La web más censurada en internet

Día: 6 de octubre de 2021 (página 1 de 1)

Aparece quemado un centro de torturas de la CIA en Kabul

Un comandante talibán invitó a los medios de comunicación a inspeccionar el lugar donde Estados Unidos realizó incursiones mortales y torturó a los prisioneros.

Los coches, minibuses y vehículos blindados que la CIA utilizaba para librar su guerra en la sombra en Afganistán fueron alineados y quemados hasta quedar irreconocibles antes de que se marcharan las tropas estadounidenses. Bajo sus caparazones de color gris ceniza, los charcos de metal fundido se habían solidificado en depósitos permanentes y brillantes de metal cuando el fuego se apagó.

La falsa aldea afgana en la que entrenaron a fuerzas paramilitares vinculadas a algunos de los peores abusos contra los derechos humanos de la guerra se había derrumbado sobre sí misma. Sólo un alto muro de hormigón dominaba todavía los montones de barro y las vigas retorcidas que antaño se utilizaban para entrenar en los odiosos asaltos nocturnos a las casas de los civiles.

El enorme depósito de municiones fue destruido. Los numerosos medios para matar y mutilar a los seres humanos, desde los fusiles hasta las granadas, desde los morteros hasta la artillería pesada, dispuestos en tres largas filas de contenedores, uno encima de otro, se redujeron a fragmentos de metal retorcido. El estallido de la enorme explosión, que se produjo poco después del atentado suicida en el aeropuerto de Kabul el 26 de agosto de 2021, sacudió y aterrorizó a la capital.

Todos estos edificios estaban situados en el complejo de la CIA, que durante 20 años ha sido el centro oscuro y secreto de la “guerra contra el terror” dirigida por Estados Unidos, un lugar donde se han producido algunos de los peores abusos que han empañado la operación en Afganistán.

El vasto complejo de la ladera, que abarca tres kilómetros cuadrados al noreste del aeropuerto, se hizo tristemente célebre al menos en 2005 al comienzo del conflicto por las torturas y asesinatos cometidos en su prisión llamada “Salt Pit”, cuyo nombre en clave era Cobalt para la CIA. Los hombres que estaban recluidos allí la llamaban la “prisión oscura”, denunciada por Human Right Watch en diciembre de 2005, porque no había luz en sus celdas. La única luz ocasional provenía de los faros de los guardianes.

Fue aquí donde Gul Rahman murió de hipotermia en 2002 tras ser encadenado a una pared, medio desnudo, y dejado toda la noche a temperaturas bajo cero. Su muerte dio lugar a las primeras directrices oficiales de la CIA sobre los interrogatorios en el marco de un nuevo régimen de tortura, que se plasmaron en un informe de 2014 en el que se concluía que el maltrato a los prisioneros no aportaba información útil (*).

La base fue durante dos décadas un secreto muy bien guardado, visible sólo en las fotos de los satélites, guiados por el testimonio de los supervivientes. Ahora, las fuerzas especiales talibanes se han trasladado al lugar y, recientemente, han abierto brevemente el recinto secreto a los periodistas.

“Queremos mostrar cómo han desperdiciado todas estas cosas que podrían haber servido para construir nuestro país”, dijo el mulah Hassanain, comandante de la unidad de élite 313 de los talibanes, que dirigió el recorrido por los recintos destruidos y quemados, los “pozos de fuego” y los coches, autobuses y vehículos militares blindados calcinados.

Las fuerzas especiales talibanes incluyen a los terroristas suicidas que recientemente marcharon por Kabul para celebrar la toma de la capital. Vehículos que ahora llevan el logotipo oficial de su “escuadrón suicida” escoltan a los periodistas por la antigua base de la CIA.

Fue una yuxtaposición inquietantemente irónica de las unidades más crueles y despiadadas de ambos bandos de esta guerra, un recordatorio del sufrimiento infligido a los civiles por todos los combatientes bajo la apariencia de objetivos superiores, durante varias décadas.

“Los aspirantes a mártires fueron los responsables de los ataques a lugares importantes de los invasores y del régimen. Ahora controlan lugares importantes”, dijo un funcionario talibán, cuando se le preguntó por qué los escuadrones suicidas escoltaban a los periodistas, y si iban a seguir operando. “Este es un batallón muy grande. Son responsables de la seguridad de lugares importantes. Se ampliarán y organizarán mejor. Siempre que haya una necesidad, responderán. Siempre están dispuestos a hacer sacrificios por nuestro país y la defensa de nuestro pueblo”.

Según el mulah Hassanain, tienen previsto utilizar la base de la CIA para su propio entrenamiento militar, por lo que es probable que este breve vistazo al complejo sea la primera y última vez que se permita la entrada a los medios de comunicación.

Los hombres que lo custodiaban ya se habían puesto el camuflaje a rayas de tigre de la antigua Dirección Nacional de Seguridad afgana, la agencia de espionaje que antes se encargaba de seguirlos.

Las unidades paramilitares que operaban aquí, con sede en cuarteles justo al lado del emplazamiento de la antigua prisión de Salt Pit, eran de las más temidas del país, envueltas en acusaciones de abusos que incluían la ejecución extrajudicial de niños y otros civiles. Los barracones habían sido abandonados tan rápidamente que los hombres que los habitaban habían dejado atrás alimentos apenas iniciados, y los suelos de los barracones estaban llenos de objetos personales desparramados por las taquillas vaciadas, despejadas en un aparente frenesí.

En su mayor parte, se habían llevado o destruido todo lo que tenía nombres o rangos, pero estaba el parche 01 de la fuerzas especiales afganas aliadas y un libro lleno de notas manuscritas tomadas durante semanas de entrenamiento.

Cerca de allí, el edificio de la prisión de Salt Pit había sido aparentemente arrasado unos meses antes. Una investigación por satélite del New York Times reveló que, desde la primavera, un grupo de edificios en esta parte del complejo de la CIA había sido arrasado.

Los funcionarios talibanes dijeron que no tenían detalles sobre Salt Pit ni sobre lo que había sucedido con la antigua prisión. La familia de Gul Rahman sigue buscando su cuerpo, que nunca les ha sido devuelto.

Otras técnicas de tortura registradas en el lugar incluyen la “alimentación forzada por vía rectal”, el encadenamiento de los presos a barras por encima de sus cabezas y la denegación de “privilegios” de aseo, dejándolos desnudos o con pañales para adultos.

El equipo de construcción estaba abandonado en el lugar, con losas de hormigón a medio verter. Al lado, un edificio que había sido fortificado con puertas y equipos de alta tecnología había sido aparentemente bombardeado, su interior estaba tan totalmente destruido y quemado como los coches del exterior.

La destrucción de equipos sensibles en la base debió de ser compleja, y había pruebas de varias fosas de combustión en las que se arrojaron a las llamas desde botiquines hasta un manual de mando, así como piezas de mayor tamaño.

Los funcionarios talibanes se mostraron nerviosos por dejar entrar a los periodistas en zonas que no habían sido oficialmente despejadas. Según Hassanain, habían encontrado varias bombas trampa entre los escombros del campamento y temían que hubiera más.

Durante días, los helicópteros transportaron a cientos de personas desde la base hasta el interior del aeropuerto de Kabul, donde los hombres de la fuerza afgana 01, conscientes de que podrían ser objeto de represalias, ayudaron a asegurar el perímetro a cambio de evacuarlos en las últimas horas, según un acuerdo con Estados Unidos.

Cerca de allí había una sala de recreo en la que se acumulaban mesas de billar, ping-pong, dardos y futbolines. Una caja en la esquina contenía rompecabezas, del tipo cubo de Rubik. No está claro qué harán los talibanes, antaño tan austeros que incluso prohibían el ajedrez, con los accesorios del entretenimiento militar occidental.

—https://www.theguardian.com/world/2021/oct/03/inside-the-cias-secret-kabul-base-burned-out-and-abandoned-in-haste

Huelga de los 60.000 trabajadores de Hollywood por primera vez en la historia

Son los miles de nombres sin brillo de estrellas que llenan los títulos de crédito y permiten entender el esfuerzo conjunto que son una película o una serie; hombres y mujeres sin cuyos trabajos detrás de los focos, desde operando cámaras o en la sala de montaje hasta asistiendo en los guiones o vistiendo y maquillando a los actores y construyendo decorados, las pantallas estarían vacías. Por primera vez en los 128 años desde que empezaron a organizarse sindicalmente en Estados Unidos están dispuestos a paralizar casi completamente la industria audiovisual en el país si los productores y grandes estudios no les dan unas condiciones laborales más dignas o, simplemente, razonables. Y Hollywood tiembla.

El lunes, dos semanas después de que se rompieran las duras negociaciones que desde hace meses mantenía el sindicato IATSE con la Alianza de Productores de Cine y Televisión (AMPTP por sus siglas en inglés) para renovar convenios de tres años que expiraron en julio, más de 57.000 trabajadores del cine votaron abrumadoramente a favor de respaldar la huelga. Son el 99% de los miembros de esa unión con 150.000 afiliados en Estados Unidos y Canadá a los que afectan los contratos en disputa, en Los Ángeles y a nivel nacional, y que se registraron para votar.

Con esa señal de unidad dotaron a sus dirigentes de una herramienta de negociación poderosa, que hizo inmediatamente a los representantes de estudios y plataformas volver a las conversaciones, que se reiniciaron el martes.

Sobre la mesa han puesto reclamaciones básicas: sueldos dignos para los trabajadores peor pagados, incrementos salariales y participación en beneficios por algunos trabajos en “nuevos medios” (en alusión a los servicios de “streaming”). Piden también periodos más largos de descanso entre turnos y en fines de semana que acaben con “horarios laborales excesivamente inseguros y dañinos” y reclaman que se refuercen las obligaciones de los estudios para dar a los trabajadores tiempo para comer en los maratonianos rodajes, incrementando las multas si no se ofrecen esas pausas (castigos que ahora son tan bajos que algunos productores incluso los asumen y los incluyen en sus presupuestos).

De momento el diálogo continúa, pero la amenaza de un paro existe. Los trabajadores se muestran más decididos que nunca a reivindicar derechos laborales, especialmente después de la pandemia. Han pasado meses denunciando para quien quiera escucharles las condiciones en que trabajan, usando el altavoz de las redes sociales para exponerlas, especialmente en una cuenta de instagram donde más de mil han expuesto historias de horror.

Con su campaña pública se han ganado apoyos y respaldos. Los han tenido, por ejemplo, de otros miembros de la industria, desde nombres destacados como Octavia Spencer, Jane Fonda o Danny DeVito hasta de los dirigentes de sindicatos de directores, guionistas y actores (cuyos convenios también deben renegociarse pronto). Su lucha resuena también en despachos oficiales y la AMPTP han llegado una carta firmada por 120 congresistas en Washington, otra de 30 senadores de Nueva York y una más de 50 representantes en la legislatura estatal de California apoyando las reclamaciones de los trabajadores y urgiendo a una negociación “justa”.

En un comunicado tras la votación del lunes Matthew Loeb, el presidente del sindicato, aseguró que el objetivo final es llegar a un acuerdo pero también explicó que en el fondo la votación aborda cuestiones de “calidad de vida así como sobre la salud y seguridad de los que trabajan en la industria del cine y la televisión”. El dirigente sindical también calificó de “incomprensible” que una patronal que incluye “megacorporaciones que valen miles de millones de dólares, alegue que no puede cubrir para los equipos que trabajan tras las cámaras necesidades básicas como [horas de] sueño adecuado, paros de comida y sueldos que permitan vivir”.

Los estudios defienden que ya habían ofrecido respuesta a algunas de las peticiones sindicales, como un acuerdo para financiar un déficit de 400 millones de dólares en su fondo de pensiones y de cobertura médica, algunas ligeras subidas salariales e incrementos en los periodos de descanso entre turnos de rodaje. Para limitar las concesiones, no obstante, alegan que la industria enfrenta “retos y realidades económicas conforme se trabaja para recuperarse del impacto económico de la pandemia”.

La visión desde el lado de los trabajadores es distinta. Aseguran que, precisamente para recuperar el tiempo perdido durante la pandemia, los estudios y especialmente las plataformas, necesitadas de contenido, están intensificando los rodajes a un ritmo brutal y gastando cantidades ingentes de dinero para conseguir grandes nombres mientras recortan en otras partes vitales para las producciones. En “The Hollywood Reporter” hace unos días una maquilladora, Kristina Frisch, contaba cómo en el primer trabajo tras el parón pandémico tuvo un contrato que implicaba seis días por semana todo el rodaje y nunca parar para comer. “Era como si, por haber tenido que parar por las restricciones, ahora tuviéramos que trabajar más tiempo y más duro”. En el mismo artículo Colby Bachiller, coordinadora de guion, explicaba: “Incluso antes de la pandemia sabíamos que los sueldos y las horas eran insoportables, insostenibles y nada saludables, pero ahora son simplemente crueles”.

Como ha sucedido en otros sectores, además, muchos trabajadores han salido de la pandemia con una actitud renovada hacia sus situaciones laborales. “Somos personas, no máquinas”, le decía a “The New York Times” Sarah Graalman, una maquilladora. “Solo porque matarnos trabajando ha sido lo normal no significa que sea lo correcto. Miles de nosotros nos dimos cuenta en la pandemia. Tenemos que tener un equilibrio entre vida y trabajo”.

Ha habido otras huelgas en Hollywood, como la de 100 días de los guionistas entre 2007 y 2008. Aunque aquel paro se calcula que costó a la economía de California 2.100 millones de dólares y la pérdida de casi 38.000 empleos, los estudios entonces pudieron tirar de material que ya estaba escrito. Esta vez sería distinto: sin los trabajadores que ahora amenazan con parar es imposible rodar.

—https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20211006/huelga-trabajadores-hollywood-condiciones-laborales-cine-series-12163630

Será un invierno muy frío y muy caro

El precio al contado del gas natural en Europa acaba de superar el umbral de un dólar por metro cúbico, con consecuencias conocidas en toda Europa. En Reino Unido, las fábricas de fertilizantes no pueden funcionar a esos precios y han cerrado. Eso provocará una inflación de los precios de los alimentos más adelante, pero el efecto inmediato es privar a los consumidores de carne y cerveza envasada debido a la escasez de hielo seco, que es un subproducto de la producción de fertilizantes.

En los estados bálticos, los precios de la electricidad son ahora diez veces más altos que en Rusia. Podrían comprar electricidad a Rusia, pero cuando se habla de Rusia no se trata sólo del “libre mercado”. El suministros debería pasar por Bielorrusia y Lituania, pero Bielorrusia ha roto relaciones con los Lituania tras conceder asilo a Tijanovskaia, la Juana Guaidó local.

En Ucrania las cosas son aún peores. En 2019 el gobierno de Kiev rechazó una oferta rusa de gas a un precio de 240-260 dólares por mil metros cúbicos, es decir, la cuarta parte del precio actual. Ucrania necesita 13.000 millones de metros cúbicos de gas almacenado para pasar el invierno, pero tiene menos de 5.

Ucrania está en quiebra y no tiene dinero para comprar nada. El gobierno podría comprar gas a Rusia porque aún no ha volado el tendido de la red eléctrica que le une a Rusia, como hicieron en Crimea pero, una vez más, no se trata del “libre mercado”.

China, Corea del Sur y Japón compran el gas al contado a Estados Unidos y podrían pagar con la deuda pública que acumulan desde hace décadas… Pero hay un problema. La Industrial Energy Consumers of America, un grupo de presión de la industria química y alimentaria, acaba de exigir al Departamento de Energía estadounidense que imponga límites a las exportaciones de gas licuado. De lo contrario, afirman, los elevados precios del gas harán que muchas empresas estadounidenses pierdan competitividad y se vean obligadas a abandonar el negocio.

Los precios subieron un 41 por ciento en el último año, pero no es suficiente para estimular la producción, que está disminuyendo junto con el número de equipos de perforación. La cantidad de gas almacenado está actualmente un 7,4 por ciento por debajo de la media de los últimos cinco años. Cualquier intento de restringir las exportaciones de GNL hará aullar a los grupos de presión de la industria energética, que tienen mucha influencia en el Capitolio, y dará lugar a prolongadas batallas políticas en un Congreso.

Afortunadamente, este invierno Rusia salvará del frío a la Unión Europea gracias a que ayer se abrió el grifo del NordStream2. “El gasoducto aumentará la dependencia de Europa respecto de Rusia”, dicen los tertulianos, que no se acuerdan de que España lleva décadas dependiendo del gas argelino.

Para los más escépticos: la empresa rusa Gazprom está de acuerdo en firmar un acuerdo de suministro a largo plazo de gas a Europa a un precio establecido, como ha hecho con Hungría. ¿Quién es el que se niega?

Es posible que el mundo ya no recuerde cuando los precios del petróleo estaban en negativo, pero ahora están en un máximo que no se había acanzado desde noviembre de 2014: 83 dólares el barril.

Ayer cinco países europeos (Francia, España, República Checa, Grecia y Rumanía) pidieron una acción concertada para frenar las subidas de los precios de la energía.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies