña a exponer un tema tanto como a “leerlo” después.

Pues bien, resulta que lo que los jueces y periodistas juzgan y analizan no es ninguna canción, como ellos creen, sino su propia interpretación de la misma. Se juzgan y analizan a sí mismos porque cualquier otro es capaz de hacer una interpretación diferente.

5 La quinta manipulación es el truco más viejo del mundo que los periodistas practican desde siempre: extractar versos sueltos de un tema, un poema o una canción. Se aíslan unos versos de otros y se sacan de contexto porque de esa manera lo blanco parece negro y lo negro blanco.

La selección no es aleatoria ni inocente: hay que coger los versos más rotundos, más contundentes, más hiperbólicos, como esa amenaza de ponerle a alquien un arma de destrucción masiva en el culo. Hace falta ser un cínico redomado para sostener que ese tipo de versos son capaces de infundir miedo a alguien.

6 La sexta manipulación consiste en recomponer de nuevo las piezas del rompecabezas. Es muy fácil. Basta con poner a unos versos al lado de otros. Así unos versos ayudan a interpretar a los otros, aunque pertenezcan a un tema distinto.

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