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Día: 14 de noviembre de 2024 (página 1 de 1)

‘La prodigiosa transformación de la clase obrera en extranjeros’

El festival de Locarno ha estrenado un documental del cineasta suizo-irakí Samir Jamal Al Din que arroja luz sobre la inmigración italiana en la Suiza de la posguerra. Se titula “La prodigiosa transformación de la clase obrera en extranjeros” y es una historia de racismo, xenofobia y resistencia obrera.

Todas las entradas se agotaron para las cuatro proyecciones del documental. Los medios de comunicación suizos e italianos se deshicieron en halagos porque no hay muchas películas así, que expongan la naturaleza clasista del trabajador emigrante, que subyace bajo su apariencia racial.

El cineasta nació en Bagdad en 1955 y en una entrevista (*) relata que su abuelo se inventó el apellido porque se trasladó a la ciudad iraquí de Najaf para estudiar la ley islámica. En árabe Jamal Al Din significa “la belleza de la religión”. El cinesta se ha quitado el apellido y se ha quedado con “Samir”, que designa en árabe al que cuenta historias a la tribu alrededor de una hoguera por la noche en el desierto.

Cuando tenía seis años, Samir emigró a Suiza porque su madre era suiza. Pero había perdido la nacionalidad al casarse con un irakí. La recuperó tras contraer nuevas nupcias con su segundo marido, un ciudadano suizo. Entonces a Samir le concedieron también el pasaporte suizo… después de una paliza de la policía en la que le llamaban “Papierlischwiizer”: le consideraban suizo sólo por los papeles.

Con la mayoría de edad, Samir se trasladó al barrio obrero de Dübendorf, cerca de Zurich, donde frecuentaba los locales de los sindicatos y los partidos de la izquierda domesticada. En la imagen de portada aparece en el centro el cineasta de joven con su hermano pequeño al hombro, en los años sententa, durante una manifestación del sindicato suizo de tipógrafos.

Samir sabe de lo que está hablando y su documental es casi autobiográfico. Denuncia que la destrucción de la clase obrera es obra de las propias organizaciones que se reivindican “de clase”, y se ejecuta en nombre de la propia clase. Las organizaciones reformistas reproducen las políticas dominantes para desarticular a la clase obrera y mantenerla dividida y desorganizada.

Durante décadas, a los trabajadores emigrantes se les abandonó a su suerte, en Suiza como en otros países europeos. No tenían el apoyo ni de las organizaciones obreras locales ni las de su propio país de origen. La mayor parte de ellos eran italianos, pero el Partido Comunista Italiano, por ejemplo, solo se acordaba de ellos durante las elecciones.

Una de las principales aportaciones de la lengua alemana de la posguerra al racismo institucionalizado es el término “Überfremdung”, que significa —literalmente— infiltración extranjera, en referencia a una “inmigración excesiva”. Originalmente la voz se acuñó a principios del siglo XX y en los años treinta la adoptaron los fascistas. En su acepción moderna el término resucitó a mediados de la década de los cincuenta, cuando a las primeras oleadas de “Gastarbeitern” (trabajadores invitados) italianos siguieron otras procedentes del sur de Europa (España, Portugal y Grecia).

En los setenta se convocó un referéndum en Suiza, conocido como la “Iniciativa Schwarzenbach”, por el nombre de un político fascista local, James Schwarzenbach, que quería limitar la población extranjera al 10 por cien del total y expulsar a los “excedentes”, que entonces eran unos 350.000 trabajadores.

La mayoría votó en contra, pero un 46 por cien votó a favor.

En su documental Samir muestra unas imágenes en las que el ministro federal de Economía —el mismo que había invitado a los emigrantes a ir a trabajar a Suiza— dice en la televisión que hay que poner fin a la avalancha de emigrantes.

El capital necesita eso mismo que le repugna, la fuerza de trabajo, y la explotará con tanta más intensidad cuanto más le repugne.

Por su parte, los sindicatos y organizaciones “de clase” siguen como siempre, en Suiza y en el resto de Europa. La nueva presidenta del mayor sindicato suizo, la UNIA, es Vania Alleva, hija de inmigrantes italianos, que también aparece en el documental.

La última ola de emigrantes, procedentes de los países balcánicos o el norte de África, se encuentra a su llegada con el mismo muro. Pero muchos de quienes ahora lo sostienen son los de la primera ola.

(*) https://qantara.de/en/article/interview-filmmaker-samir-iraqi-odyssey

Estados Unidos quiere controlar la inteligencia artificial por razones de seguridad nacional

El asesor de seguridad nacional de Estados Unidos, Jake Sullivan, ha pronunciado un discurso de sobre las perspectivas de la inteligencia artificial en la Universidad de Defensa Nacional, el venero político que adiestra a los funcionarios públicos para mantener a Washington al frente de los asuntos mundiales.

Hay que tomar nota de que el mayor interés por la inteligencia artificial no procede de los informáticos, sino de los estrategas militares del imperialismo.

Sullivan abandona los eufemismos y no puede ser más claro: “El uso de la inteligencia artificial determinará el futuro, y nuestra nación debe desarrollar, como diría el general Eisenhower, una nueva doctrina para garantizar que la inteligencia artificial funcione para nosotros, nuestros intereses y nuestros valores, y no en nuestra contra”.

Aunque las empresas privadas son responsables de esta nueva tecnología, como hay riesgos para la seguridad nacional, el Estado debe intervenir para regular su expansión e imponer esa regulación a sus aliados.

La regulación no es una restricción, dice Sullivan, sino un medio para garantizar la supremacía tecnológica y “limitar la competencia hostil”.

Por el mismo motivo, las grandes empresas tecnológicas deben ser estadounidenses para seguir manteniendo el control, que debe ser “protegido y ampliado” con el apoyo público.

Las empresas tecnológicas deberían estar supervisadas por “comisionados” gubernamentales. “La gente en el gobierno debería trabajar en estrecha colaboración con los desarrolladores de la inteligencia artificial del sector privado para garantizar que tengan servicios oportunos de ciberseguridad y contrainteligencia para preservar su tecnología”.

Además, Estados Unidos debería “absorber” a los mejores técnicos y especialistas de todo el mundo. También debe fabricar los chips avanzados y controlar su distribución. A “la competencia hostil” se le deberían imponer restricciones, no sólo para que no logren fabricar chips, sino que tampoco tengan acceso a los medios de producción necesarios para fabricarlos.

La infraestructura necesaria para que funcione la inteligencia artificial moderna, añade Sullivan, se debería construir en suelo estadounidense, donde se podría beneficiar de la energía nuclear, que es barata.

El principal competidor es China, que la utilizará para “malos propósitos”: censura, propagación de noticias falsas, influencia en las elecciones de otros países, etc. Para impedirlo hay que obligar a la humanidad a utilizar únicamente la inteligencia artificial estadounidense.

El discurso de Sullivan es transparente: o con China o con nosotros, pero ni siquiera nuestros propios aliados (Europa, Japón, Taiwán) tienen voz. Se deben subordinar por completo a los intereses de Estados Unidos y sus monopolios tecnológicos.

Sobre Gaza han caído más bombas que en Europa durante la Segunda Guerra Mundial

En el espacio de seis meses, entre el 7 de octubre de 2023 y el 24 de abril de 2024, el ejército israelí arrojó alrededor de 70.000 toneladas de bombas sobre la Franja de Gaza, según el Observatorio Euromediterráneo de Derechos Humanos, y la misma cantidad durante los siguientes seis meses, de mayo a octubre de este año.

Esta cantidad supera con creces el total combinado de los bombardeos de Londres, Dresde y Hamburgo durante la Segunda Guerra Mundial.

En comparación, Londres sufrió alrededor de 18.300 toneladas de bombas durante el bombardeo alemán (1940-1941). Hamburgo recibió 8.500 toneladas de explosivos durante las incursiones aliadas en 1943, mientras que Dresde sufrió 3.900 toneladas en 1945.

La ofensiva israelí, que continúa a pesar de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que exige un alto el fuego inmediato, ha causado la muerte de más de 43.000 palestinos, en su mayoría mujeres y niños. El número de heridos asciende a más de 100.000 personas, según las autoridades sanitarias locales.

El pasado mes de julio la revista científica The Lancet incrementó esa cifra considerablemente. No es inverosímil estimar que hasta 186.000 muertes, o incluso más, podrían ser atribuibles a la guerra actual, concluye, porque hay que tener en cuenta las muertes indirectas: “Los conflictos armados tienen repercusiones indirectas en la salud, más allá de los daños directos causados ​​por la violencia”, añaden.

Gaza se enfrenta a una destrucción masiva de su infraestructura. El Observatorio informa que todos los edificios hasta un kilómetro al este y al norte han sido demolidos para crear una zona de amortiguamiento. La población, entre ellos más de un millón de personas refugiadas en Rafah, está sometida a un estricto bloqueo que limita el acceso a alimentos, agua potable y medicinas.

El Tribunal Internacional de Justicia ha ordenado a Israel que cese inmediatamente sus operaciones en Rafah, dentro de un procedimiento en el que varios países acusan al Estado sionista de genocidio.

El Programa de la ONU para el Medio Ambiente (PNUMA) evalúa, mes tras mes, el alcance de la destrucción en Gaza a partir de imágenes de satélite. Casi el 90 por cien de los escombros se produjeron en los primeros seis meses de la guerra de exterminio. Según Pehr Lodhammar, un alto funcionario del Servicio de Acción contra las Minas de la ONU (UNMAS), se necesitarían alrededor de 14 años para limpiar los escombros dejados por la guerra en Gaza. Las cifras datan de abril de este año. Desde entonces casi se han duplicado.

Es necesario retirar unos 42 millones de toneladas de escombros, o unos 350 kilos por metro cuadrado. La obra requeriría 750.000 días de trabajo y 100 camiones.

Hasta el 29 de febrero el 35 por cien de todos los edificios en Gaza (88.868 estructuras) han sido dañados o destruidos, según UNOSAT. El 65 por cien de los edificios destruidos son viviendas residenciales.

Al menos el 10 por cien de las municiones terrestres disparadas no explotaron y representan un peligro. Se necesitarán millones de dólares para limpiar Gaza de bombas sin detonar.

Esta situación plantea un importante desafío logístico y de seguridad para la reconstrucción de Gaza. El territorio, que se extiende sobre 360 ​​kilómetros cuadrados y donde antes de la guerra vivían más de dos millones de personas, es ahora un campo de ruinas. Hasta la fecha, más de 1,9 millones de palestinos han sido desplazados internamente, el 95 por cien de la población, según la ONU.

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