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Día: 17 de junio de 2025 (página 1 de 1)

Un nuevo estudio demuestra que los modelos de cambio climático son erróneos

Los modelos de cambio climático que utiliza el IPCC y las previsiones basadas en ellos son erróneos, según un nuevo estudio que publica Nature (*). La investigación demuestra que los ríos son importantes vías de escape para antiguos depósitos de carbono que han permanecido retenidos durante miles o incluso millones de años, mucho antes de la aparición de los seres humanos en el planeta.

Más de la mitad del dióxido de carbono (CO2) y el metano (CH4) emitidos por los ríos en todo el mundo provienen de depósitos de carbono a largo plazo (suelos profundos, sedimentos e incluso rocas meteorizadas), y no de la descomposición reciente de material vegetal, como se creía anteriormente.

Los intoxicadores hablan, una y otra vez, de las emisiones de carbono, pero nunca de las absorciones del gas. El carbono recorre un ciclo, del que los ríos forman parte, conectando los sistemas terrestres, aéreos y oceánicos.

Hasta ahora la opinión predominante sostenía que las emisiones de CO2 y CH4 procedentes de los ríos rotaba rápidamente: las plantas absorben el carbono atmosférico mediante la fotosíntesis, parte de ese carbono se descompone rápidamente en el suelo y se vierte en los ríos, para luego ser liberado de nuevo al aire en cuestión de años o décadas.

La investigación, dirigida por Josh Dean, de la Universidad de Bristol, desmonta el modelo al demostrar que alrededor del 60 por cien de las emisiones de carbono de los ríos provienen, en realidad, de antiguos depósitos de carbono, algunos de los cuales datan de millones de años.

El equipo llegó a esta conclusión recopilando una base de datos mundial con más de 1.100 mediciones de radiocarbono de más de 700 emplazamientos fluviales en 26 países. Al analizar el contenido de carbono-14 del carbono inorgánico disuelto, CO2 y CH4 en las aguas fluviales y compararlo con los niveles atmosféricos, pudieron determinar la edad del carbono liberado. Sus cálculos de balance de masa isotópico revelaron que, en promedio, el 59 por cien (±17 por cien) de las emisiones de CO2 de los ríos provienen de carbono antiguo, ya sea materia orgánica del suelo milenaria o carbono petrogénico de las rocas, mientras que solo alrededor del 41 por cien proviene de carbono fijado recientemente.

En pocas palabras, se trata de una gran cantidad de carbono antiguo. El estudio estima que los ríos emiten a nivel mundial alrededor de 2 gigatoneladas (2.000 millones de toneladas métricas) de carbono cada año en forma de CO2 y CH4. De esa cantidad, aproximadamente 1,2 gigatoneladas provienen de esas fuentes antiguas. Es una cantidad comparable a la absorción neta de carbono por todos los ecosistemas terrestres del mundo anualmente. En otras palabras, la fuga de carbono antiguo a través de los ríos es lo suficientemente grande como para requerir una revisión a fondo del ciclo del carbono y, en consecuencia, de los modelos climáticos usuales.

En un comunicado de prensa Dean dice que las conclusiones del descubrimiento son “potencialmente enormes”. El carbono antiguo “se está filtrando a la atmósfera mucho más de lo que sugerían las estimaciones previas”. Si los ríos actúan como una vía principal para el retorno del carbono antiguo a la atmósfera, los ecosistemas terrestres deben estar absorbiendo al menos una gigatonelada de CO2 al año más de lo estimado previamente.

(*) https://www.nature.com/articles/s41586-025-09023-w

Israel posee unas 90 ojivas nucleares

Israel posee aproximadamente 90 ojivas nucleares, según el informe del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (Sipri) correspondiente a este año. Nunca ha reconocido la posesión de armas nucleares, lo que le ha permitido evadir las regulaciones internacionales, a diferencia de países como Irán, que se encuentran bajo vigilancia constante.

Las ojivas están destinadas principalmente al despliegue aéreo. Aproximadamente 30 bombas podrían transportarse en los F-16I, mientras que hasta 50 ojivas serían compatibles con misiles balísticos como el Jericho III, que tiene un alcance aproximado de 5.500 kilómetros. También se mencionan modificaciones en algunos F-15, pero no se confirman.

Los lugares de almacenamiento, posiblemente parcialmente desmantelados, permanecen sin localizar.

Estados Unidos y las demás potencias occidentales respaldan la falta de control interncional sobre las armas nucleares gracias a un acuerdo tácito alcanzado en 1969. Israel no es signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y sus instalaciones no están sujetas a las inspecciones de la OIEA.

El año pasado su gasto nuclear aumentó un 2,4 por cien, hasta alcanzar los 1.100 millones de dólares. Israel incluso ha realizado pruebas de un nuevo sistema de propulsión de misiles y continúa modernizando el complejo nuclear de Dimona.

De las nueve potencias nucleares enumeradas en el informe del Sipri, Israel es la única en Oriente Medio. Esta singularidad, rara vez mencionada en las conversaciones diplomáticas, ilustra una importante quiebra del control internacional.

Mientras que Irán, por haber firmado el TNP, permanece bajo vigilancia constante, Israel opera al margen de la legalidad internacional. Esta diferencia de trato plantea dudas sobre la imparcialidad de la OIEA y el sistema nuclear internacional.

En noviembre de 2023 un ministro israelí hizo declaraciones brutales sobre el hipotético lanzamiento de un arma nuclear contra Gaza, posteriormente calificadas de “metafóricas”. Según EuroMed Human Rights Monitor, en 2023 los bombardeos israelíes sobre Gaza habrían totalizado 25.000 toneladas de explosivos, el equivalente a dos bombas nucleares como las de Hiroshima.

Si bien la atención sigue centrada en las intenciones de otros Estados, el informe del Sipri recuerda que la estabilidad regional también depende de un enfoque equilibrado y transparente respecto a los arsenales nucleares.

Israel ha industrializado el terrorismo de Estado

Hubo una época, no hace mucho, en que Israel reivindicaba el monopolio de la violencia en Oriente Medio, exhibiendo su poderío tras su Cúpula de Hierro, sus armas estadounidenses y sus armas nucleares no declaradas, dictando su voluntad a los medios corruptos y subvencionados, con la silenciosa bendición de un Occidente cómplice. Impuso su ley desde el aire, bombardeó las calles de Damasco, Teherán y Beirut, eliminó a sus enemigos sin juicio previo y luego se atrevió a hablar sin vacilar del “derecho a la legítima defensa”, mientras atacaba a todos sus vecinos.

Pero esa etapa se desmorona visiblemente bajo los escombros humeantes de Haifa y las llamas que devoran Tel Aviv. La arrogancia militar israelí, alimentada por décadas de impunidad, acaba de toparse con una realidad inesperada: un adversario que ya no se rinde, atacando metódica, masiva y precisamente. Irán, durante mucho tiempo en una postura defensiva ante una campaña de sabotaje, asesinatos selectivos y provocaciones constantes, ha elegido el 15 de junio de 2025 como fecha para responder. Y esta respuesta es todo menos una fanfarronería retórica, ya que actualmente se mide en cientos de misiles, drones suicidas y ataques quirúrgicos contra numerosas infraestructuras estratégicas israelíes.

Tel Aviv, el arrogante escaparate de la modernidad israelí, está en llamas. Haifa, un bastión industrial y militar, está en ruinas. El puerto está plagado de cráteres, las fábricas de la empresa militar Rafael están destrozadas, e incluso el Instituto Weizmann se ha convertido en un cadáver humeante. La Cúpula de Hierro, durante mucho tiempo promocionada como un escudo implacable contra los cohetes palestinos, ha demostrado ser un tamiz tecnológico obsoleto. Los misiles balísticos, hipersónicos e inteligentes iraníes han atravesado las defensas israelíes como si no existieran. Lo que una vez fue una demostración de dominio tecnológico se ha convertido en un parque de atracciones al aire libre para los drones kamikaze de Teherán. Incluso las instalaciones más sensibles, como centrales eléctricas, bases militares y residencias de altos dirigentes, han sido atacadas con una precisión escalofriante. Israel, antaño un profesor de seguridad, ahora se esconde en refugios subterráneos, incapaz de garantizar su propia defensa contra una lluvia de proyectiles de alta tecnología que refleja sus propios métodos.

No es solo una respuesta militar de Irán; es una revelación flagrante. Una humillación estratégica y un brutal recordatorio de que el orden internacional no puede tolerar eternamente el unilateralismo armado. Lo que presenciamos hoy es el derrumbe del mito, arraigado desde hace tiempo, de la invulnerabilidad israelí. Irán ya no es víctima de las incursiones israelíes, sino que se ha convertido en el trágico e implacable espejo de su política exterior. Es una consecuencia lógica y directa de décadas de provocaciones no autorizadas. Israel quería esta guerra, pero ya no controla su propio escenario. Y la historia está cambiando.

Desde 2023 Israel ha incrementado sus ataques contra objetivos iraníes en el territorio de la República Islámica, sin declaración de guerra, sin mandato del Consejo de Seguridad de la ONU y, sobre todo, sin la más mínima justificación legal reconocida por el derecho internacional. Estas operaciones militares son simplemente lo que son. Constituyen claras violaciones de la Carta de la ONU (artículo 2.4), que prohíbe explícitamente el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de un Estado miembro.

Israel no estaba en guerra con Irán. No había sido atacado por Teherán. Ningún misil había cruzado la frontera israelí antes de 2025. Sin embargo, el ejército israelí se ha arrogado el derecho a llevar a cabo asesinatos selectivos en suelo iraní, sabotear infraestructuras civiles y nucleares, bombardear científicos en las calles de Teherán de forma mafiosa y volar convoyes humanitarios en Siria con el pretexto de que son “proiraníes”. Todo ello con la aprobación tácita, o incluso explícita, de Estados Unidos y sus satélites europeos. Una auténtica licencia para matar con geometría variable, cuyo objetivo es crear el “Gran Israel”, un desarrollo inmobiliario oculto bajo tintes mesiánicos.

Cuando Israel se enfrenta a la cuestión de la legalidad de sus acciones, huye. Sin embargo, Tel Aviv nunca ha llevado su paranoia sobre el programa nuclear iraní a la jurisdicción internacional. Nunca ha presentado una queja ante el Tribunal Internacional de Justicia. Se debe simplemente a que el escrutinio de organismos la OIEA ha demolido sistemáticamente sus acusaciones. Irán cumple, o al menos cumplía, hasta que sus instalaciones fueron bombardeadas, con las normas del Tratado de No Proliferación Nuclear. No hay pruebas tangibles de la fabricación de un arma nuclear. Incluso una “fatwa” religiosa suprema prohibió explícitamente a Irán construir una bomba nuclear. Un compromiso moral que pocos países con armas nucleares, incluido Israel, podrían igualar.

Pero Israel se sienta en el derecho internacional como un taburete viejo. Su objetivo no es la seguridad, sino la dominación. Al perpetuar el mito de un Irán nuclear amenazante, justifica su propio programa atómico ilegal, cuidadosamente ignorado, jamás inspeccionado y, sin embargo, el más peligroso de la región. Sobre todo utiliza esa ficción para justificar un estado de guerra permanente en el que puede hacerse la víctima eterna mientras actúa como el agresor principal.

No se trata de un conflicto aislado ni de un malentendido diplomático. Es un sistema de provocación deliberada, mantenido metódicamente durante décadas. Israel provoca, viola la ley, asesina en silencio y luego grita agresión en cuanto una respuesta amenaza su monopolio de la violencia. Es la política de fuego sin humo, de guerra sin guerra, de la impunidad como doctrina. Pero la historia podría estar cambiando. Esta vez, Irán no ha presentado una denuncia en La Haya. Ha respondido con fuego y Tel Aviv está experimentando por primera vez lo que significa, en términos concretos, vivir bajo la amenaza de cielos hostiles.

Israel es la única potencia nuclear en Oriente Medio. Es un hecho, aunque Israel se esfuerce por no confirmarlo públicamente. Esta “ambigüedad estratégica” no es más que hipocresía diplomática tolerada e incluso protegida por sus aliados occidentales. Mientras las centrifugadoras iraníes son vigiladas constantemente ante las cámaras, hacemos la vista gorda ante las ojivas israelíes almacenadas en Dimona, a la sombra del desierto del Neguev. Hasta la fecha, ningún inspector de la OIEA ha pisado el lugar, y con razón: Israel simplemente se niega a firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear, que exige vehementemente que Irán respete al pie de la letra.

¿Ironía geopolítica? ¡Yo preferiría llamarlo cinismo nuclear! Durante años, Israel, con la flagrante complicidad de Estados Unidos y la silenciosa sumisión de la Unión Europea, ha acusado a Irán de querer construir un arma nuclear, sin que ninguna prueba, confesión, prueba ni declaración oficial haya respaldado jamás esta acusación. Por el contrario, decenas de informes públicos del OIEA han confirmado que Irán cumple con sus compromisos. Irán incluso ha llegado al extremo de proponer con insistencia la creación de una zona libre de armas nucleares en Oriente Medio, una idea que Israel rechazó de inmediato.

Porque aceptar esta iniciativa equivaldría a abrir la puerta a inspecciones internacionales de su propio arsenal, firmar el TNP y revelar lo que todos sospechan: que Israel posee armas nucleares y no tiene intención de renunciar a ellas. En otras palabras, Israel no quiere eliminar la amenaza nuclear en la región; quiere seguir siendo LA ÚNICA amenaza nuclear.

Así se construye el doble rasero: lo que Tel Aviv se permite en secreto, lo demoniza en otros; lo que sus ojivas representan en los silos, lo atribuye a las centrifugadoras de enriquecimiento civil del programa iraní. La propaganda ha hecho el resto: Irán se ha convertido en un “estado canalla” con ambiciones atómicas demoníacas, mientras que Israel, a pesar de poseer clandestinamente el arma definitiva, se pavonea como un autoproclamado guardián de la paz. Pero esta ficción se está derrumbando. La estrategia israelí, basada en el engaño, la intimidación y el silencio nuclear, ya no resiste la prueba de la realidad. Son los misiles iraníes los que ahora caen sobre sus centrales eléctricas, bases militares y centros de investigación. Son los objetivos israelíes, antes a salvo de represalias, los que arden en llamas uno tras otro.

Ya no se trata de disuasión; es una lección de reciprocidad. Y esta lección está empezando a resquebrajar el aura de invencibilidad de Israel, cuya arrogancia nuclear ahora queda expuesta, se le ataca y se vuelve en su contra. Durante décadas, Israel ha tenido la audacia, o el descaro, de presentarse como una víctima perpetua, un David asediado por bárbaros Goliats, justificando en nombre de su “supervivencia” una diplomacia basada en asesinatos, sabotajes, intimidación y chantaje militar. Pero ¿qué ocurre cuando los servicios secretos de este “pueblo autoelegido” se comportan exactamente como el enemigo al que dicen combatir? Lo que está sucediendo es que el mundo finalmente empieza a ver: Israel ha industrializado el terrorismo de Estado, con la sofisticación de un cirujano y la ferocidad de un escuadrón de la muerte.

En cuanto al Mosad, no es un servicio de inteligencia. Es una organización de eliminación sistemática. Un grupo de terroristas internacionales. Su modus operandi, con una firma única, utiliza coches bomba, agentes encubiertos, explosiones selectivas, ciberataques y la eliminación física de cualquiera que se considere una “amenaza” para la superioridad israelí. Si Daesh y Al-Qaeda (que, por cierto, están financiados por Estados Unidos) colocaran bombas, la gente gritaría yihad. Si Israel hace estallar a un científico nuclear iraní en las calles de Teherán, solo hay un silencio cortés, incluso una admiración silenciosa, mientras declaran en programas de televisión subvencionados y sionizados: “¡Qué efectiva es la inteligencia!”. El mismo método, la misma cobardía, pero una narrativa completamente diferente.

Desde abril de 2025 la fachada se ha agrietado. Explosiones sacuden Teherán, coches estallan en barrios civiles, niños iraníes mueren jugando en las calles. El culpable es extraoficialmente el Mosad. Pero oficialmente… nadie. Estas tácticas, antes camufladas en narrativas de defensa preventiva, ahora se reciclan en el horror descarado del terrorismo urbano, como si el ejército israelí finalmente hubiera decidido imitar a sus enemigos en lugar de combatirlos. Reconocemos los mismos métodos que los de los grupos terroristas, lo que bien podría llevarnos a creer que se trata de las mismas personas que actúan de esa manera. Ciertamente, no existe una guerra limpia, pero a Israel siempre le ha gustado ensuciarse las manos con guantes blancos. El “ejército más moral del mundo” no es, en última instancia, más que un conjunto de terroristas protegidos por los medios de comunicación y las armas del Tío Sam.

Solo que esta vez, la opinión pública internacional, saturada de imágenes, vídeos y pruebas, está empezando a establecer la conexión entre estos métodos, que son tan idénticos a los de las organizaciones terroristas que parecen huellas de sangre. El único elemento que cambia es la nacionalidad del asesino, según lo declarado por los medios. Este terrorismo de Estado alcanzó su punto álgido cuando fuentes iraníes afirmaron que el Mosad planeaba un falso ataque contra bases estadounidenses para desencadenar una guerra total contra Irán. Una manipulación tan vil como una falsa bandera, digna de un thriller paranoico… salvo que en el escenario de Oriente Medio, este tipo de complot es habitual. Es la política exterior israelí en acción la que persiste en encender la mecha y luego culpar a otros del incendio.

Cuando Irán responde metódicamente atacando centros de inteligencia ocultos en el corazón mismo de los asentamientos israelíes —lo que, no olvidemos, convierte de facto a los civiles israelíes en escudos humanos alrededor de las instalaciones militares— redescubrimos las grandes lágrimas de cocodrilo de Tel Aviv. El Mosad mata en la sombra, Israel ataca a la luz y luego llora su martirio en cuanto un misil cae sobre Haifa o Tel Aviv.

Pero esta vez la puesta en escena ya no funciona. El escenario está trillado. Los drones “shahed” graban sus objetivos antes de destruirlos. Los vídeos se difunden más rápido que los desmentidos oficiales. La propaganda israelí flaquea, el mito se desmorona. Incluso la santa alianza de los medios occidentales lucha por mantenerse al día porque hay demasiados cadáveres, demasiados incendios, demasiados misiles como para que aún se disfrace de una operación “defensiva”. Este estado ilegal que una vez infundió miedo en las calles de sus vecinos ahora está probando sus propias recetas. El Mosad, la orgullosa personificación de la “precisión quirúrgica”, acaba de descubrir que la guerra, la verdadera, no se limita a colocar bombas bajo los asientos de los coches de otros. Siempre termina volviendo a casa.

Ante esta lluvia de fuego, los dirigentes israelíes huyeron a búnkeres, los soldados desertaron y los jefes de inteligencia dimitieron. El Shin Bet flaqueó, el Mosad perdió el control, y Netanyahu, al salir de sus túneles para inspeccionar las ruinas, no tenía más que cenizas como horizonte político. Mientras Occidente cerraba los ojos a medias, Israel descubrió, atónito, lo que significaba soportar lo que durante tanto tiempo había infligido a otros. El impacto no fue meramente militar; fue un colapso moral. Un pueblo acostumbrado a golpear sin ser castigado ahora comprendía, con terror, que la guerra, la verdadera, ya no distinguía entre el verdugo y su propia fachada de víctima. Además, tras armar a Ucrania hasta los dientes como un gladiador sacrificado en el altar de la OTAN, Washington ahora mira hacia otro lado, harto de un conflicto que no ha dado más que reponer las reservas de munición y miles de millones evaporados en la nada. Zelensky, ahora una figura trágica, mendiga munición mientras los equipos de análisis de Washington ya preparan el próximo funeral geopolítico de Israel. Porque entre bastidores, Estados Unidos se desvincula cobarde pero metódicamente. El aliado leal se ha convertido en una bola de hierro estratégica, fácil de agitar en discursos, pero demasiado arriesgado de defender cuando llueven misiles. El mensaje de Mac Gregor es claro: “Si desatan un infierno regional, no cuenten con que vengamos a extinguirlo con nuestra sangre y nuestro dinero”. Israel, al igual que Ucrania, son ahora dos peones sacrificados en el tablero imperial. Dos aliados excesivamente jactanciosos se ven ahora abandonados a su suerte, mientras que Estados Unidos, ebrio de deudas y fentanilo, se refugia tras su lema “América Primero”. ¡Una traducción contemporánea de “sálvese quien pueda”!

Así, por primera vez en décadas, Israel, este coloso con pies de barro, se ve obligado a revisar su supuesta invencibilidad ahora que ya no cuenta con el apoyo de Estados Unidos. Irán, anteriormente percibido como un Estado “paria” sujeto a un embargo permanente y una guerra en la sombra, acaba de romper el monopolio de la fuerza unilateral en Oriente Medio. Con ataques masivos, precisos e implacables, Teherán está revirtiendo la narrativa occidental de un agresor perpetuo convertido en víctima legítima. Pero este cambio no solo afecta a Israel, sino que también sacude todas las alianzas y equilibrios, y obliga a las potencias mundiales a reevaluar sus cálculos estratégicos.

La arrogancia con la que Israel perpetró su genocidio en Gaza, masacrando civiles bajo el pretexto de la “legítima defensa”, resultó ser la tumba que el país cavó para sí mismo con su arrogancia, al atacar directamente a Irán. Una cosa es aniquilar a una población bajo embargo durante 40 años, hambrienta, sedienta y torturada, y otra muy distinta es atacar a un país como Irán.

Esta política de ultraagresión, basada en la impunidad y la brutalidad descarada, ha despertado un adversario decidido, dispuesto a redefinir definitivamente las reglas del juego militar y diplomático. Hoy es Israel quien está aprendiendo, a un alto precio, el terror que ha impuesto a sus vecinos, y en este sangriento juego de engaños, es la implacable lógica de la justicia histórica —dolorosa, lenta, pero inexorable— la que acaba de llamar a la puerta de Tel Aviv. Pero esta estrategia basada en la fuerza bruta y la injusticia estaba destinada a ser contraproducente. ¡Y ya era hora!

A partir de ahora, Irán ya no se conformará con ser la víctima silenciosa de provocaciones y ataques ilegales. Lo que el mundo presencia hoy ya no es simplemente una guerra regional, sino el brutal regreso de la justicia histórica. Le guste o no, Israel está siendo devuelto al lugar que le corresponde, no por la diplomacia ni los tribunales internacionales, sino por la fuerza implacable de un Estado que se niega a permitir que lo humillen y aniquilen aún más sin reaccionar. Irán está demostrando que la resistencia y la soberanía pueden prevalecer contra las potencias dominantes, enviando así un contundente mensaje a la comunidad internacional sobre la necesidad de respetar los derechos y las aspiraciones de los pueblos. La narrativa de las víctimas se está desmoronando, las máscaras están cayendo, y una nueva era bien podría comenzar para el mundo entero, cansado de vivir con horrores e injusticias a diario. Una era donde la arrogancia de ayer se convierte en la retribución de hoy.

Israel ha invocado tanto el infierno que arde en él.

Phil Broq https://jevousauraisprevenu.blogspot.com/2025/06/ambiance-Mosad-en-israel-ou-la-guerre.html

El estado número 51 de Estados Unidos se baja los pantalones

Apenas han transcurrido seis semanas desde las elecciones en Canadá y el primer ministro Mark Carney acaba de anunciar un aumento masivo del presupuesto militar para cumplir con el objetivo de la OTAN del 2 por cien del PIB. Como es habitual en las campañas electorales, Carney había engañado a sus votantes. Les prometió que el objetivo se alcanzaría en 2030, pero Estados Unidos le ha metido prisa y es más importante obedecer a los vecinos del sur que a los electores.

Hace muchos años que Canadá no es un socio fiable en caso de guerra. No aporta nada a la OTAN, salvo el territorio. Su equipo militar es obsoleto, sus tropas son escasas y están muy mal adiestradas.

Ahora Carney ha debido creer que puede reconstruir un ejército a golpe de talonario en cuestión de semanas. Este año el aumento previsto del gasto militar era superior a mil millones de dólares; el plan que acaba de anunciar esta semana multiplica por nueve esa cantidad.

Los miembros de la OTAN se reunirán en Países Bajos la semana que viene, y es muy probable que la mayoría apoye la propuesta de Mark Rutte, de aumentar aún más el gasto militar hasta el 3,5 por cien del PIB en un futuro próximo. Además, Rutte quiere que destinen otro 1,5 por cien más de su PIB a gastos adicionales relacionados con la “seguridad“ en el sentido más amplio.

Carney negocia con Trump un acuerdo comercial y de seguridad que, además de los aranceles, se propone convertir al ejército canadiense en un apéndice del Pentágono. Lo tiene fácil para volver a engañar a sus votantes: cuando Canadá forme parte de la “cúpula dorada” de Trump, será invulnerable. Sería bonito, pero nunca se va a crear nada parecido a una “cúpula” así, ni siquiera aunque Canadá pague una parte.

¿Ya no se acuerdan cuando Trump dijo que Canadá se convertiría en el estado número 51 de Estados Unidos? Pues naturalmente que se trataba de esto.

Otro de los embustes favoritos de Carney para disimular su servilismo es el de diversificar las adquisiciones militares canadienses mediante la adjudicación de más contratos a proveedores europeos. Sin embargo, Canadá, ya tiene firmado un contrato de compra de 88 aviones de combate F-35 fabricados por la empresa estadounidense Lockheed Martin, cuya entrega padece un retraso tras otro.

El propio Carney confiesa que más del 75 por cien del gasto canadiense en equipos militares se destina a Estados Unidos y así seguirá siendo en el futuro.

Cuando en enero de 2023 otro pelele, Justin Trudeau, firmó el contrato con Lockheed Martin, la entonces ministra de Defensa, Anita Anand, promocionó sus beneficios económicos para Canadá, señalando que 36 empresas canadienses podrían participar en el programa mundial F-35 gracias al contrato. Lockheed Martin planeaba vender más de 3.000 F-35 en todo el mundo durante las próximas décadas, y “cada uno de esos aviones contendrá piezas canadienses”, prometió Anand.

Es posible que estuviera hablando de los remaches.

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