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Día: 17 de diciembre de 2022 (página 1 de 1)

Los planes de Estados Unidos para desestabilizar Ucrania datan de la época soviética

Las operaciones estadounidenses para desestabilizar Ucrania y distanciarla de Moscú comenzaron en las primeras fases de la Guerra Fría, al menos en la fase de planificación. Según los estadounidenses, un levantamiento antisoviético habría contado con un amplio apoyo en diferentes partes de la República Socialista Soviética de Ucrania, y la línea “a favor” y “en contra” de Moscú habría seguido aproximadamente la frontera que ahora separa las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk y Crimea del resto de Ucrania.

Es lo que se desprende de un estudio titulado “Factores de resistencia y áreas de operaciones de las Fuerzas Especiales en Ucrania – 1957”, encargado por el ejército estadounidense al Proyecto de Investigación de la Universidad de Georgetown. El estudio recuerda en sus temas y enfoque analítico a los surgidos tras la caída de la URSS y el Pacto de Varsovia, en los que se evaluaban las posibilidades de infiltración de agentes e instigación de levantamientos en los países europeos miembros de la OTAN.

La CIA desclasificó este estudio en 2014 (el año en que el Golpe de Estado condujo al derrocamiento del gobierno de Kiev, afín a Moscú), que fue citado en detalle por la BBC en un artículo de 2017 rastreable hoy en su versión rusa.

Bajo la presidencia de Truman, Estados Unidos afrontó la Guerra Fría aplicando una política de “convertir” a los enemigos derrotados (Alemania y Japón) en amigos y a los aliados de la Segunda Guerra Mundial (la URSS) en enemigos.

En respuesta a la Operación Barbarroja, la invasión de la URSS por el Eje, fue el mismo Truman, senador en 1941, quien declaró que “si veíamos que Alemania ganaba, debíamos apoyar a Rusia, pero si Rusia estaba cerca de la victoria, debíamos ayudar a Alemania y, de ese modo, dejarlos que se maten todo lo posible”.

La CIA, creada por el propio Truman en 1947, se convirtió en el principal instrumento de las operaciones clandestinas que caracterizaron la política exterior de Washington.

El estudio de 1957 dividía Ucrania en 12 zonas delimitadas en función de la lealtad a la URSS o del apoyo a un posible levantamiento contra el gobierno soviético, teniendo en cuenta el hecho de que desde 1945 hasta mediados de la década de 1950, las organizaciones de resistencia antisoviética permanecieron activas, tanto en Ucrania como en las repúblicas bálticas anexionadas a la URSS. El informe recordaba que sólo se registró una bolsa de resistencia activa después de 1955, en la región de los Cárpatos.

La parte occidental de Ucrania -en particular las regiones de Volyn y Lutsk, que incluyen ciudades como Kovel, Lutsk, Kostopol y Vladimirovets- fue considerada por los analistas estadounidenses la zona más prometedora para lanzar una insurgencia e infiltrar fuerzas especiales.

El informe atribuía los sentimientos antisoviéticos principalmente a Galitzia (Lvov, Ternopil e Ivano-Frankovsk), en la zona que comprende las regiones de Kiev, Cherkasy, Zhytomyr y Jmelnytsk, donde la población local podría proporcionar “un apoyo significativo a las fuerzas especiales estadounidenses”, ya que en esta zona hubo un fuerte movimiento ucraniano en 1917-1921 y una fuerte resistencia armada durante la colectivización.

Las zonas de Ucrania fronterizas con Hungría y Rumanía también parecían interesantes para la infiltración de fuerzas especiales. Según datos estadounidenses, en Transcarpacia, las formaciones de la resistencia antisoviética ucraniana operaron después de la Segunda Guerra Mundial al norte de Uzhgorod y en las zonas montañosas. Una situación similar se dio en la región de Chernovtsyi, donde los rebeldes ucranianos actuaban en las zonas montañosas.

En cambio, Crimea y Donbass se definieron como “poco prometedoras” porque la mayoría de la población local era progubernamental y, de hecho, se consideraba rusa en lugar de ucraniana (zonas I y II).

El conflicto entre las zonas III-XII y las zonas I-II se describe en el informe de 1957 como “muy probable” y potencialmente “factible”, lo que indica la posibilidad de una creciente oposición dentro de la URSS en preparación de su colapso. En el mismo informe, la CIA estimaba que las Zonas 3, 4 y 5 (Odesa, Jarkov, Zaporiya) también se pondrían del lado del Donbas si estallaba un conflicto de ese tipo.

Por lo tanto, es interesante analizar la cartografía de Ucrania creada por la CIA en 1957 en el contexto de la idea de desplegar unidades de fuerzas especiales estadounidenses en apoyo de la insurgencia. Unos 60 años después, existen varias similitudes con la situación actual.

Desde las regiones decididamente prorrusas de Donbas hasta las regiones “tendencialmente” prorrusas de Odesa, Jarkov, Zaporiya (y Jerson), pasando por las regiones del centro-oeste habitados por una población que ahora es mayoritariamente hostil a Moscú como lo fue durante la Guerra Fría hacia la URSS.

Tras analizar la geografía, el sentimiento de la población y los objetivos estratégicos para el sabotaje, el informe destacaba cinco zonas en las que las fuerzas especiales podrían llevar a cabo ataques eficaces, principalmente en las regiones septentrional y occidental, pero también a lo largo de la costa meridional de Crimea, una zona rica en objetivos militares e infraestructuras en la que, según el informe, las fuerzas especiales estadounidenses contarían con el apoyo de los tártaros de Crimea, considerados antisoviéticos.

En este contexto, la región económica más importante, el Donbas, fue descrita como totalmente inadecuada debido a la falta de lugares donde esconderse, la alta densidad de población y “un gran número de rusos y ucranianos”.

El informe no contiene ninguna indicación sobre cuándo o en qué condiciones podrían haberse desencadenado las operaciones de las fuerzas especiales estadounidenses en la Ucrania soviética, sino que aparece principalmente como una contribución analítica a la planificación de operaciones que se implementarían rápidamente en caso de conflicto y confirma cómo, ya en los primeros años de la Guerra Fría, Ucrania era vista por Estados Unidos como la “bisagra” que unía a Rusia con Europa, en la que destacar y prepararse para golpear los puntos débiles de Moscú.

En 1997, cuarenta años después del estudio encargado por el ejército estadounidense, Zbigniew Brzezinski, politólogo estadounidense de origen polaco que fue asesor de seguridad nacional del Presidente Jimmy Carter, teorizó en su libro “El Gran Tablero de Ajedrez” que sin el control de Ucrania, Rusia perdería su papel de poder en Europa.

Gianandrea Gaian https://www.analisidifesa.it/2022/12/gli-stati-uniti-valutavano-di-infiltrare-incursori-e-destabilizzare-lucraina-gia-nel-1957/

La mitad del presupuesto del Pentágono no aparece por ninguna parte

El Pentágono ha suspendido su quinta auditoría porque el 61 por cien de sus activos (3,7 billones de dólares) no aparecen por ninguna parte. Nada menos que 1.600 auditores revisaron inútilmente los libros de contabilidad, donde debía haber 3,5 billones de dólares en activos y 3,7 billones de dólares en pasivos.

El auditor Mike McCord declaró que el Departamento intentó realizar una auditoría “limpia” el año pasado, pero “no obtuvimos un sobresaliente”. No es ninguna sorpresa. Desde principios de la década de los noventa, la legislación estadounidense exige auditorías obligatorias a todos los organismos públicos y, desde 2013 todos, salvo el Pentágono, han podido cumplirlas.

El tamaño y el alcance del Departamento -que representa más de la mitad del gasto discrecional de Estados Unidos y cuenta con activos que van desde personal y suministros hasta bases y armamento- dificultan su fiscalización.

En diciembre de 2017 los contables del Pentágono se propusieron revisar los libros en lo que fue la primera auditoría completa del organismo en su historia. El intento fracasó al año siguiente y los cuatro siguientes.

El agujero podría tardar años en ser explorado. Como no los registros contables necesarios para completar la evaluación no existen, las cinco auditorías recibieron un “descargo de responsabilidad”.

McCord, que fue interventor del Pentágono de 2009 a 2017 y de nuevo desde junio de 2021, dijo que la auditoría más reciente implicó 220 visitas presenciales y 750 visitas virtuales por parte de los contables del Pentágono y de especialistas de una empresa de contabilidad independiente.

Lo que encontraron fueron varias deficiencias nuevas en el modo en que el Departamento de Defensa contabiliza sus activos, que incluyen casi 2,9 millones de efectivos militares, equipos y armas, entre ellos 19.700 aviones y más de 290 buques; y elementos físicos, como edificios, carreteras y vallas en 4.860 emplazamientos de todo el mundo.

Para dividir el trabajo, el Pentágono organiza 27 auditorías separadas y más pequeñas, y luego combina la información para obtener una visión de conjunto y evitar tener en el expediente algo que no existe en la realidad o tener grandes discrepancias.

La Guerra de Ucrania les ha ofrecido a los contables “un momento muy instructivo durante la auditoría”, ya que les permite imaginar la naturaleza crítica del seguimiento preciso de armas y equipos en caso de conflicto. “Para mí es un buen ejemplo de por qué es importante hacer las cosas bien: contar las existencias, saber dónde están y cuándo van a llegar”, afirma McCord.

—https://thehill.com/policy/defense/3740921-defense-department-fails-another-audit-but-makes-progress/

La incorporación a Rusia de las cuatro regiones ucranianas es legítima

El Presidente Putin anunció la integración de cuatro regiones ucranianas en Rusia en una ceremonia celebrada el 30 de septiembre de 2022. Esto se produjo después de los referendos celebrados en cada territorio, incluida la región de Jerson, donde el 87 por cien de la población votó a favor de la adhesión, la región de Lugansk, donde las autoridades declararon que el 98,4 por cien de la población votó a favor de unirse a Rusia, Zaporiya, donde la cifra fue del 93,1 por cien a favor de la adhesión, y Donetsk, donde la cifra fue del 99,2 por cien.

Sin embargo, Occidente rechazó unánimemente estos referendos por considerarlos una farsa. La cuestión es si las recientes adhesiones de Rusia pueden justificarse o no. Según el derecho internacional (Estatuto de Roma del Tribunal Penal Internacional), una “anexión” es un acto de agresión, y “anexión” es el término utilizado por Occidente para describir la adhesión de las cuatro regiones.

Sin embargo, se puede argumentar que la “anexión” prohibida por el derecho internacional implica el uso de la fuerza por parte de un Estado determinado que decide “anexionarse” un territorio. En el caso de las cuatro regiones de Ucrania, se celebraron referendos antes de que las regiones fueran “anexionadas”.

Aquí se plantea una cuestión: si la “anexión” se basa en los resultados de un referéndum, ¿puede seguir considerándose un acto de agresión?

Los referendos pueden considerarse una forma de democracia directa, ya que una cuestión se decide por votación pública y no por representantes (una forma indirecta de democracia). Por lo tanto, estos resultados pueden considerarse válidos y basados en la libre voluntad de los ciudadanos de estas regiones, que votaron abrumadoramente a favor de la adhesión, ya que el principio de igualdad de derechos y autodeterminación está consagrado en el Derecho internacional y, más concretamente, en el apartado 2 del artículo 1 de la Carta de la ONU.

También se puede argumentar que, según el derecho internacional, los ciudadanos de un territorio deben ser iguales ante la ley y tienen derecho a igual protección contra la violencia y la discriminación. Este principio está consagrado en el artículo 7 de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

En su discurso del 30 de septiembre de 2022, el presidente Putin afirmó que durante ocho largos años, desde el Golpe de Maidan en 2014, el pueblo de Donetsk ha sido objeto de genocidio, bombardeos regulares y bloqueos; mientras que en Jerson y Zaporiya se ha llevado a cabo una política criminal destinada a cultivar el odio a Rusia y a todo lo ruso.

Esta es una de las justificaciones dadas por Rusia para anexionarse estos territorios. De hecho, las dos zonas separatistas de Donetsk y Lugansk se han opuesto al nuevo gobierno instalado en Ucrania en 2014, lo que ha provocado tensiones entre el gobierno ucraniano y estas dos regiones.

Los Acuerdos de Minsk, firmados en 2014, debía resolver el conflicto entre estas dos zonas y el gobierno ucraniano. Los principales términos del acuerdo incluían: garantizar un alto el fuego inmediato, tomar medidas para mejorar la situación humanitaria en el Donbas, adoptar un programa de recuperación económica para el Donbas, etc.

Este acuerdo fue firmado y ratificado por Ucrania, pero Rusia acusó a este país de no respetarlo.

Si uno se toma la molestia de consultar el sitio web de la OSCE, los informes diarios enumeran las violaciones del acuerdo de Minsk registradas por la OSCE. Por ejemplo, si tomamos el 28 de enero de 2022, antes de que Rusia lanzara su operación militar especial en Ucrania, la OSCE registró 173 violaciones del alto el fuego, incluidas 6 explosiones.

Si nos remontamos al 30 de junio de 2015, la OSCE informó de combates en torno al aeropuerto de Donetsk. Al parecer, según los datos de la OSCE, se han producido violaciones casi diarias de los Acuerdos de Minsk.

Además, en 2019, Ucrania introdujo una legislación que imponía el ucraniano como lengua principal y prohibía el uso del ruso en tiendas, restaurantes y servicios. Los ciudadanos se enfrentaban a multas si no cumplían esta legislación.

Por lo tanto, está claro que si Occidente hubiera exigido la plena aplicación de la Acuerdo de Minsk en primer lugar, la serie de acontecimientos que condujeron a la adhesión de estos territorios ucranianos a Rusia no habría tenido lugar.

En las últimas décadas, Occidente ha dominado los asuntos internacionales y el orden mundial interviniendo en países como Irak, Siria y la antigua Yugoslavia, por citar sólo algunos. En su discurso del 30 de septiembre de 2022, el Presidente Putin criticó abiertamente la hegemonía occidental y afirmó que Occidente había utilizado métodos violentos contra Estados independientes, valores tradicionales y culturas ancestrales para socavar nuevas corrientes globales y procesos internacionales y colectivos que no podía controlar.

Continuó diciendo que es vital para Occidente someter a todos los países a la soberanía del dólar estadounidense. Es difícil rebatir las afirmaciones del Presidente Putin si se tienen en cuenta las operaciones occidentales contra Estados independientes para obligarlos a seguir la política occidental.

Si se negaban, Occidente provocaría un cambio de régimen y saquearía la mayor cantidad posible de sus recursos. Irak es un buen ejemplo: Sadam desafió el dominio del dólar y decidió vender su petróleo en euros. Como consecuencia, se impusieron al país toda una serie de sanciones y fue expulsado del poder.

En el caso de los conflictos de Irak, Libia y la antigua Yugoslavia, las operaciones de Occidente violaron el derecho internacional pero no fueron sancionadas por la ONU.

Occidente también ha tenido que lidiar con las consecuencias de sus cambios de régimen en países como Afganistán y Libia. También se ha visto obligada a retirarse de zonas que en un principio tenía como objetivo para el cambio de régimen. Estas intervenciones han tenido efectos desastrosos en la propia población de los países occidentales, con problemas como el aumento de la inmigración y el contrabando de inmigrantes, sobre todo a través del Canal de la Mancha.

Por el contrario, Rusia, al incorporar los cuatro territorios ucranianos y hacerlos parte de la Federación Rusa, muestra su compromiso a largo plazo y su apoyo a su desarrollo. Como declaró Putin en su discurso, Rusia reconstruirá las ciudades y pueblos destruidos, los edificios residenciales, las escuelas, los teatros, los museos, etc. Queda por ver si esto se llevará a cabo y sólo el tiempo dirá si Rusia es capaz de hacerlo.

El reciente conflicto con Ucrania demuestra claramente que Occidente, con su flagrante desprecio por el derecho internacional, difícilmente puede acusar a Rusia de no respetarlo. Como dice la Biblia en Juan 8:7 “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Los principios del derecho internacional deben ser respetados por todos, de lo contrario carecen de sentido.

Lo que está ocurriendo en Ucrania demuestra que Rusia está consiguiendo resistirse a la dominación occidental, a pesar de la guerra de desgaste económico que Occidente ha lanzado contra ella. La resistencia de Rusia a la dominación occidental y su capacidad para perseguir sus objetivos demuestran la aparición de nuevos centros de poder, como señaló Putin en su discurso.

Además, este rechazo a la dominación y hegemonía occidentales está ganando terreno y parece estar inspirando a otros países a perseguir libremente sus propias ambiciones políticas y económicas, lo que llevaría al colapso de la dominación occidental y a un cambio fundamental en el orden mundial y en el derecho y los principios internacionales que lo sustentan.

—Natasha Hawa https://english.almayadeen.net/articles/blog/is-russias-accession-of-four-regions-justified-how

Dominar la tecnología para preservar la hegemonía

El 7 de octubre Estados Unidos declaró oficialmente la guerra económica contra China. Aunque ningún canal de noticias cubrió el acontecimiento, todos tendremos que sufrir sus consecuencias. Ese día, gobierno de Biden lanzó una ofensiva tecnológica contra el país asiático, imponiendo límites más estrictos y controles más rigurosos a la exportación no sólo de microprocesadores, sino también de sus esquemas, las máquinas utilizadas para grabar los circuitos en silicio y las herramientas que estas máquinas producen. Ahora, si una fábrica china necesita alguno de estos componentes para producir bienes, las empresas deben solicitar un permiso especial para importarlos. ¿Por qué ha impuesto Estados Unidos estas sanciones? ¿Y por qué son tan duros?

Los circuitos integrados forman parte de todos los productos que consumimos -es decir, todo lo que fabrica China-, desde coches a teléfonos, desde lavadoras a tostadoras, desde televisores a microondas. Por eso China consume más del 70 por cien de los semiconductores del mundo, aunque, en contra de la creencia popular, sólo produce el 15 por cien. De hecho, esta última cifra es incluso engañosa: China no produce ninguno de los chips más modernos, los utilizados para la inteligencia artificial o los sistemas avanzados de armamento.

No vamos a ninguna parte sin esta tecnología. Rusia lo descubrió cuando, tras ser embargada por Occidente a raíz de su invasión de Ucrania, se vio obligada a cerrar algunas de sus mayores fábricas de automóviles. La escasez de chips también contribuye a la relativa ineficacia de los misiles rusos: muy pocos son “inteligentes”, es decir, disponen de microprocesadores que guían y corrigen su trayectoria. Hoy en día, la producción de microprocesadores es un proceso industrial internacional, con cuatro puntos nodales principales: 1) modelos de chips de inteligencia artificial, 2) aplicaciones informáticas de automatización de diseño electrónico, 3) equipos de fabricación de semiconductores, 4) componentes de equipos.

Los últimos movimientos del gobierno de Biden explotan simultáneamente el dominio estadounidense en las cuatro áreas. Las medidas muestran el grado sin precedentes de intervencionismo del gobierno estadounidense, dirigido no sólo a preservar su control sobre estas tecnologías, sino también a lanzar una nueva política para asfixiar activamente a grandes segmentos de la industria china, con la intención de acabar con ella.

El nuevo embargo a la exportación no se parece a nada visto desde la Guerra Fría. Incluso un comentarista tan obsequioso con Estados Unidos como Martin Wolf, del Financial Times, observa que “los recientes anuncios sobre el control de la exportación de semiconductores, y tecnologías relacionadas, a China son más amenazadores que cualquier cosa que haya hecho Donald Trump”. El objetivo es claramente frenar el desarrollo económico chino. Se trata de un acto de guerra económica. Y tendrá importantes consecuencias geopolíticas”.

‘Asfixia con intención de matar’

“Asfixia con intención de matar” es una caracterización adecuada de los objetivos del imperio estadounidense, seriamente preocupado por la creciente sofisticación tecnológica de los sistemas armamentísticos chinos, desde sus misiles hipersónicos hasta la inteligencia artificial. De hecho, China ha logrado avances significativos en este ámbito mediante el uso de tecnologías que son propiedad de Estados Unidos o están bajo su control. Durante años, el Pentágono y la Casa Blanca han observado con muda irritación que su competidor avanzaba a pasos agigantados con herramientas que ellos mismos habían proporcionado. La ansiedad por la “amenaza China” no fue solo un impulso pasajero del gobierno de Trump. Estas preocupaciones son compartidas por el de Biden, que ahora persigue los mismos objetivos que su predecesora, pero con un vigor redoblado.

El anuncio estadounidense se hizo pocos días después de la inauguración del Congreso Nacional del Partido Comunista Chino. En cierto sentido, la prohibición de las exportaciones fue una forma de que la Casa Blanca interviniera en el Congreso, que pretendía cimentar la supremacía política de Xi Jinping. A diferencia de las sanciones impuestas a Rusia -que, salvo el bloqueo de los microchips, han sido relativamente ineficaces-, es probable que estas restricciones tengan un impacto considerable, dada la estructura única del mercado de semiconductores y la particularidad de su cadena de producción.

La industria de los chips semiconductores se caracteriza por su dispersión geográfica y su concentración financiera, que se explican por la elevada intensidad de capital de su producción. Esta intensidad de capital se acelera con el tiempo, ya que la dinámica de la industria se basa en la mejora continua del rendimiento, es decir, la capacidad de manejar algoritmos cada vez más complejos al tiempo que se reduce el consumo de energía. Los primeros circuitos integrados fiables desarrollados a principios de los años 60 contenían 130 transistores. El procesador Intel de 1971 tenía 2.300 transistores. En los años noventa el número de transistores en un solo chip superó el millón. En 2010 un chip contenía 560 millones y en 2022 el IPhone de Apple tenía 114.000 millones.

A medida que los transistores se hacían más y más pequeños, las técnicas para fabricarlos sobre un semiconductor se volvían cada vez más sofisticadas. El haz de luz que traza los planos tenía que tener una longitud de onda cada vez menor. Los primeros se situaban entre 700 y 400 milmillonésimas de metro, es decir, nanómetros (nm). Con el tiempo, se redujeron a 190 nm, luego a 130 nm, antes de alcanzar los límites del ultravioleta: sólo 3 nm.

Para lograr estas dimensiones microscópicas se requiere una tecnología costosa y muy compleja: láseres y dispositivos ópticos de notable precisión y los diamantes más puros. Un láser capaz de producir una luz suficientemente estable y precisa se compone de 457.329 piezas, producidas por decenas de miles de empresas especializadas de todo el mundo: una sola impresora de microchips con estas características tiene un valor de 100 millones de dólares, y el último modelo tiene un coste previsto de 300 millones. Esto significa que abrir una fábrica de microchips requiere una inversión de unos 20.000 millones, más o menos la misma cantidad que construir un portaaviones.

Las empresas sin fábricas

La inversión debe amortizarse rápidamente, ya que en pocos años los microchips se ven superados por un modelo más avanzado, compacto y miniaturizado, que requiere equipos, arquitectura y procedimientos totalmente nuevos. Hay límites físicos a este proceso; ahora hemos llegado a capas de sólo unos pocos átomos de grosor. Por eso hay tanta inversión en computación cuántica, donde la incertidumbre cuántica ya no es un límite, sino una característica a explotar. Hoy en día, la mayoría de las empresas de componentes electrónicos ya no fabrican semiconductores; se limitan a modelar y planificar su arquitectura, de ahí el nombre estándar que se les da: “fabless” (*). Pero estas empresas tampoco son pequeñas. Por poner algunos ejemplos, Qualcomm emplea a 45.000 trabajadores y tiene unos ingresos de 35.000 millones de dólares, Nvidia emplea a 22.400 con unos ingresos de 27.000 millones y AMD tiene 15.000 empleados y unos ingresos de 16.000 millones.

Así, la modernidad tecnológica se caracteriza por una gran paradoja: la miniaturización infinitesimal requiere instalaciones cada vez más titánicas, y de tal envergadura que ni siquiera el Pentágono puede permitírselas, a pesar de su presupuesto anual de 700.000 millones de dólares. Un proceso así requiere un nivel de integración igualmente creciente para ensamblar cientos de miles de componentes diferentes, producidos por diversas tecnologías, cada una de ellas hiperespecializada.

El impulso hacia la concentración es inexorable. La producción de las máquinas que “imprimen” estos microchips avanzados está bajo el monopolio de una única empresa holandesa, ASM International, mientras que la producción de los propios chips corre a cargo de un reducido número de empresas, especializadas en un tipo concreto de chip: lógico, DRAM, memoria flash, procesamiento gráfico, etc. La empresa estadounidense Intel produce casi todos los microprocesadores informáticos, mientras que la industria japonesa -que alcanzó su apogeo en los años 80 antes de entrar en crisis a finales de los 90- fue absorbida por la estadounidense Micron, que sigue teniendo fábricas en todo el sudeste asiático.

Sin embargo, sólo hay dos auténticos gigantes de la producción de hardware: uno es Samsung, en Corea del Sur, favorecido por Estados Unidos durante los años 90 para contrarrestar el ascenso de Japón, cuya precocidad antes del final de la Guerra Fría se había convertido en una amenaza; el otro es TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company, con 51.000 empleados, 43.000 millones de facturación y 16.000 millones de beneficios), que abastece a todas las empresas fabless estadounidenses y produce el 90 por cien de los chips más avanzados del mundo.

Así pues, la red de producción de chips es muy dispar, con fábricas repartidas por Holanda, Estados Unidos, Taiwán, Corea del Sur, Japón y Malasia. También está concentrada en manos de cuasi monopolios (ASML para la litografía ultravioleta, Intel para los microprocesadores, Nvidia para las GPU, TSMC y Samsung para la producción) con cantidades astronómicas de inversión. Es esta red la que hace que las sanciones sean tan eficaces: un monopolio estadounidense en el diseño de microchips, establecido por sus grandes empresas sin fábricas, a través del cual se puede ejercer una influencia colosal sobre las empresas de los Estados vasallos que realmente producen el hardware. Estados Unidos puede bloquear eficazmente el progreso tecnológico chino, ya que ningún país del mundo tiene la competencia ni los recursos necesarios para desarrollar sistemas tan sofisticados. Los propios Estados Unidos dependen de infraestructuras tecnológicas desarrolladas en Alemania, Gran Bretaña y otros países.

Pero no se trata sólo de tecnología: también se necesitan ingenieros, investigadores y técnicos formados. Para China, por tanto, el ascenso es empinado, incluso vertiginoso. En este sector, la autarquía tecnológica es imposible.

China se prepara para la guerra tecnológica

Naturalmente, Pekín ha tratado de prepararse para esta eventualidad, habiendo anticipado la llegada de estas restricciones hace algún tiempo almacenando chips e invirtiendo fuertemente en el desarrollo de la producción tecnológica local. Ha hecho algunos progresos en este campo: la empresa china International Semiconductor Manufacturing Corporation (ISMC) ya produce chips, aunque su tecnología va varias generaciones por detrás de TSMC, Samsung e Intel. Sin embargo, a China le resultará imposible seguir el ritmo de sus competidores. No tiene acceso a las máquinas litográficas ni a la luz ultravioleta de alta calidad suministrada por ASML, que ha bloqueado todas las exportaciones. La impotencia de China ante este ataque es evidente: considérese la total falta de respuesta oficial de los dirigentes de Pekín, que no han anunciado ninguna contramedida ni represalia por las sanciones estadounidenses. La estrategia preferida parece ser la ocultación: seguir trabajando bajo el radar antes que ser arrojado por la borda sin boya.

El problema para el bloqueo estadounidense es que gran parte de las exportaciones de TSMC (y luego de Samsung, Intel y ASML) van a China, cuya industria depende de la isla que quieren anexionarse. Los taiwaneses son muy conscientes del papel central que desempeña la industria de semiconductores en su seguridad nacional, hasta el punto de que hablan de un “escudo de silicio”. De hecho, Estados Unidos quiere hacer todo lo posible para no perder el control de esta industria, y China no puede permitirse destruir esta infraestructura en una invasión. Pero este razonamiento era más defendible antes de la actual Guerra Fría entre China y Estados Unidos.

De hecho, dos meses antes del anuncio de las sanciones a China por los microprocesadores, gobierno de Biden lanzó la Ley Chips, que destinaba 50.000 millones de dólares a repatriar al menos parte de la cadena de producción, lo que casi obligaba a Samsung y TSMC a construir nuevas instalaciones de producción (y actualizar las antiguas) en suelo estadounidense. Desde entonces, Samsung se ha comprometido a invertir 200.000 millones de dólares en la construcción de 11 nuevos centros en Texas durante los próximos diez años, aunque es probable que los plazos sean décadas, en plural. Todo esto apunta a una cosa: si bien es cierto que Estados Unidos está dispuesto a “desmundializar” parte de su aparato productivo, también es muy difícil desvincular las economías china y estadounidense tras 40 años de interferencia mutua. Y sería aún más complicado para Estados Unidos convencer a sus otros aliados -Japón, Corea del Sur, Europa- de que desenreden sus economías de China, sobre todo porque estos Estados han utilizado históricamente estos vínculos comerciales para liberarse del yugo estadounidense.

Alemania es un ejemplo de ello: es el mayor perdedor en la guerra de Ucrania. Este conflicto ha puesto en tela de juicio todas las decisiones estratégicas de sus élites en las últimas cinco décadas. Desde el cambio de milenio, Alemania ha basado su fortuna económica -y, por tanto, política- en su relación con China, que se ha convertido en su socio comercial más importante (su comercio asciende a 264.000 millones de dólares anuales). En la actualidad, Alemania sigue reforzando sus lazos bilaterales con China, a pesar del enfriamiento de las relaciones entre Washington y Pekín y de la guerra en curso en Ucrania, que ha perturbado el papel de intermediario de Rusia entre el bloque alemán y China.

En junio, el productor químico alemán Basf anunció una inversión de 10.000 millones de dólares en una nueva central eléctrica en Zhanjiang, al sur de China. Olaf Scholz incluso visitó Pekín a principios de mes, encabezando una delegación de directivos de Volkswagen y Basf. El Canciller viajó con regalos, comprometiéndose a permitir la polémica inversión de la china Costco en una terminal de contenedores en el puerto de Hamburgo. Los Verdes y los liberales (miembros de la coalición gobernante con el SPD de Olaf Scholz) criticaron esta decisión, pero el canciller replicó que la participación de Costco solo sería del 24,9 por cien, sin poder de veto, y solo abarcaría una de las terminales de Hamburgo, algo incomparable con la adquisición total de El Pireo en 2016. Al final, el ala más atlantista de la coalición alemana se vio obligada a aceptar la decisión.

En el clima actual, incluso estos pequeños gestos -el viaje de Scholz a Pekín, menos de 50 millones de dólares de inversión china en Hamburgo- parecen grandes actos de insubordinación, especialmente tras las últimas sanciones estadounidenses. Pero Washington no podía esperar que sus vasallos asiáticos y europeos se limitaran a abrazar esta desmundialización como si la era neoliberal nunca hubiera existido, como si durante las últimas décadas no se les hubiera animado, empujado, casi obligado a vincular sus economías entre sí, creando una red de interdependencias que ahora es difícil de romper.

Sin embargo, los vasallos deben elegir bando cuando estalla un conflicto. Un conflicto que parece una guerra gigantesca, aunque se libre por unas millonésimas de milímetro…

Marco D’Eramo https://newleftreview.org/sidecar/posts/circuits-of-war</>

(*) Se denomina “fabless” a una empresa de semiconductores que no fabrica, ni produce las obleas de silicio, sino que se especializa en el diseño y la comercialización.

La empresa rusa Rosatom gana su pulso contra Finlandia

El 2 de mayo la empresa finlandesa Fennovoima decidió rescindir su contrato con Rosatom, la empresa rusa de la energía atómica. El jueves el Dispute Review Board (DRB), un organismo de arbitraje que dirime disputas económicas internacionales, dictaminó que la decisión era ilegal. La construcción de la central, un proyecto iniciado hace casi 15 años, ya ha sufrido numerosos e importantes retrasos.

El proyecto de construcción de una tercera central nuclear en Finlandia, Hanhikivi-1, iniciado hace casi 15 años, ya había sufrido numerosas dilaciones. Del presupuesto estimado de 7.500 millones de euros necesarios, ya se han gastado 600 millones en los últimos años en el reactor de 1.200 megavatios de Pyhajoki, en la orilla norte del mar Báltico, a unos 100 kilómetros de la ciudad portuaria de Oulu.

Aunque ya se han realizado importantes trabajos preparatorios en el emplazamiento, la construcción del reactor aún no ha comenzado y podría retrasarse aún más. Rosatom ha acogido con satisfacción el arbitraje internacional a su favor en el litigio con Fennovoima, de la que la empresa rusa es accionista minoritario en un 34 por cien del capital.

El DRB considera que la rescisión unilateral “constituye un incumplimiento del contrato”. El último calendario comunicado por Fennovoima el año pasado preveía el inicio de la construcción el añao que viene y la puesta en marcha en 2029.

Por los daños sufridos, Rosatom reclamaba 3.000 millones de dólares y Fennovoima, por su parte, 2.000 millones, pero el DRB dijo, según la empresa rusa, que los daños se determinarán posteriormente.

Hanhikivi-1 no es el único proyecto nuclear que afronta dificultades en Finlandia. El 21 de noviembre el país admitió que la puesta en marcha de la EPR Olkiluoto3 no comenzaría hasta finales de enero como muy pronto. Estaba previsto que la producción regular comenzara este verano, pero se pospuso hasta diciembre tras observarse “material extraño” en la caldera de vapor de la turbina.

Se trata de un duro golpe para Finlandia, que tendrá que prescindir de su EPR, la más potente de Europa con una capacidad de 1.600 megavatios, durante todo o parte del invierno, que ya ha comenzado. Sobre todo porque no se excluye un nuevo retraso. Este EPR estaba destinado a compensar la interrupción de los suministros de electricidad rusa decidida por Moscú tras el anuncio en mayo de la solicitud de adhesión de Finlandia a la OTAN. Estos representaban unos 900 MW, es decir, el 10 por cien del consumo finlandés. Mientras tanto, a partir de octubre Finlandia tuvo que poner en funcionamiento centrales eléctricas de reserva alimentadas con petróleo.

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