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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 23 de 60)

Como la transición política, la transición ecológica también es una traición

Juan Manuel Olarieta

Los grandes movimientos seudoecologistas tienen su origen en los sectores más reaccionarios del imperialismo posterior a la Segunda Guerra Mundial. El capitalismo monopolista de estado es el auténtico motor de este movimiento y no los grupos verdes, cuyo papel es subordinado: son los Caballos de Troya de los anteriores, la correa de transmisión de la burguesía en las filas populares. Ayudan a disfrazarlo de algo que por sí mismo no es, como si hubieran surgido “desde la base”, como si tuvieran un carácter reivindicativo.

La acción combinada de unos (imperialistas) y otros (ecologistas) ha impulsado un movimiento unánime que ha llegado hasta los últimos rincones del mundo, impregnándolo todo. Una parte de los partidos se dedican al capítulo verde, una parte de los medios reserva un hueco a la información verde y así sucesivamente. Lo verde está por todas partes y, además, de una manera dramatizada, como crisis y como emergencia.

Para poder conseguir esa unanimidad, el seudoecologismo se ha convertido en una industria que se autofinancia, permitiendo que muchos vividores obtengan pingües beneficios de la histeria de masas que han levantado. Los verdes han creado desde nuevas bolsas de valores que antes no existían, hasta mercancías respetuosas con el medio ambiente, pasando por cátedras, universidades, ministerios, instituciones públicas (internacionales, nacionales, autonómicas, municipales) y privadas, medios de comunicación, movimientos políticos y sociales, escuelas y cursos de educación ambiental…

Esa unanimidad crea la impresión de que fenómenos como la emergencia climática son los más importantes y los más graves, por encima de cualesquiera otros, como la explotación del trabajo infantil, por ejemplo, o el hambre, o el analfabetismo, o la guerra, o la precariedad laboral, o los accidentes de trabajo.

“Los grandes medios de comunicación se han confabulado para asegurarse de que no se ignore la emergencia climática”, informa The Guardian (1). Más de 60 cadenas de comunicación del mundo entero se han adherido al proyecto Covering Climate Now para que nunca falten noticias sobre la crisis climática, es decir, para mantenerla en el candelero permanentemente, un verdadero lavado de cerebro.

No existe esa misma preocupación de los medios de comunicación por los 218 millones de niños esclavizados y explotados en el mundo, seguramente porque no es una cuestión tan candente. No hay agencias de prensa dedicadas única y exclusivamente a denunciar la explotación infantil, como la Agencia de Noticias Ecologista o Ecoportal, por ejemplo (2). Tampoco ningún país del mundo tiene ministerios contra la explotación del trabajo infantil porque la omnipresencia verde lo encubre todo pero, especialmente, se encubre a sí misma.

Que un movimiento de estas características oculte su propio origen imperialista es lo normal, porque siempre ocurre así. Que encubran también las motivaciones reales (económicas, de clase) de su impulso, también es normal. Que nos vendan la leche en cajas de cartón, también es lo suyo.

Pero el origen de la leche no está en la caja sino en las ubres de una oveja, o una cabra, o una vaca, o un camello, y lo mismo ocurre con el ambientalismo. Ahí está la raíz del problema: el recadero que lleva el mensaje de la reacción desde su origen hasta el más recóndito de los barrios, es un cómplice, un Caballo de Troya ecologista que no tiene vida propia, que es una mera correa de transmisión, el equipo de sonido a través del cual habla el imperalismo.

Luego llegan las lamentaciones, como ocurrió durante la transición política, y hablarán de “desencanto”, de “traición”, de “transacción”, como si los traicionados fueran ellos. Este es el segundo engaño. No señores: vosotros no estáis siendo engañados por los seudoecologistas sino que formáis parte del engaño. Estáis aparentando que no conoceis experiencias como las de Los Verdes en Alemania que, formando parte del gobierno, participaron directamente en la política imperialista de destrucción de los países balcánicos y en los bombardeos con armas radiactivas.

Si un medio de comunicación tan especialmente infame como la Cadena Ser, reserva un apartado para dar voz a “Ecologistas en Acción” (3), es porque dicha organización no tiene ningún carácter reivindicativo, no forma parte de ninguna lucha popular sino del entramado monopolista y propagandístico del Estado fascista.

Un sindicato podrido hasta el tuétano, como Comisiones Obreras, ha asumido la tarea de llevar la “emergencia climática” a las fábricas (4) para cumplir con el papel de correa de transmisión que los monopolios le han asignado: involucrar a la clase obrera en la política económica de los imperialistas.

Comisiones Obreras podría haber iniciado una campaña así contra los fondos buitre para que no desahucien a los trabajadores de sus viviendas y miles de problemas parecidos, absolutamente cruciales y realmente dirigidos contra el capitalismo, a diferencia de la transición ecológica. Hace falta ser un sinvergüenza integral para dirigirse a una familia a la que le han arrebatado su vivienda para decirle que tiene una urgencia, pero que es de tipo climatico.

Tanto si es real como si es ficticia, la crisis climática no tiene nada que ver con el capitalismo y, en consecuecia, la “lucha” contra ella es como la batalla de Don Quijote contra los molinos de viento. El pretendido “anticapitalismo” de los verdes encubre su contrario: es una parte del propio capitalismo. De ahí que el colectivo Burbuja pida que no se mezcle al movimiento ecologista con la lucha contra el capitalismo porque perjudica al “objetivo principal” que es “la preservación de los ecosistemas de forma que sean capaces de seguir sustentando a las sociedades humanas” (5). Lo importante es siempre que haya un buen ambiente.

Los seudoecologistas quieren convertir a los ecosistemas en materia inerte. Son conservacionistas, una ideología reaccionaria que, como cualquier otra, pretende mantener las cosas tal y como están actualmente. No sólo no quieren cambiarlos (perjudicarlos) sino que su objetivo es que permanezcan en el futuro tal y como están ahora, que los bosques sigan siendo bosques, los desiertos sigan estando desiertos, los lagos conserven el agua, los glaciares el hielo, los valles su fertilidad, las costas sus playas y las playas su arena.

“Sólo el ecologismo puede frenar al capitalismo”, titula La Marea (6), el típico medio que sirve de termómetro para medir el elenco de tonterías del reformismo posmoderno. El socialismo está pasado de moda; ya no es lo que fue (si es que alguna vez fue algo para los posmodernos). Con su énfasis en el desarrollo de las fuerzas productivas, el socialismo también resultaría perjudicial para el medio ambiente porque es “desarrollista”, una palabra que fue fetiche en los sesenta y que ahora se ha convertido en su contrario: el desarrollo económico es contraproducente (según los ecologistas).

La transición ecológica es como la transición política, o sea, una traición, y no servirá de nada reconocerlo dentro de 40 años. Hay que decirlo ahora, en plena cumbre climática de Madrid, y hay que señalar con el dedo acusador a los que engañan a sus afiliados diciéndoles que luchan contra el capitalismo.

En los setenta los traidores no fueron los fascistas. En lo que llevamos de siglo los traidores no son los capitalistas. En un caso y en otro, los traidores son sus cómplices, esos que presentan al capitalismo al revés: como anticapitalismo. No deberíamos dejarles que se hagan los locos por más tiempo: los traidores son esos que se llaman comunistas, anarquistas, anticapitalistas, sindicalistas, izquierdistas, antisistema… a pesar de que su actividad consiste en llevar agua al molino de la explotación.

(1) https://www.theguardian.com/environment/2019/jul/25/the-guardian-joins-a-major-media-initiative-to-combat-the-climate-crisis
(2) http://agenciaecologista.info/, https://www.ecoportal.net/
(3) http://cadenaser.com/tag/ecologistas_accion/a/
(4) CCOO quiere trasladar el debate de la transición ecológica y el cambio climático a los centros de trabajo, https://www.lacomarcadepuertollano.com/diario/noticia/2019_09_10/45
(5) https://www.colectivoburbuja.org/juan-carlos-barba/anticapitalismo-y-ecologismo-por-que-es-un-error-mezclarlos/
(6) https://www.lamarea.com/2014/06/10/solo-el-ecologismo-puede-frenar-al-capitalismo/

Los que luchan contra el capitalismo deberían impedir que las niñas trabajen en las fábricas de ladrillos

Entre el neoliberalismo y el ecologismo: el capitalismo sigue rindiendo tributo a la Dama de Hierro

El ecologismo es una ideología que lo mistifica todo, incluyendo a sus propios patrocinadores, que creen defender principios progresistas o avanzados, aunque hayan salido de las entrañas mismas de los sectores más reccionarios del capital.

Tal y como lo conocemos ahora, el ecologismo y sus mitos seudocientíficos no se consiguieron imponer en el mundo hasta la creación del IPCC en 1988, punto culminante de la ola llamada “neoliberal” que surgió a comienzos de la década con Thatcher y Reagan.

Por grave que fuera la llamada “crisis climática”, ningún otro país del mundo hubiera logrado constituir dentro de la ONU un organismo como el IPCC sin el respaldo de Estados Unidos.

No obstante, los manuales suelen decir que el IPCC lo crearon la OMM (Organización Meteorológica Mundial) y el PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente), que simplemente se limitaron a levantar acta de un plan previamente aprobado en la reunión del G7 celebrada en Canadá, es decir, en el grupo selecto de las potencias imperialistas más fuertes a instancias de Reagan y Thatcher.

Dos meses antes de la constitución formal del IPCC, la Dama de Hierro pronunció un discurso ante la Royal Society en el que planteó las cuestiones cardinales que el IPCC debía llevar al mundo entero (*), que han sido luego seguidas al pie de la letra por la izquierda, la derecha y el centro con una unánimidad como pocas veces se ha visto a lo largo de la historia.

La Primera Ministro británica inisistió en sus mensajes seudoecologistas cada vez que tuvo oportunidad: en las conferencias de la ONU, en sus discursos políticos, en sus entrevistas… No sólo sacó adelante sus planes sino que promovió un nuevo lenguaje, que es el que hoy nos resulta tan familiar: desarrollo sostenible, aumento de las temperaturas, emisiones de CO2, desaparición de los glaciares, aumento del nivel de los mares… Los ecologistas hablan el “idioma thatcher” creado entonces casi de la nada.

En los ochenta el contexto político británico era muy evidente. Thatcher había aplastado la larga huelga de los sindicatos mineros porque quería cerrar las minas, privatizar el suministro eléctrico y sustituir el carbón por centrales nucleares.

Entre 1984 y 1985 la batalla de los mineros costó 3 muertos, 20.000 heridos y 11.300 detenidos. Con el apoyo de los ecologistas, aquellos planes de Thatcher hoy han triunfado en Europa y llevan el nombre de “transición ecológica”, a cuyo efecto la mayor parte de los gobiernos tienen un ministerio encargado de esa tarea y no hay nadie que lo cuestione.

Estados Unidos entró en el IPCC como consecuencia del final de la Guerra Fría y de un fracaso histórico de la NASA: la explosión del transbordador espacial Challenger en 1986. La “carrera espacial” se había acabado y con ella el dinero. La NASA se vio obligada a reciclarse inventando todo tipo de fantasías extraterrestres, a cada cual más estúpida.

Uno de los planes para sobrevivir fue reconvertir los programas espaciales con el lanzamiento de satélites meteorológicos, para lo cual recurrieron a James Hansen, director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales, la organización meteorológica de la NASA. Lo llevaron al Senado a que les metiera miedo a los que tenían que rascarse los bolsillos. Aprovechando unas elecciones, Hansen consiguió una audiencia en el Senado y cuando fracasó volvió a lograr otra más para hablar de calor, sequías, malas cosechas, desastres agrarios y alimentarios…

Como ocurre hoy con los demás científicos de renombre, el cargo de Hansen en la NASA no era el único que ostentaba, ya que también era miembro de Lehmann Brothers, el banco que 20 años después se haría famoso por su bancarrota.

Además del IPCC, al frente del gobierno de Londres la Dama de Hierro creó en 1990 las instituciones científicas que debían demostrar el calentamiento, en especial el Centro Hadley, que es un complemento esencial del IPCC equipado con la varita mágica de la climatología moderna, que ya no es un termómetro sino un superordenador.

Lo mismo que las demás instituciones seudocientíficas modernas, el Centro Hadley confunde a los lectores poco familiarizados con la burocracia moderna: no es una institución científica sino una oficina del gobierno de Londres.

Por más que insistan en lo contrario, el IPCC está cortado por el mismo patrón. No es una institución científica sino un organismo internacional que responde exactamente a su nombre: es “intergubernamental”, es decir, un organismo político. No es un grupo de expertos sino de expertos y no expertos. Lo que tienen en común es que han sido nombrados por sus gobiernos respectivos.

Uno de los ejemplos es su antiguo Presidente, el indio Rajendra Pachauri, quien tuvo que dimitir del cargo en 2015 por acoso sexual. Pachauri no era ningún experto sino un ingeniero ferrroviario, como admitió The Telegraph el 20 deciembre de 2009: “Aunque presentan a menudo al doctor Pachauri como científico y a pesar de que la BBC llegó a decir de él que era el mejor científico climático del mundo, como antiguo ingeniero ferroviario con un doctorado en economía, no tiene ninguna calificación en las ciencias del clima”.

Lo mismo que Hansen, Pachauri también estaba pluriempleado. Compatibilizaba su cargo con el de miembro del Consejo de Administración del Chicago Climate Exchange, es decir, de la bolsa donde se negocian los créditos del carbono. Naturalmente, se hizo multimillonario gracias a ello, a las ideologías climáticas.

Los miembros del IPCC, del Centro Hadley y de otras instituciones, como el B3C (Instituto Vasco de Cambio Climático), por ejemplo, no ocupan sus cargos por ningún tipo de ciencia, sino por determinadas decisiones políticas, que son las mismas que han conducido a la creación de dichos organismos. Si la teología no existiera, tampoco habría curas. Si no hubiera una doctrina del cambio climático, tampoco existirían ninguno de esos organismos internacionales, nacionales, autonómicos y municipales y, por lo tanto, sus miembros dejarían de cobrar los sueldos que cobran todos los meses y tendrían que dedicarse a otra cosa. Tienen que mantener vivo el mito seudoecológico que les da de comer, como los arcángeles dan de comer a los curas.

La descarbonización del mundo comenzó cuando Thatcher aplastó la huelga de los mineros del carbón y la pregunta sigue en el aire 35 años después: ¿está Usted con Thatcher o con los mineros?

Ayer mismo el Parlamento Europeo se posicionó al respecto, declarando que existe una “urgencia climática” y que es partidario de la energía nuclear porque no emite gases de efecto invernadero. Puro thatcherismo del siglo XXI.

(*) http://www.margaretthatcher.org/document/107346

Teoría y práctica de la traición

Juan Manuel Olarieta

En el mundo lo más extendido es el pensamiento metafísico, que se atiene a lo que las cosas “son” y a veces a lo que “deben ser”.

Las cosas “son” de una determinada manera y no pueden “ser” de otra, de manera que cuando las cosas cambian nos quedamos estupefactos, sobre todo si se convierten en lo contrario de lo que “son” o “deben ser”.

En la medida en que los trabajadores forman una clase social enfrentada a su contraria, la burguesía, suponemos que deben actuar como tales, al unísono, por ejemplo durante una huelga que defiende los intereses de todos ellos.

Sin embargo, en las huelgas hay trabajadores que se posicionan en favor del contrario. Se llaman esquiroles, son traidores a sus compañeros y, desde luego, a su clase social. Toman partido por el bando opuesto y siempre ha habido y hay trabajadores que actúan de esa forma.

El traidor y el esquirol se justifican a sí mismos con alguna explicación, más o menos elaborada. En ocasiones esa explicación llega a formar un cuerpo de doctrina de la traición, como por ejemplo la libertad de elección individual. “Vive y deja vivir”. El capitalismo es un sistema de libertad que permite optar a cada cual por la huelga o por el derecho a trabajar, incluso en medio de una huelga de los demás. “Trabaja y deja trabajar”, “Para y deja parar”…

Un esquirol no es otra cosa que una contradicción, pero los metafísicos sólo tienen en cuenta que “es” un trabajador tan trabajador que quiere trabajar incluso aunque haya huelga. En la realidad las cosas no “son” ni dejan de “ser”. En una huelga, que es una lucha, un esquirol está en la trichera opuesta, es un instrumento de la patronal y como tal, a lo largo de la historia, siempre ha sido objeto de los ataques del movimiento obrero, incluso físicos y violentos.

Lo mismo ocurre en las batallas políticas, así que no cabe extrañarse de que haya quien se ponga al servicio del bando contrario sin quitarse las insignias por una muy buena razón: la mayor parte sólo se fija en las insignias, en las apariencias, en las siglas. Para “ser” comunista basta con autodefinirse uno mismo: levantando el puño, o la hoz y el martillo, o la bandera roja…

El capitalismo es un gran supermercado político en el que es posible elegir libremente, “a diferencia de las dictaduras”. Por eso hay quien se autodefine como comunista, como anarquista, como independentista y así sucesivamente. Lo realmente importante es que quienes se autodefinen quieren que los demás los aceptemos tal y como ellos mismos se presentan, o sea, que “son” así.

A partir de ahí los posicionamientos políticos no son importantes. Da lo mismo. Siempre hay una doctrina que “explica” los motivos por los que “son” una cosa y “hacen” la contraria. Lo importante no son las prácticas sino las doctrinas que las “explican” o las “justifican”.

Por eso las bibliotecas, las redes sociales y los blogs están repletos de teorías, doctrinas y justificaciones, la mayor parte de las cuales tienen en común la superficialidad porque sólo se trata de eso: de cubrir las apariencias.

En el circo político el mayor problema es siempre el más sencillo: llamar a las cosas por su nombre. Un ejemplo son los que apoyan al fascismo con las insignias de la “izquierda”. No están en el bando de la lucha antifascista sino en el contrario.

Es el caso de los trotskistas franceses que durante la ocupación de 1940 a 1945 no se unieron a la resistencia antinazi con pretextos pintorescos, a cada cual más estrafalario. Incluso un trotskista notorio, como Paul Cognet, formó parte del gobierno de Petain, para el que redactó el Estatuto del Trabajo. ¿Como definir a Cognet?, ¿era trotskista?, ¿era fascista?, ¿o era ambas cosas?

A ese tipo de elementos políticos la Internacional Comunista los llamó por su nombre, socialfascistas, o sea, socialistas de palabra y fascistas de hecho. Los comunistas franceses siempre los llamaron hitlero-trotskistas. Si hay alguien interesado por los laberintos doctrinales, puede leer artículos de la época, como “¡Confraternicemos!, ¡Mano tendida a los soldados alemanes!” publicado en el periódico trotskista “La Vérité”, el 22 de junio de 1944. Tres meses después de publicarse el anterior apareció otro con un titular no menos definitorio: “Por qué no nos hemos unido a la resistencia”.

Lo mismo ocurre con los “socialimperialistas”, es decir, toda esa mugre de colectivos y medios de “izquierda” que se posicionan siempre con los imperialistas con algún pretexto, alguna doctrina o alguna teoría. No les sirve de nada que acontecimientos tan definitorios, como una guerra o la invasión de un país soberano, definan dos bandos de manera inequívoca. Lo importante es la doctrina, el pretexto o la teoría.

Recientemente una radio “alternativa” de Euskadi llevaba a dos invitados a un debate sobre la Guerra de Siria, pero cada uno de ellos no representaba a uno de los dos bandos combatientes porque alguien ha inventado un tercer género en discordia: Rojava. Si los organizadores querían mostrar el abanico de opiniones que hay sobre dicha guerra, podrían haber invitado también a un miembro de Al-Qaeda o a un portavoz del Pentágono. ¿Por qué no?

En las guerras revolucionarias no hay más que dos bandos. En la Guerra Civil no hubo más que dos bandos. En la Segunda Guerra Mundial también. Cuando en plena guerra algunos medios como “Viento Sur” fabrican una entelequia doctrinal intermedia, que no es carne pero tampoco pescado, es para camuflar que están con el más fuerte, es decir, con el imperialismo. No es un error, no es una equivocación, ni tampoco un desliz sino que han tomado partido, lo mismo que los trotskistas franceses lo hicieron en 1940: están con los imperialistas y en el futuro lo seguirán estando.

“¿Por qué no nos unimos a la resistencia antifascista?” Porque estamos con el fascismo. “¿Por qué no nos unimos a la lucha antimperialista?” Porque estamos en la trinchera opuesta. No es tan difícil de entender; no hacen falta doctrinas muy librescas. No obstante, donde hay una traición al lado siempre hay una doctrina y hay a quien le gusta perder el tiempo en leerse la doctrina para olvidarse de la traición, que es lo realmente importante, lo realmente definitorio.

A la mugre le encanta debatir sobre los papeles impresos, los artículos, las reflexiones…

La lucha de clases es el lápiz que escribe los diccionarios

Si uno se da cuenta de que le roban la cartera se revuelve, pero no ocurre lo mismo cuando lo que le roban es el lenguaje, y todo saqueo ideológico empieza por cambiar el lenguaje, por imponer un nuevo vocabulario, que no es otra cosa que la introducción subrepticia de una ideología.

El lenguaje expresa el pensamiento. La mayor parte de las veces basta atender a las palabras que alguien utiliza para conocer su manera de pensar. Un vocabulario pobre, por ejemplo, indica un pensamiento rudimentario. “Díme cómo hablas y te diré quién eres”.

Hace cien años existía el racismo, que se apoyaba en el color de la piel y escondía una discriminación de clase social. A partir de los años setenta el racismo adquiere una forma cultural que progresivamente se transforma en religiosa.

Hoy internet es un filón para el análisis del lenguaje y sus cambios. En tiempos de las Cruzadas se hablaba de los “sarracenos”, luego de los moros y ahora las alusiones se dirigen hacia el islam.

En España las diferentes alusiones proceden del mito de la “Reconquista” medieval y en otros países europeos del colonialismo y de la descolonización, hasta que finalmente se han vinculado a la explotación de la fuerza de trabajo de origen “extranjero”.

La Universidad de Montpellier ha creado un laboratorio llamado “Praxiling” que estudia el habla corriente (1). A partir de una muestra de artículos de todo el mundo de 1944 a 2015, que comprende 350 millones de palabras, han creado una base de datos del léxico empleado corrientemente y, en consecuencia, de los conceptos que la ideología dominante transmite.

Cuando se segmenta el lenguaje en función de la ideología política se observa que en los años setenta ni siquiera los sectores europeos más reaccionarios, esos que hoy llamaríamos “extrema derecha”, hacía ninguna alusión al islam o a los musulmanes. Los racistas están hablando de una parte de la clase obrera y, fundamentalmente, de los emigrantes de origen norteafricano.

Las expresiones religiosas se comienzan a introducir porque los reaccionarios no quieren que se les acuse de ser lo que son y han sido siempre: racistas. La prensa dejó de hablar de “trabajadores árabes” y comenzó a referirse a ellos como musulmanes o islamistas. Naturalmente a la ideología dominante, manifestada a través de los medios, les importaba un bledo que lo fueran o no.

La ideología burguesa supone que un musulmán puede dejar de serlo; le basta con afiliarse a otra religión, mientras que consideran que el árabe es una raza (o una etnia, para ser más finos) y eso es algo que no cambia nunca. Luego no se le puede acusar de racismo a alguien que califica a otro como “musulmán” porque eso no es una raza.

Los lingüistas han creado una aplicación informática, el buscador Ngram (2), que muestra los vasos comunicantes que hay entre la palabra “árabes”, por un lado, y “musulmán”, por el otro. La aplicación analiza el contenido de casi cinco millones de libros, es decir, alrededor del 4 por ciento de los libros publicados entre 1500 y 2018, el mayor corpus lingüístico de todos los tiempos. Ngram muestra un pico en el uso de la palabra «árabes» a mediados de la década de 1970, seguido de un declive y un aumento casi concomitante de la palabra musulmanes.

En materia de lenguaje siempre hay que recurrir a Nebrija para recordar que el idioma va con el imperio. El “habla” es ideología, es ciencia, pero también es colonialismo. Los conquistadores se refieren a los conquistados de una determinada manera; no los llaman por su nombre sino que los clasifican, como quien calsifica a las especies y les pone un nombre en latín.

Por ejemplo, como a Argelia los colonislistas la consideraban como una parte de Francia, no podían llamar a los argelinos por su nombre. En Argelia no había franceses y argelinos porque todos eran franceses. Por eso los llamaron “musulmanes” y siempre les importaba un bledo que no lo fueran. Tenían que aguantarse que los clasificaran así.

Tras la descolonización ocurrió al revés porque el término “árabe”, que fue despectivo hasta entonces, se revalorizó a partir de 1960, el nasserismo, la lucha palestina y el tercermundismo. No puedes despreciar a alguien que se pone a tu altura y se sienta contigo en una asamblea de la ONU. Necesitan otras palabras despectivas.

Ni siquiera las palabras pueden escapan de la historia, la lucha contra el imperialismo o la lucha de clases, que el motor de todo. Por ejemplo, en 1983 en Francia había un gobierno “socialista” enfrentado a una oleada de huelgas (en Citroën, en Aulnay, en Talbot, en Poissy, en Flins, en Renault) protagonizadas por trabajadores, una parte importante de los cuales eran de origen norteafricano (Marruecos, Argelia, Mauritania, Malí) e incluso de Turquía.

Maestros en el arte prestidigitador, los “socialistas” hicieron lo que mejor saben saben: sacaron la lucha del terreno sindical y la llevaron al campo de la religión, acusando a los obreros de ¡fundamentalismo! Entonces nadie sabía muy bien lo que aquello significaba, pero no tenía buena pinta. El gobierno de Mitterrand se refería a que los obreros no estaban manipulados por los comunistas, un tópico de la posguerra, sino por los imanes.

Ahora la “yihad” (guerra sagrada) ya nos resulta muy familiar, pero entonces fue muy sorprendente escuchar al ministro de Interior, el canalla de Gaston Defferre, referirse a las “huelgas sagradas” que habían emprendido musulmanes y chiítas fundamentalistas. En torno a la revolución iraní (1979) los altavoces del imperialismo habían creado la correspondiente alarma y los “socialistas” franceses supieron a aprovecharse de ello (1983) para romper la solidaridad con los trabajadores en huelga, dividir y enfrentar a unos con otros por motivos religiosos, tras los cuales se escondía el racismo.

A partir de entonces la lucha contra el yihadismo, en cualquiera de sus formas, crea yihadismo, tanto en el interior de Europa como en los países musulmanes. No es la causa sino la consecuencia, una criatura fabricada a imagen y semejanza de su creador.

(1) http://www.praxiling.fr/
(2) http://biblioteca.uoc.edu/es/recursos/recurso/google-books-ngram-viewer

Manifestaciones y disturbios

Juan Manuel Olarieta

Recién nombrado intendente de la región metropolitana de Santiago de Chile, Felipe Guevara ha dicho al asumir su cargo que “las manifestaciones bienvenidas sean, lo que no puede confundirse con disturbios”.

Es muy frecuente confundir las manifestaciones, que son un derecho, con los disturbios, que son un delito. La causa es evidente y muy típica, tanto en Chile como en España: la reconversión de los derechos en delitos.

El mejor ejemplo de ello es el propio Guevara, al que ponen a la cabeza del mantenimiento del orden público en la capital chilena precisamente porque es un fascista.

Uno de los rasgos típicos del fascismo es ese: se habla de los derechos como si se tratara de delitos. De esa manera no es que el Estado vulnere los derechos de las personas; lo que pretende es impedir que se cometa un delito, que siempre es algo reconfortante para las cadenas de intoxicación.

Las manifestaciones son bastante más que un derecho fundamental. No sólo son legales sino que son legítimas porque expresan el descontento de la población y todos los estados de ánimo que lo acompañan: indignación, odio, rencor…

Una manifestación se diferencia de la Cabalgata de los Reyes Magos, o de una procesión de Semana Santa, o del Día del Orgullo Gay, o de una marcha cicloturista porque los asistentes acuden enfadados. Por eso gritan. Los servicios de orden deberían servir para impedir la entrada a una manifestación de quienes no estuvieran cabreados y jodidos. Los que quieran salir a la calle a divertirse y hacer el payaso deberían llamar de otra manera a sus convocatorias.

En un país democrático no tiene ningún sentido que la policía acuda a las manifestaciones, y mucho menos infiltrados, aparentando que también se manifiestan.

En un país democrático no tiene ningún sentido que los antidisturbios vayan a las manifestaciones armados hasta los dientes, con porras, con cascos, con escudos, con rifles, con gases, con bolas de caucho… Si los manifestantes ejercen un derecho, ¿a qué van de esa guisa?, ¿para qué envían helicópteros como si acudieran a una guerra?

En un país democrático la policía no puede presentarse en el lugar de la convocatoria de una manifestación de antemano, exigir a todo el mundo que se identifique, tomar sus datos personales, sacar fotos o grabar vídeos.

Las manifestaciones siempre son pacíficas. Cuando se producen escenas de violencia, como es frecuente, la causa es siempre la misma: la policía carga contra quienes ejercen un derecho para impedir que lo ejerciten.

No se puede confundir a las víctimas con los victimarios. En las manifestaciones es siempre la policía la que persigue a los manifestantes, y no al revés. Por eso en España los viejos se regodean de los tiempos en que corrían delante de los grises.

En esas carreras es la policía la que lleva las porras y los manifestantes huyen del terror policial, de los golpes, de los disparos, de las agresiones y de las detenciones.

Vivimos bajo el terror policial como los peces viven sumergidos en el agua. Digerimos el lenguaje de la dominación que emplean intendentes como el chileno Felipe Guevara. Nos consideramos a nosotros mismos como culpables por ejercer un derecho. Nosotros somos los alborotadores, los violentos y los radicales.

Estamos a punto de perder la guerra porque tragamos con todo. Ya no nos quedan reservas. Nos hemos acostumbrado al terrorismo de Estado como lo más normal del mundo. Si acudimos a una manifestación y no nos pegan, volvemos a casa con una sensación de vacío, como si nos faltara algo…

El complejo militar industrial: el papel de los científicos como mercenarios del capitalismo contemporáneo

La política económica de Trump ha seguido la moda de los recortes presupuestarios, lo que suscita la pregunta inversa: ¿en dónde no escatiman el dinero? La respuesta es evidente: en gastos militares, dentro de los cuales están los proyectos “cientificos” de Darpa, la agencia de investigación del Pentágono.

La guerra ha sido y es uno de los grandes motores de la ciencia, y los científicos son los más fieles siervos de las guerras porque su trabajo tiene más relación con el sueldo que cobran que con un amor desinteresado por el saber.

Los presupuestos militares han convertido a Darpa en un gigantesco fondo de inversiones a través del cual los militares controlan universidades, laboratorios y centros de investigación por todo el mundo. Los científicos, académicos e investigadores no son más que unos de tantos subcontratistas del Pentágono, de manera que cuando se les acaban los fondos tienen que viajar a Washington a mendigar más dinero para mantener la maquinaria en marcha.

En 2017 Darpa percibió 2.900 millones de dólares que este año llegarán a los 3.200 millones. El destino de ese dinero marca la pauta de lo que interesa a los imperialistas, además de marcar la pauta también de lo que en el mundo actual consideran como “ciencia” que los más papanatas llamaban antes “puntera” y ahora “deep tech” (1). La tecnología “punta” es la más moderna, la mejor, la más innovadora y los demás no hacen más que seguir ese camino: el que marca el Pentágono.

Darpa no invierte en armas sino en hegemonía y, por lo tanto, en poder o, por mejor decirlo, en mantener el poder (el ‘status quo’) a lo largo y ancho del mundo. Poco después de que en 1958 fundara Darpa fue cuando el general Eisenhower acuñó la famosa expresión “complejo militar industrial” (2), un binomio del que se suele olvidar la tercera pata a la que el entonces Presidente también se refirió: la ciencia.

Más que la ciencia propiamente dicha, son los científicos actuales los que portan las taras del complejo militar industrial, por más que se empeñen en disimularlas. Aquí ya hemos expuesto algunas, como la llamada “inteligencia artificial”, que va a consumir 2.000 millones de dólares de Darpa en cinco años. No es más que ingeniería social o, como decía Marx, convertir a la humanidad en una extensión de la máquina (y no al revés).

Por lo demás, la “inteligencia artificial” es lo menos inteligente que cabe imaginar. Es el intento de trasladar el modelo militar a la sociedad, o sea, militarizar a los civiles, convirtiéndolos en automátas, soldados robotizados, carne de cañón.

La subcontratación permite a los científicos cerrar los ojos ante sus verdaderos amos. También le permite al Pentágono contar con la colaboración de instituciones e investigadores que le cerrarían las puertas porque no quieren aparecer como tentáculos de la guerra imperialista. En fin, la maraña de intermediarios mantiene la imagen de la ciencia que los científicos quieren aparentar: aséptica y alejada del mundanal ruido.

Pero la ciencia no sólo depende de los militares y de científicos militarizados, sino también de la industria, es decir, del capital. La biologia moderna es una creación de las empresas de fondos de inversión altamente especulativos. Los laboratorios de biotecnología, la farmacia y la agroindustria actuales serían impensables sin las sociedades de capital riesgo.

La industria funda y destruye revistas científicas, crea, equipa y disuelve laboratorios y centros de investigación, financia cursos de formación, convoca congresos nacionales e internacionales, incorpora a los científicos a su accionariado y a los consejos de administración de sus empresas, nombra y destituye a ciertos ministros…

Desde el punto de vista industrial, la ciencia moderna no tiene que fabricar conocimientos verosímiles, sino algo mucho más simple: es una máquina de hacer dinero rápidamente, bien entendido que quienes hacen dinero no son sólo las empresas sino también los científicos que forman parte de ellas.

Quizá el mejor perfil que hay en España de uno de esos científicos de última generación sea Cristina Garmendia, donde aparecen todas las patas que la sustentan. Doctora en biología, Garmendia fue ministra del PSOE de Ciencia e Innovación, un cargo al que llegó procedente de los grupos de presión de la biotecnología, la famacia y la medicina, unidos en una intrincada red de fundaciones que no son otra cosa que conglomerados empresariales.

Era miembro de la Junta Directiva de la CEOE, presidenta de la Fundación Inbiomed y de la Asociación Española de Bioempresas. En 2000 fundó Genetrix, empresa del sector de la biotecnología y en 2008 la sociedad de capital riesgo YSIOS, especializada en salud y biotecnología. “Cristina Garmendia fue pionera al sentar las bases de una industria de la biotecnología en España al trasladar el ‘know-how’ de la investigación biomédica académica española al ámbito del mundo empresarial”, dice de ella la Wikipedia (3).

En 2011 aquella ministra aprobó la Ley de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación que, por primera vez, elevó la innovación a rango de ley, incidiendo en las puertas giratorias del conocimiento: del sector público a las empresas privadas, y a la inversa.

Aquel mismo año 2011 la ministra se concedió préstamos públicos para sus propias empresas privadas, porque en los tiempos del capital monopolista de Estado ¿cómo se diferencia lo público de lo privado?, ¿cómo diferenciar la ciencia de los científicos?, ¿cómo diferenciar a la ciencia del capital?, ¿cómo diferenciar al PSOE de Ciudadanos? En 2015 a la científica ya la veían participando en los actos electorales de Ciudadanos (4).

En el mundo actual a los científicos que marcan la pauta donde se los ve es en los actos oficiales; los otros tienen su jornada de trabajo en los laboratorios y dependen de los anteriores.

(1) En Estados Unidos llaman “deep tech” a los proyectos científicos prometedores o rompedores, pero que requieren un desarrollo a largo plazo y, por lo tanto, de dinero público
(2) Aunque la expresión se atribuye a Eisenhower, quien le escribió el discurso fue Malcolm Moos, rector de la Universidad de Minnesota (https://www.shmoop.com/historical-texts/eisenhower-farewell-address/malcolm-moos.html).
(3) https://es.wikipedia.org/wiki/Cristina_Garmendia
(4) https://cronicaglobal.elespanol.com/politica/c-s-sorprende-con-el-fichaje-de-la-ex-ministra-socialista-cristina-garmendia_29688_102.html

¿Realmente hay más CO2 en la atmósfera que nunca antes?

En materia seudoecologista hay unanimidad también entre los medios reaccionarios y los posmodernos. “La Tierra ha alcanzado hoy niveles de CO2 nunca vistos en varios millones de años”, titulaba El Confidencial (1) en mayo y lo mismo sostenía ayer El Salto Diario (2). La supervivencia del planeta no conoce clases sociales porque es un empeño unánime, de toda la humanidad. De esa manera, los artículos de unos y otros son intercambiables. Lo que dice Ecologistas en Acción es lo mismo que dice el Fondo Monetario Internacional.

No es que ese tipo de titulares sean ciertos o falsos sino que son tan absurdos como decir que “la estabilidad climática está rota”, una de las frases antológicas de El Salto Diario. ¿Cuándo ha habido alguna estabilidad climática?

Otra idiotez del artículo de El Salto es afirmar que a Keeling “le dio por registrar la concentración de CO2”. También es posible que se rascara el bolsillo para financiar un observatorio en lo alto de un volcán en Hawai durante décadas.

No obstante, la ridiculez típica de todo este tipo de basura es insistir en que hay más CO2 en la atmósfera que nunca, lo que es rotundamente falso. En la historia de la Tierra es difícil encontrar nieveles de CO2 tan reducidos como en la actualidad. En el Cámbrico, hace más de 500 millones de años, había entre 3.000 y 7.000 partes por millón, unas diez veces más que en la actualidad. Una concentración tan baja de CO2 como la actual sólo se encuentra una vez en la historia de la Tierra: durante el período Carbonífero/Pérmico, cuando cayó por debajo de 210 ppm.

Pero eso no es todo: el descenso de CO2 se produjo simultáneamente a un aumento de 8°C de la la temperatura, por lo que ocurrió todo lo contrario de lo que sostienen los seudoecologistas. Lo mismo ocurrió desde el final del Jurásico hasta el final del Cretácico: el contenido atmosférico de CO2 se redujo de 2.300 a 1.000 ppm, mientras que la temperatura fue respectivamente entre 2°C y 8°C más elevada que la actual.

Los seudoecologistas se aprovechan de que los lectores ya no tienen un termómetro en sus casas, como antiguamente, ni tampoco un sensor de CO2, que pueden comprar en internet por unos 300 euros. Hay numerosas marcas y empresas comercializadoras, cuya publicidad para vender el aparato es mucho mejor que las patrañas “verdes”.

No sólo el IPCC o Keeling o los científicos pueden medir los niveles de CO2; está al alcance de cualquiera comprobar en su casa que el CO2 se puede multiplicar por cuatro muy fácilmente, sobre todo si no abre las ventanas. Si una concentración 415 ppm los seudoecologistas la consideran tan dramática, ni nos imaginamos cuando el lector vea que en su habitación se ha disparado a 2.000 ppm en unas pocas horas y ni se ha dado cuenta. Si 415 ppm lo consideran como un máximo histórico, es posible que el lector pretenda figurar en el Libro Guiness con las mediciones que hace en su propia vivienda.El lector supondrá entonces que las mediciones de CO2 que hace en la habitación de su casa no son representativas del planeta, y tiene razón. En tal caso deberá preguntarse si lo son las que hace Keeling y el IPCC en un volcán de Hawai, que -por cierto- está activo.

Lo mismo que las temperaturas, las mediciones de CO2 reúnen dos características fundamentales, son locales y son oscilantes. Cambian con el espacio y con el tiempo y, desde luego, ha habido épocas históricas en las que han sido muy superiores a las actuales, tanto antes como después de la aparición del hombre sobre la Tierra, tanto antes como después de la llamada “era industrial”.

Si una mañana el lector coge la baja y va al médico porque tiene unas décimas de fiebre, sabe que su cuerpo tiene una temperatura “normal” y que la fiebre es un incremento de esa temperatura. Pero, ¿cuál es la concentración “normal” de CO2 en la atmósfera?, ¿qué patrón tiene la ciencia para decir que ha aumentado respecto a un determinado nivel?, ¿en qué momento histórico se pone ese nivel?, ¿por qué lo situan en 350 ppm?, ¿en qué se basan para hacerlo?

La respuesta a esas preguntas es puramente ideológica porque está encaminada a dar una respuesta tópica: el patrón de normalidad se pone en el origen de una supuesta “época preindustrial” porque la elevación de los niveles de CO2 es consecuencia de ella, es decir, de la humanidad, que quema “combustibles fósiles” en grandes cantidades.

En tal caso las mediciones cambian su significado, porque ya no se trata de que la concentración atmosférica de CO2 oscile de manera natural sino que debemos averiguar si ha dejado de ser oscilante para convertirse en lineal y aumentar continuamente, como nos quieren hacer creer. Para ello deberían demostrarnos qué proporción del CO2 atmosférico tiene un origen exclusivamente industrial o antrópico.

No hay una respuesta fácil, pero según los cálculos del geoquímico noruego Tom V. Segalstad, sólo un 5 por ciento del CO2 que hay en la atmósfera tiene un origen industrial (3). Se trata, pues, de una cantidad pequeña que, además, se refiere a otra casi insignificante, que es la concentración total de CO2, del orden de 0,04 en términos porcentuales. ¿Cómo es posible que un elemento tan poco significativo de la atmósfera sea capaz de causar una “emergencia climática” de vastas proporciones?, ¿cómo es posible que hayan colocado al CO2 en el centro de un drama internacional?

La publicidad seudoecologista habla mucho de las emisiones de CO2 pero casi nada de los sumideros. Dicen que el grifo de la bañera está abierto, pero callan que no tiene tapón. El artículo de El Salto Diario sugiere que los sumideros de CO2, como el océano, están llegando “a niveles de saturación” y que es “muy difícil que puedan seguir capturando CO2 al ritmo que lo hacían antes”. Vuelve a ser falso. Un artículo publicado en abril de este mismo año en Nature aseguraba todo lo contrario: “Los sumideros mundiales de carbono en tierra y en los océanos han aumentado proporcionalmente con el aumento de las emisiones de dióxido de carbono durante las últimas décadas” (4).

Es muy obvio: si han aumentado las emisiones de CO2 también ha aumentado la capacidad para absorberlas.

Cuando leemos un determinado tipo de estupideces sobre el cálculo de las emisiones de CO2, no podemos dejar de recordar que hace unos pocos meses los medios nos hablaban de que Volkswagen había sido condenada por falsificar las suyas.

La paranoia climática ha llegado a tal punto que las diversas técnicas de medición de las emisiones de CO2 son un tema de investigación en sí mismo. El IPCC ha impuesto un canon que quiere ser único, como el del Vaticano, con la diferencia de que revisan el canon periódicamente, como ocurrió en mayo de este año. Las mediciones van cambiando y la manera de medir también. En cada país el gobierno impone por decreto cómo se deben medir las emisiones, los decretos cambian con el tiempo, con cada gobierno y con cada país. Luego alguien suma toda esas mediciones diferentes y se queda tan ancho…

(1) https://www.elconfidencial.com/tecnologia/ciencia/2019-05-13/tierra-record-contaminacion-co2-cambio-climatico_1998218/
(2) https://www.elsaltodiario.com/cambio-climatico/razones-huelga-climatica-global-curva-keeling-miedo
(3) http://www.co2web.info, http://www.co2science.org/articles/V12/N31/EDIT.php
(4) https://www.nature.com/articles/s41586-019-1078-6

La ideología climática ha triunfado porque está promovida por el imperialismo

La evolución de la ideología climática (y 6)

Los científicos como Revelle jamás hubieran podido desatar una paranoia, como la climática, sin su estrecha asociación al centro de poder por antonomasia de la Guerra Fría, sito en Washington. Ahora sabemos que, como cualquier otro tinglado de ese tipo, formaban parte de un equipo secreto llamado Jason cuyo objeto eran operaciones ideológicas en masa como las que iniciaron contra Lysenko o las de tipo climático.

Durante aquellos primeros años, la ideología oficial seguía siendo el enfriamiento, que los portavoces ideológicos del imperialismo presentaban con el mismo alarde catastrofista que ahora. Los científicos que hablaban del calentamiento eran una minoría insignificante, incluso dentro del ámbito académico. Eran pocos pero eran el imperialismo o, por lo menos, una parte de él.

Se trataba, pues, de imponer la doctrina dentro de la “ciencia” para luego propagarla como tal a los altavoces mediáticos, es decir, no como una consigna militarista sino como “ciencia”. Naturalmente que tampoco se trataba de unas u otras teorías, como algunos creen, sino que ya se había dado el salto de la “ingeniería climática” al armamento climático.

Con el apoyo de General Electric y el Pentágono, en los años cuarenta los científicos Vincent Schaefer y Irving Langmuir pusieron en marcha el Proyecto Cirrus, luego reconvertido en Stormfury, un plan para modificar el clima con fines bélicos (lluvias, huracanes, tornados, ciclones), que en 1967 se puso en marcha en Vietnam con el nombre de Operación Popeye, un intento de modificar el clima que se prolongó hasta 1974.

Muy pocos años después, en 1978, los mismos imperialistas que habían convertido al clima en un arma de guerra, introdujeron en la ONU un tratado internacional que prohibía el uso del armamento climático en la guerra, otro ejemplo del “doble juego” ideológico que desempeña la paranoia climática: al mismo tiempo que los “científicos” estadounidenses utilizan el clima como arma, previenen sobre el cambio climático.

Los mismos organismos que alertan sobre el cambio climático financian los programas militares de cambio climático. Por ejemplo, entre 1962 y 1983 el Instituto Meteorológico (Weather Bureau, luego denominado National Weather Service) financió el Proyecto Stormfury.

Quien llevó a cabo el intento de modificar el clima de Indochina no fue la Fuerza Aérea sino los aviones de la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration), un organismo a la vez científico y militar, hoy muy conocido por ser uno de los propulsores de la paranoia climática.

El imperialismo encubría sus planes de cambiar el clima con la manta del CO2. En 1963 el Presidente Johnson aseguró ante el Congreso que a causa de la quema de combustibles fósiles su generación “había alterado la composición de la atmósfera a escala mundial”. Su gobierno encargó un estudio sobre el asunto a su Comité Científico Asesor.

Dos años después el Comité publicó su informe sobre los tópicos favoritos que forman parte de la alarma climática: aumento de los niveles de CO2, la rápida descongelación de la Antártida, el aumento del nivel del mar, el aumento de la acidez del océano… El informe señala, además, que esos cambios requerirán un esfuerzo mundial coordinado para prevenirlos, lo que indica que Estados Unidos comenzaba a imponer su propia política como algo consustancial a la ONU.

Uno de los “científicos” que contribuyeron a desatar la alarma fue Gordon MacDonald, asesor del Presidente Johnson y enlace de la CIA con Jason. En 1968 publicó “Cómo destruir el medio ambiente”, un recetario de las modernas paranoias seudoecologistas. Al mismo tiempo que se preocupaba del medio ambiente, MacDonald colaboraba como geofísico en la guerra contra el pueblo vietnamita.

Como el resto del equipo científico Jason, MacDonald mostraba dos rostros. Por un lado, fue uno de los fundadores de la Agencia de Protección Medioambiental y, por el otro, escribió que “un huracán bajo control se puede utilizar como arma para aterrorizar a los adversarios en partes sustanciales de la población mundial”.

Fue pionero en la SRM (Solar Radiation Management), la manipulación de la radiación solar con fines bélicos. La SRM tiene la pretensión de devolver la radiación infrarroja de nuevo al espacio exterior mediante la dispersión de partículas en la atmósfera, lo que puede impedir el calentamiento, según creían. Para ello, MacDonald propuso recurrir al empleo de misiles en lugar de aviones.

Otro interesante arma ecológica que se le ocurrió a MacDonald fue explotar bombas atómicas para hacer que las capas de hielo polar se deslizaran hacia el océano, causando así maremotos “catastróficos para cualquier país costero”.

También sugirió que la creación de un agujero en la capa de ozono de la atmósfera podría ser un arma eficaz “fatal para la vida”. Según MacDonald las perturbaciones del medio ambiente podían producir, además, cambios en los patrones de comportamiento de las personas, es decir, manipular a la población manipulando el medio ambiente. En cualquier caso, escribe, para Estados Unidos “es ventajoso garantizar su propio entorno natural pacífico para sí mismo y un entorno perturbado para sus competidores”.

Entre 1964 y 1967 formó parte de los asesores de la National Science Foundation para la Modificación del Clima, cuyas conclusiones fueron criticadas por el Journal of the American Statistical Association por la característica manipulación de las estimaciones: “Es deplorable que tales tonterías aparezcan con la cobertura de la Academia Nacional de Ciencias”.

En 1992 el Vicepresidente Al Gore le introdujo en el exótico Comité Medea (Measurements of Earth Data for Environmental Analysis), a medio camino entre el espionaje y la ciencia. Se trataba de recuperar viejos archivos de la CIA y el KGB que contenían información sobre el Ártico tomada por los satélites de vigilancia.

Tanto la Armada como la Fuerza Aérea de Estados Unidos crearon varios escuadrones, conocidos como los “guerreros del clima”,  para militarizar el clima. Algunos de ellos colaboran con la Organización Meteorológica Mundial.

En 1973, tras la guerra árabe israelí, los precios del petróleo se dispararon y, con ellos, las campañas seudoecologistas contra los combustibles fósiles.

El Presidente Carter instaló 32 paneles solares en el techo de la Casa Blanca y los grandes monopolios comenzaron a crear fundaciones contra el cambio climático. Entre ellos destacan Krupp y MacDonald’s, por cuya iniciativa Estados Unidos creó una Oficina sobre los efectos del dióxido de carbono (1). Al calor de las subvenciones las ONG ambientalistas comenzaron a proliferar por todos los países occidentales.

La prensa cambió los titulares que habían predominado hasta entonces: ya no hay que tener miedo el enfriamiento sino al calentamiento. No escatimaron en gastos. En 1958 subcontrataron al director de cine  Frank Capra para que realizara el documental “The Unchained Goddess” que, entre otros temas, ya alertaba sobre el calentamiento mundial (2), un anticipo de la “verdad incómoda” que en 2006 rodaría la Paramount para Al Gore.

En 1977 el equipo Jason envió un informe al Departamento de Energía con las típicas previsiones para el futuro, una vez que se duplique la concentración de CO2 en la atmósfera que, como las demás, es pura ficción.

Estados Unidos internacionaliza la paranoia. En 1979, en la reunión del G-7 en Tokio, las grandes potencias imperialistas firman una declaración solemne comprometiéndose a reducir las emisiones de CO2. Al mismo tiempo, se celebra en Ginebra la primera Conferencia Mundial sobre el Clima, en la que científicos de 50 países aseguran que es necesario actuar urgentementemente. Son los primeros pasos para llevar el cambio climático a la ONU e institucionalizarlo.

Progresivamente, a los partidarios de la doctrina del calentamiento les ponen al frente de los departamentos universitarios, e incluso los crean para ellos, como la unidad del clima de la Universidad de East Anglia, en Gran Bretaña, financian investigaciones dirigidas, organizan conferencias internacionales de expertos y crean revistas especializadas… En 1981 el New York Times llevó por primera vez el “efecto invernadero” a su primera plana. Aquel año sólo un 38 por ciento de los estadounidenses había oído hablar alguna vez del “efecto invernadero”. En 1989 el porcentaje había subido al 79 por ciento.

El punto de viraje de las ideologías climáticas se produjo en 1988 con las dos compareciencias de James Hansen y el senador demócrata Thimothy Wirth en el Senado de Estados Unidos, aunque las doctrinas climáticas posmodernas deben su triunfo  a Margaret Thatcher, como reconoció en 2006 la revista Nature en un editorial.

El Partido Conservador británico, entonces en el gobierno, quería reducir la dependencia de Reino Unido de las energías fósiles y desactivar los poderosos sindicatos mineros, cerrando las minas de carbón, para potenciar la energía nuclear y el gas escocés.

En 1985 Thatcher aplastó una importante huelga minera que se prolongó durante un año. Tres años después pronunció un famoso discurso seudoecologista ante la Royal Society en el que puso varios tópicos sobre la mesa: calentamiento, agujero de ozono y lluvia ácida, entre otros.

Thatcher fue la primera jefa de gobierno en apadrinar públicamente la lucha contra el cambio climático, una política seguida después por el Partido Conservador durante su conferencia anual.

En 1987 Thatcher fichó a Crispin Tickell, embajador de Reino Unido ante la ONU entre 1987 y 1990, como asesor en cuestiones ecologistas. Diez años antes Tickell había escrito un libro, reeditado en 1986, titulado “Climate Change and World Affair”, donde profetizaba el calentamiento global y en 2001 se presentó a las elecciones generales por el Partido Verde.

Pero para cambiar la ideología climática entonces imperante y presentarlo como ciencia era necesario crear, además, centros de investigación. De ahí que, poco antes de salir del gobierno en 1990, Thatcher creó, a partir de una unidad especial para el estudio de modelos climáticos formada ya en 1988 en el Instituto Británico de Meteorología, el Centro Hadley para la Predicción e Investigación del Clima.

No obstante, el triunfo de las doctrinas posmodernas sobre el clima no hubiera sido posibles sin la creación en 1988 de su propio Vaticano, el IPCC, que contó con el apoyo de Thatcher, Reagan, Tickell y Bert Bolin, su primer presidente.

El IPCC no se crea porque en aquel momento la doctrina del calentamiento fuera una corriente mayoritaria entre los científicos, sino al revés: se creó precisamente para imponer esa doctrina como mayoritaria y con el aval de una institución internacional, como la ONU. Fue un montaje de envergadura que culminó en 2007 con la insólita concesión del Premio Nóbel de la Paz, junto con el vicepresidente Al Gore.

Cuando dos años después se publicaron los correos internos de los climatólogos de la Universidad de East Anglia confesando sus manipulaciones, “el mayor escándalo científico de nuestra generación”, según confesó The Telegraph (3), a nadie pareció importarle. Lo que sostiene las concepciones climáticas actuales no es la verdad ni la mentira sino los padrinos.

En muy pocos años el imperialismo ha podido alterar radicalmente una concepción científica tan arraigada, como el enfriamiento, por su contraria. En  un libro, David F. Noble lo calificó en 2007 como un “golpe de Estado
climático de las multinacionales” (4).

La proliferación de este tipo de doctrinas muestra a las claras la actitud gregaria de la humanidad en general y de los científicos en particular, que disimulan bajo términos grotescos, tales como “consenso científico”, lo que no son más que ideologías trasnochadas.

(1) https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/002194369903600101
(2) http://www.youtube.com/watch?v=0lgzz-L7GFg
(3) https://www.telegraph.co.uk/comment/columnists/christopherbooker/6679082/Climate-change-this-is-the-worst-scientific-scandal-of-our-generation.html
(4) https://www.globalresearch.ca/the-corporate-climate-coup/5568

Serie completa:
– La evolución de la ideología climática
– Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones
– El segundo principio de la termodinámica: entre la ciencia y el mito
– El origen de la subcultura carbónica
– El clima se pone a las órdenes del comandante científico de la Guerra Fría: Roger Revelle

 Las portadas de la revista Time, un altavoz del imperialismo, empezaron asustando por las doctrinas del enfriamiento y ahora hacen lo mismo con las del calentamiento

El clima se pone a las órdenes del comandante científico de la Guerra Fría: Roger Revelle

La evolución de la ideología climática (5)

La centralidad climática del CO2 adquiere una nueva dimensión como consecuencia de la Guerra Fría, las explosiones nucleares y la radiactividad, una página de la historia de la climatología que ha sido convenientemente descuidada por razones obvias, lo que vuelve a poner de manifesto que no se puede falsificar la ciencia sin falsificar, al mismo tiempo, su historia.

En 1945 Estados Unidos tiene el monopolio nuclear, cuyo mantenimiento requiere la presencia de una industria atómica anexa que, además de suministrar la materia prima del nuevo armamento, confiere superioridad también en el terreno económico y, sobre todo, energético. Nacen así las centrales nucleares, contrapuestas a los viejos métodos productivos “sucios”, basados en la quema de “combustibles fósiles”.

Como potencia hegemónica, Estados Unidos también tiene la pretensión de decidir desde el final de la guerra lo que es ciencia y lo que no lo es, y tanto una (la ciencia) como otra (la seudociencia) son subproductos de la guerra. El Proyecto Manhattan, la fabricación de la bomba atómica, es uno de los ejemplos más conocidos de la manera en que el ejército de Estados Unidos puso a los científicos a su servicio, engendrando un híbrido entre el burócrata y el investigador. No se sabe dónde acaba uno y empieza el otro.

En el caso del clima, la Armada llevó la ideología climática a un terreno hasta entonces inexplorado, el océano. Se había hablado bastante de las emisiones de carbono, pero faltaba otro aspecto capital: su absorción por las plantas y las aguas.

Las explosiones atómicas crean isótopos del carbono, algunos de los cuales son muy inestables, con periodos de vida de milisegundos, mientras que otros permanecen en la atmósfera antes de disolverse en el océano. Había que seguir su rastro tanto en el aire como en el agua. Para ello era necesario explorar el ciclo del carbono a lo largo y ancho de todo el planeta.

Había varias cuestiones conexas que eran del interés de la Armada: ¿se podía convertir el clima en un arma de guerra contra la URSS?, ¿era posible acabar con el Ártico mediante explosiones nucleares?, ¿se podían almacenar residuos radiactivos en el fondo del océano?, ¿podían provocar tsunamis oceánicos las explosiones atómicas?, ¿podían guiar los rayos infrarrojos la trayectoria de los misiles?

Muchos científicos se pusieron al servicio del espionaje y de la guerra nuclear. La Armada subcontrató una parte de las investigaciones atómicas con el Instituto Scripps de California, donde trabajaba el oceanógrafo Roger Revelle, uno de los prototipos de Jason, científicos de nuevo cuño fabricados por la Guerra Fría. Fue muy condecorado y habló mucho de sí mismo. Se definió como el “abuelo del efecto invernadero” y dijo que su mayor contribución a la preservación de la paz mundial fue recomendar a la Armada el programa Polaris: la fabricación de misiles de largo alcance capaces de surcar los océanos.

Había participado en varias expediciones náuticas en buques y guardacostas de la Armada, que le reclutó al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, alcanzando el rango de comandante. Al final de la guerra fue trasladado a la ONR, la Oficina de Investigación Naval, un precedente de la actual Darpa. En 1946 le destinaron a la primera prueba atómica de posguerra en el Atolón Bikini, en el Océano Pacífico, a fin de estudiar su impacto que, desde luego, era mucho más que el puramente ambiental.

Durante las pruebas nucleares en el Pacífico, Revelle dirigió un equipo de 80 científicos especializados en la “lluvia radiactiva”. Estaba surgiendo la “megaciencia” (“big science”), las “cadenas de montaje del conocimiento”, grandes organizaciones científicas financiadas por organismos burocráticos y monopolios.

A partir de 1948, cuando la Unión Soviética, realizó su primer ensayo atómico, el interés por ese tipo de investigaciones se multiplicó. Había que detectarlas y conocer su impacto. Para ello era necesario saber el tiempo que tardan los restos de una explosión atómica atmosférica en disolverse en el océano. Es como el tiempo que tarda la patrulla de policía en llegar al escenario del crimen.

A su vez, para averiguar la antigüedad de cualquier resto, no solo arqueológico, en la posguerra se inventó la datación por radiocarbono, el carbono 14, una forma radiactiva del carbono que, por razones muy distintas de las climáticas, se ponía de actualidad. El austriaco Hans E. Suess era uno de los padrinos de esta nueva técnica de datación. Había descubierto que en los anillos de los árboles quedan trazas de carbono 13, un isótopo estable del carbono, que permiten datar su edad.

Se producen dos fenómenos contrapuestos. Por un lado, las explosiones nucleares aumentan la presencia de radiocarbono, lo que reduce las mediciones, que parecen más recientes. Por el otro, la combustión del petróleo lo que aumenta es la presencia de carbono 12, lo que incrementa las mediciones, que parecen más antiguas.

Revelle incorporó a Suess al Instituto Scripps para investigar los efectos de las radiaciones atómicas cuando las explosiones se llevaban a cabo en las profundides de las aguas oceánicas, descubriendo que la radiactividad se extiende a lo largo de cientos de kilómetros cuadrados de superficie pero sólo en un metro de profundidad. Los elementos químicos radiactivos permanecen diluidos en el agua durante años, pero sólo aparecen en una parte insignificante del océano.

Revelle y Suess calcularon que una molécula de CO2 tarda unos 10 años en pasar de la atmósfera al agua superficial, donde permanece cientos de años. Por dicho motivo la hidrosfera atesora 50 veces más CO2 que la atmósfera.

Las conclusiones más importantes de su investigación son que la absorción por el océano de las emisiones de CO2 no es inmediata y que sólo la parte superficial la lleva a cabo. De ahí Revelle quería deducir que el océano no es capaz de absorber todas las emisiones de CO2, como se creía hasta entonces. Para ello tenía que saber cuánto CO2 se añade a la atmósfera y en 1956 reclutó a Charles D. Keeling para que lo calculara.

Como es típico hoy en determinados científicos, Revelle tenía buenos contactos que le permitían administrar unos recursos gigantescos y pudo fundar un observatorio en Mauna Loa, un volcán de 4.000 metros de altitud, uno de los más altos del mundo, en Hawai, en medio del Océano Pacífico, destinado exclusivamente a medir la evolución de las emisiones de CO2 a la atmósfera, poniendo a Keeling al frente del mismo.

Desde entonces y hasta la fecha el CO2 se mide de una manera sistemática, al instante, casi exactamente igual que la temperatura. Keeling formuló gráficamente sus resultados en una curva ascendente que expresa el incremento exponencial de CO2 en la atmósfera. Los cálculos indican que dicha concentración ha pasado de unas 310 ppm (0,031 por ciento) a unas 410 ppm (0,041 por ciento). Hoy dicha curva se puede seguir en internet de manera continua:

Curva de Keeling: https://scripps.ucsd.edu/programs/keelingcurve/

Las mediciones de Keeling se consideran hoy como referenciales y válidas no sólo para Hawai sino para cualquier lugar del mundo. Sin embargo, no son las primeras, ni las únicas. Como demostró Beck en 2007 (1), desde que se identificó el CO2 a finales del siglo XVIII, los científicos han calculado su concentración en la atmósfera, a pesar de lo cual Revelle y Keeling hacen tabla rasa de los resultados obtenidos. Es como si nunca antes a nadie se le hubiera ocurrir medir la concentración de CO2 atmosférico. Además, esas mediciones se obtienen después de “filtrar información contaminada” y “eliminar información sospechosa”, como reconoció el mismo Keeling en 1986 (2). Había que olvidar ciertos datos para poner otros en su lugar y, en concreto, rebajar lo más posible las mediciones de CO2 de la “época preindustrial” para incrementar las actuales.

Si se examina su curva, es evidente que mezcla las mediciones directas que comenzó en 1958 con otras relativas a épocas pasadas, que se obtienen del hielo por métodos indirectos (proxies). ¿Por qué Keeling recurre a cálculos indirectos cuando tiene cálculos directos encima de la mesa? Es evidente que para llegar al tópico de que “la concentración de CO2 se dispara a una velocidad jamás conocida en la historia de este planeta”. El problema es que este planeta tiene 4.500 millones de años de historia y no es tan fácil reconstruir esas mediciones, ni siquiera de manera indirecta.

Algunos de los cálculos que Revelle, Keeling y el IPCC esconden bajo la alfombra demuestran que en el siglo XIX ya hubo científicos que estimaron concentraciones de CO2 del mismo nivel que las actuales, lo que derriba el núcleo de argumentaciones climáticas vigentes.

Por buena que sea, una estimación siempre puede ser mejorada por otra y, como consecuencia de la paranoia climática, actualmente se llevan a cabo centenares de mediciones del CO2 cada día, muy diferentes unas de otras. Ni el IPCC ni nadie está obligado a conformarse con las de Revelle y Keeling. El año pasado se lanzó un satélite al espacio que realizará 300 millones de mediciones diarias de los niveles de CO2 atmosférico.

(1) Ernst Georg Beck, 180 Years of CO2 gas analysis by chemical methods, Energy & Environment, 2007, vol.18, núm.2, pgs.259 y stes, https://www.geocraft.com/WVFossils/Reference_Docs/180_yrs_Atmos_CO2_Analysis_by_chemical_methods_Beck_2007.pdf
(2) Eric From y Ch.D. Keeling, Reassessment of Late 19th-Century Atmospheric Carbon Dioxide Variations, Tellus, 1986, 38B, pg.101, https://cyberleninka.org/article/n/146215.pdf

El Presidente Bush condecora a Keeling por sus investigaciones sobre el CO2

Serie completa:
— La evolución de la ideología climática
— Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones
— El segundo principio de la termodinámica: entre la ciencia y el mito
— El origen de la subcultura carbónica
— La ideología climática ha triunfado porque está promovida por el imperialismo

El origen de la subcultura carbónica

La evolución de la ideología climática (4)

Hacia mediados del siglo XIX la ciencia ya disponía de algunos de los elementos fundamentales para elaborar una teoría embrionaria sobre el clima, aunque sólo ha llegado a desarrollar piezas inconexas de ella, de las que se pueden poner dos ejemplos que se corresponden con otros tantos nombres que, por derecho propio, figuran entre los más grandes de la ciencia de aquel siglo.

El francés Joseph Fourier es uno de ellos y pertenece a la primera mitad del siglo. Además de su obra maestra, la “Teoría analítica del calor”, publicada en 1822, el científico napoleónico prestó mucha atención al clima terrestre en otras obras. De no ser por las limitaciones científicas de su tiempo, se le podría considerar incluso como el fundador de la climatología y hay quien, como el IPCC, le considera como el descubridor del “efecto invernadero”.

No obstante, Fourier no demuestra nada, ni lleva a cabo ningún experimento, ni descubre nada nuevo. Trata de explicar fenómenos ya conocidos anteriormente, especialmente el de Saussure, sobre el que apunta lo siguiente: “El calor del Sol, que llega en forma de luz, posee la propiedad de penetrar las sustancias sólidas o líquidas diáfanas, y la pierde casi enteramente cuando se convierte, por su comunicación a los cuerpos terrestres, en calor radiante oscuro”. Esta distinción entre calor luminoso y calor oscuro, añade Fourier, “explica la elevación de temperatura causada por los cuerpos transparentes” (1).

En dicho pasaje no existe nada de lo que hoy el IPCC y algunos historiadores de la ciencia tratan de dar a entender:

1. Fourier no se refiere sólo a la atmósfera, sino también a la hidrosfera y al hielo polar
2. Lo que trata de explicar es el motivo por el cual el calor no se dispersa hacia el espacio exterior sino que se acumula en la superficie terrestre, es decir, el gradiente vertical de temperatura de Saussure así como la relativa uniformidad de la temperatura de la que, naturalmente, no conoce su evolución en el tiempo, aunque supone que se enfría progresivamente
3. El científico francés considera a la atmósfera como un todo y no diferencia entre unos u otros componentes de ella, una tarea que llevó a cabo Tyndall en 1861: no todos los gases de la atmósfera absorben y emiten calor en la misma medida, considerando que el vapor de agua era el más influyente (2)
4. Fourier no tiene una noción clara de lo que es el “calor oscuro” y su interés se centra casi exclusivamente en su absorción por la atmósfera, descuidando la emisión
5. Pero lo más importante es que Fourier suponía -erróneamente- que el calor era un fluido y sabía que era una opinión controvertida. Hay varias hipótesis al respecto, añade, ante lo cual reacciona como la mayor parte de los científicos: no sabemos lo que es el calor pero podemos describir cómo se disipa (3).

Con la climatología de Fourier se cumple el principio de que para falsificar la ciencia hay que falsificar también su historia. El francés está siendo instrumentalizado para inculcar que la hipótesis del “efecto invernadero” no es reciente, lo cual es falso.

El segundo científico que expresa las paradojas de la ideología climática es el sueco Svante Arrhenius, al que le atribuyen una de esas leyes contundentes de la física cuya formulación no deja lugar a dudas: si las emisiones de CO2 a la atmósfera crecen geométricamente, la temperatura crecerá aritméticamente. En un artículo de 1896 el sueco Arrhenius ilustró gráficamente esa ley por la analogía con un invernadero (4).

Por lo tanto, desde Fourier, en el transcurso de casi un siglo el planteamiento climático había cambiado. Ya no se trataba de explicar la retención del calor en la superficie de la Tierra sino el cambio en su temperatura.

El interés de Arrhenius por el cambio de temperatura forma parte de la defensa de su tesis sobre la panespermia: la vida en la Tierra no tiene un origen temporal sino que preexiste desde siempre en todo el universo y seguirá existiendo indefinidamente. Ahora bien, en 1863 el físico alemán Clausius le había dado un vuelo absurdo al segundo principio de la termodinámica, según el cual la equiparación de temperaturas conducía a la “muerte térmica del universo”, de donde deriva todo el conjunto actual de elucubraciones acerca de la entropía, la irreversibilidad, la teoría del caos y otros.

Acertadamente Arrhenius criticó a Clausius apoyándose en las glaciaciones, que mostraban la posibilidad de que los procesos térmicos fueran reversibles. Es más, Arrhenius pensaba que la Tierra se enfriaba y, en consecencia, para retardar el fantasma de una futura glaciación y la “muerte térmica del universo”, había que invertir un fenómeno natural para hacerlo reversible artificialmente. Siguiendo a Tyndall, Arrhenius consideró que el CO2 atmosférico era la clave para ello, no obstante su carácter residual.

Así comenzó la subcultura carbónica. Según Arrhenius si el CO2 explica la retención de calor en la superficie de la Tierra, el aumento de su concentración en la atmósfera aumentará también la temperatura. Más CO2 retiene más calor. La manera de retrasar la futura glaciación es emitir más CO2. Se trataba de algo diferente, un problema práctico: cómo frenar la futura caída de las temperaturas. Con el científico sueco estaba naciendo la “ingeniería climática”, que ponía el acento en la capacidad humana para alterar el clima de la Tierra de manera artificial. Es una doctrina al alcance de la mano. La humanidad puede alcanzar la troposfera, pero no la superficie solar. Es más fácil alterar la atmósfera que los rayos procedentes del Sol.

La “ingeniería climática” es algo más bien propio de las cábalas de la ciencia ficción que de la ciencia propiamente dicha, pero en la misma medida en que algunos científicos se fueron convenciendo de que podían modificar el clima, la ideología del enfriamiento se convirtió en una pesadilla, similar a la actual del calentamiento. El químico alemán Walter Nernst propuso quemar carbón, pero no para incrementar la temperatura de una vivienda sino la de toda la atmósfera. En 1938 el ingeniero inglés Guy Stewart Callendar insistió en lo mismo porque el incremento de CO2 en la atmósfera era beneficioso para retrasar la siguiente glaciación.

Las tesis de Callendar no eran en nada diferentes de las de Arrhenius, aunque su propagación fue notablemente mayor y durante años el aumento de las temperaturas como consecuencia de las emisiones crecientes de CO2 se conoció como “Efecto Callendar”.

Al aludir a los crecimientos geométricos y aritméticos, Arrhenius añade otro problema nuevo de medición: la sensibilidad climática. ¿Cuánto CO2 habría que enviar a la atmósfera para aumentar un grado la temperatura? Para ello antes habría que calcular la cantidad de CO2 que hay en la atmósfera. Aunque el científico sueco introduce varias cifras, no mide nada, ni tampoco demuestra nada; ni siquiera lo intenta porque, siguiendo de nuevo a Tyndall, todos sus experimentos los lleva a cabo con el vapor de agua de la atmósfera.

Los científicos empezaron a interesarse por la capacidad de los diferentes gases atmosféricos para absorber los rayos infrarrojos y surge así el diluvio de mediciones que meten a la climatología en una ratonera: el laboratorio. Tyndall había inventado un espectrómetro diferencial capaz de detectar la absorción de rayos infrarrojos por pequeñas cantidades de gas encerradas en un tubo de ensayo.

Por un lado, no todos los gases atmosféricos absorbían la radiación infrarroja; por el otro, el vapor de agua, la humedad del aire, era capaz de bloquearla por sí misma. El CO2 no absorbía ninguna longitud de onda que no fuera también absorbida por el vapor de agua. Su concentración en la atmósfera es tan pequeño comparado con el del vapor de agua, que su efecto es irrelevante. Es el “efecto de saturación”, el mismo que tendría en un salón de tiro las capas sucesivas de rejillas interpuestas entre la bala y el blanco. A medida que se incrementa el número de rejillas o su densidad, es más difícil que una bala alcance su blanco, hasta que llega un punto en que se hace imposible. A partir de ahí es inútil interponer más rejillas.

Para demostrar el “efecto de saturación”, en 1900 Knut Angström y su colaborador Herr J. Koch hicieron un experimento enviando radiación infrarroja a través de un tubo de 30 centímetros de largo lleno con una determinada concentración de CO2. Luego redujeron la concentración en un tercio y la cantidad de radiación absorbida apenas cambió. En contra de la hipótesis de Arrhenius, a partir de un determinado punto, la emisión adicional de más CO2 no absorbía más radiación y, por lo tanto, no calentaba la atmósfera.

Tras el experimento, la revista que expresaba el punto de vista de los meteorólogos estadounidenses, Monthly Weather Review, advirtió expresamente de que la hipótesis de Arrhenius era falsa (5).

La temperatura de Marte parece confirmar el “efecto de saturación”. La atmósfera del planeta rojo se compone casi en su totalidad de CO2. La cantidad de CO2 en Marte es 50 veces mayor que en la Tierra, a pesar de lo cual la temperatura en la superficie oscila entre -90 grados centígrados y -30 grados.

La validez del experimento sobre el “efecto de saturación” permaneció 50 años, hasta que la Guerra Fría llevó a los aviones de espionaje a las capas altas de la atmósfera. De la mano de los militares, los científicos volvieron a romper otra vez la unidad de la atmósfera, descubriendo que no sólo se componía de gases diferentes sino que no era la misma arriba que abajo. En los estratos más elevados hay menos vapor de agua que en los inferiores.

La atmósfera no es un invernadero; tampoco hay en ella ningún invernadero ni nada parecido. A efectos climáticos, la atmósfera se compone de varios subsistemas y estratos que interaccionan entre sí de manera continua, lo mismo que con una masa sólida (continentes) y otra líquida (océanos).

Gracias también a los militares, en los años cuarenta se desarrolló la espectrofotometría de infrarrojos, que le permitió al canadiense Gilbert Norman Plass descubrir en 1956 que el vapor de agua y el CO2 no superponen sus efectos porque el vapor agua no puede absorber todo el espectro de radiación infrarroja (6). Las balas de determinado calibre no pueden ser frenadas por las rejillas del vapor de agua, pero sí por las del CO2. El “efecto de saturación” no existe; el CO2 es un “gas de efecto invernadero”. Aunque en la atmósfera haya estratos muy secos, el CO2 suple la escasez de vapor de agua y, por lo tanto, aumenta la capacidad de absorción de la radiación infrarroja.

Plass obtuvo sus conclusiones con la ayuda de un ordenador, lo que anunciaba la llegada de una nueva era para la ciencia que había comenzado en 1945, una mezca explosiva de militarismo, laboratorios y ordenadores que sirve para explicar el calentamiento de la Tierra, mientras guarda silencio sobre el enfriamiento de Marte.

(1) Fourier, Mémoire, cit., pg.573.
(2) John Tyndall, On the absorption and radiation of beat by gases and vapour, and on the physical connection of radiation, absorption and conduction, Philosophical Magazine, 1861, 22:167-194, pgs.273 y stes., http://web.gps.caltech.edu/~vijay/Papers/Spectroscopy/tyndall-1861.pdf
(3) Fourier, Théorie, cit., pg.18
(4) Svante Arrhenius, On the Influence of Carbonic Acid in the Air upon the Temperature of the Ground, Philosophical Magazine and Journal of Science, vol.41, 1896, pgs. 237-276. http://www.trunity.net/files/108501_108600/108531/arrhenius1896_greenhouse-effect.pdf
(5) Monthly Weather Review, Knut Ansgström On Atmospheric Absorption, ftp://ftp.library.noaa.gov/docs.lib/htdocs/rescue/mwr/029/mwr-029-06-0268a.pdf
(6) Gilbert N. Plass, The Carbon Dioxide Theory of Climate Change, Tellus, 1956, vol. 8, núm. 2 pgs. 140 y stes.

Serie completa:
– La evolución de la ideología climática
– Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones
– El segundo principio de la termodinámica: entre la ciencia y el mito
– El clima se pone a las órdenes del comandante científico de la Guerra Fría: Roger Revelle
– La ideología climática ha triunfado porque está promovida por el imperialismo

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