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Día: 15 de abril de 2022 (página 1 de 1)

Alemania quiere sustituir el gas ruso por el qatarí

El Ministro alemán de Economía, Robert Habeck, miembro de Los Verdes, ha viajado a Qatar, pero no para impulsar la transición ecológica, sino para buscar la manera de sustituir el gas ruso por el qatarí.

Los Verdes rechazan el gas por principios, pero mucho más si procede de Rusia. Su colega de partido y actual ministra de Asuntos Exteriores, Annalena Baerbock, ya se pronunció en contra de la puesta en marcha del Nord Stream 2 antes de la elección del nuevo Bundestag.

El proyecto se detuvo por presiones de Estados Unidos. Ahora la cuestión es si el gas ruso seguirá fluyendo en el futuro por el viejo Nord Stream 1. Al expropiar la filial alemana de Gazprom, Alemania deja de tener una base comercial para comprar gas a Rusia.

A Los Verdes alemanes la ecología les importa un bledo, o por lo menos, les preocupa mucho más Rusia que el calentamiento planetario. Desde la Guerra de los Balcanes los ecologistas alemanes son los que más han demostrado su fidelidad a las instrucciones de Washington. ¿Por qué no sancionan  a Qatar?

El gas qatarí es un mal menor porque nadie ha impuesto nunca sanciones contra los sátrapas del Golfo, que protegen mejor los derechos humanos que Putin. Qatar no invade países, como Rusia. Lo de Yemen no cuenta, porque sólo lo bombardean de vez en cuando.

La ONU no opina igual y asegura que la Guerra de Yemen es la mayor catástrofe humanitaria del mundo. Hasta la fecha, 300.000 civiles han sido asesinados, pero los cadáveres no aparecen en las televisiones europeas. Es posible que, a diferencia de Bucha, no sean noticia de impacto.

Qatar participó en los ataques ataques contra Libia y Siria, pero eso tampoco es noticia. Ponen la lupa en ciertos cadáveres y cierran los ojos ante todos los demás.

Durante las elecciones Los Verdes hicieron campaña a favor de una política exterior basada en valores feministas. La verborrea ecologista no da para más. Debe ser muy feminista optar por el gas qatarí frente al ruso.

La política europea se ha llenado de cínicos e hipócritas sin escrúpulos, como Los Verdes alemanes.

Parte de guerra

De cómo va la operación militar especial en Ucrania o guerra o invasión, según terminología occidental, lo sabemos, o no lo sabemos, según los medios de comunicación, o de desinformación, y, sobre todo, de opinadores y tertulianos obedientes con la línea impuesta por sus amos de las empresas informativas y sus Gobiernos. Con la pandemia, de la que ya apenas se habla, pasaba tres cuartos de lo mismo.

Nosotros mismos, en este blog, ya no dedicamos tanto espacio a denunciar el timo de la plandemia y lo dedicamos a racionalizar el conflicto que enfrenta a Rusia con el imperialismo yanqui yaciente y sus aliados de la OTAN. Nos hacemos eco de la realidad, pero no la reflejamos según el discurso dominante e imperante intoxicador y manipulador. Por hacerlo te pueden llamar “negacionista” o “prorruso”.

Como decíamos, el “parte de guerra” lo dan “expertos” -tambien en este campo- que nos cuentan no solo cómo va la batalla, sino las intenciones del, digámoslo ya, enemigo: sus objetivos, moral, planes, etc. Todo en función de la propaganda, y así se nos dice que la “guerra-relámpago” (blitzkrieg) rusa ha fracasado, por lo tanto, el músculo ruso no era para tanto, unos abusones, eso sí, unos matones, (ocultando que no se están empleando a fondo) que recuerdan a los nazis que casualmente somos nosotros, pero ahí está el “heroico” pueblo ucraniano -compatible con hablar de refugiados a manta- resistiendo la barbarie imperialista rusa que quiere recobrar el antiguo mapa soviético o, peor aún, zarista. Y para ello se informa de bombardeos a hospitales, panaderías, centrales nucleares, población civil, infraestructura, etc., amén de un nutrido surtido de sufridos y dolientes “fichajes” ucranianos que nos dicen lo que pasa de verdad en Kiev u Odesa desde las pantallas de las televisiones. Ya estén en Chernobyl, Madrid o la frontera polaco-ucraniana.

Lo malo, que no lo peor porque hay que señalar lo malo, de este maelstrom, de esta corriente, es que se tiende a denunciar la propaganda de una parte dando por consabida la propaganda de la otra parte, es decir, que hay dos propagandas, igual de malas, dirán los “ni-nis” y equidistantes. Cuando, en realidad, solo se ve “contrapropaganda” de una sola parte, la de los “buenos”. De la otra ni se sabe, y si se sabe algo, se la prohíbe (Sputnik, RToday).

La OTAN hunde el crucero ruso Moskva en el Mar Negro

El buque insignia de la flota rusa en el mar Negro, el crucero Moskva, fue alcanzado el 14 de abril por dos misiles. Después de evacuar a los más de 500 miembros de la tripulación, el Moskva se hundió cuando era remolcado hacia Sebastopol.

El gobierno de Ucrania se atribuyó el ataque, mientras los rusos aseguraron que se propagó un incendio que hizo explotar las municiones.

La destrucción del Moskva es obra de la OTAN y, más en concreto, de los británicos. Sólo la OTAN es capaz de determinar la posición exacta en tiempo real del buque. Sólo la OTAN puede transmitir esa información a la defensa costera en Odessa, que también está manejada por especialistas de la OTAN.

De ahí las similitudes con el hundimiento del buque General Belgrano en 1982, durante la Guerra de las Malvinas, torpedeado por un submarino británico. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial no hay muchos más precedentes de ataques anfibios contra cruceros de la envergadura del Moskva.

La OTAN lanzó los misiles desde más de 260 kilómetros de distancia. Se trata de misiles antibuque subsónicos RS-360 Neptune, que entraron en servicio el año pasado y están diseñados para destruir buques de superficie de más de 5.000 toneladas. Sus carácterísticas son secretas, aunque se basan en el misil antibuque soviético Kh-35.

El ataque se llevó a cabo a larga distancia porque la flota rusa no se acerca a la costa del Mar Negro, debido los sistemas de defensa costera de la OTAN y las minas navales.

El crucero Moskva entró en servicio en 1983 en la Armada soviética. Fue construido en Nikolayev, Ucrania, entre 1976 y 1979. Participó en la Guerra de Georgia en 2008 y en la de Siria a partir de 2015.

Sólo ‘por las malas’ Rusia ha podido impedir que Ucrania se incorpore a la OTAN

El pasado mes de marzo John Mearsheimer, profesor de la Universidad de Chicago, publicó un esclarecedor artículo en The Economist que contradice el canon dominante que atribuye la responsabilidad de la Guerra de Ucrania a un supuesto “expansionismo ruso”, no al de la OTAN. Según Mearsheimer, los hechos contradicen ese planteamiento (*).

Ni Putin ni su predecesor hablaron nunca de conquistar nuevos territorios para restaurar la antigua Unión Soviética o crear una Gran Rusia. En su opinión, los dirigentes rusos no tienen ambiciones imperialistas, sino que quieren responder a una amenaza para su futuro. En cambio, ven la expansión de la OTAN como una amenaza existencial y, por tanto, quieren una garantía de que no se producirá.

“La clave de todo es la garantía de que la OTAN no se expandirá hacia el este”, dijo Serguei Lavrov, el ministro de Asuntos Exteriores ruso.

Profesor de política internacional, Mearsheimer forma parte de una corriente que, incluso dentro de Estados Unidos, lleva advirtiendo contra la expansión de la OTAN desde finales de los años noventa.

La Guerra de Ucrania se gestó en la cumbre de la OTAN celebrada en Bucarest en abril de 2008. El entonces Presidente, George W. Bush, presionó a la alianza y anunció que Ucrania y Georgia se convertirían en miembros. Los dirigentes rusos lo vieron como una amenaza existencial.

Robert Gates, Secretario de Defensa en el momento de la cumbre de Bucarest de 2008, dijo que “los intentos de incorporar a Georgia y Ucrania a la OTAN han ido realmente demasiado lejos”. En aquel momento, la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Nicolas Sarkozy, también se opusieron a la entrada de Ucrania en la OTAN.

“Sin embargo, Estados Unidos ignoró la línea roja de Moscú y siguió haciendo de Ucrania un bastión occidental en la frontera con Rusia”, escribe Mearsheimer.

La estrategia de Bush tenía dos aspectos: un acercamiento a la Unión Europea y la instalación de un gobierno títere en Kiev. Este último aspecto pasó a primer plano con el levantamiento de Maidan en 2014. Apoyado por Estados Unidos, este levantamiento hizo caer al gobierno elegido democráticamente.

La reacción de Rusia fue inmediata. Se anexionó Crimea apoyó la sublevación en la región de Donbás, en el este de Ucrania.

El segundo gran enfrentamiento tuvo lugar a finales del año pasado: el intento de convertir a Ucrania en miembro de la OTAN. Según Mearsheimer, eso fue lo que condujo a la guerra actual.

Ocurrió poco a poco. En 2017 el gobierno de Trump vendió armas a Ucrania y otros países de la OTAN Le siguieron. El ejército ucraniano también recibió formación y entrenamiento de la OTAN y se le permitió participar en ejercicios militares conjuntos en el mar y en el aire.

Biden fue más allá. El 10 de noviembre del año pasado, Ucrania y Estados Unidos firmaron una “Carta de Asociación Estratégica” según la cual Ucrania “está comprometida con las profundas y amplias reformas necesarias para su plena integración en las instituciones europeas y euroatlánticas”.

Rusia comenzó a movilizar su ejército en la frontera ucraniana “para hacer saber su determinación a Washington”. El Kremlin exigió una garantía por escrito de que Ucrania nunca formaría parte de la OTAN, pero Washington no cedió. El 26 de enero el secretario de Estado, Anthony Blinken, declaró que “no hay ningún cambio, no habrá ningún cambio”.

Quería decir “por las buenas”. Ya veremos si por las malas hay algún cambio o no.

(*) https://www.economist.com/by-invitation/2022/03/11/john-mearsheimer-on-why-the-west-is-principally-responsible-for-the-ukrainian-crisis

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