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Día: 17 de mayo de 2021 (página 1 de 1)

400.000 trabajadores del transporte aéreo han perdido su empleo

A escala mundial, desde el comienzo de la pandemia, al menos de 400.000 trabajadores de la aviación comercial y actividades afines han perdido su empleo, cifra que aumentará considerablemente en los próximos meses.

Las subvenciones públicas a fondo perdido y los préstamos no han servido para nada. La aviación comercial ha despedido a un gran número de trabajadores, tanto de las empresas matrices como de las que subcontratan el mantenimiento de los aviones y las infraestructuras.

La situación se volverá explosiva cuando los gobiernos europeos pongan fin a la congelación de los despidos, lo que se llevará a cabo entre junio y octubre de este año.

Los principales organismos que controlan el tráfico aéreo, como Iata, pronostican una situación muy grave, destinada a prolongarse durante años. Las estimaciones de Eurocontrol se van a 2024 o a 2029 para recuperar los volúmenes de tráfico de 2019.

Los aeropuertos corren el riesgo de convertirse en monumentos funerarios del pasado. El año pasado perdieron el 73 por ciento de su tráfico (140 millones de pasajeros), con lo que eso supone para los centros comerciales que se ubican en ellos.

Pero el transporte aéreo ya estaba en crisis muchos años antes del cierre de fronteras y los confinamientos del año pasado. Es una cridsis de euperproducción cuyo origen en Europa está en los procesos de privatización y liberalización impuestos por Bruselas, que todos los gobiernos han aceptado, cualquiera que fuese su color político.

El caso de Alitalia es un ejemplo. Originariamente era una empresa pública; tras el desmantelamiento del sector público, la empresa se privatizó en 1996 y salió a bolsa. A partir de entonces se vio sometida a una competencia feroz, basada en las reducciones salariales y la desregulación de las condiciones laborales adquiridos por los trabajadores a lo largo de los años.

Ante la imposibilidad se seguir funcionando, empezó a buscar fusiones. Primero lo intentó con la compañía de aviación holandesa KLM, pero al final el matrimonio no prosperó. Cuando KLM se unió a Air France, el gobierno Prodi, en el que participaba Rifondazione Comunista, volvió a intentar la incorporación de Alitalia para formar un trío.

En 2009 Silvio Berlusconi, o sea, la reacción, defendió la “italianidad” de la empresa, lo que no significa otra cosa que la entrega del control a una veintena de buitres procedentes de los dos principales grupos políticos que se disputaban la compañía, algunos de ellos tan conocidos como Benetton.

El proyecto fracasó porque el tráfico aéreo internacional ya estaba en crisis en 2014, así que vendieron la empresa a Etihad Airways, de Emiratos Árabes Unidos. Tres años después el cadáver volvía a ser gestionado por el gobierno italiano, incapaz de deshacerse de él.

Etihad quería despedir a mil trabajadores de la plantilla, pero los trabajadores se opusieron. Entonces el gobierno recurrió a los sindicatos domesticados (CISL, UIL y UGL) para sacar adelante los despidos.

Sin embargo, la empresa perdía millones de euros cada semana. No quedaba más remedio que deshacerse de ella y crear en su lugar una nueva, cambiarle el nombre… siempre que el Estado siguiera poniendo el dinero encima de la mesa: 2.000 millones de euros, es decir, el control del 15 por ciento del capital por el gobierno.

La situación ya era calamitosa cuando comenzó la pandemia y el cierre de fronteras, que ha sido la crisis más grave jamás sufrida por el mercado del transporte aéreo mundial. El descenso masivo del volumen de tráfico se debió al confinamiento, la paralización del transporte y la drástica reducción de los viajes de negocios debido a la difusión del teletrabajo y las teleconferencias.

Alitalia es una empresa mucho más cara de mantener que todo el sistema sanitario italiano. En doce años el gobierno ha gastado 13.000 millones de euros tratando de rescatarla y sigue como al principio. Una crisis de superproducción no tiene otra salida que las fusiones, la venta de las flotas de aviones, los despidos masivos, las reducciones salariales y las jornadas de trabajo interminables.

La medicina es un negocio y ahora llegan las rebajas

Como estaba previsto, la pandemia ha terminado por dar la puntilla a la práctica de la medicina, tal y como se concibió hasta ahora. No sólo de la medicina pública, sino de toda la medicina, que quedará reservado para los privilegiados que se la puedan pagar. Los demás deberán acudir al supermercado habitual, donde por unas pocas monedas se podrán tomar la temperatura a sí mismos, así como la presión arterial, o manejar el estetoscopio, delante de una pantalla en la que aparece un matasanos.

La cadena francesa de supermercados Monoprix ha creado zonas de “salud cotidiana” equipadas con cabinas que permiten consultar a los médicos a distancia, a través de una pantalla.

La empresa Tessan Pharma Express ha patentado estas cabinas. Dice que sólo trabaja con médicos debidamente inscritos en el Colegio oficial, que el 20 de abril reaccionaron con un comunicado de prensa, en el que no se oponen a la medicina a distancia.

Las cabinas de teleconsulta tienen una impresora y el médico puede extender una receta que llega rápidamente al usuario.

Este tipo de prácticas son tan descaradas que la población puede darse cuenta de que la medicina es un negocio, y eso les desacredita como corporación. “No se puede aceptar que un médico se haga cargo de un paciente sin la posibilidad de realizar un examen clínico cada vez que sea deseable; sin ningún anclaje territorial ni conocimiento del tejido sanitario y médico-social; sin preocuparse de su trayectoria asistencial y sin asegurar la continuidad asistencial”.

En un artículo el doctor François Simon expresa su preocupación por el hecho de que el galeno no sepa nada del paciente en el momento de la teleconsulta: “El paciente no conocía al médico el día anterior y no sabrá nada de él el día siguiente […] Esto es medicina a bajo precio. Teníamos la impresión de que esto se había olvidado en los últimos meses, y es bueno escucharlo”.

La empresa asegura que “este servicio de telemedicina no tiene en absoluto vocación de sustituir una consulta presencial ni de promover un modelo único en la práctica del arte médico. Se trata de una herramienta complementaria en el itinerario asistencial y puede ser una respuesta especialmente relevante en los desiertos médicos y en los territorios bajo presión”.

Como es habitual en el mundo moderno, ni el supermercado ni la empresa que fabrica las cabinas se responsabilizan del error de diagnóstico ni de la mala praxis. No asume ningún riesgo, a pesar de que sin una consulta directa, la probabilidad de un diagnóstico erróneo es mayor.

Dentro de poco veremos a los cajeros y a los reponedores de los supermercados evacuando consultas médicas, haciendo test de coronavirus, vacunando a los clientes contra cualquier clase de infecciones.

—https://www.nexus.fr/actualite/news/teleconsultation-supermarche/

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