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Día: 4 de marzo de 2021 (página 1 de 1)

Muere una trabajadora sanitaria poco después de recibir la segunda inyección de la vacuna

Una trabajadora sanitaria de 28 años, Sara Stickles, murió poco después de recibir la segunda inyección de la vacuna de Pfizer.

Stickles era especialista en nutrición del hospital SwedishAmerican de Rockford. El 2 de febrero aguardaba la cola para recibir la segunda dosis de la vacuna, cuando envió un mensaje de texto al padre de su hijo pequeño: “Voy a ponerme la vacuna Covid ahora. Si me pasa algo, prométeme que siempre estarás ahí para bz… Como si me da muerte cerebral o no puedo caminar lol idk”.

Tan solo cinco días después, sufrió un aneurisma cerebral y fue trasladada al hospital, donde entró en coma profundo. Esa misma noche, fue trasladada en helicóptero al Hospital de la Universidad de Wisconsin, en Madison. El 10 de febrero, la hermana gemela de Stickles, Kara Stickles, publicó en Facebook que Sara “no tiene actividad cerebral”.

Hubo problemas desde la primera inyección de la vacuna. Kara dijo que su hermana “estaba cambiada… le dolía mucho la cabeza” y tenía náuseas. También le salieron “unas manchas rojas por todo el cuerpo”.

Tras la pérdida de conciencia de Sara y su posterior muerte después de la segunda inyección, Kara dice que el diagnóstico del personal médico fue una malformación arteriovenosa (MAV), pero ella tiene dudas.

“Siento que los médicos están mintiendo al respecto, honestamente lo siento”, dijo. “Si fue por la vacuna COVID, no lo van a admitir… van a intentar achacarlo a cualquier otra cosa. Sinceramente, eso es lo que pienso”.

Su hermana gemela percibía que estaba obligada a recibir las inyecciones debido a su trabajo en el hospital. “Me dijo que tenía que ponerse [las inyecciones] porque trabajaba en un hospital y el COVID estaba en marcha”, dijo.

Cuando le preguntaron si las inyecciones eran obligatorias en el hospital, y si el trabajo de Sara dependía de ello, respondió: “No lo sé al cien por cien, pero sí sé… que lo hizo porque consideró que era necesario, al menos… Estoy bastante segura de que tenía que hacerlo”.

Emily Tropp, portavoz del hospital, dijo: “Puedo confirmar que [las vacunas] no son obligatorias. Se anima a los asociados a que se tomen el tiempo necesario para informarse sobre la vacuna y tomar una decisión informada, pero no están obligados a vacunarse”.

La página de información sobre las vacunas en el sitio web del hospital no menciona que se trata de una vacuna experimental, ni hace distinciones sobre quién puede beneficiarse de estas inyecciones y quién no.

Siendo una persona sana de 28 años, la tasa de supervivencia de Stickles -si hubiera contraído el coronavirus- habría sido significativamente superior al 99,98 por ciento sin un tratamiento temprano.

Entre el 14 de diciembre del año pasado y el 18 de febrero del corriente, hubo 19.907 incidentes de eventos adversos, incluyendo 1.095 muertes y 3.767 lesiones graves.

Aproximadamente un tercio de las muertes ocurrieron dentro de las 48 horas posteriores a la vacunación y el 48 por ciento de las personas que murieron enfermaron a las 48 horas de ser vacunadas.

En Gran Bretaña las vacunas han matado a más de 400 personas desde el inicio de la campaña en diciembre del año pasado, según datos oficiales.

En Israel la vacuna de Pfizer mató a unas 40 veces más personas de edad avanzada de las que habrían muerto y a 260 veces más de los menores de 65 años de lo que el coronavirus se habría cobrado en el plazo dado.

https://thecovidblog.com/2021/02/12/sara-stickles-28-year-old-has-brain-aneurysm-dead-days-after-second-pfizer-mrna-shot/

China supera a Estados Unidos en el número de patentes técnicas e industriales

Las solicitudes de patentes chinas a través de la OMPI (Organización Mundial de la Propiedad Intelectual) siguieron creciendo el año pasado, lo que demuestra una fuerte perseverancia en la innovación. El informe publicado el martes por la OMPI muestra que China y Estados Unidos son los dos principales titulares que han experimentado un marcado crecimiento en la presentación de patentes el año pasado.

China presentó 68.720 solicitudes, un 16,1 por ciento más que el año anterior, y sigue estando a la cabeza del Tratado de Cooperación en materia de Patentes de la OMPI, un sistema que ayuda a los solicitantes a buscar la exclusiva internacional de los descubrimientos científicos y técnicos.

Le sigue Estados Unidos, con 59.230 solicitudes, lo que supone un aumento del 3 por ciento respecto al año anterior. Otros usuarios importantes son Japón, con 50.520 solicitudes, un 4,1 por ciento menos, y Alemania, con 18.643 solicitudes, un 3,7 por ciento menos.

Las solicitudes del Tratado de Cooperación en materia de Patentes son una medida ampliamente utilizada de la actividad innovadora. El total de solicitudes de patentes internacionales presentadas a través del sistema aumentó un 4 por ciento el año pasado hasta alcanzar las 275.900, un nivel récord a pesar del descenso estimado del PIB mundial.

El gigante chino de las telecomunicaciones Huawei fue el principal declarante, por cuarto año consecutivo.

Además, 5 de las 10 instituciones académicas más importantes del mundo el año pasado eran chinas, entre ellas la Universidad de Shenzhen, en la provincia de Guangdong (sur de China), la Universidad de Tsinghua, en Pekín, y la Universidad de Zhejiang, en Hangzhou, capital de la provincia de Zhejiang (este de China).

‘La política hace a pequeña escala lo que la medicina hace a lo grande’

Uno de los errores más comunes en torno a la ciencia es la de aquellos que la reducen a su dimensión cognoscitiva y de ella sólo tienen en cuenta los conocimientos. La ciencia es un saber “neutral”, desprovisto de connotaciones ideológicas, políticas, religiosas, morales o filosóficas. Sus practicantes son personas de la misma factura: están por encima de las clases y de la lucha de clases. La conclusión evidente es que hay que dejar la ciencia en manos de los científicos. Si los demás queremos acertar en nuestras decisiones, debemos aceptar el consejo de los que saben, de los expertos

Pero, como dice un refrán, saber es poder y a la inversa. La burguesía supone que puede perpetuar su dominación transformando los problemas políticos en problemas técnicos, que eso asegura su gobernabilidad, hoy y en el futuro. Los políticos se entrometen en la ciencia tanto, por lo menos, como los científicos en la política. Lo reconoció el creador de la moderna teoría celular, el alemán Virchow con su equiparación entre la medicina y la política: “Die Politik ist weiter nichts, als die Medizin im Großen” (La política hace a pequeña escala lo que la medicina hace a lo grande).

La ciencia es una fuerza productiva y un instrumento de hegemonía política. Hoy en día ningún ejército es capaz de vencer sin los científicos. La ciencia (y la tecnología) han pasado a formar parte de la maquinaria militar y, por consiguiente, deben ser estudiados como tales, escribe Latour (1). Entre un 20 y un 30 por ciento de los científicos trabajan en proyectos militares, porcentaje que sube al 40 por ciento en Estados Unidos. El 70 por ciento de la inversión en ciencia se destina a la guerra. La militarización de la ciencia asegura una provisión de mano de obra a su imagen y semejanza: disciplinada y amaestrada. Ni en un cuartel de artillería ni en un observatorio astronómico caben las singularidades.

En la Segunda Guerra Mundial, el “Proyecto Manhattan” para fabricar la primera bomba atómica, selló el destino de la ciencia para el futuro. El Proyecto invirtió 2.000 millones de dólares de la época, empleando a 125.000 científicos en más de diez centros de investigación distintos bajo una misma dirección militar y política. La ciencia estadounidense -y por extensión la sometida a su influencia- nunca volvió a recuperarse de aquella faraónica movilización de recursos. Fue la primera organización civil puesta al servicio del ejército estadounidense. Nació la “big science”, las gigantescas industrias científicas.

Como consecuencia de esa situación, una parte cada vez más importante de lo que se considera como “ciencia” tiene poco que ver con ella y, en cualquier caso, tiene que ver también con intereses espurios, que la mayor parte de las veces son bastante turbios, empezando por el transplante de médula o la creación del Centro de Control de Enfermedades de Atlanta. Cuando en la posguerra el propio Eisenhower denunció los peligros del complejo militar-industrial, también puso a la ciencia en el mismo punto de mira.

Eisenhower se refería a dos riesgos simultáneos que concernían a su propio país: primero, la sumisión de los científicos “con el poder del dinero” y, segundo, que la democracia se convierta en un rehén de los tecnócratas, de quienes pretenden acaparar para sí el monopolio del conocimiento y que los demás adapten a ellos sus decisiones (2).

Además de militarizada la ciencia está industrializada. A la ciencia como fuerza productiva, esto es, a la aplicación de la ciencia a la producción capitalista, hay que añadir la aplicación del capitalismo a la ciencia. La megaciencia necesita una movilización tal de recursos que sólo se puede lograr mediante una militarización de los medios puestos a su disposición, entre ellos, los propios científicos. El acelerador de partículas de Ginebra reúne a unos 8.000 físicos cuyas condiciones de trabajo son las de cualquier cadena de montaje. La EMBO (Organización Europea de Biología Molecular) creada en 1964, reúne a más de 1.100 científicos, la mayor parte de los cuales no son más que emisarios de la industria del ramo.

Tras el programa “Átomos para la Paz”, Estados Unidos entró en una era de economía de guerra permanente. El informe Paley demostró que la economía había pasado a estar fundada en criterios militaristas.

El Plan Bolonia, del que ya nadie se acuerda, selló la industrialización y militarización de la ciencia en Europa, la transformación de la universidad en una fábrica (3), un paso necesario porque los laboratorios y centros de investigación ya lo estaban. El 75 por ciento de la investigación se lleva a cabo en empresas privadas con dinero público. Los científicos son funcionarios públicos y empleados privados. Como en el ejército o en cualquier sector económico, no cabe ninguna posibilidad de discusión de las órdenes. Como cualquier peón fabril, el científico tiene que ser sometido y, además, debe aceptar e interiorizar su propia condición gregaria como un estado natural.

Como consecuencia de ello, la ciencia atraviesa un profundo declive, sólo comparable al de la Edad Media. Se investiga, se publica y se lee aquello que se financia y subvenciona a golpe de talonario. Lo demás no existe, no es ciencia. No es necesario recordar que quien paga manda, ni tampoco que quien paga y manda nada tiene que ver con la ciencia, es decir, que quien la dirige es ajeno a ella.

La ciencia fue la gran coartada que justificó el incremento de los gastos militares durante la Guerra Fría, que dejaron de parecer improductivos para convertirse en una inversión, es decir, rentables. Inmediatamente después de que en 1957 los soviéticos colocaran en órbita el Sputnik, el primer satélite artificial, el general Eisenhower organizó ARPA, de donde nacieron la NASA, la Comisión de Energía Atómica e internet. Actualmente dispone de un presupuesto anual de unos 2.000 millones de dólares y es una primeras fábricas científicas del mundo.

Por iniciativa de la Union of Concerned Scientists, en febrero de 2004 un grupo de más de 60 científicos, 20 de ellos galardonados con el Premio Nóbel, dirigieron una carta colectiva al presidente Bush protestando por la injerencia política de su gobierno en la investigación científica. El documento es un texto incendiario en el que los firmantes protestan por la manipulación que lleva a cabo el gobierno de los resultados de las investigaciones, la imposición de políticos de confianza en los comités consultivos y la asfixia de aquellos conocimientos científicos que no concuerdan con sus planteamientos políticos.

(1) Bruno Latour: La ciencia en acción. Cómo seguir a los científicos e ingenieros a través de la sociedad, Labor, Barcelona, 1992, pgs.164 a 166.
(2) Eisenhower’s Farewell Address to the Nation, 17 de enero de 1961, http://mcadams.posc.mu.edu/ike.htm
(3) Cfr.Carlos Sevilla Alonso: La fábrica del conocimiento. La universidad-empresa en la producción flexible, El Viejo Topo, Barcelona, 2010.

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