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Día: 28 de mayo de 2025 (página 1 de 1)

Australia intenta recuperar el control del puerto de Darwin de manos de una empresa china

El caso del Canal de Panamá no es una excepción, ni mucho menos. Los imperialistas tratan de expulsar a China de los puertos marítimos más importantes del mundo. Cuando el gobierno alemán autorizó al holding chino Cosco a adquirir el 25 por cien del capital de la empresa que gestiona el puerto de Hamburgo, la OTAN advirtió contra las inversiones realizadas por China para tomar el control de algunas infraestructuras críticas de sus países miembros.

Lo mismo cabe decir de Australia, donde hace diez años el gobierno del Territorio del Norte, que estaba arruinado, concedió durante 99 años la gestión del estratégico puerto de aguas profundas de Darwin a la empresa Landbridge Industry Australia, filial del Shandong Landbridge Group, cuyo principal accionista no es otro que Ye Cheng, al que vinculan con la industria china de defensa, lo cual es como no decir nada porque, a diferencia de Estados Unidos, a todas las empresas chinas les encuentran algún vínculo con el ejército.

La decisión del gobierno del Territorio del Norte se tomó a pesar de las reservas expresadas por el Ministerio de Defensa de Australia que, sin embargo, no llegó a oponerse formalmente a la adjudicación. Recaudaron más 500 millones de dólares australianos y los derrocharon rápidamente. Ahora no tienen ni el puerto ni el dinero y se echan las manos a la cabeza.

Es un síntoma de la posmodernidad: todo se mira con anteojos militares y el Territorio del Norte alberga bases clave para las fuerzas australianas y estadounidenses, así como activos de inteligencia, vigilancia y reconocimiento. No saben cómo dar marcha atrás. El actual gobierno australiano está decidido a hacerse cargo del contrato de la adjudicación otorgado a Landbridge Industry Australia, pero no sabe si debe hacerlo por las buenas, por las males, o por ambas.

El asunto se ha puesto tan feo que el embajador chino en Australia, Xiao Qian, ha publicado un comunicado oficial denunciando el plan del gobierno australiano de recuperar el control del puerto. “Hace diez años, el Grupo Landbridge obtuvo la adjudicación del Puerto de Darwin mediante un proceso de licitación abierto y transparente, en total cumplimiento de la legislación australiana y los principios del mercado”, recuerda el diplomático.

“En los últimos 10 años, Landbridge Group ha realizado importantes inversiones en el mantenimiento y la construcción de la infraestructura del Puerto de Darwin, optimizando sus operaciones y gestión, y ampliando su base de clientes”, continua Xiao. “Estos esfuerzos han supuesto mejoras notables para el puerto, restableciendo su situación financiera y contribuyendo positivamente al desarrollo local”, añade.

Pero lo mejor de la nota llega al final, cuando el embajador recuerda que la empresa china se adjudicó un puerto que no era rentable y ahora se lo quieren arrebatar porque ellos lo han rentabilizado.

Como bien sabe el embajador, el problema de los puertos marítimos no es su rentabilidad económica, sino su posición militar y estratégica.

La situación en el Sahel preocupa a la OTAN

El 8 de abril, con motivo de una reunión entre la OTAN y sus “socios del sur“, la situación en el Sahel fue una novedad en el orden del día. En la reunión se constató una “creciente inestabilidad en el Sahel”.

En la jerga de la OTAN los “socios del sur” son los del “Diálogo Mediterráneo” (Israel, Egipto, Jordania, Mauritania, Marruecos, Argelia y Túnez), más la Iniciativa de Estambul (Bahrein, Kuwatt, Qatar y Emiratos Árabes Unidos).

El interés de la Alianza por la región va en aumento, aunque con el tiempo ha ido tejiendo su red con paciencia, primero reforzando su asociación con la Unión Africana en 2016 y luego, en 2017, creando su Polo del Sur, con sede en Nápoles.

En 2019 un informe instó a los aliados a desempeñar un papel más importante en África y, dos años después, Jens Stoltenberg, entonces secretario general de la Organización, anunció abiertamente que “estaban estudiando las posibilidades de ampliar sus asociaciones a los países de la región del Sahel” (*).

Ese mismo año reforzó su cooperación con Mauritania con programas importantes, como el desarrollo de las fuerzas especiales, la seguridad marítima o incluso el gobierno militar. En mayo de 2022 la OTAN presionaba a sus peones para firmar una asociación con la Cedeao para cooperar en varios sectores: la lucha contra el terrorismo y la piratería en el Golfo de Guinea.

El aquel momento Mali, Burkina Faso y Níger aún formaban parte de la organización subregional.

A partir de 2022 la Guerra de Ucrania resultó tan absorbente para la OTAN que paralizó los trabajos políticos en África, hasta que volvieron a reaparecer como una prioridad. En enero una treintena de soldados checos desembarcaron en suelo mauritano con la misión de entrenar soldados durante un año.

Para ocultar la intervención de la OTAN, se dijo oficialmente que se trataba de una asociación bilateral entre Praga y Nuakchot aunque, en realidad, la misión forma parte de “los esfuerzos de la Alianza para fortalecer la estabilidad en la región del Sahel”.

La tapadera oficial es consecuencia de las numerosas críticas, la primera de las cuales es la desastrosa intervención en Libia en 2011, que ningún saheliano ha olvidado. A ello se suma el delicado tema de la injerencia occidental en África en un momento en que la sensibilidad está a flor de piel. Una intervención directa de la OTAN seguramente sería violentamente rechazada por la mayoría de la población.

También se necesitaría el acuerdo unánime de los estados miembros de la Alianza, algo que es poco probable que tenga éxito en el contexto actual de disputas internas. La OTAN ha empezado a privilegiar las estrategias indirectas, a través de programas de entrenamiento, donaciones de equipamiento y ejercicios conjuntos. De esa manera garantizan la lealtad de las dirigentes militares de la región.

Tras su fracaso en la Guerra de Ucrania, la OTAN necesita justificar su existencia y las guerra contra los yihadistas ofrecen buenos pretextos, porque son enfrentamientos de baja intensidad que no requieren grandes capacidades industriales. Los diferentes movimientos que están operativos en África no tienen superioridad aérea ni armamento sofisticado.

Este tipo de guerras asimétricas se corresponden bien con la escasez actual de medios de la OTAN.

(*) https://www.nato.int/cps/en/natohq/news_187613.htm

El ejército estadounidense reorganiza sus fuerzas en Oriente Medio

Desde su retirada de Afganistán en 2021 el ejército estadounidense estuvo reduciendo el número de sus efectivos en Oriente Medio, pero a partir del 7 de octubre de 2023 cambió la tendencia. El número de tropas estadounidenses en la región ha aumentado de aproximadamente 34.000 a casi 50.000 a fines del año pasado, un nivel no visto desde el primer mandato de Trump, además de un rápido aumento en los despliegues navales y aéreos.

El cambio refleja un replanteamiento estratégico que parece impulsado menos por una planificación a largo plazo que por una respuesta improvisada frente a Irán o la inestabilidad en el Mar Rojo.

Uno de los cambios más visibles fue el despliegue de tres portaaviones en las costas de Yemen: el Dwight D. Eisenhower, el Carl Vinson y el Harry S. Truman, dentro de la Operación Guardián de la Prosperidad para responder a los ataques huthíes en el Mar Rojo.

Los portaaviones proporcionaron cobertura aérea durante la escalada de ataques contra objetivos e infraestructuras huthíes tras los ataques del grupo a las rutas marítimas en el Mar Rojo en represalia a la guerra de Israel en Gaza. Cada grupo de ataque de portaaviones también está acompañado por una escolta de cruceros y destructores equipados con misiles guiados y sistemas de defensa contra misiles Aegis. El Carl Vinson transporta 90 aviones y 6.000 tripulantes, fortaleciendo las capacidades operativas de la Armada de Estados Unidos en la región.

Al mismo tiempo, seis bombarderos furtivos B-2, que representan casi el 30 por ciento de la flota de bombarderos furtivos de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, se han desplegado en Diego García, una base remota pero estratégicamente ubicada en el Océano Índico que proporciona una plataforma de lanzamiento para misiones de largo alcance destinadas a intimidar a Irán y fortalecer el dominio imperialista sobre el Estrecho de Ormuz. Es uno de los mayores despliegues de este tipo en la base desde que Estados Unidos comenzó a construirla en 1971.

Los despliegues en Jordania y Chipre también se han ampliado y formalizado mediante nuevos acuerdos, mientras que unidades de marines y del ejército rotan por Kuwait y Arabia Saudita. Aproximadamente 13.500 soldados estadounidenses están estacionados en Kuwait, principalmente en el Campamento Arifjan y en la Base Aérea Ali al-Salem, lo que subraya la importancia estratégica de estas instalaciones. La base aérea Al Udeid en Qatar y la base aérea Muwaffaq Salti en Jordania sirvieron como plataformas clave para operaciones de inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR), así como para los despegues de los F-15/F-16. La intensificación de las operaciones ISR refleja un cambio hacia la vigilancia persistente como forma de disuasión, con sistemas aéreos no tripulados y plataformas de inteligencia de señales que operan en el Golfo y el Levante.

En marzo el Pentágono inició la Operación Rough Rider, una importante expansión de su campaña contra el territorio controlado por los huthíes en Yemen, utilizando el pretexto de la lucha contra la piratería y la seguridad marítima para justificar los mortíferos ataques aéreos contra objetivos civiles, militares y logísticos. El 18 de abril decenas de personas murieron en un ataque al puerto petrolero de Ras Isa, lo que provocó la condena de grupos humanitarios y acusaciones de errores estratégicos.

Desde el 7 de octubre de 2023 el gobierno de Biden ha presentado sus despliegues en Oriente Medio como reactivos y defensivos, destinados a proteger al personal estadounidense y disuadir a los representantes iraníes. Sin embargo, el patrón de movimientos de fuerza revela una historia más compleja que ha visto a la disuasión convertirse cada vez más en una doctrina de inercia.

En lugar de reducir los riesgos, esta escalada refleja un deseo constante de escalada sin una estrategia o propósito claros. Washington está quemando recursos militares de alto nivel para interceptar los proyectiles de los huthíes. El resultado es un bucle: los huthíes desangran las acciones estadounidenses sin cambiar el equilibrio estratégico.

El último ascenso de Estados Unidos recuerda el paradigma de la «política de presencia» del período posterior al 11 de septiembre de 2001, en el que la influencia militar sustituye a la estrategia política. La creciente autonomía operativa del Centcom, con comandantes de campo que a menudo actúan antes o fuera de los plazos diplomáticos civiles, no hace más que agravar el problema, subrayando una dinámica en la que la postura militar determina cada vez más la política exterior, no al revés.

Estados Unidos calcula que esta acumulación de tropas le da influencia en futuras negociaciones con Irán o protege a los aliados regionales de represalias iraníes. Pero el despliegue es imposible de financiar para un país endeudado como Estados Unidos. El costo económico, la carga logística y la falta de estrategia plantean interrogantes sobre su duración, tanto en Washington como entre sus aliados, cada vez más preocupados por la debilidad estadounidense, que camina dando tumbos.

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