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Día: 6 de agosto de 2024 (página 1 de 1)

Nunca ha habido ningún juicio por el 11-S y nunca lo habrá

Tres detenidos en el campo de concentración de Guantánamo, acusados ​​de planear los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y que fueron torturados en las mazmorras clandestinos de la CIA, han aceptado declararse culpables de conspiración y asesinato.

Los tres detenidos, incluido Jalid Sheij Mohammed, al que acusan de los ataques de 2001 que mataron a casi 3.000 personas, aceptaron declararse culpables a cambio de garantías de los fiscales de que no enfrentarían la pena de muerte.

El chanchullo le da el capetazo a unos procedimientos legales que han estado guardando polvo durante años en discusiones previas al juicio sobre si las pruebas obtenidas de los acusados ​​mediante tortura eran admisibles ante el tribunal.

En la carta los fiscales dicen que los tres hombres, detenidos en Guantánamo desde 2006, podrían declararse culpables la próxima semana, según Clive Stafford Smith, un abogado que ha representado a los detenidos de Guantánamo. El acuerdo permitiría a Estados Unidos “dar un paso más para poner fin a un momento muy trágico en la historia de Estados Unidos y a una respuesta terrible y bárbara”.

“Una de las principales motivaciones de este acuerdo es que se considera un quid pro quo por el hecho de que personas como Jalid Sheij Mohammed hayan sido torturadas de maneras indescriptibles”, dijo el abogado.

Los torturadores le hicieron la bañera 183 veces.

Mohammed, un ciudadano paquistaní de 59 años, fue capturado en Rawalpindi en 2003 y luego recluido en mazmorras secretas de la CIA en Afganistán y Polonia, donde fue sometido a 183 ahogamientos simulados y sometido a otras formas de tortura y abusos, antes de ser trasladado a Guantánamo en 2006.

Sus coacusados, que también aceptaron declararse culpables, son Walid Bin Attash, ciudadano yemení de 46 años, y Mustafa Al Hawsawi, ciudadano saudí de 55 años.

A Attash le acusan de entrenar a algunos de los secuestradores involucrados en los ataques del 11 de septiembre de 2001, en los que aviones de pasajeros se estrellaron contra las Torres Gemelas en Nueva York y el Pentágono en Washington, y otro avión que se estrelló en Pensilvania.

A Hawsawi le acusan de financiar el complot. Tanto Attash como Hawsawi fueron capturados en Pakistán en 2003 y posteriormente retenidos en mazmorras clandestinas de la CIA y en Guantánamo.

A principios de este año un tribunal lituano ordenó al gobierno del país pagar una compensación a Hawsawi, dictaminando que el gobierno debería haber sabido que sería sometido a torturas en el centro de detención que la CIA tenía en el país.

Un informe del Comité de Inteligencia del Senado de 2014 sobre las torturas de la CIA encontró que Hawsawi estaba entre los detenidos sometidos a “técnicas de interrogatorio mejoradas, a pesar de dudas y preguntas sobre su conocimiento de las amenazas terroristas y la ubicación de altos dirigentes de Al Qaeda”.

El informe dice que Hawsawi fue sometido a exámenes rectales realizados “con una fuerza tan excesiva” que sufrió lesiones graves y problemas de salud continuos.

Como parte del acuerdo, los fiscales dijeron que los tres hombres también acordaron responder las preguntas planteadas por las familias de las víctimas del 11 de septiembre “sobre sus roles y razones para cometer los ataques del 11 de septiembre”.

El acuerdo, sin embargo, fue criticado por varios grupos que representan a los supervivientes y a las familias de las víctimas del ataque, que acusaron a Arabia saudí de estar implicada en los ataques del 11 de septiembre.

“Instamos al gobierno a garantizar que estos acuerdos no impidan información crítica que podría arrojar luz sobre el papel de Arabia saudí en los ataques del 11 de septiembre. Nuestra búsqueda de justicia no flaqueará hasta que se revele toda la verdad y se haga justicia para las víctimas y sus familias”, dijo Brett Eagleson, presidente de Justicia del 11 de septiembre, en un comunicado.

15 de los 19 secuestradores eran ciudadanos saudíes. El miércoles los abogados de Arabia saudí pidieron a un tribunal de Manhattan que desestimara un caso en el que las familias de las víctimas acusan a los diplomáticos saudíes en Estados Unidos de apoyar a algunos de los secuestradores del 11 de septiembre.

Otros dos detenidos de Guantánamo también fueron acusados ​​de participar los ataques. El año pasado un juez militar dictaminó que Ramzi Bin Al Shibh, un ciudadano yemení de 52 años detenido en Guantánamo, no era mentalmente apto para ser juzgado después de que sus abogados argumentaran que se había vuelto “loco” por las torturas e interrogatorios de la CIA.

Los abogados del quinto acusado, Ammar Al Baluchi, ciudadano kuwaití de 46 años, argumentaron que las torturas infligidas por la CIA le habían causado daños cerebrales tras ser utilizado como “material didáctico” por los verdugos.

30 detenidos siguen encarcelados en el campo de concentración de Guantánamo, sin acusación, sin juicio y sin defensa.

Aún no está claro dónde cumplirán Khalid Sheikh Mohammed, Attash y Hawsawi lo que se espera que sean condenas a cadena perpetua.

El abogado Stafford Smith afirmó que la oferta de los fiscales de llegar a acuerdos refleja los continuos fracasos y la “desmesurada inutilidad” del sistema de Guantánamo. “La idea de que un grupo de fiscales pudiera crear un sistema que redujera radicalmente los derechos de la defensa era estúpida e inmoral”, dijo, “con el resultado de que aquí estamos, 23 años después, y no ha habido ni habrá un solo juicio decente de nadie implicado en el 11-S”.

—https://www.theinteldrop.org/2024/08/02/guantanamo-detainees-agree-to-plead-guilty-to-israels-attack-on-9-11-after-over-2-decades-of-torture-and-rape-by-us-marines/

Níger cierra la última base militar estadounidense

Tras la salida forzosa de las tropas francesas en 2023, le toca a Estados Unidos hacer las maletas en Níger, marcando así el fin de una era de ocupación militar occidental.

La retirada estadounidense de Níger es parte de una dinámica más amplia de eliminación de la presencia militar occidental en la región. En 2022 la junta maliense ya exigió la salida de las tropas francesas, acusadas de complicidad con el terrorismo yihadista.

Níger, considerado durante mucho tiempo un esbirro fiel en la región, siguió una trayectoria similar después del golpe de Estado de julio del ao pasado. La nueva junta militar, impulsada por un creciente sentimiento anticolonial, expresaron rápidamente su deseo de ver la salida de los militares extranjeros.

El cierre de la base aérea 201 de Agadez, anunciado por el mando militar estadounidense para África (Africom), marca el fin de una importante presencia militar estadounidense en Níger. Esta salida, inicialmente prevista para mediados de septiembre, se aceleró.

La base de Agadez, una verdadera joya tecnológica en el desierto, sirvió como portaviones estadounidense para Níger y toda la región del Sahel.

La retirada estadounidense se produjo en dos etapas. En primer lugar, la salida de casi 800 soldados de la base de Niamey en julio, seguida de la evacuación de los últimos 200 elementos estacionados en Agadez. Este proceso ilustra la complejidad logística de la retirada, comparable a un chantaje hasta el final.

Para Níger va a ser un desafío desarrollar una estrategia autónoma de seguridad, manteniendo al mismo tiempo una cooperación regional efectiva. La junta tendrá que demostrar su capacidad para garantizar la seguridad del país sin el apoyo logístico y tecnológico occidental.

La retirada estadounidense de Níger marca así el final de un capítulo en la historia de las relaciones entre Occidente y el Sahel. Abre el camino a una reconfiguración de alianzas y estrategias de seguridad en una región que nada día encuentra nuevos desafíos.

Un cine para la Guerra Fría

La Guerra Fría no fue un enfrentamiento larvado entre dos países, Estados Unidos y la URSS, sino un intento de los imperialistas para impedir la revolución socialista y la liberación de los pueblos oprimidos por el colonialismo.

Para encubrir las verdaderas contradicciones características de aquella época, Estados Unidos ha realizó un enorme esfuerzo propagandístico, que aún no ha acabado. El cine formó parte de aquel velo ideológico. En la época más dorada de Hollywood, el Telón de Acero estuvo vinculado al telón.

Nunca hubo dos contendientes disputando una misma competición, con las mismas reglas. No hubo más que un contendiente que intentaba avasallar a los demás, así como el intento de algunos por escapar del cerco.

El cine refleja justamente esa situación. Hay un protagonista, que es Estados Unidos, que presenta a los demás en un segundo plano, acompañado de un mensaje partidista muy simple: el primero es bueno y los que no se dejan someter son los malos. Los guiones de las películas siempre acaban igual: los primeros triunfan y los segundos fracasan, en un mundo -capitalista- donde no está permitido ser “un perdedor”.

Los que no quieran acabar como “fracasados” deben tomar partido por los “buenos”, hacer lo mismo que ellos. El “estilo de vida americano” es inmejorable y todo el mundo debería vivir como viven los estadounidenses. Es lo que crea esa falta de simetría caracerística del imperialsmo en la posguerra: los que defienden ese estilo de vida son héroes y los que tratan de destruirlo son malvados. Los pueblos no deben vivir conforme a sus propias normas sino a las de Estados Unidos.

En cualquier retórica idelógica, la difusión de un determinado mensaje dominante requiere la censura de los demás. El dogma debe aplastar a la herejía y la verdad a la mentira, que es la esencia de otro de los componentes fundamentales de la Guerra Fría: el macartismo y la caza de brujas con sus akelarres, antiguos, modernos y posmodernos.

La propaganda cinematográfica no se elaboraba en estudios dispersos por el mundo, sino en un mismo centro, Hollywood, que al mismo tiempo estaba férreamente sometido al Comité de Actividades Antiamericanas. La lista negra de personajes vetados para el cine llegó a los 300. No se rodaba el cine que querían los directores y guionistas sino las grandes multinacionales (Metro, Warner, Paramount), que a su vez seguían directrices políticas impuestas a golpe de juicios, encarcelamientos y exilio.

Para difundir el mensaje imperialista, la propaganda cinematográfica creó varios géneros nuevos como el espionaje, la ciencia ficción, la fantasía y, por supuesto, las películas bélicas.

Las películas de ciencia ficción experimentaron un crecimiento notable. Son el reino de la metáfora, la lucha entre la Tierra (Estados Unidos, los países occidentales) y los marcianos, llamados así porque procedían de Marte, “el planeta rojo”, poblado de seres extraños, malignos, que querían lo mismo que la URSS: invadirnos, acabar con “nosotros”.

El género alcanzó cotas paranoicas cuando en los años cincuenta la URSS comenzó a lanzar los primeros satélites artificiales, capaces de dar la vuelta a la Tierra sobrevolando por encima de las cabezas de los estadounidenses, dentro de artefactos siniestros, como los platillos volantes, los cohetes o los ovnis.

El género acaba confluyendo con la gran paranoia, la peor de todas, las armas nucleares, y en suma, con la constatación de que la URSS no era un experimento fallido, incapaz de alcanzar el nivel excelso del “estilo de vida americano”, sino que podía superarlo.

Los sesenta fueron una época muy oscura para este tipo de construcciones ideológicas paranoicas. Si la URSS no era un país de fracasados, si podía ponerse al mismo nivel que Estados Unidos, entonces puede atacarnos y destruirnos. Estamos en peligro, que es la mejor manera de estar que tienen los países occidentales. Todo y todos nos amenazan, vivimos rodeados de riesgos, este mundo está lleno de peligros…

La URSS era algo que había que tomarse muy en serio. En 1960 fueron capaces de derribar un U2 estadounidense, un avión diseñado para que nadie pudiera derribarlo.

La mejor expresión de aquella paranoia fue “Teléfono rojo volamos hacia Moscú”, una película estrenada por Stanley Kubrik en 1964, cuyo título en inglés es aún más fascinante: “Extraño amor: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba”. A la película no le falta de nada, ni siquiera un viejo científico nazi parapléjico (Strangelove, Amor extraño) que asesora a la Casa Blanca porque un experto siempre viene bien: los soviéticos (los comunistas) están contaminando Estados Unidos.

A la película ni siquiera le falta la presencia del actor Sterling Hayden, víctima de la caza de brujas por ser comunista, representando el papel de un general anticomunista que lleva un nombre significativo: Jack El Destripador.

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