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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 14 de 60)

Una ocupación militar rodeada por un cuento hadas: 20 años en la historia de Afganistán

Afganistán acabará siendo una leyenda, como Jauja, que fue una de las primeras ciudades fundadas por los colonizadores españoles en el actual Perú y acabó como sinónimo de prosperidad y abundancia. Pero no es seguro que los colonizados crean que por su calles corren ríos de leche y miel, como escribió el dramaturgo Lope de Rueda. Más bien al contrario.

El mundo moderno vive de las fantasías que alimentan los medios. Hasta Brzezinski admitió ante el Senado de Estados Unidos que la “guerra contra el terror” posterior a los atentados del 11-S era “una narrativa histórica mítica”. En tiempos de Nixon la “guerra contra las drogas” promocionó las drogas más que nunca; en los de Bush, la “guerra contra el terrorismo” ha llevado el “terrorismo” por todos los rincones.

La leyenda dice que en Afganistán todos los imperios han sido derrotados, en especial el soviético. Lo cierto es que las tropas del Ejército Rojo donde retrocedieron fue en Moscú, a causa de los manejos internos que se produjeron en el Kremlin durante la perestroika. Cuado abandonaron Afganistán, el “gobierno prosoviético” de Kabul se mantuvo por sus propias fuerzas durante varios años.

También dice la leyenda que, además de los talibanes, el Ejército Rojo se topó en el valle de Panshir con las fuerzas de Ahmed Massud, la Alianza del norte, a las que no pudo derrotar, como dice la Wikipedia. Lo cierto es que los soviéticos tampoco lo intentaron. Se limitaron a una serie de incursiones cortas, unas nueve, durante el primer periodo de su estancia en el país asiático.

Tras las incursiones, el KGB llegó a un acuerdo de alto el fuego con Massud. El ejército soviético cesaba sus ataques en Panshir y las tropas de Massud no volverían a impedir el tráfico militar a través del túnel de Salang, que conecta Kabul con el distrito militar del sur del Uzbekistán soviético, desde donde se dirigía la operación afgana.

El acuerdo se mantuvo hasta la retirada soviética de 1989, que se llevó a cabo a través del túnel de Salang precisamente, un auténtico embudo.

La Alianza del Norte era una plataforma muy frágil de grupos enfrentados. Varios países, como Irán y Rusia, la apoyaron y sin ellos se habría derrumbado. Fue perdiendo territorio a manos de los talibanes y, de no ser por la intervención de Estados Unidos tras el 11-S, los talibanes habrían acabado con ella muy rápidamente.

Massud: un león en el valle de los leones

En persa la palabra “panshir” significa “cinco leones” y Massud fue otro “león”, el último y más venerado de ellos. El Wall Street Journal lo calificó como “el afgano que ganó la guerra fría”. En Europa le adoraban más que en Panshir. En abril de 2001 fue invitado al Parlamento de Estrasburgo por iniciativa de su presidenta francesa, Nicole Fontaine. Los parlamentarios franceses le nominaron al Premio Nobel de la Paz. En septiembre de 2003, el correo oficial francés emitió un sello postal con su efigie, en conmemoración del segundo aniversario de su muerte. En marzo de este mismo año la alcaldesa de París concedía su nombre a una calle.

El Presidente Hamid Karzai le declaró “héroe nacional”.​ En 2012 el Parlamento afgano declaró como Día de los Mártires el 9 de septiembre, aniversario de su muerte.

Afganistán es así: los portavoces del imperialismo quieren mucho a unos y a otros los desprecian profundamente. El pretexto es que unos (talibanes) son islamistas y otros (Alianza del Norte) no. Lo cierto es que Massud inició su carrera política en los años setenta del siglo pasado dentro de un partido que se llamaba Sociedad Islámica (Jamiat-e Islami). El nombre oficial de la Alianza del Norte era “Frente Islámico Unido por la Salvación de Afganistán”. Si estuviéramos hablando de Siria, diríamos que Massud era un “yihadista moderado”.

Junto con otros señores de la guerra, el 24 de abril de 1992 Massud firmó el Acuerdo de Peshawar para establecer el Estado Islámico de Afganistán que debía suceder al “gobierno prosoviético” de Kabul. El islamismo de Massud y de su partido nunca fue un obstáculo para obtener el reconocimiento oficial de la Asamblea General de la ONU. Al “León de Panshir” le nombraron ministro de Defensa del nuevo gobierno.

Cuando en 1996 los talibanes le echaron de Kabul, Massud volvió al embudo de Panshir, que transformó en un estudio de televisión, hasta que dos falsos periodistas le mataron en un atentado suicida. Sólo faltaban dos días para el 11-S.

La leyenda cuenta que ambas acciones fueron obra de Al-Qaeda que, a su vez, vinculan a los talibanes en una especie de revoltijo característico de la nebulosa yihadista. La versión oficial es: Estados Unidos invade Afganistán porque el gobierno talibán daba refugio a Bin Laden y Al-Qaeda.

Esa versión oficial se contradice con otra, igualmente oficial: a Bin Laden no lo mataron en Afganistán sino en Pakistán. ¿Por que no invadieron Pakistán? O mejor todavía: ¿por qué invadieron los dos países?

Después de 20 años ya nadie cree la leyenda oficial del 11-S, aunque hay distintos grados de escepticismo: los que se creen muy poco y los que no se creen nada. El asesinato de Massud corre la misma suerte y, hasta la fecha, las únicas pistas conducen a… Bruselas, donde se celebró un primer juicio en 2003, seguido de otro en… París en 2005.

Maaroufi: un terrorista que concede entrevistas a los medios europeos

Aunque muchos se imaginan que estas cosas ocurren muy lejos, que son ajenas, los tentáculos llegaban hasta aquí. Massud había recorrido Europa en olor de multitudes y sus asesinos también. Los autores materiales eran dos belgas de origen tunecino. Carne de cañón. En el juicio celebrado en Bruselas condenaron por la muerte de Massud a otro belga de origen tunecino, Tarek Maaroufi, considerado como el inspirador del atentado.

Maaroufi era un yihadista muy conocido, no sólo porque en 1995 ya le habían condenado por tráfico de armas sino porque era frecuente verle hablar en la televisión. Incluso un periódico como El Mundo le entrevistó en 2016. Hay ciertos “terroristas” a los que los medios no hacen ascos en publicitar. Son capaces de llevar a las primeras planas de los informativos tanto al asesino (Maaroufi) como a su víctima (Massud).

En los viejos tiempos, o sea, antes de la loada Primavera Árabe, a Maroufi el gobierno de Túnez le perseguía por ser uno de los dirigentes yihadistas que preparaba los atentados en el norte de África, incluidos los del GIA argelino, que en los noventa estaba en su apogeo. La policía italiana le consideraba como cabecilla del GSPC, los salafistas que cometían las masacres por Europa.

En 2003 a Maaroufi le volvieron a condenar en Bruselas por segunda vez a seis años de cárcel y le privaron de la nacionalidad. En 2011 la Primavera Árabe llegó en su ayuda. En Túnez cayó una horrible “dictadura” y llegó la “democracia”, que liberó a ciertos “presos políticos” que, como Maarufi, habían luchado por ella (tanto en Túnez como en Europa).

Las leyendas son culebrones como estos, que empiezan en un remoto embudo del norte de Afganistán y terminan en Bruselas, sede de a Unión Europea y de la OTAN. ¿Será todo pura coincidencia?

Hacia una sociedad de vigilancia, control y exclusión

El 85 por ciento de la población española tiene un dispositivo móvil “inteligente”. Entre la juventud el porcentaje es casi del cien por cien, porque ya están habituados al control y la vigilancia.

Hasta hace muy poco tiempo la población era reacia a constituirse en un objeto de la atención de terceros a los que no conocía. Hoy a casi todos les gusta exhibirse en público. La observación ajena es la norma y no la excepción. Las posibilidades de escapar del control son cada vez más pequeñas porque la vigilancia alcanza a lugares que antes eran de acceso imposible.

El pasaporte sanitario ha barrido con uno de esos escasos lugares que -hasta ahora- era imposible alcanzar: los historiales médicos. Lo mismo que el permiso de residencia o cualquier otro salvoconducto, el pasaporte sanitario es excluyente: sin él no puedes subir a un autobús o ir al teatro.

Quien establece los que pueden subir a un autobús o ir el teatro es el Estado. Por lo tanto, quien controla a los que viajan en autobús o van al teatro es el Estado. Los modernos Estados capitalistas tratan a sus nacionales como a los extranjeros. A cada paso el grifo se abre y se cierra. Un servidor comprueba automáticamente que el registro está en regla, que el certificado ha sido expedido por la autoridad competente, que no ha caducado, identifica al titular, si se ha vacunado, si tiene antecedentes penales, si ha pagado sus impuestos…

Cualquiera ejerce de policía, es decir, que todos se han convertido en policías. Les basta con tener un lector de códigos para saberlo todo sobre una persona. Los movimientos se siguen exhaustivamente, se comprueban una y otra vez: dónde ha estado, con quién, cuánto tiempo, con quién ha hablado…

A comienzos de los noventa comenzó el despliegue de cámaras de videovilancia en los lugares clave de las ciudades, que luego se extiendieron a las carreteras. El control era limitado. Sólo se podían observar determinados puntos en determinados momentos. La policía no podía permanecer detrás de cada cámara las 24 horas del día. La identificación de una persona en una grabación tampoco era nada sencilla.

La policía establecía controles de carreteras o se situaba en ciertos lugares críticos para exigir la documentación, comprobar si había una orden de busca y captura o si el permiso de residencia estaba vigente. El control separaba a unos de otros y la discriminación suponía exclusión. Hacía falta un pasaporte, un visado, un permiso de residencia para estar y otro de trabajo para trabajar.

Una montaña de papeles abre y cierra las puertas. Sin papeles no te puedes casar, no puedes votar, no puedes conducir, no te puedes matricular, no puedes tener un arma de fuego ni abrir una cuenta corriente… Te pueden echar del trabajo, e incluso te pueden echar al otro lado de la frontera como si fueras un perro callejero.

Hasta ahora el Estado burgués sólo había podido imponer el control sobre los extranjeros por la complejidad de la maquinaria burocrática. La informática les ha permitido ir un paso más allá y con la pandemia han dado ese salto: un control total e instantáneo. El pasaporte sanitario traduce en represión los avances técnicos que eliminan las viejas barreras y permiten que el control se extienda a toda la población, a una gran variedad de lugares y actividades.

Los códigos de barras y los QR consiguen que la escritura y lectura de la información sean instantáneos. Como el cifrado permite, además, asegurar la integridad y autenticidad de dicha información, el Estado ha adoptado la técnica como propia, logrando resultados impensables hace sólo unos pocos años. En particular, permite a miles de personas que no son funcionarios públicos controlar a toda la población en numerosos lugares públicos, con un coste cero para el Estado, ya que la mayor parte de la infraestructura (los móviles) ya ha sido financiada de forma privada por los encargados del control o por las víctimas del mismo.

En consecuecia, el Estado burgués dispone de los medios materiales para regular el espacio público de manera casi completa. El reforzamiento de la dominación del Estado lleva varios años en marcha y su objetivo es transformar las ciudades regulando el espacio público y las personas que se mueven en él con el despliegue de las nuevas técnicas.

Los drones mejoran a las cámaras de videogilancia porque alcanzan cualquier lugar. El reconocimiento facial logra la identificación casi automática de las personas filmadas en los espacios públicos. No es necesario sentar a un policía detrás de cada cámara y de cada grabación.

La vigilancia del espacio público ni siquiera requiere un control de identidad. Cuando una grabación detecta que alguien hace un pintada en un muro o coloca una pancarta en puente, lo importante no siempre es el autor, sino también el lugar en el que se realiza.

Del mismo modo, originariamente el pasaporte sanitario se diseñó para funcionar sin el nombre del portador y eso mismo es lo que algunas empresas proponen. En otras palabras, lo que le importa al Estado es excluir a determinadas personas, sin que importe nada su nombre. Hay que excluir de la sociedad a quien no se vacune lo mismo que a quien hace una pintada. Finalmente, hay que lograr que las personas que no se someten a las normas, se autoexcluyan.

La adopción masiva del pasaporte sanitario forma parte, pues, de una batalla cultural para acostumbrar a la población a someterse al control y la vigilancia. El hábito facilita al Estado la dominación del espacio público. Lo importante no es tener el documento guardado en el móvil, sino la costumbre de exhibirlo, del mismo modo que lo importante de las mascarillas no es prevenir la ciculación del virus, sino acostumbrar a las personas a someterse a cualquier orden, por absurda que sea.

Hasta hoy los “expertos” de las ONG sólo calificaban a los parias como “personas en riesgo de exclusión social”. De ahora en adelante la “exclusión social” se va a ampliar considerablemente con nuevos parias que, además de mendigos, incluirá a otra categoría social: los reacios y desobedientes.

La pandemia es otra de esas nuevas realidades que los imperialistas han creado

La pandemia, sea real o ficticia, que a efectos políticos tanto da, no ha sido la causa de nada nuevo, de nada que no se conociera antes, sino simplemente el catalizador de proyectos que el capitalismo tenía sobre la mesa para afrontar la mayor crisis que ha conocido a lo largo de su historia.

“A grandes males, grandes remedios”, dice el refrán y, en efecto, si no hubiera habido pandemia, se la hubieran tenido que inventar, lo mismo que la armas de destrucción masiva que Saddam Hussein tenía en su poder y que dieron lugar a la famosa frase de Karl Rove, el portavoz de la Casa Blanca entonces:

“Ahora somos un imperio y cuando actuamos creamos nuestra propia realidad. Y mientras [Ustedes] estudian esa realidad —juiciosamente, si quiere— actuaremos de nuevo, creando otras nuevas realidades, que podrá estudiar de nuevo, y así las cosas continuarán. Somos [los creadores] de la historia […] Y Ustedes, todos ustedes, sólo tendrán que estudiar lo que hemos [creado]”.

La pandemia es otra de esas nuevas realidades que los imperialistas han creado. Es el reverso de la crisis que ya ha comenzado, una crisis a la vez económica, política e internacional. Es una crisis que no pueden mitigar de ninguna manera; a lo único que pueden aspirar es a sofocar el descontento social que va generar en el mundo entero.

La salud ha sido el pretexto para poner en marcha medidas represivas que no hubiera sido posible justificar de ninguna otra manera. Además, la salud ha permitido que el reformismo se convirtiera en el más sólido puntal del estado de guerra y las restricciones. Los grupos reformistas han afirmado muy claramente -incluso- que la represión implementada era poca y que estaban dispuestos a apoyar más restricciones, porque la salud es lo primero y está por encima de todo y de todos.

Para justificar su sucia labor de apoyo, los reformistas han vuelto a airear el fantasma de la “ultraderecha”, de manera que cualquier crítica era tachada de “negacionismo” y, en consecuencia, asimilada al fascismo. De esa manera el reformismo apoya la represión y quien la combate es un fascista; por lo tanto, son los fascistas los que luchan contra la represión…

Ese tipo de planteamientos han causado una enorme confusión, con la aparición de un nuevo arsenal de vocablos y neologismos, señal inequívoca de la profundidad de la crisis.

En medio de la misma, la burguesía ha puesto en marcha sus planes en apenas un año. Sólo con comprobar las que ya están en funcionamiento, cabe asegurar que marcarán para siempre el futuro de las formas de dominación y control social, especialmente en los países capitalistas avanzados. Lo que antes parecía ciencia ficcion, propia del cine fantástico, ya ha sido introducido entre los hábitos de millones de personas.

A los materialistas les gusta decir que la conciencia va por detrás del desarrollo de los acontecimientos, y aquí tienen uno de los mejores ejemplos. Da igual el tiempo que tarde la niebla en disiparse. Una nueva realidad se nos ha venido encima. En buena parte está trufada de tecnología y de informática, aunque eso no cambia en absoluto el hecho de que se trata de medidas de control social y de dominación política que no sustituyen a las anteriores, sino que las complementan.

El Senado francés lo ha explicado con mucha claridad: a diferencia de las restricciones “físicas”, que no se pueden soportar si se prolongan en el tiempo, las digitales son permanentes y en consecuencia, cumplen el mismo papel mucho más eficazmente (*):

“Las oportunidades de uso de las tecnologías digitales son inmensas, y la crisis de Covid-19 sólo ha dado una muestra de los muchos casos de uso posibles a corto, medio y largo plazo.

“Aunque la pandemia de Covid-19 no ha terminado, y es probable que no sea ni la última ni la más fuerte, sería irresponsable no aprovechar estas oportunidades. Las restricciones generalizadas de las libertades ‘físicas’ en los últimos meses son cada vez más insostenibles. No son sostenibles ni siquiera muy eficaces en comparación con lo que permitiría un uso más sistemático de la tecnología digital.

“El uso de la tecnología digital permitiría un control preciso del cumplimiento de las medidas sanitarias, a escala individual y en tiempo real: a cambio, las restricciones podrían dirigirse a un número reducido de personas, y ser más limitadas en el tiempo, sin dejar de ser lo más eficaces posible. Quizás el día de mañana, gracias a la tecnología digital, podamos recuperar nuestras libertades ‘físicas’ más rápidamente, o incluso no renunciar a ellas nunca, y tener pandemias sin confinamiento, aunque no haya vacuna ni tratamiento”.

No se trata de algo exclusivo de las crisis sanitarias sino a cuaquier clase de crisis y, por lo tanto a cualquier situación política y social, porque las crisis las definen los gobiernos respectivos, tanto si son reales, como si son simuladas, o si son exageradas:

“Los casos de uso más evidentes [de las herramientas informáticas] se refieren al control del cumplimiento de las normas destinadas a limitar la transmisión del virus (pase sanitario, toques de queda, confinamientos, cuarentenas, etc.), lo que implica el cruce de tres tipos de datos: los datos de identificación, los datos médicos y los datos de localización (desde los más intrusivos, con el seguimiento por GPS, hasta los más ligeros y ocasionales, con el acceso condicionado a determinados lugares, pasando por los datos de localización relativa con el rastreo de contactos).

“La utilidad de las herramientas digitales en la gestión de crisis va más allá del ámbito sanitario y se extiende a otros tipos de crisis […] que tienen en común que presentan un peligro elevado e inminente para la población, lo que exige una respuesta rápida y eficaz. Pueden ser el resultado de un ataque deliberado (convencional o terrorista, en particular bioterrorista), pero también de un accidente industrial o de una catástrofe natural […] Todas estas situaciones pueden requerir la rápida identificación de las personas, la evaluación de su estado de salud o de los riesgos a los que se enfrentan, y su localización precisa para poder prestarles ayuda”.

A buen entendedor…

(*) http://www.senat.fr/rap/r20-673/r20-6738.html

El Ministerio del Interior cazará a los ‘terroristas asintomáticos’ con inteligencia artificial (de la otra no les queda)

Al Ministerio del Interior se le ha acabado la inteligencia natural y necesita recurrir a la artificial. Después de ver la película “Minority Report”, la Comisaría General de Información quiere identificar a los “terroristas” antes de que cometan atentados.

Ha nacido la figura del “terrorista asintomático”. Él no sabe que lo es, pero la inteligencia artificial de la policía lo vigila de cerca con ordenadores, bases de datos y complicados algoritmos, de esos que nunca fallan.

Cuando a la Agencia Tributaria se le agote la sustancia gris, también recurrirá a la inteligencia artificial para capturar a los evasores de impuestos antes de que hagan (mal) la declaración de la renta.

La Fiscalía Anticorrupción, que también anda escasa de inteligencia, podría imitarles para capturar a los concejales antes de que adjudiquen las obras públicas a emprendedores sin escrúpulos a cambio de sobresueldos y maletines.

En medio de una continua cadena de tramas de dinero negro y malversación de caudales públicos, a Marlaska lo que le preocupa es el “terrorismo”. Su intelecto no da para más.

La policía cuenta desde 2016 con un programa informático desarrollado por Fujitsu, llamado i3, que elabora automáticamente perfiles de tipos que considera “de interés” gracias al cotilleo, o sea, a lo que publican en redes sociales, foros, correos electrónicos, reuniones, infiltrados y chivatazos.

De esa manera la policía infla los viejos ficheros de toda la vida, que ya de por sí suelen estar muy inflados. Las mil y una tonterías que los bocazas largan en internet, se multiplican y se clasifican hasta que a algún capataz de la Comisaría General de Información le ordenen llevar los papeles ante el juez, porque lo ordena el gobierno, porque se acercan las elecciones, porque hay que sembrar el pánico… Cualquier pretexto es suficiente para iniciar una redada y un sumario en la Audiencia Nacional.

Además de “terroristas asintomáticos”, la inteligencia artificial del Ministerio de Marlaska también identificará a los colectivos, igualmente “terroristas” e igualmente “asintomáticos”, es decir, grupos de personas que se creen que están luchado por una vivienda digna, cuando en realidad los ficheros y las bases de datos demuestran claramente que son yihadistas de Al-Qaeda.

—https://www.elconfidencial.com/espana/2021-08-04/interior-licita-sistema-big-data-predecir-atentados-descubrir-terroristas_3215971/

Más información:

El PSOE y Podemos aprueban un software de ‘policía predictiva’ para repremir y detener personas ‘antes de cometer el delito’
— ‘Minority Report’: delincuentes en potencia y policías del futuro
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— La policía predictiva se concentra en los ‘puntos calientes’ de la ciudad
— El funcionamiento de la policía en una sociedad dividida en clases sociales
— Cómo detener a los futuros manifestantes antes de que cometan actos violentos
— El panóptico ya es una realidad, el ojo que todo lo ve
— La represion fascista con algoritmos matemáticos (PredPol)

‘Bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la tierra’

Según los mansos, el gobierno del PSOE y Podemos hizo lo correcto al imponer el estado de alarma porque fue una medida necesaria -imprescindible incluso- para frenar la pandemia. Hizo lo que tenía hacer. Cumplió con su deber.

Es más, la ilegalidad del estado de alarma no desmerece sino todo lo contrario: es un añadido al coraje del gobierno para hacer frente al virus. De no cometer esa ilegalidad habrían muerto muchas más personas, casi medio millón más, según la ministra de Justicia.

El gobierno del PSOE también hizo lo correcto cuando en 1983 puso en marcha el terrorismo de Estado. Es verdad que asesinar a 30 personas es ilegal, pero había que hacerlo y se hizo, con coraje y determinación.

No obstante, muchas personas, sobre todo los juristas, tienen prejuicios con este tipo de asuntos porque creen en el “Estado de Desecho” y que el gobierno siempre debe actuar dentro de la legalidad.

Están muy confundidos. Los que deben respetar la legalidad son los catalanes y los que son como ellos. Las leyes se promulgan para que las cumplan los demás, de lo contrario, si todos cumplen con la ley de la misma manera, incluso quienes las redactan, sería como la pescadilla que se muerde la cola.

Desde el 18 de julio de 1936 los fascistas españoles siempre han actuado así. Hacen lo que deben, aunque no les guste. Alguien debía acabar con la República, aunque fuera ilegal, y ellos acometieron la tarea porque era necesario hacerlo.

¿Algún insumiso sospecha que los gobiernos españoles hacen lo que les da la gana? Se equivocan. Cuando reducen los salarios y amplían la jornada de trabajo, no lo hacen para perjudicar a los obreros, sino porque no queda más remedio. Ese tipo de medidas están avaladas por los “expertos” del Banco de España, que publican sus informes todos los años puntualmente, que siempre son los mismos; sólo les cambian la fecha.

Los que no sabemos ni tenemos título no podemos interrogar sobre la historia, ni sobre la economía, ni sobre las opciones políticas. El mero hecho de preguntar es sembrar la duda. Es imposible que los “expertos” de Banco de España digan en uno de sus informes: “la única manera de salir de la crisis del capitalismo es la revolución socialista”.

Los “expertos” proponen medidas técnicas: dicen a los políticos lo que tienen que hacer y ellos, a su vez, nos transmiten esas recomendaciones para que las cumplamos mansamente, como recomiendan las Sagradas Escrituras, aunque siempre hay alguien que no sigue la palabra de dios al pie de la letra, hace preguntas y plantea alternativas más que dudosas.

Pero no hay que precuparse por ellos porque sólo son una minoría. Los demás hacemos lo que nos dicen, y si tenemos alguna duda nos callamos. El mundo, dice la Biblia, nos pertenece a los mansos; los insumisos irán al infierno que, como saben, está debajo, en un abismo del que no es posible salir. Las promociones, el estrellato, los focos están reservados para los que agachan la cabeza en señal de aceptación.

El mundo es habitable gracias a los mansos y sólo los mansos pueden vivir en este mundo. Cuando los mansos dejan de serlo, ocurren desgracias como en 1917. La historia deja ser apacible y ocurren demasidas cosas en muy poco tiempo.

La derrota de los nazis en 1945 prohibió las vacunas experimentales, que ahora resurgen

Desde hace 2.500 años al menos la práctica de la medicina se basa en el juramento hipocrático: la tarea de un médico es curar al enfermo o, por lo menos, conseguir que su estado de salud no empeore. A partir de la Ilustración este principio fue desapareciendo. La medicina no tenía por objeto curar sino saber. El punto de gravedad comenzó a trasladarse del enfermo al médico. El sujeto es el médico y el enfermo es el objeto; por eso se le llama “paciente”.

El cambio se argumentó con una falsa concepción del “progreso científico” que encubría un problema de clase: los experimentos se llevaban a cabo con marginados, como pobres, presos, internados, esclavos, indígenas, prostitutas… Desde el siglo XVIII los médicos llevaron a cabo experimentos con esclavos negros en las colonias europeas, e incluso les inocularon enfermedades deliberadamente, como la viruela. En 1884 Pasteur escribió al emperador de Brasil para pedirle autorización para infectar de cólera a los condenados a muerte con el fin de probar tratamientos médicos en ellos.

En los campos de concentración el fascismo llevó la “nueva medicina” a su máxima expresión. La Unidad 731, creada por Japón en 1932, asesinó a más de 10.000 presos utilizados como cobayas humanas. En 1944 el jefe médico del ejército japonés, Nakamura Hirosato, provocó la muerte de 900 indonesios inyectándoles una vacuna experimental que contenía una toxina tetánica modificada químicamente. El III Reich también llevó a cabo experimentos a gran escala con los antifascistas que encerró en Auschwitz, Buchenwald, Dachau y Natzwzeiler. Los médicos nazis inocularon patógenos a los presos, como el tifus, la fiebre amarilla, la viruela, la fiebre tifoidea, el cólera y la difteria para buscar vacunas o desarrollar tratamientos médicos.

Tras la Segunda Guerra Mundial, veinte médicos y tres nazis fueron acusados de crímenes de guerra y de lesa humanidad y juzgados en Nuremberg. En su defensa, los nazis argumentaron que el juramento hipocrático no se aplica en tiempos de guerra, y que el Estado puede poner los intereses de la ciencia por encima de los del individuo en beneficio de la colectividad. Sin embargo, la sentencia del Tribunal Militar estableció diez criterios para evaluar los experimentos médicos, que hoy se conocen como “Código de Nuremberg”.

La regulación jurídica de los experimentos médicos es consecuencia, pues, de la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Es tanto interna como internacional y se ha construido históricamente sobre la base del consentimiento libre e informado del sujeto. El artículo 7 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, adoptado por la Asamblea General de la ONU el 16 de diciembre de 1966 establece que “nadie será sometido sin su libre consentimiento a experimentos médicos o científicos”.

La Asociación Médica Mundial, una organización no gubernamental de médicos creada en 1947, aprobó la Declaración de Helsinki en junio de 1964, que reitera el Código de Nuremberg y recuerda la necesidad de prestar un “consentimiento libre, informado y expreso”. Hay decenas de reglamentos parecidos en cada colegio profesional, en los repertorios legislativos de cada país, en las normas de la Unión Europea, como el Convenio de Ovideo, y en los organismos internacionales.

La conclusión es que el médico que realiza un experimento con seres humanos sin obtener su consentimiento previo comete un delito grave.

En 2002 el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictaminó que la imposición de un tratamiento sin el consentimiento del paciente es “una violación de la integridad física de la persona afectada“ y que “las vacunaciones obligatorias como tratamiento médico no voluntario constituyen una injerencia en el derecho al respeto de la vida privada”.

Pero la experimentación médica no acabó en 1945, como ya hemos explicado aquí varias veces. En los años cuarenta y cincuenta el MIT (Instituto Tecnológico de Massachussets) alimentó a niños que padecían problemas síquicos con cereales radiactivos. Hemos explicado el falso tratamiento de negros con sífilis en Tuskegee entre 1932 y 1972, la contaminación de niños discapacitados mentales con hepatitis por parte de dos médicos en la Wilowbrook State School de Nueva York entre 1956 y 1972. Lo mismo cabe decir de los experimentos en 20.000 estadounidenses con talidomida, un sedante responsable de graves malformaciones fetales, que se prolongaron hasta 1961, la inyección de células cancerosas en pacientes ancianos e indigentes en el Jewish Chronicle Disease Hospital de Brooklyn en 1963… La lista es terrorífica y sorprende la facilidad con la que se olvida.

El 8 de abril del año pasado, en plena pandemia, la sentencia Vavricka del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (1) cambió la jurisprudencia sobre este asunto al establecer que la administración de ciertas vacunas se puede hacer de manera obligatoria, que es la práctica ahora vigente. Lo mismo que el servicio militar, algunas vacunas vienen impuestas por las leyes, por lo que se inoculan de manera masiva e indiscriminadamente, incluso desde el nacimiento.

Ahora bien, la sentencia Vavricka se refiere a un caso de 2015 y a unas vacunas ya experimentadas previamente, no a las que están por experimentar, como es el caso de las que se están administrando en la actual pandemia, que sólo han obtenido una autorización “de emergencia” de la Agencia Europea del Medicamento gracias a la ola de histeria que han desatado en el mundo con la pandemia.

La propia Agencia reconoce que concedió la autorización apresuradamente “sobre la base de datos menos completos de lo que normalmente se requiere”, por lo que el fabricante se compromete a “proporcionar datos clínicos completos en el futuro”. Los informes europeos de evaluación emitidos en la Agencia añaden que las empresas farmacéuticas deben “proporcionar los resultados del ensayo principal” en el plazo de dos años.

Por lo tanto, no cabe ninguna duda de que estamos en presencia de un experimento masivo fuera de un laboratorio que no tiene precedentes en la historia de la medicina. Aparte de la incertidumbre relativa a la nueva técnica de ARNm, la Agencia reconoce que “no se han realizado estudios de carcinogenicidad” para la vacuna Moderna y “no se han realizado estudios de genotoxicidad o carcinogenicidad” para las vacunas de Pfizer, AstraZeneca y Johnson & Johnson.

En consecuencia, estas vacunas no se pueden imponer de forma obligatoria.

Ahora cualquiera que haya acudido a un centro de vacunación puede juzgar si el personal sanitario que atiende a los candidatos les pregunta algo, les pide el consentimiento, les informa del caracter experimental de la vacuna que le van a inocular, o si se trata de ganado que espera salir ileso del experimento.

Las empresas no contratan a trabajadores que no se hayan vacunado y pueden despedir a los que ya están en plantilla. Para ello les basta con introducir las vacunas en los planes de “riesgo laboral”. ¿A eso llaman “consentimiento libre” o es un delito de coacciones?

Pregunten a los que exigen la vacunación para matricularse en una escuela, para viajar, para entrar en una tienda o para acudir a un concierto. ¿Eso es consentir o es un chantaje permanente?

En febrero Galicia trató de imponer la vacunación obligatoria y El Confidencial tituló un reportaje: “Llega la Galicia hitleriana” (2). Afortundamente el Tribunal Constitucional lo impidió, al menos de momento.

En mayo Baleares, una comunidad autónoma presidida por Francina Armengol, farmacéutica y del PSOE, aprobó la vacunación obligatoria, aunque sólo para “ciertos colectivos” de trabajadores, que no definió. Otro gobierno “progre” que se lo vuelve a poner en bandeja a Vox, que recurrió el decreto ante el Tribunal Constitucional.

¡Las vueltas que da la vida! Los “progres” imponen normas nazis y los nazis se oponen a ellas. El enredo no es fácil de aclarar.

(1) https://www.boe.es/biblioteca_juridica/anuarios_derecho/articulo.php?id=ANU-L-2021-00000001259
(2) https://www.elconfidencial.com/espana/galicia/2021-02-06/feijoo-galicia-covid-19-antivacunas_2939036/

La medicina moderna es la brujería de los ‘expertos’

Una de las revistas mejores y más interesantes que publica el CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) es “Asclepio” y es lamentable que los científicos que forman parte de dicho organismo no le presten la atención que merece.

Asclepio, el Escolapio de los romanos, es el dios griego de la medicina. Su hija y ayudante se llamaba Higea porque desde tiempos inmemoriales la humanidad ha sabido que la higiene es uno de los dos pilares de la salud; el otro es la alimentación.

A lo largo de la historia los pobres, que viven en la imundicia y que padecen hambre, han sido el mejor caldo de cultivo de las plagas, eso que ahora llaman “enfermedades contagiosas”. El hambre es el reverso dialéctico de la alimentación y hasta hace muy pocos años las sociedades nunca diferenciaron entre la nutrición, los fármacos y las drogas.

Antes de que las farmacias pusieran una cruz verde en sus locales, su símbolo era la “Copa de Higea” que contenía una poción que el enfermo debía beber para restablecer la salud, lo mismo que en misa el pecador bebe la sangre de Cristo que le ofrece el sacerdote para expiar sus culpas.

En otros tiempos tampoco conocieron esa diferencia que hoy introducimos entre magia y farmacia.

En las farmacias la “Copa de Higea” aparecía rodeada por una serpiente que escupe en su interior. Las serpientes elaboran venenos, que los médicos usaban no sólo para matar, sino también para curar. Ambas prácticas van unidas. Lo mismo que te mata tambien te cura. Es cuestion de no pasarse, de tener cuidado con los excesos.

La serpiente simboliza la ciencia y la sabiduría. Al comienzo de la Torá, la Biblia y el Corán, la serpiente -o sea, los científicos- engaña a Eva para que coma el fruto del árbol prohibido, desobedeciendo el mandato de dios. Podía comer el fruto de cualquier árbol, excepto de aquel precisamente: era el árbol de la sabiduría, identificada con el mal. La ciencia es pecado porque basta la palabra de dios. La humanidad no debe pensar por sí misma.

En las estatuas antiguas, en el emblema de la Organización Mundial de la Salud y en la mayor parte de los colegios de médicos, Asclepio aparece con un bastón rodeado por dos serpientes. Se llama “caduceo” que, con el tiempo, evolucionó hacia la varita mágica y el símbolo de ETA, donde el bastón se ha trasformado en el mango de un hacha.

En las ceremonias oficiales, los alcaldes ostentan ese mismo bastón que recuerda a la sociedad perfecta de Platón, donde quienes mandan son los sabios. Los políticos se rodean de “expertos” y hombres de ciencia. Sus recomendaciones, como la de no comer carne en exceso, tienen el aval de las disciplinas nutricionales modernas, preocupadas por la salud pública.

El ministro de Consumo le ha dado una pirueta de 180 grados a la historia. Se podía haber interesado por el millón y medio de familias que pasan hambre en España, pero no ha sido así. La ciencia ha diagnosticado que el verdadero problema es que comemos carne con glotonería, y ya sabemos que los políticos van de la mano de la sabiduría y el conocimiento auténticos. ¿O es al revés?, ¿van los cientificos de la mano de los políticos?

Lo mismo que en la Torá, la Biblia y el Corán, hoy seguimos comiendo la fruta del árbol prohibido del conocimiento. ¿Nos engaña la serpiente como a Eva en el paraíso?, ¿escupirá una medicina o un veneno? Las vacunas ¿son un remedio que nos cura o un tóxico que nos mata?, ¿apoyamos a los provacunas o a los antivacunas?

Perseguimos respuestas simples a dilemas complejos. No nos gustan las explicaciones largas, y menos las que se sostienen sobre la historia y la experiencia. Las soluciones deben aparecer en blanco y negro; sin grises.

Recientemente tres científicas del CSIC falsificaban la historia de las vacunas, cuyo origen atribuían al británico Jenner. Pero ni Jenner inventó las vacunas, ni era médico, sino todo lo contrario: era un curandero de esos que hoy ellas mismas denostarían como “anticientífico”. Las vacunas son una práctica médica ancestral, cuando no había jeringuillas, y los primeros documentos escritos aparecen en China hace más de mil años.

En el griego antiguo la palabra farmacia (“pharmakeia”) se puede traducir como “magia”. En los akelarres las brujas utilizaban pociones y conjuros. Los participantes sanaban de sus enfermedades, como en Lourdes, y en el peor de los casos mitigaban su dolor con un buen colocón de setas venenosas y otras drogas.

Paracelso fue uno de aquellos magos, que antes también fue despreciado y ahora sus obras han sido traducidas y editadas por el CSIC, por lo que ha salido de las filas del ocultismo. La Wikipedia le define como “un médico moderno, adelantado a sus contemporáneos”. Ya podemos hablar de él como científico de primer nivel sin que nos insulten.

Fue pionero en la utilización de metales, como el mercurio, en las medicinas. Hasta su tiempo la botica era la botánica porque los únicos remedios era el herbolario, las plantas. Desde entonces y durante más de 300 años los médicos trataron enfermedades, como la sífilis, con mercurio, un metal que hoy está absolutamente prohibido, incluso en los termómetros por su toxicidad.

Los sifilíticos no morían por la enfermedad sino por el remedio que prescribían los médicos. En algunos idiomas al mercurio se le llama “plata viva”. En inglés se dice “quick silver”, de donde deriva “quack salber” que se puede traducir como matasanos, curandero o charlatán.

En el mundo moderno, donde la medicina quiere presumir de ser una ciencia, la situación no ha cambiado. Más de una tercera parte de las muertes son iatrogénicas, es decir, que los enfermos están muriendo a causa de los médicos, de los fármacos, las intervenciones quirúrgicas y los hospitales.

Es cosa de la magia (o sea de la farmacia).

Más información:
— La ideología del contagio
— Materialismo, idealismo y teoría del contagio en la medicina clásica

¡ Vivan las caenas !

El Tribunal Constitucional ha dictaminado una obviedad: que el estado de alarma vulnera las garantías y libertades fundamentales. Cualquier demanda que se interponga en un organismo judicial europeo ante los múltiples atropellos propiciados con la excusa de la pandemia, dictaminará lo mismo, porque estamos ante un Golpe de Estado como nunca se había conocido a lo largo de la historia.

Como en España dicho Golpe de Estado lo ha propiciado un gobierno del PSOE y Podemos, y como el demandante ha sido la organización fascista Vox, el jueguecito de los reformistas está servido. Les ha faltado tiempo para mostrarse agarrados al cargo para defender lo indefendible con uñas y dientes, como vienen haciendo desde hace un año.

Han matado a 80.000 personas a lo largo del estado de alarma y gentuza como Ione Belarra no tienen empacho en decir que lo hicieron para “salvar vidas”.

Ahora ya no respetan las decisiones judiciales como antes. Se han dado cuenta de que los magistrados del Tribunal Constitucional son fascistas, mientras que los del Tribunal Supremo que condenaron a los encausados del “procès” por sedición, no lo eran; y los de la Audiencia Nacional, tampoco.

Hemos llegado a tal punto de confusión que, por fin, hemos empezado a hablar de fascismo, pero ya no sabemos quiénes son fascistas y quiénes no. Hace 200 años los revolucionarios salían a calle gritando “¡Libertad!”, mientras a la clerigalla le gustaban las cadenas y grilletes. Ahora la situación ha dado una vuelta de 180 grados.

A los “progres” de pacotilla les ha entusiasmado ver encerrados a 200 jóvenes en un hotel de Mallorca por orden administrativa, que es como el ejército israelí encierra a los palestinos sin cometer ningún delito.

La demagogia reformista consiste en decir que los fascistas son los de Vox. Los del PP sólo son conservadores. Pero todos participan en la misma farsa institucional. Al comienzo Vox criticó al gobierno del PSOE y Podemos porque no había impuesto el estado de alarma y, después de la primera prórroga, en la que votaron a favor, lo siguió criticando por lo contrario.

Suele ocurrir muy a menudo entre los bocazas. Vale todo.

Lo realmente preocupante es que España ha vivido más de un año bajo una ley marcial impuesta por un gobierno reformista, algo que no tiene precedentes. Durante el franquismo los estados de excepción, normalmente, eran de sólo un mes y jamas pusieron un bozal en el hocico de las personas de manera masiva, ni las mantuvieron semanas encerradas en sus casas.

Este gobierno de farsantes, que sacó votos con el engaño de la derogación de la ley mordaza, la aplicó masivamente, imponiendo 1.400.000 multas, lo que tampoco tiene ninguna clase de precedentes históricos.

De esta manera los reformistas son quienes han impuesto el terrorismo de Estado y han dejado la calle para los fascistas, ostentando la bandera de la “Libertad”. Luego se extrañan de que en los barrios populares no les votan y del “auge de la ultraderecha”. Se lo han servido en bandeja.

La sentencia del Tribunal Constitucional es otro fracaso del montaje orquestado en torno a la pandemia y cada día seguirán llegando más, de todos los tipos diferentes, no sólo en forma de papeles, de sentencias judiciales o de artículos científicos, sino de movilizaciones en la calle.

En todo el mundo los estados de emergencia han profundizado una crisis económica anterior que ya no se refleja sólo en despidos masivos, sino en hambre y en familias arrojadas de sus viviendas. Los que han permanecido confinados en sus casas junto a la estufa y al ordenador, deberían pensar en cojer la pancarta y salir a calle de nuevo, como ayer en París.

¿O seguirán con la tontería de que los que salen a calle a protestar contra los pasaportes sanitarios y la vacunación obligatoria son la famosa “ultraderecha”?, ¿seguirán aferrados a las cadenas y quieren que todos hagan como ellos?

Los tribunales españoles aprueban una ley de punto final cada día

El Tribunal Constitucional le ha dado el carpetazo final a cualquier clase de investigacion sobre García Lorca y los que fueron asesinados junto a él. Previamente todos los órganos judiciales ya habían rechazado que se investigara dónde están los restos del poeta, de dos banderilleros y de un maestro de la Republica. El pretexto no puede ser más ridículo: los culpables están muertos. Ahora bien, si nadie ha investigado nada, ¿por qué saben la identidad de los asesinos y, además, que están muertos?

Lo mismo ocurre con los crímenes del rey emérito, que no sólo son económicos, sino más de lo mismo. Cuando alguien inicia acciones judiciales en su contra, a los jueces y fiscales les falta tiempo: el rey ha sido y es “irresponsable”. Le declaran así incluso cuando un hijo inicia una declaración de paternidad, por lo que en este “Estado de Desecho” las personas no pueden averiguar si el rey es su padre.

Una persona es “irresponsable” cuando no puede ser condenada, una cuestión muy diferente de que pueda ser investigada. Es más, cuando el rey comete un delito, como la muerte de su hermano, los jueces y fiscales están obligados a investigar quién lo mató y sólo entonces podrán declararlo “irresponsable”, porque hasta el más inepto de ellos debe saber -supongo- que sólo a un asesino se le puede calificar de “irresponsable”.

La Constitución declara “irresponsable” al rey porque sus actos deben ir referendados por otra persona. En tal caso la responsabilidad es de esa otra persona. Ahora bien, se supone que esos actos son de tipo político o público, no los privados, porque ninguna otra persona puede refrendar un atraco, o un asesinato, o una paternidad. En tales casos, la obligación de un juez y un fiscal debe ser investigar y una vez que sepa que el autor es el rey, entonces podrá decidir posteriormente que es “irresposable”.

Pero no se trata sólo del rey. España es un Estado lleno de “irresponsables”. Por lo menos hay tantos como fosas comunes repartidas por los más oscuros recónditos de la geografía. Los jueces suelen decir que los crímenes han prescrito, o que los autores han muerto. Pero para decir eso primero hay que investigar: localizar las fosas, inhumar los cadáveres, averiguar la fecha del asesinato e identificar a los criminales.

Lo que constituye una vergüenza absoluta, que descalifica a cualquier Estado, es que tengan que ser personas y organizaciones privadas los que emprendan la tarea de investigar algo que corresponde a la policía, a la fiscalía y a los jueces, y que más de 80 años después no se haya constituido una comisión parlamentaria para hacerlo.

También en eso, España es un Estado muy diferente de otros y cada día que pasa tanto los diputados como los jueces, los fiscales y otros funcionarios públicos se están definiendo a sí mismos como lo que realmente son.

Los crímenes que se cometen en masa, lo que hoy se califica como “terrorismo de Estado”, no están sometido a las normas internas, sino a las internacionales y, en tal, caso no sólo se pueden sino que se deben investigar, por más tiempo que haya transcurrido, porque los crímenes de guerra y demás delitos atroces contra la humanidad no prescriben jamás.

Los jueces y ficales no conocen las normas jurídicas y, lo que es peor, no conocen la historia. García Lorca, los dos banderilleros y el maestro republicano no han muerto; a fecha de hoy siguen desaparecidos, y ese es un crimen que se sigue cometiendo cada día y que se debe investigar cada día.

La guerra contra el fascismo no acabó en 1939 porque sus efectos siguen presentes. El Pazo de Meirás ha recordado que los republicanos no sólo fueron asesinados sino que sus bienes fueron expoliados y saqueados, una situación que también sigue vigente, y aunque los chorizos hayan muerto, sus herederos siguen disfrutanto del saqueo y los republicanos siguen privados de sus legítimas propiedades.

Lo mismo que el Tribunal Constitucional, el Tribunal Supremo tampoco ha sido capaz de anular los juicios que, como el de Grimau, no respetaron ni siquiera la propia legislación fascista.

Esto está ocurriendo cada día por una razón elemental: porque no hay un “Régimen de 1978”, como se dice ahora, porque este Estado y todo su entramado jurídico e institucional es idéntico al de 1939 y no se va a suicidar a sí mismo, no se va condenar a sí mismo y no se va a investigar a sí mismo.

En ocasiones, los jueces y fiscales se acogen a la ley de amnistía de 1977 para garantizar la superviviencia del fascismo, y lo que es peor: han insistido tanto que algunos creen que, en efecto, dicha ley fue un “punto final”, por lo que volvemos a olvidar la historia, incluso la más reciente.

No vale lamentarse ahora: los que aprobaron dicha ley no fueron sólo los viejos franquistas, sino ellos y todos los oportunistas que se subieron al carro de la transición, participando en las elecciones de junio de aquel año. Partidos políticos como el PSOE, el PCE o el PNV no se pueden lamentar por ello, ni por haber mantenido la boca cerrada desde 1977 y las fosas cerradas desde 1939.

La ley de amnistía de 1977, lo mismo que otras anteriores, no sacó a todos los presos políticos a la calle por lo que no es una ley de punto final. Pero sacó a muchos a regañadientes y en esa medida fue una gigantesca conquista de la lucha en la calle, lograda a costa de numerosos muertos, detenidos y torturados.

Que los fascistas aprovecharan el momento para amnistiarse a sí mismos y que los oportunistas que he mencionado -y otros que se podrían añadir- mantuvieran la boca cerrada, es el signo diferencial del país en el que vivimos, o sea, más de lo mismo. El fascismo no hubiera podido perpeturarse hasta hoy sin ese apoyo.

Las publicaciones científicas aparecen envueltas en los montajes políticos de la pandemia

Durante el año pasado, la hipótesis de que el coronavirus podría no tener un origen “natural” sino “artificial”, es decir, fabricado o fugado del laboratorio de Wuhan, en China, fue tratada como conspiranoica y, como tal, aborrecida y censurada por los comentaristas oficiales.

Sólo los medios más reaccionarios y los partidarios de Trump se atrevieron a insistir en ella.

Pero llegó Biden, un demócrata que se ha empeñado en sostener la hipótesis de la reacción, y en los primeros meses de este año todo ha cambiado. Ahora la hipótesis oficial es lo que antes era conspiranoico.

Sostener el origen “artificial” del virus ya no están tan mal visto porque sirve a la política antichina del imperialismo. No importa que sea verdad o mentira porque el argumento es políticamente impecable: la culpa de la pandemia corresponde a China.

Ahora a los “expertos” les corresponde investigar a fondo hasta demostrar la tesis prefabricada, es decir, contratar laboratorios “prestigiosos” hasta que sean capaces de llevar sus elucubraciones hasta una revista con tragaderas para publicarlo.

Pero una maniobra de esa envergadura huele a podrido desde el principio. No es fácil de digerir, ni quiera para los científicos más vendidos. No pueden dar una pirueta de 360 grados sin que su servilismo se note demasiado.

Una revista como el British Medical Journal ya está sobre aviso y ha abierto una rueda de opiniones con los divulgadores científicos. “¿Han sido los medios víctimas de una campaña de desinfomación”, pregunta el British Medical Journal (1).

La desinformación, pues, ya no es propia sólo de los medios generalistas, sino también de los científicos. Ya no es posible saber si las publicaciones científicas lo son realmente, es decir, si corresponden a una investigación académica o sólo son una continuación de las grandes cadenas de intoxicación política, como la CNN, Der Spiegel, la BBC, el Corriere de la Sera o Sky.

No es algo que haya comenzado ahora, cuando han estirado demasiado la pandemia, que amenaza con reventar sus costuras. La cuestión del “orígen” del coronavirus se torció desde los primeros días, ya que “los investigadores financiados para estudiar los virus con potencial pandémico lanzaron una campaña en la que calificaban la hipótesis de la fuga del laboratorio como una teoría de la conspiración”.

Uno de los que encabezaron esa campaña fue Peter Daszak, el personaje de la foto de portada, presidente de la EcoHealth Alliance, una organización que recibió millones de dólares en subvenciones del gobierno de Estados Unidos para la investigación de los virus y la previsión de pandemias.

Pero como tantos otros tinglados siniestros, EcoHealth Alliance no es nada por sí mismo, ya que a lo largo de los años subcontrató su investigación a científicos de varios laboratorios de nula fiabilidad, de esos que declaran no tener interés económico alguno en los artículos científicos que publican.

Sin embargo, del dinero desembolsado por el gobierno de Estados Unidos, unos 600.000 dólares fueron a parar al Instituto de Virología de Wuhan.

Los “expertos” como Daszak son los matones de la ciencia moderna, los que imponen el canon y silencian a los demás. Poco después de que comenzara la pandemia, Daszak logró acallar el debate sobre la posibilidad de una fuga en el laboratorio con una declaración publicada en febrero de este año en otra revista científica, The Lancet (2).

Era una carta en la que Daszak figuraba como uno de los 27 firmantes, algo que se está convirtiendo en característico de varias disciplinas científicas. “Nos unimos para condenar enérgicamente las teorías conspirativas que sugieren que el COVID-19 no se produce de forma natural”, decían los sicarios de Daszak en aquella carta.

Ninguna de las hipótesis sobre el “origen” del coronavirus tienen ningún carácter científico, como ya hemos explicado tantas veces. No son otra cosa que declaraciones políticas para poner a China contra las cuerdas. Demuestran que la “unanimidad científica” que han aparentado desde el inicio de la pandemia es falsa, y si las peleas internas continúan, el montaje político urdido desde el año pasado se puede desplomar como un castillo de naipes.

Sin ningún lugar a dudas, este montaje se vendrá abajo tarde o temprano, pero los navajazos por debajo de la mesa pueden hacer que caiga de manera rápida y estrepitosa, dejando en ridículo al trío de políticos, periodistas y “expertos” que la ha sostenido.

(1) https://www.bmj.com/content/374/bmj.n1656
(2) https://www.thelancet.com/pdfs/journals/lancet/PIIS0140-6736(20)30418-9.pdf

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