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Día: 29 de julio de 2021 (página 1 de 1)

China recibe a una delegacion oficial de los talibanes afganos

Hasta ahora el objetivo militar prioritario de los drones estadounidenses en Afganistán era el mulah Baradar y ahora le vemos en la imagen posando en Pekín con el jefe de la diplomacia china, Wang Yi.

Una delegación de alto rango de los talibanes afganos se ha reunido esta mañana con altos cargos del Ministerio chino de Asuntos Exteriores.

Poco antes visitó Pekín el jefe de la diplomacia pakistaní, Mehmud Qurechi, acompañado por el director general del ISI, el servicio secreto pakistaní.

Con el aval de Pakistán, un acuerdo entre China y los talibanes está destinado a abrir nuevos caminos a la Ruta de la Seda en Asia central y a eliminar la influencia estadounidense en la región tras más de dos décadas de guerra en la que han perdido decenas de miles de vidas y billones de dólares. Es una aplastante derrota estratégica para Estados Unidos.

China reconoce casi oficialmente a los talibanes de Afganistán como principal fuerza política y militar del país. Oficialmente, Pekín afirma que trabajará por la paz y la estabilidad en un Afganistán libre de fuerzas extranjeras, invirtiendo en infraestructuras básicas y conectando el país a la Nueva Ruta de la Seda.

Pekín ha ofrecido a los talibanes un paquete completo de ayudas que incluye una red de carreteras y ferrocarriles a cambio de una paz duradera y la exclusión permanente de Estados Unidos y sus aliados del país.

Es un órdago a los uigures y al enfrentamiento entre suníes y chiíes. China está acusada de reprimir a los uigures en Xinjiang, al tiempo que coopera con los talibanes en Afganistán y refuerza sus relaciones con Irán.

El arsenal del imperialismo ha fracasado en Afganistán: drones, operaciones especiales, contrainsurgencia de nueva generación, guerrillas paralelas, bombardeos aéreos, mallas territoriales, prebendas a los caciques locales, corrupción…

Vigilantes y vigilados, víctimas y victimarios: Argelia en el Caso Pegasus

El Caso Pegasus, el programa israelí de espionaje, ha puesto sobre la mesa el papel de la informática en la guerra moderna. Como en cualquier sistema de clases sociales, unos vigilan y otros son vigilados, y los primeros se esfuerzan por aparentar que es al revés: que son víctimas de la vigilancia.

Los primeros cálculos indican que al menos 50.000 personas ha estado sometidas a vigilancia con el programa Pegasus, repartidas entre 11 países: Arabia saudí, Azerbaián, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Hungría, India, Kazajstán, Marruecos, México, Ruanda y Togo.

Son muchos los que han quedado con el culo al aire, sobre todo Marruecos, que aparece como un vulgar recadero de los sionistas, lo cual es ampliamente conocido. Por lo tanto, no hace falta recordar que NSO, la empresa israelí que comercializa Pegasus, no es más que una pantalla del ejército sionista.

Hasta donde sabemos ahora, la víctima propiciatoria de Pegasus ha sido Argelia: las gigantescas movilizaciones de masas han sido impulsadas gracias a Pegasus, es decir, a Israel y a Marruecos que controlaba unos 10.000 móviles, de los que el 60 por ciento corresponden a residentes argelinos.

Tenía razón Ammar Belhimer, ministro argelino de Comunicaciones, que lo repitió mil veces en medio de las burlas de la prensa imperialista: las movilizaciomes argelinas eran una operación de desestabilización procedente del “extranjero”.

Una organización típicamente intoxicadora, como Reporteros Sin Fronteras, ha tenido que saltar al ruedo para tratar de enmierdar el asunto dándole una vuelta de 180 grados para decir que era Argelia quien había comprado el programa Pegasus a Israel para vigilar a la población.

Desde el inicio de la “hirak”, los canallas de Reporteros Sin Fronteras no han descansado ni un minuto en lanzar todo tipo de acusaciones contra el gobierno argelino; algunas de ellas incluso eran ciertas.

Pues bien, la campaña de intoxicación culminó con la vuelta de la tortilla: Argelia también había recurrido a Pegasus, según escribieron al alimón Reporteros Sin Fronteras y su corresponsal en Argel, Jaled Drareni, que también es uno de los cabecillas de la “hirak”.

La semana pasada el embajador argelino en París puso una querella por difamación contra Reporteros Sin Fronteras.

El mito de la ‘comunidad científica’ y el ‘consenso científico’

Los medios tienen reservado para “La Comunidad Científica” (CC) el lugar de sujeto gramatical en casi todas las oraciones que encabezan las noticias ansiógenas. Escuchamos con frecuencia: “La CC vaticina una inminente …”; “La CC predice que…”, “La CC alerta sobre…” No se cansa de localizar y analizar temibles cepas y asustadoras variantes que siguen las letras del alfabeto griego hasta a la épsilon, por el momento. También podemos sorprenderla cuando, como un solo corazón, queda “en ascuas” frente al veredicto de un juicio realizado a unos sismólogos en Italia. Entre sismos y variantes que se multiplican, nuestra desesperanza crece sustentada por la base firme de esa enorme sabiduría.

A pesar de que a muchos nos llama la atención el protagonismo que ha tomado la CC en la sociedad recientemente, esta expresión no es nueva. En el número 6 de la Revista Iberoamericana de Educación de 1994, ya se la mencionaba como una institución con capacidad de influir en “la creación de creencias” asociadas a la discriminación: “Estas creencias se articulan y configuran bajo la influencia de factores relacionados con la comunidad científica, con la familia, con la educación y con la sociedad en general. A partir de ellos se construyen mecanismos que actúan como elementos de discriminación”. Nuevamente, nos invade la desesperanza, esta vez relativa a la convivencia pacífica de la humanidad.

Debido a la gran sapiencia que le atribuimos, la CC interviene certera y eficazmente en asuntos sociales y políticos, tal como ocurre en la siguiente ocasión: “La comunidad científica protestó contra la entrega de un premio a Bolsonaro en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York y logró que se cancelara el evento”. Más allá de la posición política que se pueda tener con respecto al presidente de Brasil, llama la atención que la heterogeneidad de la enorme población brasileña en torno a ese tema tan controvertido no se vea reflejada en la certeza con la que la CC expresó su “protesta”.

Esto probablemente se deba a que el consenso está ubicado en el corazón mismo de la CC. De acuerdo con la definición en Wikipedia, se trata de una institución muy abarcadora, pues “consta del cuerpo total de científicos junto a sus relaciones e interacciones”. Pero a diferencia de lo que pasa en todas las familias numerosas, la CC actúa como un solo cuerpo y no conoce el disenso. El consenso científico es su característica principal, según esa misma página de Wikipedia, en la que se agrega que dicho consenso “se rige a partir del método científico. El método científico, implícitamente, requiere la existencia de la comunidad científica, donde los procesos de revisión de pares y reproducibilidad son llevados a cabo”.

Luego de haber tomado cursos de metodología, durante el largo camino que me llevó a la obtención de mi doctorado, me quedó la impresión de que la aplicación del método científico tenía como objetivo garantizar justamente lo contrario. Se debe exigir que los investigadores expliciten su procedimiento metodológico para poner las cartas sobre la mesa, para dar lugar a que sus conclusiones sean posibles de ser discutidas, contrastadas y, eventualmente, confirmadas o rebatidas por cualquier otro investigador.

Algo ha cambiado en la concepción de la ciencia

Pero algo ha cambiado en la concepción de la ciencia. Según se puede leer en una página de la Universidad de Berkeley, la ciencia está inmersa en la comunidad científica. Esto significa que el trabajo de cada científico se subordina al consenso de un colectivo. Un simple silogismo nos lleva a concluir que los científicos que deberían apoyarse en el rigor metodológico deben ahora supeditar sus conclusiones al parecer de su comunidad. Por eso, a la abreviatura CC, de ahora en adelante, le agregará una C correspondiente a la palabra “consensual” (CCC).

El requisito de que exista consenso en la CCC termina por amenazar la preservación del propio método científico, que fue diseñado para la indagación e investigación constantes. Según el análisis de D.A. Díaz sobre el centralismo político “se instala un problema grave y apocalíptico, se plantea un consenso unánime sin fisuras sobre la naturaleza y origen del mismo, sus soluciones, que emanan de la voz de alguna agencia global especializada o de instituciones sin la más mínima existencia ontológica -la “ciencia”, el más utilizado-, y se vincula el problema a todos y cada uno de los aspectos existenciales de los ciudadanos”.

Basta colocar las palabras “comunidad científica” en el buscador para leer sus advertencias sobre una vasta gama de problemas que nos angustian diariamente: el agujero de ozono, el cambio climático, el calentamiento global, el derrumbe del edificio en Miami y la infaltable secuencia de advertencias sobre “nuevas cepas”, que nos recuerdan que esta “pandemia” está siempre vivita y aterrando. Su palabra atemorizante se agiganta a partir de ese consenso, cada macizo mazazo opinatorio nos deja atónitos ante ese saber inmenso ejercido por la totalidad de los científicos de la tierra, que en conjunto nos vaticina un futuro funesto. Apenas escuchamos su nombre en los informativos, nos aprontamos para caer en la más profunda desesperanza sobre el porvenir de la humanidad.

Los asesores científicos de los gobiernos

La opinión de la CCC calificada y calificadora nos llega a través de sus voceros en el Uruguay. En diciembre 2020, por ejemplo, representantes de la CCC, recibieron el apoyo de los representantes locales en una mesa de discusión en la que hubo escasa discusión. Entre el 16 de abril del 2020 y el 16 de junio del 2021, quedaron registradas las palabras emitidas y escritas por sus representantes legitimados en función de su pertenencia al Grupo Asesor Científico Honorario (GACH). Estas palabras han amplificado y difundido su opinión “unívoca del inicio al fin de su intervención, y han dejado una estela de reproches que nos llenan de culpa por no haber sabido seguir al pie de la letra sus mandamientos”.

Pero ¿a qué se refiere la expresión “comunidad científica” a la cual ellos pertenecen con tanto orgullo? ¿Qué es realmente esa entidad abstracta e imperceptible? No se trata de una persona, pero opina como si lo fuera. Se trata de un colectivo multitudinario que logra acuerdos de modo firme, veloz y certero. Es cierto que la palabra “comunidad” alude a los aspectos que son comunes a determinados grupos de individuos. Todo parece evidente e incluso tautológico. Sin embargo, basta tener algo de experiencia de vida, para saber que, en todo grupo que comparte intereses, existe una enorme variedad de matices, y que lo más difícil en esas unidades colectivas es llegar al consenso. Basta haber estado en grupos de estudio o de viaje, para haber tenido la experiencia de que es imposible lograr un acuerdo a priori y permanente. Las mesas familiares, las conversaciones fraternas, las cooperativas de vivienda, los grupos de militantes, y cualquier agrupación de personas tiene siempre que lidiar con esa piedrita en el zapato a la hora de tomar resoluciones rápidas.

Entonces, ¿cómo puede la CC llegar al consenso que la caracteriza de ese modo tan armónico, vertiginoso, imperceptible? En lo que va de este año y medio, la hemos escuchado opinar incansablemente sin que se le escape “ni un sí, ni un no”. La hemos visto no dudar en momentos de éxito, y tampoco dudar en momentos de fracaso, sin importar los altibajos en los reportes numéricos del MSP [Ministerio de Salud Pública de Uruguay]. La CCC se mantiene siempre firme en sus medidas recomendadas, sea cual sea el resultado de las mismas. Parece inevitable que la miremos con admiración, incluso con algo de envidia ante ese estridente y orgulloso consenso.

El combustible del pensamiento

No hay grupo de personas que actúe como “un solo hombre”, ni siquiera un solo hombre o una sola mujer. Tras haber estudiado cuatro años intensamente, para elaborar una tesis de doctorado, y a partir de mi experiencia clínica y personal, me fui dando cuenta de que convivir con la contradicción es uno de los desafíos que enfrentamos cotidianamente, para mantener la consistencia de nuestro sí mismo a lo largo del tiempo.

Nuestro mundo interno dialógico está poblado de diferentes voces que no siempre están de acuerdo entre sí. Con el objetivo de observar la conversación interna, diseñé un procedimiento metodológico psicodramático. Los datos recogidos mostraron que ni siquiera la identidad de una sola persona es unívoca. Al desplegar el contenido de nuestras reflexiones en el escenario psicodramático, vemos emerger diferentes facetas de nosotros mismos que conviven sin consenso, y que discuten a viva voz en el “teatro de nuestro mundo interno”. Los resultados observados llevan a concluir que lejos de impedir el desarrollo del pensamiento, el debate interno es su principal combustible, lo impulsa y lo mantiene con vida.

De ese debate interno, se nutre también el pensamiento que impulsa la ciencia. De las dudas de los científicos, surgen los problemas y preguntas imprescindibles para iniciar cualquier investigación. Este es el ABC del método que conocemos todos aquellos que alguna vez nos desempeñamos como científicos.

Hay que sembrar un ‘miedo realista’

En el campo de la psicología, el GACH dejó resonando en los oídos de quienes quieran escucharlo, a través de la voz del Dr. Bernardi, la recomendación de que es “necesario un miedo realista hasta que las vacunas hagan efecto”. Su recomendación nos llegó, luego de más de un año de mensajes atemorizantes. También se escuchó la voz de la Dra. Alejandra López Gómez, cuando ella se refirió a la insuficiencia del concepto de libertad responsable para controlar la pandemia.

En tanto psicóloga e investigadora en ese campo científico, me considero integrante de la CCC. La pregunta que me surge es ¿cómo hacemos quienes así nos consideramos, para compatibilizar opiniones que se nos imponen como consensuales, pero que se dan de bruces con todo lo que aprendimos leyendo sobre investigaciones científicas a lo largo de los años?

Como profesora de la materia “Psicología de la Salud” en la Universidad de Ottawa, en la capital canadiense, leí y enseñé sobre los resultados de una enorme cantidad de estudios relacionados con los efectos del estrés prolongado en el desequilibrio hormonal, en la desregulación del sistema inmunitario, en la generación de trastornos psíquicos y fisiológicos. No hay psicólogo ni médico que no haya visto los efectos devastadores del miedo crónico en la vida de niños, jóvenes y adultos. Aún si descartamos el pánico, como sugirió el Dr. Bernardi, todos sabemos que el miedo es eficaz, si y solo si, es puntual. Un miedo que dura un año y medio no es puntual, y tampoco es realista.

Un miedo puntual es la respuesta a una alarma que interrumpe la cotidianeidad. En la normalidad, nuestro sistema funciona en dos modalidades. Cuando surge una alarma, la modalidad que nos permite concentrarnos en las actividades cotidianas se pone en pausa, y se instala una modalidad defensiva. Nuestro sistema se alerta y dispone a afrontar una amenaza real no normal. Si el sentimiento de alerta es prolongado, comenzamos a sospechar que estamos ante una amenaza fantaseada, en el caso de un adulto, o de una situación de abuso infantil. Hasta este año, nunca había escuchado la posibilidad de que un miedo invada la vida cotidiana de personas adultas y que se trate de un “miedo realista”, salvo en casos de “burn out” o de acoso laboral, situaciones de violencia familiar o de vulnerabilidad socioeconómica.

En la Nueva Normalidad, la coincidencia temporal del miedo y la vida cotidiana no puede sino producir lo que se conoce como “estrés tóxico”. Éste provoca una exigencia que sobrecarga los sistemas de respuesta y produce un desgaste del organismo. En el caso de los niños, el miedo prolongado en el entorno familiar, aún si no es intenso, puede llegar a producir una disociación que está en la base de patologías severas.

Si el miedo se vuelve crónico, produce lo que se conoce “estrés tóxico”, una serie de efectos adversos graves que es necesario evaluar y comparar con los efectos nocivos que estamos tratando de evitar. Esta es una tarea que los psiquiatras y psicólogos del GACH no han realizado, quizás porque saben que el miedo crónico, la restricción de la libertad, la disminución del contacto físico, y el aislamiento social, son caminos seguros hacia un grado más o menos elevado de patología a corto, mediano o largo plazo.

El estrés es por definición una respuesta a un elemento estresor. El miedo nunca puede aplicarse como medida preventiva, porque esta emoción disfórica necesariamente aumenta el estrés. No hay científico en este momento, ni mucho menos ninguna CCC, que haya presentado evidencia para rebatir las siguientes afirmaciones: “El estrés eleva el cortisol en el cuerpo. El cortisol es la hormona del estrés que suprime el sistema inmunológico. La adrenalina aumenta en el cuerpo y desorganiza el sistema nervioso. A corto plazo, nos ayudan a pelear o escapar, pero a largo plazo suprimen el funcionamiento corporal. Por eso, no nos llama la atención que las personas que están aisladas y estresadas tienen más chance de enfermarse”.

Para seguir atemorizándonos, la CCC decidió blindar todos los meses del año. Para poder atemorizarnos, a pesar de saber a ciencia cierta los daños que nos causa, debe blindar también su corazón y su conciencia.

—Mariela Michel https://extramurosrevista.com/a-ciencia-cierta-y-corazon-blindado-la-comunidad-cientifica/

No soy negacionista, pero…

Con cuatro años me meé en el cole porque una profesora ordenó “no os mováis hasta que vuelva” y nos dejó solos en clase. Tardó tanto que, aunque mi vejiga pedía ir al baño, aguanté como un mercenario hasta que la cosa se desbordó. Cuando por fin regresó al aula y vio el charco, me regañó por haber cumplido sus instrucciones de manera literal. Desde entonces, cada vez que me enfrento a una nueva norma rememoro este pasaje para obligarme a pensar por mí mismo, aplicar el sentido común y no obedecer como un robot. Una obviedad, lo sé, desde niños se nos enseña a desarrollar nuestra capacidad crítica y no hace falta orinarse encima para aprenderlo.

Precisamente por eso sorprende que uno de los efectos sociales de esta pandemia que cumple un año sea el uso de la muletilla esa de “no soy negacionista, pero…” cuando alguien se dispone a criticar algún asunto relacionado con la crisis del coronavirus. Aunque solo sea algo cotidiano como que los fumadores pueden ir sin mascarilla y los niños de más de seis años no. Es como si sintiésemos que es necesario aclarar por adelantado que no estamos chiflados por opinar diferente. Como si hubiese que jurar ante notario que no eres un demente antes de exponer una simple objeción o duda. Me pregunto cómo hemos llegado a este punto y por qué algo tan higiénico como disentir conlleva de pronto un absurdo miedo a ser nominado a loco del pueblo. Un fenómeno intrigante que El Roto resume en una de sus viñetas del diario El País: “Yo digo a todo que sí, para que no me llamen negacionista”.

No sabemos si habrá influido el empacho mediático de la etiqueta “negacionista”, antes reservada para lunáticos que niegan hechos históricos o naturales, pero existe una tendencia a no compartir pensamientos discordantes. Mucha gente prefiere mantenerse en perfil bajo, confundida al ver que la prensa se mofa de que quienes no tienen estudios científicos opinen sobre noticias pandémicas pero a la vez vuelca sobre ella un minuto a minuto de la tragedia con marcadores de contagios, indicios de presiones a la Agencia Europea del Medicamento por parte de la Comisión Europea y los gobiernos o reportajes sobre cómo las farmacéuticas obstaculizan el acceso de los eurodiputados al contenido de sus contratos. Médicos como el investigador Federico Martinón, del Comité Asesor de Vacunas de la OMS, señalan la sobreabundancia informativa y advierten que “la infodemia y la infoxicación que estamos sufriendo es un problema importante”.

Porque si tu vecina del quinto ve el vídeo de la entrevista de la BBC en la que Anthony Fauci, eminencia de la epidemiología y asesor jefe de Biden, acusa públicamente a Reino Unido de emplear atajos para colgarse la medalla de la curación para la Covid-19. Si se le revela que las mismas compañías encargadas de sacarnos de este lío como Pfizer o Johnson & Johnson acumulan multas millonarias por actividades ilegales. Si le cuentan que España, como el resto de países ricos, se opone a liberar las patentes para que así el tercer mundo tenga acceso a la vacuna de la Covid-19. ¿No es esperable que esa persona necesite aclarar su cabeza? ¿O solo debe investigar sobre materias en las que sea experta? ¿Se acusa de llevar capirote de papel de aluminio al ciudadano inquieto que bucea en todas las fuentes oficiales a su alcance para tratar de comprender la realidad? En cuestiones de salud que afectan a la población mundial, ¿lo loco no sería dejar de hacerse preguntas?

Que la actualidad coronavírica sea un dragon khan sin frenos no ayuda demasiado. Un día la OMS se pronuncia en contra del pasaporte de vacunados, al siguiente unos países de la UE lo tachan de discriminatorio y otros lo defienden y más tarde Bruselas acelera su creación para que esté listo antes del verano. El prestigioso British Medical Journal indica en su editorial “Covid-19: politización, ‘corrupción’ y supresión de la ciencia” que “el gobierno y la industria deben dejar de anunciar políticas científicas cruciales a través de notas de prensa” y que “no tiene sentido seguir servilmente la ciencia” sino confiar en ella “solo si está libre de interferencia política y si el sistema es transparente y no comprometido por conflictos de interés”.

Esta recomendación es útil para digerir la actual retransmisión instantánea de hallazgos científicos. Por desgracia, hasta los reportajes independientes pueden recoger sin saberlo estudios sesgados en materias sensibles, como asegura el Colegio Oficial de Psicólogos delatando investigaciones sobre uso de antidepresivos y el aumento de suicidio en adolescentes que ocultan los resultados negativos por estar patrocinados por la industria farmacéutica.

Hace diez años, durante la pandemia de la gripe A, Noticias CNN+ abrió su informativo con la noticia: “El Consejo de Europa va a investigar la influencia de los lobbies farmacéuticos en la gestión de la OMS”. Contaba que la Comisión de Sanidad denunciaba “intereses ocultos y complicidad de las autoridades sanitarias” y enfatizaba: “gripe A, gripe de beneficios millonarios para los laboratorios con la complicidad de las autoridades sanitarias”. Se preguntaba por qué la OMS modificó la definición de pandemia antes de declararla, ya que “a partir de ahí empezó la psicosis y el negocio de las multinacionales, los países se lanzaron a comprar millones de vacunas”. Cerraba Iñaki Gabilondo con un editorial sobre “El negocio más repugnante: el negocio del miedo”, con alusiones a “pánico planificado” y “gobiernos hábilmente pastoreados”.

Da cierto vértigo escuchar las sentencias del párrafo anterior, supongo que porque nos hemos acostumbrado a que hoy titulares así aparezcan casi únicamente en canales alternativos. Medios que es fundamental cribar pero en ocasiones ofrecen informaciones veraces y de interés que complementan a las de los tradicionales y que, en algún caso, aportan lo que los estos no pueden por compromisos empresariales o políticos. De hecho, hubo momentos en que ambos mundos se dieron la mano, como cuando The New York Times, Le Monde o Der Spiegel publicaron las filtraciones confidenciales de Julian Assange y Wikileaks. O The Guardian y The Washington Post haciéndose eco de los documentos clasificados de Edward Snowden. Assange sigue en prisión (Amnistía Internacional pide que se retiren los cargos que atentan contra la libertad de prensa). Snowden permanece en Rusia, acaba de ser padre y afirmó en una entrevista a Vice que “los gobiernos usan el coronavirus para construir una arquitectura de la opresión”.

¿Lo que antes se consideraban heroicidades periodísticas nivel Watergate se desprecian hoy como arrebatos conspiranoicos? El uso del término “conspiranoico”, al igual que “antivacunas”, se ha disparado desde marzo de 2020 hasta hoy. En este sentido, Rafael Serrano, del CSIC, condena que se tache de antivacunas a quienes simplemente dudan o están confusos: “son grupos totalmente distintos, con motivaciones muy distintas”. Celia Díaz, socióloga de la Universidad Complutense, apunta que “parece que si tienes recelos ya eres un antivacunas pero hay bastantes cosas en juego, como los conocimientos sobre la ciencia, las dudas que despierta esta carrera entre farmacéuticas, los tiempos de desarrollo, la voz del mercado”. El investigador Jeffrey Lazarus defiende que “está muy bien tener dudas, si son legítimas, querer saber qué pasa”. Son declaraciones del artículo de El País “El error de llamar ‘antivacunas’ a quienes dudan sobre inmunizarse” que, como otro texto del mismo periódico sobre el doctor danés Peter C. Gøtzsche (‘Desinformación sobre las vacunas: ni rechazarlas todas ni aceptarlas sin rechistar’), defiende que informarse y buscar respuestas es un acto responsable y no una amenaza.

La comunicadora científica y presentadora de Whaat!? Rocío Vidal anotó en Gen Playz que “hay muchas personas en un mar de dudas” y que “a esas personas hay que dirigirse, divulgar y educar al respecto”. En un momento del programa, ella misma, Manuela Martín de Fridays for Future y Ana Perrote de Hinds sostienen que según numerosos estudios y organismos de salud la dieta vegana es saludable, mientras que el zoólogo Enrique Baquero defiende lo contrario. Cuando alguien como Baquero muestra su visión sin importarle que no sea la predominante estamos ante un debate real. Evitando así la espiral del silencio de Noelle-Neumann, según la cual cierto clima social puede hacer que los individuos no se atrevan a expresar posiciones contrarias a las que perciben como mayoritarias. Si permitimos que una mayoría silenciosa se vea sometida por una minoría ruidosa nos perderemos puntos de vista interesantes, de la generación Z y las venideras.

Mi sobrino de cuatro años es uno de esos futuros adultos que necesitamos que piensen por sí mismos. El otro día paseando con él por la sierra de Madrid nos encontramos un parque infantil con precinto policial. “¿Puedo jugar?”, me preguntó. “No”, respondí. “¿Por qué?”. Ni un alma a un kilómetro a la redonda. “Porque nos pueden multar”, dije. Enseguida me di cuenta de que le estaba enviando un mensaje erróneo, el opuesto a no ser autómata. Si un policía descubriese que prohibí a un niño jugar en un espacio desierto al aire libre, sin riesgo para él ni para los demás, quizá me echaría la bronca por mi obediencia irracional como hizo aquella maestra de mi infancia. O no, quién sabe.

—Iago Fernández https://www.rtve.es/playz/20210315/silencio-pandemia-negacionista/2082304.shtml

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